jueves, 11 de junio de 2026

¿Qué tiempo hará?


Quien más quien menos siente interés por saber qué tiempo va a hacer en un momento y lugar que tiene reservado para viajar o simplemente pasar el fin de semana. Y para satisfacer esta curiosidad (a veces incluso necesidad si se viaja por obligación) están los meteorólogos, hombres y mujeres especializados en estudiar e informar sobre los cambios climáticos, día a día, a través de los programas de televisión que tienen una sección dedicada a ello.

Aunque la meteorología es una rama de la Física y, por lo tanto sus estudiosos son científicos, no está exenta de errores en la previsión del tiempo que hará, incluso a corto plazo. A mí no deja de sorprenderme que esta ciencia, que debería ser exacta, no pueda vaticinar algo que ocurrirá en una zona restringida del planeta, como sería nuestro país, con algo más de 500.000 Km2, a tan solo una semana, o menos, del día que nos interesa.

Pero no voy a cuestionar a unos científicos ni a una ciencia que, por mil razones, no puede ser tan exacta como las matemáticas, pues el planeta y su entorno están sujetos a variaciones muchas veces inesperadas. Lo que sí me subleva es el no reconocimiento del cambio, muchas veces notorio, de lo que se dijo ayer y lo que se dice hoy. Casi nunca he visto u oído a un/a meteorólogo/a comentar ese cambio repentino de previsión; parece que la amnesia les ha hecho olvidar lo que dijeron que ocurriría 24 o 48 horas antes, de modo que presentan la nueva previsión como si jamás hubiera cambiado.

Yo veo a diario las telenoticias de la noche en la TV3, al término de las cuales hay un espacio dedicado a la previsión del tiempo para el día siguiente y los próximos cinco días. Pues bien, si un martes, se pronostica un sol radiante para el fin de semana en la Costa Brava (mi lugar de descanso), el jueves resulta que el sábado y domingo siguiente estará nublado y el viernes resulta que el sábado estará nublado pero el domingo lloverá. Así pues, mi cabreo es mayúsculo y, en mi arrebato, llego a insultarlos, exigiendo que entreguen su título y vuelvan a la Universidad.

Hasta aquí, lo dicho es pura anécdota, no exenta de verdad, pero tenemos que ser tolerantes y no exigir a estos profesionales lo que ni las mediciones más estrictas son capaces de acertar, fuentes estas de las que extraen la información que luego hacen pública.

Y como casi siempre hago en mis disquisiciones y críticas en este blog, esta vez también he incluido una larga introducción al tema que en realidad me molesta, y es la discrepancia en la previsión entre distintas aplicaciones meteorológicas.

Yo, concretamente, uso dos de estas aplicaciones: AccuWeather y más recientemente, Aemet. En ambas se puede consultar la previsión a tiempo real, por horas y por días. La primera es la que más utilizo porque detecta tu ubicación automáticamente, estés donde estés. En la segunda, en cambio, tienes que seleccionar la población que te interesa. Pues bien, en un mismo momento, una puede indicar que va a empezar a llover al cabo de 20 minutos, por ejemplo, y cuándo se espera que termine, y la otra, en cambio, indica sol durante todo el día. En lo único que coinciden es en la temperatura, grado arriba, grado abajo.

Pero el summum de la inoperancia, más que de la inexactitud, la sufrí hace un año aproximadamente, un viernes, camino de nuestra segunda residencia en la Costa Brava. Circulábamos por la autopista AP-7 dirección Girona (la de los frecuentes accidentes y embotellamientos) y a la altura del macizo del Montseny (que siempre que miro su cumbre, me trae a la mente el monte Sinaí, porque suele estar cubierto de nubes como si albergara una zarza incandescente), vimos más adelante unos nubarrones negros muy amenazantes (casi parecía una imagen de ciencia ficción) y al poco descargó una lluvia tan intensa que el limpia parabrisas no daba abasto, seguida de una granizada que hacía temer la rotura del parabrisas y la abolladura de la carrocería. Ante ello, nos detuvimos, como hicieron otros vehículos, bajo un puente, arrimados al máximo a la cuneta a la espera que amainara. Y entonces se me ocurrió consultar AccuWeather para ver cuándo acabaría ese diluvio, que no estaba previsto de antemano. Mi sorpresa fue enorme: la previsión en esa zona y en ese momento era de sol con nubes.

¿Para qué sirven, pues, esas aplicaciones si no son fiables? Y, en términos generales, ¿cómo puede ser que con tantos adelantos tecnológicos, hayan aplicaciones que nos fallan cuando más las necesitamos?

Desde entonces, aunque sigo pendiente de las previsiones del tiempo (soy un animal de costumbres fijas), más por curiosidad que por credibilidad, el sistema que más practico es el más antiguo y fiable: mirar al cielo, ver qué tiempo hace y obrar en consecuencia.

 

jueves, 28 de mayo de 2026

Tú sí, tú no

 


Si bien el reparto de la riqueza en nuestro planeta sigue un cauce sumamente injusto y desequilibrado y no existe ninguna regla (por lo menos escrita) para corregir ese desajuste inmoral, los amos del mundo, esos que ostentan el poder absoluto sobre los demás mortales, sí tienen sus reglas a la hora de distribuir, o mejor dicho otorgar su permiso para que algunas potencias con capacidad nuclear puedan disponer de un arsenal que podría acabar en cuestión de minutos con la vida en nuestro planeta.

Así pues, mientras existen países que pueden poseer y desarrollar estas armas tan mortíferas, a otros no se les permite. Obvia decir que nadie debería disponer de ningún tipo de armas nucleares, en lugar de permitírselo a unos y negárselo a otros, por una cuestión de simpatía o antipatía, aunque camuflada por intereses espurios.

El “Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares” (TNP) firmado en 1968, reconoce el derecho a poseerlas a solo cinco países: Estado Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. Estos cinco “Estado reconocidos” son aquellos que ya habían fabricado y probado un dispositivo nuclear antes del 1 de enero de 1967. Los más de 190 países restantes que han firmado el TNP se comprometen a no desarrollar ni adquirir armamento nuclear a cambio de poder utilizar tecnología nuclear con fines civiles pacíficos, lo cual se controla mediante supervisiones llevadas a cabo por el “Organismo Internacional de Energía Atómica” (OIEA).

Se nos dice que el mundo necesita un control para evitar una catástrofe nuclear. Se nos habla de tratados, de reglas, de responsabilidad, pero uno se pregunta: ¿Por qué algunos pueden y otros no? ¿Hasta en esto hay países de primera y países de segunda? ¿Quién dice “tú sí y tú no”? ¿Y por qué?

Israel nunca firmó el TNP, no permite inspecciones y, sin embargo, posee uno de los arsenales nucleares más importantes del mundo, aunque no lo reconozca oficialmente. Así pues, comprobamos que no existen unas reglas universales, pues de haberlas serían iguales para todos. Por lo tanto, el problema no es solo nuclear sino político y moral. Y al igual que Israel, otros países, como India, Pakistán y Corea del Norte poseen armamento nuclear operando también fuera de dicho tratado. ¿Por qué esa tolerancia?

Un mundo donde unos pueden armarse hasta los dientes y otros ni siquiera pueden investigar en energía nuclear sin ser sancionados, no es un mundo seguro y es un mundo desigual.

El impacto de un solo dispositivo de este tipo equivale a destruir una ciudad entera, provocando millones de víctimas y daños ambientales y climáticos irreparables a largo plazo, de lo que ni un bunker nos puede proteger.

Por mucho que existan organismos controladores para frenar su propagación y mitigar sus riesgos, como la ONU y la OIEA, nunca estaremos seguros de que algún descerebrado, con ínfulas de ser “el puto amo”, se le ocurra darle al botón nuclear (tenga la forma que tenga) justificándolo, como ya es habitual, con la excusa de la existencia en un país del “eje del mal” de armas de destrucción masiva.

De momento, todo son amenazas, pues habría que estar muy loco para mandar a paseo el planeta entero. Esperemos que nunca se pase del dicho al hecho.

Se le atribuye a Albert Einstein la siguiente frase: “No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se peleará con palos y piedras”. Esperemos que no fuera un adivino en esta cuestión.

 

jueves, 21 de mayo de 2026

Los reencuentros

 


Algo que debería ser eminentemente festivo, puede resultar un quebranto emocional. Y es que los años no pasan en balde. Todos envejecemos a la vez (aunque haya quien acuse el paso del tiempo más que otros) pero parece como si creyéramos que sólo envejecen los demás. Cuando nos encontramos con alguien al que habíamos perdido de vista largo tiempo, entonces nos percatamos de lo mayores que somos. Parece como si al contemplar el envejecimiento ajeno despertáramos a la dura realidad. Las reglas de tres no engañan, si él es viejo y yo tengo su misma edad, luego yo también soy viejo.

Como nos miramos al espejo a diario, nuestros cambios, lentos y graduales, nos pasan más desapercibidos que los de los demás, especialmente en aquellos a los que sólo vemos de tarde en tarde. Y si el salto del tiempo desde un encuentro a otro es de muchos años, el efecto puede ser devastador.

En dos ocasiones he vivido una experiencia semejante; la primera en un encuentro de antiguos alumnos de bachillerato, y la segunda, más recientemente, de excompañeros de trabajo, y en ambas ocasiones fueron más de veinte los años transcurridos desde la última ocasión en que nos vimos.

En la segunda experiencia ya iba psicológicamente preparado, pero en la primera experimenté un shock emocional casi traumático. Con dieciséis años nos separamos y con más de cuarenta nos reencontramos. Canas en muchos, calvicie incipiente en otros y arrugas (o líneas de expresión como a muchos gusta llamar) por doquier, algo normal como la vida misma, pero inesperado por quien todavía, al cerrar los ojos, ve a aquellos muchachos adolescentes. El reloj se ha parado en las mentes, pero no en los cuerpos. Incluso hubo a quien no reconocí hasta que se presentó. Pero el caso más insólito fue el de un individuo que, acompañado por su pareja, apareció en el restaurante donde celebrábamos el encuentro cuando ya íbamos por el segundo plato. Nadie, absolutamente nadie supo quién era. Ni se presentó, ni nadie le preguntó para no quedar mal. Llegamos a pensar que se había equivocado de evento, pero de ser así se habría percatado de su error y habría abandonado el lugar. ¿Pudo ocurrir que, de tan cambiado que estaba, nadie le reconoció? Todo un misterio.

Con esta experiencia previa, el segundo encuentro, que tuvo lugar cuando ya me había jubilado, como ya estaba mentalmente preparado y, aunque también hubieran transcurrido veintitantos años, los cambios físicos, aunque notables, no tenían por qué ser tan brutales, mis temores residían en no ser reconocido o, peor aún, recordado, y no sólo por el aspecto físico sino por la poca o nula huella que hubiera podido dejar en la mente de aquellos compañeros y compañeras con lo/as que compartí más de diez años de vida laboral.

Lógicamente, hubo de todo. Hubo quien no me reconoció a la primera, hubo quien me reconoció, pero no recordó mi nombre y hubo quien no supo quién era simplemente porque no coincidimos mucho tiempo en la Empresa, siendo todo ello recíproco.

Lo que sí hubo, y hay siempre en este tipo de acontecimientos, es esa sensación placentera que produce la reunión (etimológicamente, volver a unir) con viejos (en el sentido de antiguos) compañeros de fatigas aunque pueda subyacer el sabor amargo que deja el tiempo pasado e irreversible, la nostalgia de una etapa de juventud o de madurez irrecuperable, el sabor agrio que deja el paso de los años al ver convertido en casi un/a “anciano/a venerable” a aquel hombre o mujer maduro/a y vital, y, por otra parte, el malestar, todo hay que decirlo, de ver cómo derrocha simpatía quien se comportó de forma mordaz e indebida contigo. Sonrisas falsas y conductas hipócritas y quién sabe si una cierta amnesia que le impide recordar cuán mezquino fue en más de una ocasión. Y, por si fuera poco, tener que sentarte a la misma mesa y escucharle contar con sorna algunas anécdotas que no tienen ni pizca de gracia, pero que al resto de comensales les hace reír, probablemente en un acto hipócrita, sobre todo de los que en su día fueron (y siguen siendo) unos lameculos.

Pero el tiempo, tan implacable para lo malo de la vida, tiene, a la vez, un efecto balsámico, pues si no cura todos los males, sí los suaviza y generalmente no suele dejar un lugar preponderante para el rencor. Aun así, no me han quedado ganas de asistir a ningún otro reencuentro (y ha habido alguna propuesta) que pueda repararme alguna que otra incomodidad, sea del tipo que sea. Prefiero dejar el pasado intocable. Como dice el refrán: agua pasada no mueve molino.

Así pues, esos reencuentros no sólo sirven para reunirse con antiguos amigos y compañeros de fatigas sino para hacer frente a los fantasmas del pasado. Y como a mí no me gusta verme con fantasmas (en todas sus acepciones), evito su presencia. Desde hace tiempo solo me reúno con esos amigos que, por mucho tiempo que pase, siguen estando ahí y con los que mantengo la misma afinidad de cuando les conocí.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

La humildad del sabio

 


¿Será que cada vez hay menos sabios en nuestra sociedad? Lo digo porque una de las cualidades que se les atribuyen, la de saber rectificar, brilla por su ausencia. Salvo algunos honrosos ejemplos que solo vemos en la aparentemente trasnochada sociedad oriental, nadie que se precie se digna hoy en día a reconocer sus errores, y menos públicamente. Las palabras se las lleva el viento y la amnesia viene a reemplazarlas. Si errar es humano (en esto parece que todos estamos de acuerdo, sobre todo el que yerra, quizá porque es la mejor de las excusas), ¿por qué hay tanto reparo en reconocer nuestros errores? Parece que sólo se equivocan los demás, que por eso son unos inútiles. Se ve la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.

Pero lo peor es que la falta de rectificación no se debe a la vergüenza (sentimiento humano muy comprensible) de tener que reconocer públicamente que uno se ha equivocado. No, lo verdaderamente lamentable es que el motivo de esa omisión es el orgullo, la soberbia, al no querer reconocer un fallo y perder, con esa actitud ejemplar, el prestigio, el dominio, la superioridad de los que viven en su particular torre de marfil.

No me interesan los sabios orgullosos. Para mí no hay nada ni nadie mejor que un sabio humilde. Así que prefiero sustituir lo de “rectificar es de sabios” por algo así como “el sabio humilde es dos veces sabio”.

Por lo tanto, si la humildad es un bien escaso, como creo, la sabiduría también está en crisis.

 


sábado, 9 de mayo de 2026

¿Puede la cultura producir una dislocación vertebral?

 


Creo haber dicho en más de una ocasión que, entre mis defectos, que tampoco es que sean muchos, está el perfeccionismo, o quizá debería decir la quisquillosidad, cuando observo algo que considero fuera de lo normal, siempre y cuando me produzca una cierta incomodidad, por pequeña que sea. Y lo que hoy aquí critico será una nimiedad, pero me extraña que nadie haya, aparentemente, reparado en ello, y que sus responsables no hayan puesto remedio por el bien de nuestras vértebras cervicales.

En una sociedad como la nuestra, en la que todo, o casi todo, está regulado, estandarizado; donde existen múltiples normativas, entre las que podemos incluir las normas UNE, ISO, las PNT o SOP, en su versión anglosajona; donde tenemos manuales de instrucción para todo, o casi todo, yo me pregunto y no paro de preguntarme ¿por qué demonios nadie, o casi nadie, con poder de decisión, en concreto las editoriales, la asociación de autores, la de consumidores, la de traumatología, o quienquiera que desee preservar en buen estado las vértebras cervicales de la población lectora, ha pensado en normalizar la orientación en la que debe imprimirse el título y el nombre del autor en el lomo de un libro?

¿Os habéis percatado de este inconveniente o bien estáis tan acostumbrados que no habéis reparado en ello? De todos modos, ¿no os resulta de lo más incómodo, por no decir molesto e incluso mareante, tener que estar inclinando constantemente el cuello, ahora a la derecha, ahora a la izquierda, para leer el lomo de los libros que yacen en las estanterías de las librerías y bibliotecas?

Claro que todo, o casi todo lo malo en esta vida también puede tener su lado positivo. Imaginémonos por un momento que en una librería se encuentran, frente al mismo tramo de estantes, un chico y una chica buscando un libro y estando muy cerca el uno de la otra, casi rozando sus hombros, inclinan de pronto sus cabezas hacia un mismo punto central y zas, una colisión craneal les produce, al instante, un dolor intenso que, a los pocos segundos se transforma en una sonrisa complaciente y de disculpa. Y ya puestos a imaginar, quién sabe si un poco más tarde esos dos jóvenes amantes de la lectura se están riendo de esa anécdota en el bar más próximo a la librería que les ha unido gracias a la cultura y a la inoperancia de los órganos reguladores.

Visto así, quizá será mejor dejar las cosas como están y que sea lo que Dios, o Cupido, quiera.


martes, 21 de abril de 2026

Reseñas falsas

 


Me da la impresión de que son muchos los que suelen consultar las reseñas que se publican en torno a establecimientos en general y a restaurantes y hoteles en particular. Yo no soy uno de ellos porque simplemente no me fio de su veracidad. ¿Cómo se explica que de un mismo “producto” haya opiniones radicalmente opuestas? A un cliente le ha parecido excelente y a otro un desastre. ¿Quién de ellos miente?

Hay una frase que dice que “cada uno cuenta la feria según le va”. Y es muy cierto. Dos personas han acudido, por ejemplo, a la misma fiesta y a uno le ha parecido soberbia, se lo ha pasado en grande, mientras que a otro le ha resultado sumamente aburrida y el ambiente nefasto. ¿Es cuestión de suerte? Muchos factores pueden haber influido para esta disparidad de opiniones. Pero ¿cómo puede ser que la comida que ofrece un restaurante sea excelente o la habitación de un hotel magnífica, y para otro cliente ese mismo restaurante ofrezca una comida vomitiva o ese mismo hotel disponga de cuchitriles como habitaciones? Lo más probable es que no sea verdad ni lo uno ni lo otro y que detrás de esas afirmaciones se escondan intereses inconfesables. Así pues, estamos frente a Reseñas falsas.

Las reseñas falsas son valoraciones fraudulentas, positivas o negativas, diseñadas para manipular la reputación de un establecimiento online, prohibidas por la normativa de la UE y España (Real Decreto-ley 24/2021) al considerarse prácticas comerciales engañosas. Se pueden combatir denunciando en Google, presentando alegaciones profesionales y, en casos graves, emprendiendo acciones legales por difamación. 

Según los expertos, para identificar una reseña falsa, hay que buscar patrones sospechosos, como nombres genéricos, perfiles sin historial, lenguaje extremadamente vago o exagerado (tanto positivo como negativo) y muchas evaluaciones positivas o negativas en muy poco tiempo. Hay que desconfiar si la reseña carece de detalles específicos de la experiencia o si menciona productos de la competencia.

Según un estudio realizado por Skeepers y la London School of Economics, hasta el 95% de los consumidores tiene en cuenta las reseñas online antes de realizar una compra, reservar una habitación de hotel, ir a un restaurante o asistir a un evento. 

Todo ello indica que hay desaprensivos que no dudan en calumniar si reciben una buena recompensa por ello. Existen empresas que contratan a reseñadores para que publiquen una crítica sobre un determinado establecimiento, sin haber puesto un pie en él. Y la compensación económica es directamente proporcional a la longitud del texto y a la locuacidad del mismo. Y del mismo modo, hay quienes se ofrecen públicamente para esta práctica a cambio de unos honorarios que indican en su oferta. Y esta práctica es públicamente abierta, es decir no se oculta ni enmascara, lo que la hace todavía más escandalosa.

Así pues, no podemos fiarnos de lo que se publica en las reseñas y solo el consejo de alguien conocido y fiable en sus gustos puede sacarnos de dudas.

Parece mentira como la cada vez mayor competitividad entre empresas genere este tipo de actividad comercial tan inmoral, pues hay empresas (generalmente pequeños comercios) que han tenido que cerrar por culpa de tales reseñas falsamente negativas. Tanto el contratador como el contratado para publicarlas están faltando a la verdad y dañando a un competidor que hace tan bien su labor que provoca el rencor de ciertas empresas que son incapaces de sobresalir por méritos propios.

Cualquier actividad fraudulenta e inmoral debe estar penada por la ley, una ley que si bien establece su prohibición, dudo mucho que se aplique, de lo contrario no abundarían este tipo de actividades ilegales. Parece como si se cumpliera la máxima que dice que ”hecha la ley, hecha la trampa”.

 

martes, 31 de marzo de 2026

¿Amor de padre cristiano?

 


Supongo que con tan solo leer el título de esta entrada ya adivináis de qué va el tema que hoy traigo hasta aquí, pues ha sido una noticia no solo actual sino además muy relevante para los que creemos en el derecho a una muerte digna.

Permitidme, antes de entrar en materia, que os cuente una anécdota de hace ya unos cuantos años.

Estaba yo por aquel entonces asistiendo a un curso de formación sobre asertividad y negociación propuesto por la empresa en la que trabajaba. Lo impartía Enrique García Huete, un psicólogo clínico que, entre sus quehaceres, daba soporte a los enfermos terminales y a sus familias. En los descansos, solía contarnos anécdotas de todo tipo, relacionadas o no con su profesión. El caso es que en una de esas pausas nos preguntó cuál creíamos que era el amor más egoísta, y ante nuestro silencio expectante, afirmó: el de una madre. Podéis imaginaros la cara de pasmo de los allí presentes, especialmente el de las mujeres, que eran, por cierto, mayoría.

A lo que se refería este psicólogo, por experiencia propia, era el amor mal entendido de aquellas madres que desean mantener como sea con vida, una vida vegetativa, a su hijo o hija, impidiendo que los médicos desconecten los aparatos que los mantienen en ese estado vegetativo cuando no existe ninguna forma científica de revertir la situación.

Así pues, supongo que, como he dicho, García Huete se basó en su experiencia personal, la cual solo incluía a madres y no a padres, aunque la realidad nos demuestra que esa actitud, que considero realmente egoísta, por muy basada que esté en el pretendido amor, también se da en padres, como hemos comprobado recientemente en el tristísimo caso de Noelia Castillo, que falleció el pasado 26 de marzo tras recibir la eutanasia que solicitó años atrás.

La eutanasia es legal en España desde el año 2021 y hasta finales de 2024 se han realizado 1.123 eutanasias. Solo en 2024 se realizaron 426, lo que indica un aumento constante en su aplicación. Pero antes de obtener dicha legalización fueron muchos enfermos los que tuvieron que sufrir el dolor físico y mental al verse abandonados a su (mala) suerte, sin recibir el apoyo necesario e imprescindible por parte del Estado que, legalmente consideraba y trataba a aquellos que ayudaban a morir a sus seres queridos como verdaderos delincuentes.

El derecho a morir dignamente es ahora un derecho constitucional. Un adulto, psíquicamente capacitado, que desee acabar con su vida por razones humanitarias justificadas, como dejar de soportar una vida que no es vida, postrado en una cama, pegado a una silla de ruedas de por vida y padeciendo una enfermedad incurable, degenerativa y cruel, tiene todo el derecho a exigir (aunque el término legal es solicitar) que le practiquen esa solución definitiva. A fin de cuentas, es dueño de su cuerpo y nadie tiene derecho a impedírselo. Nadie puede decidir sobre la vida de los demás.

Por lo tanto, me parece totalmente cruel e inmoral que alguien se oponga frontalmente a esa decisión tan personal e íntima. Y aquí aparece ─aunque he sabido que no es el único caso habido en nuestro país─ la figura de un padre, el padre de Noelia que, habiendo solicitado esta la eutanasia en 2024 y habiéndosele concedido tras una minuciosa y exhaustiva evaluación médica, psicológica y jurídica, interpuso recurso contra esa decisión, un largo proceso de sentencias y recursos que ha llegado, tras 2 años de batalla judicial, hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, quien por fin ha rechazado la apelación paterna, asistida en todo momento por los denominados Abogados Cristianos.

El calvario que ha sufrido esta pobre chica ha sido horrible, desde su violación múltiple a manos de tres jóvenes, su posterior intento de suicidio, lanzándose por un balcón que la dejó parapléjica y con graves secuelas, tanto físicas como psíquicas, hasta la firme oposición de su padre a que acabaran con tal sufrimiento mediante la eutanasia. Un padre católico fundamentalista que, apoyado por esa organización ultracatólica, autodenominada Abogados Cristianos, que predican un falso amor basándose en que nuestra vida solo nos la puede quitar Dios, que es quien nos la ha dado, ha convertido a Noelia en un juguete roto a manos de sádicos sin piedad.

Sin entrar en más detalles, me parecen también nauseabundas las acciones, algunas incluso violentas, de las asociaciones provida y antiaborto, que coartan la libertad individual basándose exclusivamente en consideraciones religiosas. Son los mismos que se opusieron a la Ley del divorcio, a la del aborto y, por supuesto, a la de la eutanasia.

Pero al margen de esos grupos, o grupúsculos, extremistas, estamos viendo cómo parte de la derecha y toda la ultraderecha española se ha manifestado en contra de la eutanasia practicada, legal y humanitariamente, a Noelia Castillo, una joven de 25 años, con plenas facultades mentales, contrariamente a lo que algunos han querido hacer creer. Tanto esta ultraderecha casposa como la Iglesia, cómo no, se ha pronunciado en contra de lo que han calificado como suicidio asistido e incluso de asesinato subvencionado.

No suelo desear el mal a nadie, pero a esta gente sin entrañas, que no saben lo que es la empatía ni el verdadero amor, merecen padecer una muerte lenta y dolorosa, para que sufran en sus propias carnes lo que hacen sufrir a otros con su actitud y que sepan lo que es sobrevivir (que no vivir) con dolor y sin ninguna esperanza de curación por culpa de la oposición de quienes deberían ayudar a esos muertos en vida a morir en paz.

No puedo comprender cómo un padre, o una madre, puede impedir que su hijo, o hija, deje de sufrir lo indecible. Esto no es amor, es un comportamiento cruel basado en una ideología trasnochada, intransigente e inhumana.

Los miembros de nuestra sociedad más radical y de la Iglesia católica oficial (que viene a ser lo mismo) todavía están a años luz de abrirse a una sociedad moderna, más tolerante y más humana.

Que Noelia descanse en paz, porque se la ha ganado.

 

Fotografía: Noelia Castillo Ramos. Imagen obtenida de internet.