sábado, 16 de julio de 2022

¿Quién fui? (extracto de mis memorias secretas)

En esta ocasión, para cambiar de tercio y sin que sirva de precedente, he optado por publicar una especie de crónica autobiográfica que data del año 2013, cuando decidí escribir mis memorias para uso y disfrute propio. De ahí el título de esta entrada. Salvo alguna pequeña corrección tipográfica, no he cambiado ni una coma del texto original. ¿Qué me ha impulsado a publicar ahora algo tan personal? No lo sé a ciencia cierta, pero creo que la nostalgia propia de la edad algo ha tenido que ver.


 Nunca fui un niño alegre. Veo el álbum de fotos de mi infancia, que por cierto son muy escasas, y en ninguna aparezco sonriendo. Cara de niño triste. Quizá era la costumbre de la época posar para la posteridad poniendo cara de circunstancias, no fuera que en el futuro nos tomaran por tontos, esos que ríen sin motivo aparente. O bien sólo era fruto de una época difícil y no había muchos motivos para reír. Pero tampoco hay que dramatizar, pues aún de familia humilde, no nos faltó lo imprescindible y, aunque muy de vez en cuando, tampoco faltó algún que otro detalle festivo. Así pues, sólo me queda pensar que simplemente era un niño taciturno e introvertido y que en casa no se prodigaban los besos y mucho menos los achuchones. Éramos felices a nuestra manera, pero, visto desde la distancia, era una forma de felicidad apagada, soterrada en unos cimientos demasiado profundos.

La infancia tiene una importancia capital porque es cuando empieza a forjarse la personalidad. Es durante la infancia y hasta la pubertad, etapa de grandes cambios internos y externos, físicos y biológicos, pero sobre todo emocionales, cuando la mente va configurando, moldeándolo, al ser en el que acabamos convirtiéndonos. Son las experiencias de esa etapa las que más nos marcan, dejando una huella imborrable. Aunque no dejamos de evolucionar a lo largo de una vida en la que la teoría de Darwin se manifiesta de forma acelerada e implacable, pues quien no se adapta al entorno no logra sobrevivir, conservamos en nuestro interior el germen del ser humano en el que nos convertimos hasta alcanzar la edad adulta. Creo que los cambios posteriores son tan sólo superficiales, de forma, pero no de fondo. De este modo, todos llevamos en nuestro más recóndito interior una parte del niño y del adolescente que fuimos y que nadie debería dejar de ser.

Así pues, lo genes por una parte y la educación a la que fui sometido por otra, con la mejor de las voluntades por parte de mis padres, dicho sea de paso, hicieron de mí un niño y luego un adolescente débil de carácter. Aunque solícito, muy educado y nada beligerante, algo de por sí encomiable, también era muy sumiso, tímido en extremo y, en definitiva, inseguro de mí mismo. Podríamos decir que mi yo estaba dividido en dos: mi yo interno, cerebral, reflexivo, nada visceral, ecuánime, sensible, amante de la justicia y de la razón, y mi yo externo, visible al mundo, indeciso, vergonzoso, temeroso e impotente ante lo injusto, lo que hizo que me aislara, muy a pesar mío, de mis compañeros de clase que no fueran como yo. Aléjate de las malas compañías era el lema que me inculcaron y claro, con ese bagaje tan puritano y conservador, me perdí la experiencia de vivir como un chico digamos “normal”, es decir como la mayoría de chicos de mi edad y condición, pues rehuía a los que por extravertidos, eran desenfadados, bromistas, guasones, peleones y “folloneros” y, por supuesto, los considerados por el profesorado como los gamberros de la clase, refugiándome en la compañía de seres tan pusilánimes como yo y que debo reconocer que, a pesar de sus muchas cualidades, eran un verdadero tostón. Dios los cría y ellos se juntan, ni más ni menos.

Nunca practiqué deporte alguno, pues evitaba la confrontación, la competencia y la agresividad, elementos que, probablemente, de haberlos asumido como necesarios o inevitables, me habrían preparado mucho mejor para afrontar las adversidades de la vida. Temía la derrota, el ridículo, el daño físico, todo ello comprensible en una persona medianamente sensata, pero ello no tuvo que ser óbice para no hacer frente a los retos que podían comportar tales experiencias. Pero ¿quién, en mi situación, hubiera entendido entonces lo que podía suponer para la formación, no ya física sino también psíquica, esta carencia de arrojo y determinación? Estaba literalmente sólo ante el peligro. Y si me sentía solo era porque nadie en mi entorno más cercano, especialmente mi familia, supo identificar mis limitaciones y complejos, y si los observaron no les dieron el valor que realmente tenían o no supieron cómo actuar para ayudarme a salir de este pozo seco en el que se convertiría mi vida social. Y yo, por mi parte, tampoco supe pedir ayuda. Hasta esto me avergonzaba.

Visto todo lo aquí relatado, cualquiera pensaría que mi futuro como adulto me deparó, como yo mismo llegué a prever y temer, una continua sucesión de fracasos y, sin embargo, no fue así. Algo (otra vez la disyuntiva entre casualidad y causalidad y entre fortuna y mérito) hizo de mí un mutante capaz de sobrevivir en esta sociedad tan competitiva y sobrellevar a la vez mis carencias afectivas y emocionales. Desgraciadamente, esa evolución temperamental no fue todo lo completa que hubiera necesitado y no me llevó hacia el mejor de los caminos, pues muchos errores y omisiones he cometido a la hora de hacer valer mis derechos en situaciones conflictivas, que han sido muchas, y ante aquéllos que, deliberada o inconscientemente, dañaron mi autoestima.

Al recordar mi infancia, algo que me llama especialmente la atención es cómo me tomaba las cosas al pie de la letra y, a veces, con excesivo dramatismo, como cuando, contando yo con sólo cinco años, mi padre, no muy dado a las bromas precisamente y mucho menos en materia religiosa, tan recto y serio como era, y quizá por ello y porque mi inocencia no supo captar el sentido jocoso de sus palabras, me dijo que de mayor sería sacerdote, pues debía haber uno en todas las familias de bien. ¡Quiero casarme y tener hijos! le grité. Creo que fue la única vez en mi vida que grité a mi padre, tal fue mi disgusto como si a prisión de por vida me hubiera condenado.  Pero ello no sería más que una anécdota si no fuera porque, a pesar de mi habitual sentido del humor que siempre me ha acompañado, no he dejado de tomarme las cosas seriamente (quizá demasiado) y he creído a pies juntillas cualquier cosa que viniera de alguien a quien consideraba fiable y serio como yo, a quien no imaginaba capaz de bromear o de fingir en asuntos que para mí eran importantes.

Esta credulidad innata, rayando la ingenuidad, se llegó a convertir, especialmente en el ambiente laboral, en un lastre, haciéndome sentir en más de una ocasión tremendamente ridículo por no haber sabido discernir una mentira, una exageración o una excusa de una verdad o por haber seguido a pies juntillas unas indicaciones o unas normas que nadie más que yo se tomó en serio. Ha sido en esos casos cuando he comprobado que jugar limpio no siempre conduce a una recompensa, sino que puede acabar en el más absoluto de los fracasos, pues mientras otros se saltaban las reglas del juego yo invertía tiempo y esfuerzo en seguir el camino correcto, aun siendo el más largo y tortuoso, para que al llegar a la meta comprobara que otros se habían llevado el gato al agua con mucho menos esfuerzo. Y es que siempre he creído que el fin no justifica los medios. ¿Craso error?

Y curiosamente, a pesar de los años transcurridos en ese ambiente ingrato y competitivo empresarial y de los sinsabores que esta conducta me ha producido, he seguido siendo una persona ingenua y confiada. Aunque me lo he propuesto hasta la saciedad, no he sido capaz de modificar mi forma de ser y actuar. Quizá estos rasgos de mi personalidad forjados y arraigados desde la más tierna infancia han sido demasiado sólidos para poderlos moldear adecuadamente. Seguramente, si hubiera sido más sagaz habría podido evitar situaciones como las que he vivido y de las que ahora, cuando ya es demasiado tarde, me arrepiento. Quién sabe.

Pero, como alguien dijo, uno no debe arrepentirse de su pasado sino del tiempo perdido con la gente equivocada. Durante los peores años de mi vida laboral, que precisamente han sido los últimos que he vivido, he buscado desesperadamente la paz interior, ese refugio del alma que te ayuda a ser feliz, y nunca lo logré por muchos que fueron los recursos que utilicé. Y ahora que todo ha acabado, me doy cuenta que esa paz sólo se consigue cuando somos capaces de comprendernos y aceptarnos.

Llegado a este punto, puedo decir que he empleado mucho tiempo, más del necesario, en reconciliarme conmigo mismo y aceptarme como soy y he llegado a la simple y llana conclusión de que no debo censurarme por haber sido noble y recto en un mundo desleal y deshonesto y por no haber querido mimetizarme con él. Si sigo dolido con parte de ese pasado ingrato, emplearé todo el tiempo de que ahora dispongo para curarme las heridas. De todos modos, alguien más sabio que yo dijo que “no es el tiempo el que cura las heridas, sino que eres tú quien se cura a sí mismo a través del tiempo”. Sea como sea, el tiempo lo dirá.

 

lunes, 27 de junio de 2022

Esto es un atraco

 


Siempre hemos sido engañados con falsas promesas, con productos de dudosa calidad y con un largo etcétera de mentiras con ánimo de lucro. El más conocido y común de los ejemplos son las rebajas. Pero últimamente hemos llegado a una situación extrema que clama al cielo y ante lo que, muy a nuestro pesar, nos sentimos, además de estafados, impotentes.

La noticia más reciente y de gran calado entre los consumidores es la gran y para mí injustificada subida de los precios de prácticamente todos los artículos de consumo. El precio de las frutas y verduras se ha incrementado hasta unos niveles nunca vistos, mientras que al campesino le pagan por ellas una miseria.

Siempre he creído que, durante una crisis, por muy grave que sea, hay quien saca provecho de ella camuflando su perversidad bajo la excusa de la necesidad perentoria —léase caso mascarillas— o para hacer frente a las pérdidas que, supuestamente, está sufriendo. De este modo, los abnegados empresarios —finales e intermediarios— se ven obligados —aseguran— a aumentar los precios de los artículos que venden, pues, de lo contrario, deberían cerrar el negocio y dejar en la calle a sus empleados.

Estamos viendo, incrédulos y cabreados, como las eléctricas se están forrando mientras que los usuarios sufrimos y soportamos unos incrementos brutales en la factura de la luz. Al parecer estas empresas también gozan de inmunidad, como el Rey emérito, pues al Gobierno le tiembla la mano ante la posibilidad de imponerles unos impuestos más elevados y una reducción en sus beneficios multimillonarios.

No niego que hay empresas, pequeños comerciantes y autónomos de diversos ámbitos, que lo han pasado y lo están pasando realmente mal, primero por culpa de la pandemia y ahora, entre otras causas, por la guerra entre Rusia y Ucrania al ver su actividad económica perjudicada. No obstante, la falta de previsión y la cortedad de miras de los países de la UE, confiando casi en exclusiva el suministro de algunos productos esenciales a dos únicos o mayoritarios proveedores (Rusia y China), ha hecho que, ante la situación política que estamos viviendo, nos hayamos quedado con el culo al aire. Hemos comprobado que el más vale prevenir, en forma de diversificación, ni tan solo se aplica en los países desarrollados de nuestro entorno.

Pero volviendo a lo que podríamos calificar de picaresca inmoral, estoy convencido de que hay quien se aprovecha del temor ante la falta de suministro de alimentos y de otros artículos de necesidad para aumentar vertiginosa e injustificadamente el precio de ciertas materias primas —como el aceite de oliva y la harina, siendo España el primer país aceitunero de la UE y el quinto en la producción de trigo—, de la electricidad, de los carburantes y de otros tantos productos para inflar más de lo justo y necesario el precio de lo que vende al consumidor, quien es el que siempre paga el pato. «Si me aumentas los impuestos, si me obligas a hacer un descuento a mis clientes, lo repercuto en el precio final y Santas Pascuas». Esa es la dinámica mayoritaria. Y todos contentos. Y engañados.

¿Qué tendrá que ver, digo yo, la escasez de algunos artículos con la subida abusiva de los alquileres? ¿Y en el precio de una habitación de hotel? Hay quien se está aprovechando de este caos inflacionista para, en el mejor de los caos, resarcirse de las pérdidas ocasionadas en su negocio por la pandemia. «Ahora es la ocasión para hacer caja a lo grande», deben pensar. Y todos a pasar por el tubo.

Pero hay algo que todavía me preocupa más y es que los medios de comunicación, consciente o inconscientemente, ayudan a normalizar la situación, presentándola como algo muy negativo pero inevitable. Es lo que hay. Y de este modo, el ciudadano acaba resignándose. Mal de muchos...

Creo que vivimos en una burbuja económica manejada arbitrariamente por los que ostentan el poder, los que tienen la sartén por el mango, en una economía que calificaría de virtual. Nunca he entendido por qué una sospecha o temor ante una posible, aunque remota, crisis, del tipo que sea, hace caer de inmediato las bolsas o aumentar la famosa prima de riesgo. Yo no entiendo de economía, pero se me antoja como algo insólito que las bolsas se anticipen a los sucesos que luego no llegarán muy probablemente a producirse. Pero el daño ya está hecho. Y lo peor es que mientras la caída de los valores bursátiles se traslada inmediatamente a los ciudadanos, no es así cuando estos se recuperan. Si sube el precio del barril de petróleo, enseguida se repercute en el precio del litro de gasolina o gasóleo, pero cuando baja, hay que esperar semanas o meses para notar ese alivio económico. Las gasolineras argumentan que, aunque baje el precio del crudo, ellas ya compraron el carburante al precio anterior, más elevado. ¿Por qué no hacen exactamente lo mismo cuando lo compraron a un precio más bajo y luego sube en origen? El caso es forrarse como sea. Lo dicho: esto es un atraco.


domingo, 22 de mayo de 2022

Dios los cría...

 


Dios los cría y ellos se juntan es un famoso refrán que indica que existe una tendencia natural a reunirse con quienes tienen el mismo temperamento o conducta, por lo general reprochable. Como nuestro refranero es muy rico para aludir a situaciones muy similares, se me ocurre también, para ilustrar esta entrada, los refranes que dicen Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija o Dime con quién andas y te diré quién eres. El primero hace alusión a las ventajas que obtienen aquellos que se relacionan con personas influyentes y poderosas, y el segundo a cómo las malas compañías pueden influir negativamente en el comportamiento de quien las frecuenta. Y lo dejo aquí porque a medida que voy escribiendo se me ocurren más refranes ejemplarizantes sobre el comportamiento gregario de carácter censurable según mi punto de vista.

Me atrevería a decir sin temor a equivocarme que solo los defraudadores, estafadores, ladrones y otros pájaros de cuidado son capaces de disculpar e incluso alabar, sin ningún atisbo de duda ni vergüenza, a los de su ralea. Un ladrón nunca censurará a otro ladrón, del mismo modo que quien ha defraudado a Hacienda jamás acusará a otro defraudador, a menos que ello le sirva de excusa, defensa o atenuante.

No voy a dar nombres para no herir susceptibilidades y por si acaso el Gran Hermano me vigila, pero creo que la objetividad, al igual que la justicia, debería hacernos pensar del mismo modo y situarnos en el mismo platillo de la balanza, sea cual sea nuestra ideología política, aunque está visto que en política no existe, por desgracia, la ecuanimidad. Si alguien, por muy importante que sea en la esfera política y/o económica, comete un delito o falta grave, por muy simpatizantes que seamos de su persona, ello no es óbice para que censuremos su proceder y, si lo que se le imputa merece un castigo, exijamos que la justicia haga su trabajo independientemente de quién se trate. Por desgracia, no es así. Que sus allegados hagan piña a su alrededor e intenten disculparlo es hasta cierto punto comprensible, a pesar de que no debería ser así; pero que ciudadanos de a pie, que se han visto perjudicados social o económicamente por su mala conducta, ya sea por acción, “jugando” con el dinero de todos, o por omisión, ignorando las necesidades de los más desfavorecidos, me resulta inconcebible. De ahí que me plantee la posibilidad de que si hay quienes los defienden y alaban es porque son de los que piensan que a una persona a la que admiran se le puede y debe disculpar toda fechoría, o bien porque ellos habrían actuado del mismo modo si hubieran tenido ocasión de hacerlo.

De ahí mi incomprensión e irritación al ver cómo personas que deberían estar sentadas en el banquillo de los acusados, son, por el contrario, aplaudidas y vitoreadas, convirtiéndolas con ello en seres todavía más pagados de sí mismos y convencidos de que están en posesión de la verdad y que sus detractores son unos extremistas antipatriotas. No sabría decir qué motivo preferiría que subyaciera bajo esa actitud, si la ignorancia y el adocenamiento más extremos o un fanatismo irracional. Lo más probable es que las tres cosas vayan de la mano.

Está cada vez más claro que tenemos lo que nos merecemos. Creo que eso del karma es un cuento chino —aunque tenga origen indio—, porque ninguno de esos personajes, chulos y prepotentes, recibe su justo merecido, más bien al contrario, son elevados a los altares (de la corrupción).

Y, para terminar, añadiría que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír.

Claro que también se dice que en el país de los ciegos el tuerto es el Rey.


sábado, 23 de abril de 2022

Una hora menos en Canarias

 


Muchas veces me da la impresión de que irregularidades que podrían solventarse con relativa facilidad, se dejan como están por pura inacción que, a su vez, responde a una falta de iniciativa o interés. Eso de procrastinar es muy nuestro.

Hace tiempo traté el tema del cambio de horario de verano e invierno como algo que me parecía, si no absurdo, sí innecesario, pues no entendía las razones que abogaban por seguir haciéndolo, cuando cada año, invariablemente, volvía a ponerse en duda su conveniencia, dando a entender que esa ocasión sería la última. Y así llevamos décadas aplicando ese cambio, a pesar de las voces que indican los efectos negativos sobre nuestro reloj biológico.

Pero si modificar lo que ya es una costumbre que no solo afecta a un país, sino a prácticamente todo el globo es una tarea harto complicada, el cambio del huso horario español solo debería contar con la voluntad de nuestros gobernantes, sin tener que obtener necesariamente el beneplácito de los otros países de nuestro entorno.

Todo empezó un 16 de marzo de 1940, cuando las once de la noche pasaron a ser las doce por orden del gobierno del general Franco. Si en un principio este cambio se anunció como una medida temporal, quedó fijado —hasta el momento— a perpetuidad.

A España, por su geografía, le corresponde el huso horario del Meridiano de Greenwich (GMT), ya que la mayor parte de la península queda dentro de la zona determinada por esta línea imaginaria adoptada como referencia para los husos horarios de todo el mundo.

Después de ochenta años, toda España —excepto las islas Canarias— sigue la hora europea central, la de Berlín, en lugar de la occidental, la de Londres.

La decisión del gobierno de Franco se basó oficialmente en la “conveniencia de que el horario nacional coincidiera con la de los otros países europeos”, cuando, en realidad, se afirma que fue un gesto de aproximación a Hitler.

Hay que decir, sin embargo, que nuestro país no fue el único país europeo que adoptó esta medida, pues la hora de España, Alemania, la Francia ocupada por los nazis, la del Reino Unido y Portugal también se acompasaron con la de Berlín. Pero al terminar la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra y Portugal volvieron a la hora GMT, mientras que Francia y España no lo hicieron, aunque en el caso francés se puede alegar que como el país galo se halla situado entre dos husos horarios, el occidental y el central, es de suponer que tanto les dio volver al horario anterior o quedarse como estaban.

Así las cosas, se da la paradoja de que Vigo tiene la misma hora que Varsovia, que está a 3.200 kilómetros de distancia, y una hora más que Oporto, situada a solo 150 kilómetros.

¿Qué impide, pues, que nos alineemos con la hora GMT, la que nos corresponde? ¿Tan difícil seria volver a nuestra hora original? Con tal de no cambiar a la hora de verano en la península, a finales de marzo, cuando hay que adelantar el reloj de las 02:00 horas a las 03:00 horas, nos quedaríamos con la misma hora que en las Islas Afortunadas —que sí habrían cambiado de las 01:00 horas a las 02:00 horas— y, por lo tanto, pasaríamos a estar en el mismo huso horario que Portugal e Inglaterra. 

Pero ya se sabe que no hacer nada es mucho más cómodo. Dejar las cosas como están es la mejor manera de no complicarnos la vida. Pero ¿tanto esfuerzo requiere adoptar de nuevo la hora que no debimos abandonar?

Lo mismo ocurre con la propuesta de “normalización” de los horarios laborales y comerciales en pro de la tan aclamada conciliación familiar. Este tema es como los ojos del Guadiana, que aparece y desaparece una y otra vez, pero nadie se atreve a coger el toro por los cuernos, y eso que vivimos en un país eminentemente taurino.

Así pues, hasta que no nos adaptemos a la franja horaria a la que en realidad pertenecemos, tendremos que seguir oyendo la cantinela de “una hora menos en Canarias”.


sábado, 2 de abril de 2022

Estafadores anónimos

 


Vivimos inmersos en la cultura del engaño. Solo hay que ver la publicidad engañosa a la que estamos sometidos. Productos mágicos para adelgazar, cosméticos milagrosos para eliminar lo que la edad ha ido irremediablemente añadiendo, ofertas extraordinarias a las que no podemos sustraernos, mientras que en la base de la pantalla del televisor se desplaza a gran velocidad un texto diminuto, y por lo tanto ilegible, que explica la verdad, aunque sea a medias, por si a alguien se le ocurre denunciar esa farsa que pretenden vendernos como algo real.

Pero esto ya parece que lo hemos asumido y entendemos que forma parte del juego. Pero de un tiempo a esta parte, el “arte” de engañar ha adoptado diversas y peligrosas formas cada vez más originales y sofisticadas. Ante esa propagación del fraude a domicilio, no cesan de llegarnos mensajes advirtiéndonos de todo tipo de engaños: no llamar a un teléfono desconocido del que has recibido una llamada perdida y sin mensaje, no entrar en un enlace que te han enviado con la excusa de que debes confirmar algo, no abrir documentos de origen desconocido, y por supuesto no dar nunca datos personales e intransferibles aunque quien los solicite sea una supuesta Compañía conocida con la que mantenemos una relación comercial. No seguir estas recomendaciones puede llevar a que esos desaprensivos se hagan con datos privados con los que pueden vaciarnos la cuenta bancaria, cargarnos una factura del teléfono brutal o hacernos la vida imposible.

Como ya estoy prevenido ante tales engaños, intento no caer en esos intentos de fraude. Pero hay Compañías que, por su conducta negligente o ineficiente, provocan que sigamos expuestos a posibles engaños.

Prueba de ello es que hace unos meses, en un gran centro comercial, se nos acercó, a mi mujer y a mí, un individuo preguntando si éramos clientes de Endesa. Al contestar afirmativamente, nos preguntó entonces si conocíamos la nueva tarifa Tiempo happy, con la que ahorraríamos significativamente en la factura de la luz. Al mostrar nuestro posible interés, nos llevó hasta un mostrador y nos fue detallando las ventajas de esa nueva modalidad. Tanto el personal como el pequeño stand estaba claramente identificado con el nombre y logo de Endesa, así que no había nada que temer. Pero cuál fue nuestra sorpresa cuando, al rellenar el impreso de adhesión a la nueva tarifa, el comercial nos pide que le facilitemos el número de cuenta bancaria, a lo que nos negamos en redondo, aduciendo que este dato tenía que constar en su base de datos, pues solo estábamos cambiando de tipo de prestación, no de Compañía. A ello respondió que sí era necesario porque esta modificación equivalía a firmar un nuevo contrato, para lo cual era imprescindible anotar la cuenta bancaria a la que nos cargarían las nuevas facturas. ¿Cómo una Compañía del calibre de Endesa no puede obtener esa información de su base de datos después de tantos años de usarla para el cobro de nuestras facturas? Ante nuestra renuencia, el comercial llamó a un supervisor contándole el problema, tras lo cual fuimos informados de que al día siguiente recibiríamos una llamada de un agente para resolver el entuerto. Pero ¿y si ello también formaba parte de una trampa?

Al día siguiente, acabé dando el número de nuestra cuenta bancaria por teléfono, algo que, en teoría, deberíamos haber evitado. Debo aclarar, sin embargo, que antes llamé a Endesa para que me confirmara que esa oferta era cierta y que todo estaba en regla. En primer lugar, me dijeron que, para montar un stand en un centro comercial, la empresa debe pagar bastante dinero por ello, con lo cual difícilmente un estafador haría tal cosa; en segundo lugar, me confirmaron la existencia de la nueva tarifa con ese nombre tan happy; y en tercer lugar me corroboraron que se trataba de un contrato nuevo a todos los efectos y que, efectivamente, debía facilitar el número de cuenta, aunque no supieron justificar por qué no la podían hallar en su base de datos.

Esta historia ejemplifica el hecho de que a veces puede resultar difícil distinguir entre un fraude y un acto burocrático legal, por muy atípico o ilógico que nos parezca, y que, en consecuencia, pueden pagar justos por pecadores.

Por culpa de los desaprensivos nos hemos vuelto desconfiados, aunque también es cierto que más vale pecar por exceso que por defecto. De hecho, mientras escribía esta entrada, qué casualidad, me entró en mi móvil un SMS de la Compañía de seguros del automóvil advirtiéndome que la póliza estaba a punto de caducar y que si deseaba recibir más información entrara en un enlace que acompañaban. Algo parecido hace Movistar, MediaMark, Leroy Merlín y otras empresas, con ofertas de distinto tipo. ¿Cómo saber si se trata de un fraude y el enlace que adjuntan contiene un virus? Lo que dice siempre mi mujer: «Si quiero algo ya les llamaré yo».

Pues bien, llegado a este punto, hace unos días, a pesar de mi supuesta conciencia antifraude, fui objeto de dos tentativas de engaño en un solo día y en un breve margen de tiempo. Debía ser el día mundial de la mentira.

En el primer caso, me llamaron (supuestamente) en nombre de Endesa para tratar sobre mis facturas. Casualmente, dos días antes había presentado una reclamación por el coste desorbitado de la última factura y que, en mi opinión, se debe a un error. La reclamación estaba, pues, en curso, así que mi subconsciente me traicionó e interpreté, sin prestar demasiada atención a lo que me decía una joven con marcado acento latinoamericano y hablando atropelladamente, que me intentaba justificar el monto exagerado de la factura objeto de mi reclamación. Como yo incidía en los detalles de la misma y justificaba por qué consideraba que se trataba de un craso error, le di, sin darme cuenta, información a su favor. Desde ese momento, sus explicaciones se volvieron más incongruentes, para finalmente decirme que, como no querían perderme como cliente, me ofrecían un descuento que ya vería reflejado en mi próxima factura que, por cierto, vendría a nombre de Iberdrola, pero que daba igual, que era lo mismo y no cambiaba nada. Total, peccata minuta. Como durante la charla, o mejor dicho su diatriba, me preguntó mi edad y le dije que tenía 71 años, debió pensar que era un viejo al que se le puede timar fácilmente. Seré viejo, pero no idiota, como dijo Carlos Sanjuan, el promotor de la campaña contra los bancos que no atienden a los mayores como es debido.

Así pues, como ya me percaté de sus perversas intenciones, decliné su oferta, a pesar de sus airadas protestas, y colgué. Llamé de inmediato a Endesa para informarles de lo acontecido y me confirmaron que se trataba de un truco para que el cliente cambie de Compañía y, por lo tanto, si yo no tenía intención de hacerlo, que me opusiera. De hecho, en mi reclamación pendiente de respuesta, “amenazaba” a Endesa con cambiarme de comercializadora, así que quizá lo acabe haciendo, pero libremente y no a través de engaños. Y ahora me pregunto cómo la joven que me llamó sabía mi nombre y apellidos, mi domicilio y mi correo electrónico. Quiero creer que Iberdrola no forma parte de ese complot deliberadamente —de hecho, su base de datos ha sido recientemente hackeada—, sino que contrata a terceros la caza y captura de nuevos clientes, sin reparar en los métodos empleados para ello.

El segundo intento de engaño se produjo al cabo de escasos minutos, cuando recibí un mensaje de texto diciendo que «el paquete enviado por Correos Exprés no ha podido entregarse porque no se han abonado las tasas de aduana —unos pocos euros—, por lo que debía pinchar en un enlace para satisfacerlas. Borré de inmediato el texto. Pero, ¡qué curioso! Aquella misma mañana me habían entregado un paquete por Correo Exprés.

Me pregunto si ambas cosas fueron casuales o por obra de ciber espías —a fin de cuentas, nos tienen fichados—, que cuando detectaron que había presentado una reclamación a mi Compañía de la luz o que era el destinatario de un paquete que me tenía que hacer entrega Correos Exprés, pasaron esa información a un grupo de delincuentes organizado para que, de un modo u otro, me colaran un gol. O dos.

La existencia de esos estafadores anónimos hace que nuestra vida sea un poco más insegura e incluso peligrosa. Y los supuestos adelantos tecnológicos están de su parte. ¿Cómo luchar contra ello? Supongo que siendo más y más desconfiados. Una pena.


sábado, 26 de marzo de 2022

Una tarde en Jerez

Que la memoria empieza a fallarme lo acabo de constatar. Recién terminado de escribir este texto, me ha sobrevenido un pálpito. Oye, espera, ¿acaso no conté esta anécdota tiempo atrás?, me he preguntado. Pues me suena, me he contestado. Así que revisando el histórico de publicaciones he podido comprobar que, efectivamente, lo hice hace unos cinco años, con el título Una visita a la feria. ¡Maldita memoria! Pues a la papelera con esta imperdonable repetición, me he dicho. Pero entonces he comprobado que, de los que todavía me seguís, solo Pedro Fabelo la leyó (quedas, Pedro, por lo tanto, dispensado de volver a leerla), así que me he permitido la libertad de seguir adelante. Además, como el fondo es el mismo, pero no así la forma de contarlo, podríamos considerar esta versión como un remake.



Corría el año 1990. Por aquel entonces yo trabajaba para una multinacional farmacéutica norteamericana que tenía por costumbre celebrar una reunión internacional anual, por áreas de negocio, alternando el continente americano y el europeo. En mayo de 1990, dicha reunión se celebró en España y el lugar designado fue Sevilla. No voy a referir cómo, quién ni por qué se tomó esa decisión porque sería largo de contar. El caso es que me tocó a mí, lógicamente, organizarla. Solo diré que, como anfitrión, les había propuesto tres localidades candidatas: Barcelona, Madrid y Palma de Mallorca, por este orden. Y es que como era costumbre destinar una tarde —de los cinco días que duraba el encuentro— a alguna actividad lúdica y cultural, pensé que estos tres enclaves podían dar mucho de sí y, además, me resultaban suficientemente cercanos para organizar todos los aspectos de ese evento desde mi oficina, con algún que otro desplazamiento para controlar in situ la evolución de los preparativos.

La elección de Sevilla implicó, por lo tanto, una dificultad añadida, habida cuenta de los casi mil kilómetros que la separan de la Ciudad Condal. Si a eso le añadimos que mi superior descartó mi petición de desplazarme, aunque solo fuera una vez, hasta el hotel Los Lebreros —el elegido para hospedar a los cerca de cuarenta participantes y para las reuniones de trabajo— para ver de primera mano si todo andaba como era debido y esperado, debiendo, en su lugar, contratar a una Empresa dedicada a la organización de eventos, los contratiempos estaban servidos. Y en este apartado podría contaros un buen número de despropósitos debidos a la mala gestión de la representante de dicha empresa, que se lo tomó como un divertimento al que no hacía falta prestarle demasiada atención.

Pero la anécdota a la que me he referido al principio fue la que tuvo lugar esa tarde dedicada a las actividades lúdicas y sociales. De todas las propuestas que formulé para pasar una tarde divertida y cultural en la capital Hispalense, todas fueron rechazadas por su elevado coste, dejándome como última opción, dada la fecha en las que nos encontrábamos, una visita a la Feria de Jerez con cena en el recinto ferial. De Sevilla a Jerez hay poco más de una hora por carretera, lo cual no era un impedimento. Solo precisábamos de un autocar.

El impedimento real fue de otro tipo. Los participantes venidos de otros lares y acostumbrados a otros horarios pretendían salir del hotel a primera hora de la tarde. Fue del todo inútil advertirles que era cuando declinaba el día que la feria lucía en todo su esplendor y que, por lo tanto, a la hora que ellos pretendían llegar no habría nada que ver. Debo aclarar que cumplí mi última etapa del servicio militar precisamente en Jerez de la Frontera y, por lo tanto, sabía de lo que hablaba.

Yo me decía que esos extranjeros estaban locos de atar —al igual que Astérix opinaba de los romanos—, pues este no fue su único desatino. ¿Creeréis que porque soy español daban por sentado que conocía al dedillo Sevilla? Tuve, pues, que agenciarme una guía turística —me refiero a la de papel— para planificar una serie de rutas “tasqueras” a las que nos lanzamos cada tarde-noche tras las reuniones de trabajo.

Nunca he tenido que improvisar tanto como entonces para salir del atolladero en el que me metían sus continuos dislates y peticiones, así que la visita a la feria no estuvo exenta de uno más de mis espontáneos recursos: Saldríamos del hotel a las cuatro de la tarde —¿tan tardeeee?— y haríamos una vuelta con el autocar —un sightseeing tour para ellos— por Sevilla, con alguna que otra parada para que pudieran hacer algunas fotografías e ir así retrasando la partida hacia Jerez. Si todo salía según lo previsto, llegaríamos a eso de las siete de la tarde —aun así, demasiado temprano— y al poco ya empezaría el espectáculo.

Antes de eso, ya se produjeron tres incidencias: la primera, explicarles en inglés en qué consistía la feria, la segunda —seguramente debido a lo que dedujeron de mis explicaciones— que se rajó casi la mitad de los allí presentes —la francesa hasta puso cara de desprecio—, y tercera que la mañana del día de autos estuvo lloviendo a cántaros, lo que hacía peligrar la excursión. Menos mal que paró a la hora del almuerzo. Pero ¿y si volvía a llover?

El caso es que, con retraso o sin él, llegamos al recinto ferial antes de lo que yo pretendía. Nadie quiso apearse del autocar y la mayoría ni siquiera atendía a las explicaciones de la guía contratada para distraer al personal y dilatar al máximo el paseo en autocar. El australiano y el japonés —que hicieron muy buenas migas— ni se dignaron a contemplar el paisaje a través de las ventanas. ¿Ignorantes? ¿Maleducados? Supongo que un poco de todo.

Una vez en el recinto ferial, como era de esperar, no había ningún ser vivo humano salvo dos azafatas que, enfundadas en sus casacas rojas, nos esperaban en la puerta de acceso. El suelo, de tierra batida, estaba empapado, si bien empezaba a secarse. A nuestro alrededor las casetas cerradas a cal y canto. Yo abriendo la comitiva de los intrigados turistas y con las dos azafatas a cada lado sin abrir boca, por mucho que las animaba a que contaran al distinguido público en qué consistía la feria y qué sucedería allí en —con suerte— un par o tres de horas. O no sabían inglés o eran mudas. Cuando ya no podía soportar más las caras de interrogación de mis colegas, como pensando «¿qué coño hacemos aquí?» o bien «¿para qué coño nos ha traído hasta aquí ese imbécil?», apremié a las dos bellas y sosas azafatas para que se las arreglaran como fuera pero que nos abrieran una caseta, costara lo que costase.

No sé, ni quise saber, qué costó, pero de pronto se hizo la luz, la de una caseta pequeñita —casi no nos podía albergar a todos con una cierta holgura—, que con unas sevillanas como música de fondo y un buen surtido de vinos de la zona hizo las delicias de los sedientos extranjeros. Poco a poco, sus caras fueron adquiriendo un tono rosado, sus labios esbozando unas grandes sonrisas y sus voces subiendo de tono, hasta que se hizo la hora de cenar, a eso de las nueve —¿tan prontooo? Eso lo dijo el maître del restaurante, a quien fui a pedir auxilio y suplicar comprensión porque, de otro modo, mis hambrientos colegas se sentarían a la mesa completamente beodos.

Como se suele decir, está bien lo que bien acaba. Y la historia acabó bien, tan bien que, a la hora de subir al autocar rumbo al hotel de Sevilla, faltaban varios pasajeros, que tuve que ir a rescatar uno a uno de las casetas más cercanas, en las que los encontré en un estado de inmensa alegría contemplando a las jóvenes bailaoras vestidas con sus trajes de faralaes. A esa hora —serían las once— el recinto estaba radiante de música, luz y color, pero era la hora de volver a la vida normal. Todos volvieron menos dos, el japonés y el australiano, que se lo estaban pasando en grande bebiendo y bailando con más pena que gloria. «Ya volveremos en taxi», me dijeron con voz estropajosa. No hubo forma de hacerles recapacitar, por mucho que les advertí que a dos extranjeros alegres, que no saben dónde están ni adónde van exactamente, el taxi les costaría una pastón. Como así fue. Ellos se salieron con la suya y el taxista salió, con toda seguridad, ganando lo suyo.

Como os podéis imaginar, mi mejor momento fue cuando, al término del encuentro —meeting para los entendidos—, todos habían ya abandonando el hotel en dirección al aeropuerto. Para celebrarlo, fui a almorzar al restaurante La Albahaca, en pleno barrio de Santa Cruz, y probé por primera vez en mi vida un delicioso Ajoblanco.

A media tarde también estaba yo esperando la salida de mi vuelo a Barcelona, muy cansado, pero relajado, y con un tremendo sabor a ajo en la boca. 

De esta anécdota podrían extraerse varias moralejas, pero prefiero que cada uno extraiga la que más le guste.


viernes, 18 de marzo de 2022

Mira quién vive ahí

 


El título de esta entrada está inspirado en el de un programa de reportajes de La Sexta que da a conocer casas singulares a través de sus propios dueños. Suelen ser casas “especiales”, bien por sus dimensiones, situación geográfica, originalidad o lujo. Sus precios son, lógicamente, elevados, así que no es extraño que la mayoría ronden el millón de euros.

He visto algunos episodios de este programa y debo reconocer que en algunos casos me ha atraído ver dónde viven esas personas con un potencial económico tan envidiable, pero, sobre todo, lo que más me ha interesado es la decoración y el valor histórico de esas viviendas, pues en algunas ocasiones son pequeños castillos o mansiones que merecerían ser declaradas patrimonio cultural. En otros casos, es la belleza u originalidad arquitectónica la que me ha llamado poderosamente la atención. Ya me gustaría a mí disponer de dinero suficiente como para adquirir y vivir en una de esas viviendas.

Una vez hecha esta introducción —algo que no podía faltar en mi habitual forma de entrar en materia—, ahora me voy a referir a lo que calificaría de excesos de ostentación innecesaria e, incluso, vergonzosa.

Y, como me suele suceder cuando elijo un tema a tratar y sobre el que reflexionar, en esta ocasión también ha sido un caso del que he tenido conocimiento y que, aun no siendo el paradigma del lujo más desenfrenado, me ha llevado a extender mi crítica reflexiva a los casos de mayor relevancia de los que todos tenemos conocimiento, aunque solo sea de oídas.

La noticia en concreto que me ha llamado la atención es que Tori Spelling, una de las jóvenes protagonistas de la afamada serie de los años noventa, Sensación de vivir, pone a la venta su casa de los Ángeles, de 624 m2, seis habitaciones y seis cuartos de baños, por un importe de más de dos millones de euros. Y yo pensé cómo una actriz de segunda —o tercera— fila pudo hacerse con una casa así. Pero, como es hija de Aaron Spelling, un famoso productor de cine que, se dice, la “enchufó” en la anteriormente mencionada serie, y del que heredó, tras su muerte, casi un millón de dólares, no es de extrañar que pudiera darse ese capricho. Pero no todo quedó ahí —al fin y al cabo, esta no sería más que una menudencia entre tanto famoso rico—, porque a continuación se mencionaba a su madre, Candy Spelling, quien también ha puesto en venta la casa familiar, en la que nació y vivió Tori, por la friolera de ciento cincuenta millones de dólares, una mansión de 5.000 m2 construidos y con un terreno de más de 19.000 m2, con 123 habitaciones y vete tú a saber cuántos cuartos de baño. Y como se supone que es demasiado grande para ella sola, se mudará a una que solo cuesta cuarenta y siete millones de dólares.

Y con esto me pregunto ¿para qué necesitan los millonarios tanto espacio y tanto lujo? Por no hablar de la colección de automóviles de alta gamma que suelen tener, que no les debe dar tiempo a utilizar.

A todos nos gusta el dinero porque nos gusta vivir bien, aunque cada uno tiene su propio concepto de lo que es vivir bien y sus propias necesidades. Y no me vale eso de que «si tú tuvieras tanta pasta como ellos, harías lo mismo». Pues no. Veo a esos futbolistas que, siendo tan jóvenes, cobran una millonada y, aunque me parezca algo desproporcionado, no es la fortuna que amasan en sus pocos años de vida profesional lo que me asombra, sino lo que hacen con ella, gastándola a espuertas en lujos innecesarios como si no hubiera un mañana. Los hay, todo hay que decirlo, que sí piensan en el día de mañana e invierten en negocios de los que vivir cuando se retiren.

Pero no son los futbolistas, tenistas u otros afamados deportistas los que se llevan la palma en cuanto a propiedades lujosas. Dejando de lado a esos oligarcas rusos que han salido a la palestra con motivo de su amistad, sincera o interesada, con el perverso Putin, hay una pléyade de multimillonarios que viven en palacios inmensos, que tienen muchas propiedades a lo largo del planeta, en lugares paradisíacos, como si fueran auténticos reyes rodeados de oro, plata, piedras preciosas y toneladas de dinero contante y sonante. Cómo y de dónde han sacado tanto dinero ya es otra historia.

Puede parecer un planteamiento populista, pero ¿por qué no destinan una parte de su dinero a obras sociales, a luchar contra la pobreza y las enfermedades endémicas que se llevan por delante miles y miles de vidas humanas en países subdesarrollados? ¿No tienen corazón o es que su obsesión por acumular más y más riquezas no les deja pensar en los desfavorecidos y ver la triste realidad que les rodea? ¿Tan alejados están de esa realidad que no se plantean convertirse en filántropos como, por ejemplo, Bill Gates y algunos otros personajes millonarios? ¿Realmente necesitan poseer tantas mansiones, tantos coches, aviones privados e incluso yates que más bien parecen hoteles de lujo flotantes? ¿Qué harán con tanto dinero cuando mueran, al margen de dejarlo a sus herederos, que seguirán sus pasos? Serán, sin duda, los más ricos del cementerio.

Hay que ver cuánta necesidad de ostentación poseen esos millonarios, que deben competir con otros de su misma especie para ver quién tiene más.

Cuando veo esos ejemplos, sale más que nunca a relucir mi soterrada ideología socialista y pienso en el aforismo que resume los principios de una sociedad socialista y comunista en el sentido original del término y que dice «De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades». Dicho de un modo mucho más actual: Que quien más tiene, más debe aportar, mientras que quien más necesita, más debe recibir. Supongo que esto se ha convertido en una utopía como otras muchas, algo muy bonito sobre el papel, pero inviable o muy difícil de cumplir en la práctica. Pero, si por lo menos los que tienen los bolsillos más llenos sintieran una mínima empatía hacia los más necesitados, esta sociedad materialista sería un poco menos mala.

Y, para terminar, por si alguien piensa que por qué no predico con el ejemplo, les diré que, en primer lugar, no soy millonario, ni siquiera rico, pero que, aun así, y aunque sé que está feo decirlo, colaboro, dentro de mis posibilidades, con varias ONG. No voy a decir con qué cantidad, porque eso sería todavía más inadecuado. Sé de personas que están en contra de estas colaboraciones, esgrimiendo que tienen que ser los Gobiernos quienes satisfagan las necesidades de la gente necesitada, dentro y fuera de sus fronteras. Pero esto ya es otra historia.


viernes, 11 de marzo de 2022

Sexo en la pantalla

 


En esta ocasión no voy a hacer ninguna crítica sobre el comportamiento humano, como suele ser habitual en este blog, sino plantear una reflexión que me llevo haciendo desde hace mucho tiempo, pero que, debido al gran número de series y películas que mi tiempo libre de jubilado me permite ahora ver, ha recobrado actualidad en mi mente.

Pero antes de entrar en materia quiero dejar claro dos cosas: que no soy ni he sido jamás un puritano y que siempre he exigido el máximo realismo en el cine. En otras palabras: no me escandaliza ver un desnudo en la pantalla y no soporto las artimañas que utilizan muchos guionistas para hacer creíble lo increíble.

En décadas pasadas se recurría a “exigencias del guion” para justificar que una actriz —generalmente eran las actrices quienes exponían su desnudez en la pantalla— apareciera en cueros en una escena “subida de tono”. Era la época del “destape”, del cine español con una cierta carga erótico-sexual.

El sexo en el cine siempre ha atraído a muchos espectadores. Y si no que se lo pregunten a los que en los años sesenta y setenta iban a Perpiñán a ver cine porno o películas eróticas, que acabarían llegando a España bastantes años después.

Pero dejando a un lado este tipo de películas, la presencia del sexo en el cine ha ido en aumento. Ahora son pocas las películas y series en las que los protagonistas no tengan sexo en la cama, en el sofá, en la ducha, en la cocina o sobre la moqueta del salón.

Insisto en que ello no me escandaliza, aunque lo encuentro superfluo. Como ya he dicho, exijo el máximo realismo en las historias que veo, pero esos embates amorosos tan explícitos que se nos muestra no suelen venir a cuento ni obedecen a un necesario realismo.

Como siempre, estoy divagando más de la cuenta antes de entrar en el meollo de la cuestión, que no es otro que la pregunta que siempre me hago cuando veo esas escenas de sexo: ¿qué piensan y sienten los actores antes de revolcarse en la cama, o donde sea, con un contacto corporal total sin trampa ni cartón? ¿Lo encuentran normal? ¿Sienten indiferencia? Y, aún más, y disculpad que sea tan directo: ¿Se excitan durante el acto sexual que están representando, cuando sus genitales están en contacto y sus cuerpos son objeto de caricias y lametones? ¿No sienten vergüenza al hacerlo delante de los que están detrás de la cámara? ¿Se toman algo para no excitarse? Y aun voy más allá: ¿Qué piensan sus parejas cuando ven esas escenas tan tórridas? A menos que sean actores o actrices que también han representado las mismas escenas, me pongo en su piel y me resultaría muy desagradable ver a mi mujer, novia o pareja retozando a lo bestia con un desconocido, por mucha ficción que haya en esa escena.

Creo que los actores y actrices están hechos de otra pasta o que, por necesidad, se adaptan mucho más fácilmente a esa exigencia del guion que cualquier otra persona que tuviera que hacer ese papel. ¿Qué piensan esos jóvenes que, recién salidos de la Academia del teatro, del cine, o de donde sea que se han formado como actores, cuando les ofrecen un papel que incluye simular una penetración con el mayor realismo posible? ¿Sienten reparo, pero hacen de tripas corazón?

Aunque antaño esas escenas eran simuladas, también hubo excepciones. Se cuenta que en El último tango en París (1972) y en El cartero siempre llama dos veces (1981), el actor y la actriz protagonistas copularon de verdad ante la cámara, con la deplorable e indigna salvedad de que, en el primer caso, María Schneider fue engañada por Bertolucci, el director, y Marlon Brando, para penetrarla analmente contra su voluntad, a diferencia de Jack Nicholson y Jessica Lange, que se dejaron llevar por el desenfreno del momento. Siempre ha habido gente sin escrúpulos que han forzado a los actores a hacer algo contra su voluntad y gente cuya moralidad va por otros derroteros.

Realidad en el cine, sí, por supuesto, que no nos engañen, como suelen hacerlo, con situaciones y comportamientos absurdos; pero también con sus límites. ¿Es realmente necesario, por ejemplo, ver a la joven y guapa protagonista orinando, con las braguitas bajadas hasta la pantorrilla? No lo creo. ¿Qué aporta esa escena? Nada. Pero, por lo menos no resulta una imagen de tan mal gusto —al menos para mí— como la de esos tíos orinando de espaldas a la cámara —ya solo faltaría que lo hicieran de frente— y que cuando han acabado de miccionar se la sacuden acompañando esos gestos con varias flexiones de las piernas, para dejar bien claro que lo han hecho como se suele hacer en esas circunstancias.

No censuro el sexo en la pantalla, en absoluto, pero no entiendo que tenga que ser tan explícito. Cada cual es muy libre de hacer y mostrar lo que quiera con su cuerpo, pero me cuesta entender que no les incomode representar una escena de sexo con tal realismo que parece que lo hacen de verdad. Decididamente, el actor profesional está hecho de otra pasta.

Y ya solo me queda por hacer una última pregunta: ¿Será por eso que en el mundo del cine haya tantos cambios de pareja? Me atrevería a decir que son muchas las parejas de actores que se han conocido y enamorado (o atraído sexualmente) rodando una película. Y es que una “escena de amor”, como la llamábamos antes, debe de estrechar muchos lazos afectivos.

 

miércoles, 23 de febrero de 2022

La guerra eterna

 


Creo que no ha habido ninguna época de nuestra historia en la que no haya existido una guerra, en oriente como en occidente. Los hombres han estado siempre en guerra. Motivos no han faltado.

De esas guerras, las ha habido cortas, como la guerra de los seis días, que enfrentó, en 1967, Israel contra una coalición árabe encabezada por Egipto; y largas, como la guerra de los cien años, entre los reinos de Francia e Inglaterra, y que, en realidad, duró 116 años, entre mayo de 1337 y octubre de 1453. Existen, sin embargo, dos casos excepcionales, en ambos extremos, que no suelen tomarse en cuenta por lo anecdótico: la guerra anglo-zanzibariana, que duró unos 45 minutos, y la guerra de los trecientos cuarenta y cuatro años, que enfrentó a Los Países Bajos y las islas Sorlingas (Reino Unido), pero que en realidad duró nueve años (desde 1642 y 1651). Ello se debe a que los neerlandeses, tras su retirada en 1651, se olvidaron de declarar oficialmente la paz, cosa que no tuvo lugar hasta 1986. ¡Qué cosas!

Pero hay otros conflictos armados, caracterizados por su intermitencia, prolongación en el tiempo y enquistamiento que, aun sin causar tantas víctimas como en las grandes guerras del siglo XX, han producido un goteo de víctimas en las dos partes en litigio. Y no me refiero a las Cruzadas, de carácter fundamentalmente religioso, sino al llamado conflicto palestino-israelí o israelí-palestino, tanto monta monta tanto, que todavía perdura en pleno siglo XXI.

No voy a detallar el origen de este larguísimo conflicto, pues no soy un profundo conocedor de su historia, la cual es, además, harto complicada. Tendría que remontarme a la época de la diáspora judía y a su reivindicación de recuperar la patria ancestral, la Tierra de Israel. Desde entonces el pueblo judío ha sufrido persecuciones y éxodos, siendo el chivo expiatorio en muchas ocasiones y el supuesto causante de todos los males —peste negra incluida—, motivo por el cual tuvieron que vivir en guetos dentro de las ciudades en las que lograron instalarse, hasta ser expulsados.

Soy consciente de que conocer la historia es la base para comprender por qué sucedió tal o cual evento, pero aquí solo pretendo exponer la tremenda paradoja de que quienes han sufrido injusticias y persecuciones, sean ahora quienes las infligen a los palestinos, expulsándoles de sus tierras por la fuerza ante la aquiescencia de algunos países y la pasividad de los órganos internacionales que, se supone, deben velar por la paz y la justicia e imponer sanciones a quienes no las respetan.

La parte actual del conflicto se inició una vez terminada la Segunda Guerra Mundial y se ha enquistado hasta nuestros días, por culpa de la intolerancia del todopoderoso Estado de Israel, hoy convertido en verdugo de quienes han tenido que abandonar unas tierras que les pertenecen desde tiempo inmemorial.

Cuando recordamos, o nos recuerdan, el holocausto, en el que los nazis exterminaron a unos seis millones de judíos, todavía se nos ponen los pelos de punta. No hay quien no abomine de esa horrible “solución final”, un genocidio sistemático que, de paso, liquidó a personas de otra etnia (gitanos), orientación sexual (homosexuales) y pensamiento político (comunistas y republicanos). Todos, sin excepción, nos hemos sentido solidarios con los judíos por lo que sufrieron en los campos de exterminio. Algo inimaginable en pleno siglo XX, pero que sucedió.

Pero también creo que somos muchos los que pensamos que quienes sufrieron tanto, deberían haber desarrollado un espíritu antibelicista, abogando por el pacifismo, por la renuncia a todo tipo de revancha y, en definitiva, por el entendimiento entre los hombres.

¿Por qué, pues, Israel se ensaña con los palestinos que viven donde vivieron sus antepasados durante tantos siglos? ¿Por qué los expulsan violentamente de sus casas, demoliéndolas y construyendo, en su lugar, asentamientos judíos, defendidos por colonos armados hasta los dientes, amparándose en las leyes del Estado de Israel?

Nunca justificaré el terrorismo, venga de quien venga, pero sí puedo entender que, ante una gravísima injusticia, ante la cual no fructifica ninguna petición de respaldo exterior, haya quien opte por una respuesta violenta. Y lo que más me indigna es que, por muchas resoluciones de la ONU contra Israel, por aplicar a los palestinos otro tipo de genocidio —término que, según el derecho internacional, consiste en cometer actos orientados a destruir parcial o totalmente un grupo nacional, étnico o religioso—, estas queden sin efecto gracias al veto de naciones amigas como los EEUU, en donde una gran parte del poder económico está en manos judías.

He dicho que no pretendía dar una lección de historia, pero es bueno y necesario saber que, en 1945, como consecuencia del holocausto nazi, muchos judíos emigraron a Palestina con el propósito de establecer allí un Estado propio. Ello produjo tal avalancha de judíos en Palestina que provocó brotes de violencia entre ambas poblaciones. Aparecieron grupos armados judíos que recurrieron al terrorismo contra intereses y estamentos británicos para obligar al Reino Unido, que ostentaba el Mandato británico de Palestina —administración territorial encomendada por la Sociedad de Naciones al Reino Unido tras la primera guerra mundial— a desvincularse del objetivo de mantener el equilibrio entre judíos y palestinos y abandonar el país.

Ante tal situación, Naciones Unidas propuso la partición de lo que había sido hasta entonces el Mandato británico en Palestina, formando así una parte judía y una parte árabe. La parte judía supondría algo más de la mitad del territorio del Mandato británico y la parte árabe palestina ocuparía el resto del territorio. Este plan, rechazado rotundamente por los árabes, dio inicio a una guerra civil entre ambas partes, desencadenando la expulsión y huida de dos tercios de la población palestina.

En 1948, la declaración de independencia del recién creado Estado de Israel propició que los Estados árabes vecinos le declararan la guerra, pero fueron derrotados por las fuerzas israelíes. Concluida esta contienda, Israel se negó a aceptar el retorno de los más de 700.000 refugiados palestinos, que han vivido desde entonces en campos de refugiados y en zonas del Líbano, Siria, Jordania, así como en la franja de Gaza y Cisjordania. En 1950 Israel promulgó la llamada Ley del Retorno, que impulsaba a los judíos residentes en cualquier país del mundo a emigrar Israel, lo que agravó la situación.

Aun hoy en día, después de más de setenta años, persisten los problemas que impiden llegar a un acuerdo entre las partes en conflicto: el establecimiento de fronteras estables y seguras, el control de Jerusalén, los asentamientos israelíes, el retorno de los refugiados, el reconocimiento mutuo, la libertad de movimientos de los palestinos y, mucho más grave aún, el terrorismo palestino y los asesinatos impunes de civiles palestinos, así como otros problemas de derechos humanos.

Se han hecho muchos intentos para llegar a un acuerdo, que implicaría la creación de un Estado de Palestina independiente junto al de Israel. Pero a pesar de que Palestina ha obtenido un cierto reconocimiento internacional al ser considerado Estado observador en la ONU y obtenido el apoyo de la UE para ser aceptado como Estado, en el fondo todo sigue igual o peor, pues el bloqueo económico y comercial por parte de Israel a los asentamientos palestinos ha provocado una crisis humanitaria.

Y ahora vuelvo a preguntarme cómo puede ser que quienes sufrieron tanto por culpa de una ideología xenófoba, absolutista y asesina, en lugar de haber aprendido que solo la armonía y convivencia entre los pueblos —indistintamente de su origen, raza y religión— tiene que prevalecer en cualquier rincón del mundo, han desarrollado y cultivado, en cambio, un odio visceral hacia quienes tuvieron que cederles parte de su territorio cuando no tenían un Estado propio, llegando a expulsarlos de sus tierras a golpe de explosivos y bulldozers. Y con total impunidad.

Así las cosas, no es de extrañar que este conflicto se haya cronificado hasta el punto de que parece que estemos ante una guerra eterna.


sábado, 12 de febrero de 2022

El diario se cierra

 


El 11 de febrero del pasado año le dediqué una entrada en este blog a mis tribulaciones como paciente al que le habían diagnosticado un cáncer de mama, Esta entrada la titulé Diario de un paciente atribulado y abarcaba desde el momento del diagnóstico, unos días antes de la Navidad de 2020, hasta el momento en que me instauraron el tratamiento a seguir.

Al final de esa publicación decía que dejaba ese diario íntimo con un final abierto que esperaba poder cerrar algún día. Pues ese día ha llegado.

No voy a detallar en qué ha consistido el tratamiento, pues no quiero aburriros, como probablemente hice en su día al relatar cronológicamente, como todo diario que se precie, los pasos de ese viacrucis en el que todo paciente oncológico se ve inmerso.

Todo el proceso ha durado algo más de trece meses, un periodo muy breve si se tiene en cuenta que en muchos casos son años los que el paciente tiene que soportar los altibajos propios de la terapia. Pero mucho más importante es el desenlace, que en mi caso ha sido positivo. La curación de un cáncer es hoy día todavía incierta, con porcentajes de supervivencia muy variables dependiendo del tipo de tumor de que se trate, su localización y su estadio en el momento del diagnóstico.

En el hombre, el cáncer de mama representa solo un 1% de los cánceres de mama. Así que ya tengo otro motivo para considerarme atípico pues, además, el estudio genético al que me sometí demostró que no era portador de ningún gen que predispusiera a desarrollar este tipo de cáncer ni, por lo tanto, que pudiera transmitírselo a mis dos hijas, que era mi mayor preocupación. Ha sido, pues, un caso fortuito. «Te ha tocado», vino a decir el oncólogo. Mala suerte la mía.

Pero a veces somos muy injustos al quejarnos de algo —en mi caso no solo del diagnóstico sino también de los efectos secundarios del tratamiento— sin atender al hecho más positivo y relevante: que he superado, en un tiempo récord, una enfermedad que actualmente deja por el camino a casi siete mil enfermos de cáncer de mama al año, de los cuales un uno por ciento son hombres, coincidiendo con el porcentaje de incidencia de este tipo de cáncer en los varones. No obstante, podéis imaginar lo que sentí cuando leí que los hombres tienen una mayor probabilidad de morir que las mujeres, de modo que la supervivencia a cinco años es del 77,6% en hombres y del 86,4% en mujeres. No es que prefiriera haber nacido mujer, solo no haber tenido la mala fortuna de ser uno de esos hombres raros.

Tras el lógico miedo inicial, la cosa fluyó con bastante normalidad, asumiendo el riesgo y sometiéndome a todo tipo de pruebas y a la quimioterapia, pero prevaleciendo el positivismo al creer en el pronóstico de los médicos, pronóstico que se ha cumplido. Lo que pueda ocurrir en un futuro ya es harina de otro costal, aunque al no existir un componente genético no debería temer una recidiva. Aun así, deberé pasar controles periódicos. Más vale prevenir.

En otra de mis entradas de este blog, del 14 de octubre pasado, que titulé Sanidad pública, sanidad privada, comparaba las ventajas e inconvenientes de una y otra opción y creo recordar que hacía referencia, si no en el cuerpo de la publicación, sí en alguna de mis respuestas a los comentarios recibidos, que, en mi caso, haber recurrido a la privada ha aumentado las expectativas de curación, pues es notorio y público el retraso que, por culpa de la pandemia, ha sufrido el diagnóstico de muchos cánceres y la implantación de la terapia en los centros públicos, con el consiguiente peligro para los pacientes.

En justicia, no puedo asegurar qué habría pasado de haber acudido, como algunos me recomendaron, al Instituto Catalán de Oncología (ICO), pero de lo que estoy convencido es de que hoy estaría lejos de haber completado el tratamiento.

Un capítulo aparte, y que no quiero obviar, aunque pueda parecer superfluo, es la atención que he recibido de todo el personal sanitario, especialmente del equipo de enfermería del Hospital de día, en el que me aplicaban la medicación, intravenosa durante la primera etapa y subcutánea durante la segunda. Y es que la empatía y el cariño por parte de los cuidadores es fundamental para mantener alto el ánimo de un paciente. Incluso la comodidad de las instalaciones (tener un box a tu disposición para tu privacidad, en lugar de compartir una sala con otros pacientes oncológicos, todos “enchufados” al gotero, muchos de ellos con aspecto enfermizo) es otro punto a favor.

Pero todo ha acabado felizmente y gracias a mi buen comportamiento como paciente he sido merecedor de un premio de final de curso, un premio inesperado recibido de manos del equipo de enfermería: un diploma que siempre guardaré a buen recaudo y que me recordará mi paso por el Hospital Universitario Dexeus.

Ahora ya solo queda dar por acabado este capítulo de mi vida y cerrar el diario que abrí hace un año.

 


lunes, 31 de enero de 2022

Ataques al arco iris

 


¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI todavía exista en el mundo tanta misoginia y homofobia?

El odio y el maltrato a las mujeres y al diferente va ligado a la cultura, ideología y educación, por lo que muchas veces me planteo si no estamos viviendo una regresión a épocas pretéritas en las que se consideraba normal tener a la mujer subyugada a la voluntad del padre, primero, y del marido, después. También sabemos que hay países en los que todavía la indisciplina de una mujer o incluso el hecho de haber sido violada, implica un correctivo que puede llegar a la lapidación. Y países en los que la homosexualidad sigue siendo reprimida y castigada duramente.

En la España franquista, a los homosexuales se les aplicaba la ley de vagos y maleantes, pudiendo acabar encarcelados. Y qué decir de los que acababan recluidos en los campos de concentración de la Alemania nazi.

Podríamos pensar que son cosas del pasado, que hoy día hemos aprendido a respetar a las mujeres, con los mismos derechos y oportunidades que los hombres, y a tolerar a los que son “diferentes”. Pero no es así.

No sabría decir si hoy se dan muchos más casos de violación y de violencia de género que antes o si este aparente incremento solo se debe a que ya no se censura este tipo de noticias, que todo sale a la luz, y que cada vez son más las mujeres que se atreven a denunciar estas agresiones. De ser cierto que se ha disparado este tipo de delito, ello significaría que, efectivamente, estamos viviendo una etapa de regresión, o cuando menos de inmovilismo, en la moral de nuestra sociedad.

En cuanto a las agresiones a miembros del colectivo LGTB, algo que no recuerdo que sucediera en el pasado —quizá tampoco se hacía público—, ahora también resultan cada vez más frecuentes. El rechazo a homosexuales de ambos géneros, los llamados despectivamente maricones y bolleras, viene de muy lejos. Ya de niño oía burlas, sobre todo a los primeros, seguramente porque eran más “visibles”. Pero que en la segunda década de este siglo haya tantas agresiones contra estas personas me parece deleznable.

El vive y deja vivir parece que no vale para algunos. ¿Qué les importa lo que hagan y sientan los demás, aunque vaya en contra de sus hábitos y creencias? ¿Por qué tanto odio contra gais, lesbianas y transexuales?

Reconozco que no me gusta la ostentación que hacen algunos individuos durante el desfile del día del Orgullo Gay. La imagen que dan —quiero creer que como provocación hacia los intolerantes— con su vestimenta, maquillaje y actitud exageradamente erótica, me llega a resultar desagradable y creo que es innecesaria, pudiendo, además, provocar y reafirmar la intolerancia de los homófobos. No digo con esto que deban pasar inadvertidos, ocultando su orientación sexual, pero una cosa es la naturalidad —cada uno es lo que es y no tiene de qué avergonzarse— y otra muy distinta la exageración ostentosa hasta el punto de parecer una pantomima y resultar caricaturesco.

Independientemente de ello y volviendo a la aceptación de lo diferente, no creer en la diversidad sexual como algo natural no significa que haya que perseguir con insultos y agresiones físicas a quienes tienen una orientación distinta a la nuestra. Cuando veo a jóvenes homosexuales con heridas sangrantes tras haber sido atacados por uno o varios energúmenos, no solo siento pena por los agredidos sino también por esta sociedad que no cesa de engendrar ignorantes, intolerantes y bárbaros. A estos sí se les debería aplicar aquella ley de los años cincuenta. Pero si el peso de la ley no hace efecto alguno en violadores y agresores de todo tipo, ¿qué medidas deberíamos tomar para acabar con estos comportamientos tan aberrantes? Todos estaremos de acuerdo que en la educación radica la solución. Si es así, ¿debemos, pues, deducir que los educadores, tanto en la escuela como en el seno familiar, han fracasado y siguen fracasando estrepitosamente? Recordemos que los hijos aprenden más de la conducta de los padres que de lo que les enseñan los maestros.

Reforzar la educación sexual y endurecer las penas a los agresores parece ser el único remedio, un remedio cuyo resultado veremos, en todo caso, a muy largo plazo, pero entretanto siguen los ataques a los colores de ese arco iris que simboliza, entre otras cosas, la diversidad.