domingo, 22 de enero de 2023

Dale al like

 

Desde que existe Facebook, el símbolo o botón de “me gusta”, o like, en forma de dedo pulgar hacia arriba, se ha convertido en uno de los iconos más utilizados en esa red social. Todas las publicaciones en Facebook dan al lector esa opción para expresar su agrado con lo compartido con los usuarios. Y yo soy uno de los que a menudo usa ese botón. Solo me entran dudas razonables cuando se dice que cuantos más “me gusta” reciba una publicación, más se va a recaudar para la obra social de que trata esa comunicación, al igual que se dice que cuantas más reproducciones se haga de un video más dinero se recogerá para una causa humanitaria. Simplemente me cuesta creer que sea tan fácil recaudar fondos y me asaltan las dudas de que ese dinero, en caso de ser cierto, llegue realmente al supuesto destinatario.

Al parecer, hay quien vive de los likes. Nunca habría imaginado que un acto tan elemental como otorgarle un “me gusta” a una publicación pudiera transformarse en un medio de vida para el publicador. Ya no es imprescindible contactar con el público en vivo y en directo. Algunas redes sociales y aplicaciones han allanado el camino hacia la popularidad, cuando no a la fama, en muchos casos con ingresos millonarios.

Estamos viviendo muchos cambios y el mundo laboral no es una excepción. No solo ha aparecido el teletrabajo, algo excepcional antes de la pandemia y cada vez más frecuente después de ella, sino que han emergido nuevas profesiones que no requieren de ningún título académico. Solo con arrojo —y a veces cara dura— es más que suficiente para tener miles o incluso millones de seguidores, personas que siguen casi con devoción lo que esos y esas voces les dictan. Instagramers, tiktokers e influencers dirigen los gustos y el modo de vida de sus seguidores. Pero una cosa es la diversión, ver cómo alguien se ha hecho un selfie o se ha grabado haciendo piruetas u otras majaderías ante la cámara, o seguir las recomendaciones de una pretendida estilista moderna o de un friqui, y otra muy distinta es dar consejos sobre el estilo de vida y de alimentación que, según esos falsos entendidos, es la más adecuada y saludable para todos. Realmente me sorprende ver cómo esos personajes pueden llegar a tener tantos seguidores y forrarse a costa de ellos.

La aparición de las redes sociales ha revolucionado la comunicación. WhatsApp, videollamadas por el teléfono móvil, Zoom, Skype, etc., han sustituido las formas convencionales —y ahora prácticamente obsoletas— de comunicación entre personas. Y las aplicaciones que, al principio, tenían un uso esporádico, ahora son la base de un gran negocio. YouTube, sin ir más lejos, se ha convertido en una plataforma para darse a conocer en calidad de narrador, cantante, actor, humorista y demás actividades que con cada visualización genera, al parecer, un ingreso a quien lo protagoniza. José Mota, sin ir más lejos, ya no necesita hacer monólogos en un teatro, en una sala de espectáculos, o en una cadena de televisión. Ahora, con sus gags inunda YouTube y parece que se ha convertido para él y muchos como él en una forma de vida más que respetable y, por si fuera poco, sus actuaciones, al estar grabadas, están exentas del riesgo del directo.

Ahora apenas se compran discos. Los jóvenes —y no tan jóvenes— se descargan música de Spotify y otras plataformas, previo pago o subscripción.

Todo ha dado un vuelco. Muchos de los cambios han sido para bien, como esas aplicaciones que nos facilitan ciertos trámites sin desplazamientos. Hay aplicaciones, o apps, como se suelen llaman, que es más guay, para todos los gustos. Cada vez hay más gente que liga a través de una de ellas, desde luego una forma más rápida y directa. Pero ¿más fiable? Los perfiles se pueden falsear y hacerse pasar por quien no es. Los ciberfraudes están a la orden del día y hasta en la policía existe una Brigada especial dedicada a perseguirlos.

Pero todavía veremos muchos más cambios en nuestra forma de vida o en la de nuestros semejantes. Si ya se puede estudiar on-line y trabajar desde casa en un gran abanico de actividades profesionales, y dedicar el tiempo libre a actividades de entretenimiento mediante cualquiera de esas nuevas aplicaciones y redes sociales habilitadas para ello, no me extrañaría que muy pronto nos comunicáramos los unos con los otros exclusivamente mediante aplicaciones informáticas y ya no tengamos que salir de casa para nada. Cada vez se compra más por internet. Al cine cada vez van menos espectadores, pues Netflix, Prime video, Movistar plus, Filmin, HBO, Rakuten y otras plataformas de streaming (un nuevo palabro) tienen una gran oferta de películas y series y a un precio mucho más asequible al cabo del año. Y la telemedicina se está abriendo paso. Pronto le sacaremos la lengua al médico desde nuestro ordenador y nos auscultará por control remoto.

Quizá mis nietos no tarden mucho en viajar de forma virtual, como un servicio más del Metaverso. Adiós cines y adiós agencias de viaje. Y adiós a toda clase de actividades presenciales. La vivienda será mucho más cara porque estará en ella todo nuestro universo, sin el que no podremos vivir.

La verdad es que a este modo de vida no le daría ningún like.


lunes, 9 de enero de 2023

Eutanasia

Aunque parezca mentira, en días festivos a uno le pueden asaltar pensamientos un tanto lúgubres, sobre todo cuando uno piensa en sus seres queridos que ya no están. Lamento pues. que después de tanta alegría durante estas fiestas navideñas, reanude este espacio con un tema que está en las antípodas de cualquier tema jubiloso: la muerte. Así pues, si no deseáis seguir leyendo, no lo hagáis, aunque os advierto que esta entrada va de la mejor muerte que uno puede desear, una muerte dulce y piadosa, la que muchos de nosotros desearíamos tener, ya que no somos inmortales.


El término eutanasia deriva de los vocablos griegos eu, que significa “bueno” y thanatos, que significa “muerte”. Por consiguiente, su significado etimológico es “buena muerte”.

La eutanasia es legal en España desde el 25 de junio de 2021, tres meses después de la publicación en el BOE de la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia. Desde entonces, nuestro país se ha convertido en el sexto Estado del mundo en reconocer el derecho a una muerte digna.

Esta Ley española se aprobó con los votos favorables de PSOE, UP, BNG, ERC, Junts x Cat, Más País, Bildu, PNV, Nueva Canarias, Coalición Canaria, CUP y Ciudadanos, con 198 votos a favor. En contra votaron PP, Vox y UPN, con 138 votos. Se produjeron 2 abstenciones. Así pues, el 58,6% estuvieron a favor y el 40,8% en contra. Una diferencia de 60 diputados de 338, me parece más pequeña de lo que, en mi opinión, debería haber sido.

Todavía me pregunto por qué no existe una ley igual en todos los países democráticos, donde se supone que impera la libertad individual, y qué tienen en contra los que no la apoyan, pues los controles para evitar una decisión arbitraria e injustificada están suficientemente asegurados y basados en la opinión y deseo del afectado gozando de plenas facultades mentales. No querer evitar el sufrimiento de alguien que padece una enfermedad incurable, dolorosa o totalmente incapacitante es un acto cruel. Recordemos el triste caso de Ramón Sampedro (ver la imagen de la cabecera), aquejado de tetraplejia desde los 25 años y al que se le denegó en los tribunales el derecho a un suicidio asistido, algo que finalmente tuvo lugar con la ayuda de una amiga, cuya identidad se mantuvo en secreto durante años, hasta que ese “delito” hubo prescrito. Sampedro falleció a los 55 años, tras 30 de suplicio, algo, para mí, inhumano.

¿Quién puede desear alargar el sufrimiento de un ser humano que no desea vivir? ¿Acaso aceptar la eutanasia equivale a abrir la puerta al asesinato impune? ¿Quién tiene derecho a decidir sobre mi vida y mi muerte? Nadie.

Esta no es la única ley de calado social que ha recibido críticas y opiniones en contra. Recordemos la Ley del divorcio, de 1981, y la del aborto, de 2010. En ambos casos, los contrarios a estas nuevas regulaciones se mostraron particularmente combativos, y en ambos casos subyacía un sentimiento religioso. Hasta que la muerte nos separe, parecía un dogma imposible de eliminar. La oposición se comportó como si la ley obligara a divorciarse, cuando iba, en todo caso, contra la ley de la Iglesia católica.

En el caso del aborto voluntario, lo mismo, aunque en este caso entiendo los recelos por motivos éticos. ¿Es el aborto equivalente a un asesinato? Así lo entienden los miembros de las asociaciones provida. Pero al igual que con el divorcio, nadie está obligado a abortar y abortar no es una decisión que se toma a la ligera sino algo traumático, sea el que sea el motivo de esa decisión. A este respecto, los supuestos que contempla la ley están muy bien definidos. Así pues, en este caso también, la oposición se movilizó por motivos estrictamente religiosos.

Pero volviendo a la eutanasia, no veo ningún motivo ético para oponerse al fin de una vida que no es vida. Yo les preguntaría a los contrarios a esa práctica si, llegado el caso, desearían seguir conectados a una máquina sin esperanzas de recuperación o sufriendo una enfermedad dolorosa sin posibilidades de curación y que les mantiene postrados en una cama hasta el fin de sus días. Para mí se erigen en dioses que determinan el destino de la vida de los demás.

Si alguien no desea seguir viviendo, nadie le puede prohibir acabar con una existencia que no desea. Así, pues, creo que hemos dado un paso importante a favor de una muerte digna. Si el hombre es libre para elegir su modo de vida, también lo tiene que ser para elegir cuándo y cómo desea morir.

Durante algunos años, Suiza se convirtió en un destino para lo que se ha dado en llamar el turismo de la muerte, por ser el único país europeo que permitía el denominado suicidio asistido. Entre los casos que se han publicado de personas que han viajado hasta ese país con esa finalidad, me han llamado especialmente la atención dos:

En 2018, David Goodall, un científico australiano de 104 años, viajó más de 10.000 km, hasta Suiza, para someterse a un suicidio asistido. «Lamento mucho haber alcanzado esta edad. No soy feliz. Quiero morir. No es particularmente triste. Lo triste es que me lo impidan», fueron sus palabras.

Este año que acabamos de dejar atrás, a un periodista italiano de 82 años, de nombre Romano (no he sabido averiguar su apellido), enfermo de Parkinson, también se sometió a un suicidio asistido en Suiza, ante la imposibilidad de recibir la muerte asistida en su país. Su hija comentó que a él le hubiese gustado morir en casa acompañado de sus seres queridos, y su esposa, que calificó de consciente y responsable la decisión de su marido, afirmó que «elegir el final de la vida es un derecho fundamental».

Solo espero que, si el nuevo Gobierno que salga de las urnas en las próximas elecciones generales pertenece a uno de los partidos que se opusieron a la Ley de eutanasia, no cumpla con lo prometido y la derogue. Si yo fuera Dios (que los creyentes me perdonen la blasfemia), les condenaría a sufrir una muerte larga y dolorosa. Así sabrían lo que significa padecer una vida insufrible.


miércoles, 21 de diciembre de 2022

El ser inhumano

 


Hace años que me pregunto en qué momento de la evolución se torció la cosa, pues en lugar de llevar a la consecución de una especie perfecta, o casi perfecta (dicen que la perfección no existe, al menos en este mundo), ha conducido a la obtención de un ser defectuoso en muchos sentidos que, aunque afortunadamente goza de algunas excepciones racionales, domina la tierra sin escrúpulos ni compasión.

Así como en la larga cadena evolutiva han sobrevivido los mejores, los mejor dotados, en el caso del hombre solo ha sobrevivido o, por lo menos, abundado, siguiendo el principio de la selección natural, el ser más perverso, el que todo lo quiere y todo lo puede, a expensas de sus congéneres más dóciles.

Y lo peor de todo es que el proceso ya no se puede revertir, el daño ya está hecho y es irreparable desde hace miles de años.

Hacer un repaso de todos los desmanes que el hombre ha hecho a lo largo de su historia daría para una enciclopedia, pero no es necesario ponerlo por escrito con letras de imprenta. Todos sabemos de qué se trata y tenemos ejemplos de sobra desde que tenemos uso de razón.

Son muchas las veces que me he preguntado —y os habréis preguntado— cómo un ser llamado humano puede ser tan cruel y cometer tantas barbaridades, y no me refiero a psicópatas asesinos, no, me refiero a personas cultas —al menos en apariencia— que perpetran aberraciones contra gente inocente abusando de su poder y todo por unas ideas que esas mentes enfermizas consideran legítimas.

¿Estará el ser humano en vías de una degradación (moral) de igual o mayor intensidad que la que está sufriendo nuestro planeta? Muchas veces he llegado a pensar que el hombre no merece habitar este planeta y que lo mejor que podría hacer sería extinguirse, como está sucediendo con las especies animales a las que persigue y aniquila con su comportamiento antinatural.

Son, por desgracia, muchos los frentes en los que se manifiesta el ser inhumano, desde las guerras fratricidas, persecuciones, genocidios, torturas y penas de muerte por motivos religiosos y políticos hasta la extinción de gran parte de la flora y fauna del planeta con fines puramente lucrativos.

Ante esta terrible realidad, a uno le entran ganas de encerrarse en un caparazón impermeable a todos los males, aislarse del mundo que nos rodea o bien pasar por alto el comportamiento ilícito e injusto de políticos y dirigentes de las grandes Corporaciones, pero esta sería una actitud más bien cobarde y egoísta. Pero ¿qué podemos hacer ante tanta injusticia y tropelías? Si una multitud enfervorizada saliera a las calles como lo han hecho millones de argentinos para celebrar que su equipo ha ganado el mundial de futbol, quizá algo iría cambiando en nuestra sociedad. Pero el silencio, la desidia, el miedo a represalias o la resignación dan pie a que todo siga igual e incluso que vaya empeorando.

Estamos a las puertas de las fiestas navideñas, momento en que parece que es obligada la alegría y el buenismo. Todo el mundo tiene que ser bueno, pero las desigualdades y las injusticias permanecen inalterables. Mientras que unos celebrarán estas navidades en concordia y buena compañía, otros las pasarán con penalidades.

Pero estamos en Navidad y toca desear paz, salud y prosperidad. Ojalá existieran los Magos de Oriente, Santa Claus o quienquiera que tuviera poderes mágicos y nos obsequiara con el mejor de los regalos: que el hombre sea cada vez más humano.

Sea como sea, ¡felices fiestas y feliz año nuevo!


viernes, 18 de noviembre de 2022

¿Ecoterrorismo?

Como doy por sentado que ya no habrán más comentarios en mi entrada anterior (me habría gustado conocer la opinión de quienes han faltado a la invitación y que son, precisamente, quienes podían haber arrojado más luz a mi disquisición), paso a otro tema de mayor interés general, o así lo creo.


Me declaro ecologista a ultranza y también amante del arte como patrimonio cultural de la humanidad. Si en el primer caso no hay fisuras en mi actitud, en el segundo discrepo muchas veces con lo que algunos llaman arte. Pero esto ya es otra cuestión.

Volviendo al ecologismo, siento verdadera inquina hacia la ignorancia, pasividad, egoísmo y codicia que manifiestan quienes ostentan el poder económico mundial ante la degradación sin paliativos que está sufriendo nuestro planeta. Todas las cumbres sobre el cambio climático han terminado con un rotundo fracaso, prevaleciendo siempre los intereses económicos por encima de los planes para detener esta imparable degradación que en los próximos treinta años puede que nos lleve a un punto de no retorno. En este sentido, la COP27, celebrada estos días en Sham el-Sheikh (Egipto) no ha sido una excepción, con el agravante de que los representantes de las petroleras han superado con creces a los de los diez países más vulnerables a la crisis climática juntos. Creo que está más que claro el motivo. Por no hablar de la incongruencia —o debería decir cinismo— de que la mayoría de líderes y dirigentes mundiales han asistido a la Cumbre trasladándose en aviones privados altamente contaminantes.

Si la protesta contra la gestión en la Sanidad madrileña convocó a cientos de miles de ciudadanos indignados, una manifestación contra la crisis climática debería reunir al mismo, o mayor, número de agraviados por esa pasividad política —porque son los políticos y no los científicos quienes tienen las riendas para solucionar dicha crisis—. Pero si Isabel Ayuso calificó la protesta ciudadana contra su mala gestión como un acto político instigado por la izquierda como argumento descalificador, las manifestaciones organizadas por movimientos ecologistas no están libres de críticas despreciativas hacia sus promotores, también de izquierdas.

A Greta Thunberg la ridiculizaron hasta lograr que pasara de ser un héroe mundial, un icono del activismo ecológico, a una niña manipulada para servir a intereses poco claros. Pero ¿de dónde le llovieron más críticas? De Putin, de Trump y de Bolsonaro, principalmente. El resto de mandatarios simplemente la trataron con condescendencia, por no hablar de la mención a su síndrome de Asperger, como si ello fuera motivo para devaluar sus reivindicaciones. Cierto que, por otra parte, ha recibido varios premios y reconocimientos, pero el resultado de su labor sigue en el aire. En nuestro país, ha aparecido recientemente una joven catalana de 15 años, Olivia Mandle, a la que se han apresurado a llamar la Greta Thunberg española, que también intenta concienciar a la sociedad en general y a los jóvenes en particular sobre la imperiosa necesidad de salvar el planeta con acciones decididas, valientes y de calado internacional. ¿Tendrá éxito? Lo dudo mucho.

¿Cómo levantar la voz para que la salvación del planeta Tierra no solo sea del interés de unos cuantos y que los países más contaminantes se pongan de una vez por todas manos a la obra? Algunos ecologistas piensan que hay que hacer algo rotundo, impactante, que haga reaccionar al mundo entero. ¿Pero qué?

Hace unos días, la televisión nos sorprendió con una noticia entre curiosa y alarmante: dos activistas ecologistas arrojaron sopa de tomate al cuadro Los girasoles, de Van Gogh, en la National Gallery de Londres para protestar contra la explotación de yacimientos fósiles en el Reino Unido. Afortunadamente, el cuadro estaba protegido por un cristal y el hecho no pasó de ser anecdótico. Pero a continuación, estas activistas fueron secundadas por otras y otros museos fueron el escenario de actos calificados por algunos como ecoterroristas. Obras pictóricas de Goya, Claude Monet, Andy Warhol y Gustav Klimt, entre otras, han sido objeto de ataques con distintos tipos de productos. Incluso una réplica de la momia de Tutankamón, en el museo egipcio de Barcelona, ha sido recientemente objeto de ataque con un líquido que pretendía emular al petróleo.

Los protagonistas de esos actos son todos miembros de diversas organizaciones de defensa del medioambiente, que pretenden con ello alzar su voz y hacer un llamamiento para que se tomen acciones más contundentes para frenar el calentamiento global. Pero yo me pregunto si este tipo de acciones, en lugar de sensibilizar a la gente, no tendrá un efecto negativo, desacreditando al movimiento ecologista, dándoles la razón a quienes califican a los defensores de la naturaleza como unos extremistas irracionales. Aunque las obras de arte atacadas estuvieran protegidas por un cristal, hecho conocido por los activistas, no me parece esta la mejor forma de protesta, si con ella se pretende sensibilizar a la población en general, y no digamos a las autoridades e instituciones.

Alguien ha dicho en su defensa —y tiene parte de razón— que la mayoría de reivindicaciones y protestas llevadas a cabo por los ecologistas apenas han tenido repercusión mediática, mientras que estas acciones han dado la vuelta al mundo. Yo creo que, al margen de la publicidad alcanzada, el resultado será, me temo, el contrario al pretendido, tachando una vez más a los activistas ecologistas de fanáticos irresponsables.

En todas las manifestaciones habidas y por haber siempre he considerado absurdo e injusto que paguen justos por pecadores. Los afectados por las protestas tienen que ser los responsables de aquello que las ha motivado. Un corte de carreteras para protestar contra un despido colectivo solo afecta a los ciudadanos que van a trabajar. Si se protesta contra los bajos precios que cobran los agricultores en comparación con el precio final del producto, esta debe dirigirse a quienes tienen en sus manos la potestad para corregir esa injusticia, no a la ciudadanía que, además, también sufre, como consumidor, el resultado de esa grave anomalía. Pues del mismo modo me parece injusto que sean las obras de arte las que sufran la represalia de una protesta ecológica a escala mundial. Si lo que buscan esos activistas es notoriedad, la han conseguido, pero no creo que su imagen salga bien parada, todo lo contrario.

Nunca he creído en el argumento de que es mejor que hablen de uno aunque sea mal. Oscar Wilde, a quien se le atribuye la frase «hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti», así lo creía, pero yo no. Al menos no siempre. Pero, claro, yo no soy un hombre de letras tan insigne que necesite ser objeto de habladurías.

miércoles, 9 de noviembre de 2022

Distintas tipologías, distintos perfiles

 


Esta es una entrada que he ido demorando año tras año —incluso pensé que nunca la publicaría—, mientras deshojaba una margarita virtual pensando “la publico o no la publico”. Y la duda, como suele ocurrirme en estos casos, se debía al temor a molestar, a incomodar, a ofender, por mucho que intente presentar mi reflexión del modo más aséptico posible.

Podréis, eso sí, preguntaros si no tengo otra cosa más interesante en la que fijarme y de la que escribir. Pero es que soy observador por naturaleza —mi formación científica me ha hecho así—, y aunque sea una tontería para muchos, a mi me suele llamar la atención el comportamiento de la gente y cómo reacciona cada uno ante una misma situación. De ahí que haya titulado esta entrada del modo en que lo he hecho.

Vaya por delante —siempre conviene sentar las bases de lo que sea antes de meterse en camisa de once varas— que cada uno es muy libre de obrar como le plazca y yo no tengo ningún derecho a poner objeción alguna, de ahí mi renuencia a la hora de abordar este tema. Así que, considerad este ejercicio como un simple pasatiempo, y aunque alguien se sienta identificado —que se sentirá—, espero que no se lo tome a mal.

Cada persona tiene sus gustos y su forma de pensar y actuar. Ya sé que esta afirmación es una perogrullada, pero con ella intento hacer notar que, porque alguien actúe de un modo distinto a como lo hacen los demás o, más concretamente, de una forma distinta a la mía, no es motivo de crítica. Solo pretendo aquí dar una pincelada a lo que he venido observando desde mi inicio en este mundo de los blogs con respecto al modo que cada uno tiene de tratar los comentarios que recibe, describiendo los distintos tipos de conducta que he identificado a lo largo de los años, sin que ello signifique una crítica negativa, sino solo una exposición de unos hechos tal como los he visto.

No sé si habré sido demasiado atrevido al calificar con un adjetivo a cada uno de esos comportamientos. Con ello he querido emular a un eneagrama de la personalidad. Vosotros juzgaréis lo acertado o desacertado de mi criterio.

Para simplificar al máximo, he englobado esos casos en cinco grupos:

-        El formal: el que contesta con celeridad a todos y cada uno de los comentarios a medida que los recibe.

-        El procrastinador: el que espera a tener un determinado número de comentarios para ponerse a contestarlos.

-        El práctico: el que —seguramente por recibir muchos— opta por una respuesta global que, por tal motivo, solo puede ser genérica.

-        El austero: el que, por costumbre, no contesta nunca a ninguno de los comentarios.

-        El inconstante: el que a veces responde, a veces no, y otras veces solo responde a unos cuantos comentarios, generalmente a los recibidos en primer lugar.

De todas estas conductas, lo que más me llama la atención no es que haya quien no conteste nunca, como podríais pensar, pues es muy libre de hacerlo y seguro que su decisión está sujeta a algún principio de base, sino el comportamiento irregular, el que he calificado como inconstante: el ahora sí, ahora no. ¿Qué es lo que determina esta variabilidad? Lo ignoro. Como dije al principio, cada uno es como es y actúa a su antojo, y no hay que darle más vueltas. Pero no puedo evitar preguntarme por qué, interrogante este que aplico a todo lo que ocurre a mi alrededor.

Supongo que, tras la lectura de esta entrada anodina, ya os habréis identificado en alguna de las cinco tipologías que he descrito. Yo, como debéis saber, pertenezco al primer grupo, pero no por ello me voy a poner una medalla. Mi comportamiento es simplemente un fiel reflejo de mi forma de ser, digamos, perfeccionista.

Si consideráis pertinente dar alguna explicación a vuestro modo de proceder, sentíos totalmente libres de hacerlo, pues seguro que me resultará clarificador. Pero si preferís callar por aquello de “a palabras necias, oídos sordos”, pues estáis en todo vuestro derecho.

Hace años, tuve el atrevimiento de tratar en este blog las relaciones interesadas entre algunos blogueros, esas que se basan en el conocido principio de “te leo si me lees”, y estoy casi convencido de que la pérdida de lectores/comentaristas que sufrí al poco tiempo se debió a ello. Espero que en esta ocasión no tenga que lamentar idéntica fuga, aunque estoy seguro de que mis lectores actuales son lo suficientemente ecuánimes como para aceptar —con sentido del humor o con resignación— mi evaluación amistosa.

Y sin nada más al particular, os saluda un observador impertinente e impenitente que no tiene nada mejor que hacer que dedicarse a examinar el comportamiento ajeno.

 

martes, 1 de noviembre de 2022

Vigilados

 


Con este mismo nombre existe una serie norteamericana de ciencia-ficción, cuyo título original en inglés es Person of Interest, creada por Jonathan Nolan, guionista de la famosa película Interstellar.

Para quienes no hayan visto la serie, solo destacar de forma muy sucinta que trata de un misterioso científico millonario que ha diseñado un sistema informático de vigilancia masiva cuyo objetivo es detectar con la suficiente anticipación a posibles víctimas de un grave delito y/o a quien lo va a cometer. Dicho sistema, llamado la Máquina, es muy codiciado por la cúpula de los servicios secretos estadounidenses para utilizarla con fines muy distintos a los previstos por su creador, lo que le obliga a vivir en la clandestinidad y a proteger su invento aun a costa de su vida.

Pues bien, al margen de lo trepidante de la trama, esta serie suscita la duda ética de si resulta procedente “espiar” a los ciudadanos aunque sea con fines beneficiosos para él.

Cuando en 2013 visité Cuba, me percaté —porque así me lo hizo notar un acompañante local— de que en muchas calles y plazas las autoridades habían instalado cámaras para “vigilar” a sus ciudadanos. Probablemente, fuera cierto que el objeto de esa vigilancia sea político, para identificar, localizar y detener a cualquier disidente que pretenda alterar el orden público manifestándose o actuando en contra del poder establecido.

Pero al margen de ese posible uso represivo, el debate sobre la necesidad de instalar cámaras de vigilancia en las calles se ha trasladado a muchas otras latitudes democráticas. Que haya cámaras en los bancos y centros oficiales es aceptado por todos, sobre todo en el primer caso, pues el cliente acepta ser grabado por motivos de seguridad. Saber quién entra y sale de un establecimiento bancario es primordial para identificar a posibles asaltantes, y lo mismo podemos aplicar en otros tipos de establecimientos donde podría producirse un atentado y con una gran concurrencia de clientes.

Pero ¿y en las calles? ¿en espacios abiertos? Esa posibilidad ya origina un debate sobre la privacidad de cada uno. Ante las opiniones en contra de su existencia, yo siempre he dicho lo mismo: como no tengo nada que ocultar, no me importa ser grabado. Lógicamente, queda excluida de tal presunción la vigilancia en espacios privados en los que se requiere de absoluta intimidad, como en los baños, las saunas, los vestuarios, etc.

El beneficio de tal medida la hemos visto en muchas ocasiones, la más reciente en el caso de la falsa enfermera que se llevó un bebé recién nacido del hospital de Basurto. Las imágenes registradas a la entrada y salida del centro hospitalario y durante una parte del trayecto de la secuestradora, fueron claves para identificarla y solicitar la cooperación ciudadana. Finalmente, la mujer, conocedora de su búsqueda a través de dichas imágenes, cejó en su empeño y decidió abandonar a la criatura en el rellano de una vivienda. Pero este solo ha sido uno de los muchos ejemplos en que las cámaras de seguridad han arrojado luz sobre hechos delictivos y han contribuido a dar con el paradero del delincuente. Atropellos con el conductor dado a la fuga, trifulcas callejeras y a la salida de discotecas, con resultado de muerte, actos vandálicos, etc.

Así pues, yo me muestro a favor de la implantación generalizada de esta vigilancia en las calles y lugares públicos. Más vale prevenir que curar, dice el refrán. Aunque pueda parecer extraño, me sentiría más seguro sintiéndome vigilado, sobre todo viviendo en una sociedad democrática que protege los derechos humanos.

¿Y vosotros? ¿Os parece bien esta medida o preferís no estar sujetos de esa vigilancia, aunque ello signifique que un asaltante, secuestrador, violador, homicida y cualquier otro tipo de delincuente peligroso pueda quedar impune?


jueves, 27 de octubre de 2022

Cáncer de mama

 

El pasado 19 de octubre, el mismo día que publicaba mi entrada anterior, se celebró el día internacional de la lucha contra el cáncer de mama. Como es habitual, miles de lazos rosas acompañaban a quienes reivindicaban más atención e inversión en investigación en esta dolencia que afecta a una de cada ocho mujeres. Pacientes, sanitarios, asociaciones y la sociedad en general advierten, ese día con más intensidad, de la necesidad de la prevención y de la atención personalizada.

Los destinatarios únicos de todas estas reivindicaciones y consejos saludables son las mujeres, por ser el colectivo al que mayoritariamente afecta esta terrible enfermedad, que todavía produce un importante número de muertes al año. Pero aunque este tipo de cáncer sea —por razones fisiológicas, hormonales y/o genéticas— mayoritario en mujeres, no es algo exclusivo del género femenino. Aun siendo algo excepcional, un 1% de los cánceres de mama también afecta a los hombres y yo fui uno de esos desafortunados, motivo por el que he querido escribir estas líneas.

Cada vez que leo y oigo mensajes de apoyo exclusivamente dirigidos al sexo femenino, siento pena por los hombres que, en idéntica situación, son los grandes olvidados, cuando sienten la misma angustia, padecen los mismos trastornos y se someten al mismo tratamiento, sufriendo las mismas consecuencias, y cuya supervivencia a cinco años es porcentualmente menor que en las mujeres (77,6% y 86,4% respectivamente), probablemente porque en ellos no se da la prevención precoz.

Esta exclusión y soledad social a nivel comunicativo y concienciador, ha dado origen a una asociación de cáncer de mama masculino a nivel nacional, INVI —invicancer.org—, cuyo fundador es Màrius Soler, para dar apoyo e información a este colectivo que, diría yo, se siente marginado por ser, simplemente, un caso raro.

Así pues, al margen de mi apoyo incondicional a las mujeres afectadas de cáncer de mama —ha habido varias en mi círculo de amistades con distintos desenlaces, unos afortunados y otros desdichados—, quiero aquí romper una lanza a favor de los hombres que también lo sufren y reivindico un lenguaje inclusivo cuando se habla de esta terrible enfermedad.

Yo he tenido la gran suerte de superarlo, pero otros se quedan por el camino y considero injusto que no se les tenga en cuenta. Por lo menos, los avances en el tratamiento revertirán en ambos sexos, sin distinción.