miércoles, 9 de junio de 2021

¿Quién da el primer paso?

 


Tú, primero. No, tú primero. Y así sucesivamente. Como niños o como una pareja de enamorados. Es la pescadilla que se muerde la cola, como pretender saber qué fue primero, si el huevo o la gallina.

Cuando un Gobierno, ya sea central, autonómico o municipal, lanza una propuesta que implica a todos los ciudadanos, obligándoles o animándoles a cambiar sus hábitos, representando ello un mínimo —o no tan mínimo— esfuerzo, siempre tiene que ser este quien dé el primer paso y luego ya vendrán las inversiones públicas para compensar ese esfuerzo.

Y para muestra, dos botones: la incentivación del uso del transporte público —algo que viene de muy lejos— y del coche eléctrico. Ambas propuestas tienen básicamente por objeto combatir el creciente nivel de contaminación atmosférica y, por ende, luchar contra el cambio climático. Hasta aquí todo correcto.

Pero ¿quién debe dar el primer paso?

Se le pide al ciudadano que usa habitualmente su coche para trasladarse, bien a su lugar de trabajo, bien a cualquier otro destino, que deje el coche en casa y tome el transporte público. Nada que objetar. Pero ¿qué hace la administración? ¿Dónde están los parkings disuasorios prometidos, bien en las entradas de las grandes ciudades, bien en las estaciones de tren? Si dejamos el coche en casa, no hay suficientes autobuses urbanos ni convoyes de trenes para absorber el gran incremento de usuarios, a menos que pretendan que emulemos a los ciudadanos indios, viajando en el techo o colgados por los cuatro costados.

Primero debe ser el ciudadano quien dé el primer paso y luego ya veremos qué se hace con la frecuencia de paso del transporte público. Apuesto a que tendrán que producirse avalanchas de usuarios en el metro, en las estaciones de tren y en las paradas del bus para que entonces se decidan a incrementar el servicio. Esto es como esperar a que se produzcan accidentes mortales en un tramo peligroso de carretera antes de poner los medios para prevenirlos.

De igual modo, se nos está intentando convencer para que el próximo vehículo que adquiramos sea eléctrico, o híbrido enchufable, dejando atrás el anticuado coche a gasolina o gasoil, muchísimo más contaminante. Lo que no nos cuentan es lo que hay detrás de la producción del coche eléctrico y más concretamente de la fabricación de sus enormes baterías, que utilizan materias primas, como el manganeso, que se han convertido en un bien tan escaso y preciado que su explotación, tanto material como humana, recuerda a los “diamantes de sangre”. Pero esto ya es otra historia —no menos importante— que ahora no viene a cuento.

Aparte de que me da la impresión que, una vez más, estamos siendo objeto de una manipulación, tras la que se esconden grandes intereses comerciales, volvemos a encontrarnos en una situación parecida a la del transporte público. El coche eléctrico tiene una autonomía todavía bastante limitada, requiriendo repostar (cargar la batería) cada 300-500 Km, según la marca y modelo. Esto, para alguien que realice unos desplazamientos cortos, no es problemático, pero ¿qué ocurre si nos vamos de vacaciones con el coche y circulamos por las carreteras de toda la geografía española? ¿Cuántos puntos de recarga encontraremos a lo largo de nuestro recorrido? Y luego hay que añadir el tiempo de repostaje eléctrico. Por ahora existen tres tipos de carga: lenta, semi rápida y rápida, con una duración de entre 5 y 8 horas, entre 1 hora y media y 3 horas, y de unos 15 minutos, respectivamente. Indistintamente de sus respectivas características, ventajas y desventajas, siguen sin existir puntos de recarga suficientes. Incluso en el caso —de momento muy poco habitual— de tener uno en el propio domicilio, son muy pocos los puntos que podemos encontrar, incluso en las grandes ciudades. A excepción de disponer de una toma eléctrica en el domicilio, que permite optar por la carga lenta a mucho más baja potencia, en situaciones normales hay que recurrir a la carga rápida, que es la que ofrecen las gasolineras y puntos de recarga en la calle. Cada vez se ven más en estaciones de servicio, en la vía pública y en algunos aparcamientos de los grandes centros comerciales. Pero sigue existiendo, a mi modo de vez, un gran inconveniente. Solo hay que comparar lo que se tarda en repostar en una gasolinera con combustible líquido y en uno de esos puntos de carga eléctrica. Concretamente, en mi población, con 30.000 habitantes, solo existen, de momento, cuatro —de carga lenta, de 8h a 10h, y semi rápida, de 2h a 3h— que siempre están ocupados —salvo, me imagino, a altas horas de la noche y de madrugada—. Esperar a que uno de ellos quede libre requerirá un tiempo no siempre disponible. Y ¿qué haces durante la recarga? ¿Te vas a dar una vuelta o al cine? En un viaje por carretera, parar en un área de servicio para repostar y aprovechar para ir al baño o tomarte un café es algo muy habitual y requiere poco tiempo. Pero si de lo que se trata es de recargar la batería del coche eléctrico, dadas las circunstancias, mejor tomarse un abundante refrigerio, echar una cabezadita o quedarse a comer mientras el coche se va, paralelamente, alimentando. Y ¿qué ocurre si son veinte o treinta los vehículos que requieren enchufarse a la vez?

Volviendo a los viajes de largo recorrido, no quiero imaginarme las tribulaciones de un conductor que haya decidido hacer un viaje de placer por lugares de la tierra patria por los que no discurren autopistas, autovías, ni siquiera carreteras nacionales. ¿Existe un mapa de puntos de recarga para poder planificar el viaje sin contratiempos? ¿Podría recargar mi coche eléctrico cada 400 kilómetros viajando por la cornisa cantábrica, por el pirineo catalán, aragonés o navarro, o por cualquier otra ruta turística?

Si bien en las grandes ciudades debe de haber bastantes puntos (en Barcelona capital hay unos veinte, si no estoy mal informado), el tiempo de espera sigue siendo un gran inconveniente. De momento, con un coche eléctrico habrá que estar planificando concienzuda y constantemente dónde y cuándo lo vamos a cargar. Todavía queda mucho por desarrollar. Nos venden la imagen del coche eléctrico como la panacea y a mí se me antoja como el origen de muchos quebraderos de cabeza para quien lo use con mucha frecuencia y para recorridos alejados de las grandes ciudades, de las principales áreas de servicio y de las grandes superficies que han pensado en esta prestación para sus clientes.

Así pues, muchas veces se empieza la casa por el tejado. Y creo que este es uno de esos casos. Primero apuesta por una nueva modalidad de vida o de movilidad y luego ya se intentará paliar el déficit del servicio público. Primero hay que ver cuántos usuarios siguen las recomendaciones “oficiales” y a continuación se intentará resolver sus necesidades. El primer paso siempre se espera que lo dé el ciudadano, en lugar de que sea la Administración la que dé ejemplo y los anime a usar los medios que ha puesto a su alcance. Tú primero, es la norma. Y ese tú somos siempre nosotros.


martes, 11 de mayo de 2021

Recuerdos

 


La entrada de hoy tiene aires de nostalgia, toques de tristeza, pero creo que se asienta en una base de realidad. Y es que la realidad a veces se viste de muchos colores, incluidos el negro, o el gris. La entrada de hoy va de recuerdos y los recuerdos hacen aflorar sentimientos contradictorios.

Recordar es estar vivo y mantiene con vida a quienes nos han dejado. «Mientras alguien te recuerde seguirás vivo», se dice, y así es. Así que solo dejaremos de existir cuando nuestros descendientes —nietos o bisnietos— abandonen este mundo.

Pero hablemos de vida y no de muerte. Ahora, cuando ya peinamos canas, pero aún seguimos con los pies en este mundo, son muchas las ocasiones en las que, bien casualmente, bien intencionadamente, giramos la vista atrás y nos deleitamos observando imágenes de nuestra infancia y juventud, cuando todavía vivíamos aventuras de un solo día, experiencias colectivas con amigos y familiares, y viajes inolvidables. Viendo esas películas y esas fotos que ya han perdido su color original, experimentamos un abanico de sensaciones. Alegría, pena, quizá incluso amargura al contemplar unas escenas en las que aparecen personas de las que a veces ya nos cuesta recordar su voz.

Ver a nuestros padres, gozando de salud, haciendo de abuelos, y a nuestros hijos, felices, haciendo de nietos, contemplar a aquellos chiquillos que ahora han superado la treintena y que ya nos han hecho abuelos es como saborear algo dulce pero que nos deja un regusto ligeramente amargo. Porque comprobamos que el tiempo ha pasado como un suspiro y tenemos la impresión de que no lo hemos sabido aprovechar. Sentimos el vano deseo de retroceder en el tiempo para volver a disfrutar de aquellos memorables instantes. Pero como ya es imposible, nos contentamos con esas imágenes, sonoras o mudas, que tantos recuerdos nos traen.

¿Porqué nos gusta recordar el pasado, aunque ello nos produzca dolor o cuando menos tristeza? Nos deleitamos en retrasar el reloj y parar el tiempo por unos instantes. Pero ¿es sana esta práctica? ¿No nos hundirá en una melancolía enfermiza? Anclarse en el pasado puede tener serias consecuencias para nuestra salud mental. Revivir tiempos pretéritos no debería ocuparnos más tiempo del justo y necesario para no olvidarlos ni olvidar a nuestros seres queridos. Lo que importa es el presente y, a lo sumo, el futuro inmediato. El pasado ya no existe y el futuro tampoco. Ambas cosas solo están en nuestra mente. ¿Por qué, pues, nos gusta tanto recordar?

Cada cual tiene sus necesidades, sus filias y sus fobias. Del mismo modo, cada uno reacciona de modo distinto a unas imágenes entrañables e incluso dolorosas. Siempre me ha costado entender cómo alguien que ha perdido a un ser muy querido le complace visionar vídeos y fotografías en los que aparece cuando solo han pasado unos pocos días o semanas de su partida. Yo no podría. Hay quien, por el contrario, es incapaz de hacerlo hasta que no se siente preparado para afrontar esa dolorosa experiencia. Piensas en tus padres fallecidos con cariño, los extrañas, pero te duele verlos y oírlos como si fuera ayer que estaban compartiendo contigo ese momento en la playa o celebrando tu cumpleaños. En el otro extremo está ese padre o esa madre que no se cansa de ver, una y otra vez, vídeos de su hijo recientemente fallecido cuando todavía no ha superado todas las etapas del duelo. Ese dolor autoinfligido no me parece adecuado y puede confundirse o solaparse con una actitud masoquista.

Pero volviendo a las situaciones normales, a la de los viejos álbumes de fotos o vídeos caseros, qué es lo que nos empuja a rebuscar entre los momentos de felicidad que, a la vez, nos entristecen por formar parte de un pasado irrecuperable y nos enfrentan a una dura realidad: el asombro al contemplar el envejecimiento físico, hasta el punto de que casi no nos reconocemos en esas imágenes, y la terrible sensación de lo rápido que ha pasado el tiempo. Lo que daríamos para que nuestros hijos volvieran a ser pequeños y para que nuestros padres volvieran a sentarse en la mesa por Navidad. Y siendo esto imposible, nos gusta memorizar esos instantes pasando las hojas de un álbum de fotos a sabiendas que sentiremos una profunda nostalgia y que, al cerrarlo, soltaremos un suspiro de resignación y nos secaremos una lágrima preñada de nostalgia.

Recordar es bueno, porque nos hace sentir vivos y devuelve a la vida a quienes nos han dejado, pero ¿es bueno sufrir viendo o pensando en todo lo que hemos dejado atrás, sintiendo que nuestros días se acercan irremediablemente a su fin y que un día no muy lejano seremos nosotros a quienes buscarán en el álbum de recuerdos familiar?

Sea como sea, me gusta recordar y me gustaría ser recordado.

 

jueves, 22 de abril de 2021

La desastrosa gestión de la información

 


Hoy no malgastaré muchas palabras ni os robaré mucho tiempo, pues el tema que me ocupa es tan simple como llamativo y no requiere, creo yo, de mucha discusión. No va de la información con la que los medios suelen apabullarnos, sino de la mala gestión que se hace de nuestra información y datos que, se supone protegida y veraz.

Hay qué ver; con lo que nos aporta la informática a la hora de facilitarnos ciertas tareas engorrosas, y todavía hay quien la utiliza indebidamente, o no la utiliza, lo que es peor, especialmente cuando debería hacerse de ella el uso esperado y para la que ha sido concebida. Me refiero a Organizaciones, Asociaciones y otras Entidades que, debiendo tener —por lo menos se le supone— una Base de datos de todos sus asociados y clientes, parece ignorarla y caen en la mala práctica de contactar con ellos para trámites o comunicaciones del todo inútiles, por redundantes e innecesarias.

Más concretamente, me refiero a ONG y otro tipo de asociaciones y entidades con carácter altruista, y a empresas de venta por internet que, antes de contactar, telefónica o telemáticamente con sus clientes y asociados, para ofrecerles un producto, pedirles una aportación o cualquier otro tipo de servicio, deberían revisar su Base de datos para evitar importunarlos innecesariamente.

Firmas una petición de apoyo por una causa justa por parte de una ONG y al poco recibes una llamada pidiéndote que te asocies, cuando llevas años siendo un colaborador fijo. En más de una ocasión, sin necesidad de haber firmado nada, he recibido una llamada de una Asociación para darse a conocer y, posteriormente, pedirte que te unas a ella como socio colaborador, cuando ya lo soy. En cuanto a empresas de venta online, he recibido repetidamente correos o anuncios telemáticos ofreciéndome un artículo que ya compré o un viaje que ya realicé hace tiempo. ¿Cómo voy a comprarme otra bicicleta estática o viajar nuevamente a Bruselas si solo hace unos meses que lo hice? ¿Acaso no les queda constancia cuando fueron ellos quienes tramitaron mi pedido?

Y hoy —de ahí que me haya decidido a escribir esta entrada— he recibido un correo electrónico de Amazon ofreciéndome mi libro de relatos “Irreal como la vida misma” que ellos distribuyen en exclusiva. ¿Acaso no me tienen registrado como su autor? Es increíble.

Entonces es cuando me pregunto qué papel juega la informática y las Bases de datos para estas instituciones ¿No actualizan la información que han vertido en ellas? De no ser así, es un despropósito y un disparate. Deberían gestionar muchísimo mejor la información que manejan y recopilan de sus socios —sobre todo— y clientes, pues en muchos casos es, simplemente, desastrosa.

 

sábado, 10 de abril de 2021

¿Armados o desarmados?

 


En los Estados Unidos de Norteamérica, uno de los países aparentemente más avanzados y más demócratas del planeta, se vive, en mi opinión, una situación contradictoria cuando no aberrante. ¿Cómo puede existir un país en el que sus ciudadanos puedan vivir tranquilos y en armonía, en el que, a la vez, las armas corran de mano en mano como si de un juguete se tratara? Rellenando un impreso y abonando unas tasas, cualquier individuo puede adquirir un arma para su “defensa personal”, y ello lo ampara la Ley más venerada: la Constitución. Pero yo me pregunto si, para defender la propiedad privada ante un supuesto intruso o la propia vida ante un agresor es necesario disponer de un arsenal de armas de asalto.

La segunda enmienda de la Constitución de los EEUU (1787), promulgada en 1791, es decir cuatro años más tarde, protege el derecho del pueblo estadounidense a poseer y portar armas de fuego. Los EEUU es uno de los países del mundo con menos limitaciones para adquirir este tipo de armas. Y para asegurar que eso es así, apareció la Asociación Nacional del Rifle para defender a ultranza ese derecho constitucional. Fundada en 1871, es la organización de derechos civiles más antigua de aquel país. Entre sus miembros más destacados figuran, o figuraron, John Wayne, Charlton Heston (quien llegó a presidirla) y Donald Trump, todos ellos republicanos.

Pero todavía es más alarmante la facilidad con la que cualquier sujeto mayor de 18 años (para armas largas) o de 21 años (para armas cortas) puede adquirir un arma de fuego, si bien hay distintos requisitos según cada Estado, siendo en unos más laxos o estrictos que en otros. Son realmente muy preocupantes esas imágenes que hemos visto en más de una ocasión en las que un padre adiestra a su hijo menor de edad —a veces tan solo un niño— en el manejo de un arma de fuego como divertimento y como preparación para hacer frente, en un futuro, a cualquier amenaza potencial según su criterio.

Según The Spectator Index, en el año 2019 se registraron en los EEUU 250 tiroteos, de los cuales 32 pueden calificarse como Mass killings (matanzas masivas) y se calcula que cada año mueren unas 33.000 personas por disparos de armas de fuego, lo que equivale a 93 al día.

No hace falta recurrir a ningún estudio para condenar las muertes por arma de fuego que se producen en ese país de forma indiscriminada y por parte de mentes criminales y/o psicóticas. Todos hemos sido testigos, a través de los telediarios, de tales atrocidades producidas en centros comerciales, lugares públicos, escuelas o institutos de enseñanza media y en el campus de algunas universidades perpetradas por individuos armados hasta los dientes y que, sin motivo aparente, vacían el cargador sobre todo aquel que tiene dos piernas, por mucho que corra o se quede quieto. Es entonces, y solo entonces, cuando todo el mundo se echa las manos a la cabeza horrorizados por tamaña monstruosidad.

Pero al margen de esas mentes perversas y enfermas, los hay que tienen una predisposición innata para sacar a la calle sus armas “reglamentarias” con el objeto de hacer valer sus derechos (véase en la foto del encabezamiento a un grupo armado en señal de protesta por el confinamiento en el Estado de Michigan a raíz de la pandemia por coronavirus).

Parece como si en los EEUU siguiera prevaleciendo la ley del más fuerte, la del lejano y salvaje Oeste, la de quien con un arma en la mano es capaz de atacar a todo aquel, o aquello, que no le gusta, como el reciente asalto al Capitolio en un alarde de violencia gratuita —y para los protagonistas heroica— contra lo que a un grupo de extremistas le pareció injusto, como fue el triunfo electoral de su enemigo político.

Que un descerebrado pueda portar un arma de fuego y usarla a su antojo y que ello esté amparado por una ley que dice defender la libertad de los ciudadanos, no solo es paradójico sino altamente peligroso. Y que armas de gran calibre, diseñadas para ser usadas por la Guardia Nacional y el ejército puedan adquirirse como quien va a comprar una caña de pescar, es algo fuera de toda lógica.

Ha habido varios intentos, el más reciente del nuevo presidente del país norteamericano, Joe Biden, para controlar este tipo de armas, pero, hasta ahora, todos han fracasado estrepitosamente y se han encontrado con la gran oposición de una mayoría de ciudadanos que priman sus derechos civiles a ir armados por encima de muchas vidas humanas inocentes.

La venta de armas mueve mucho dinero, quizá luchar contra ello sea como luchar contra un tsunami, que todo se lo lleva por delante y luego, cuando el terreno ha quedado totalmente devastado, llegan los lamentos.

La violencia genera violencia. Cuantos más ciudadanos se armen, mayor será la necesidad que sentirá el resto para protegerse. Si tú te armas, yo me armo, por si acaso. Es la pescadilla que se muerde la cola. Una pescadilla perversa que vive en un hábitat enfermo.

Comprar un arma para defenderse de cualquier agresión significa que quien debe defendernos —policía, cuerpos de seguridad y autoridades en general— no hacen bien su trabajo. Parece lógico que quien se siente desprotegido, se proteja a sí mismo y a su familia, pero hay que dejar esta labor en manos de personal competente y preparado. Aunque vista la labor —o debería decir brutalidad— policial en los EEUU, uno ya no sabe en qué manos ponerse para sentirse seguro.

Este es otro dilema que debería resolverse cuanto antes y con un amplio consenso: ¿armados o desarmados? Esa es la cuestión.

 

jueves, 25 de marzo de 2021

A pesar de todo, la vida continúa

 


Los que intentamos vivir con los pies en el suelo, anclados en lo que consideramos una vida lógica, basada en el sentido común, cada vez más exiguo, más tocado, más deteriorado, nos vemos obligados a ser espectadores pasivos de hechos que nos sobresaltan y que, por desgracia, son cada vez más frecuentes y escandalosos.

Desde que el mundo es mundo y el hombre es hombre, siempre ha habido injusticias protagonizadas por ese hombre que se ha erigido como el salvador de la humanidad, pero que, en realidad, no es más que un depredador omnívoro, que lo devora todo sin piedad y solo pensando en su propio beneficio. Y a la gente de bien, entendiendo como tales los que desean vivir en paz y en armonía en ese mudo utópico donde todos los seres humanos tienen los mismos derechos y oportunidades, no les queda más remedio que asumir la imperfección que domina el mundo real. La impotencia por cambiar ese mundo hostil nos obliga a vivir en la resignación, esperando que no seamos de los que sufren las injusticias y los males que nos acechan.

Vivimos sometidos a todo tipo de presiones y calamidades. A la dificultad “natural” de sobrevivir en una sociedad tan materialista, hay que añadir males de toda índole y origen. El cambio climático que está devorando las zonas ecológicamente más ricas del planeta. Los incendios, provocados por la codicia de los poderosos, o bien por ese cambio climático que ellos mismos están permitiendo, cuando no causando, están arrasando zonas que deberían estar protegidas. Las pandemias naturales, que siempre se ceban en los más desfavorecidos, a los que las ayudas, en cantidades insuficientes, solo llegan cuando los ciudadanos del primer mundo ya han salido airosos. Los disturbios y la violencia provocada por las injusticias sociales, especialmente en países dictatoriales, que van en aumento. La progresión de los extremistas xenófobos que una malentendida tolerancia les abre las puertas a los parlamentos más democráticos. La hipocresía y la manipulación por parte de algunos medios y de determinados partidos políticos que solo pretenden alcanzar el poder del modo que sea. Los políticos que nos defraudan constantemente, dando una imagen impropia de quienes deben velar por el bienestar de la sociedad. La corrupción masiva, que alcanza cotas increíbles y contra la que resulta muy difícil, cuando no imposible, luchar. Y, en definitiva, la impotencia de quienes observan, perplejos, tanta incoherencia, insensatez e irracionalidad da vía libre a que sus autores sigan actuando en beneficio propio y que nadie se atreva a pararles los pies.

¿Quién va a enfrentarse a los poderes fácticos sin tener un respaldo que le asegure el éxito? ¿Quién le parará los pies a Putin y a tantos reyezuelos que ostentan el poder con mano de hierro y con las manos manchadas de sangre? ¿Quién puede detener la política de asentamientos en tierras palestinas de Netanyahu, con el apoyo de los EEUU? ¿Quién puede acabar con el radicalismo islamista? ¿Quién, en definitiva, puede luchar contra los elementos?

Muchas de esas injusticias y atrocidades las vemos de lejos. Guerras, persecuciones, genocidios, migraciones, hambruna, y un largo etcétera, inundan los telediarios. Otras, en cambio, las vivimos muy de cerca, aunque tengamos la suerte de no sufrirlas en nuestras carnes, como el paro, el despilfarro, la corrupción generalizada, los intereses económicos por encima de los sociales, la hipocresía de los políticos que se dicen progresistas pero que actúan como la derecha liberal, permitiendo que fondos buitre desalojen a la fuerza a ciudadanos que viven en la precariedad, prometiendo medidas y ayudas que nunca llegan o lo hacen mal y demasiado tarde. El incumplimiento de los programas electorales y las alianzas postelectorales entre partidos a priori no afines y coaliciones antinaturales, están en el orden del día. Por no hablar del transfuguismo y la compra descarada de votos. Políticos que abandonan su partido, pero no el acta de diputado, conservando su poltrona en el parlamento autonómico o central. Divisiones, peleas, broncas vergonzosas e indignas de quienes representan, o dicen representar, a los ciudadanos.

Se ha hablado repetidamente del uso cada vez más acentuado de ansiolíticos y antidepresivos en nuestro país. No es extraño. Algunos lo achacan al confinamiento al que nos hemos visto sometidos por la pandemia. Es posible. Pero esto ya viene de lejos, no es algo novedoso. Yo más bien creo que el origen está en la desmoralización de muchos trabajadores que ven, impotentes, la pérdida de sus puestos de empleo, el cierre de muchas empresas, el negro horizonte que les espera y la falta de oportunidades de muchos estudiantes, que deberán emigrar si quieren sobrevivir a esta crisis.

Toda esa amalgama de situaciones y sensaciones adversas no pueden dejarnos indiferentes, pero tampoco debemos, por nuestra salud mental, hundirnos en la desesperación. Nuestros padres y abuelos vivieron y superaron una guerra civil y las penurias que de ella se derivaron. Todo ello dejó una huella indeleble y en algunos casos una herida muy profunda, pero salieron adelante. Porque la vida continúa.

Si algo deberíamos aprender de todas estas “agresiones” externas, es que podemos resistir a sus embates. Lo mejor que podemos hacer es no sucumbir a la desesperación. A eso se le llama resiliencia.

Si el ser humano sigue habitando este planeta después de tantos milenios es porque ha sabido adaptarse a los cambios naturales y a dominarlo en pro de su supervivencia. Solo espero que las futuras generaciones aprendan de esta crisis que ahora estamos sufriendo para salir airosos de ella y que sepan y puedan revertir esos cambios antinaturales que el hombre moderno ha introducido para explotar un planeta que necesita para sobrevivir. Porque la resistencia del planeta Tierra tiene un límite y este se está acercando peligrosamente. Y una vez restablecido el orden natural del planeta, que se pongan de inmediato manos a la obra para lograr también ese orden mundial que todos necesitamos.

De todos modos, a mi edad no me quedan muchas esperanzas ni oportunidades para ver grandes cambios. Solo puedo resignarme a contemplar cómo se desarrollan los acontecimientos y no abatirme más que lo justo y necesario. Porque, insisto una vez más, a pesar de todo, la vida continúa.


lunes, 22 de marzo de 2021

Josep Baselga. In Memoriam

 


Hoy tenía previsto publicar una de mis típicas entradas, con ese poso crítico que las caracteriza, pero me he visto obligado a hacer un paréntesis para intercalar esta, dedicada a un hombre de ciencia que acaba de dejarnos a la temprana edad de 61 años.

Desde estas líneas quiero, en primer lugar, lamentar su pérdida como consecuencia de un grave trastorno degenerativo cerebral conocido como enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, y en segundo lugar agradecerle su aportación a la oncología. Él, que ha salvado tantas vidas, no ha podido salvar la suya.

Josep Baselga i Torres, nacido en Barcelona el 3 de julio de 1959, fue el Jefe de Servicio del Departamento de Oncología Médica, Hematología y Oncología Radioterápica del Hospital Universitario Vall d’Hebrón de Barcelona desde 1996 hasta 2010. Entre su dilatado currículum figura haber ocupado, entre 2013 y 2018, la dirección médica del hospital Memorial Sloan-Kettering de Nueva York, considerado el mejor centro mundial en investigación oncológica. Pero entre sus aportaciones médicas a la oncología hay que resaltar lo que me ha llevado a dedicarle estas líneas.

El Dr, Baselga apostó desde sus inicios por los mecanismos biológicos de las enfermedades y más concretamente del cáncer, enfocando sus investigaciones en lo que se ha dado en llamar la medicina personalizada. Dicho enfoque fue fundamental a la hora de desarrollar medicamentos que han acabado siendo introducidos en la práctica médica habitual, cuando muchas compañías farmacéuticas dudaban de su viabilidad. El fármaco más representativo es el anticuerpo monoclonal trastuzumab, que ha contribuido a salvar muchas vidas humanas en pacientes con cáncer de mama de tipo HER2, entre los que me encuentro.

Ahora, y durante un largo periodo de tiempo, corre y correrá por mis venas ese fármaco cuyo desarrollo este prestigioso oncólogo impulsó gracias a su visión de futuro.

Muchas gracias al doctor Josep Baselga en nombre de todos los que se han visto favorecidos por sus conocimientos y en el mío propio. Son ya muchos los oncólogos en nuestro país que han tomado el testigo de su perseverancia e ingenio. De momento, gracias a él, el trastuzumab sigue siendo uno de los tratamientos de elección en el cáncer de mama.

 

viernes, 12 de marzo de 2021

¿Mala costumbre o mentira piadosa?

 


En más de una ocasión he echado el freno justo antes de publicar una de mis “criticas sociales”, como me gusta llamarlas, por temor a incomodar o disgustar a algunos de mis lectores, al sentirse indirectamente señalados. Estoy casi convencido de que hace años perdí a unos cuantos seguidores por ello. En aquella ocasión fue por criticar la actitud de los que solo te leen si les lees, como si lo de la lectura de otros blogs estuviera sujeta a un obligado quo pro quid y no a la libertad de elección o al tiempo disponible para ello.

Esta es una de esas ocasiones en las que he estado tentado de borrar todo lo escrito para evitar un malestar a quien se vea reflejado. Pero como, de hecho, ninguno de mis más fieles seguidores ha cometido —que yo sepa— el pecado que voy a señalar, he decidido liarme la manta a la cabeza y que sea lo que Dios quiera. ¿A qué pecado me refiero? Al de la mentira. Y al decir esto me siento como el sacerdote en lo alto del púlpito culpando de pecadores a los fieles que le escuchan desde el banco de la iglesia y señalándolos con su dedo acusador. Pero más que acusar, lo que deseo aquí y ahora es desahogarme de algo que vengo observando desde hace mucho tiempo.

Hay cosas que no entiendo y que me irritan sobremanera, y no solo por esa falta de comprensión por mi parte, sino por la hipocresía que encierran. En alguna ocasión he hablado de las contradicciones e incoherencias que vemos a menudo a nuestro alrededor y que incluso nosotros mismos hemos protagonizado. Somos humanos y pecamos de falta de sinceridad cuando nos sentimos forzados a ello. Pero la hipocresía gratuita, la no obligada por las circunstancias, es lo que más me subleva.

Convendréis conmigo que a veces hemos tenido que mentir para no herir a alguien cuando nos ha hecho una pregunta cuya respuesta, de ser totalmente sincera, le produciría dolor. Eso es lo que se define como mentira piadosa, una mentira que se dice por compromiso, como cuando alguien te pregunta si crees que ha envejecido más de la cuenta, si está guapa, si le queda bien un vestido, etc., esperando una respuesta benévola en el primer caso y positiva en los otros dos. En esas situaciones nos parecería cruel decir: «Pues sí, tío, te veo muy decrépito para tu edad»; o bien: «Mujer, guapa lo que se dice guapa…pues no»; o, ya en plan más duro: «Pues ya que lo preguntas, te queda fatal, no he visto en mi vida una cosa tan horrible».  En su lugar, solemos optar por algo que no nos comprometa o que no ofenda: «No, hombre, yo no te veo tan viejo como dices» o «Claro que estás guapa» o «Te sienta bastante bien», sin necesidad de pasarse al lado más hipócrita, como sería decir: «Pero si estás hecho un chaval» o «Estás guapísima, como siempre» o «Te sienta estupendamente, como todo lo que te pones», para luego, a sus espaldas, dejarlos hechos un guiñapo.

Insisto, pues, en que a veces nos hemos visto obligados a decir esas mentiras piadosas, en cierto modo forzados por quien pregunta, algo que se ha convertido en una costumbre, casi una norma de cortesía. Pero si dijéramos esta sarta de mentiras sin venir a cuento, sin que se nos pidiera la opinión, por iniciativa propia, ya sería una hipocresía extrema, rayando el cinismo.

Y aquí entra mi crítica de hoy, referida a un comportamiento que, como he dicho, llevo observando desde hace mucho tiempo y que, supongo, también afecta a más de uno en mi situación.

Los que me conocéis, sabéis que tengo una recopilación de relatos publicada desde hace algo más de cuatro años, que lleva por título Irreal como la vida misma y que —dicho sea de paso— está disponible en Amazon. He dicho en más de una ocasión que la peor parte, para mí, de esta “hazaña” ha sido su promoción, bien a través de mis blogs, de Facebook, Twitter e Instagram. Sencillamente, me resulta violento tener que dar la tabarra, una y otra vez, para dar a conocer este libro y, de ese modo, animar a mis seguidores a que lo adquieran y, por supuesto, lo lean. No soy el único que usa este método para publicitar sus libros autoeditados, a falta de una editorial. No hay otra forma. Es lo que hay. En cada ocasión que lo he hecho, me he prometido que sería la última, pues me duele pensar que me puedan tachar de pesado. «Otra vez con su libro de marras, qué cansino».

Pero, al margen de esta autopublicidad, he tenido la gran suerte de que varias compañeras y compañeros que sí han leído esta recopilación y que son propietarios de un blog, han tenido la deferencia de dedicarle una reseña, algo que es de muy agradecer por cuanto que han obrado libremente, sin que les haya pedido hacerlo.

Pues bien, en cada una de esas reseñas —todas muy positivas y quiero creer que sinceras—, algunos de sus lectores, quienes no sabían de mí ni de mi libro, han dejado comentarios mostrando un claro —que no sincero— interés por hacerse con un ejemplar. Algunos, incluso, parecían ansiosos por hacerlo y daban a entender que lo harían de inmediato, cosa que no ha llegado a suceder, salvo en una ocasión, que yo recuerde y porque era alguien que sí me conocía. ¿Por qué fingir un interés que no existe? ¿Por qué afirmar algo que no se cumple? ¿Es una mentirijilla para quedar bien? ¿Algo que todo el mundo hace y no pasa nada? Para mí es una falta de seriedad, incluso de educación, tanto hacia el autor de la reseña —con el que pretenden quedar bien— como del libro, algo que no viene a cuento y que, a individuos crédulos e ingenuos como yo, les jode (con perdón), porque da una alegría que luego se convierte en decepción. Si no te interesa un libro, por el motivo que sea, por muy buena calificación que le haya otorgado quien ha hecho su reseña, no pasa nada, omites hacer un comentario. En el caso en que te sientas obligado a comentar algo, por tu buena relación con el autor de la crítica, puedes ser ambiguo, irte por los cerros de Úbeda. Eso es siempre mejor que mentir, pues esa mentira es hipocresía gratuita.

Por mucho que alguien te diga que vale la pena leer ese o aquel libro, no estás obligado a creerle, ni mucho menos a comprarlo, pero, por lo menos, no digas que lo vas a hacer. Porque el pobre autor que espera ver hecha realidad su ilusión, acabará comprobando de que todo ha sido, una vez más, un farol.

Por favor, abandonad esa arraigada costumbre de mentir para quedar bien. Las mentiras piadosas solo son para los que las quieren oír, no para los que queremos saber la verdad.