miércoles, 19 de enero de 2022

La buena oposición

 


La RAE define “opositor” como la persona que concurre a unas oposiciones y, en política, quien ejerce la oposición, es decir aquél que se opone al partido en el poder.

Si nos centramos en la acepción política, oponerse a algo es muy fácil. Muchas veces, ejercer la oposición es como estar situado tras una barricada disparando a todo lo que se mueve al otro lado.

Una cosa es querer ocupar un cargo por méritos propios —como sería en el caso de unas oposiciones— y otra muy distinta es dedicarse a criticar por criticar, lanzando improperios y muchas veces calumnias —ya se sabe: calumnia, que algo queda— sin ninguna base contrastable. El acoso y derribo del contrincante se ha convertido, por desgracia, en la actividad más lucrativa políticamente hablando.

La buena oposición, como yo la llamaría, es la que controla la labor del Gobierno para asegurar que hace las cosas bien —algo siempre subjetivo, dependiendo del criterio y la ideología del opositor— y, en caso contrario, ofrecer alternativas, en lugar de críticas estériles para sacar rédito electoral.

Un buen político —ese bien tan preciado y tan escaso— debería ser lo más objetivo posible, reconociendo sus propios errores y no practicar la actitud del que ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. ¿Tan difícil es saber distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, sea cual sea el bando en el que uno milita? Pues, al parecer, no solo es difícil, sino imposible.

Ahora mismo estamos viendo como en el Reino Unido tienen a Boris Johnson entre las cuerdas por su comportamiento irresponsable ante la Covid, asistiendo a pseudo reuniones de trabajo y fiestas donde corría el alcohol. Como todo político de marras, se resiste a dimitir, pero por lo menos ha pedido reiteradamente disculpas en el Parlamento y ha reconocido abiertamente sus errores, si bien ha esgrimido —algo también típico de los políticos— excusas ridículas y ha echado balones fuera. Eso de no dimitir también lo vemos en nuestro país —al igual que pedir la dimisión a la primera de cambio, por jorobar—, pero lo que nunca hemos visto, ni veremos, es que miembros del partido del Gobierno pidan la dimisión de su primer ministro. Hay conductas vergonzosas que no admiten excusas y deben ser criticadas por cualquier bando, ya sea en la Cámara Alta como en la Cámara Baja.

En España, ya estamos acostumbrados a ver cómo los miembros de un partido se protegen entre sí, formando piña, cuando alguno de ellos ha sido pillado in fraganti cometiendo alguna irregularidad. Hoy por ti, mañana por mí.

Criticar por criticar no es la labor de la oposición, sea del partido que sea. Una crítica tiene que estar acompañada de una propuesta alternativa, clara y concisa, en lugar de practicar el negacionismo —palabra de moda—, el no porque si.

¿Cuándo aprenderemos de los Parlamentos de los países democráticos de verdad de nuestro entorno? ¿Cuándo tendremos un buen Gobierno y una buena oposición? Como decía mi padre, en catalán, cuando quería decir nunca: “la setmana dels tres dijous” (la semana de los tres jueves), que equivaldría a decir “cuando las ranas críen pelo”. Pues eso.

 

*Imagen de la cabecera: pelea en el parlamento ucraniano, donde, al parecer, tampoco saben ejercer una buena oposición.

domingo, 9 de enero de 2022

Sobreinformación, sensacionalismo y morbo

 


Lo de “Año nuevo, vida nueva”, generalmente no es cierto, por mucho que nos pese. Todos seguimos con nuestra vida anterior y la sociedad adolece de los mismos vicios y malos hábitos. Lo queramos o no, la gente no suele cambiar, y mucho menos de la noche a la mañana.

Lo antedicho me sirve de justificación para seguir con mi consabida actitud crítica ante determinados hechos que tienen lugar ante mis mosqueadas narices.

En mi última entrada del 2021 afirmé que, para no acabar ese año tan nefasto con mis agrias críticas, había aparcado —o quizá incluso desestimado para siempre— un tema probablemente demasiado negativo y sensible en esos momentos, optando por otro mucho más banal e intrascendente.

El tema que me traía de cabeza era el modo con que los medios de comunicación habían estado cubriendo la dramática noticia de la erupción volcánica en la isla canaria de La Palma, pero temía que mi crítica pinchara en hueso, dada la magnitud del terrible suceso, y que se me pudiera calificar de insensible, cuando he vivido lo acaecido con la misma preocupación que cualquier hijo de vecino con un mínimo de empatía con los palmeros que se han visto tremendamente afectados por esa catástrofe natural que ha durado ochenta y cinco días y ha dejado más de 1.600 edificaciones arrasadas.

Pero me lo he pensado mejor y creo que, aprovechando que ya se ha dado por terminado este episodio, por lo menos en su apogeo, y que el tiempo todo lo enfría, no está de más sacar a colación unos hechos que nada tienen que ver con el sufrimiento de los afectados, sino que, tal como se puede intuir en el título de esta entrada, tienen principalmente como protagonistas a los periodistas que trabajan para canales de televisión que solo buscan vender sensacionalismo llenando el tiempo supuestamente reservado a las noticias de última hora con información repetitiva e innecesaria que solo pretende captar más audiencia y jugar con el morbo de algunos, haciendo uso de testimonios inútiles, que no aportan absolutamente nada a la esencia de la noticia.

Pero, si bien ha sido esa noticia la que me ha inspirado esta entrada, son muchos los ejemplo de sobreinformación interesada que busca el sensacionalismo. Recordemos, por ejemplo, la desgarradora historia de las niñas de Alcàsser, plagada de un excesivo e inmoral tratamiento mediático.

Por desgracia, los medios de comunicación tienen siempre alimento para saciar su apetito de noticias trágicas. Y si no, lo buscan donde sea. Ahora y hace veinticinco años.

Creo no exagerar si digo que los dramas humanos, desde las catástrofes naturales hasta los atentados terroristas, son el bien más preciado para un medio de comunicación y para los periodistas que trabajan en ellos, actuando a veces como si fueran los verdaderos protagonistas de la tragedia. Están al acecho como buitres que esperan poder lanzarse sobre un animal moribundo y alimentarse de sus desechos. Pero cuando esa noticia ya ha perdido el interés mediático que suscitó en un principio, a otra cosa mariposa y todo ha quedado olvidado. Las noticias más graves acaban siendo arrastradas por el olvido y no porque la causa que las motivó haya desaparecido, sino porque, simplemente, ya no interesan. ¿Qué ha sido de los rohignyas, de la guerra en Siria, de los refugiados en Lesbos? ¿Y qué ha sido de Boko Haram? ¿Cuándo nos olvidaremos de Afganistán? Y pronto nos olvidaremos del volcán de Cumbre Vieja que ha colapsado durante casi tres meses los noticiarios y programas de toda índole, aunque sus afectados sigan sufriendo las consecuencias durante mucho tiempo. Quizá es que, con tantos dramas humanos que nos invaden a diario, los medios no dan abasto y tienen que seleccionar, priorizar y redirigir sus antenas hacia temas más novedosos, dejando atrás las noticias que ya no son rentables.

En cuanto a la sobreinformación que solemos padecer en estos casos, una cosa es estar puntual y fielmente informado y otra muy distinta que nos estén bombardeando a toda hora, mañana, tarde y noche, con los mismos datos, sin aportar nada nuevo, repitiendo exactamente las mismas imágenes una y otra vez, haciendo exactamente los mismos comentarios y, por si eso fuera poco, invitando a intervenir a los afectados para que cuenten de primera mano sus desgracias y a testigos que no aportan nada nuevo. Para mí, lo único que logran con esa conducta es producir hartazgo, cuando lo que debería producir es únicamente empatía y solidaridad.

Con la erupción volcánica en la isla canaria, hemos sido torpedeados con noticias que por muy tristes e incluso desgarradoras, han sido tratadas con demasiado celo por parte de los informadores, y con celo quiero decir con un exceso tal de seguimiento que delata que el único interés que ocultan es el de justificar su puesto de trabajo y hacer méritos ante su empleador llenando horas y horas de programa.

Situaciones parecidas las encontramos también en el atentado de las Ramblas de Barcelona, en el caso de “la manada”, en el juicio del procés, en los papeles de Bárcenas, los de Panamá y los de Pandora, y un largo etcétera, todas ellas noticias muy relevantes, que todo ciudadano debe conocer con detalle, pero en las que se ha invertido, en mi opinión, una excesiva carga informativa.

Recuerdo cómo tras el trágico atentado yihadista en Barcelona, los periodistas, a pie de calle, interrogaban a supuestos testigos que en realidad no habían visto nada, pero que gustosamente aportaban su granito de arena, que no era otro que haber visto a mucha gente correr y gritar mientras ellos estaban trabajando en un comercio aledaño. Por no hablar del, para mí, morboso interés en conocer de primera mano lo que había sentido el padre de Xavi, el pequeño de tres años fallecido en el atentado, al enterarse de su muerte, quien se sometió voluntariamente a decenas de entrevistas. Pero este es otro tema que ya traté mucho tiempo atrás: la exposición voluntaria ante las cámaras de quienes han sufrido la terrible pérdida de un ser querido y que acaban siendo las personas más buscadas por parte de los medios.

Volviendo al tema central de esta entrada, insisto en que no quisiera que nadie pensara que relativizo un hecho que puede considerarse histórico y que ha producido, y sigue produciendo, mucho dolor. Empatizo totalmente con los palmeros que han visto cómo sus casas y sus campos de cultivo se han visto engullidos por la lava y que lo han perdido todo, hasta la esperanza de un futuro estable a corto plazo. Evidentemente, una noticia de ese calibre requiere de toda nuestra atención e interés, pero sigo creyendo que la atención mediática ha sido desproporcionada. Tras las primeras semanas del desastre natural, con informar puntualmente en las franjas horarias destinadas a las noticias habría sido suficiente, aun dedicándole más tiempo de lo que habitualmente se dedica a casos similares acaecidos en otros países. Para nosotros no es lo mismo una erupción del Etna que del volcán canario. Nos afecta muy de cerca y afecta a nuestros conciudadanos. Pero que todo el día hayamos tenido que ver, fuera cual fuera el programa en emisión, un recuadro con las imágenes en directo de la erupción, contactando cada diez minutos con el reportero desplazado en el lugar de los hechos, me ha parecido fuera de lugar. Y el seguimiento informativo, al margen del periodístico, ha contado con la participación de una pleyade de expertos —vulcanólogos, geólogos terrestres y marinos, sismólogos y un largo etcétera, salidos de todas las universidades y centros de investigación conocidos y por conocer— que, con alguna honrosa excepción, solo daban su opinión sobre hechos ya reconocidos e inevitables que muy poco o nada aportaban y que ya habíamos oído hasta la saciedad.

Y por último tenemos a los “turistas” curiosos que solo iban a hacerse la foto, “disfrutando” de unos días de asueto para ver, en vivo y en directo, el volcán y su entorno fantasmagórico, mientras los afectados sufrían lo indecible en sus propias carnes.

Esta sobredosis informativa que hemos padecido, solo se ha visto superada (de momento) por la de la pandemia de la Covid-19, algo que podría considerarse normal, por su afectación mundial, su elevada mortalidad y su duración todavía incierta, pero que también ha dado pie a la intervención de múltiples expertos en microbiología, virología, epidemiología, vacunología, biología computacional —ni siquiera sabía que existía esta especialidad— y jefes de servicio, directores médicos, presidentes de asociaciones y colegios de médicos y profesionales de todo tipo de centros de los que nunca había oído hablar, nacionales y extranjeros, e incluso economistas y matemáticos, que, con toda su buena fe, han logrado, con esa sobreinformación y disparidad de datos, muchas veces contradictorios, alarmar todavía más a la población e incluso, diría yo, incentivar el negacionismo. Está muy bien saber cómo se contagia el coronavirus, qué medidas debemos tomar para no contagiarnos y no contagiar a los demás, conocer la evolución de la pandemia por zonas y poner de relieve la situación de emergencia en la que se hallan los hospitales públicos y más concretamente las UCI, una información que pretende concienciar a la opinión pública de la gravedad de la situación en aras a una colaboración en la contención de la pandemia. Pero esta información, mal tratada, mal orientada y mal interpretada, ha tenido un resultado perverso en muchos casos, con una imagen distorsionada, recurriendo a cifras que más bien parecía que estábamos ante un concurso sobre qué CA lo hacía mejor o peor. Y si encima intervienen los políticos con fines partidistas, se lía parda. Si la Justicia no debe estar politizada, mucho menos la Sanidad y, por ende, la salud pública.

Así pues, información la justa y necesaria. Y sobre todo imparcial y contrastable, sin interferencias ni sensacionalismos por parte de quienes tienen un interés mediático. Y el morbo, ni mentarlo. Quien disfrute con la desgracia ajena, haría bien en pedir cita a un psicólogo.

 

viernes, 24 de diciembre de 2021

La última entrada del 2021

 


Tenía preparada, desde hace días, una entrada al uso, es decir de mi estilo, de esas que critican ciertos hábitos, comportamientos, usos y costumbres con los que no estoy de acuerdo o que intento diseccionar para ver qué tienen de bueno (si es que tienen algo) y de malo (que seguramente es mucho). Pero he decidido aparcar, de momento, u obviar para siempre, la que había titulado Sobreinformación, sensacionalismo y morbo y que arremetía, una vez más, contra los periodistas y medios de comunicación —especialmente televisivos— que con su avidez, muchas veces morbosa, nos bombardean con noticias en forma de carrusel, dando vueltas y más vueltas al mismo asunto, por muy grave que sea, sin aportar muchas veces nada nuevo, reiterando una y otra vez lo ya dicho con anterioridad, con el propósito de aumentar la audiencia y ocupar el máximo de tiempo posible en pantalla, valiéndose también del morbo de muchos espectadores.

Pero luego me he dicho, qué caramba, estamos en Navidad, tiempo de paz, amor y alegría, pese a quien pese, y no es de buen gusto acabar el año con más críticas negativas, metiéndome con la gente. Pero entonces ¿de qué hablar, o mejor dicho escribir? Pues para cerrar este año se me ha ocurrido algo seguramente muy aburrido para mi clientela: echar un vistazo a lo que ha sido el 2021 para este blog y ver si la dichosa pandemia también ha repercutido en su estado de salud.

Del escrutinio que he hecho, resulta que el pasado año publiqué 33 entradas y este solo 21 (contando la presente), es decir un 37% menos. No sabría decir si ello es debido a que me he vuelto menos crítico, que la sociedad, tal como yo la veo, ha mejorado y no hay tantas cosas por censurar, o que mi estado de ánimo para escribir no ha estado a la misma altura que el año anterior.

Y puestos a revisar, también he comprobado que en 2020 mis entradas dieron lugar a 530 comentarios, con una media de 16 comentarios por entrada, mientras que en el presente año el número de comentarios ha sido (sin contar los que puede recibir esta última publicación) de 302 (un 43% menos) y con una media de 15 comentarios por entrada, lo cual indica que, a pesar de ese decremento, se mantiene la misma ratio.

Y profundizando un poco más, ya de paso he querido saber cuál ha sido la entrada, o tema más comentado, y ha resultado que el año pasado fue ¿Qué hay para comer?, en el que trataba el tema de la alimentación, y en el actual ha sido Diario de un paciente atribulado, en el que exponía, a modo de diario personal, mi estado físico y anímico ante la noticia de padecer un cáncer de mama, del que, dicho sea de paso, me he restablecido por completo, a pesar de que el tratamiento preventivo sigue según el protocolo para este tipo de cánceres. Así que aprovecho para agradecer desde aquí el interés, el apoyo y las muestras de cariño por parte de mis seguidoras y seguidores.

Y llegado a este punto diréis a qué viene tanto rollo estadístico. Pues a que, como ya he dicho en más de una ocasión, soy un controlador nato y meticuloso hasta extremos que muchos pueden considerar antinaturales. Pero que conste que no tomo nota de quién comenta y quién no. No llevo la cuenta en una libreta negra ni planifico venganza alguna ni echo mal de ojo a los ausentes, simplemente me mueve la curiosidad por saber qué tema y qué historia ha resultado más interesante en este blog y en mi blog de relatos, respectivamente. Es como el que ha publicado un libro y quiere saber cuántos ejemplares se han vendido y qué dice la crítica.

Por último, pero no menos importante, aprovecho para desearos unas muy felices fiestas y que los Reyes Magos nos traigan salud, dinero y amor (el orden que lo ponga cada uno) y, para los que nos gusta escribir, una gran caja de inspiración.

 

domingo, 28 de noviembre de 2021

Unabomber

 


Theodore John Kaczynski, nacido en Chicago el 22 de mayo de 1942, sigue en la actualidad en una prisión de máxima seguridad del Estado de Colorado cumpliendo cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, por enviar, entre 1978 y 1995, dieciséis bombas a diversos objetivos, incluyendo universidades y aerolíneas, matando a tres personas e hiriendo a veintitrés más. Recibió, por tal motivo, el apodo de Unabomber (de University and Airline Bomber), siendo el objetivo de una de las investigaciones más largas y costosas de la historia del FBI.

Este es un personaje del que oí hablar hace años, pero al que nunca llegué a prestar demasiada atención. Hasta hace unos días, cuando leí en el blog de Mamen, Las crónicas de una cinéfila (http://cronicaseowin.blogspot.com/), su entrada titulada La lingüística forense, en la que hacía una reseña sobre la serie televisiva emitida por Netflix que lleva por título “MANHUNT: UNABOMBER”, dedicada a ese funesto personaje.

Ni que decir que la serie es muy recomendable para quienes deseen conocer la vida y las vicisitudes de este personaje tristemente histórico a lo largo de ocho episodios que, dicho sea de paso, podrían haberse reducido, en mi opinión, a seis.

Tras visionar esta serie norteamericana, me ha llamado la atención dos cosas: la primera e inmediata, la figura de Theodore J. Kaczynski, y la segunda, y que menos esperaba, la sintonía que he sentido con su ideología —en absoluto con su puesta en práctica, por supuesto—, la que le llevó a cometer esos crímenes.

En el primer apartado, señalar que tenía una mente privilegiada, con un CI de 167, lo que le valió, por desgracia, ser víctima, sin saberlo, de un grupo de científicos de la Universidad de Harvard que trabajaban para la CIA y que le utilizaron como conejillo de indias en un programa de lavado de cerebro como sistema para convertir a los enemigos de la patria —comunistas, espías y traidores a la causa americana— en fieles aliados. Este experimento, al que le sometieron durante casi dos años, según se desprende de este biopic, parece que acabó afectándole mentalmente.

Tras doctorarse en matemáticas, ejerció como profesor asistente en la Universidad de Berkeley (California) a la edad de 25 años, hasta que dimitió dos años más tarde, trasladándose a vivir a una cabaña en medio de un bosque de Montana.

Kaczynski escribió su ideario en el llamado “Manifiesto de Unabomber”, pero que él había titulado como “La sociedad industrial y su futuro”. Dicho manifiesto fue publicado en el Washington Post, por exigencia suya, a cambio de desistir de sus actos terroristas, como una forma de dar a conocer al mundo su filosofía. Y es su contenido —grosso modo, pues no lo he leído y solo puedo hablar por lo visto y oído en la serie— lo segundo que me ha llamado poderosamente la atención, la coincidencia de mis ideas con su tesis anticapitalista y anti tecnológica.

Unabomber, el terrorista, argumentaba que la alta tecnología —ya la de aquellos años— originaba una erosión de la libertad humana. Y es que la industrialización en exceso nos ha llevado a una modernización a favor de las máquinas y de la precariedad laboral, a una sociedad de consumo a la que todos, en mayor o menor medida, hemos acabado sometidos sin posibilidad de liberarnos.

Solo tenemos que hacer una breve reflexión sobre nuestro modo de vida, al que nos ha abocado una mal llamada modernidad. Los adelantos tecnológicos, muy útiles en ciertos casos, han llevado aparejada una brutal dependencia. Todos hemos acabado pasando por el tubo, como se dice vulgarmente, creándonos necesidades que antes no teníamos y obligándonos a seguir unos patrones de conducta que son mucho más beneficiosos para los que los han creado que para nosotros mismos.

Nadie puede escaparse al control al que nos somete esa modernidad en la que vivimos. Somos esclavos de una sociedad de consumo a la que estamos atados sin querer y de la que no podemos escapar. Necesitamos forzosamente una cuenta bancaria y una tarjeta de crédito para poder vivir. Pagamos a crédito, pedimos préstamos y nos atamos a hipotecas a largo plazo. Cedemos involuntariamente a terceros nuestro estilo de vida: qué gastamos, dónde y en qué lo gastamos, el rastro que dejamos de nuestros hábitos económicos y lúdicos, y datos supuestamente personales e intransferibles —nuestro número de teléfono está al alcance de cualquier empresa de telemarketing— y todo un abanico de situaciones a las que hemos inconscientemente accedido a someternos. Internet irrumpió en nuestra vida para hacérnosla más cómoda, pero a la vez es una fuente de engaño, fraude y perversión.

Todo a nuestro alrededor está debidamente controlado por “el sistema”. El poder no reside en el pueblo sino en las grandes multinacionales, la banca y otros poderes fácticos, que son realmente quienes “cortan el bacalao”. Los más afortunados vivimos en una democracia, pero controlada por esos poderes, convirtiéndonos en marionetas que creen moverse con entera libertad cuando en realidad nos manejan unos hilos invisibles gobernados por unas manos que no llegamos a ver, pero que, a lo sumo, intuimos.

Parece mentira que me haga estas reflexiones a mi edad, cuando ya he sido objeto de esa manipulación desde la niñez y después de haber aceptado formar parte de esta sociedad tan alienada. ¿Será el conformismo, la impotencia o el temor lo que nos hace aceptar vivir en un mundo así? ¿Cómo deberíamos haber actuado para evitar ser los conejillos de indias de una sociedad tecnológicamente tan avanzada que utiliza a sus integrantes como títeres para su beneficio? ¿Deberíamos habernos aislado en una cabaña de un bosque remoto y sobrevivir gracias a nuestras propias manos y a los recursos naturales como hizo Kaczynski?

Salvo el hecho de enviar bombas a diestro y siniestro —aquí cabría decir que el fin no justifica los medios—, creo que no se le puede reprochar nada a ese personaje en su oposición al sistema establecido. Quizá sufriera, como intentaron alegar sus abogados, una esquizofrenia paranoide, pero ¿acaso no se dice que los locos y los niños dicen las verdades? ¿Era un loco, un iluminado o un utópico radical? ¿Qué había de cuerdo y de loco en la mente de ese individuo que atemorizó durante casi dos décadas a la sociedad norteamericana?

A ver si ahora resultará que yo también tengo algo de loco y llevo un terrorista dormido en mi interior. En todo caso, como ya he vivido muchos años inmerso en esta comedia que es la vida moderna que me ha tocado vivir, mi resignación hace tiempo que llegó a una cota imposible de revertir, a un conformismo que se confunde con el “pasotismo”, el que me hace decir aquello de que “por lo que me queda en el convento…”


* Imagen de archivo obtenida de la Wikipedia


lunes, 15 de noviembre de 2021

Lo último en intrusismo

 


Se conoce como intrusismo el ejercicio de una actividad profesional por una persona no autorizada para ello. Y yo añadiría por una persona o entidad sin los debidos conocimientos para ello, sustituyendo a quien sí los tiene. En cualquier caso, es una conducta intolerable e incluso delictiva. Ya lo dice el refrán: zapatero a tus zapatos.

En nuestro país he observado recientemente esta práctica en jueces y políticos, porque cómo puede calificarse, si no, el hecho de que un juez tome decisiones sanitarias prescindiendo o ignorando el asesoramiento científico o que un político tome cartas en un asunto científico para el que no está preparado y al margen de la opinión de los verdaderos expertos.

Veamos estos dos ejemplos:

Jueces sanitarios:

En el ámbito de la Covid-19 hemos conocido decisiones judiciales contra las medidas preventivas tomadas por el Gobierno por recomendación de los expertos sanitarios, empezando por el establecimiento del estado de alarma y las consiguientes restricciones que se han tenido que aplicar para salvaguardar la salud pública. Para mí, en este caso procede aplicar el principio de que el fin justifica los medios, pues me parece indiscutible que la salud del conjunto de la población está muy por encima de la libertad individual. Podríamos entrar a valorar si el estado de alarma y sus sucesivas ampliaciones se aplicó siguiendo el procedimiento legal establecido para tal fin, pero lo que está claro es que ello ha salvado muchas vidas. Y ahora resulta que un juez, o un grupo de jueces, como el del Tribunal Constitucional (TC), saben tanto o más de salud pública que un epidemiólogo como para dictaminar en contra de un confinamiento preventivo. Y para más inri, hemos visto la discrepancia de opiniones de algunos jueces ante idéntica situación.

Y más incoherente es que un partido que en su día exigió al Gobierno que dictara el estado de alarma, un año y medio después sea quien presente un recurso de inconstitucionalidad de esa medida y que el TC le dé la razón. Esta es una más de las muchas contradicciones e hipocresías en las que está instalada gran parte de la clase política y judicial de este país. Y lo peor de todo, en mi opinión, es que esa resolución de inconstitucionalidad lleva aparejada la devolución de las multas que se impusieron a quienes deliberadamente se saltaron las normas más básicas de prevención de la expansión de la pandemia, poniendo en grave peligro a sus conciudadanos. Los negacionistas y los más incívicos se han salido con la suya, hacer lo que les da la gana.

Políticos ecologistas:

En el ámbito de las tristemente famosas cumbres sobre el cambio climático, quienes toman finalmente las decisiones y acuerdan las medidas a tomar son los políticos y no los científicos. A estos solo les queda el derecho a estudiar, informar, vigilar y alertar de las graves consecuencias de la falta de decisiones para salvaguardar la salud del planeta. De ahí que el resultado de esas cumbres acabe siendo tan decepcionante. Los Gobiernos que tienen en sus manos la solución no se atreven a emprender acciones que afecten a la productividad y a la cuenta de resultados de las grandes multinacionales y que perjudiquen la política macroeconómica de países como China, India, Rusia y Brasil que son precisamente los más contaminadores y maltratadores del medio ambiente, que niegan o no comparten con el resto de países la importancia de la crisis climática y no quieren prescindir de los combustibles fósiles en un plazo razonable.

Muchos políticos asisten a esas cumbres para salir en la foto, para que la opinión pública crea que están a favor de la conservación de la naturaleza y luego, ya se sabe, las palabras se las lleva el viento, y hasta la próxima cumbre y la próxima foto. Mientras tanto, los observadores, sean expertos en la materia o ciudadanos responsables de a pie, debemos ver cómo solo se toman medidas muy tímidas y poco eficaces sin poder hacer nada al respecto, salvo protestar. Porque la ciudadanía preocupada por el bienestar de este planeta y la de sus habitantes, tenemos voz, pero no voto. Nuestro único voto es el que se introduce en la urna en periodo electoral a favor de partidos que dicen ser respetuosos con la naturaleza y que llevan en su programa medidas de transición ecológica. Pero ese voto no se lo llevará el viento porque las papeletas no volarán. Lo que sí se llevará el viento son la memoria y la voluntad política de nuestros dirigentes.

En la cumbre del clima 2021, o COP26, de Glasgow, las negociaciones se han prolongando más de la cuenta porque, como era de esperar, no se llegaba al acuerdo necesario y esperado por todos los interesados, aunque fuera in extremis, que concretara las medidas a emprender por los países contaminantes y que respondieran a las exigencias ecologistas. Como también era esperable, las diferencias en cuestiones financieras y de otro tipo, han producido serias tensiones y reproches entre los países participantes. Y una vez se han hecho públicos los acuerdos definitivamente alcanzados, estos solo son una declaración de intenciones, un acuerdo de mínimos, que incluye una petición para reducir el uso del carbón y acelerar la transición de los combustibles fósiles a las energías renovables y reclama, una vez más, que los países establezcan planes más ambiciosos para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero a corto y medio plazo.

Entiendo que no es fácil, de un día para otro, poner en práctica medidas radicalmente opuestas a las que se vienen aplicando después de tantos años y que ello tiene grandes consecuencias económicas a nivel mundial, pero solo la voluntad de solucionar el grave problema que se nos ha venido encima por falta de previsión y de interés puede superar esos escollos.

¿Serán, siquiera, los respectivos países capaces de poner en práctica los tímidos acuerdos alcanzados en esta cumbre o deberemos esperar a la siguiente? Entretanto, como decía Greta Thunberg: bla, bla, bla, o tic, tac, tic, tac.

En conclusión, me pregunto si algún día tanto jueces como políticos tomarán en cuenta la opinión y recomendaciones de los expertos cuando tengan entre manos cuestiones que afecten a la salud pública y a la del planeta. 




miércoles, 3 de noviembre de 2021

Música, por favor

 


Hace unos días volví a caer —a mi edad suele ser habitual— en un estado melancólico propio de la nostalgia. Y todo debido a un programa de televisión. Afortunadamente el efecto duró poco, pero fue lo suficientemente intenso como para que me llevara a escribir esta entrada.

El mencionado programa, una producción de TV3, la televisión pública catalana, rendía homenaje a un popular periodista, crítico musical y presentador de televisión catalán, cuyos programas, eminentemente musicales, también se emitieron en Televisión Española.  Se trata de Àngel Casas.

A nivel estatal, Àngel Casas participó en 1977, de la mano de Carlos Tena, otro conocido crítico musical, en Popgrama, y tres años después consiguió presentar y dirigir su propio espacio en TVE1, Musical Express, hasta 1983, un programa dedicado a difundir corrientes musicales alejadas de las más comerciales y mayoritarias en la España de aquella época. En 1984, tras el nacimiento de Televisión de Catalunya, se convierte en una estrella de la cadena catalana con Àngel Casas Show, un talk-show que se mantuvo en pantalla hasta 1988 y que obtuvo varios galardones.

El motivo por el cual sentí esa melancolía que menciono al principio fue doble: el primero, contemplar cómo la edad y la mala salud se ha cebado con este presentador que, con 77 años ha estado varias veces al borde de la muerte debido a la grave enfermedad que padece y que ha hecho que perdiera sus dos piernas. Ver aquella figura, que recordaba llena de vida y que fue para mí un referente en el ambiente musical de mi adolescencia, tan envejecida y vulnerable, cuyo homenaje interpreté como una despedida, me llenó de tristeza. El otro motivo de mi nostalgia fue el recuerdo de una época musical que no ha vuelto ni volverá a repetirse. Y no porque la música actual no tenga valor alguno, sino porque considero que ya no hay un interés de las cadenas de televisión, tanto públicas como privadas, para ofrecer programas musicales de calidad, con artistas y grupos de renombre internacional, en horario prime time.

Mi gusto por la música pop se inició con los Beatles y los Rolling Stones. A mis quince años, me gastaba todos mis escuálidos ahorros en discos de estos dos grupos. Pero no sería hasta 1969 cuando un compañero de Biológicas me introdujo en una música menos comercial. De este modo, el blues, el rock y el Jazz vinieron a enriquecer mis gustos musicales.

Para mí, la mejor música, progresiva y original, se produjo durante los años 70 y 80, aunque los 90 también fueron muy prolíficos. Desde entonces no ha habido nada nuevo bajo el sol, si exceptuamos la música disco y electrónica, el reggaetón, el rap y el trap, géneros que no son de mi agrado, siendo benévolo. Pero, claro, esta es una opinión muy personal y ya sabemos lo que se dice de los gustos.

En la época en la que Àngel Casas dirigía y/o presentaba los programas a los que he hecho alusión, la música solía ser, además, en vivo —cuando lo que abundaba era el playback, la música “enlatada”— y contaba con figuras de fama internacional. Boney M, Duran Duran, The Police, Eurythmics, Depeche Mode, David Bowie, Tina Turner, Bonnie Tyler, Joan Manuel Serrat, Víctor Manuel, Olé Olé, Joaquín Sabina, El último de la fila, y un larguísimo etcétera, pasaron por sus programas. Y aunque yo era más de Eric Clapton, Led Zeppelin, Jeff Beck, B.B. King, Black Sabbath, Phil Collins y otro largo etcétera, me complacía mucho ver y oír a aquellas estrellas.

Y viendo las imágenes del recordatorio que el programa de TV3 emitió en memoria de esos tiempos pasados y en reconocimiento del personaje invitado, Àngel Casas, caí en la cuenta de que hace años que no se producen programas musicales de la misma calidad en nuestro país, porque, de haberlos, se emitirían, como se hacía antaño, en horas de elevada audiencia.

Si retrocedemos más en el tiempo, aunque el panorama musical español de los años 60 no era, desde mi punto de vista, muy halagüeño —Georgie Dann, Fórmula V, Los Brincos, y luego Juan y Junior, Los Diablos y su rayo de sol, oh, oh, oh, Los Sirex y su escoba, etc. era lo más visto y oído— había programas de variedades, como Amigos del martes —que luego pasaría a ser de los lunes—, presentado por Frank Johan, que por lo menos intentaban amenizar la velada con cantantes y bandas de cierta relevancia.

Llegado a este punto, reivindico la existencia de espacios y programas musicales que ofrezcan la oportunidad de contemplar lo mejorcito del pop actual. ¿A quién no le apetecería ver a Ed Sheeran, Lady Gaga, Beyoncé, Rihanna, Adele y a otras tantas figuras internacionales del momento? ¿Falta de dinero, de voluntad o de interés musical? Si es por falta de presupuesto, ¿para qué sirven tantos anuncios?

Me apena tener que decir que la televisión actual, en lo relativo a programas de entretenimiento, ha retrocedido respecto a las últimas décadas del siglo XX. Los programas musicales han desaparecido, apareciendo en su lugar tertulias y otros programas basura. Si uno quiere escuchar música en la televisión, tiene que contentarse con sucedáneos como La Voz, Mask Singer, Tu cara me suena, o bien esperar a los programas de fin de año, construidos a base de un refrito de vídeos musicales. Por lo menos tenemos la radio —un medio que uso muy poco y solo mientras conduzco—, que emite la música del momento a todas horas y en distintos programas.

Así pues, si pudiera dirigirme a los directivos de las cadenas de TV, yo les diría «Música, por favor».

Sirvan, de paso, estas líneas, para rendir mi homenaje personal a la figura de Àngel Casas, por su especial y valiosa aportación al panorama musical español.


 

domingo, 24 de octubre de 2021

Verdad o mentira

 


Siempre he dicho que una de las habilidades que caracterizan a un político y a cualquier personaje poderoso, tanto más desarrollada cuanto más alto es el cago que ocupa, es saber mentir con total descaro y, de ser necesario, vehemencia. Con su don de gentes y dominio de la falacia, distorsionan, en el mejor de los casos, la verdad o bien convierten una falsedad en verdad. Ah, y otra aptitud sine qua non: no mostrar jamás vergüenza ni arrepentimiento cuando se les pilla en una mentira y en cualquier fechoría.

No es algo actual, pero sí muy reiterativo y diría que cada vez más notorio. Ante cualquier acusación de una probada mala conducta e incluso delito grave, no dudan, ni por un momento, en defender con uñas y dientes su inocencia, a sabiendas de que, efectivamente, han cometido la falta de la que se les acusa.

Estoy de acuerdo en que debemos respetar la presunción de inocencia mientras no haya pruebas irrefutables de su culpabilidad. Pero ¿se puede apelar a esa presunción cuando las pruebas son aplastantes?

Y yo me pregunto: ¿Cómo son capaces de mentir tan descaradamente, haciéndose los ofendidos y reclamando su derecho a la honorabilidad cuando saben a ciencia cierta que son culpables? Aún recuerdo a Iñaki Urdangarín, compareciendo ante los periodistas que se apiñaban tras una valla ante el juzgado de Palma de Mallorca donde iba a ser interrogado por los supuestos delitos de malversación, tráfico de influencias, fraude y varios delitos fiscales, afirmando, alto y claro, que iba a aclarar la verdad y defender su honor [sic]. Y así una larga serie de personajes, tanto empresarios, artistas, arquitectos y políticos, tanto de derechas como de izquierdas, e hijos o nietos de, que han arramblado con dinero o propiedades que no les pertenecían, que han sobornado o se han dejado sobornar a cambio de mucho dinero, que han ocultado sus ingresos millonarios, defraudando a Hacienda —que, según se dice, somos todos—, que han invertido en paraísos fiscales a través de empresas fantasma u Offshore, o actuado como testaferros. Por desgracia, la lista de corruptos es cada vez más larga, tanto como la de sus corruptelas. 

Lo más curioso, a mi entender, es que siendo todos gente supuestamente inteligente, ¿acaso no saben que tarde o temprano se acabarán descubriendo sus tejemanejes y fechorías, que hoy día todos los trapos sucios acaban saliendo a la luz? Pero a medida que van apareciendo nuevas pruebas irrefutables, siguen defendiendo su inocencia, argumentando equívocos y negando lo evidente, hasta incluso que la firma que aparece en esos documentos tan comprometedores que se les muestra como prueba no es la suya. Hay quien incluso, en un derroche de cinismo, ha dicho estar dispuesto a colaborar con la Justicia para aclarar los hechos y demostrar su inocencia.

Y cada día aparecen nuevos casos de corrupción, cuyos protagonistas se llenan la boca de mentiras que quieren hacer pasar por verdades, tomándonos por tontos. Ante ello, uno se ha vuelto tremendamente desconfiado. Y es que esos comportamientos fraudulentos no solo se dan en el ámbito de las altas esferas, sino que han traspasado las fronteras hacia lo mundano, lo cotidiano, afectando al pueblo llano. Cada día aparecen nuevas formas de engañar a la gente honrada, y cada vez con medios más sofisticados.

Ha llegado un momento en que ya no sabemos lo que es verdad o mentira.