miércoles, 8 de julio de 2026

Recapitulemos

 


Del mismo modo que cuando se acaba un curso académico, se publican las notas, que denotan el aprovechamiento y rendimiento del alumno, a falta de algo mejor que hacer, me he dedicado a examinar el mío en cuanto al número de entradas publicadas durante el primer semestre de este año y de comentarios que han generado.

El resultado de mi análisis ha sido el siguiente:

Hasta el 1 de julio he publicado en este blog 16 entradas, 2 más que en el mismo periodo de 2025, diferencia esta no significativa.

El número de comentarios recibidos ha sido de 5,2 por entrada (de 8,3 en 2025, una diferencia que sí es significativa), con un máximo de 7 y un mínimo de 4. Los posts que han recibido el mayor número de comentarios han sido tres: 1) el dedicado a los cajeros automáticos, 2) el relativo a la prohibición de armamento nuclear a ciertos países por parte de las actuales potencias armamentísticas, y 3) el que hacía referencia a la falta de precisión de algunos pronósticos meteorológicos. En cuanto a los que han recibido el menor número de comentarios (5 entradas en total con 4 comentarios cada una), destacaría la última, publicada el 22 de junio con el título “¿Soy quisquilloso?”, en la que exponía ciertos comportamientos blogueros que considero atípicos desde mi punto de vista.

Si destaco este post entre los otros cuatro con igual número de comentarios, es porque parece haberse cumplido lo que me temía y que avancé en dicho post: que mi crítica, por muy cortés que pretendiera ser, podía generar un cierto malestar entre los seguidores que se vieran reflejados, y que algunos de ellos podían dar, en el mejor de los casos, la callada por respuesta o bien dejar de seguirme en lo sucesivo.

De ser este el motivo del tan bajo número de comentarios, ratifico en lo expuesto en dicha entrada: que, si alguien se ha sentido ofendido, lo lamento, pero creo que una opinión, por negativa que sea, debería ser objeto de reflexión y/o discusión y no de rechazo. aunque prefiero pensar que esta anomalía solo se debe a que, en este periodo pre estival, el número de lectore/as es sustancialmente menor que durante el resto del año, y por lo tanto también lo es el número de comentarios.

Espero que, a la vuelta de las vacaciones, este blog recupere la normalidad y solo en el caso de que haya, efectivamente, perdido seguidore/as, me plantearé si debo continuar publicando críticas potencialmente sensibles o seguir con la tónica de este blog sea cual sea el resultado.

Y como no puede ser de otro modo, querido/as lectore/as, os deseo que paséis unas felices vacaciones veraniegas.


lunes, 22 de junio de 2026

¿Soy un quisquilloso?

 


Cuando observo en los demás un comportamiento que se aparta de lo que considero “normal”, que sería aquel con el que no me identifico para nada, me da la impresión de que quizá sea yo el que se comporta de forma atípica, aunque la considere acertada.

Si, por ejemplo, alguien deja estacionado su vehículo sobre la acera, aunque sea por un corto espacio de tiempo, ante un vado o salida y entrada de vehículos, no pone el intermitente cuando debería hacerlo, no respeta las señales de tráfico, conduce a una velocidad significativamente excesiva, poniendo en peligro, no solo su vida sino la de los demás conductores o, por el contrario, circula por la ciudad a una velocidad muy por debajo de la permitida mientras el semáforo está en verde y, finalmente, acelera cuando este acaba de pasar a rojo, dejándome colgado, todo ello me saca de quicio. Por no hablar de la intrepidez de algunos conductores de patinetes eléctricos y ciclistas, que juegan con la paciencia ajena. Pero no me queda otra que aguantarme. Ya se sabe que el civismo también está en vías de extinción.

Pero hay comportamientos, que nada tienen que ver con la seguridad viaria ni con el civismo que, aun siendo minucias, me producen un cierto, si no malestar, sí extrañeza y desencanto.

Cuando hace años me planteé dedicar una entrada al asunto que aquí hoy me ocupa, acabé desestimándolo, pues no quería causar malestar entre aquello/as que, sin citarlos, se sentirían señalado/as. Así pues, no os podéis imaginar lo que me ha costado publicar esta entrada de hoy, con la que, que quede claro, no pretendo que nadie cambie su modo de actuar, pues son muy libres de hacer lo que les venga en gana. En el mundo de los blogs no hay leyes ni normas a seguir, salvo ser educado y respetuoso, y yo espero haberlo sido con lo que expongo a continuación.

Así que, sin más prolegómenos, voy directo al grano:

Yo contesto a los comentarios que recibo en mis blogs, si no al instante, sí a la mayor brevedad posible. En cambio, hay quienes no responden a ninguno de los comentarios que han recibido hasta que estos no alcanzan un número muy elevado, no llegan a hacerlo nunca o lo hacen después de varias semanas.

De entre lo/as que tienen aplicado un filtro de aprobación (“tu comentario será visible tras la aprobación”), cuya finalidad no acabo de entender, observo con frecuencia que, habiendo transcurrido semanas desde haber dejado un comentario, todavía aparece la leyenda: “no hay comentarios”. ¿Acaso después de tanto tiempo, el propietario del blog no ha tenido ocasión de verlo y aprobarlo?

Creo que quien ha dedicado su tiempo a leer y comentar una publicación, bien merece una respuesta, por breve y sencilla que sea, tan pronto como resulte posible, sin por ello estresarse, que el tiempo es oro y no hay que malgastarlo en banalidades.

Y ahí vienen mis dos rasgos diferenciales respecto a muchos de mis compañero/as bloguero/as: el primero es que estoy jubilado y, por lo tanto, tengo mucho más tiempo libre para leer y escribir que la mayoría de los mortales laboralmente activos y por ello soy de esos bichos raros que se pasan a diario por los blogs que sigo, para ver si hay novedades, entre ellas las respuestas a los comentarios que he dejado, incomodándome el hecho de ver que estos no han recibido todavía una respuesta, siguiendo abandonados días y días; y el segundo rasgo, o más bien defecto, es que soy un impaciente de narices. Y es que quien espera desespera

Pero aun teniendo más tiempo libre (tampoco demasiado, con los hijos y nietos ya se sabe), me resulta difícil de creer que, aun trabajando o estando ocupados en otros menesteres, haya quienes no tengan un momento a lo largo de la semana (que sigue teniendo siete días) para dedicar unos minutos a responder a los comentarios que su publicación ha originado, aunque sea poco a poco.

Y no debo ser el único que así piensa y actúa, pues tengo compañeros de blog, que tampoco voy a nombrar, pero que también se reconocerán, que responden a los comentarios que reciben a más tardar en uno o dos días. ¿Acaso también están jubilados o en el paro? Posiblemente.

¿Soy rarito? Y por extensión, ¿somos raritos los que así pensamos y actuamos? ¿Soy, como decía al principio, un quisquilloso, o peor aún, un intolerante?

Ojalá no me ocurra como al principio de la existencia de mis blogs, que perdí uno/as cuanto/as seguidore/as porque me atreví a criticar ciertos comportamientos que me resultaban anómalos en otros aspectos distintos a los que aquí menciono. No recibí ninguna respuesta, simplemente hicieron mutis por el foro y nunca más aparecieron. Me castigaron con su indiferencia y ostracismo.

Espero que en esta ocasión no suceda lo mismo. Y si sucede, lo daré por bien empleado, por bocazas. Será que cuanto más viejo me hago, más osado e imprudente me vuelvo.

Con todo lo aquí expresado, insisto en que no pretendo que nadie cambie su modo de proceder ni que entone un mea culpa (lo que doy por sentado que no ocurrirá, faltaría más), pues, como he dicho anteriormente, cada cual es muy libre de obrar a su antojo y hacer en su blog lo que le apetezca, que por eso es suyo, y si a alguien no le gusta, pues que se aguante, que es lo que corresponde hacer, pero es que llevaba mucho tiempo queriendo sacar este tema a colación, por muy incómodo que pueda ser, así que perdonad mi atrevimiento; estoy preparado para recibir las puyas que hagan falta, aunque confío en vuestra tolerancia.


jueves, 11 de junio de 2026

¿Qué tiempo hará?


Quien más quien menos siente interés por saber qué tiempo va a hacer en un momento y lugar que tiene reservado para viajar o simplemente pasar el fin de semana. Y para satisfacer esta curiosidad (a veces incluso necesidad si se viaja por obligación) están los meteorólogos, hombres y mujeres especializados en estudiar e informar sobre los cambios climáticos, día a día, a través de los programas de televisión que tienen una sección dedicada a ello.

Aunque la meteorología es una rama de la Física y, por lo tanto sus estudiosos son científicos, no está exenta de errores en la previsión del tiempo que hará, incluso a corto plazo. A mí no deja de sorprenderme que esta ciencia, que debería ser exacta, no pueda vaticinar algo que ocurrirá en una zona restringida del planeta, como sería nuestro país, con algo más de 500.000 Km2, a tan solo una semana, o menos, del día que nos interesa.

Pero no voy a cuestionar a unos científicos ni a una ciencia que, por mil razones, no puede ser tan exacta como las matemáticas, pues el planeta y su entorno están sujetos a variaciones muchas veces inesperadas. Lo que sí me subleva es el no reconocimiento del cambio, muchas veces notorio, de lo que se dijo ayer y lo que se dice hoy. Casi nunca he visto u oído a un/a meteorólogo/a comentar ese cambio repentino de previsión; parece que la amnesia les ha hecho olvidar lo que dijeron que ocurriría 24 o 48 horas antes, de modo que presentan la nueva previsión como si jamás hubiera cambiado.

Yo veo a diario las telenoticias de la noche en la TV3, al término de las cuales hay un espacio dedicado a la previsión del tiempo para el día siguiente y los próximos cinco días. Pues bien, si un martes, se pronostica un sol radiante para el fin de semana en la Costa Brava (mi lugar de descanso), el jueves resulta que el sábado y domingo siguiente estará nublado y el viernes resulta que el sábado estará nublado pero el domingo lloverá. Así pues, mi cabreo es mayúsculo y, en mi arrebato, llego a insultarlos, exigiendo que entreguen su título y vuelvan a la Universidad.

Hasta aquí, lo dicho es pura anécdota, no exenta de verdad, pero tenemos que ser tolerantes y no exigir a estos profesionales lo que ni las mediciones más estrictas son capaces de acertar, fuentes estas de las que extraen la información que luego hacen pública.

Y como casi siempre hago en mis disquisiciones y críticas en este blog, esta vez también he incluido una larga introducción al tema que en realidad me molesta, y es la discrepancia en la previsión entre distintas aplicaciones meteorológicas.

Yo, concretamente, uso dos de estas aplicaciones: AccuWeather y más recientemente, Aemet. En ambas se puede consultar la previsión a tiempo real, por horas y por días. La primera es la que más utilizo porque detecta tu ubicación automáticamente, estés donde estés. En la segunda, en cambio, tienes que seleccionar la población que te interesa. Pues bien, en un mismo momento, una puede indicar que va a empezar a llover al cabo de 20 minutos, por ejemplo, y cuándo se espera que termine, y la otra, en cambio, indica sol durante todo el día. En lo único que coinciden es en la temperatura, grado arriba, grado abajo.

Pero el summum de la inoperancia, más que de la inexactitud, la sufrí hace un año aproximadamente, un viernes, camino de nuestra segunda residencia en la Costa Brava. Circulábamos por la autopista AP-7 dirección Girona (la de los frecuentes accidentes y embotellamientos) y a la altura del macizo del Montseny (que siempre que miro su cumbre, me trae a la mente el monte Sinaí, porque suele estar cubierto de nubes como si albergara una zarza incandescente), vimos más adelante unos nubarrones negros muy amenazantes (casi parecía una imagen de ciencia ficción) y al poco descargó una lluvia tan intensa que el limpia parabrisas no daba abasto, seguida de una granizada que hacía temer la rotura del parabrisas y la abolladura de la carrocería. Ante ello, nos detuvimos, como hicieron otros vehículos, bajo un puente, arrimados al máximo a la cuneta a la espera que amainara. Y entonces se me ocurrió consultar AccuWeather para ver cuándo acabaría ese diluvio, que no estaba previsto de antemano. Mi sorpresa fue enorme: la previsión en esa zona y en ese momento era de sol con nubes.

¿Para qué sirven, pues, esas aplicaciones si no son fiables? Y, en términos generales, ¿cómo puede ser que con tantos adelantos tecnológicos, hayan aplicaciones que nos fallan cuando más las necesitamos?

Desde entonces, aunque sigo pendiente de las previsiones del tiempo (soy un animal de costumbres fijas), más por curiosidad que por credibilidad, el sistema que más practico es el más antiguo y fiable: mirar al cielo, ver qué tiempo hace y obrar en consecuencia.

 

jueves, 28 de mayo de 2026

Tú sí, tú no

 


Si bien el reparto de la riqueza en nuestro planeta sigue un cauce sumamente injusto y desequilibrado y no existe ninguna regla (por lo menos escrita) para corregir ese desajuste inmoral, los amos del mundo, esos que ostentan el poder absoluto sobre los demás mortales, sí tienen sus reglas a la hora de distribuir, o mejor dicho otorgar su permiso para que algunas potencias con capacidad nuclear puedan disponer de un arsenal que podría acabar en cuestión de minutos con la vida en nuestro planeta.

Así pues, mientras existen países que pueden poseer y desarrollar estas armas tan mortíferas, a otros no se les permite. Obvia decir que nadie debería disponer de ningún tipo de armas nucleares, en lugar de permitírselo a unos y negárselo a otros, por una cuestión de simpatía o antipatía, aunque camuflada por intereses espurios.

El “Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares” (TNP) firmado en 1968, reconoce el derecho a poseerlas a solo cinco países: Estado Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. Estos cinco “Estado reconocidos” son aquellos que ya habían fabricado y probado un dispositivo nuclear antes del 1 de enero de 1967. Los más de 190 países restantes que han firmado el TNP se comprometen a no desarrollar ni adquirir armamento nuclear a cambio de poder utilizar tecnología nuclear con fines civiles pacíficos, lo cual se controla mediante supervisiones llevadas a cabo por el “Organismo Internacional de Energía Atómica” (OIEA).

Se nos dice que el mundo necesita un control para evitar una catástrofe nuclear. Se nos habla de tratados, de reglas, de responsabilidad, pero uno se pregunta: ¿Por qué algunos pueden y otros no? ¿Hasta en esto hay países de primera y países de segunda? ¿Quién dice “tú sí y tú no”? ¿Y por qué?

Israel nunca firmó el TNP, no permite inspecciones y, sin embargo, posee uno de los arsenales nucleares más importantes del mundo, aunque no lo reconozca oficialmente. Así pues, comprobamos que no existen unas reglas universales, pues de haberlas serían iguales para todos. Por lo tanto, el problema no es solo nuclear sino político y moral. Y al igual que Israel, otros países, como India, Pakistán y Corea del Norte poseen armamento nuclear operando también fuera de dicho tratado. ¿Por qué esa tolerancia?

Un mundo donde unos pueden armarse hasta los dientes y otros ni siquiera pueden investigar en energía nuclear sin ser sancionados, no es un mundo seguro y es un mundo desigual.

El impacto de un solo dispositivo de este tipo equivale a destruir una ciudad entera, provocando millones de víctimas y daños ambientales y climáticos irreparables a largo plazo, de lo que ni un bunker nos puede proteger.

Por mucho que existan organismos controladores para frenar su propagación y mitigar sus riesgos, como la ONU y la OIEA, nunca estaremos seguros de que algún descerebrado, con ínfulas de ser “el puto amo”, se le ocurra darle al botón nuclear (tenga la forma que tenga) justificándolo, como ya es habitual, con la excusa de la existencia en un país del “eje del mal” de armas de destrucción masiva.

De momento, todo son amenazas, pues habría que estar muy loco para mandar a paseo el planeta entero. Esperemos que nunca se pase del dicho al hecho.

Se le atribuye a Albert Einstein la siguiente frase: “No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se peleará con palos y piedras”. Esperemos que no fuera un adivino en esta cuestión.

 

jueves, 21 de mayo de 2026

Los reencuentros

 


Algo que debería ser eminentemente festivo, puede resultar un quebranto emocional. Y es que los años no pasan en balde. Todos envejecemos a la vez (aunque haya quien acuse el paso del tiempo más que otros) pero parece como si creyéramos que sólo envejecen los demás. Cuando nos encontramos con alguien al que habíamos perdido de vista largo tiempo, entonces nos percatamos de lo mayores que somos. Parece como si al contemplar el envejecimiento ajeno despertáramos a la dura realidad. Las reglas de tres no engañan, si él es viejo y yo tengo su misma edad, luego yo también soy viejo.

Como nos miramos al espejo a diario, nuestros cambios, lentos y graduales, nos pasan más desapercibidos que los de los demás, especialmente en aquellos a los que sólo vemos de tarde en tarde. Y si el salto del tiempo desde un encuentro a otro es de muchos años, el efecto puede ser devastador.

En dos ocasiones he vivido una experiencia semejante; la primera en un encuentro de antiguos alumnos de bachillerato, y la segunda, más recientemente, de excompañeros de trabajo, y en ambas ocasiones fueron más de veinte los años transcurridos desde la última ocasión en que nos vimos.

En la segunda experiencia ya iba psicológicamente preparado, pero en la primera experimenté un shock emocional casi traumático. Con dieciséis años nos separamos y con más de cuarenta nos reencontramos. Canas en muchos, calvicie incipiente en otros y arrugas (o líneas de expresión como a muchos gusta llamar) por doquier, algo normal como la vida misma, pero inesperado por quien todavía, al cerrar los ojos, ve a aquellos muchachos adolescentes. El reloj se ha parado en las mentes, pero no en los cuerpos. Incluso hubo a quien no reconocí hasta que se presentó. Pero el caso más insólito fue el de un individuo que, acompañado por su pareja, apareció en el restaurante donde celebrábamos el encuentro cuando ya íbamos por el segundo plato. Nadie, absolutamente nadie supo quién era. Ni se presentó, ni nadie le preguntó para no quedar mal. Llegamos a pensar que se había equivocado de evento, pero de ser así se habría percatado de su error y habría abandonado el lugar. ¿Pudo ocurrir que, de tan cambiado que estaba, nadie le reconoció? Todo un misterio.

Con esta experiencia previa, el segundo encuentro, que tuvo lugar cuando ya me había jubilado, como ya estaba mentalmente preparado y, aunque también hubieran transcurrido veintitantos años, los cambios físicos, aunque notables, no tenían por qué ser tan brutales, mis temores residían en no ser reconocido o, peor aún, recordado, y no sólo por el aspecto físico sino por la poca o nula huella que hubiera podido dejar en la mente de aquellos compañeros y compañeras con lo/as que compartí más de diez años de vida laboral.

Lógicamente, hubo de todo. Hubo quien no me reconoció a la primera, hubo quien me reconoció, pero no recordó mi nombre y hubo quien no supo quién era simplemente porque no coincidimos mucho tiempo en la Empresa, siendo todo ello recíproco.

Lo que sí hubo, y hay siempre en este tipo de acontecimientos, es esa sensación placentera que produce la reunión (etimológicamente, volver a unir) con viejos (en el sentido de antiguos) compañeros de fatigas aunque pueda subyacer el sabor amargo que deja el tiempo pasado e irreversible, la nostalgia de una etapa de juventud o de madurez irrecuperable, el sabor agrio que deja el paso de los años al ver convertido en casi un/a “anciano/a venerable” a aquel hombre o mujer maduro/a y vital, y, por otra parte, el malestar, todo hay que decirlo, de ver cómo derrocha simpatía quien se comportó de forma mordaz e indebida contigo. Sonrisas falsas y conductas hipócritas y quién sabe si una cierta amnesia que le impide recordar cuán mezquino fue en más de una ocasión. Y, por si fuera poco, tener que sentarte a la misma mesa y escucharle contar con sorna algunas anécdotas que no tienen ni pizca de gracia, pero que al resto de comensales les hace reír, probablemente en un acto hipócrita, sobre todo de los que en su día fueron (y siguen siendo) unos lameculos.

Pero el tiempo, tan implacable para lo malo de la vida, tiene, a la vez, un efecto balsámico, pues si no cura todos los males, sí los suaviza y generalmente no suele dejar un lugar preponderante para el rencor. Aun así, no me han quedado ganas de asistir a ningún otro reencuentro (y ha habido alguna propuesta) que pueda repararme alguna que otra incomodidad, sea del tipo que sea. Prefiero dejar el pasado intocable. Como dice el refrán: agua pasada no mueve molino.

Así pues, esos reencuentros no sólo sirven para reunirse con antiguos amigos y compañeros de fatigas sino para hacer frente a los fantasmas del pasado. Y como a mí no me gusta verme con fantasmas (en todas sus acepciones), evito su presencia. Desde hace tiempo solo me reúno con esos amigos que, por mucho tiempo que pase, siguen estando ahí y con los que mantengo la misma afinidad de cuando les conocí.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

La humildad del sabio

 


¿Será que cada vez hay menos sabios en nuestra sociedad? Lo digo porque una de las cualidades que se les atribuyen, la de saber rectificar, brilla por su ausencia. Salvo algunos honrosos ejemplos que solo vemos en la aparentemente trasnochada sociedad oriental, nadie que se precie se digna hoy en día a reconocer sus errores, y menos públicamente. Las palabras se las lleva el viento y la amnesia viene a reemplazarlas. Si errar es humano (en esto parece que todos estamos de acuerdo, sobre todo el que yerra, quizá porque es la mejor de las excusas), ¿por qué hay tanto reparo en reconocer nuestros errores? Parece que sólo se equivocan los demás, que por eso son unos inútiles. Se ve la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.

Pero lo peor es que la falta de rectificación no se debe a la vergüenza (sentimiento humano muy comprensible) de tener que reconocer públicamente que uno se ha equivocado. No, lo verdaderamente lamentable es que el motivo de esa omisión es el orgullo, la soberbia, al no querer reconocer un fallo y perder, con esa actitud ejemplar, el prestigio, el dominio, la superioridad de los que viven en su particular torre de marfil.

No me interesan los sabios orgullosos. Para mí no hay nada ni nadie mejor que un sabio humilde. Así que prefiero sustituir lo de “rectificar es de sabios” por algo así como “el sabio humilde es dos veces sabio”.

Por lo tanto, si la humildad es un bien escaso, como creo, la sabiduría también está en crisis.

 


sábado, 9 de mayo de 2026

¿Puede la cultura producir una dislocación vertebral?

 


Creo haber dicho en más de una ocasión que, entre mis defectos, que tampoco es que sean muchos, está el perfeccionismo, o quizá debería decir la quisquillosidad, cuando observo algo que considero fuera de lo normal, siempre y cuando me produzca una cierta incomodidad, por pequeña que sea. Y lo que hoy aquí critico será una nimiedad, pero me extraña que nadie haya, aparentemente, reparado en ello, y que sus responsables no hayan puesto remedio por el bien de nuestras vértebras cervicales.

En una sociedad como la nuestra, en la que todo, o casi todo, está regulado, estandarizado; donde existen múltiples normativas, entre las que podemos incluir las normas UNE, ISO, las PNT o SOP, en su versión anglosajona; donde tenemos manuales de instrucción para todo, o casi todo, yo me pregunto y no paro de preguntarme ¿por qué demonios nadie, o casi nadie, con poder de decisión, en concreto las editoriales, la asociación de autores, la de consumidores, la de traumatología, o quienquiera que desee preservar en buen estado las vértebras cervicales de la población lectora, ha pensado en normalizar la orientación en la que debe imprimirse el título y el nombre del autor en el lomo de un libro?

¿Os habéis percatado de este inconveniente o bien estáis tan acostumbrados que no habéis reparado en ello? De todos modos, ¿no os resulta de lo más incómodo, por no decir molesto e incluso mareante, tener que estar inclinando constantemente el cuello, ahora a la derecha, ahora a la izquierda, para leer el lomo de los libros que yacen en las estanterías de las librerías y bibliotecas?

Claro que todo, o casi todo lo malo en esta vida también puede tener su lado positivo. Imaginémonos por un momento que en una librería se encuentran, frente al mismo tramo de estantes, un chico y una chica buscando un libro y estando muy cerca el uno de la otra, casi rozando sus hombros, inclinan de pronto sus cabezas hacia un mismo punto central y zas, una colisión craneal les produce, al instante, un dolor intenso que, a los pocos segundos se transforma en una sonrisa complaciente y de disculpa. Y ya puestos a imaginar, quién sabe si un poco más tarde esos dos jóvenes amantes de la lectura se están riendo de esa anécdota en el bar más próximo a la librería que les ha unido gracias a la cultura y a la inoperancia de los órganos reguladores.

Visto así, quizá será mejor dejar las cosas como están y que sea lo que Dios, o Cupido, quiera.


martes, 21 de abril de 2026

Reseñas falsas

 


Me da la impresión de que son muchos los que suelen consultar las reseñas que se publican en torno a establecimientos en general y a restaurantes y hoteles en particular. Yo no soy uno de ellos porque simplemente no me fio de su veracidad. ¿Cómo se explica que de un mismo “producto” haya opiniones radicalmente opuestas? A un cliente le ha parecido excelente y a otro un desastre. ¿Quién de ellos miente?

Hay una frase que dice que “cada uno cuenta la feria según le va”. Y es muy cierto. Dos personas han acudido, por ejemplo, a la misma fiesta y a uno le ha parecido soberbia, se lo ha pasado en grande, mientras que a otro le ha resultado sumamente aburrida y el ambiente nefasto. ¿Es cuestión de suerte? Muchos factores pueden haber influido para esta disparidad de opiniones. Pero ¿cómo puede ser que la comida que ofrece un restaurante sea excelente o la habitación de un hotel magnífica, y para otro cliente ese mismo restaurante ofrezca una comida vomitiva o ese mismo hotel disponga de cuchitriles como habitaciones? Lo más probable es que no sea verdad ni lo uno ni lo otro y que detrás de esas afirmaciones se escondan intereses inconfesables. Así pues, estamos frente a Reseñas falsas.

Las reseñas falsas son valoraciones fraudulentas, positivas o negativas, diseñadas para manipular la reputación de un establecimiento online, prohibidas por la normativa de la UE y España (Real Decreto-ley 24/2021) al considerarse prácticas comerciales engañosas. Se pueden combatir denunciando en Google, presentando alegaciones profesionales y, en casos graves, emprendiendo acciones legales por difamación. 

Según los expertos, para identificar una reseña falsa, hay que buscar patrones sospechosos, como nombres genéricos, perfiles sin historial, lenguaje extremadamente vago o exagerado (tanto positivo como negativo) y muchas evaluaciones positivas o negativas en muy poco tiempo. Hay que desconfiar si la reseña carece de detalles específicos de la experiencia o si menciona productos de la competencia.

Según un estudio realizado por Skeepers y la London School of Economics, hasta el 95% de los consumidores tiene en cuenta las reseñas online antes de realizar una compra, reservar una habitación de hotel, ir a un restaurante o asistir a un evento. 

Todo ello indica que hay desaprensivos que no dudan en calumniar si reciben una buena recompensa por ello. Existen empresas que contratan a reseñadores para que publiquen una crítica sobre un determinado establecimiento, sin haber puesto un pie en él. Y la compensación económica es directamente proporcional a la longitud del texto y a la locuacidad del mismo. Y del mismo modo, hay quienes se ofrecen públicamente para esta práctica a cambio de unos honorarios que indican en su oferta. Y esta práctica es públicamente abierta, es decir no se oculta ni enmascara, lo que la hace todavía más escandalosa.

Así pues, no podemos fiarnos de lo que se publica en las reseñas y solo el consejo de alguien conocido y fiable en sus gustos puede sacarnos de dudas.

Parece mentira como la cada vez mayor competitividad entre empresas genere este tipo de actividad comercial tan inmoral, pues hay empresas (generalmente pequeños comercios) que han tenido que cerrar por culpa de tales reseñas falsamente negativas. Tanto el contratador como el contratado para publicarlas están faltando a la verdad y dañando a un competidor que hace tan bien su labor que provoca el rencor de ciertas empresas que son incapaces de sobresalir por méritos propios.

Cualquier actividad fraudulenta e inmoral debe estar penada por la ley, una ley que si bien establece su prohibición, dudo mucho que se aplique, de lo contrario no abundarían este tipo de actividades ilegales. Parece como si se cumpliera la máxima que dice que ”hecha la ley, hecha la trampa”.

 

martes, 31 de marzo de 2026

¿Amor de padre cristiano?

 


Supongo que con tan solo leer el título de esta entrada ya adivináis de qué va el tema que hoy traigo hasta aquí, pues ha sido una noticia no solo actual sino además muy relevante para los que creemos en el derecho a una muerte digna.

Permitidme, antes de entrar en materia, que os cuente una anécdota de hace ya unos cuantos años.

Estaba yo por aquel entonces asistiendo a un curso de formación sobre asertividad y negociación propuesto por la empresa en la que trabajaba. Lo impartía Enrique García Huete, un psicólogo clínico que, entre sus quehaceres, daba soporte a los enfermos terminales y a sus familias. En los descansos, solía contarnos anécdotas de todo tipo, relacionadas o no con su profesión. El caso es que en una de esas pausas nos preguntó cuál creíamos que era el amor más egoísta, y ante nuestro silencio expectante, afirmó: el de una madre. Podéis imaginaros la cara de pasmo de los allí presentes, especialmente el de las mujeres, que eran, por cierto, mayoría.

A lo que se refería este psicólogo, por experiencia propia, era el amor mal entendido de aquellas madres que desean mantener como sea con vida, una vida vegetativa, a su hijo o hija, impidiendo que los médicos desconecten los aparatos que los mantienen en ese estado vegetativo cuando no existe ninguna forma científica de revertir la situación.

Así pues, supongo que, como he dicho, García Huete se basó en su experiencia personal, la cual solo incluía a madres y no a padres, aunque la realidad nos demuestra que esa actitud, que considero realmente egoísta, por muy basada que esté en el pretendido amor, también se da en padres, como hemos comprobado recientemente en el tristísimo caso de Noelia Castillo, que falleció el pasado 26 de marzo tras recibir la eutanasia que solicitó años atrás.

La eutanasia es legal en España desde el año 2021 y hasta finales de 2024 se han realizado 1.123 eutanasias. Solo en 2024 se realizaron 426, lo que indica un aumento constante en su aplicación. Pero antes de obtener dicha legalización fueron muchos enfermos los que tuvieron que sufrir el dolor físico y mental al verse abandonados a su (mala) suerte, sin recibir el apoyo necesario e imprescindible por parte del Estado que, legalmente consideraba y trataba a aquellos que ayudaban a morir a sus seres queridos como verdaderos delincuentes.

El derecho a morir dignamente es ahora un derecho constitucional. Un adulto, psíquicamente capacitado, que desee acabar con su vida por razones humanitarias justificadas, como dejar de soportar una vida que no es vida, postrado en una cama, pegado a una silla de ruedas de por vida y padeciendo una enfermedad incurable, degenerativa y cruel, tiene todo el derecho a exigir (aunque el término legal es solicitar) que le practiquen esa solución definitiva. A fin de cuentas, es dueño de su cuerpo y nadie tiene derecho a impedírselo. Nadie puede decidir sobre la vida de los demás.

Por lo tanto, me parece totalmente cruel e inmoral que alguien se oponga frontalmente a esa decisión tan personal e íntima. Y aquí aparece ─aunque he sabido que no es el único caso habido en nuestro país─ la figura de un padre, el padre de Noelia que, habiendo solicitado esta la eutanasia en 2024 y habiéndosele concedido tras una minuciosa y exhaustiva evaluación médica, psicológica y jurídica, interpuso recurso contra esa decisión, un largo proceso de sentencias y recursos que ha llegado, tras 2 años de batalla judicial, hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, quien por fin ha rechazado la apelación paterna, asistida en todo momento por los denominados Abogados Cristianos.

El calvario que ha sufrido esta pobre chica ha sido horrible, desde su violación múltiple a manos de tres jóvenes, su posterior intento de suicidio, lanzándose por un balcón que la dejó parapléjica y con graves secuelas, tanto físicas como psíquicas, hasta la firme oposición de su padre a que acabaran con tal sufrimiento mediante la eutanasia. Un padre católico fundamentalista que, apoyado por esa organización ultracatólica, autodenominada Abogados Cristianos, que predican un falso amor basándose en que nuestra vida solo nos la puede quitar Dios, que es quien nos la ha dado, ha convertido a Noelia en un juguete roto a manos de sádicos sin piedad.

Sin entrar en más detalles, me parecen también nauseabundas las acciones, algunas incluso violentas, de las asociaciones provida y antiaborto, que coartan la libertad individual basándose exclusivamente en consideraciones religiosas. Son los mismos que se opusieron a la Ley del divorcio, a la del aborto y, por supuesto, a la de la eutanasia.

Pero al margen de esos grupos, o grupúsculos, extremistas, estamos viendo cómo parte de la derecha y toda la ultraderecha española se ha manifestado en contra de la eutanasia practicada, legal y humanitariamente, a Noelia Castillo, una joven de 25 años, con plenas facultades mentales, contrariamente a lo que algunos han querido hacer creer. Tanto esta ultraderecha casposa como la Iglesia, cómo no, se ha pronunciado en contra de lo que han calificado como suicidio asistido e incluso de asesinato subvencionado.

No suelo desear el mal a nadie, pero a esta gente sin entrañas, que no saben lo que es la empatía ni el verdadero amor, merecen padecer una muerte lenta y dolorosa, para que sufran en sus propias carnes lo que hacen sufrir a otros con su actitud y que sepan lo que es sobrevivir (que no vivir) con dolor y sin ninguna esperanza de curación por culpa de la oposición de quienes deberían ayudar a esos muertos en vida a morir en paz.

No puedo comprender cómo un padre, o una madre, puede impedir que su hijo, o hija, deje de sufrir lo indecible. Esto no es amor, es un comportamiento cruel basado en una ideología trasnochada, intransigente e inhumana.

Los miembros de nuestra sociedad más radical y de la Iglesia católica oficial (que viene a ser lo mismo) todavía están a años luz de abrirse a una sociedad moderna, más tolerante y más humana.

Que Noelia descanse en paz, porque se la ha ganado.

 

Fotografía: Noelia Castillo Ramos. Imagen obtenida de internet.

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

¿Quién es el terrorista?

 


A quien acusa a otro de hacer lo mismo que él hace se le conoce comúnmente como alguien que practica la proyección, un mecanismo de defensa psicológico donde se atribuyen a otros los propios defectos, impulsos o actos censurables. También puede ser denominado hipócrita si actúa con falsedad moral o calumniador si acusa falsamente de un delito. 

  • Proyección: Es la atribución inconsciente de los propios sentimientos, pensamientos o comportamientos inaceptables a otra persona.
  • Hipocresía: Fingir creencias o virtudes que no se tienen, a menudo criticando en otros la propia conducta.
  • Calumnia: Imputación falsa de un delito hecha con conocimiento de su falsedad. 

En un contexto más coloquial, se puede decir que esa persona "ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio".

(Texto obtenido por IA)

Lo antedicho no es más que un prólogo para dar un poco de cuerpo al tema que me trae hasta aquí y que creo haber sacado a colación, con otras palabras y/o ejemplos, en alguna otra ocasión. Y si lo hago nuevamente es porque es algo especialmente candente en la actualidad y, cómo no, en el ámbito político.

Pero no me voy a referir a los rifirrafes a los que nuestros políticos nos tienen acostumbrados, ya sea en el Congreso, en el Senado, en los pasillos de ambas instituciones o ante las cámaras de televisión. No, pues el colmo de los colmos de tales comportamientos los estamos viendo a diario de boca de los grandes dictadores, dueños del mundo, y “Señores de la guerra”.

¿Cómo es posible que, en un derroche de hipocresía y cinismo, Putin, Netanyahu y Trump califiquen de terroristas a quienes se defienden de sus ataques, como consecuencia de las invasiones y guerras ilegales a las que se ven sometidos, cuando lo que hacen es defenderse de un enemigo que no muestra el menor respeto al Derecho Internacional y a los Derechos Humanos?

Por supuesto esta es una pregunta retórica que no requiere ser contestada, pues cualquier persona con un mínimo de sentido común y conocimiento de lo que está pasando a nuestro alrededor, sabe discernir entre la verdad y la mentira.

¿Cómo acabar con esta situación tan alarmante, provocada principalmente por la codicia y no por la alegada defensa de los intereses internos y humanitarios del país atacado? Solo con decir que Trump ha multiplicado su ya abultada fortuna desde el inicio de la guerra en el golfo pérsico, ya está todo dicho. Y no solo él sino también sus adláteres que, disponiendo de información privilegiada, han comprado y vendido sus acciones petrolíferas en los momentos adecuados. Todo por el petróleo. Los intereses de Netanyahu solo responden a la creación de un gran Israel y de concentrar en sus dominios el mayor número de instalaciones de gas y petróleo, aunque con ello se lleve por delante a miles de vidas humanas. Y Putin ya hace tiempo que nos ha enseñado sus cartas, mostrando su inamovible interés por crear la Gran Rusia al estilo de la antigua Unión Soviética.

Y mientras tanto, los observadores internacionales interesados por mantener la paz y evitar que esos conflictos se alarguen en el tiempo, solo son capaces de sancionar (con sanciones ineficaces y ridículas) y llamar al orden a los invasores, pero sin mover un dedo para hacerles frente. Pero quién sabe si esta conducta es la más prudente, teniendo en cuenta la beligerancia sin parangón de los tres países que han originado estos conflictos armados. Supongo que el miedo a una tercera guerra mundial los tiene atados de pies y manos. ¿O también debemos pensar en la hipocresía?

Si creyera en Dios, le diría que está haciendo un flaco favor a la humanidad por no enviar a esos energúmenos violadores de la paz una de las plagas que mandó a los egipcios como castigo por esclavizar a los hebreos (según nos enseñaron en las clases de Historia Sagrada). Pero, bien pensado, si Israel es el pueblo elegido por Javhé, no hay nada que hacer. Siempre será un pueblo privilegiado y con derecho a hacer lo que le dé la gana, incluso involucrar y espolear a los EEUU (donde un 2,7% de la población es judía y algunos muy influyentes económicamente) para intervenir en una guerra injusta e ilegal. Pero Putin practica el cristianismo ortodoxo, así que con él no debería tener piedad. Y en cambio guarda silencio.

Perdonadme la irreverencia, pero ante tales desmanes, asesinatos y genocidios, solo me queda el humor negro, tan negro como el futuro de la democracia.

Y como remate final, me siento obligado a aclarar lo que muchos ya han declarado públicamente: que estar a favor del pueblo palestino no significa estar a favor de Hamas, y que estar en contra de la guerra contra Irán, no es estar a favor del régimen de los ayatolás. Que nadie se confunda, como lo hacen algunos dirigentes políticos (supongo que a propósito) de la derecha y ultraderecha española.

 

domingo, 15 de marzo de 2026

Belorado y las monjas rebeldes

 


En mayo de 2024 las monjas clarisas de Belorado (Burgos) saltaban a la luz pública por protagonizar lo que han definido algunos como el primer cisma del siglo XXI. Desde entonces se han producido noticias estrambóticas en el marco de un procedimiento judicial y eclesiástico, terminando con la excomunión de estas monjas y una demanda de desahucio del convento en el que vivían, algo que finalmente se ha llevado a cabo en este mes de marzo.

El inicio de tales desatinos se produjo cuando estas monjas “rebeldes” emitieron un Manifiesto afirmando que no reconocían a ningún papa desde Pío XII. Pero además de este argumento, empezaron a aparecer motivaciones económicas y de poder. La Iglesia no les permitió vender el convento de Derio (Vizcaya) y se les indicó que el mandato de la entonces abadesa al frente de la comunidad monástica no se podía prorrogar más según la normativa vigente. Llegados a este punto, el papa Francisco nombró al arzobispo de Burgos, Mario Iceta, Comisario Pontificio con plenos poderes para administrar los bienes de las religiosas. Y entonces se lio más la cosa.

De una comunidad formada por 16 religiosas, el dia del cisma ya se produjo el abandono de una monja porque “no quería participar de una secta”, y cinco meses después también lo hizo la número dos de las disidentes. Quedaron, pues, al pie del cañón, nueve excomulgadas y cinco ancianas enfermas que ─estas sí─ siguen perteneciendo a la iglesia católica porque no firmaron el Manifiesto.

Más de un año después, la historia se ha visto impregnada de episodios rocambolescos sobre criaderos ilegales de perros, apadrinamiento de gallinas, venta de ornamentos litúrgicos por internet, inversiones en lingotes de oro, el cobro de la pensión de una religiosa difunta, la apertura de un restaurante en Asturias, varias denuncias cruzadas ante la Guardia Civil, y la aparición en escena de personajes singulares como los falsos obispos, nacionales y extranjeros, cocteleros y árbitros de boxeo que se han hecho pasar por sacerdotes, el nombramiento de un jefe de prensa especializado en crónica negra, y hasta la creación de un crowfunding para pagar los miles de euros de deuda que el Comisario Pontificio ha hecho pública. Ante este panorama, hay que decir que los habitantes de Belorado han confesado estar hartos de las exmonjas y más preocupados por temas que les resultan mucho más acuciantes, como la despoblación de la zona y la construcción de una autovía, que los negocios de esas mujeres.

También señalar que, ante estos hechos, la Confederación de Clarisas de España y Portugal se ha desvinculado de las monjas clarisas de Belorado y Orduña, en una demostración de sensatez.

Han sido muchas las negativas de esas monjas a recibir una  delegación enviada por el arzobispo de Burgos y han desobedecido reiteradamente las peticiones para “volver al redil”, lo que llevó a las autoridades eclesiásticas a presentar una demanda de desahucio, a lo que las denunciadas interpusieron recurso, que finalmente fue desestimado por la jueza que ha llevado el caso, obligándolas a abandonar el convento como muy tarde el 12 de marzo de 2026, cosa que han hecho pacífica y “voluntariamente” para evitar ser expulsadas a la fuerza por un contingente de la Guardia Civil.

Una vez abandonado el convento, las monjas se han trasladado a una casa familiar en la Puebla de Montalbán (Toledo), cedida por un amigo o simpatizante. A ver qué se les ocurre hacer a partir de ahora y cómo se ganarán la vida.

Ante todo este comportamiento de las clarisas de Belorado, yo me pregunto si cuando se hicieron monja no les quedó claro que entre sus votos estaba, sobre todo, el de obediencia y pobreza, porque parece que no han sabido, o mejor dicho querido aplicarlos.

Al margen de las creencias religiosas de cada uno, mi opinión es que el comportamiento de estas monjas ha sido no solo reprobable sino además indigno de quien profesa una fe y pertenece a una congregación religiosa que tiene que dar ejemplo de bondad y humildad.

Para finalizar, reproduzco a continuación las reglas de la comunidad de monjas clarisas (obtenido por internet):

Las monjas clarisas siguen una estricta Regla basada en la pobreza evangélica, la clausura, el silencio y la oración continua, inspiradas por Santa Clara de Asís. Su vida se centra en la Liturgia de las Horas, la eucaristía y el trabajo manual, vistiendo un hábito con un cordón de tres nudos que simboliza la castidad, obediencia y pobreza. 

  • Pobreza Extrema: Viven sin propiedades, dependiendo de la providencia y su trabajo manual (repostería, bordados).
  • Vida de Clausura: Permanecen en el monasterio, dedicadas a la intercesión espiritual.
  • Oración y Silencio: El silencio es pilar fundamental, facilitando la reflexión y la constante comunicación con Dios.
  • Vida Fraterna: Comunidad enfocada en el apoyo mutuo y la unión espiritual. 

Creo que no hace falta indicar que las monjas de Belorado no han seguido precisamente al pie de la letra estas normas. Y yo me pregunto, además, ¿por qué siguen vistiendo el hábito de su congregación si ya no son monjas, al haber sido expulsadas de la Iglesia? ¿Otra osadía o provocación?


sábado, 7 de marzo de 2026

Feminismo juvenil

 


Leo con preocupación que, contrariamente a lo que sería de esperar, el feminismo está perdiendo fuerza, sobre todo entre los adolescentes varones.

Según el “Barómetro Juventud y Género 2025”, solo el 38,4% de los jóvenes de entre 15 y 29 años se identifica como feminista, el nivel más bajo (unos 12 puntos menos) que en 2021 (El País, 27 de febrero de 2026).

En cuanto a las desigualdades de género, el 48,9% cree que existen desigualdades grandes o muy grandes y el 49,2% ve que el feminismo es el medio necesario para lograr una igualdad real en España. Es decir, menos de la mitad de los encuestados considera que existen importantes desigualdades de género y que el feminismo es imprescindible para corregirlas. Así pues, más del 50% de los jóvenes no creen ni en las desigualdades entre sexos ni en la utilidad del feminismo. En este grupo de jóvenes, por supuesto mayoritariamente de sexo masculino, el término feminismo tiene connotaciones perversas e impositivas ─de ahí que se haya acuñado el término “feminazi”─, hasta el punto de considerarse víctimas de unas leyes que consideran abusivas.

Esta situación anómala en una sociedad democrática que fomenta la igualdad entre géneros, hace pensar que algo ha fallado en nuestro sistema educativo en el que las primeras beneficiarias son las mujeres en general y las jóvenes en particular. Incluso las redes sociales se han posicionado recientemente contra el feminismo: para el 38% de las chicas y el 51,5% de los chicos (más del doble que en 2021) es una herramienta de adoctrinamiento. Ante ello, lo más chocante para mí es que en este grupo haya más de una tercera parte de chicas jóvenes, cuando el sexo femenino debería estar, en una mayoría absoluta, contra el machismo.

Nunca me habría imaginado que, con tanta pedagogía oficial y desde asociaciones culturales contra el machismo, la opinión de los adolescentes sobre el feminismo esté tan polarizada, con una brecha entre género creciente.

En definitiva, creo que es necesaria una nueva pedagogía (ignoro de qué modo, pues no soy un experto en la materia) para frenar el preocupante distanciamiento de la juventud de la igualdad de género. Ahora, habiendo inaugurado el segundo cuarto de siglo XXI, resulta que los jóvenes son el verdadero reto del feminismo e igualdad de género. Insisto: ¿qué hemos hecho (padres y educadores) mal?

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Intermediarios

 


John Heywood acuñó en 1546 ─en su libro de proverbios─ la frase “los árboles no dejan ver el bosque”, indicando con ello que muchas veces los detalles minuciosos o los problemas inmediatos nos impiden comprender la situación general de un problema. Pues bien, me da la impresión de que, aunque en el fondo conocemos, por ejemplo, el origen de la carestía de los alimentos y su constante incremento, no profundizamos lo suficiente en el origen y simplemente nos centramos en su existencia, nos quejamos (y con razón), exigiendo una solución a las autoridades (al Gobierno, en concreto), como si fueran los únicos responsables, obviando a los verdaderos culpables: los intermediarios.

Desde su origen al consumidor final, el precio de los alimentos se multiplica de forma escandalosa, llegando, en algunos casos, a incrementos que van del 300% al 800%, tanto en los productos agrícolas como ganaderos, según los informes de 2025.

Esta diferencia entre el punto de origen y el consumidor (supermercado) se debe a los intermediarios, e incluyen los costes de transporte, envasado y distribución, más el beneficio que se adjudica el vendedor. Los agricultores, en concreto, a menudo denuncian que el precio al que les abonan sus productos apenas cubre los gastos de producción, mientras que el consumidor final paga precios mucho más altos, que en algunos casos (por ejemplo: cuando hay escasez de producto por causas diversas, principalmente climatológicas) resulta todavía más elocuente.

¿Quién controla esos márgenes, procurando que sean justos y necesarios? Lo ignoro, pero parece que nadie con el mínimo poder, o determinación, para interceder y solventar este problema cada vez más acuciante.

En el ámbito farmacéutico, por ejemplo, el margen del mayorista y el de la oficina de farmacia están regulados y fijados por ley y también tienen sus costes. ¿Por qué, pues, el de los intermediarios en el ámbito de la alimentación es libre? Desde el productor (el laboratorio fabricante y/o comercializador) hasta el consumidor (el paciente) el precio de un medicamento está fijado y controlado por el Ministerio de Sanidad, excepto los medicamentos sin receta cuyo precio es libre. Pues bien, yo compararía a esos medicamentos con receta, financiados por la Seguridad Social, a los productos alimenticios de primera necesidad, pues ambos son imprescindibles para la salud.

Así pues, en mi opinión, si se ajustaran, dentro de un margen razonable, los precios que aplican los intermediarios de los productos alimenticios, tanto el agricultor como el ganadero podrían vender sus productos a un precio más justo y el consumidor final los pagaría a un precio más razonable.

Que los precios, tanto en origen como en el supermercado, suban debido a la escasez de los mismos, por las razones que antes he comentado, como la baja producción debido a la sequía o a las inclemencias climatológicas, es otro tema a considerar y con el que yo discrepo totalmente, pero esto ya sería objeto de un análisis aparte.

Por lo tanto, deberían eliminarse las excusas de siempre: de que es un tema muy complejo, que se está estudiando su posible solución, mientras que los sectores perjudicados se manifiestan, a veces violentamente, en las calles y carreteras de nuestro país, y que solo reciben promesas, que no llegan a cumplirse, del Ministerio responsable. Eso de tomar medidas es muy típico de nuestros políticos, pero parece que les falta voluntad o atrevimiento para poner en práctica dichas medidas. Quizá temen a las grandes comercializadoras y ser tachados por ciertos empresarios y partidos políticos de comunistas o cuanto menos de dictadores, al imponer medidas coercitivas contra los abusos de los de siempre.

Entretanto, muchos ciudadanos tendrán que seguir echando cuentas a la hora de acudir al mercado para llenar la cesta de la compra y estrecharse el cinturón cada vez más. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que ya no puedan respirar? Como se dice en las encuestas: No sabe/no contesta.


domingo, 15 de febrero de 2026

¿Contadores inteligentes?

 


Como bien sabéis, los “contadores inteligentes de luz” son dispositivos digitales de medición que registran el consumo eléctrico en tiempo real y lo envían automáticamente a la distribuidora mediante telegestión, eliminando lecturas presenciales. Desde luego, todo un adelanto tecnológico, que como todos los que se ponen en práctica, tiene por objeto suprimir las actuaciones manuales y los trámites innecesarios, sustituyéndolos por métodos mucho más prácticos y eficaces.

Creo haber tratado ya el tema de base y que me ha impulsado a escribir esta entrada: la contradicción existente entre la teoría y la práctica, entre lo oportuno y lo inoportuno. ¡Cuántas veces, por problemas precisamente tecnológicos, hemos tenido que acabar recurriendo a lo analógico porque el sistema digital no ha funcionado!

El caso práctico que quiero tratar aquí no se refiere a un fallo puntual de una aplicación tecnológica sino a la absurda coexistencia de lo nuevo, lo innovador y lo viejo, lo desfasado.

En la finca donde vivo disponemos desde hace muchos años, tantos como los que habito en ella, más de cuarenta, de unos contadores de la luz llamados “inteligentes” y cuya función he descrito al inicio de este texto. Pues bien, llevo tiempo (tanto como de jubilado) observando que, con una cierta frecuencia, aparece un técnico para efectuar la lectura de los mismos. Como vivo en los bajos y el armario de los contadores está junto a mi puerta, el referido técnico ─que ya me conoce y sabe que acostumbro a estar en casa─ suele llamar a mi interfono para que le abra la puerta de acceso a la finca, de ahí que esté avisado de su presencia. En alguna ocasión, le he preguntado cómo es posible que tenga que proceder a la lectura de los consumos si los contadores funcionan por control remoto. Nunca he recibido una clara respuesta, solo una sonrisa condescendiente, mientras murmura algo ininteligible. No debe atreverse a decir la verdad: que de inteligentes tienen más bien poco y que se estropean de vez en cuando.

Pero si ello no fuera suficiente, después resulta que en muchas facturas que recibo, el consumo que indica y cobra la Compañía eléctrica está basado en lecturas estimadas, no reales. Así pues, ¿por qué se presenta una persona física a realizar las lecturas reales si luego nos aplican una estimada? y, sobre todo, ¿por qué se hacen lecturas presenciales si nuestros contadores son, supuestamente, inteligentes?

En más de una ocasión he procedido a una reclamación por escrito exigiendo una respuesta a estas dos preguntas. La única y repetida alegación que he recibido es que no me preocupe, porque ya se regularizará el consumo en la siguiente factura, cuando esta se base en lecturas reales, algo que a veces tiene lugar al cabo de más de una factura y nunca sabes si esa supuesta regularización se ha hecho correctamente.

Ello demuestra, una vez más, que estamos en manos de Empresas a las que les importa un pito la atención al cliente. Una vez han conseguido tenerte entre sus abonados, les trae al pairo tu satisfacción por el servicio recibido.

En mi caso, la Compañía que tengo contratada es una simple comercializadora, no la suministradora, con lo cual todavía tienen más excusa para no resolver el problema que les he expuesto. No es culpa nuestra, sino de ellos, argumentan, por mucho que les diga que, aun siendo unos intermediarios, pueden y deben ejercer una influencia sobre la Compañía suministradora en defensa de los derechos de sus clientes. Pero da igual, en todas partes cuecen habas, pues años atrás mi contrato de la luz era con esa suministradora y el trato era idéntico o peor, de modo que cambié de Empresa, aunque podría decir que huí del fuego para caer en las brasas. Lo único que debo reconocer a favor de la actual Compañía es que, por lo menos, responde (aunque sea con evasivas) a las quejas, y con premura, cosa que la anterior no se dignaba a hacer. Algo es algo, dijo un calvo. Pero yo prefiero lo que dijo Don Quijote: Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho*.

 

*En realidad, la frase utilizada por Cervantes en El Quijote es “con la iglesia hemos dado, Sancho”, pero la indicada aquí es la más popular.

 


domingo, 8 de febrero de 2026

Mi peor enemigo

 


Siempre me he congratulado de no tener enemigos, por lo menos que yo sepa, pues nadie se me ha revelado jamás como tal. Sí he tenido “adversarios” en mi vida laboral, esos compañeros de trabajo que, en aras de reivindicarse como trabajadores diligentes y emprendedores, sin serlo realmente, no han dudado en hacerme sombra, o por lo menos intentarlo, para acaparar, de este modo, todo el mérito de un logro de un trabajo realizado en equipo. Hablar de este personal, por cierto, muy abundante, requeriría todo un tratado de psicología.

Esos serían unos enemigos externos, que con los años vas dejando atrás, aunque siempre aparecen nuevos en el camino.

Siempre he creído que el peor enemigo es el que tenemos dentro, ese que, de forma subrepticia y silente, va enturbiando y dañando a algo o a alguien, incluso la vida de su huésped u oponente. Y más peligroso es si no se trata de alguien físico sino algo incorpóreo como es la mente que, mediante engaños, nos provoca daños, a veces irreparables, en nuestro cuerpo material, lo que se conoce como efecto psicosomático.

De esto yo sé bastante y mi peor enemigo es mi cerebro, que me ha jugado muchas malas pasadas a lo largo de mi vida, afectando a mi salud, tanto mental como corporal.

Podría describir una larga lista de estos efectos experimentados por mí, algunos de los cuales me han sorprendido tanto que he llegado a pensar que mi cerebro tiene un poder extraordinario. Ojalá fuera cierto y pudiera con la mente conseguir que se hiciera realidad lo que deseo pero, para mi desgracia, su poder solo es negativo. No me sirve para hacerme el bien, sino para hacérmelo pasar mal.

No se trata de hipocondría, una condición psicológica caracterizada por el temor a padecer una enfermedad grave sin ninguna base médica justificada, es decir comportarse como el enfermo imaginario. Hay quien, con solo saber de la enfermedad de un conocido y sus síntomas, ya cree que padece esa misma enfermedad porque en una ocasión sintió síntomas iguales o parecidos. No, en mi caso es que, sufriendo realmente una molestia, a menos que sea muy leve, y esta sea persistente, dicho trastorno aumenta en intensidad hasta volverse preocupante. Y aunque evito consultar internet, si ello perdura, caigo en la tentación y sucede lo que suele suceder en esos casos: que uno se alarma innecesariamente si lo que lee indica que podría tratarse de algo preocupante. Es decir, no se trata de “inventarse” una afección inexistente, sino de ampliar una real hasta convertirla en algo aparentemente grave.

Y como muestra, un botón: Hace años estaba tomando una medicación que me había recetado el médico (no recuerdo cuál ni para qué) y de pronto experimenté un dolor agudo al tragar. Consulté el prospecto ─cosa que no suelo hacer antes de tomar un medicamento para evitar, precisamente, un “efecto nocebo” (efecto placebo negativo)─ y comprobé que, efectivamente, ese medicamento tenía entre sus efectos adversos la deglución dolorosa. A partir de ese preciso instante, el dolor se agudizó todavía más hasta resultar muy dolorosa la deglución de mi propia saliva. Así pues, llamé a la consulta del médico que me había recetado el medicamento y le pedí que me recibiera urgentemente. Y ahí se hizo la luz. Tan pronto como supe que me atendería esa misma tarde, el dolor fue menguando (mi mente debió pensar que en pocas horas se resolvería el problema, pues estaría en buenas manos) y una vez estuve en la consulta ya no sentí ninguna molestia al tragar, cosa de no dije al galeno, pues me habría tachado de chiflado.

Aunque ello me preocupe, por sus consecuencias, debo decir que no lo considero algo absolutamente anormal, pues es bien sabido que un problema psicológico, sobre todo un estado de ansiedad (quien ha perdido, por ejemplo, el puesto de trabajo y anticipa que le será difícil, si no imposible, a su edad, encontrar uno nuevo), repercute en el estado físico, provocando distintas molestias: cefaleas, dolores cervicales y/o lumbares, problemas digestivos, hipertensión, insomnio, etc., etc.

Si ello sucediera muy de vez en cuando, sería, hasta cierto punto, aceptable, pero cuando es bastante frecuente, como en mi caso, la cosa se convierte en algo muy molesto, incluso llegando a ser incapacitante. Basta con que tema que en un viaje o excursión mi habitual dolor lumbar se agudice para que así sea.

Una vez leí ─creo haberlo contado en una entrada antigua─ un libro titulado El secreto, de una tal Rhonda Byrne, en el que aboga por la teoría pseudocientífica de la Ley de la atracción, que consiste, a grandes rasgos, en desear algo intensamente, visualizándolo como si ya lo hubiéramos obtenido, y el Universo recoge tal demanda y la devuelve concediéndote lo deseado. La forma de hacerlo y de obtener el resultado es de lo más variopinto y ridículo. Por ejemplo, no hay que formular la petición utilizando en la frase el NO (no quiero llegar tarde) sino hacerlo siempre en positivo (quiero llegar temprano) porque, si no, el Universo puede malinterpretarlo y utilizar esa partícula negativa como un acto de rechazo. Podría añadir muchas otras idioteces y contradicciones (se dice no hay que utilizar ese “poder” con fines económicos, y en cambio el primer ejemplo que cita es el de alguien que, muy necesitado de dinero, se encuentra en su buzón un cheque por la cantidad que precisa). Pues bien, si eso fuera cierto, el Universo (en realidad mi cerebro) me tiene manía, pues siempre actúa en mi contra. Como he indicado antes, si mi mente fuera tan poderosa como parece, podría realizar verdaderos prodigios (sería muy rico, estaría sanísimo, en mi adolescencia, cuando ya empezaba a manifestarse ese “poder”, las chicas se habrían arrojado a mis pies, y por desgracia no fue así. Y es que, insisto, mi cerebro se ha revelado como mi peor enemigo y contra esto no hay nada que hacer. Punto y final.