¿Puede la política o, mejor dicho, la ideología política,
afectar a la amistad?
Aunque no debería ser así (y a la ilustración me remito),
doy fe de que es altamente probable.
Ya durante el “procés” independentista en Catalunya, se
dijo, y puedo confirmarlo, que hubo amigos e incluso miembros de una misma
familia que rompieron, o por lo menos enfriaron, su relación por culpa de las
ideas en torno a ese proceso político. Personas aparentemente tolerantes, se
enredaban en furibundas discusiones cuando, alrededor de la mesa, surgía el
tema independentista. A causa de ello, yo mismo descubrí aspectos hasta
entonces desconocidos en el comportamiento de amigos y parientes.
Dado mi carácter apaciguador y tolerante, nunca he participado
ni vivido una situación lo suficientemente violenta como para que la sangre
llegara al río. No soy independentista, pero tampoco soy intransigente y acepto
la opinión de cada cual. Una cosa es discutir con sosiego y otra muy distinta
con un acaloramiento tal que lleve a la ruptura. Aun así, hubo un caso, muy
sorpresivo para mí, en el que, por haber compartido en Facebook una imagen de
la violencia policial contra los que pretendían dejar su voto en un colegio
electoral, criticando la excesiva e innecesaria violencia, dos primas, nacidas
y residentes en otra comunidad autónoma, se me tiraron al degüello, tratándome,
sin que jamás hubiera yo mostrado ninguna tendencia política en público, la una
de “podemita” (supongo que fue el insulto que le pareció más despreciable) y la
otra de familiar renegado. Desde entonces no dejaban de enviarme por WhatsApp
imágenes y vídeos contra Catalunya y los catalanes. Evidentemente, en este caso
sí se cortó toda relación amistosa a pesar de haber mantenido hasta entonces un
trato muy cordial. Y no fue este un caso aislado, pues una periodista a la que
tenía agregada en esa misma red social a raíz de haberme entrevistado tras la
concesión de un accésit en un concurso literario, también se dignó, por igual
motivo, a insultarme, tachándome prácticamente de terrorista.
Pues bien, han pasado ya nueve años desde aquel proceso
independentista que provocó en prácticamente toda España un rechazo brutal
contra mi Comunidad, tachando a todos los catalanes de rompe-patrias, y
seguimos viviendo una división parecida, pero ahora en todo el territorio
nacional, y esta vez entre las derechas y las izquierdas españolas. Apurando
más, quizá la división más voraz sea entre los que están a favor del Gobierno
actual y la oposición formada por la derecha y extrema derecha, que aspiran al
poder. El odio ha llegado hasta tal extremo que ha vuelto a aparecer el
fantasma de la ruptura entre supuestos amigos. Un odio visceral en algunos
casos que recuerda al existente durante la preguerra civil española, con la
salvedad de que, de momento, solo se muestra por el griterío desmedido, los
insultos y las manifestaciones callejeras, sin derramamiento de sangre, excepto
la de algunos manifestantes.
Recientemente también he vivido un caso en que una persona
con la que en el mundo bloguero mantenía un muy “buen rollo”, e incluso un
trato, me atrevería a calificar de cariñoso por su parte desde hace muchos años,
se ha manifestado en contra de unas publicaciones que compartí en Facebook en
las que se criticaba al principal partido de la oposición. Que yo sea de
izquierdas y ella de derechas no tiene por qué haberle provocado, en dos
ocasiones, un agrio comentario que no me esperaba.
Como persona racional por la que me tengo, pienso que es
saludable que haya distintas opiniones acerca de cómo abordar un problema, sea
de la índole que sea, pero lo que no es normal ni saludable es que esa
diferencia de opiniones desemboque en una lucha febrilmente agresiva contra quien
no piensa igual. La mala educación, la ignorancia y la mala fe de algunos
políticos ha envenenado al pueblo llano más maleducado, ignorante y malévolo si
cabe. Y creo ser también una persona bastante ecuánime, pues no me duelen prendas
reconocer y criticar cualquier hecho injusto o equivocado por parte del partido
con el que siento más afinidad. Lo cortés no quita lo valiente.
Tras el adelanto de las elecciones generales, en el grupo
de excompañeros de trabajo con los que me reúno con cierta frecuencia y cuyos integrantes
siempre había considerado sensatos y nada beligerantes, ha surgido alguna voz transgresora
de toda armonía con argumentos tan exaltados y extremistas que me he visto
obligado a mantener la boca cerrada para evitar un conflicto entre compañeros
hasta ahora bien avenidos. Pero ello, debo reconocer, me ha hecho considerar a
quienes así se manifestaron, si no como enemigos, pues me precio de no
tenerlos, sí como personas distantes a las que ya no reconozco y con las que he
dejado de sentir un vínculo amistoso. Es triste, pero es así.
Así pues, por desgracia, la política puede romper
amistades, partiendo del hecho de que cuanto más opuestas estén las ideas entre
unos y otros ─en esto no se cumple la ley de la física que afirma que los polos
opuestos se atraen─, más irreconciliables son y, por ende, también lo son las
relaciones personales con quienes las sustentan.
Por lo tanto, política y amistad son, muchas veces, malas
compañeras y motivo de ruptura y distanciamiento. De ahí que haya decidido, de
ahora en adelante, no tratar ningún tema político ante personas, sean vecinos,
compañeros o familiares, de las que desconozco su ideología, no vaya a ser que
se cree un conflicto irreparable. Aunque bien pensado, estoy rompiendo ahora
mismo mi proposición con esta entrada en la que pongo de manifiesto mi
tendencia política ─no es la primera vez─. Solo espero que no genere a quien la
lea una animadversión hacia mi persona. Y si así es, qué le vamos a hacer.




