miércoles, 28 de enero de 2026

Cajeros automáticos

 


La mayoría de automatismos son muy prácticos siempre y cuando sean fiables. Darse de alta en una web, rellenar un formulario oficial desde el ordenador, consultar nuestros datos fiscales en la Agencia Tributaria por vía online o el valor catastral de nuestra vivienda en el Catastro de nuestra provincia, hacer una transferencia bancaria desde el teléfono móvil y así un largo etcétera de actividades, nos ahorra tiempo y trabajo. No obstante, en algunos casos (cada vez más frecuentes) podemos ser objeto de un fraude cuando no nos aseguramos que la web a la que accedemos o la entidad que nos solicita que hagamos esto o aquello sea fiable. Ante tales sucesos se nos advierte continuamente desde distintos medios, tanto privados como públicos, que seamos prudentes y no confiemos en correos recibidos de remitentes supuestamente conocidos. Son tan sofisticados los sistemas de engaño que fácilmente podemos caer en la trampa y creer que realmente es la Compañía eléctrica o de cualquier otro tipo con la que operamos la que se ha puesto en contacto con nosotros.

Normalmente, el defraudado es un sujeto inocente y vulnerable que es sometido a una estafa, y si ello es debido a que la entidad que, de algún modo ha propiciado o facilitado, aun sin proponérselo, dicho engaño, aquella tiene que asumir su responsabilidad. Y me refiero en concreto a los cajeros automáticos de las entidades bancarias.

Ayer se comentaba en un programa de televisión cómo varias personas mayores habían sido robadas en cajeros automáticos que dan a la calle, con argucias de lo más extrañas y elaboradas. La persona agredida, en el momento de extraer dinero de su cuenta con su tarjeta crédito (o débito), era abordada por un delincuente sin escrúpulos, que la desorientaba con palabrería y lograba, sin que el abordado o abordada se percatara, extraer de su cuenta hasta 900 euros, algo de lo que se daba cuenta cuando comprobaba el saldo o alguien de su familia ─habitualmente un hijo que controlaba los movimientos bancarios de su padre o madre ancianos para evitar errores o, como es el caso, algún tipo de estafa─ le llamaba para preguntarle si había sacado de su cuenta tal cantidad de dinero. Lo peor de todo es que ni la denuncia interpuesta ante la policía ni ante la oficina bancaria donde había tenido lugar ese hecho, sirvieron de nada para recuperar el dinero robado.

Y es aquí cuando me pregunto cómo es posible que si un cliente sufre tal asalto en una entidad bancaria sin que haya sido culpa suya, es decir sin haber actuado de forma negligente ─como sería contar los billetes en la vía pública, atrayendo y provocando así las malas intenciones de los carteristas─, sino utilizando un sistema instalado y propiciado por la entidad, esta no resulte, como mínimo, corresponsable de tal fechoría. Y más aún me sorprende que se instalen cajeros en la calle, a la vista de todos, favoreciendo de este modo el hurto por parte de desalmados a quienes no les importa robar, aunque sea a un anciano o anciana, que está retirando de su cuenta parte del dinero de su jubilación.

La existencia de cajeros automáticos, sustituyendo así al personal de caja de toda la vida, resulta rentable para la entidad bancaria, porque se ahorra salarios (menos personal, menos nóminas, más beneficios económicos, y más paro), y en cierto modo también para los clientes, porque les ahorra tiempo de espera ─sobre todo cuando se formaban largas colas de quienes querían extraer o imponer dinero a su cuenta bancaria, pero para la gente mayor resulta (sobre todo al principio de su implantación) un tanto complicado para utilizarlos correctamente.

En mi caso, siempre que voy a sacar dinero a una oficina bancaria, lo hago en su interior y mayoritariamente en horario laboral, cuando hay empleados trabajando a pocos metros. Nadie en su sano juicio intentaría abordar a un cliente en esta situación, pues además de que hay otros clientes esperando, las cámaras de seguridad instaladas en la oficina e incluso en la propia máquina lo delatarían. En el caso muy poco frecuente que he necesitado sacar dinero una vez que la oficina bancaria ha cerrado al público, siempre he optado por una que tuviera los cajeros en el interior, en un espacio reservado para ellos, y con un pestillo para cerrar la puerta de la calle y así poder operar tranquilamente.

Así pues, las entidades bancarias no deberían instalar cajeros automáticos en la calle y nadie debería utilizarlos a menos que estuviera bien protegido, y si ello ha propiciado que un cliente sea asaltado, esa entidad debe hacerse responsable de lo ocurrido y reembolsar al cliente afectado todo el dinero robado.

Considero que quien ofrece un servicio y lo impone para ahorrarse gastos de personal, y dicho servicio tiene debilidades de protección al usuario, la empresa que lo ha propuesto/impuesto tiene que hacerse responsable de esos fallos de seguridad y, por lo tanto, de sus consecuencias. Pero, por desgracia, ya sabemos cómo actúan ciertas empresas, ya sean grandes o pequeñas, que se lavan las manos ante cualquier reclamación. En estos casos, la atención al cliente brilla por su ausencia.


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