Que los adolescentes son, por naturaleza, mucho más
intrépidos que los adultos es algo sabido e incluso diría que normal. Son menos
conscientes de los peligros y, aun conociéndolos, se atreven a retar a la
suerte. Yo, más que valentía, lo llamaría inconsciencia juvenil. Todos, o casi
todos, hemos hecho alguna diablura cuando éramos jóvenes, disparates de los
que, de mayores, nos hemos arrepentido y quizá incluso avergonzado.
Pero una cosa es jugar a ser intrépido y otra muy distinta
jugarse la vida propia y la de los demás por un simpe capricho, para hacerse el
hombre ante las chicas y valiente ante los amigos, o simplemente para saborear
el peligro. Y cualquiera de esas actividades, no solo son extremadamente
peligrosas sino también ilícitas.
Por supuesto, excluyo aquí las actividades deportivas
llamadas de riesgo, como la escalada, el barranquismo, la espeleología, el
parapente, el paracaidismo, etcétera, realizadas por personas muy preparadas y
conocedoras del riesgo que conllevan, pero que están muy bien formadas para
realizarlas con la máxima seguridad, a pesar de que el riego cero no existe.
Así pues, nunca he entendido por qué hay quienes se empeñan
en saltarse las normas sin pensar en las consecuencias de sus actos. Será que
es cierto que el cerebro humano no llega a su total desarrollo hasta los
treinta años de edad y que, por lo tanto, los más jóvenes no lo tiene
funcionando a todo gas, aunque también es cierto que hay mucho gamberro e
incívico a cualquier edad.
¿Quién conduce a 190 Km/hora, quién hace adelantamientos
temerarios, quién no respeta un Stop, quien hace barbaridades al volante, quién
participa en carreras ilegales? Nadie que supere los cincuenta años, tirando
largo.
Aunque no me afecte personalmente, me subleva ver cómo hay
quien se salta por la cara las advertencias sobre seguridad. Allá ellos, me
digo, pero no dejo de pensar que merecen, como mínimo un castigo y una multa
importante.
No es infrecuente ver a bañistas que no respetan la
advertencia de peligro mediante la consabida bandera roja, que, de hecho,
prohíbe bañarse debido a la mala mar. Cuántos socorristas han tenido que
lanzarse al agua para rescatar a individuos que han hecho caso omiso a tal
prohibición, poniendo en riesgo la vida de esos profesionales. Igual ocurre con
algunos montañeros que deambulan por zonas peligrosas y convenientemente
señalizadas por las autoridades, prohibiendo su paso. Y luego, cuando se
producen accidentes (algunos graves) derivados de esa infracción, hay que
rescatarlos por tierra, mar y aire, poniendo también en peligro la vida de los
rescatadores.
Pero hay otra actividad que parece haberse puesto de moda y
que consiste en lanzarse al agua desde lo alto de un acantilado. Este verano he
visto bastantes imágenes de quienes, a pesar de estar barrado el paso hacia
estas zonas peligrosas desde las que se lanzan, no dudan en arrancar la
señalización o el rótulo de prohibición de acceso. ¿A quién se le ocurre
lanzarse al mar desde 30 metros de altura, haciendo cabriolas en el aire hasta
sumergirse en una zona rodeada de grandes rocas? Y mientras, son aplaudidos y animados
por sus congéneres, que no dudan en imitar a esos “héroes”.
¿No resulta incongruente que, habiendo señales
admonitorias, tenga que haber vigilantes para evitar tales comportamientos y
que esos locos no acaben bajo tierra?
Debo ser un malvado sin corazón, pero si esos jóvenes
acaban seriamente lesionados, no sentiré ninguna pena por ellos, solo por sus
padres, que sufrirán por culpa de un hijo descerebrado. E igual me ocurre
cuando un toro embiste a un chaval (y a veces no tan chaval) que se juega la
vida poniéndose sin ningún reparo ni protección, haciendo el tonto, ante un astado
salvaje, que solo actúa por instinto, no por maldad. Quienes retan a la suerte
(como los idiotas que practican el balconing en Magaluf o donde sea)
tienen que saber que esta les puede ser esquiva y acabar con su vida, una vida
que, al parecer, no valoran lo suficiente.





