domingo, 8 de febrero de 2026

Mi peor enemigo

 


Siempre me he congratulado de no tener enemigos, por lo menos que yo sepa, pues nadie se me ha revelado jamás como tal. Sí he tenido “adversarios” en mi vida laboral, esos compañeros de trabajo que, en aras de reivindicarse como trabajadores diligentes y emprendedores, sin serlo realmente, no han dudado en hacerme sombra, o por lo menos intentarlo, para acaparar, de este modo, todo el mérito de un logro de un trabajo realizado en equipo. Hablar de este personal, por cierto, muy abundante, requeriría todo un tratado de psicología.

Esos serían unos enemigos externos, que con los años vas dejando atrás, aunque siempre aparecen nuevos en el camino.

Siempre he creído que el peor enemigo es el que tenemos dentro, ese que, de forma subrepticia y silente, va enturbiando y dañando a algo o a alguien, incluso la vida de su huésped u oponente. Y más peligroso es si no se trata de alguien físico sino algo incorpóreo como es la mente que, mediante engaños, nos provoca daños, a veces irreparables, en nuestro cuerpo material, lo que se conoce como efecto psicosomático.

De esto yo sé bastante y mi peor enemigo es mi cerebro, que me ha jugado muchas malas pasadas a lo largo de mi vida, afectando a mi salud, tanto mental como corporal.

Podría describir una larga lista de estos efectos experimentados por mí, algunos de los cuales me han sorprendido tanto que he llegado a pensar que mi cerebro tiene un poder extraordinario. Ojalá fuera cierto y pudiera con la mente conseguir que se hiciera realidad lo que deseo pero, para mi desgracia, su poder solo es negativo. No me sirve para hacerme el bien, sino para hacérmelo pasar mal.

No se trata de hipocondría, una condición psicológica caracterizada por el temor a padecer una enfermedad grave sin ninguna base médica justificada, es decir comportarse como el enfermo imaginario. Hay quien, con solo saber de la enfermedad de un conocido y sus síntomas, ya cree que padece esa misma enfermedad porque en una ocasión sintió síntomas iguales o parecidos. No, en mi caso es que, sufriendo realmente una molestia, a menos que sea muy leve, y esta sea persistente, dicho trastorno aumenta en intensidad hasta volverse preocupante. Y aunque evito consultar internet, si ello perdura, caigo en la tentación y sucede lo que suele suceder en esos casos: que uno se alarma innecesariamente si lo que lee indica que podría tratarse de algo preocupante. Es decir, no se trata de “inventarse” una afección inexistente, sino de ampliar una real hasta convertirla en algo aparentemente grave.

Y como muestra, un botón: Hace años estaba tomando una medicación que me había recetado el médico (no recuerdo cuál ni para qué) y de pronto experimenté un dolor agudo al tragar. Consulté el prospecto ─cosa que no suelo hacer antes de tomar un medicamento para evitar, precisamente, un “efecto nocebo” (efecto placebo negativo)─ y comprobé que, efectivamente, ese medicamento tenía entre sus efectos adversos la deglución dolorosa. A partir de ese preciso instante, el dolor se agudizó todavía más hasta resultar muy dolorosa la deglución de mi propia saliva. Así pues, llamé a la consulta del médico que me había recetado el medicamento y le pedí que me recibiera urgentemente. Y ahí se hizo la luz. Tan pronto como supe que me atendería esa misma tarde, el dolor fue menguando (mi mente debió pensar que en pocas horas se resolvería el problema, pues estaría en buenas manos) y una vez estuve en la consulta ya no sentí ninguna molestia al tragar, cosa de no dije al galeno, pues me habría tachado de chiflado.

Aunque ello me preocupe, por sus consecuencias, debo decir que no lo considero algo absolutamente anormal, pues es bien sabido que un problema psicológico, sobre todo un estado de ansiedad (quien ha perdido, por ejemplo, el puesto de trabajo y anticipa que le será difícil, si no imposible, a su edad, encontrar uno nuevo), repercute en el estado físico, provocando distintas molestias: cefaleas, dolores cervicales y/o lumbares, problemas digestivos, hipertensión, insomnio, etc., etc.

Si ello sucediera muy de vez en cuando, sería, hasta cierto punto, aceptable, pero cuando es bastante frecuente, como en mi caso, la cosa se convierte en algo muy molesto, incluso llegando a ser incapacitante. Basta con que tema que en un viaje o excursión mi habitual dolor lumbar se agudice para que así sea.

Una vez leí ─creo haberlo contado en una entrada antigua─ un libro titulado El secreto, de una tal Rhonda Byrne, en el que aboga por la teoría pseudocientífica de la Ley de la atracción, que consiste, a grandes rasgos, en desear algo intensamente, visualizándolo como si ya lo hubiéramos obtenido, y el Universo recoge tal demanda y la devuelve concediéndote lo deseado. La forma de hacerlo y de obtener el resultado es de lo más variopinto y ridículo. Por ejemplo, no hay que formular la petición utilizando en la frase el NO (no quiero llegar tarde) sino hacerlo siempre en positivo (quiero llegar temprano) porque, si no, el Universo puede malinterpretarlo y utilizar esa partícula negativa como un acto de rechazo. Podría añadir muchas otras idioteces y contradicciones (se dice no hay que utilizar ese “poder” con fines económicos, y en cambio el primer ejemplo que cita es el de alguien que, muy necesitado de dinero, se encuentra en su buzón un cheque por la cantidad que precisa). Pues bien, si eso fuera cierto, el Universo (en realidad mi cerebro) me tiene manía, pues siempre actúa en mi contra. Como he indicado antes, si mi mente fuera tan poderosa como parece, podría realizar verdaderos prodigios (sería muy rico, estaría sanísimo, en mi adolescencia, cuando ya empezaba a manifestarse ese “poder”, las chicas se habrían arrojado a mis pies, y por desgracia no fue así. Y es que, insisto, mi cerebro se ha revelado como mi peor enemigo y contra esto no hay nada que hacer. Punto y final.


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