miércoles, 23 de septiembre de 2026

Incultura juvenil

 


Hace años que vengo observando el bajísimo nivel cultural de muchos jóvenes, comprobable con solo hablar con ellos o ver por televisión sus opiniones sobre temas de interés general. Un hecho muy llamativo es ver lo enganchados que están a las redes sociales y a aplicaciones que carecen de una base cultural y en su lugar los idiotizan. Instagram, TikTok son unos ejemplos, en los que los llamados influencers les “ilustran” y aconsejan sobre temas de “rabiosa actualidad” sobre todo tipo de futilidades, amén de derrochar bulos que todavía los hacen más incultos al no saber discernir entre lo verdadero y lo falso, pues esas redes se ceban en su falta de formación. Y Facebook no se queda atrás en la expansión de bulos, siendo quizás el medio divulgativo más empleado para ello. Ya se sabe que cuanto más ignorante es la gente, mucho más manipulable resulta.

Para corroborar el bajísimo nivel cultural de muchos jóvenes (no todos, por fortuna), he tenido la oportunidad de ver recientemente varios vídeos en los que queda de manifiesto la espectacular ignorancia de algunos de esos aspirantes a adultos. Ha sido tan escandaloso lo visto, que llegué a pensar que esas imágenes no eran reales, que se trataba de un montaje hecho con IA. Pero no, se trata de entrevistas realizadas en directo y en plena calle a chicos y chicas adolescentes.

A todos los encuestados se les empieza preguntando qué nivel de inteligencia creen tener, del 0 al 10. La gran mayoría se sitúan a sí mismos entre el 7 y el 8.

A continuación, como muestra de lo dicho, refiero algunas de las preguntas a las que han sido sometidos y sus respuestas:

-       Capital de China: Inglaterra

-       Capital de los EEUU: París

-       Quién escribió El Quijote “de Cervantes”: Shakespeare

-       Cuáles son los puntos cardinales: Arriba, abajo... (seguido de risas)

-       Un país cuyo nombre empiece por S: Soria

-       Cuántos años tiene un siglo: ¿veinte?

-       Dónde está Ceuta: Junto a Islandia (después de dudar mucho). No, está al norte de África (le dice el entrevistador). ¿Al norte de África? Que va, tío.

-       Cuál es el gentilicio de Bélgica: ¿Y eso qué es? (con cara de extrañeza).

Y así un cúmulo de despropósitos. Me gustaría saber qué han estudiado esos jóvenes. Por su edad (calculo entre los 16 y 17 años), deben estar cursando o han cursado la ESO, por lo que me pregunto cómo pueden haber aprobado esos estudios. Alguien con ese bajísimo nivel de conocimientos no puede pasar de curso, a menos que sean alumnos de centros privados de renombre que, para preservar ese estatus, no pueden permitir que sus alumnos suspendan, pues sería un descrédito para el Centro. Y la última pregunta que me hago es qué será de esos chavales cuando alcancen la edad de trabajar o de cursar estudios superiores.

Hace pocos días, hemos conocido los resultados obtenidos por los estudiantes españoles en el Informe PISA (Programme for International Student Assessment o Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes), un estudio mundial de la OCDE que mide el rendimiento académico de los jóvenes de 15 años. Concretamente, evalúa las siguientes áreas clave: Matemáticas, Ciencias y lectura. Dicha evaluación se realiza cada tres años en más de 80 países e incluye cuestionarios sobre el entorno socioeconómico y familiar de los alumnos para analizar qué factores influyen en los resultados, permitiendo a los gobiernos ver la posición de su educación frente a otros países y así ayudar a llevar a cabo reformas educativas y detectar carencias en las aulas.

El Informe PISA publicado este año, en septiembre de 2026, muestra el mayor retroceso educativo global y sitúa a España por debajo de la media de la OCDE y de la Unión Europea en lectura, matemáticas y ciencias.

Los resultados han demostrado una caída histórica en competencias básicas. En Matemáticas y Ciencias, nuestros estudiantes se han situado muy por debajo de la media de los países desarrollados y en lectura se ha visto un déficit notable en comprensión lectora.

Ante ello, los expertos señalan al uso excesivo de pantallas y redes sociales como uno de los factores que reducen la capacidad de atención y de comprensión de textos largos, y la tendencia refleja una caída generalizada, afectando a uno de cada cinco jóvenes que presentan un rendimiento bajo en las tres materias.

Algo tendremos que hacer frente a este despropósito y lograr que nuestros jóvenes adquieran unos conocimientos básicos razonables para su edad. La sociedad educativa debe hacer frente a este reto y, de algún modo, ayudar a mejorar la situación actual.

Quiero creer, sin embargo, que esos ejemplos que he mencionado al principio no son una norma, una muestra del nivel cultural de la mayoría de los jóvenes españoles, sino más bien una excepción a la regla. Ojalá. El tiempo dirá.


sábado, 12 de septiembre de 2026

Intrépidos o insensatos

 


Que los adolescentes son, por naturaleza, mucho más intrépidos que los adultos es algo sabido e incluso diría que normal. Son menos conscientes de los peligros y, aun conociéndolos, se atreven a retar a la suerte. Yo, más que valentía, lo llamaría inconsciencia juvenil. Todos, o casi todos, hemos hecho alguna diablura cuando éramos jóvenes, disparates de los que, de mayores, nos hemos arrepentido y quizá incluso avergonzado.

Pero una cosa es jugar a ser intrépido y otra muy distinta jugarse la vida propia y la de los demás por un simpe capricho, para hacerse el hombre ante las chicas y valiente ante los amigos, o simplemente para saborear el peligro. Y cualquiera de esas actividades, no solo son extremadamente peligrosas sino también ilícitas.

Por supuesto, excluyo aquí las actividades deportivas llamadas de riesgo, como la escalada, el barranquismo, la espeleología, el parapente, el paracaidismo, etcétera, realizadas por personas muy preparadas y conocedoras del riesgo que conllevan, pero que están muy bien formadas para realizarlas con la máxima seguridad, a pesar de que el riego cero no existe.

Así pues, nunca he entendido por qué hay quienes se empeñan en saltarse las normas sin pensar en las consecuencias de sus actos. Será que es cierto que el cerebro humano no llega a su total desarrollo hasta los treinta años de edad y que, por lo tanto, los más jóvenes no lo tiene funcionando a todo gas, aunque también es cierto que hay mucho gamberro e incívico a cualquier edad.

¿Quién conduce a 190 Km/hora, quién hace adelantamientos temerarios, quién no respeta un Stop, quien hace barbaridades al volante, quién participa en carreras ilegales? Nadie que supere los cincuenta años, tirando largo.

Aunque no me afecte personalmente, me subleva ver cómo hay quien se salta por la cara las advertencias sobre seguridad. Allá ellos, me digo, pero no dejo de pensar que merecen, como mínimo un castigo y una multa importante.

No es infrecuente ver a bañistas que no respetan la advertencia de peligro mediante la consabida bandera roja, que, de hecho, prohíbe bañarse debido a la mala mar. Cuántos socorristas han tenido que lanzarse al agua para rescatar a individuos que han hecho caso omiso a tal prohibición, poniendo en riesgo la vida de esos profesionales. Igual ocurre con algunos montañeros que deambulan por zonas peligrosas y convenientemente señalizadas por las autoridades, prohibiendo su paso. Y luego, cuando se producen accidentes (algunos graves) derivados de esa infracción, hay que rescatarlos por tierra, mar y aire, poniendo también en peligro la vida de los rescatadores.

Pero hay otra actividad que parece haberse puesto de moda y que consiste en lanzarse al agua desde lo alto de un acantilado. Este verano he visto bastantes imágenes de quienes, a pesar de estar barrado el paso hacia estas zonas peligrosas desde las que se lanzan, no dudan en arrancar la señalización o el rótulo de prohibición de acceso. ¿A quién se le ocurre lanzarse al mar desde 30 metros de altura, haciendo cabriolas en el aire hasta sumergirse en una zona rodeada de grandes rocas? Y mientras, son aplaudidos y animados por sus congéneres, que no dudan en imitar a esos “héroes”.

¿No resulta incongruente que, habiendo señales admonitorias, tenga que haber vigilantes para evitar tales comportamientos y que esos locos no acaben bajo tierra?

Debo ser un malvado sin corazón, pero si esos jóvenes acaban seriamente lesionados, no sentiré ninguna pena por ellos, solo por sus padres, que sufrirán por culpa de un hijo descerebrado. E igual me ocurre cuando un toro embiste a un chaval (y a veces no tan chaval) que se juega la vida poniéndose sin ningún reparo ni protección, haciendo el tonto, ante un astado salvaje, que solo actúa por instinto, no por maldad. Quienes retan a la suerte (como los idiotas que practican el balconing en Magaluf o donde sea) tienen que saber que esta les puede ser esquiva y acabar con su vida, una vida que, al parecer, no valoran lo suficiente.

 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Mirando voy, mirando vengo

 


El ser humano es, por definición, curioso y la curiosidad suele ser sana, como lo demuestra la historia, que está llena de descubrimientos gracias a la curiosidad e interés del observador e investigador.

Pero como todo en esta vida, siempre hay un lado oscuro en la gran mayoría de cuestiones. Incluso los adelantos más extraordinarios pueden tener una faceta negativa. Ahí tenemos a internet, una herramienta extremadamente útil para todo aquel que la utiliza en pos del conocimiento, sea del área que sea, pero también es una herramienta que propicia un uso muy negativo. Incluso existen tutoriales para fabricar todo tipo de artilugios, incluidas las armas y explosivos. Así pues, las cualidades de todo adelanto tecnológico dependen del uso que se le dé.

Pero este no es el tema que quiero compartir aquí; es solo una introducción a mi reflexión en torno a la curiosidad humana ante un conflicto, unas veces morbosa y, por lo tanto, inútil y otras provechosa para hacer público dicho conflicto.

Todos hemos visto en más de una ocasión por televisión cómo una pelea callejera es contemplada y grabada por observadores que luego subirán las imágenes a las redes sociales y que se convertirán en virales. La mayoría de las veces ─y eso es lo realmente indignante─ quienes observan y graban lo hacen con una indiferencia apabullante, sin intervenir, no ya físicamente, pues podrían salir mal parados, sobre todo si no tienen nada que ver con el altercado, ni dar aviso a quienes sí pueden intervenir antes de que sea demasiado tarde.

En esas peleas, a veces grupales, no hay distinción de sexos, tanto hombres como mujeres, de todas las edades, protagonizan este espectáculo cuando menos escandaloso que a veces es aplaudido por algunos testigos, especialmente si tienen alguna relación con el agredido o la agredida. Todos hemos visto el corro que se forma ante una pelea en la que un adolescente, chico o chica, es sometido a una paliza ante las risas y ánimos de sus compañeros, que no amigos, los cuales se dedican, además, a grabarlos.

Esas agresiones juveniles son las que más me sorprenden. ¿Qué educación han recibido y reciben esos chavales? ¿Qué pensarían sus padres si supieran a lo que se dedican? ¿Acaso han heredado de ellos el desprecio hacia los demás?

No sé si mi percepción es equivocada, pero me parece que estas agresiones han ido en aumento. En mi escuela hubo alguna pelea en el patio, pero nada alarmante, y nunca fui testigo de acoso al diferente, salvo pequeñas burlas sin malicia y solo con fines jocosos (yo era el cuatro ojos por llevar gafas, y nunca me sentí ofendido por ello).

Son muchos los que opinan que las peleas infantiles han existido siempre, y no seré yo quien les contradiga, pero nunca con esta agresividad por parte del agresor y complacencia por parte de los observadores de turno.

Por desgracia en algunos casos, ser menor de edad es un eximente que impide que a un agresor se le aplique la ley de un adulto, argumentando que a esa edad un niño o niña es inimputable a pesar de que muchos saben lo que hacen. Recientemente, en la población de Manresa (Barcelona) dos menores, de 15 y 16 años, acuchillaron a un hombre de 45 años, sin que se conozcan de momento los motivos. A esa edad son conscientes del daño que han hecho y como castigo se les internará en un centro cerrado para menores (lo que antes se conocía como reformatorio). Pues bien, no me extrañaría que ese asesinato hubiera tenido lugar ante la presencia de paseantes que se limitaron a mirar y, como mucho, a increparles. Lo dejo ahí, pues no tengo la suficiente información para criticar a los posibles testigos, pero sigo pensando que este tipo de acciones y actuaciones son, por desgracia, cada vez más frecuentes.

Llegado a este punto, permitidme hacer un inciso: recuerdo que hace años se cuestionó la legalidad de instalar cámaras de vigilancia en los barrios y zonas de las ciudades con un mayor índice de delincuencia y que supuso la oposición de muchos ciudadanos argumentando que representaba un ataque a la privacidad. Ante ello siempre he pensado que es mucho más importante la seguridad ciudadana que la privacidad. Si nadie tiene nada que ocultar, ¿por qué temer ser grabado entrando a saliendo de un establecimiento o paseando al perro? Gracias a esas cámaras se ha descubierto muchas veces la autoría de un robo o de una agresión.

Solo espero que las únicas imágenes grabadas de un altercado grave sean las procedentes de esa videovigilancia y no de los transeúntes que, impasibles, se dedican a inmortalizarlas en sus teléfonos móviles para uso “recreativo”.

 

miércoles, 8 de julio de 2026

Recapitulemos

 


Del mismo modo que cuando se acaba un curso académico, se publican las notas, que denotan el aprovechamiento y rendimiento del alumno, a falta de algo mejor que hacer, me he dedicado a examinar el mío en cuanto al número de entradas publicadas durante el primer semestre de este año y de comentarios que han generado.

El resultado de mi análisis ha sido el siguiente:

Hasta el 1 de julio he publicado en este blog 16 entradas, 2 más que en el mismo periodo de 2025, diferencia esta no significativa.

El número de comentarios recibidos ha sido de 5,2 por entrada (de 8,3 en 2025, una diferencia que sí es significativa), con un máximo de 7 y un mínimo de 4. Los posts que han recibido el mayor número de comentarios han sido tres: 1) el dedicado a los cajeros automáticos, 2) el relativo a la prohibición de armamento nuclear a ciertos países por parte de las actuales potencias armamentísticas, y 3) el que hacía referencia a la falta de precisión de algunos pronósticos meteorológicos. En cuanto a los que han recibido el menor número de comentarios (5 entradas en total con 4 comentarios cada una), destacaría la última, publicada el 22 de junio con el título “¿Soy quisquilloso?”, en la que exponía ciertos comportamientos blogueros que considero atípicos desde mi punto de vista.

Si destaco este post entre los otros cuatro con igual número de comentarios, es porque parece haberse cumplido lo que me temía y que avancé en dicho post: que mi crítica, por muy cortés que pretendiera ser, podía generar un cierto malestar entre los seguidores que se vieran reflejados, y que algunos de ellos podían dar, en el mejor de los casos, la callada por respuesta o bien dejar de seguirme en lo sucesivo.

De ser este el motivo del tan bajo número de comentarios, ratifico en lo expuesto en dicha entrada: que, si alguien se ha sentido ofendido, lo lamento, pero creo que una opinión, por negativa que sea, debería ser objeto de reflexión y/o discusión y no de rechazo. aunque prefiero pensar que esta anomalía solo se debe a que, en este periodo pre estival, el número de lectore/as es sustancialmente menor que durante el resto del año, y por lo tanto también lo es el número de comentarios.

Espero que, a la vuelta de las vacaciones, este blog recupere la normalidad y solo en el caso de que haya, efectivamente, perdido seguidore/as, me plantearé si debo continuar publicando críticas potencialmente sensibles o seguir con la tónica de este blog sea cual sea el resultado.

Y como no puede ser de otro modo, querido/as lectore/as, os deseo que paséis unas felices vacaciones veraniegas.


lunes, 22 de junio de 2026

¿Soy un quisquilloso?

 


Cuando observo en los demás un comportamiento que se aparta de lo que considero “normal”, que sería aquel con el que no me identifico para nada, me da la impresión de que quizá sea yo el que se comporta de forma atípica, aunque la considere acertada.

Si, por ejemplo, alguien deja estacionado su vehículo sobre la acera, aunque sea por un corto espacio de tiempo, ante un vado o salida y entrada de vehículos, no pone el intermitente cuando debería hacerlo, no respeta las señales de tráfico, conduce a una velocidad significativamente excesiva, poniendo en peligro, no solo su vida sino la de los demás conductores o, por el contrario, circula por la ciudad a una velocidad muy por debajo de la permitida mientras el semáforo está en verde y, finalmente, acelera cuando este acaba de pasar a rojo, dejándome colgado, todo ello me saca de quicio. Por no hablar de la intrepidez de algunos conductores de patinetes eléctricos y ciclistas, que juegan con la paciencia ajena. Pero no me queda otra que aguantarme. Ya se sabe que el civismo también está en vías de extinción.

Pero hay comportamientos, que nada tienen que ver con la seguridad viaria ni con el civismo que, aun siendo minucias, me producen un cierto, si no malestar, sí extrañeza y desencanto.

Cuando hace años me planteé dedicar una entrada al asunto que aquí hoy me ocupa, acabé desestimándolo, pues no quería causar malestar entre aquello/as que, sin citarlos, se sentirían señalado/as. Así pues, no os podéis imaginar lo que me ha costado publicar esta entrada de hoy, con la que, que quede claro, no pretendo que nadie cambie su modo de actuar, pues son muy libres de hacer lo que les venga en gana. En el mundo de los blogs no hay leyes ni normas a seguir, salvo ser educado y respetuoso, y yo espero haberlo sido con lo que expongo a continuación.

Así que, sin más prolegómenos, voy directo al grano:

Yo contesto a los comentarios que recibo en mis blogs, si no al instante, sí a la mayor brevedad posible. En cambio, hay quienes no responden a ninguno de los comentarios que han recibido hasta que estos no alcanzan un número muy elevado, no llegan a hacerlo nunca o lo hacen después de varias semanas.

De entre lo/as que tienen aplicado un filtro de aprobación (“tu comentario será visible tras la aprobación”), cuya finalidad no acabo de entender, observo con frecuencia que, habiendo transcurrido semanas desde haber dejado un comentario, todavía aparece la leyenda: “no hay comentarios”. ¿Acaso después de tanto tiempo, el propietario del blog no ha tenido ocasión de verlo y aprobarlo?

Creo que quien ha dedicado su tiempo a leer y comentar una publicación, bien merece una respuesta, por breve y sencilla que sea, tan pronto como resulte posible, sin por ello estresarse, que el tiempo es oro y no hay que malgastarlo en banalidades.

Y ahí vienen mis dos rasgos diferenciales respecto a muchos de mis compañero/as bloguero/as: el primero es que estoy jubilado y, por lo tanto, tengo mucho más tiempo libre para leer y escribir que la mayoría de los mortales laboralmente activos y por ello soy de esos bichos raros que se pasan a diario por los blogs que sigo, para ver si hay novedades, entre ellas las respuestas a los comentarios que he dejado, incomodándome el hecho de ver que estos no han recibido todavía una respuesta, siguiendo abandonados días y días; y el segundo rasgo, o más bien defecto, es que soy un impaciente de narices. Y es que quien espera desespera

Pero aun teniendo más tiempo libre (tampoco demasiado, con los hijos y nietos ya se sabe), me resulta difícil de creer que, aun trabajando o estando ocupados en otros menesteres, haya quienes no tengan un momento a lo largo de la semana (que sigue teniendo siete días) para dedicar unos minutos a responder a los comentarios que su publicación ha originado, aunque sea poco a poco.

Y no debo ser el único que así piensa y actúa, pues tengo compañeros de blog, que tampoco voy a nombrar, pero que también se reconocerán, que responden a los comentarios que reciben a más tardar en uno o dos días. ¿Acaso también están jubilados o en el paro? Posiblemente.

¿Soy rarito? Y por extensión, ¿somos raritos los que así pensamos y actuamos? ¿Soy, como decía al principio, un quisquilloso, o peor aún, un intolerante?

Ojalá no me ocurra como al principio de la existencia de mis blogs, que perdí uno/as cuanto/as seguidore/as porque me atreví a criticar ciertos comportamientos que me resultaban anómalos en otros aspectos distintos a los que aquí menciono. No recibí ninguna respuesta, simplemente hicieron mutis por el foro y nunca más aparecieron. Me castigaron con su indiferencia y ostracismo.

Espero que en esta ocasión no suceda lo mismo. Y si sucede, lo daré por bien empleado, por bocazas. Será que cuanto más viejo me hago, más osado e imprudente me vuelvo.

Con todo lo aquí expresado, insisto en que no pretendo que nadie cambie su modo de proceder ni que entone un mea culpa (lo que doy por sentado que no ocurrirá, faltaría más), pues, como he dicho anteriormente, cada cual es muy libre de obrar a su antojo y hacer en su blog lo que le apetezca, que por eso es suyo, y si a alguien no le gusta, pues que se aguante, que es lo que corresponde hacer, pero es que llevaba mucho tiempo queriendo sacar este tema a colación, por muy incómodo que pueda ser, así que perdonad mi atrevimiento; estoy preparado para recibir las puyas que hagan falta, aunque confío en vuestra tolerancia.


jueves, 11 de junio de 2026

¿Qué tiempo hará?


Quien más quien menos siente interés por saber qué tiempo va a hacer en un momento y lugar que tiene reservado para viajar o simplemente pasar el fin de semana. Y para satisfacer esta curiosidad (a veces incluso necesidad si se viaja por obligación) están los meteorólogos, hombres y mujeres especializados en estudiar e informar sobre los cambios climáticos, día a día, a través de los programas de televisión que tienen una sección dedicada a ello.

Aunque la meteorología es una rama de la Física y, por lo tanto sus estudiosos son científicos, no está exenta de errores en la previsión del tiempo que hará, incluso a corto plazo. A mí no deja de sorprenderme que esta ciencia, que debería ser exacta, no pueda vaticinar algo que ocurrirá en una zona restringida del planeta, como sería nuestro país, con algo más de 500.000 Km2, a tan solo una semana, o menos, del día que nos interesa.

Pero no voy a cuestionar a unos científicos ni a una ciencia que, por mil razones, no puede ser tan exacta como las matemáticas, pues el planeta y su entorno están sujetos a variaciones muchas veces inesperadas. Lo que sí me subleva es el no reconocimiento del cambio, muchas veces notorio, de lo que se dijo ayer y lo que se dice hoy. Casi nunca he visto u oído a un/a meteorólogo/a comentar ese cambio repentino de previsión; parece que la amnesia les ha hecho olvidar lo que dijeron que ocurriría 24 o 48 horas antes, de modo que presentan la nueva previsión como si jamás hubiera cambiado.

Yo veo a diario las telenoticias de la noche en la TV3, al término de las cuales hay un espacio dedicado a la previsión del tiempo para el día siguiente y los próximos cinco días. Pues bien, si un martes, se pronostica un sol radiante para el fin de semana en la Costa Brava (mi lugar de descanso), el jueves resulta que el sábado y domingo siguiente estará nublado y el viernes resulta que el sábado estará nublado pero el domingo lloverá. Así pues, mi cabreo es mayúsculo y, en mi arrebato, llego a insultarlos, exigiendo que entreguen su título y vuelvan a la Universidad.

Hasta aquí, lo dicho es pura anécdota, no exenta de verdad, pero tenemos que ser tolerantes y no exigir a estos profesionales lo que ni las mediciones más estrictas son capaces de acertar, fuentes estas de las que extraen la información que luego hacen pública.

Y como casi siempre hago en mis disquisiciones y críticas en este blog, esta vez también he incluido una larga introducción al tema que en realidad me molesta, y es la discrepancia en la previsión entre distintas aplicaciones meteorológicas.

Yo, concretamente, uso dos de estas aplicaciones: AccuWeather y más recientemente, Aemet. En ambas se puede consultar la previsión a tiempo real, por horas y por días. La primera es la que más utilizo porque detecta tu ubicación automáticamente, estés donde estés. En la segunda, en cambio, tienes que seleccionar la población que te interesa. Pues bien, en un mismo momento, una puede indicar que va a empezar a llover al cabo de 20 minutos, por ejemplo, y cuándo se espera que termine, y la otra, en cambio, indica sol durante todo el día. En lo único que coinciden es en la temperatura, grado arriba, grado abajo.

Pero el summum de la inoperancia, más que de la inexactitud, la sufrí hace un año aproximadamente, un viernes, camino de nuestra segunda residencia en la Costa Brava. Circulábamos por la autopista AP-7 dirección Girona (la de los frecuentes accidentes y embotellamientos) y a la altura del macizo del Montseny (que siempre que miro su cumbre, me trae a la mente el monte Sinaí, porque suele estar cubierto de nubes como si albergara una zarza incandescente), vimos más adelante unos nubarrones negros muy amenazantes (casi parecía una imagen de ciencia ficción) y al poco descargó una lluvia tan intensa que el limpia parabrisas no daba abasto, seguida de una granizada que hacía temer la rotura del parabrisas y la abolladura de la carrocería. Ante ello, nos detuvimos, como hicieron otros vehículos, bajo un puente, arrimados al máximo a la cuneta a la espera que amainara. Y entonces se me ocurrió consultar AccuWeather para ver cuándo acabaría ese diluvio, que no estaba previsto de antemano. Mi sorpresa fue enorme: la previsión en esa zona y en ese momento era de sol con nubes.

¿Para qué sirven, pues, esas aplicaciones si no son fiables? Y, en términos generales, ¿cómo puede ser que con tantos adelantos tecnológicos, hayan aplicaciones que nos fallan cuando más las necesitamos?

Desde entonces, aunque sigo pendiente de las previsiones del tiempo (soy un animal de costumbres fijas), más por curiosidad que por credibilidad, el sistema que más practico es el más antiguo y fiable: mirar al cielo, ver qué tiempo hace y obrar en consecuencia.

 

jueves, 28 de mayo de 2026

Tú sí, tú no

 


Si bien el reparto de la riqueza en nuestro planeta sigue un cauce sumamente injusto y desequilibrado y no existe ninguna regla (por lo menos escrita) para corregir ese desajuste inmoral, los amos del mundo, esos que ostentan el poder absoluto sobre los demás mortales, sí tienen sus reglas a la hora de distribuir, o mejor dicho otorgar su permiso para que algunas potencias con capacidad nuclear puedan disponer de un arsenal que podría acabar en cuestión de minutos con la vida en nuestro planeta.

Así pues, mientras existen países que pueden poseer y desarrollar estas armas tan mortíferas, a otros no se les permite. Obvia decir que nadie debería disponer de ningún tipo de armas nucleares, en lugar de permitírselo a unos y negárselo a otros, por una cuestión de simpatía o antipatía, aunque camuflada por intereses espurios.

El “Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares” (TNP) firmado en 1968, reconoce el derecho a poseerlas a solo cinco países: Estado Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. Estos cinco “Estado reconocidos” son aquellos que ya habían fabricado y probado un dispositivo nuclear antes del 1 de enero de 1967. Los más de 190 países restantes que han firmado el TNP se comprometen a no desarrollar ni adquirir armamento nuclear a cambio de poder utilizar tecnología nuclear con fines civiles pacíficos, lo cual se controla mediante supervisiones llevadas a cabo por el “Organismo Internacional de Energía Atómica” (OIEA).

Se nos dice que el mundo necesita un control para evitar una catástrofe nuclear. Se nos habla de tratados, de reglas, de responsabilidad, pero uno se pregunta: ¿Por qué algunos pueden y otros no? ¿Hasta en esto hay países de primera y países de segunda? ¿Quién dice “tú sí y tú no”? ¿Y por qué?

Israel nunca firmó el TNP, no permite inspecciones y, sin embargo, posee uno de los arsenales nucleares más importantes del mundo, aunque no lo reconozca oficialmente. Así pues, comprobamos que no existen unas reglas universales, pues de haberlas serían iguales para todos. Por lo tanto, el problema no es solo nuclear sino político y moral. Y al igual que Israel, otros países, como India, Pakistán y Corea del Norte poseen armamento nuclear operando también fuera de dicho tratado. ¿Por qué esa tolerancia?

Un mundo donde unos pueden armarse hasta los dientes y otros ni siquiera pueden investigar en energía nuclear sin ser sancionados, no es un mundo seguro y es un mundo desigual.

El impacto de un solo dispositivo de este tipo equivale a destruir una ciudad entera, provocando millones de víctimas y daños ambientales y climáticos irreparables a largo plazo, de lo que ni un bunker nos puede proteger.

Por mucho que existan organismos controladores para frenar su propagación y mitigar sus riesgos, como la ONU y la OIEA, nunca estaremos seguros de que algún descerebrado, con ínfulas de ser “el puto amo”, se le ocurra darle al botón nuclear (tenga la forma que tenga) justificándolo, como ya es habitual, con la excusa de la existencia en un país del “eje del mal” de armas de destrucción masiva.

De momento, todo son amenazas, pues habría que estar muy loco para mandar a paseo el planeta entero. Esperemos que nunca se pase del dicho al hecho.

Se le atribuye a Albert Einstein la siguiente frase: “No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se peleará con palos y piedras”. Esperemos que no fuera un adivino en esta cuestión.