¿Será que cada vez hay
menos sabios en nuestra sociedad? Lo digo porque una de las cualidades que se
les atribuyen, la de saber rectificar, brilla por su ausencia. Salvo algunos honrosos
ejemplos que solo vemos en la aparentemente trasnochada sociedad oriental,
nadie que se precie se digna hoy en día a reconocer sus errores, y menos
públicamente. Las palabras se las lleva el viento y la amnesia viene a
reemplazarlas. Si errar es humano (en esto parece que todos estamos de acuerdo,
sobre todo el que yerra, quizá porque es la mejor de las excusas), ¿por qué hay
tanto reparo en reconocer nuestros errores? Parece que sólo se equivocan los
demás, que por eso son unos inútiles. Se ve la paja en el ojo ajeno, pero no la
viga en el propio.
Pero lo peor es que la
falta de rectificación no se debe a la vergüenza (sentimiento humano muy
comprensible) de tener que reconocer públicamente que uno se ha equivocado. No,
lo verdaderamente lamentable es que el motivo de esa omisión es el orgullo, la
soberbia, al no querer reconocer un fallo y perder, con esa actitud ejemplar, el
prestigio, el dominio, la superioridad de los que viven en su particular torre
de marfil.
No me interesan los
sabios orgullosos. Para mí no hay nada ni nadie mejor que un sabio humilde. Así
que prefiero sustituir lo de “rectificar es de sabios” por algo así como “el
sabio humilde es dos veces sabio”.
Por lo tanto, si la
humildad es un bien escaso, como creo, la sabiduría también está en crisis.

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