miércoles, 23 de septiembre de 2026

Incultura juvenil

 


Hace años que vengo observando el bajísimo nivel cultural de muchos jóvenes, comprobable con solo hablar con ellos o ver por televisión sus opiniones sobre temas de interés general. Un hecho muy llamativo es ver lo enganchados que están a las redes sociales y a aplicaciones que carecen de una base cultural y en su lugar los idiotizan. Instagram, TikTok son unos ejemplos, en los que los llamados influencers les “ilustran” y aconsejan sobre temas de “rabiosa actualidad” sobre todo tipo de futilidades, amén de derrochar bulos que todavía los hacen más incultos al no saber discernir entre lo verdadero y lo falso, pues esas redes se ceban en su falta de formación. Y Facebook no se queda atrás en la expansión de bulos, siendo quizás el medio divulgativo más empleado para ello. Ya se sabe que cuanto más ignorante es la gente, mucho más manipulable resulta.

Para corroborar el bajísimo nivel cultural de muchos jóvenes (no todos, por fortuna), he tenido la oportunidad de ver recientemente varios vídeos en los que queda de manifiesto la espectacular ignorancia de algunos de esos aspirantes a adultos. Ha sido tan escandaloso lo visto, que llegué a pensar que esas imágenes no eran reales, que se trataba de un montaje hecho con IA. Pero no, se trata de entrevistas realizadas en directo y en plena calle a chicos y chicas adolescentes.

A todos los encuestados se les empieza preguntando qué nivel de inteligencia creen tener, del 0 al 10. La gran mayoría se sitúan a sí mismos entre el 7 y el 8.

A continuación, como muestra de lo dicho, refiero algunas de las preguntas a las que han sido sometidos y sus respuestas:

-       Capital de China: Inglaterra

-       Capital de los EEUU: París

-       Quién escribió El Quijote “de Cervantes”: Shakespeare

-       Cuáles son los puntos cardinales: Arriba, abajo... (seguido de risas)

-       Un país cuyo nombre empiece por S: Soria

-       Cuántos años tiene un siglo: ¿veinte?

-       Dónde está Ceuta: Junto a Islandia (después de dudar mucho). No, está al norte de África (le dice el entrevistador). ¿Al norte de África? Que va, tío.

-       Cuál es el gentilicio de Bélgica: ¿Y eso qué es? (con cara de extrañeza).

Y así un cúmulo de despropósitos. Me gustaría saber qué han estudiado esos jóvenes. Por su edad (calculo entre los 16 y 17 años), deben estar cursando o han cursado la ESO, por lo que me pregunto cómo pueden haber aprobado esos estudios. Alguien con ese bajísimo nivel de conocimientos no puede pasar de curso, a menos que sean alumnos de centros privados de renombre que, para preservar ese estatus, no pueden permitir que sus alumnos suspendan, pues sería un descrédito para el Centro. Y la última pregunta que me hago es qué será de esos chavales cuando alcancen la edad de trabajar o de cursar estudios superiores.

Hace pocos días, hemos conocido los resultados obtenidos por los estudiantes españoles en el Informe PISA (Programme for International Student Assessment o Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes), un estudio mundial de la OCDE que mide el rendimiento académico de los jóvenes de 15 años. Concretamente, evalúa las siguientes áreas clave: Matemáticas, Ciencias y lectura. Dicha evaluación se realiza cada tres años en más de 80 países e incluye cuestionarios sobre el entorno socioeconómico y familiar de los alumnos para analizar qué factores influyen en los resultados, permitiendo a los gobiernos ver la posición de su educación frente a otros países y así ayudar a llevar a cabo reformas educativas y detectar carencias en las aulas.

El Informe PISA publicado este año, en septiembre de 2026, muestra el mayor retroceso educativo global y sitúa a España por debajo de la media de la OCDE y de la Unión Europea en lectura, matemáticas y ciencias.

Los resultados han demostrado una caída histórica en competencias básicas. En Matemáticas y Ciencias, nuestros estudiantes se han situado muy por debajo de la media de los países desarrollados y en lectura se ha visto un déficit notable en comprensión lectora.

Ante ello, los expertos señalan al uso excesivo de pantallas y redes sociales como uno de los factores que reducen la capacidad de atención y de comprensión de textos largos, y la tendencia refleja una caída generalizada, afectando a uno de cada cinco jóvenes que presentan un rendimiento bajo en las tres materias.

Algo tendremos que hacer frente a este despropósito y lograr que nuestros jóvenes adquieran unos conocimientos básicos razonables para su edad. La sociedad educativa debe hacer frente a este reto y, de algún modo, ayudar a mejorar la situación actual.

Quiero creer, sin embargo, que esos ejemplos que he mencionado al principio no son una norma, una muestra del nivel cultural de la mayoría de los jóvenes españoles, sino más bien una excepción a la regla. Ojalá. El tiempo dirá.


sábado, 12 de septiembre de 2026

Intrépidos o insensatos

 


Que los adolescentes son, por naturaleza, mucho más intrépidos que los adultos es algo sabido e incluso diría que normal. Son menos conscientes de los peligros y, aun conociéndolos, se atreven a retar a la suerte. Yo, más que valentía, lo llamaría inconsciencia juvenil. Todos, o casi todos, hemos hecho alguna diablura cuando éramos jóvenes, disparates de los que, de mayores, nos hemos arrepentido y quizá incluso avergonzado.

Pero una cosa es jugar a ser intrépido y otra muy distinta jugarse la vida propia y la de los demás por un simpe capricho, para hacerse el hombre ante las chicas y valiente ante los amigos, o simplemente para saborear el peligro. Y cualquiera de esas actividades, no solo son extremadamente peligrosas sino también ilícitas.

Por supuesto, excluyo aquí las actividades deportivas llamadas de riesgo, como la escalada, el barranquismo, la espeleología, el parapente, el paracaidismo, etcétera, realizadas por personas muy preparadas y conocedoras del riesgo que conllevan, pero que están muy bien formadas para realizarlas con la máxima seguridad, a pesar de que el riego cero no existe.

Así pues, nunca he entendido por qué hay quienes se empeñan en saltarse las normas sin pensar en las consecuencias de sus actos. Será que es cierto que el cerebro humano no llega a su total desarrollo hasta los treinta años de edad y que, por lo tanto, los más jóvenes no lo tiene funcionando a todo gas, aunque también es cierto que hay mucho gamberro e incívico a cualquier edad.

¿Quién conduce a 190 Km/hora, quién hace adelantamientos temerarios, quién no respeta un Stop, quien hace barbaridades al volante, quién participa en carreras ilegales? Nadie que supere los cincuenta años, tirando largo.

Aunque no me afecte personalmente, me subleva ver cómo hay quien se salta por la cara las advertencias sobre seguridad. Allá ellos, me digo, pero no dejo de pensar que merecen, como mínimo un castigo y una multa importante.

No es infrecuente ver a bañistas que no respetan la advertencia de peligro mediante la consabida bandera roja, que, de hecho, prohíbe bañarse debido a la mala mar. Cuántos socorristas han tenido que lanzarse al agua para rescatar a individuos que han hecho caso omiso a tal prohibición, poniendo en riesgo la vida de esos profesionales. Igual ocurre con algunos montañeros que deambulan por zonas peligrosas y convenientemente señalizadas por las autoridades, prohibiendo su paso. Y luego, cuando se producen accidentes (algunos graves) derivados de esa infracción, hay que rescatarlos por tierra, mar y aire, poniendo también en peligro la vida de los rescatadores.

Pero hay otra actividad que parece haberse puesto de moda y que consiste en lanzarse al agua desde lo alto de un acantilado. Este verano he visto bastantes imágenes de quienes, a pesar de estar barrado el paso hacia estas zonas peligrosas desde las que se lanzan, no dudan en arrancar la señalización o el rótulo de prohibición de acceso. ¿A quién se le ocurre lanzarse al mar desde 30 metros de altura, haciendo cabriolas en el aire hasta sumergirse en una zona rodeada de grandes rocas? Y mientras, son aplaudidos y animados por sus congéneres, que no dudan en imitar a esos “héroes”.

¿No resulta incongruente que, habiendo señales admonitorias, tenga que haber vigilantes para evitar tales comportamientos y que esos locos no acaben bajo tierra?

Debo ser un malvado sin corazón, pero si esos jóvenes acaban seriamente lesionados, no sentiré ninguna pena por ellos, solo por sus padres, que sufrirán por culpa de un hijo descerebrado. E igual me ocurre cuando un toro embiste a un chaval (y a veces no tan chaval) que se juega la vida poniéndose sin ningún reparo ni protección, haciendo el tonto, ante un astado salvaje, que solo actúa por instinto, no por maldad. Quienes retan a la suerte (como los idiotas que practican el balconing en Magaluf o donde sea) tienen que saber que esta les puede ser esquiva y acabar con su vida, una vida que, al parecer, no valoran lo suficiente.

 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Mirando voy, mirando vengo

 


El ser humano es, por definición, curioso y la curiosidad suele ser sana, como lo demuestra la historia, que está llena de descubrimientos gracias a la curiosidad e interés del observador e investigador.

Pero como todo en esta vida, siempre hay un lado oscuro en la gran mayoría de cuestiones. Incluso los adelantos más extraordinarios pueden tener una faceta negativa. Ahí tenemos a internet, una herramienta extremadamente útil para todo aquel que la utiliza en pos del conocimiento, sea del área que sea, pero también es una herramienta que propicia un uso muy negativo. Incluso existen tutoriales para fabricar todo tipo de artilugios, incluidas las armas y explosivos. Así pues, las cualidades de todo adelanto tecnológico dependen del uso que se le dé.

Pero este no es el tema que quiero compartir aquí; es solo una introducción a mi reflexión en torno a la curiosidad humana ante un conflicto, unas veces morbosa y, por lo tanto, inútil y otras provechosa para hacer público dicho conflicto.

Todos hemos visto en más de una ocasión por televisión cómo una pelea callejera es contemplada y grabada por observadores que luego subirán las imágenes a las redes sociales y que se convertirán en virales. La mayoría de las veces ─y eso es lo realmente indignante─ quienes observan y graban lo hacen con una indiferencia apabullante, sin intervenir, no ya físicamente, pues podrían salir mal parados, sobre todo si no tienen nada que ver con el altercado, ni dar aviso a quienes sí pueden intervenir antes de que sea demasiado tarde.

En esas peleas, a veces grupales, no hay distinción de sexos, tanto hombres como mujeres, de todas las edades, protagonizan este espectáculo cuando menos escandaloso que a veces es aplaudido por algunos testigos, especialmente si tienen alguna relación con el agredido o la agredida. Todos hemos visto el corro que se forma ante una pelea en la que un adolescente, chico o chica, es sometido a una paliza ante las risas y ánimos de sus compañeros, que no amigos, los cuales se dedican, además, a grabarlos.

Esas agresiones juveniles son las que más me sorprenden. ¿Qué educación han recibido y reciben esos chavales? ¿Qué pensarían sus padres si supieran a lo que se dedican? ¿Acaso han heredado de ellos el desprecio hacia los demás?

No sé si mi percepción es equivocada, pero me parece que estas agresiones han ido en aumento. En mi escuela hubo alguna pelea en el patio, pero nada alarmante, y nunca fui testigo de acoso al diferente, salvo pequeñas burlas sin malicia y solo con fines jocosos (yo era el cuatro ojos por llevar gafas, y nunca me sentí ofendido por ello).

Son muchos los que opinan que las peleas infantiles han existido siempre, y no seré yo quien les contradiga, pero nunca con esta agresividad por parte del agresor y complacencia por parte de los observadores de turno.

Por desgracia en algunos casos, ser menor de edad es un eximente que impide que a un agresor se le aplique la ley de un adulto, argumentando que a esa edad un niño o niña es inimputable a pesar de que muchos saben lo que hacen. Recientemente, en la población de Manresa (Barcelona) dos menores, de 15 y 16 años, acuchillaron a un hombre de 45 años, sin que se conozcan de momento los motivos. A esa edad son conscientes del daño que han hecho y como castigo se les internará en un centro cerrado para menores (lo que antes se conocía como reformatorio). Pues bien, no me extrañaría que ese asesinato hubiera tenido lugar ante la presencia de paseantes que se limitaron a mirar y, como mucho, a increparles. Lo dejo ahí, pues no tengo la suficiente información para criticar a los posibles testigos, pero sigo pensando que este tipo de acciones y actuaciones son, por desgracia, cada vez más frecuentes.

Llegado a este punto, permitidme hacer un inciso: recuerdo que hace años se cuestionó la legalidad de instalar cámaras de vigilancia en los barrios y zonas de las ciudades con un mayor índice de delincuencia y que supuso la oposición de muchos ciudadanos argumentando que representaba un ataque a la privacidad. Ante ello siempre he pensado que es mucho más importante la seguridad ciudadana que la privacidad. Si nadie tiene nada que ocultar, ¿por qué temer ser grabado entrando a saliendo de un establecimiento o paseando al perro? Gracias a esas cámaras se ha descubierto muchas veces la autoría de un robo o de una agresión.

Solo espero que las únicas imágenes grabadas de un altercado grave sean las procedentes de esa videovigilancia y no de los transeúntes que, impasibles, se dedican a inmortalizarlas en sus teléfonos móviles para uso “recreativo”.