jueves, 8 de octubre de 2026

Adiós, querido amigo

 


Catorce años juntos, brindándome tu amistad y compañía, cual amigo humano, pero más desinteresado, si cabe. Sabía que llegaría, tarde o temprano, este doloroso momento, pero siempre rechazaba pensar cómo sería.

Estos últimos días de sufrimiento, sobre todo el tuyo, sabiendo que el final estaba ya muy cerca, recordaba con simpatía, a la vez que con una gran pena, el día que fuimos a buscarte al refugio de animales para llevarte a casa con nosotros, tu nueva familia. Fue Mònica, mi hija menor y tu dueña oficial, la que nos instó e insistió a ir a por ti después de conocerte por Facebook.

Tenías tan solo dos meses y ahora estabas a punto de cumplir catorce años que, según algunos entendidos, equivaldría a más de ochenta en un ser humano.

La ley de vida es intransigente y no ha tenido en cuenta mi cariño por ti durante esta etapa en la que, mientras escribía, tu yacías a mi lado, pendiente de mis movimientos. Hasta que cuando, en susurros y hablando para mí, decía “bueno”, dando por terminado el trabajo de escritura de mis relatos, te erguías de un salto, pensando que ya había llegado la hora de salir de paseo.

Viniste a casa cuando yo contaba con casi sesenta y dos años, un año después de haber quedado en el paro. Y como, por aquel entonces, durante gran parte del día, estábamos los dos solos en casa, nos convertimos en muy buenos amigos, haciéndonos compañía mutuamente, entablando una relación tan afectiva, que casi parecía paterno-filial. Y es que en casa bromeaban diciendo que parecía que fueras mi hijo, de tanto cariño y cuidados que te profesaba.

A quienes no tienen ni han tenido un animal de compañía o no le agradan los perros, les resulta incomprensible que alguien ame a su mascota como si fuera un hijo, pero es que no deja de ser un miembro más de la familia, a quien se cuida y protege, y su ausencia duele mucho, aun sabiendo que el final de esa relación tiene que llegar algún día.

No sabría decir si me habría dolido más que nos hubieras dejado, de repente, en casa, tras un progresivo deterioro físico o, como en este caso, tras haberte practicado la eutanasia para evitar más sufrimiento por tu parte y, aunque parezca egoísta, también por la nuestra al verte sufrir innecesariamente.

Hoy ha sido el amargo día del adiós, querido Pelut. Ha sido muy duro verte partir. Te echaré mucho de menos y te recordaré siempre.

Adiós, querido amigo.


domingo, 4 de octubre de 2026

Médicos o matasanos

 


A pesar de que la ciencia, como dice Don Sebastián a Don Hilarión en la zarzuela La verbena de la Paloma, adelanta que es una barbaridad, y eso incluye a la medicina, todavía hay médicos que más que curar te estropean el cuerpo (y a veces el bolsillo). Y como ejemplo, os voy a contar mi caso:

A resultas de haber padecido un cáncer de mama y que uno de los tratamientos a los que fui sometido consistía en un nuevo medicamento (que resultó tremendamente eficaz para mi curación) que era cardiotóxico, tuve que seguir controles cardiológicos, primero cada cuatro meses y, una vez dado de alta, anuales. Esos controles consistían en un ecocardiograma seguido de un test de esfuerzo. Fuera del hospital, el cardiólogo al que acudí, para realizar dicho test, me hacía montar sobre la cinta rodante a poca velocidad, andando al estilo Rajoy durante un buen rato y punto. Pero al cuarto año de seguimiento, mi cardiólogo “de confianza” dejó de atender en el centro médico al que acudía y en su lugar me atendió otro totalmente desconocido para mí.

El caso es que después del habitual ecocardiograma, una vez en la cinta para el test de esfuerzo, tras un par de minutos de andar a paso rápido, aumentó la velocidad, debiendo correr como observamos en los gimnasios. Hasta aquí nada extraordinario, pero cuando ya estaba sudoroso y echando el hígado por la boca (pues a mis setenta y seis años, y no habiendo hecho jamás deporte ni acudido a un gimnasio, me resultó un ejercicio bastante duro), el muy insensato, aceleró la cinta, sin advertirme, a tal velocidad que caí de bruces. Por acto reflejo me agarré a la barra de sujeción frontal, mientras la cinta seguía en marcha, con lo cual me iba rozando las piernas, y especialmente las rodillas. El hombre ni siquiera se dignó a excusarse ni a ayudarme a levantar, cosa que hice con bastante esfuerzo. Solo me preguntó si podía andar hasta la camilla donde me hizo otro ecocardiograma.

Al llegar, penosamente, a la camilla, pues no podía doblar las rodillas sin sentir dolor, y tras el segundo ecocardiograma, me pidió que me subiera los pantalones para ver si me había lesionado mucho. Parecía un cristo crucificado. Ambas tibias y rodillas estaban en carne viva y me dolían tremendamente. Entonces va y me pregunta qué prefiero que me aplique, agua oxigenada o alcohol. ¿Es eso posible?, pensé. Al final me puso Betadine y me tapó las heridas con una gasa y andando para casa.

Lo de andando es un decir. Llegué a casa moviéndome como Forest Gump, cuando llevaba esos aparatos metálicos de soporte. Parecía un autómata, un robot. Pero lo peor todavía estaba por llegar. Al día siguiente, no podía mover las piernas, pues al mover los escasos músculos (cuádriceps y gemelos) que todavía tengo, el dolor en las heridas era muy intenso. Tuve que acudir de urgencias al hospital de la población donde estaba pasando el fin de semana y donde se aplicaron a fondo en lavar, desinfectar, aplicar un antiséptico y cubrirme las lesiones como dios manda y aconsejándome que el lunes (estábamos a sábado) acudiera a mi ambulatorio para que revisaran las heridas y volvieran a curarme.

El caso es que las heridas fueron formando una costra, como es normal, que tardaron mucho en desprenderse, salvo una, la de la rodilla más dañada, que tardó para ello dos meses, quedando una lesión hinchada y de un rosa subido, muy sensible al tacto. A cabo de cuatro meses de aquel percance, todavía me duele. El dermatólogo al que he acudido, me ha dicho que, aun no siendo habitual, la explicación de la tardanza en curarse totalmente era que soy diabético y a los diabéticos las heridas en las piernas tardan más en sanar y que (eso sí que me dolió) “a mi edad” era bastante normal esa recuperación tan lenta. Me ha recetado una crema antiinflamatoria que debo aplicarme dos o tres veces al día en la lesión durante, por lo menos, un mes. Ahí es nada.

Mi mujer y todo aquél a quien se lo cuento, me dice que hubiera debido denunciar al médico, por incompetente y negligente. Pero yo, a quien no le gusta la confrontación y que, además, creo que ello habría sido del todo inútil, me quedo como estoy, esperando pacientemente el fin de este maldito proceso. ¿Qué he hecho yo para merecerme esto?: Ponerme en manos de un desconocido sin haber consultado previamente su historial o los comentarios que suelen dejar los pacientes en la web del centro sanitario.

El sujeto, además, me dio cita para el pasado mes de septiembre para ponerme un holter (un aparato portátil, pegado al cuerpo, que mide los latidos y la actividad eléctrica del corazón durante 24 horas) y hacerme una analítica completa. Por supuesto, decidí anular estas pruebas y la cita posterior para evaluar los resultados. Ha sido el único modo de revelarme. Que le den al cardiólogo y a las pruebas, pues es bien sabido que son las pruebas diagnósticas y las analíticas lo que da más dinero a los centros sanitarios privados.

Esto me ha enseñado (¡a mi edad!) que antes de ponerme en manos de un médico desconocido, me asegure que no es un matasanos, pues, aunque parezca mentira, todavía los hay.


miércoles, 23 de septiembre de 2026

Incultura juvenil

 


Hace años que vengo observando el bajísimo nivel cultural de muchos jóvenes, comprobable con solo hablar con ellos o ver por televisión sus opiniones sobre temas de interés general. Un hecho muy llamativo es ver lo enganchados que están a las redes sociales y a aplicaciones que carecen de una base cultural y en su lugar los idiotizan. Instagram, TikTok son unos ejemplos, en los que los llamados influencers les “ilustran” y aconsejan sobre temas de “rabiosa actualidad” sobre todo tipo de futilidades, amén de derrochar bulos que todavía los hacen más incultos al no saber discernir entre lo verdadero y lo falso, pues esas redes se ceban en su falta de formación. Y Facebook no se queda atrás en la expansión de bulos, siendo quizás el medio divulgativo más empleado para ello. Ya se sabe que cuanto más ignorante es la gente, mucho más manipulable resulta.

Para corroborar el bajísimo nivel cultural de muchos jóvenes (no todos, por fortuna), he tenido la oportunidad de ver recientemente varios vídeos en los que queda de manifiesto la espectacular ignorancia de algunos de esos aspirantes a adultos. Ha sido tan escandaloso lo visto, que llegué a pensar que esas imágenes no eran reales, que se trataba de un montaje hecho con IA. Pero no, se trata de entrevistas realizadas en directo y en plena calle a chicos y chicas adolescentes.

A todos los encuestados se les empieza preguntando qué nivel de inteligencia creen tener, del 0 al 10. La gran mayoría se sitúan a sí mismos entre el 7 y el 8.

A continuación, como muestra de lo dicho, refiero algunas de las preguntas a las que han sido sometidos y sus respuestas:

-       Capital de China: Inglaterra

-       Capital de los EEUU: París

-       Quién escribió El Quijote “de Cervantes”: Shakespeare

-       Cuáles son los puntos cardinales: Arriba, abajo... (seguido de risas)

-       Un país cuyo nombre empiece por S: Soria

-       Cuántos años tiene un siglo: ¿veinte?

-       Dónde está Ceuta: Junto a Islandia (después de dudar mucho). No, está al norte de África (le dice el entrevistador). ¿Al norte de África? Que va, tío.

-       Cuál es el gentilicio de Bélgica: ¿Y eso qué es? (con cara de extrañeza).

Y así un cúmulo de despropósitos. Me gustaría saber qué han estudiado esos jóvenes. Por su edad (calculo entre los 16 y 17 años), deben estar cursando o han cursado la ESO, por lo que me pregunto cómo pueden haber aprobado esos estudios. Alguien con ese bajísimo nivel de conocimientos no puede pasar de curso, a menos que sean alumnos de centros privados de renombre que, para preservar ese estatus, no pueden permitir que sus alumnos suspendan, pues sería un descrédito para el Centro. Y la última pregunta que me hago es qué será de esos chavales cuando alcancen la edad de trabajar o de cursar estudios superiores.

Hace pocos días, hemos conocido los resultados obtenidos por los estudiantes españoles en el Informe PISA (Programme for International Student Assessment o Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes), un estudio mundial de la OCDE que mide el rendimiento académico de los jóvenes de 15 años. Concretamente, evalúa las siguientes áreas clave: Matemáticas, Ciencias y lectura. Dicha evaluación se realiza cada tres años en más de 80 países e incluye cuestionarios sobre el entorno socioeconómico y familiar de los alumnos para analizar qué factores influyen en los resultados, permitiendo a los gobiernos ver la posición de su educación frente a otros países y así ayudar a llevar a cabo reformas educativas y detectar carencias en las aulas.

El Informe PISA publicado este año, en septiembre de 2026, muestra el mayor retroceso educativo global y sitúa a España por debajo de la media de la OCDE y de la Unión Europea en lectura, matemáticas y ciencias.

Los resultados han demostrado una caída histórica en competencias básicas. En Matemáticas y Ciencias, nuestros estudiantes se han situado muy por debajo de la media de los países desarrollados y en lectura se ha visto un déficit notable en comprensión lectora.

Ante ello, los expertos señalan al uso excesivo de pantallas y redes sociales como uno de los factores que reducen la capacidad de atención y de comprensión de textos largos, y la tendencia refleja una caída generalizada, afectando a uno de cada cinco jóvenes que presentan un rendimiento bajo en las tres materias.

Algo tendremos que hacer frente a este despropósito y lograr que nuestros jóvenes adquieran unos conocimientos básicos razonables para su edad. La sociedad educativa debe hacer frente a este reto y, de algún modo, ayudar a mejorar la situación actual.

Quiero creer, sin embargo, que esos ejemplos que he mencionado al principio no son una norma, una muestra del nivel cultural de la mayoría de los jóvenes españoles, sino más bien una excepción a la regla. Ojalá. El tiempo dirá.


sábado, 12 de septiembre de 2026

Intrépidos o insensatos

 


Que los adolescentes son, por naturaleza, mucho más intrépidos que los adultos es algo sabido e incluso diría que normal. Son menos conscientes de los peligros y, aun conociéndolos, se atreven a retar a la suerte. Yo, más que valentía, lo llamaría inconsciencia juvenil. Todos, o casi todos, hemos hecho alguna diablura cuando éramos jóvenes, disparates de los que, de mayores, nos hemos arrepentido y quizá incluso avergonzado.

Pero una cosa es jugar a ser intrépido y otra muy distinta jugarse la vida propia y la de los demás por un simpe capricho, para hacerse el hombre ante las chicas y valiente ante los amigos, o simplemente para saborear el peligro. Y cualquiera de esas actividades, no solo son extremadamente peligrosas sino también ilícitas.

Por supuesto, excluyo aquí las actividades deportivas llamadas de riesgo, como la escalada, el barranquismo, la espeleología, el parapente, el paracaidismo, etcétera, realizadas por personas muy preparadas y conocedoras del riesgo que conllevan, pero que están muy bien formadas para realizarlas con la máxima seguridad, a pesar de que el riego cero no existe.

Así pues, nunca he entendido por qué hay quienes se empeñan en saltarse las normas sin pensar en las consecuencias de sus actos. Será que es cierto que el cerebro humano no llega a su total desarrollo hasta los treinta años de edad y que, por lo tanto, los más jóvenes no lo tiene funcionando a todo gas, aunque también es cierto que hay mucho gamberro e incívico a cualquier edad.

¿Quién conduce a 190 Km/hora, quién hace adelantamientos temerarios, quién no respeta un Stop, quien hace barbaridades al volante, quién participa en carreras ilegales? Nadie que supere los cincuenta años, tirando largo.

Aunque no me afecte personalmente, me subleva ver cómo hay quien se salta por la cara las advertencias sobre seguridad. Allá ellos, me digo, pero no dejo de pensar que merecen, como mínimo un castigo y una multa importante.

No es infrecuente ver a bañistas que no respetan la advertencia de peligro mediante la consabida bandera roja, que, de hecho, prohíbe bañarse debido a la mala mar. Cuántos socorristas han tenido que lanzarse al agua para rescatar a individuos que han hecho caso omiso a tal prohibición, poniendo en riesgo la vida de esos profesionales. Igual ocurre con algunos montañeros que deambulan por zonas peligrosas y convenientemente señalizadas por las autoridades, prohibiendo su paso. Y luego, cuando se producen accidentes (algunos graves) derivados de esa infracción, hay que rescatarlos por tierra, mar y aire, poniendo también en peligro la vida de los rescatadores.

Pero hay otra actividad que parece haberse puesto de moda y que consiste en lanzarse al agua desde lo alto de un acantilado. Este verano he visto bastantes imágenes de quienes, a pesar de estar barrado el paso hacia estas zonas peligrosas desde las que se lanzan, no dudan en arrancar la señalización o el rótulo de prohibición de acceso. ¿A quién se le ocurre lanzarse al mar desde 30 metros de altura, haciendo cabriolas en el aire hasta sumergirse en una zona rodeada de grandes rocas? Y mientras, son aplaudidos y animados por sus congéneres, que no dudan en imitar a esos “héroes”.

¿No resulta incongruente que, habiendo señales admonitorias, tenga que haber vigilantes para evitar tales comportamientos y que esos locos no acaben bajo tierra?

Debo ser un malvado sin corazón, pero si esos jóvenes acaban seriamente lesionados, no sentiré ninguna pena por ellos, solo por sus padres, que sufrirán por culpa de un hijo descerebrado. E igual me ocurre cuando un toro embiste a un chaval (y a veces no tan chaval) que se juega la vida poniéndose sin ningún reparo ni protección, haciendo el tonto, ante un astado salvaje, que solo actúa por instinto, no por maldad. Quienes retan a la suerte (como los idiotas que practican el balconing en Magaluf o donde sea) tienen que saber que esta les puede ser esquiva y acabar con su vida, una vida que, al parecer, no valoran lo suficiente.

 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Mirando voy, mirando vengo

 


El ser humano es, por definición, curioso y la curiosidad suele ser sana, como lo demuestra la historia, que está llena de descubrimientos gracias a la curiosidad e interés del observador e investigador.

Pero como todo en esta vida, siempre hay un lado oscuro en la gran mayoría de cuestiones. Incluso los adelantos más extraordinarios pueden tener una faceta negativa. Ahí tenemos a internet, una herramienta extremadamente útil para todo aquel que la utiliza en pos del conocimiento, sea del área que sea, pero también es una herramienta que propicia un uso muy negativo. Incluso existen tutoriales para fabricar todo tipo de artilugios, incluidas las armas y explosivos. Así pues, las cualidades de todo adelanto tecnológico dependen del uso que se le dé.

Pero este no es el tema que quiero compartir aquí; es solo una introducción a mi reflexión en torno a la curiosidad humana ante un conflicto, unas veces morbosa y, por lo tanto, inútil y otras provechosa para hacer público dicho conflicto.

Todos hemos visto en más de una ocasión por televisión cómo una pelea callejera es contemplada y grabada por observadores que luego subirán las imágenes a las redes sociales y que se convertirán en virales. La mayoría de las veces ─y eso es lo realmente indignante─ quienes observan y graban lo hacen con una indiferencia apabullante, sin intervenir, no ya físicamente, pues podrían salir mal parados, sobre todo si no tienen nada que ver con el altercado, ni dar aviso a quienes sí pueden intervenir antes de que sea demasiado tarde.

En esas peleas, a veces grupales, no hay distinción de sexos, tanto hombres como mujeres, de todas las edades, protagonizan este espectáculo cuando menos escandaloso que a veces es aplaudido por algunos testigos, especialmente si tienen alguna relación con el agredido o la agredida. Todos hemos visto el corro que se forma ante una pelea en la que un adolescente, chico o chica, es sometido a una paliza ante las risas y ánimos de sus compañeros, que no amigos, los cuales se dedican, además, a grabarlos.

Esas agresiones juveniles son las que más me sorprenden. ¿Qué educación han recibido y reciben esos chavales? ¿Qué pensarían sus padres si supieran a lo que se dedican? ¿Acaso han heredado de ellos el desprecio hacia los demás?

No sé si mi percepción es equivocada, pero me parece que estas agresiones han ido en aumento. En mi escuela hubo alguna pelea en el patio, pero nada alarmante, y nunca fui testigo de acoso al diferente, salvo pequeñas burlas sin malicia y solo con fines jocosos (yo era el cuatro ojos por llevar gafas, y nunca me sentí ofendido por ello).

Son muchos los que opinan que las peleas infantiles han existido siempre, y no seré yo quien les contradiga, pero nunca con esta agresividad por parte del agresor y complacencia por parte de los observadores de turno.

Por desgracia en algunos casos, ser menor de edad es un eximente que impide que a un agresor se le aplique la ley de un adulto, argumentando que a esa edad un niño o niña es inimputable a pesar de que muchos saben lo que hacen. Recientemente, en la población de Manresa (Barcelona) dos menores, de 15 y 16 años, acuchillaron a un hombre de 45 años, sin que se conozcan de momento los motivos. A esa edad son conscientes del daño que han hecho y como castigo se les internará en un centro cerrado para menores (lo que antes se conocía como reformatorio). Pues bien, no me extrañaría que ese asesinato hubiera tenido lugar ante la presencia de paseantes que se limitaron a mirar y, como mucho, a increparles. Lo dejo ahí, pues no tengo la suficiente información para criticar a los posibles testigos, pero sigo pensando que este tipo de acciones y actuaciones son, por desgracia, cada vez más frecuentes.

Llegado a este punto, permitidme hacer un inciso: recuerdo que hace años se cuestionó la legalidad de instalar cámaras de vigilancia en los barrios y zonas de las ciudades con un mayor índice de delincuencia y que supuso la oposición de muchos ciudadanos argumentando que representaba un ataque a la privacidad. Ante ello siempre he pensado que es mucho más importante la seguridad ciudadana que la privacidad. Si nadie tiene nada que ocultar, ¿por qué temer ser grabado entrando a saliendo de un establecimiento o paseando al perro? Gracias a esas cámaras se ha descubierto muchas veces la autoría de un robo o de una agresión.

Solo espero que las únicas imágenes grabadas de un altercado grave sean las procedentes de esa videovigilancia y no de los transeúntes que, impasibles, se dedican a inmortalizarlas en sus teléfonos móviles para uso “recreativo”.

 

miércoles, 8 de julio de 2026

Recapitulemos

 


Del mismo modo que cuando se acaba un curso académico, se publican las notas, que denotan el aprovechamiento y rendimiento del alumno, a falta de algo mejor que hacer, me he dedicado a examinar el mío en cuanto al número de entradas publicadas durante el primer semestre de este año y de comentarios que han generado.

El resultado de mi análisis ha sido el siguiente:

Hasta el 1 de julio he publicado en este blog 16 entradas, 2 más que en el mismo periodo de 2025, diferencia esta no significativa.

El número de comentarios recibidos ha sido de 5,2 por entrada (de 8,3 en 2025, una diferencia que sí es significativa), con un máximo de 7 y un mínimo de 4. Los posts que han recibido el mayor número de comentarios han sido tres: 1) el dedicado a los cajeros automáticos, 2) el relativo a la prohibición de armamento nuclear a ciertos países por parte de las actuales potencias armamentísticas, y 3) el que hacía referencia a la falta de precisión de algunos pronósticos meteorológicos. En cuanto a los que han recibido el menor número de comentarios (5 entradas en total con 4 comentarios cada una), destacaría la última, publicada el 22 de junio con el título “¿Soy quisquilloso?”, en la que exponía ciertos comportamientos blogueros que considero atípicos desde mi punto de vista.

Si destaco este post entre los otros cuatro con igual número de comentarios, es porque parece haberse cumplido lo que me temía y que avancé en dicho post: que mi crítica, por muy cortés que pretendiera ser, podía generar un cierto malestar entre los seguidores que se vieran reflejados, y que algunos de ellos podían dar, en el mejor de los casos, la callada por respuesta o bien dejar de seguirme en lo sucesivo.

De ser este el motivo del tan bajo número de comentarios, ratifico en lo expuesto en dicha entrada: que, si alguien se ha sentido ofendido, lo lamento, pero creo que una opinión, por negativa que sea, debería ser objeto de reflexión y/o discusión y no de rechazo. aunque prefiero pensar que esta anomalía solo se debe a que, en este periodo pre estival, el número de lectore/as es sustancialmente menor que durante el resto del año, y por lo tanto también lo es el número de comentarios.

Espero que, a la vuelta de las vacaciones, este blog recupere la normalidad y solo en el caso de que haya, efectivamente, perdido seguidore/as, me plantearé si debo continuar publicando críticas potencialmente sensibles o seguir con la tónica de este blog sea cual sea el resultado.

Y como no puede ser de otro modo, querido/as lectore/as, os deseo que paséis unas felices vacaciones veraniegas.


lunes, 22 de junio de 2026

¿Soy un quisquilloso?

 


Cuando observo en los demás un comportamiento que se aparta de lo que considero “normal”, que sería aquel con el que no me identifico para nada, me da la impresión de que quizá sea yo el que se comporta de forma atípica, aunque la considere acertada.

Si, por ejemplo, alguien deja estacionado su vehículo sobre la acera, aunque sea por un corto espacio de tiempo, ante un vado o salida y entrada de vehículos, no pone el intermitente cuando debería hacerlo, no respeta las señales de tráfico, conduce a una velocidad significativamente excesiva, poniendo en peligro, no solo su vida sino la de los demás conductores o, por el contrario, circula por la ciudad a una velocidad muy por debajo de la permitida mientras el semáforo está en verde y, finalmente, acelera cuando este acaba de pasar a rojo, dejándome colgado, todo ello me saca de quicio. Por no hablar de la intrepidez de algunos conductores de patinetes eléctricos y ciclistas, que juegan con la paciencia ajena. Pero no me queda otra que aguantarme. Ya se sabe que el civismo también está en vías de extinción.

Pero hay comportamientos, que nada tienen que ver con la seguridad viaria ni con el civismo que, aun siendo minucias, me producen un cierto, si no malestar, sí extrañeza y desencanto.

Cuando hace años me planteé dedicar una entrada al asunto que aquí hoy me ocupa, acabé desestimándolo, pues no quería causar malestar entre aquello/as que, sin citarlos, se sentirían señalado/as. Así pues, no os podéis imaginar lo que me ha costado publicar esta entrada de hoy, con la que, que quede claro, no pretendo que nadie cambie su modo de actuar, pues son muy libres de hacer lo que les venga en gana. En el mundo de los blogs no hay leyes ni normas a seguir, salvo ser educado y respetuoso, y yo espero haberlo sido con lo que expongo a continuación.

Así que, sin más prolegómenos, voy directo al grano:

Yo contesto a los comentarios que recibo en mis blogs, si no al instante, sí a la mayor brevedad posible. En cambio, hay quienes no responden a ninguno de los comentarios que han recibido hasta que estos no alcanzan un número muy elevado, no llegan a hacerlo nunca o lo hacen después de varias semanas.

De entre lo/as que tienen aplicado un filtro de aprobación (“tu comentario será visible tras la aprobación”), cuya finalidad no acabo de entender, observo con frecuencia que, habiendo transcurrido semanas desde haber dejado un comentario, todavía aparece la leyenda: “no hay comentarios”. ¿Acaso después de tanto tiempo, el propietario del blog no ha tenido ocasión de verlo y aprobarlo?

Creo que quien ha dedicado su tiempo a leer y comentar una publicación, bien merece una respuesta, por breve y sencilla que sea, tan pronto como resulte posible, sin por ello estresarse, que el tiempo es oro y no hay que malgastarlo en banalidades.

Y ahí vienen mis dos rasgos diferenciales respecto a muchos de mis compañero/as bloguero/as: el primero es que estoy jubilado y, por lo tanto, tengo mucho más tiempo libre para leer y escribir que la mayoría de los mortales laboralmente activos y por ello soy de esos bichos raros que se pasan a diario por los blogs que sigo, para ver si hay novedades, entre ellas las respuestas a los comentarios que he dejado, incomodándome el hecho de ver que estos no han recibido todavía una respuesta, siguiendo abandonados días y días; y el segundo rasgo, o más bien defecto, es que soy un impaciente de narices. Y es que quien espera desespera

Pero aun teniendo más tiempo libre (tampoco demasiado, con los hijos y nietos ya se sabe), me resulta difícil de creer que, aun trabajando o estando ocupados en otros menesteres, haya quienes no tengan un momento a lo largo de la semana (que sigue teniendo siete días) para dedicar unos minutos a responder a los comentarios que su publicación ha originado, aunque sea poco a poco.

Y no debo ser el único que así piensa y actúa, pues tengo compañeros de blog, que tampoco voy a nombrar, pero que también se reconocerán, que responden a los comentarios que reciben a más tardar en uno o dos días. ¿Acaso también están jubilados o en el paro? Posiblemente.

¿Soy rarito? Y por extensión, ¿somos raritos los que así pensamos y actuamos? ¿Soy, como decía al principio, un quisquilloso, o peor aún, un intolerante?

Ojalá no me ocurra como al principio de la existencia de mis blogs, que perdí uno/as cuanto/as seguidore/as porque me atreví a criticar ciertos comportamientos que me resultaban anómalos en otros aspectos distintos a los que aquí menciono. No recibí ninguna respuesta, simplemente hicieron mutis por el foro y nunca más aparecieron. Me castigaron con su indiferencia y ostracismo.

Espero que en esta ocasión no suceda lo mismo. Y si sucede, lo daré por bien empleado, por bocazas. Será que cuanto más viejo me hago, más osado e imprudente me vuelvo.

Con todo lo aquí expresado, insisto en que no pretendo que nadie cambie su modo de proceder ni que entone un mea culpa (lo que doy por sentado que no ocurrirá, faltaría más), pues, como he dicho anteriormente, cada cual es muy libre de obrar a su antojo y hacer en su blog lo que le apetezca, que por eso es suyo, y si a alguien no le gusta, pues que se aguante, que es lo que corresponde hacer, pero es que llevaba mucho tiempo queriendo sacar este tema a colación, por muy incómodo que pueda ser, así que perdonad mi atrevimiento; estoy preparado para recibir las puyas que hagan falta, aunque confío en vuestra tolerancia.


jueves, 11 de junio de 2026

¿Qué tiempo hará?


Quien más quien menos siente interés por saber qué tiempo va a hacer en un momento y lugar que tiene reservado para viajar o simplemente pasar el fin de semana. Y para satisfacer esta curiosidad (a veces incluso necesidad si se viaja por obligación) están los meteorólogos, hombres y mujeres especializados en estudiar e informar sobre los cambios climáticos, día a día, a través de los programas de televisión que tienen una sección dedicada a ello.

Aunque la meteorología es una rama de la Física y, por lo tanto sus estudiosos son científicos, no está exenta de errores en la previsión del tiempo que hará, incluso a corto plazo. A mí no deja de sorprenderme que esta ciencia, que debería ser exacta, no pueda vaticinar algo que ocurrirá en una zona restringida del planeta, como sería nuestro país, con algo más de 500.000 Km2, a tan solo una semana, o menos, del día que nos interesa.

Pero no voy a cuestionar a unos científicos ni a una ciencia que, por mil razones, no puede ser tan exacta como las matemáticas, pues el planeta y su entorno están sujetos a variaciones muchas veces inesperadas. Lo que sí me subleva es el no reconocimiento del cambio, muchas veces notorio, de lo que se dijo ayer y lo que se dice hoy. Casi nunca he visto u oído a un/a meteorólogo/a comentar ese cambio repentino de previsión; parece que la amnesia les ha hecho olvidar lo que dijeron que ocurriría 24 o 48 horas antes, de modo que presentan la nueva previsión como si jamás hubiera cambiado.

Yo veo a diario las telenoticias de la noche en la TV3, al término de las cuales hay un espacio dedicado a la previsión del tiempo para el día siguiente y los próximos cinco días. Pues bien, si un martes, se pronostica un sol radiante para el fin de semana en la Costa Brava (mi lugar de descanso), el jueves resulta que el sábado y domingo siguiente estará nublado y el viernes resulta que el sábado estará nublado pero el domingo lloverá. Así pues, mi cabreo es mayúsculo y, en mi arrebato, llego a insultarlos, exigiendo que entreguen su título y vuelvan a la Universidad.

Hasta aquí, lo dicho es pura anécdota, no exenta de verdad, pero tenemos que ser tolerantes y no exigir a estos profesionales lo que ni las mediciones más estrictas son capaces de acertar, fuentes estas de las que extraen la información que luego hacen pública.

Y como casi siempre hago en mis disquisiciones y críticas en este blog, esta vez también he incluido una larga introducción al tema que en realidad me molesta, y es la discrepancia en la previsión entre distintas aplicaciones meteorológicas.

Yo, concretamente, uso dos de estas aplicaciones: AccuWeather y más recientemente, Aemet. En ambas se puede consultar la previsión a tiempo real, por horas y por días. La primera es la que más utilizo porque detecta tu ubicación automáticamente, estés donde estés. En la segunda, en cambio, tienes que seleccionar la población que te interesa. Pues bien, en un mismo momento, una puede indicar que va a empezar a llover al cabo de 20 minutos, por ejemplo, y cuándo se espera que termine, y la otra, en cambio, indica sol durante todo el día. En lo único que coinciden es en la temperatura, grado arriba, grado abajo.

Pero el summum de la inoperancia, más que de la inexactitud, la sufrí hace un año aproximadamente, un viernes, camino de nuestra segunda residencia en la Costa Brava. Circulábamos por la autopista AP-7 dirección Girona (la de los frecuentes accidentes y embotellamientos) y a la altura del macizo del Montseny (que siempre que miro su cumbre, me trae a la mente el monte Sinaí, porque suele estar cubierto de nubes como si albergara una zarza incandescente), vimos más adelante unos nubarrones negros muy amenazantes (casi parecía una imagen de ciencia ficción) y al poco descargó una lluvia tan intensa que el limpia parabrisas no daba abasto, seguida de una granizada que hacía temer la rotura del parabrisas y la abolladura de la carrocería. Ante ello, nos detuvimos, como hicieron otros vehículos, bajo un puente, arrimados al máximo a la cuneta a la espera que amainara. Y entonces se me ocurrió consultar AccuWeather para ver cuándo acabaría ese diluvio, que no estaba previsto de antemano. Mi sorpresa fue enorme: la previsión en esa zona y en ese momento era de sol con nubes.

¿Para qué sirven, pues, esas aplicaciones si no son fiables? Y, en términos generales, ¿cómo puede ser que con tantos adelantos tecnológicos, hayan aplicaciones que nos fallan cuando más las necesitamos?

Desde entonces, aunque sigo pendiente de las previsiones del tiempo (soy un animal de costumbres fijas), más por curiosidad que por credibilidad, el sistema que más practico es el más antiguo y fiable: mirar al cielo, ver qué tiempo hace y obrar en consecuencia.

 

jueves, 28 de mayo de 2026

Tú sí, tú no

 


Si bien el reparto de la riqueza en nuestro planeta sigue un cauce sumamente injusto y desequilibrado y no existe ninguna regla (por lo menos escrita) para corregir ese desajuste inmoral, los amos del mundo, esos que ostentan el poder absoluto sobre los demás mortales, sí tienen sus reglas a la hora de distribuir, o mejor dicho otorgar su permiso para que algunas potencias con capacidad nuclear puedan disponer de un arsenal que podría acabar en cuestión de minutos con la vida en nuestro planeta.

Así pues, mientras existen países que pueden poseer y desarrollar estas armas tan mortíferas, a otros no se les permite. Obvia decir que nadie debería disponer de ningún tipo de armas nucleares, en lugar de permitírselo a unos y negárselo a otros, por una cuestión de simpatía o antipatía, aunque camuflada por intereses espurios.

El “Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares” (TNP) firmado en 1968, reconoce el derecho a poseerlas a solo cinco países: Estado Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. Estos cinco “Estado reconocidos” son aquellos que ya habían fabricado y probado un dispositivo nuclear antes del 1 de enero de 1967. Los más de 190 países restantes que han firmado el TNP se comprometen a no desarrollar ni adquirir armamento nuclear a cambio de poder utilizar tecnología nuclear con fines civiles pacíficos, lo cual se controla mediante supervisiones llevadas a cabo por el “Organismo Internacional de Energía Atómica” (OIEA).

Se nos dice que el mundo necesita un control para evitar una catástrofe nuclear. Se nos habla de tratados, de reglas, de responsabilidad, pero uno se pregunta: ¿Por qué algunos pueden y otros no? ¿Hasta en esto hay países de primera y países de segunda? ¿Quién dice “tú sí y tú no”? ¿Y por qué?

Israel nunca firmó el TNP, no permite inspecciones y, sin embargo, posee uno de los arsenales nucleares más importantes del mundo, aunque no lo reconozca oficialmente. Así pues, comprobamos que no existen unas reglas universales, pues de haberlas serían iguales para todos. Por lo tanto, el problema no es solo nuclear sino político y moral. Y al igual que Israel, otros países, como India, Pakistán y Corea del Norte poseen armamento nuclear operando también fuera de dicho tratado. ¿Por qué esa tolerancia?

Un mundo donde unos pueden armarse hasta los dientes y otros ni siquiera pueden investigar en energía nuclear sin ser sancionados, no es un mundo seguro y es un mundo desigual.

El impacto de un solo dispositivo de este tipo equivale a destruir una ciudad entera, provocando millones de víctimas y daños ambientales y climáticos irreparables a largo plazo, de lo que ni un bunker nos puede proteger.

Por mucho que existan organismos controladores para frenar su propagación y mitigar sus riesgos, como la ONU y la OIEA, nunca estaremos seguros de que algún descerebrado, con ínfulas de ser “el puto amo”, se le ocurra darle al botón nuclear (tenga la forma que tenga) justificándolo, como ya es habitual, con la excusa de la existencia en un país del “eje del mal” de armas de destrucción masiva.

De momento, todo son amenazas, pues habría que estar muy loco para mandar a paseo el planeta entero. Esperemos que nunca se pase del dicho al hecho.

Se le atribuye a Albert Einstein la siguiente frase: “No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se peleará con palos y piedras”. Esperemos que no fuera un adivino en esta cuestión.

 

jueves, 21 de mayo de 2026

Los reencuentros

 


Algo que debería ser eminentemente festivo, puede resultar un quebranto emocional. Y es que los años no pasan en balde. Todos envejecemos a la vez (aunque haya quien acuse el paso del tiempo más que otros) pero parece como si creyéramos que sólo envejecen los demás. Cuando nos encontramos con alguien al que habíamos perdido de vista largo tiempo, entonces nos percatamos de lo mayores que somos. Parece como si al contemplar el envejecimiento ajeno despertáramos a la dura realidad. Las reglas de tres no engañan, si él es viejo y yo tengo su misma edad, luego yo también soy viejo.

Como nos miramos al espejo a diario, nuestros cambios, lentos y graduales, nos pasan más desapercibidos que los de los demás, especialmente en aquellos a los que sólo vemos de tarde en tarde. Y si el salto del tiempo desde un encuentro a otro es de muchos años, el efecto puede ser devastador.

En dos ocasiones he vivido una experiencia semejante; la primera en un encuentro de antiguos alumnos de bachillerato, y la segunda, más recientemente, de excompañeros de trabajo, y en ambas ocasiones fueron más de veinte los años transcurridos desde la última ocasión en que nos vimos.

En la segunda experiencia ya iba psicológicamente preparado, pero en la primera experimenté un shock emocional casi traumático. Con dieciséis años nos separamos y con más de cuarenta nos reencontramos. Canas en muchos, calvicie incipiente en otros y arrugas (o líneas de expresión como a muchos gusta llamar) por doquier, algo normal como la vida misma, pero inesperado por quien todavía, al cerrar los ojos, ve a aquellos muchachos adolescentes. El reloj se ha parado en las mentes, pero no en los cuerpos. Incluso hubo a quien no reconocí hasta que se presentó. Pero el caso más insólito fue el de un individuo que, acompañado por su pareja, apareció en el restaurante donde celebrábamos el encuentro cuando ya íbamos por el segundo plato. Nadie, absolutamente nadie supo quién era. Ni se presentó, ni nadie le preguntó para no quedar mal. Llegamos a pensar que se había equivocado de evento, pero de ser así se habría percatado de su error y habría abandonado el lugar. ¿Pudo ocurrir que, de tan cambiado que estaba, nadie le reconoció? Todo un misterio.

Con esta experiencia previa, el segundo encuentro, que tuvo lugar cuando ya me había jubilado, como ya estaba mentalmente preparado y, aunque también hubieran transcurrido veintitantos años, los cambios físicos, aunque notables, no tenían por qué ser tan brutales, mis temores residían en no ser reconocido o, peor aún, recordado, y no sólo por el aspecto físico sino por la poca o nula huella que hubiera podido dejar en la mente de aquellos compañeros y compañeras con lo/as que compartí más de diez años de vida laboral.

Lógicamente, hubo de todo. Hubo quien no me reconoció a la primera, hubo quien me reconoció, pero no recordó mi nombre y hubo quien no supo quién era simplemente porque no coincidimos mucho tiempo en la Empresa, siendo todo ello recíproco.

Lo que sí hubo, y hay siempre en este tipo de acontecimientos, es esa sensación placentera que produce la reunión (etimológicamente, volver a unir) con viejos (en el sentido de antiguos) compañeros de fatigas aunque pueda subyacer el sabor amargo que deja el tiempo pasado e irreversible, la nostalgia de una etapa de juventud o de madurez irrecuperable, el sabor agrio que deja el paso de los años al ver convertido en casi un/a “anciano/a venerable” a aquel hombre o mujer maduro/a y vital, y, por otra parte, el malestar, todo hay que decirlo, de ver cómo derrocha simpatía quien se comportó de forma mordaz e indebida contigo. Sonrisas falsas y conductas hipócritas y quién sabe si una cierta amnesia que le impide recordar cuán mezquino fue en más de una ocasión. Y, por si fuera poco, tener que sentarte a la misma mesa y escucharle contar con sorna algunas anécdotas que no tienen ni pizca de gracia, pero que al resto de comensales les hace reír, probablemente en un acto hipócrita, sobre todo de los que en su día fueron (y siguen siendo) unos lameculos.

Pero el tiempo, tan implacable para lo malo de la vida, tiene, a la vez, un efecto balsámico, pues si no cura todos los males, sí los suaviza y generalmente no suele dejar un lugar preponderante para el rencor. Aun así, no me han quedado ganas de asistir a ningún otro reencuentro (y ha habido alguna propuesta) que pueda repararme alguna que otra incomodidad, sea del tipo que sea. Prefiero dejar el pasado intocable. Como dice el refrán: agua pasada no mueve molino.

Así pues, esos reencuentros no sólo sirven para reunirse con antiguos amigos y compañeros de fatigas sino para hacer frente a los fantasmas del pasado. Y como a mí no me gusta verme con fantasmas (en todas sus acepciones), evito su presencia. Desde hace tiempo solo me reúno con esos amigos que, por mucho tiempo que pase, siguen estando ahí y con los que mantengo la misma afinidad de cuando les conocí.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

La humildad del sabio

 


¿Será que cada vez hay menos sabios en nuestra sociedad? Lo digo porque una de las cualidades que se les atribuyen, la de saber rectificar, brilla por su ausencia. Salvo algunos honrosos ejemplos que solo vemos en la aparentemente trasnochada sociedad oriental, nadie que se precie se digna hoy en día a reconocer sus errores, y menos públicamente. Las palabras se las lleva el viento y la amnesia viene a reemplazarlas. Si errar es humano (en esto parece que todos estamos de acuerdo, sobre todo el que yerra, quizá porque es la mejor de las excusas), ¿por qué hay tanto reparo en reconocer nuestros errores? Parece que sólo se equivocan los demás, que por eso son unos inútiles. Se ve la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.

Pero lo peor es que la falta de rectificación no se debe a la vergüenza (sentimiento humano muy comprensible) de tener que reconocer públicamente que uno se ha equivocado. No, lo verdaderamente lamentable es que el motivo de esa omisión es el orgullo, la soberbia, al no querer reconocer un fallo y perder, con esa actitud ejemplar, el prestigio, el dominio, la superioridad de los que viven en su particular torre de marfil.

No me interesan los sabios orgullosos. Para mí no hay nada ni nadie mejor que un sabio humilde. Así que prefiero sustituir lo de “rectificar es de sabios” por algo así como “el sabio humilde es dos veces sabio”.

Por lo tanto, si la humildad es un bien escaso, como creo, la sabiduría también está en crisis.

 


sábado, 9 de mayo de 2026

¿Puede la cultura producir una dislocación vertebral?

 


Creo haber dicho en más de una ocasión que, entre mis defectos, que tampoco es que sean muchos, está el perfeccionismo, o quizá debería decir la quisquillosidad, cuando observo algo que considero fuera de lo normal, siempre y cuando me produzca una cierta incomodidad, por pequeña que sea. Y lo que hoy aquí critico será una nimiedad, pero me extraña que nadie haya, aparentemente, reparado en ello, y que sus responsables no hayan puesto remedio por el bien de nuestras vértebras cervicales.

En una sociedad como la nuestra, en la que todo, o casi todo, está regulado, estandarizado; donde existen múltiples normativas, entre las que podemos incluir las normas UNE, ISO, las PNT o SOP, en su versión anglosajona; donde tenemos manuales de instrucción para todo, o casi todo, yo me pregunto y no paro de preguntarme ¿por qué demonios nadie, o casi nadie, con poder de decisión, en concreto las editoriales, la asociación de autores, la de consumidores, la de traumatología, o quienquiera que desee preservar en buen estado las vértebras cervicales de la población lectora, ha pensado en normalizar la orientación en la que debe imprimirse el título y el nombre del autor en el lomo de un libro?

¿Os habéis percatado de este inconveniente o bien estáis tan acostumbrados que no habéis reparado en ello? De todos modos, ¿no os resulta de lo más incómodo, por no decir molesto e incluso mareante, tener que estar inclinando constantemente el cuello, ahora a la derecha, ahora a la izquierda, para leer el lomo de los libros que yacen en las estanterías de las librerías y bibliotecas?

Claro que todo, o casi todo lo malo en esta vida también puede tener su lado positivo. Imaginémonos por un momento que en una librería se encuentran, frente al mismo tramo de estantes, un chico y una chica buscando un libro y estando muy cerca el uno de la otra, casi rozando sus hombros, inclinan de pronto sus cabezas hacia un mismo punto central y zas, una colisión craneal les produce, al instante, un dolor intenso que, a los pocos segundos se transforma en una sonrisa complaciente y de disculpa. Y ya puestos a imaginar, quién sabe si un poco más tarde esos dos jóvenes amantes de la lectura se están riendo de esa anécdota en el bar más próximo a la librería que les ha unido gracias a la cultura y a la inoperancia de los órganos reguladores.

Visto así, quizá será mejor dejar las cosas como están y que sea lo que Dios, o Cupido, quiera.


martes, 21 de abril de 2026

Reseñas falsas

 


Me da la impresión de que son muchos los que suelen consultar las reseñas que se publican en torno a establecimientos en general y a restaurantes y hoteles en particular. Yo no soy uno de ellos porque simplemente no me fio de su veracidad. ¿Cómo se explica que de un mismo “producto” haya opiniones radicalmente opuestas? A un cliente le ha parecido excelente y a otro un desastre. ¿Quién de ellos miente?

Hay una frase que dice que “cada uno cuenta la feria según le va”. Y es muy cierto. Dos personas han acudido, por ejemplo, a la misma fiesta y a uno le ha parecido soberbia, se lo ha pasado en grande, mientras que a otro le ha resultado sumamente aburrida y el ambiente nefasto. ¿Es cuestión de suerte? Muchos factores pueden haber influido para esta disparidad de opiniones. Pero ¿cómo puede ser que la comida que ofrece un restaurante sea excelente o la habitación de un hotel magnífica, y para otro cliente ese mismo restaurante ofrezca una comida vomitiva o ese mismo hotel disponga de cuchitriles como habitaciones? Lo más probable es que no sea verdad ni lo uno ni lo otro y que detrás de esas afirmaciones se escondan intereses inconfesables. Así pues, estamos frente a Reseñas falsas.

Las reseñas falsas son valoraciones fraudulentas, positivas o negativas, diseñadas para manipular la reputación de un establecimiento online, prohibidas por la normativa de la UE y España (Real Decreto-ley 24/2021) al considerarse prácticas comerciales engañosas. Se pueden combatir denunciando en Google, presentando alegaciones profesionales y, en casos graves, emprendiendo acciones legales por difamación. 

Según los expertos, para identificar una reseña falsa, hay que buscar patrones sospechosos, como nombres genéricos, perfiles sin historial, lenguaje extremadamente vago o exagerado (tanto positivo como negativo) y muchas evaluaciones positivas o negativas en muy poco tiempo. Hay que desconfiar si la reseña carece de detalles específicos de la experiencia o si menciona productos de la competencia.

Según un estudio realizado por Skeepers y la London School of Economics, hasta el 95% de los consumidores tiene en cuenta las reseñas online antes de realizar una compra, reservar una habitación de hotel, ir a un restaurante o asistir a un evento. 

Todo ello indica que hay desaprensivos que no dudan en calumniar si reciben una buena recompensa por ello. Existen empresas que contratan a reseñadores para que publiquen una crítica sobre un determinado establecimiento, sin haber puesto un pie en él. Y la compensación económica es directamente proporcional a la longitud del texto y a la locuacidad del mismo. Y del mismo modo, hay quienes se ofrecen públicamente para esta práctica a cambio de unos honorarios que indican en su oferta. Y esta práctica es públicamente abierta, es decir no se oculta ni enmascara, lo que la hace todavía más escandalosa.

Así pues, no podemos fiarnos de lo que se publica en las reseñas y solo el consejo de alguien conocido y fiable en sus gustos puede sacarnos de dudas.

Parece mentira como la cada vez mayor competitividad entre empresas genere este tipo de actividad comercial tan inmoral, pues hay empresas (generalmente pequeños comercios) que han tenido que cerrar por culpa de tales reseñas falsamente negativas. Tanto el contratador como el contratado para publicarlas están faltando a la verdad y dañando a un competidor que hace tan bien su labor que provoca el rencor de ciertas empresas que son incapaces de sobresalir por méritos propios.

Cualquier actividad fraudulenta e inmoral debe estar penada por la ley, una ley que si bien establece su prohibición, dudo mucho que se aplique, de lo contrario no abundarían este tipo de actividades ilegales. Parece como si se cumpliera la máxima que dice que ”hecha la ley, hecha la trampa”.

 

martes, 31 de marzo de 2026

¿Amor de padre cristiano?

 


Supongo que con tan solo leer el título de esta entrada ya adivináis de qué va el tema que hoy traigo hasta aquí, pues ha sido una noticia no solo actual sino además muy relevante para los que creemos en el derecho a una muerte digna.

Permitidme, antes de entrar en materia, que os cuente una anécdota de hace ya unos cuantos años.

Estaba yo por aquel entonces asistiendo a un curso de formación sobre asertividad y negociación propuesto por la empresa en la que trabajaba. Lo impartía Enrique García Huete, un psicólogo clínico que, entre sus quehaceres, daba soporte a los enfermos terminales y a sus familias. En los descansos, solía contarnos anécdotas de todo tipo, relacionadas o no con su profesión. El caso es que en una de esas pausas nos preguntó cuál creíamos que era el amor más egoísta, y ante nuestro silencio expectante, afirmó: el de una madre. Podéis imaginaros la cara de pasmo de los allí presentes, especialmente el de las mujeres, que eran, por cierto, mayoría.

A lo que se refería este psicólogo, por experiencia propia, era el amor mal entendido de aquellas madres que desean mantener como sea con vida, una vida vegetativa, a su hijo o hija, impidiendo que los médicos desconecten los aparatos que los mantienen en ese estado vegetativo cuando no existe ninguna forma científica de revertir la situación.

Así pues, supongo que, como he dicho, García Huete se basó en su experiencia personal, la cual solo incluía a madres y no a padres, aunque la realidad nos demuestra que esa actitud, que considero realmente egoísta, por muy basada que esté en el pretendido amor, también se da en padres, como hemos comprobado recientemente en el tristísimo caso de Noelia Castillo, que falleció el pasado 26 de marzo tras recibir la eutanasia que solicitó años atrás.

La eutanasia es legal en España desde el año 2021 y hasta finales de 2024 se han realizado 1.123 eutanasias. Solo en 2024 se realizaron 426, lo que indica un aumento constante en su aplicación. Pero antes de obtener dicha legalización fueron muchos enfermos los que tuvieron que sufrir el dolor físico y mental al verse abandonados a su (mala) suerte, sin recibir el apoyo necesario e imprescindible por parte del Estado que, legalmente consideraba y trataba a aquellos que ayudaban a morir a sus seres queridos como verdaderos delincuentes.

El derecho a morir dignamente es ahora un derecho constitucional. Un adulto, psíquicamente capacitado, que desee acabar con su vida por razones humanitarias justificadas, como dejar de soportar una vida que no es vida, postrado en una cama, pegado a una silla de ruedas de por vida y padeciendo una enfermedad incurable, degenerativa y cruel, tiene todo el derecho a exigir (aunque el término legal es solicitar) que le practiquen esa solución definitiva. A fin de cuentas, es dueño de su cuerpo y nadie tiene derecho a impedírselo. Nadie puede decidir sobre la vida de los demás.

Por lo tanto, me parece totalmente cruel e inmoral que alguien se oponga frontalmente a esa decisión tan personal e íntima. Y aquí aparece ─aunque he sabido que no es el único caso habido en nuestro país─ la figura de un padre, el padre de Noelia que, habiendo solicitado esta la eutanasia en 2024 y habiéndosele concedido tras una minuciosa y exhaustiva evaluación médica, psicológica y jurídica, interpuso recurso contra esa decisión, un largo proceso de sentencias y recursos que ha llegado, tras 2 años de batalla judicial, hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, quien por fin ha rechazado la apelación paterna, asistida en todo momento por los denominados Abogados Cristianos.

El calvario que ha sufrido esta pobre chica ha sido horrible, desde su violación múltiple a manos de tres jóvenes, su posterior intento de suicidio, lanzándose por un balcón que la dejó parapléjica y con graves secuelas, tanto físicas como psíquicas, hasta la firme oposición de su padre a que acabaran con tal sufrimiento mediante la eutanasia. Un padre católico fundamentalista que, apoyado por esa organización ultracatólica, autodenominada Abogados Cristianos, que predican un falso amor basándose en que nuestra vida solo nos la puede quitar Dios, que es quien nos la ha dado, ha convertido a Noelia en un juguete roto a manos de sádicos sin piedad.

Sin entrar en más detalles, me parecen también nauseabundas las acciones, algunas incluso violentas, de las asociaciones provida y antiaborto, que coartan la libertad individual basándose exclusivamente en consideraciones religiosas. Son los mismos que se opusieron a la Ley del divorcio, a la del aborto y, por supuesto, a la de la eutanasia.

Pero al margen de esos grupos, o grupúsculos, extremistas, estamos viendo cómo parte de la derecha y toda la ultraderecha española se ha manifestado en contra de la eutanasia practicada, legal y humanitariamente, a Noelia Castillo, una joven de 25 años, con plenas facultades mentales, contrariamente a lo que algunos han querido hacer creer. Tanto esta ultraderecha casposa como la Iglesia, cómo no, se ha pronunciado en contra de lo que han calificado como suicidio asistido e incluso de asesinato subvencionado.

No suelo desear el mal a nadie, pero a esta gente sin entrañas, que no saben lo que es la empatía ni el verdadero amor, merecen padecer una muerte lenta y dolorosa, para que sufran en sus propias carnes lo que hacen sufrir a otros con su actitud y que sepan lo que es sobrevivir (que no vivir) con dolor y sin ninguna esperanza de curación por culpa de la oposición de quienes deberían ayudar a esos muertos en vida a morir en paz.

No puedo comprender cómo un padre, o una madre, puede impedir que su hijo, o hija, deje de sufrir lo indecible. Esto no es amor, es un comportamiento cruel basado en una ideología trasnochada, intransigente e inhumana.

Los miembros de nuestra sociedad más radical y de la Iglesia católica oficial (que viene a ser lo mismo) todavía están a años luz de abrirse a una sociedad moderna, más tolerante y más humana.

Que Noelia descanse en paz, porque se la ha ganado.

 

Fotografía: Noelia Castillo Ramos. Imagen obtenida de internet.

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

¿Quién es el terrorista?

 


A quien acusa a otro de hacer lo mismo que él hace se le conoce comúnmente como alguien que practica la proyección, un mecanismo de defensa psicológico donde se atribuyen a otros los propios defectos, impulsos o actos censurables. También puede ser denominado hipócrita si actúa con falsedad moral o calumniador si acusa falsamente de un delito. 

  • Proyección: Es la atribución inconsciente de los propios sentimientos, pensamientos o comportamientos inaceptables a otra persona.
  • Hipocresía: Fingir creencias o virtudes que no se tienen, a menudo criticando en otros la propia conducta.
  • Calumnia: Imputación falsa de un delito hecha con conocimiento de su falsedad. 

En un contexto más coloquial, se puede decir que esa persona "ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio".

(Texto obtenido por IA)

Lo antedicho no es más que un prólogo para dar un poco de cuerpo al tema que me trae hasta aquí y que creo haber sacado a colación, con otras palabras y/o ejemplos, en alguna otra ocasión. Y si lo hago nuevamente es porque es algo especialmente candente en la actualidad y, cómo no, en el ámbito político.

Pero no me voy a referir a los rifirrafes a los que nuestros políticos nos tienen acostumbrados, ya sea en el Congreso, en el Senado, en los pasillos de ambas instituciones o ante las cámaras de televisión. No, pues el colmo de los colmos de tales comportamientos los estamos viendo a diario de boca de los grandes dictadores, dueños del mundo, y “Señores de la guerra”.

¿Cómo es posible que, en un derroche de hipocresía y cinismo, Putin, Netanyahu y Trump califiquen de terroristas a quienes se defienden de sus ataques, como consecuencia de las invasiones y guerras ilegales a las que se ven sometidos, cuando lo que hacen es defenderse de un enemigo que no muestra el menor respeto al Derecho Internacional y a los Derechos Humanos?

Por supuesto esta es una pregunta retórica que no requiere ser contestada, pues cualquier persona con un mínimo de sentido común y conocimiento de lo que está pasando a nuestro alrededor, sabe discernir entre la verdad y la mentira.

¿Cómo acabar con esta situación tan alarmante, provocada principalmente por la codicia y no por la alegada defensa de los intereses internos y humanitarios del país atacado? Solo con decir que Trump ha multiplicado su ya abultada fortuna desde el inicio de la guerra en el golfo pérsico, ya está todo dicho. Y no solo él sino también sus adláteres que, disponiendo de información privilegiada, han comprado y vendido sus acciones petrolíferas en los momentos adecuados. Todo por el petróleo. Los intereses de Netanyahu solo responden a la creación de un gran Israel y de concentrar en sus dominios el mayor número de instalaciones de gas y petróleo, aunque con ello se lleve por delante a miles de vidas humanas. Y Putin ya hace tiempo que nos ha enseñado sus cartas, mostrando su inamovible interés por crear la Gran Rusia al estilo de la antigua Unión Soviética.

Y mientras tanto, los observadores internacionales interesados por mantener la paz y evitar que esos conflictos se alarguen en el tiempo, solo son capaces de sancionar (con sanciones ineficaces y ridículas) y llamar al orden a los invasores, pero sin mover un dedo para hacerles frente. Pero quién sabe si esta conducta es la más prudente, teniendo en cuenta la beligerancia sin parangón de los tres países que han originado estos conflictos armados. Supongo que el miedo a una tercera guerra mundial los tiene atados de pies y manos. ¿O también debemos pensar en la hipocresía?

Si creyera en Dios, le diría que está haciendo un flaco favor a la humanidad por no enviar a esos energúmenos violadores de la paz una de las plagas que mandó a los egipcios como castigo por esclavizar a los hebreos (según nos enseñaron en las clases de Historia Sagrada). Pero, bien pensado, si Israel es el pueblo elegido por Javhé, no hay nada que hacer. Siempre será un pueblo privilegiado y con derecho a hacer lo que le dé la gana, incluso involucrar y espolear a los EEUU (donde un 2,7% de la población es judía y algunos muy influyentes económicamente) para intervenir en una guerra injusta e ilegal. Pero Putin practica el cristianismo ortodoxo, así que con él no debería tener piedad. Y en cambio guarda silencio.

Perdonadme la irreverencia, pero ante tales desmanes, asesinatos y genocidios, solo me queda el humor negro, tan negro como el futuro de la democracia.

Y como remate final, me siento obligado a aclarar lo que muchos ya han declarado públicamente: que estar a favor del pueblo palestino no significa estar a favor de Hamas, y que estar en contra de la guerra contra Irán, no es estar a favor del régimen de los ayatolás. Que nadie se confunda, como lo hacen algunos dirigentes políticos (supongo que a propósito) de la derecha y ultraderecha española.