jueves, 25 de enero de 2024

¿Instrucciones? ¿Qué instrucciones?

 


Cada vez los aparatos que compramos son más sofisticados, más perfectos y eficientes, y esto que, a primera vista, puede parecer muy ventajoso, que lo es, también tiene un grave inconveniente: que para su montaje y funcionamiento necesitamos, más que nunca, unas indicaciones que nos guíen hacia la consecución de este objetivo fundamental, porque si un aparato no funciona no sirve para nada, aunque sea una afirmación de Perogrullo. El documento informativo que debe acompañar siempre al susodicho aparato es lo que se conoce como Libro o Manual de Instrucciones.

Hasta aquí, todo correcto, pero pobre del que se encuentre —algo que sucede últimamente con bastante frecuencia— con unas instrucciones cuyo texto (si lo hay) está en un castellano mal traducido de quién sabe qué idioma original, muy probablemente del chino, pues es el fabricante más habitual de muchos artículos que compramos, sobre todo, por internet.

Al margen del texto escuálido y deficientemente traducido, las imágenes que lo acompañan y que deberían ser aclaratorias para llevar a cabo el montaje y funcionamiento del aparato en cuestión, en realidad son bastante confusas. Aparecen muchas flechas y números para indicar el camino a seguir, cómo hay que pasar de un paso al siguiente, pero el dibujo adjunto deja mucho que desear, tanto que finalmente no queda más remedio que guiarse por la intuición.

Y para muestra un botón:

Recientemente tuve que cambiar mi impresora —que, por cierto, y contra todo pronóstico, ha tenido una larga vida— por una nueva y, aparentemente, más moderna. No diré marcas para evitar problemas. Solo diré que ambas son japonesas. Pues bien, con la instalación del programa en el ordenador, mediante un CD, no hubo ningún problema. Este apareció, sin embargo, cuando tuve que montar los inyectores de tinta —la marca y el modelo que adquirí ya no usa cartuchos de distintos colores sino dos inyectores, uno para el color negro y el otro para toda la gama de colores habidos y por haber—, pues siguiendo las instrucciones, cuyo texto era muy escaso y difícil de interpretar, junto con unas imágenes que pretendían describir las distintas partes de la impresora, no había forma de identificar cómo y dónde debían instalarse dichos inyectores. A punto estuve de cargarme alguna pieza del aparato intentando acceder a su supuesta ubicación según la orientación de las flechas. Busqué por internet algún manual de instrucciones de la misma marca y modelo y siempre me aparecía el mismo documento que tenía en mis manos. No había, pues, ninguna alternativa válida. Solo con la ayuda de mi yerno —joven y acostumbrado a estos tinglados, pues son muchos los juguetes y aparatos que ha tenido que montar. que también adolecían de unas instrucciones comprensibles—, y de su intuición —la mía ya debe estar de capa caída— pudimos hallar la solución al problema. Pero una vez resuelto este escollo, cuando intenté, al cabo de unos días, escanear un documento —algo que con la anterior impresora era pan comido— me encontré que no sabía cómo hacerlo. Solo gracias a un tutorial que encontré en internet, pude averiguar cómo llevar a cabo esa tarea, pero como estos tutoriales no se basaban exactamente en el modelo de mi impresora, algunas de las indicaciones y consejos del Youtuber no me ayudaron en demasía, sobre todo en lo referente al sistema de archivo de los documentos escaneados. Otra vez la intuición —esta vez sí funcionó— y el consabido sistema de prueba-error, logró salvar ese nuevo escollo.

En definitiva, los avances tecnológicos en el campo de los artículos de uso doméstico no van acompañados de las necesarias y detalladas instrucciones de empleo para el usuario. Parece como si, una vez vendido el aparato de marras, allá te las apañes. Es curioso que muchas veces un vídeo tutorial obtenido de internet te aclare muchísimo más las dudas que el propio manual de instrucciones que acompaña al aparato.

Siempre he creído, y sigo creyendo, que es tanto o más importante que el servicio de venta —la información y asesoramiento del vendedor a la hora de comprar—, el de posventa, la atención al cliente tras la compra, algo de lo que se olvidan algunas empresas, del tipo que sean.

La información que se obtiene antes de adquirir un objeto, ya sea a través de internet o de una tienda, es fundamental para que alguien se decida por un producto u otro, por un modelo u otro, o por una opción u otra, pero la información una vez que el producto está en nuestras manos es esencial. Normalmente el vendedor se desentiende de todo lo relacionado con su funcionamiento una vez has salido por la puerta con el paquete en la mano o este ha llegado a su destino.

En el caso de mi nueva impresora, como ya intuía que tendría algún problema durante la instalación, pregunté a la tienda que me la vendió si serían tan amables de asesorarme en caso de encontrarme con algún problema. Por toda respuesta me facilitaron un número de teléfono del fabricante. Desestimé de inmediato esa posibilidad, pues ¿cómo iba a pedir ayuda telefónica sobre los pasos a seguir si mi interlocutor no estaba junto a mí viendo lo que yo veía? Eso si conseguía ser atendido por un técnico. Ya se sabe: si quiere eso, marque el uno, si quiere lo otro marque el 2, etcétera, y si no, espere y será atendido por uno de nuestros comerciales. Ay no, que nuestras líneas están ocupadas. Esto, por desgracia, me lo sé de memoria.

Así pues, en casos así, no nos queda más remedio que liarnos la manta a la cabeza, probar y probar, a ver si por fin suena la flauta por casualidad, o bien echar mano de un buen samaritano que tenga más luces tecnológicas que nosotros. Porque de información, la justa y, aun así, insuficiente.

Para terminar, no excluyo que quizá el problema que expongo radique en el hecho de que me he quedado desfasado ante los adelantos técnicos o que mi cerebro ya no funcione con la misma agilidad que antes y entiendo que resultaría muy costoso producir dos tipos de manuales: uno para listos y otro para idiotas. Pero yo quiero creer que, aunque sea mayor, no soy idiota, como reivindicó Carlos San Juan ante el avance de la digitalización del sector de la banca.


viernes, 12 de enero de 2024

Antes hilillos, ahora pellets


 

Juro —aunque jurar sea pecado— que lo he intentado, pero no ha habido forma. Mi intención era iniciar el año con una entrada positiva, muy alejada de mis acostumbradas quejas y críticas ácidas contra todo lo que se mueve a nuestro alrededor y que nos tiene habitualmente perturbados. Pero por mucho que me he esforzado, poniendo todo de mi parte para hallar algo bueno que comentar, el resultado ha sido un absoluto fracaso.

Y como en este blog suelo centrarme en temas de la máxima actualidad, mi mente, dando vueltas y más vueltas, no ha podido eludir el acuciante problema de la contaminación de las costas gallegas, asturianas y cántabras —si es que no acaba afectando a las playas de Euskadi— por esas bolitas de plástico conocidas como pellets y que cayeron al mar, frente a las costas portuguesas, desde un carguero que perdió algunos de sus contenedores y que ahora inundan el mar y las playas del norte de nuestro país.

Pero no temáis, no voy a hacer una detallada descripción de la composición y efectos de esos pellets sobre los organismos vivos, tanto en el medio acuático como terrestre, incluyendo al Homo sapiens. No, mi intención solo es la que refrendar lo que todos desgraciadamente sabemos: que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, así que de sabio tiene más bien poco.

Queda lejos el desastre del Prestige y del chapapote (noviembre de 2002) y ya casi nadie se acordaba, hasta que un buen día, a mediados de diciembre de 2023, alguien reparó que en la playa gallega por la que paseaba había unos sacos que, al chocar contra las rocas, se habían desgarrado y de su interior emergían unas bolitas blancas del tamaño de un grano de arroz, dando cuenta inmediatamente al 112. No voy a entrar —que podría y me gustaría— a criticar la dejadez, la inoperancia y el típico desencuentro entre administraciones (la autonómica y la central en este caso), echándose mutuamente la culpa de esa falta de reacción inmediata ante un problema de tal calibre.

De todo lo visto y oído, lo que siempre me ha indignado es la desinformación deliberada e interesada para confundir a la opinión pública, dando por sentado que los ciudadanos de a pie somos unos perfectos ignorantes.

Y es que el primer comunicado “oficial” emitido a petición de la Xunta afirmaba con rotundidad que esos pellets “no son peligrosos y son aptos para uso alimentario”. Lo que no aclaraba ese comunicado era que ese uso alimentario se refiere en realidad a la fabricación de envases plásticos de la industria alimentaria, para contener bebidas y todo tipo de alimentos. No sé si el técnico que redactó ese informe se habrá comido algún vaso de plástico, una botella de agua mineral o el envase del yogur. Uso en alimentación no es, por lo tanto, sinónimo de consumo alimentario. Esa es la primera y gran falsedad.

La segunda falsedad es negar que esos pellets tengan un efecto nocivo para la salud en cuanto entren a formar parte de la cadena trófica. Ya se sabe: el pez grande se come al chico.

Pero, bien pensado, qué más da. A fin de cuentas, estamos constantemente consumiendo productos “adulterados” —para favorecer su conservación, sabor y aroma— y no pasa nada. Seguimos vivos. Pero ¿alguien nos puede asegurar su efecto a largo plazo? Según el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) los pellets de plástico vertidos en las playas españolas tardarán unos 100 años en degradarse. Y ya se sabe: dentro de cien años todos calvos... y bajo tierra.

 

domingo, 31 de diciembre de 2023

Echando cuentas

 


Sé que repasar lo hecho a lo largo del año tiene un valor relativo, a menos que resulte provechoso. Cuando ejercía mi profesión, la Empresa para la que trabajaba siempre me pedía a finales de año una Memoria anual de las actividades del departamento que dirigía, para juzgar la eficiencia del mismo y cuantificar las tareas llevadas a cabo.

En mi actividad bloguera, solo hice un recuento de lo publicado en una ocasión, y de ello hace algunos años ya, y alguno/as de mis lectore/as me comentaron que no le diera demasiada importancia a las cifras, pues lo importante es disfrutar haciendo lo que a uno le gusta, independientemente de los resultados obtenidos de esa cuantificación. Tenían, y tienen, toda la razón del mundo.

Pero, acostumbrado a los cálculos y seguramente afectado por la secuela de una deformación profesional, no he podido evitar volver a echar cuentas y ver cuán productivo ha sido el año 2023 en publicaciones, pero con el centro de atención puesto en su eficiencia, es decir en cómo han sido aquellas valoradas por mis seguidore/as. Mi percepción me decía de antemano que se había producido un declive en ambos apartados: menos publicaciones y menos comentarios. Y esta corroboración ha sido mi pasatiempo durante los últimos días del año que nos deja, pero sin ninguna intención de hacer un propósito de enmienda para el que vamos de estrenar. A fin de cuentas, no sabría cómo mejorar estos resultados. Este ejercicio no ha sido, pues, como quien se pone el termómetro porque cree tener fiebre y si es así se toma un antipirético y va al médico para que le diga cuál es el problema y qué tratamiento debe seguir.

Dicho esto, pasemos al resultado de mi escrutinio:

En primer lugar, muestro los datos obtenidos de mi escrutinio en una tabla, para que así resulte más vistoso, aunque lo más interesante es la conclusión a la que se llega observando estas cifras, algo que resumo más adelante.

 

RETALES DE UNA VIDA

Año publicación

Publicaciones

Comentarios

Comentarios/entrada

Entrada más comentada

2019

30

654

21,8

Un negocio peligroso (48)

2020

37

796

21,5

La nueva vecina (45)

2021

19

492

25,9

Un cuento de Navidad (54)

2022

20

474

23,7

Mi amigo el robot (47)

2023

18

386

21,4

Piedra volcánica/Obra póstuma (43)

CUADERNO DE BITÁCORA

Año publicación

Publicaciones

Comentarios

Comentarios/entrada

Entrada más comentada

2019

30

449

15,0

La caza: deporte, necesidad o salvajada (22)

2020

33

530

16,1

¿Qué hay para comer? (24)

2021

21

317

15,1

Diario de un paciente atribulado (24)

2022

20

240

12,0

Dios los cría... (17)

2023

25

240

9,6

Eutanasia (13)

 

En primer lugar, resulta destacable el descenso en el número de publicaciones desde 2020 hasta 2023, lo cual podría, en el mejor de los casos, imputarse a la pandemia, por un lado, y a la enfermedad que padecí durante 2021 y 2022, por otro, que ha dejado un poso de apatía por mi parte y, en consecuencia, de falta de inspiración.

En segundo lugar, e independientemente de mi lógica desidia, también se observa un claro descenso en el número de comentarios recibidos en ambos blogs en el mismo periodo de tiempo. Ignoro si en ello también influyó la pandemia o se debió, como sospecho, a una pérdida de interés por parte de mis lectore/as.

Sea como sea, en ambos casos, la solución —si es que tiene que haber forzosamente una solución— se me escapa. Mi actividad es algo que, por el momento, me resulta muy difícil, si no imposible, de restablecer para que vuelva a los niveles anteriores. El menor interés por lo que publico seguramente sea debido a que ha disminuido la calidad de lo que escribo, tanto en el ámbito de los relatos en Retales de una vida, como en el de mis posts en Cuaderno de bitácora. En este último caso, puedo entender que el interés de los temas tratados puede haber decaído, pero en cuanto a los relatos de ficción, el menor interés puede ser debido a una caída en su calidad. Y eso ya es más relevante.

Pero, por lo visto, no soy el único que “sufre” esta escasez de comentarios en su blog —ya se sabe, mal de muchos...—, pues mientras hay blogs que reciben 50, 60, 80 y más comentarios, los hay que solo reciben una decena, como mucho y en cambio son, en mi opinión, de gran calidad, y no creo que sus propietario/as se preocupen por ello.

Por último, quise ver cuáles fueron las publicaciones mejor valoradas en base al número de comentarios recibidos, aunque debo hacer una aclaración, y es que aquellos relatos que han participado en un concurso promovido por El Tintero de Oro, reciben muchos más comentarios de lo habitual debido a que todos los participantes están obligados a leer y posteriormente puntual todos y cada uno de los relatos del resto de participantes si quieren ser, a su vez, valorados.

En mi caso, he marcado en negritas las entradas más comentadas en mis dos blogs.

En el blog Retales de una vida, el relato más leído fue Un cuento de Navidad, con 54 comentarios, cuando raramente supero la docena; y es que este cuento, publicado el 3 de diciembre de 2021, participó en la XIX edición del concurso de relatos de El Tintero de Oro. No hace falta explicar de qué trataba, pues con el título ya se deduce. El resto de relatos más leídos, con 43-48 comentarios, también participaron en distintas ediciones de este concurso, motivo por el cual obtuvieron esas cifras tan elevadas para mí.

En el blog Cuaderno de bitácora, fueron dos las entradas más comentadas: ¿Qué hay para comer?, y Diario de un paciente atribulado, ambas con 24 comentarios. Como estos posts no participan en ninguna competición, los comentarios están exentos de cualquier tipo de influencia externa.

En la primera entrada mencionada, publicada el 6 de mayo de 2020, exponía la dificultad que entraña conocer realmente las propiedades nutritivas de ciertos alimentos y la información tendenciosa que se nos ofrece para vender más, ocultando u omitiendo su contenido en aditivos sintéticos y, peor aún, los problemas derivados de una manipulación higiénica deficiente o de condiciones insalubres de conservación.

En la segunda entrada, publicada el 11 de febrero de 2021, exponía, en forma de un diario personal, mi calvario tras diagnosticarme un tumor maligno y el vía crucis que representó el tratamiento al que tuve que ser sometido. Dicho diario tuvo un final abierto, dejando en el aire el desenlace de todo ese proceso, que solo duró, afortunadamente, catorce meses, y que finalmente publiqué poco antes de recibir el alta médica, con el título “El diario se cierra”, que obtuvo 14 comentarios, un número superior a la media de todo ese año (11,4).

Y aquí finaliza el recuento y evaluación de mi labor bloguera desde enero de 2019 hasta el 31 de diciembre de 2023. No me atrevería a decir que los resultados han sido malos, pero sí peores de lo esperado y deseado. Aun así, me quedo con el refrán popular que dice que a falta de pan buenas son tortas.

Y con esta entrada, despido el año 2023, esperando que 2024 sea realmente venturoso en todos los aspectos, tanto a nivel personal como comunitario.

¡Feliz año nuevo!


sábado, 9 de diciembre de 2023

Los enfrentamientos que no cesan

 


En dos entradas anteriores, traté sobre la violencia de género y sobre las guerras, problemas graves ambos, que, por desgracia no cesan. La de hoy no se refiere a los enfrentamientos bélicos ni a los maltratos machistas, sino a los dialécticos, que ensombrecen la vida política de nuestro país, aunque no sea algo de nuestra exclusividad.

El ambiente político se ha caldeado y enrarecido hasta extremos antes nunca vistos, alcanzando un nivel intolerable, y los políticos inmersos en esas trifulcas están dando una imagen vergonzosa que nos crea temor y repudio.

Mentiras, calumnias y broncas dominan actualmente la escena parlamentaria, atrincherándose la oposición en un bunker desde el cual lanza diatribas cada vez más enérgicas contra los representantes del Gobierno, ataques que no llevan a ninguna parte, salvo al caos.

Manifestaciones de patriotismo extremista a la antigua usanza, negacionismo absurdo e intolerable, y acusaciones mutuas de traición a los valores patrios marcados por una Constitución que, como si de un libro sagrado se tratara, parece inmutable e intocable, ha acabado siendo nuestro pan de cada día.

Por si eso fuera poco, esta lucha enconada ha traspasado la frontera de la política, haciéndose extensiva a otros ámbitos, aunque de una forma más encubierta, como la judicatura, dándose el caso —por mucho que algunos pretendan negarlo— de jueces que toman partido por una causa exclusivamente política, al igual que hay políticos que, sin ningún pudor, actúan como jueces o tratan de influir sobre ellos. Es la llamada judicialización de la política y politización de la justicia. A pesar de las voces que lo niegan, no existe actualmente, a mi juicio, una clara y total separación entre el poder judicial y el político, de modo que el poder legislativo y el judicial están separados por una fina y débil línea fronteriza.

Me atrevo a decir, además, que los estándares de calidad democrática se han visto seriamente dañados. A quien ejerce la oposición solo le mueve el interés por derrotar y derrocar al Gobierno, sin ningún miramiento, en lugar de dedicarse a “hacer política”, velando por el interés general de la ciudadanía. El acoso y derribo sin paliativos, utilizando cualquier medio a su alcance, es la dinámica actual. Oposición significa controlar al Gobierno oponiéndose a medidas que no coincidan con su programa electoral, vigilando que aquel ejerza sus funciones de acuerdo con las leyes democráticas y criticando cualquier incumplimiento de los acuerdos previamente tomados, aportando alternativas, y siempre buscando el consenso, cuando ello sea posible. Parece utópico, ¿verdad? Muchas veces pienso que lo es. Porque en lugar de eso, Gobierno y oposición se enzarzan en una lucha crispada sin cuartel en la que abundan los reproches sobre actuaciones y decisiones que quien las critica también las tomaron tiempo atrás. Es ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Y lo más exasperante es ver cómo lo hacen sin ruborizarse lo más mínimo. Deben confiar en la mala memoria de los ciudadanos, incluso en la de sus votantes.

Aquellos que critican, por ejemplo, una alianza del Gobierno con la extrema izquierda, no tienen ningún reparo en hacer lo propio con la extrema derecha. Y a estas críticas se apuntan expresidentes de Gobierno que gozan de muy mala memoria o de un cinismo sin precedentes, ignorando que ellos también cometieron algunas de las “tropelías” que ahora imputan a sus adversarios políticos e incluso a sus correligionarios, de los que se han distanciado de forma inexplicable, alineándose, de este modo, con sus antiguos enemigos Y así podríamos enumerar una larga lista de incongruencias y contradicciones por ambas partes. Y es que siempre sucede lo mismo: quien debería callar es quien suelta las peores mentiras, insolencias y barbaridades.

¿Hasta dónde vamos a llegar con este enfrentamiento sin límite entre partidos? ¿Es así cómo se trabaja a favor del pueblo, mejorando sus condiciones de vida? Todo vale para ocupar el poder, pasando incluso por tergiversar o redefinir conceptos y términos tan sensibles como “golpe de estado” y “terrorismo”. Si los que así actúan llegaran al tan ansiado poder, cualquier acto considerado una agresión a su imagen e intereses sería considerada como un acto terrorista y quienes así obraran serían calificados de golpistas. Vayamos, pues, con cuidado, que el avance internacional —que tampoco cesa— de la extrema derecha nos puede llevar a un terreno muy peligroso, en el que los disidentes podrían acabar entre rejas, como en épocas pretéritas.

Y todavía hay algo peor: que estas actitudes belicosas que estamos viendo y viviendo a diario en la esfera política, se han trasladado a la calle, fomentadas por quienes no quieren aceptar una situación que les desagrada y perjudica, aprovechándose para ello del malestar general de la población y, en muchos casos, de su ignorancia y estrechez de miras. Pero no lo hacen de forma pacífica, que sería lo deseable, sino con manifestaciones y actos violentos que lo único que logran es fomentar todavía mas el odio y la división.

Y todos sabemos que el odio y la violencia engendran más odio y más violencia.


martes, 21 de noviembre de 2023

Quien espera, desespera

 


Dicen que el tiempo es oro. Y yo, que soy impaciente por naturaleza, diría aún más: que es del más puro platino. No hay que perder ni una miaja. Es parte esencial de nuestra vida.

No creo que sea una excepción si digo que me irrita tener que esperar. Parafraseando a no sé quién, diré que la puntualidad es un deber de caballeros, cortesía de reyes, hábito de gente de valor y costumbre de gente bien educada. Sé que suena a rancio, pero, en líneas generales, lo suscribo.

Hay personas que llevan la impuntualidad en sus genes y no pueden evitar llegar tarde a sus citas. Solo les deseo que esa impuntualidad crónica no les acarree un problema grave, como que al no aparecer a tiempo a una entrevista de trabajo, pierdan una gran oportunidad laboral. Aunque creo que esos impuntuales habituales lo son de forma selectiva; según por qué y para qué sí saben presentarse a tiempo. Solo con que se disputen un lugar o puesto preferente, un premio o un producto escaso y muy rebajado, son capaces de madrugar extraordinariamente, como los que hacen cola de noche, durmiendo al raso, para hacerse con el nuevo modelo de iPhone.

Pero, como suelo hacer en mis entradas, estas consideraciones solo son una pequeña introducción, un aperitivo previo al caso que realmente quiero comentar y criticar: la espera que todos los mortales —diría que sin excepción— tenemos que soportar cuando acudimos a una cita médica. Yo, que soy un obseso de la puntualidad y eso de llegar tarde se me antoja como una aberración, soy del todo incapaz de llegar ni tan solo un minuto tarde a mi cita médica. ¿Y si hoy el médico va bien de tiempo o se ha dado de baja un paciente y me llama antes de lo esperado, cuando todavía no he llegado? ¡Qué iluso! Años y años de experiencia negativa en este aspecto y todavía creo que una demora de unos pocos minutos será una catástrofe y me saltará el turno, quedándome sin ser visitado.

Y es que, según mi dilatada experiencia en este quehacer, la media de tiempo que suelen hacer esperar al paciente —por algo se llama así— varía entre un cuarto —algo excepcional— y tres cuartos de hora. Menos mal que tenemos el móvil para distraernos y evitar morirnos de aburrimiento mientras esperamos.

Que acudamos, por ejemplo, a un servicio de análisis clínicos que no requiere cita previa y tengamos que esperar una hora porque el laboratorio de extracción está repleto ya a primera hora —ahí están los que se apresuran a ser de los primeros cuando suelen ser de los que habitualmente llegan tarde a sus citas— es perfectamente normal, pero que, teniendo concedida cita previa y tengamos que sufrir el mismo retraso para ser atendidos, ya es de juzgado de guardia. ¿De qué sirve tener una hora concedida si luego, cuando llegas a la consulta, tienes que hacer cola y te llaman según el orden de llegada? Este no es un ejemplo inventado, lo he vivido no hace mucho, motivo por el cual interpuse una reclamación que, obviamente, no ha recibido respuesta. Y me refiero a lo que ocurre en centros médicos privados. No quiero pensar en los públicos, aunque mi memoria me retrotrae a muchos años atrás, cuando solía acudir a la sanidad pública y ocurría exactamente lo mismo. Una vez más hago hincapié en que la privada se parece cada vez más a la pública, al menos en este sentido.

Y si vas a Urgencias, ya ni os cuento. De promedio nos tocará pasarnos en dicho Servicio entre cuatro y cinco horas, entre el triaje previo, la atención médica y el diagnóstico final.

Y ¿qué ocurre con el tiempo de espera para pedir una cita telefónicamente? «Todos nuestros agentes están ocupados», locución grabada en bucle y, eso sí, acompañada de una musiquita que al final te destroza los nervios. Y con mucha suerte, te acaban atendiendo después de más de cinco minutos de espera y tras varios intentos fallidos. Es desesperante.

¿Poco personal en todos estos casos? Seguro. ¿Poca diligencia? También. ¿Poco interés? Posiblemente. A veces se me antoja que hacer esperar es todavía un atributo muy español, que me trae a la memoria a Mariano José de Larra y su «vuelva usted mañana».

 

jueves, 9 de noviembre de 2023

Las guerras que no cesan

 


Reconozco que puedo resultar pesado, por reiterativo, al abordar casi siempre, y especialmente en mis últimas entradas, temas complejos y de muy difícil solución y con el denominador común de la injusticia y la miseria humana que parece haber venido para quedarse. No pretendo ser un aguafiestas, simplemente reflejo la triste realidad sobre asuntos y comportamientos humanos que me rebelan. Y como no, no podían faltar las guerras. Aunque ya traté este tema en alguna de mis entradas antiguas, la de hoy incide en este drama social en un momento de máxima actualidad.

A fecha de hoy, se estima que hay en el mundo 58 conflictos armados, de los cuales quiero destacar, por su proximidad, por el número de muertes diarias y por su impacto global, pero sobre todo en Occidente, la guerra ruso-ucraniana y la palestino-israelí. No voy a dar cifras sobre los civiles muertos y heridos, que se elevan a decenas de miles, entre los cuales se cuentan numerosos menores, porque este dato escalofriante va en aumento día a día y, además, varía según qué facción las ofrece.

En ambas contiendas se han llevado a cabo numerosos crímenes de guerra, con ataques a la población civil desarmada. Hospitales y escuelas han sido destruidas hasta los cimientos, causando multitud de muertes de inocentes y siempre alegando que en esos edificios se escondían terroristas armados que utilizaban a la población civil como escudos humanos. Y si eso ya de por sí es horrible, más indignante es, si cabe, intuir que esos crímenes no serán juzgados por ningún tribunal internacional, quedando sus perpetradores y mandatarios totalmente impunes.

Pero además de estas terribles cifras, es preocupante ver cómo la comunidad internacional es incapaz de poner freno a tal barbarie. Ni la ONU ni la UE tienen poder alguno para detener los ataques que van diezmando la población civil, que parece ser, muchas veces, el verdadero blanco de los ataques para obligar al enemigo a rendirse. Ambos bandos se acusan mutuamente de los hechos, mintiendo y tergiversando la información, cuando no ocultándola.

Intento ser lo más ecuánime posible, censurando cualquier tipo de acto brutal que no tiene justificación alguna siquiera en un campo de batalla, venga de quien venga. Se dice que incluso la guerra tiene sus normas —algo que me resulta irónico— y quienes no las respetan merecen ser duramente sancionados. Pero nada de esto ocurre, nadie se atreve a tomar cartas en el asunto, a excepción de emitir veladas críticas verbales. Solo el secretario general de la ONU, António Guterres, se ha atrevido reiteradamente a criticar los crímenes de guerra perpetrados contra la población civil y no solo su discurso ha sido como predicar en el desierto, sino que, además, ha recibido duras críticas por parte del agresor, ante la pasividad del resto de Naciones representadas en dicha organización, que no han osado a salir en su defensa.

En estos dos conflictos bélicos he procurado no ser maniqueísta, tachando de buenos y malos a los contendientes. La guerra es mala por definición. Pero sí que me inclino a favor del más débil y en contra de quien inició el conflicto, aunque para ello tenga que retrotraerme a décadas pretéritas, como en el caso del establecimiento del Estado Israelí en 1948, propiciado precisamente por las Naciones Unidas, que fue el detonante de todos los disturbios habidos y por haber en tierra palestina.

Pero obviando quién tiró la primera piedra en cualquiera de las dos confrontaciones bélicas que aquí me ocupan, aunque sea un dato fundamental para entender lo ocurrido, insisto en que lo que más me subleva es ver como las Naciones Unidas y la UE no logran detener el conflicto, que las sanciones emitidas por la ONU caen en saco roto y que el maldito veto de los que son precisamente culpables del cruel desatino da al traste con cualquier acción represora. Una vez más vemos cómo intereses, tanto políticos como económicos, interfieren en la toma de decisiones conjuntas y unánimes. Lo que realmente se pretende es mantener el statu quo y la correlación de fuerzas a nivel mundial. ¿Por qué el gobierno de los EUA no censura abiertamente y sin tapujos al de Israel, si siempre se ha erigido como el pacificador de cualquier conflicto bélico, cuando Israel ha estado constantemente instigando al pueblo palestino, ocupando de forma imparable sus tierras con asentamientos que todo el mundo ha calificado de ilegales? ¿Por qué no le obliga a cumplir con las resoluciones de las Naciones Unidas para que ambos pueblos tengan su propio Estado y puedan convivir pacíficamente? Pues porque la comunidad judía en los EUA es muy numerosa, poderosa e influyente, e ir en su contra tendría graves consecuencias políticas y económicas en ese país norteamericano. Incluso el posicionamiento de su presidente puede inclinar la balanza en su contra en las próximas elecciones. Además, hay que tener en cuenta que los EUA suministran armamento a Israel por un valor de casi 300 millones de dólares.

Y las sanciones a Rusia, ¿qué efectos reales han tenido hasta ahora? Parecía que la condenarían a la ruina y la rendición, pero no ha sido así. ¿Cómo es eso? Porque Rusia tiene unos aliados que no le dejarán caer de la cuerda floja. China, Corea del Norte y Bielorrusia, son los principales valedores y, en segundo lugar, aunque también importantes, están Cuba, Venezuela, Nicaragua, Irán y Siria, si bien estos lo sean fundamentalmente por tener a los EUA como enemigo común.

Así pues, mientras los agresores tengan aliados que puedan suministrarles armamento, petróleo, dinero y otros bienes necesarios para sobrevivir y contrarrestar las sanciones, pudiendo así seguir combatiendo, no habrá una posible resolución al conflicto y la paz seguirá estando lejos.

Paz y Justicia no siempre van de la mano, pues puede haber paz, aunque sea ficticia, bajo un gobierno dictatorial. En cambio, si se logra hacer justicia se puede conseguir la paz, siempre y cuando los países enfrentados tengan la firme voluntad de hacerlo. Por desgracia, en los dos casos aquí expuestos, dudo mucho que ello exista y se logre, por lo tanto, una paz justa y duradera.

 

jueves, 2 de noviembre de 2023

La violencia que no cesa

 


Desde el principio de los tiempos, la violencia ha sido una característica constante del ser humano. A las guerras tribales en las sociedades primitivas les sucedieron otras más cruentas y sofisticadas, llegándose a perpetuar, a lo largo de los siglos, tanto en el ámbito civil, militar e incluso eclesiástico.

Actualmente seguimos viviendo rodeados de violencia, hasta tal punto que ya parecemos inmunes a ella. Cuando nos percatamos, casi a diario, que hay quienes no respetan la vida ajena y atentan contra sus semejantes por cualquier motivo, ya sea político, religioso, racista o por obra de un perturbado, esas imágenes tan crueles nos causan un gran impacto mientras dura la información recibida, pero acabamos viéndola como algo irremediable en un mundo loco que parece que no puede funcionar sin la violencia.

Mientras que hay actos violentos que nos quedan lejos, como la guerra entre Rusia y Ucrania o las recientes atrocidades cometidas en Palestina, otros nos resultan muy cercanos, con los que también convivimos a diario y que no cesan —e incluso diría que aumentan— por mucho que se intente ponerles coto por distintos medios, ya sean policiales o educativos. Me refiero a la violencia de género, la violencia machista.

Quizá sea cierto lo que algunos alegan sobre que en la época de la dictadura también tenían lugar, pero la censura del régimen de entonces nos mantenía en la inopia con objeto de aparentar un bienestar social que no existía. Pero, aunque así fuera, mi impresión es que, contradiciendo la creencia de que vivimos en una sociedad mucho más culta y preparada que la de los años 50 y 60 del siglo pasado, este tipo de violencia a la que me refiero ha llegado a unos límites no solo intolerables sino también altamente alarmantes.

Ignoro desde cuándo existen estadísticas al respecto, pero con solo echar un vistazo a los datos publicados desde el año 2012 hasta hoy, se han producido en nuestro país más de seiscientas muertes de mujeres a mano de sus maridos, parejas o exparejas, con un promedio de 53 muertes al año. Un dato escalofriante que no parece que vaya a disminuir por lo menos en los próximos años si no hallamos una fórmula que corte de raíz tal brutalidad.

Con la información y actividad social que se despliega constantemente sobre este grave problema social, parece mentira que siga habiendo maltratadores y asesinos que no dudan en acabar con la vida de sus exparejas incluso existiendo una orden de alejamiento.

El tema es duro y complejo, pues implica la existencia de varios factores, desde el temor de muchas mujeres a denunciar a su maltratador a algo que para mí es mucho peor: que todavía hay muchas jóvenes que no reconocen que el trato que reciben de sus parejas es una agresión en toda regla. Todavía hoy en día se dan casos de chicas que reconocen que no se daban cuenta de que el comportamiento de su pareja era más propio de un abusador que de un amante. «Me controlaba lo que hacía, me miraba el móvil para ver con quién hablaba y qué decía, no me dejaba ponerme una falda corta, me prohibía salir con algunas amigas, no soportaba que hablara con chicos, pero yo interpretaba que lo hacía porque me quería. Sí, últimamente nos peleábamos con frecuencia. En más de una ocasión llegó a pegarme. Al principio algún bofetón, luego alguna patada. Y me insultaba. Pero todo lo arreglaba con un polvo». Esto es, a grandes rasgos, pero con bastante fidelidad, lo que confesó hace unas semanas ante las cámaras de la televisión catalana (sin mostrar el rostro y con la voz distorsionada) una joven de unos veinte años, que además afirmó haber perdido la virginidad a los quince con ese novio que tanto la quería sin que a ella le viniera en gana. Vamos, que tuvo que acceder a sus pretensiones para que no se pusiera agresivo.

Aun siendo muy consciente de la existencia de estos casos, oír de primera mano y de alguien tan joven esa retahíla de maltratos, me puso los pelos de punta. ¿Y esa educación sexual que se dice que se imparte en las escuelas, de qué sirve?

Hace también unas pocas semanas se hizo público el resultado de una encuesta sobre este tema, que concluía que más de un diez por ciento de los jóvenes varones no veían como un acto de maltrato darle un bofetón a su chica en el transcurso de una discusión o el hecho de mirarle el móvil. ¿Qué pasa por la cabeza de esos jóvenes maltratadores? ¿Acaso toman ejemplo de lo que ven en casa? ¿Es cierto que ser un maltratador es algo que se hereda en el seno de la familia? Si es así, el problema es más difícil de resolver, porque ya no es una cuestión de educación juvenil sino también paterna.

Y si incluimos en la violencia de género, las violaciones, los datos son tanto o más alarmantes si cabe, por lo escalofriantes que resultan.

Pensar que solo en el año 2020, según el Ministerio del Interior, hubo 12.769 víctimas de violencia sexual, de las que 10.798 fueron mujeres, es algo impensable en una sociedad educada. Y del total de delitos de violencia sexual contra las mujeres, el 12% fueron agresiones sexuales con penetración. De ese mismo informe se desprende que se producen 4 violaciones de mujeres al día en España. Y para acabar de retorcer más la situación, según una macroencuesta del año 2019, se estima que solo un 21,7% de las mujeres que han sufrido algún tipo de violencia por parte de sus parejas lo denuncia, y más de la mitad de las que sí lo denunciaron afirman que la policía mostró escaso interés o hizo poco por resolver su caso. Parece, o quiero creer, que esto último está en vías de solución.

Según datos más recientes, del 31 de mayo de 2023, el número de mujeres víctimas de violencia de género aumentó un 8,3% en el año 2022. Desde luego no nos podemos sentir orgullosos de vivir en un país en el que la violencia de género no solo no cesa, sino que aumenta. 

Posiblemente no podamos afirmar, a pesar de estos datos, que España sea un país mayoritariamente machista, pero sí es cierto que el machismo esta todavía muy extendido y arraigado, y no solo me refiero al que origina estos tipos de maltrato, sino al que se da todavía en otros muchos ámbitos de nuestra sociedad. Pero esta es otra historia. ¿Algún día podremos cambiarla?