jueves, 28 de mayo de 2026

Tú sí, tú no

 


Si bien el reparto de la riqueza en nuestro planeta sigue un cauce sumamente injusto y desequilibrado y no existe ninguna regla (por lo menos escrita) para corregir ese desajuste inmoral, los amos del mundo, esos que ostentan el poder absoluto sobre los demás mortales, sí tienen sus reglas a la hora de distribuir, o mejor dicho otorgar su permiso para que algunas potencias con capacidad nuclear puedan disponer de un arsenal que podría acabar en cuestión de minutos con la vida en nuestro planeta.

Así pues, mientras existen países que pueden poseer y desarrollar estas armas tan mortíferas, a otros no se les permite. Obvia decir que nadie debería disponer de ningún tipo de armas nucleares, en lugar de permitírselo a unos y negárselo a otros, por una cuestión de simpatía o antipatía, aunque camuflada por intereses espurios.

El “Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares” (TNP) firmado en 1968, reconoce el derecho a poseerlas a solo cinco países: Estado Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. Estos cinco “Estado reconocidos” son aquellos que ya habían fabricado y probado un dispositivo nuclear antes del 1 de enero de 1967. Los más de 190 países restantes que han firmado el TNP se comprometen a no desarrollar ni adquirir armamento nuclear a cambio de poder utilizar tecnología nuclear con fines civiles pacíficos, lo cual se controla mediante supervisiones llevadas a cabo por el “Organismo Internacional de Energía Atómica” (OIEA).

Se nos dice que el mundo necesita un control para evitar una catástrofe nuclear. Se nos habla de tratados, de reglas, de responsabilidad, pero uno se pregunta: ¿Por qué algunos pueden y otros no? ¿Hasta en esto hay países de primera y países de segunda? ¿Quién dice “tú sí y tú no”? ¿Y por qué?

Israel nunca firmó el TNP, no permite inspecciones y, sin embargo, posee uno de los arsenales nucleares más importantes del mundo, aunque no lo reconozca oficialmente. Así pues, comprobamos que no existen unas reglas universales, pues de haberlas serían iguales para todos. Por lo tanto, el problema no es solo nuclear sino político y moral. Y al igual que Israel, otros países, como India, Pakistán y Corea del Norte poseen armamento nuclear operando también fuera de dicho tratado. ¿Por qué esa tolerancia?

Un mundo donde unos pueden armarse hasta los dientes y otros ni siquiera pueden investigar en energía nuclear sin ser sancionados, no es un mundo seguro y es un mundo desigual.

El impacto de un solo dispositivo de este tipo equivale a destruir una ciudad entera, provocando millones de víctimas y daños ambientales y climáticos irreparables a largo plazo, de lo que ni un bunker nos puede proteger.

Por mucho que existan organismos controladores para frenar su propagación y mitigar sus riesgos, como la ONU y la OIEA, nunca estaremos seguros de que algún descerebrado, con ínfulas de ser “el puto amo”, se le ocurra darle al botón nuclear (tenga la forma que tenga) justificándolo, como ya es habitual, con la excusa de la existencia en un país del “eje del mal” de armas de destrucción masiva.

De momento, todo son amenazas, pues habría que estar muy loco para mandar a paseo el planeta entero. Esperemos que nunca se pase del dicho al hecho.

Se le atribuye a Albert Einstein la siguiente frase: “No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se peleará con palos y piedras”. Esperemos que no fuera un adivino en esta cuestión.

 

jueves, 21 de mayo de 2026

Los reencuentros

 


Algo que debería ser eminentemente festivo, puede resultar un quebranto emocional. Y es que los años no pasan en balde. Todos envejecemos a la vez (aunque haya quien acuse el paso del tiempo más que otros) pero parece como si creyéramos que sólo envejecen los demás. Cuando nos encontramos con alguien al que habíamos perdido de vista largo tiempo, entonces nos percatamos de lo mayores que somos. Parece como si al contemplar el envejecimiento ajeno despertáramos a la dura realidad. Las reglas de tres no engañan, si él es viejo y yo tengo su misma edad, luego yo también soy viejo.

Como nos miramos al espejo a diario, nuestros cambios, lentos y graduales, nos pasan más desapercibidos que los de los demás, especialmente en aquellos a los que sólo vemos de tarde en tarde. Y si el salto del tiempo desde un encuentro a otro es de muchos años, el efecto puede ser devastador.

En dos ocasiones he vivido una experiencia semejante; la primera en un encuentro de antiguos alumnos de bachillerato, y la segunda, más recientemente, de excompañeros de trabajo, y en ambas ocasiones fueron más de veinte los años transcurridos desde la última ocasión en que nos vimos.

En la segunda experiencia ya iba psicológicamente preparado, pero en la primera experimenté un shock emocional casi traumático. Con dieciséis años nos separamos y con más de cuarenta nos reencontramos. Canas en muchos, calvicie incipiente en otros y arrugas (o líneas de expresión como a muchos gusta llamar) por doquier, algo normal como la vida misma, pero inesperado por quien todavía, al cerrar los ojos, ve a aquellos muchachos adolescentes. El reloj se ha parado en las mentes, pero no en los cuerpos. Incluso hubo a quien no reconocí hasta que se presentó. Pero el caso más insólito fue el de un individuo que, acompañado por su pareja, apareció en el restaurante donde celebrábamos el encuentro cuando ya íbamos por el segundo plato. Nadie, absolutamente nadie supo quién era. Ni se presentó, ni nadie le preguntó para no quedar mal. Llegamos a pensar que se había equivocado de evento, pero de ser así se habría percatado de su error y habría abandonado el lugar. ¿Pudo ocurrir que, de tan cambiado que estaba, nadie le reconoció? Todo un misterio.

Con esta experiencia previa, el segundo encuentro, que tuvo lugar cuando ya me había jubilado, como ya estaba mentalmente preparado y, aunque también hubieran transcurrido veintitantos años, los cambios físicos, aunque notables, no tenían por qué ser tan brutales, mis temores residían en no ser reconocido o, peor aún, recordado, y no sólo por el aspecto físico sino por la poca o nula huella que hubiera podido dejar en la mente de aquellos compañeros y compañeras con lo/as que compartí más de diez años de vida laboral.

Lógicamente, hubo de todo. Hubo quien no me reconoció a la primera, hubo quien me reconoció, pero no recordó mi nombre y hubo quien no supo quién era simplemente porque no coincidimos mucho tiempo en la Empresa, siendo todo ello recíproco.

Lo que sí hubo, y hay siempre en este tipo de acontecimientos, es esa sensación placentera que produce la reunión (etimológicamente, volver a unir) con viejos (en el sentido de antiguos) compañeros de fatigas aunque pueda subyacer el sabor amargo que deja el tiempo pasado e irreversible, la nostalgia de una etapa de juventud o de madurez irrecuperable, el sabor agrio que deja el paso de los años al ver convertido en casi un/a “anciano/a venerable” a aquel hombre o mujer maduro/a y vital, y, por otra parte, el malestar, todo hay que decirlo, de ver cómo derrocha simpatía quien se comportó de forma mordaz e indebida contigo. Sonrisas falsas y conductas hipócritas y quién sabe si una cierta amnesia que le impide recordar cuán mezquino fue en más de una ocasión. Y, por si fuera poco, tener que sentarte a la misma mesa y escucharle contar con sorna algunas anécdotas que no tienen ni pizca de gracia, pero que al resto de comensales les hace reír, probablemente en un acto hipócrita, sobre todo de los que en su día fueron (y siguen siendo) unos lameculos.

Pero el tiempo, tan implacable para lo malo de la vida, tiene, a la vez, un efecto balsámico, pues si no cura todos los males, sí los suaviza y generalmente no suele dejar un lugar preponderante para el rencor. Aun así, no me han quedado ganas de asistir a ningún otro reencuentro (y ha habido alguna propuesta) que pueda repararme alguna que otra incomodidad, sea del tipo que sea. Prefiero dejar el pasado intocable. Como dice el refrán: agua pasada no mueve molino.

Así pues, esos reencuentros no sólo sirven para reunirse con antiguos amigos y compañeros de fatigas sino para hacer frente a los fantasmas del pasado. Y como a mí no me gusta verme con fantasmas (en todas sus acepciones), evito su presencia. Desde hace tiempo solo me reúno con esos amigos que, por mucho tiempo que pase, siguen estando ahí y con los que mantengo la misma afinidad de cuando les conocí.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

La humildad del sabio

 


¿Será que cada vez hay menos sabios en nuestra sociedad? Lo digo porque una de las cualidades que se les atribuyen, la de saber rectificar, brilla por su ausencia. Salvo algunos honrosos ejemplos que solo vemos en la aparentemente trasnochada sociedad oriental, nadie que se precie se digna hoy en día a reconocer sus errores, y menos públicamente. Las palabras se las lleva el viento y la amnesia viene a reemplazarlas. Si errar es humano (en esto parece que todos estamos de acuerdo, sobre todo el que yerra, quizá porque es la mejor de las excusas), ¿por qué hay tanto reparo en reconocer nuestros errores? Parece que sólo se equivocan los demás, que por eso son unos inútiles. Se ve la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.

Pero lo peor es que la falta de rectificación no se debe a la vergüenza (sentimiento humano muy comprensible) de tener que reconocer públicamente que uno se ha equivocado. No, lo verdaderamente lamentable es que el motivo de esa omisión es el orgullo, la soberbia, al no querer reconocer un fallo y perder, con esa actitud ejemplar, el prestigio, el dominio, la superioridad de los que viven en su particular torre de marfil.

No me interesan los sabios orgullosos. Para mí no hay nada ni nadie mejor que un sabio humilde. Así que prefiero sustituir lo de “rectificar es de sabios” por algo así como “el sabio humilde es dos veces sabio”.

Por lo tanto, si la humildad es un bien escaso, como creo, la sabiduría también está en crisis.

 


sábado, 9 de mayo de 2026

¿Puede la cultura producir una dislocación vertebral?

 


Creo haber dicho en más de una ocasión que, entre mis defectos, que tampoco es que sean muchos, está el perfeccionismo, o quizá debería decir la quisquillosidad, cuando observo algo que considero fuera de lo normal, siempre y cuando me produzca una cierta incomodidad, por pequeña que sea. Y lo que hoy aquí critico será una nimiedad, pero me extraña que nadie haya, aparentemente, reparado en ello, y que sus responsables no hayan puesto remedio por el bien de nuestras vértebras cervicales.

En una sociedad como la nuestra, en la que todo, o casi todo, está regulado, estandarizado; donde existen múltiples normativas, entre las que podemos incluir las normas UNE, ISO, las PNT o SOP, en su versión anglosajona; donde tenemos manuales de instrucción para todo, o casi todo, yo me pregunto y no paro de preguntarme ¿por qué demonios nadie, o casi nadie, con poder de decisión, en concreto las editoriales, la asociación de autores, la de consumidores, la de traumatología, o quienquiera que desee preservar en buen estado las vértebras cervicales de la población lectora, ha pensado en normalizar la orientación en la que debe imprimirse el título y el nombre del autor en el lomo de un libro?

¿Os habéis percatado de este inconveniente o bien estáis tan acostumbrados que no habéis reparado en ello? De todos modos, ¿no os resulta de lo más incómodo, por no decir molesto e incluso mareante, tener que estar inclinando constantemente el cuello, ahora a la derecha, ahora a la izquierda, para leer el lomo de los libros que yacen en las estanterías de las librerías y bibliotecas?

Claro que todo, o casi todo lo malo en esta vida también puede tener su lado positivo. Imaginémonos por un momento que en una librería se encuentran, frente al mismo tramo de estantes, un chico y una chica buscando un libro y estando muy cerca el uno de la otra, casi rozando sus hombros, inclinan de pronto sus cabezas hacia un mismo punto central y zas, una colisión craneal les produce, al instante, un dolor intenso que, a los pocos segundos se transforma en una sonrisa complaciente y de disculpa. Y ya puestos a imaginar, quién sabe si un poco más tarde esos dos jóvenes amantes de la lectura se están riendo de esa anécdota en el bar más próximo a la librería que les ha unido gracias a la cultura y a la inoperancia de los órganos reguladores.

Visto así, quizá será mejor dejar las cosas como están y que sea lo que Dios, o Cupido, quiera.