El ser humano es, por definición, curioso y la curiosidad
suele ser sana, como lo demuestra la historia, que está llena de
descubrimientos gracias a la curiosidad e interés del observador e investigador.
Pero como todo en esta vida, siempre hay un lado oscuro en
la gran mayoría de cuestiones. Incluso los adelantos más extraordinarios pueden
tener una faceta negativa. Ahí tenemos a internet, una herramienta extremadamente
útil para todo aquel que la utiliza en pos del conocimiento, sea del área que
sea, pero también es una herramienta que propicia un uso muy negativo. Incluso
existen tutoriales para fabricar todo tipo de artilugios, incluidas las armas y
explosivos. Así pues, las cualidades de todo adelanto tecnológico dependen del
uso que se le dé.
Pero este no es el tema que quiero compartir aquí; es solo
una introducción a mi reflexión en torno a la curiosidad humana ante un
conflicto, unas veces morbosa y, por lo tanto, inútil y otras provechosa para hacer
público dicho conflicto.
Todos hemos visto en más de una ocasión por televisión cómo
una pelea callejera es contemplada y grabada por observadores que luego subirán
las imágenes a las redes sociales y que se convertirán en virales. La mayoría
de las veces ─y eso es lo realmente indignante─ quienes observan y graban lo
hacen con una indiferencia apabullante, sin intervenir, no ya físicamente, pues
podrían salir mal parados, sobre todo si no tienen nada que ver con el
altercado, ni dar aviso a quienes sí pueden intervenir antes de que sea demasiado
tarde.
En esas peleas, a veces grupales, no hay distinción de
sexos, tanto hombres como mujeres, de todas las edades, protagonizan este
espectáculo cuando menos escandaloso que a veces es aplaudido por algunos
testigos, especialmente si tienen alguna relación con el agredido o la
agredida. Todos hemos visto el corro que se forma ante una pelea en la que un adolescente,
chico o chica, es sometido a una paliza ante las risas y ánimos de sus
compañeros, que no amigos, los cuales se dedican, además, a grabarlos.
Esas agresiones juveniles son las que más me sorprenden.
¿Qué educación han recibido y reciben esos chavales? ¿Qué pensarían sus padres
si supieran a lo que se dedican? ¿Acaso han heredado de ellos el desprecio
hacia los demás?
No sé si mi percepción es equivocada, pero me parece que
estas agresiones han ido en aumento. En mi escuela hubo alguna pelea en el
patio, pero nada alarmante, y nunca fui testigo de acoso al diferente, salvo
pequeñas burlas sin malicia y solo con fines jocosos (yo era el cuatro ojos por
llevar gafas, y nunca me sentí ofendido
por ello).
Son muchos los que opinan que las peleas infantiles han
existido siempre, y no seré yo quien les contradiga, pero nunca con esta
agresividad por parte del agresor y complacencia por parte de los observadores
de turno.
Por desgracia en algunos casos, ser menor de edad es un
eximente que impide que a un agresor se le aplique la ley de un adulto,
argumentando que a esa edad un niño o niña es inimputable a pesar de que muchos
saben lo que hacen. Recientemente, en la población de Manresa (Barcelona) dos
menores, de 15 y 16 años, acuchillaron a un hombre de 45 años, sin que se
conozcan de momento los motivos. A esa edad son conscientes del daño que han
hecho y como castigo se les internará en un centro cerrado para menores (lo que
antes se conocía como reformatorio). Pues bien, no me extrañaría que ese
asesinato hubiera tenido lugar ante la presencia de paseantes que se limitaron
a mirar y, como mucho, a increparles. Lo dejo ahí, pues no tengo la suficiente
información para criticar a los posibles testigos, pero sigo pensando que este
tipo de acciones y actuaciones son, por desgracia, cada vez más frecuentes.
Llegado a este punto, permitidme hacer un inciso: recuerdo
que hace años se cuestionó la legalidad de instalar cámaras de vigilancia en los
barrios y zonas de las ciudades con un mayor índice de delincuencia y que supuso la
oposición de muchos ciudadanos argumentando que representaba un ataque a la
privacidad. Ante ello siempre he pensado que es mucho más importante la seguridad
ciudadana que la privacidad. Si nadie tiene nada que ocultar, ¿por qué temer
ser grabado entrando a saliendo de un establecimiento o paseando al perro?
Gracias a esas cámaras se ha descubierto muchas veces la autoría de un robo o
de una agresión.
Solo espero que las únicas imágenes grabadas de un
altercado grave sean las procedentes de esa videovigilancia y no de los
transeúntes que, impasibles, se dedican a inmortalizarlas en sus teléfonos
móviles para uso “recreativo”.