Algo que debería ser eminentemente
festivo, puede resultar un quebranto emocional. Y es que los años no pasan en
balde. Todos envejecemos a la vez (aunque haya quien acuse el paso del tiempo
más que otros) pero parece como si creyéramos que sólo envejecen los demás. Cuando
nos encontramos con alguien al que habíamos perdido de vista largo tiempo, entonces
nos percatamos de lo mayores que somos. Parece como si al contemplar el
envejecimiento ajeno despertáramos a la dura realidad. Las reglas de tres no
engañan, si él es viejo y yo tengo su misma edad, luego yo también soy viejo.
Como nos miramos al
espejo a diario, nuestros cambios, lentos y graduales, nos pasan más
desapercibidos que los de los demás, especialmente en aquellos a los que sólo
vemos de tarde en tarde. Y si el salto del tiempo desde un encuentro a otro es
de muchos años, el efecto puede ser devastador.
En dos ocasiones he
vivido una experiencia semejante; la primera en un encuentro de antiguos
alumnos de bachillerato, y la segunda, más recientemente, de excompañeros de
trabajo, y en ambas ocasiones fueron más de veinte los años transcurridos desde
la última ocasión en que nos vimos.
En la segunda
experiencia ya iba psicológicamente preparado, pero en la primera experimenté
un shock emocional casi traumático. Con dieciséis años nos separamos y con más
de cuarenta nos reencontramos. Canas en muchos, calvicie incipiente en otros y
arrugas (o líneas de expresión como a muchos gusta llamar) por doquier, algo
normal como la vida misma, pero inesperado por quien todavía, al cerrar los
ojos, ve a aquellos muchachos adolescentes. El reloj se ha parado en las mentes,
pero no en los cuerpos. Incluso hubo a quien no reconocí hasta que se presentó.
Pero el caso más insólito fue el de un individuo que, acompañado por su pareja,
apareció en el restaurante donde celebrábamos el encuentro cuando ya íbamos por
el segundo plato. Nadie, absolutamente nadie supo quién era. Ni se presentó, ni
nadie le preguntó para no quedar mal. Llegamos a pensar que se había equivocado
de evento, pero de ser así se habría percatado de su error y habría abandonado
el lugar. ¿Pudo ocurrir que, de tan cambiado que estaba, nadie le reconoció?
Todo un misterio.
Con esta experiencia
previa, el segundo encuentro, que tuvo lugar cuando ya me había jubilado, como
ya estaba mentalmente preparado y, aunque también hubieran transcurrido
veintitantos años, los cambios físicos, aunque notables, no tenían por qué ser
tan brutales, mis temores residían en no ser reconocido o, peor aún, recordado,
y no sólo por el aspecto físico sino por la poca o nula huella que hubiera podido
dejar en la mente de aquellos compañeros y compañeras con lo/as que compartí más
de diez años de vida laboral.
Lógicamente, hubo de
todo. Hubo quien no me reconoció a la primera, hubo quien me reconoció, pero no
recordó mi nombre y hubo quien no supo quién era simplemente porque no
coincidimos mucho tiempo en la Empresa, siendo todo ello recíproco.
Lo que sí hubo, y hay
siempre en este tipo de acontecimientos, es esa sensación placentera que
produce la reunión (etimológicamente, volver a unir) con viejos (en el sentido
de antiguos) compañeros de fatigas aunque pueda subyacer el sabor amargo que
deja el tiempo pasado e irreversible, la nostalgia de una etapa de juventud o
de madurez irrecuperable, el sabor agrio que deja el paso de los años al ver
convertido en casi un/a “anciano/a venerable” a aquel hombre o mujer maduro/a y
vital, y, por otra parte, el malestar, todo hay que decirlo, de ver cómo
derrocha simpatía quien se comportó de forma mordaz e indebida contigo. Sonrisas
falsas y conductas hipócritas y quién sabe si una cierta amnesia que le impide
recordar cuán mezquino fue en más de una ocasión. Y, por si fuera poco, tener
que sentarte a la misma mesa y escucharle contar con sorna algunas anécdotas
que no tienen ni pizca de gracia, pero que al resto de comensales les hace
reír, probablemente en un acto hipócrita, sobre todo de los que en su día
fueron (y siguen siendo) unos lameculos.
Pero el tiempo, tan
implacable para lo malo de la vida, tiene, a la vez, un efecto balsámico, pues
si no cura todos los males, sí los suaviza y generalmente no suele dejar un lugar
preponderante para el rencor. Aun así, no me han quedado ganas de asistir a
ningún otro reencuentro (y ha habido alguna propuesta) que pueda repararme
alguna que otra incomodidad, sea del tipo que sea. Prefiero dejar el pasado intocable.
Como dice el refrán: agua pasada no mueve molino.
Así pues, esos reencuentros
no sólo sirven para reunirse con antiguos amigos y compañeros de fatigas sino
para hacer frente a los fantasmas del pasado. Y como a mí no me gusta verme con
fantasmas (en todas sus acepciones), evito su presencia. Desde hace tiempo solo
me reúno con esos amigos que, por mucho tiempo que pase, siguen estando ahí y
con los que mantengo la misma afinidad de cuando les conocí.






