viernes, 18 de marzo de 2022

Mira quién vive ahí

 


El título de esta entrada está inspirado en el de un programa de reportajes de La Sexta que da a conocer casas singulares a través de sus propios dueños. Suelen ser casas “especiales”, bien por sus dimensiones, situación geográfica, originalidad o lujo. Sus precios son, lógicamente, elevados, así que no es extraño que la mayoría ronden el millón de euros.

He visto algunos episodios de este programa y debo reconocer que en algunos casos me ha atraído ver dónde viven esas personas con un potencial económico tan envidiable, pero, sobre todo, lo que más me ha interesado es la decoración y el valor histórico de esas viviendas, pues en algunas ocasiones son pequeños castillos o mansiones que merecerían ser declaradas patrimonio cultural. En otros casos, es la belleza u originalidad arquitectónica la que me ha llamado poderosamente la atención. Ya me gustaría a mí disponer de dinero suficiente como para adquirir y vivir en una de esas viviendas.

Una vez hecha esta introducción —algo que no podía faltar en mi habitual forma de entrar en materia—, ahora me voy a referir a lo que calificaría de excesos de ostentación innecesaria e, incluso, vergonzosa.

Y, como me suele suceder cuando elijo un tema a tratar y sobre el que reflexionar, en esta ocasión también ha sido un caso del que he tenido conocimiento y que, aun no siendo el paradigma del lujo más desenfrenado, me ha llevado a extender mi crítica reflexiva a los casos de mayor relevancia de los que todos tenemos conocimiento, aunque solo sea de oídas.

La noticia en concreto que me ha llamado la atención es que Tori Spelling, una de las jóvenes protagonistas de la afamada serie de los años noventa, Sensación de vivir, pone a la venta su casa de los Ángeles, de 624 m2, seis habitaciones y seis cuartos de baños, por un importe de más de dos millones de euros. Y yo pensé cómo una actriz de segunda —o tercera— fila pudo hacerse con una casa así. Pero, como es hija de Aaron Spelling, un famoso productor de cine que, se dice, la “enchufó” en la anteriormente mencionada serie, y del que heredó, tras su muerte, casi un millón de dólares, no es de extrañar que pudiera darse ese capricho. Pero no todo quedó ahí —al fin y al cabo, esta no sería más que una menudencia entre tanto famoso rico—, porque a continuación se mencionaba a su madre, Candy Spelling, quien también ha puesto en venta la casa familiar, en la que nació y vivió Tori, por la friolera de ciento cincuenta millones de dólares, una mansión de 5.000 m2 construidos y con un terreno de más de 19.000 m2, con 123 habitaciones y vete tú a saber cuántos cuartos de baño. Y como se supone que es demasiado grande para ella sola, se mudará a una que solo cuesta cuarenta y siete millones de dólares.

Y con esto me pregunto ¿para qué necesitan los millonarios tanto espacio y tanto lujo? Por no hablar de la colección de automóviles de alta gamma que suelen tener, que no les debe dar tiempo a utilizar.

A todos nos gusta el dinero porque nos gusta vivir bien, aunque cada uno tiene su propio concepto de lo que es vivir bien y sus propias necesidades. Y no me vale eso de que «si tú tuvieras tanta pasta como ellos, harías lo mismo». Pues no. Veo a esos futbolistas que, siendo tan jóvenes, cobran una millonada y, aunque me parezca algo desproporcionado, no es la fortuna que amasan en sus pocos años de vida profesional lo que me asombra, sino lo que hacen con ella, gastándola a espuertas en lujos innecesarios como si no hubiera un mañana. Los hay, todo hay que decirlo, que sí piensan en el día de mañana e invierten en negocios de los que vivir cuando se retiren.

Pero no son los futbolistas, tenistas u otros afamados deportistas los que se llevan la palma en cuanto a propiedades lujosas. Dejando de lado a esos oligarcas rusos que han salido a la palestra con motivo de su amistad, sincera o interesada, con el perverso Putin, hay una pléyade de multimillonarios que viven en palacios inmensos, que tienen muchas propiedades a lo largo del planeta, en lugares paradisíacos, como si fueran auténticos reyes rodeados de oro, plata, piedras preciosas y toneladas de dinero contante y sonante. Cómo y de dónde han sacado tanto dinero ya es otra historia.

Puede parecer un planteamiento populista, pero ¿por qué no destinan una parte de su dinero a obras sociales, a luchar contra la pobreza y las enfermedades endémicas que se llevan por delante miles y miles de vidas humanas en países subdesarrollados? ¿No tienen corazón o es que su obsesión por acumular más y más riquezas no les deja pensar en los desfavorecidos y ver la triste realidad que les rodea? ¿Tan alejados están de esa realidad que no se plantean convertirse en filántropos como, por ejemplo, Bill Gates y algunos otros personajes millonarios? ¿Realmente necesitan poseer tantas mansiones, tantos coches, aviones privados e incluso yates que más bien parecen hoteles de lujo flotantes? ¿Qué harán con tanto dinero cuando mueran, al margen de dejarlo a sus herederos, que seguirán sus pasos? Serán, sin duda, los más ricos del cementerio.

Hay que ver cuánta necesidad de ostentación poseen esos millonarios, que deben competir con otros de su misma especie para ver quién tiene más.

Cuando veo esos ejemplos, sale más que nunca a relucir mi soterrada ideología socialista y pienso en el aforismo que resume los principios de una sociedad socialista y comunista en el sentido original del término y que dice «De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades». Dicho de un modo mucho más actual: Que quien más tiene, más debe aportar, mientras que quien más necesita, más debe recibir. Supongo que esto se ha convertido en una utopía como otras muchas, algo muy bonito sobre el papel, pero inviable o muy difícil de cumplir en la práctica. Pero, si por lo menos los que tienen los bolsillos más llenos sintieran una mínima empatía hacia los más necesitados, esta sociedad materialista sería un poco menos mala.

Y, para terminar, por si alguien piensa que por qué no predico con el ejemplo, les diré que, en primer lugar, no soy millonario, ni siquiera rico, pero que, aun así, y aunque sé que está feo decirlo, colaboro, dentro de mis posibilidades, con varias ONG. No voy a decir con qué cantidad, porque eso sería todavía más inadecuado. Sé de personas que están en contra de estas colaboraciones, esgrimiendo que tienen que ser los Gobiernos quienes satisfagan las necesidades de la gente necesitada, dentro y fuera de sus fronteras. Pero esto ya es otra historia.


viernes, 11 de marzo de 2022

Sexo en la pantalla

 


En esta ocasión no voy a hacer ninguna crítica sobre el comportamiento humano, como suele ser habitual en este blog, sino plantear una reflexión que me llevo haciendo desde hace mucho tiempo, pero que, debido al gran número de series y películas que mi tiempo libre de jubilado me permite ahora ver, ha recobrado actualidad en mi mente.

Pero antes de entrar en materia quiero dejar claro dos cosas: que no soy ni he sido jamás un puritano y que siempre he exigido el máximo realismo en el cine. En otras palabras: no me escandaliza ver un desnudo en la pantalla y no soporto las artimañas que utilizan muchos guionistas para hacer creíble lo increíble.

En décadas pasadas se recurría a “exigencias del guion” para justificar que una actriz —generalmente eran las actrices quienes exponían su desnudez en la pantalla— apareciera en cueros en una escena “subida de tono”. Era la época del “destape”, del cine español con una cierta carga erótico-sexual.

El sexo en el cine siempre ha atraído a muchos espectadores. Y si no que se lo pregunten a los que en los años sesenta y setenta iban a Perpiñán a ver cine porno o películas eróticas, que acabarían llegando a España bastantes años después.

Pero dejando a un lado este tipo de películas, la presencia del sexo en el cine ha ido en aumento. Ahora son pocas las películas y series en las que los protagonistas no tengan sexo en la cama, en el sofá, en la ducha, en la cocina o sobre la moqueta del salón.

Insisto en que ello no me escandaliza, aunque lo encuentro superfluo. Como ya he dicho, exijo el máximo realismo en las historias que veo, pero esos embates amorosos tan explícitos que se nos muestra no suelen venir a cuento ni obedecen a un necesario realismo.

Como siempre, estoy divagando más de la cuenta antes de entrar en el meollo de la cuestión, que no es otro que la pregunta que siempre me hago cuando veo esas escenas de sexo: ¿qué piensan y sienten los actores antes de revolcarse en la cama, o donde sea, con un contacto corporal total sin trampa ni cartón? ¿Lo encuentran normal? ¿Sienten indiferencia? Y, aún más, y disculpad que sea tan directo: ¿Se excitan durante el acto sexual que están representando, cuando sus genitales están en contacto y sus cuerpos son objeto de caricias y lametones? ¿No sienten vergüenza al hacerlo delante de los que están detrás de la cámara? ¿Se toman algo para no excitarse? Y aun voy más allá: ¿Qué piensan sus parejas cuando ven esas escenas tan tórridas? A menos que sean actores o actrices que también han representado las mismas escenas, me pongo en su piel y me resultaría muy desagradable ver a mi mujer, novia o pareja retozando a lo bestia con un desconocido, por mucha ficción que haya en esa escena.

Creo que los actores y actrices están hechos de otra pasta o que, por necesidad, se adaptan mucho más fácilmente a esa exigencia del guion que cualquier otra persona que tuviera que hacer ese papel. ¿Qué piensan esos jóvenes que, recién salidos de la Academia del teatro, del cine, o de donde sea que se han formado como actores, cuando les ofrecen un papel que incluye simular una penetración con el mayor realismo posible? ¿Sienten reparo, pero hacen de tripas corazón?

Aunque antaño esas escenas eran simuladas, también hubo excepciones. Se cuenta que en El último tango en París (1972) y en El cartero siempre llama dos veces (1981), el actor y la actriz protagonistas copularon de verdad ante la cámara, con la deplorable e indigna salvedad de que, en el primer caso, María Schneider fue engañada por Bertolucci, el director, y Marlon Brando, para penetrarla analmente contra su voluntad, a diferencia de Jack Nicholson y Jessica Lange, que se dejaron llevar por el desenfreno del momento. Siempre ha habido gente sin escrúpulos que han forzado a los actores a hacer algo contra su voluntad y gente cuya moralidad va por otros derroteros.

Realidad en el cine, sí, por supuesto, que no nos engañen, como suelen hacerlo, con situaciones y comportamientos absurdos; pero también con sus límites. ¿Es realmente necesario, por ejemplo, ver a la joven y guapa protagonista orinando, con las braguitas bajadas hasta la pantorrilla? No lo creo. ¿Qué aporta esa escena? Nada. Pero, por lo menos no resulta una imagen de tan mal gusto —al menos para mí— como la de esos tíos orinando de espaldas a la cámara —ya solo faltaría que lo hicieran de frente— y que cuando han acabado de miccionar se la sacuden acompañando esos gestos con varias flexiones de las piernas, para dejar bien claro que lo han hecho como se suele hacer en esas circunstancias.

No censuro el sexo en la pantalla, en absoluto, pero no entiendo que tenga que ser tan explícito. Cada cual es muy libre de hacer y mostrar lo que quiera con su cuerpo, pero me cuesta entender que no les incomode representar una escena de sexo con tal realismo que parece que lo hacen de verdad. Decididamente, el actor profesional está hecho de otra pasta.

Y ya solo me queda por hacer una última pregunta: ¿Será por eso que en el mundo del cine haya tantos cambios de pareja? Me atrevería a decir que son muchas las parejas de actores que se han conocido y enamorado (o atraído sexualmente) rodando una película. Y es que una “escena de amor”, como la llamábamos antes, debe de estrechar muchos lazos afectivos.

 

miércoles, 23 de febrero de 2022

La guerra eterna

 


Creo que no ha habido ninguna época de nuestra historia en la que no haya existido una guerra, en oriente como en occidente. Los hombres han estado siempre en guerra. Motivos no han faltado.

De esas guerras, las ha habido cortas, como la guerra de los seis días, que enfrentó, en 1967, Israel contra una coalición árabe encabezada por Egipto; y largas, como la guerra de los cien años, entre los reinos de Francia e Inglaterra, y que, en realidad, duró 116 años, entre mayo de 1337 y octubre de 1453. Existen, sin embargo, dos casos excepcionales, en ambos extremos, que no suelen tomarse en cuenta por lo anecdótico: la guerra anglo-zanzibariana, que duró unos 45 minutos, y la guerra de los trecientos cuarenta y cuatro años, que enfrentó a Los Países Bajos y las islas Sorlingas (Reino Unido), pero que en realidad duró nueve años (desde 1642 y 1651). Ello se debe a que los neerlandeses, tras su retirada en 1651, se olvidaron de declarar oficialmente la paz, cosa que no tuvo lugar hasta 1986. ¡Qué cosas!

Pero hay otros conflictos armados, caracterizados por su intermitencia, prolongación en el tiempo y enquistamiento que, aun sin causar tantas víctimas como en las grandes guerras del siglo XX, han producido un goteo de víctimas en las dos partes en litigio. Y no me refiero a las Cruzadas, de carácter fundamentalmente religioso, sino al llamado conflicto palestino-israelí o israelí-palestino, tanto monta monta tanto, que todavía perdura en pleno siglo XXI.

No voy a detallar el origen de este larguísimo conflicto, pues no soy un profundo conocedor de su historia, la cual es, además, harto complicada. Tendría que remontarme a la época de la diáspora judía y a su reivindicación de recuperar la patria ancestral, la Tierra de Israel. Desde entonces el pueblo judío ha sufrido persecuciones y éxodos, siendo el chivo expiatorio en muchas ocasiones y el supuesto causante de todos los males —peste negra incluida—, motivo por el cual tuvieron que vivir en guetos dentro de las ciudades en las que lograron instalarse, hasta ser expulsados.

Soy consciente de que conocer la historia es la base para comprender por qué sucedió tal o cual evento, pero aquí solo pretendo exponer la tremenda paradoja de que quienes han sufrido injusticias y persecuciones, sean ahora quienes las infligen a los palestinos, expulsándoles de sus tierras por la fuerza ante la aquiescencia de algunos países y la pasividad de los órganos internacionales que, se supone, deben velar por la paz y la justicia e imponer sanciones a quienes no las respetan.

La parte actual del conflicto se inició una vez terminada la Segunda Guerra Mundial y se ha enquistado hasta nuestros días, por culpa de la intolerancia del todopoderoso Estado de Israel, hoy convertido en verdugo de quienes han tenido que abandonar unas tierras que les pertenecen desde tiempo inmemorial.

Cuando recordamos, o nos recuerdan, el holocausto, en el que los nazis exterminaron a unos seis millones de judíos, todavía se nos ponen los pelos de punta. No hay quien no abomine de esa horrible “solución final”, un genocidio sistemático que, de paso, liquidó a personas de otra etnia (gitanos), orientación sexual (homosexuales) y pensamiento político (comunistas y republicanos). Todos, sin excepción, nos hemos sentido solidarios con los judíos por lo que sufrieron en los campos de exterminio. Algo inimaginable en pleno siglo XX, pero que sucedió.

Pero también creo que somos muchos los que pensamos que quienes sufrieron tanto, deberían haber desarrollado un espíritu antibelicista, abogando por el pacifismo, por la renuncia a todo tipo de revancha y, en definitiva, por el entendimiento entre los hombres.

¿Por qué, pues, Israel se ensaña con los palestinos que viven donde vivieron sus antepasados durante tantos siglos? ¿Por qué los expulsan violentamente de sus casas, demoliéndolas y construyendo, en su lugar, asentamientos judíos, defendidos por colonos armados hasta los dientes, amparándose en las leyes del Estado de Israel?

Nunca justificaré el terrorismo, venga de quien venga, pero sí puedo entender que, ante una gravísima injusticia, ante la cual no fructifica ninguna petición de respaldo exterior, haya quien opte por una respuesta violenta. Y lo que más me indigna es que, por muchas resoluciones de la ONU contra Israel, por aplicar a los palestinos otro tipo de genocidio —término que, según el derecho internacional, consiste en cometer actos orientados a destruir parcial o totalmente un grupo nacional, étnico o religioso—, estas queden sin efecto gracias al veto de naciones amigas como los EEUU, en donde una gran parte del poder económico está en manos judías.

He dicho que no pretendía dar una lección de historia, pero es bueno y necesario saber que, en 1945, como consecuencia del holocausto nazi, muchos judíos emigraron a Palestina con el propósito de establecer allí un Estado propio. Ello produjo tal avalancha de judíos en Palestina que provocó brotes de violencia entre ambas poblaciones. Aparecieron grupos armados judíos que recurrieron al terrorismo contra intereses y estamentos británicos para obligar al Reino Unido, que ostentaba el Mandato británico de Palestina —administración territorial encomendada por la Sociedad de Naciones al Reino Unido tras la primera guerra mundial— a desvincularse del objetivo de mantener el equilibrio entre judíos y palestinos y abandonar el país.

Ante tal situación, Naciones Unidas propuso la partición de lo que había sido hasta entonces el Mandato británico en Palestina, formando así una parte judía y una parte árabe. La parte judía supondría algo más de la mitad del territorio del Mandato británico y la parte árabe palestina ocuparía el resto del territorio. Este plan, rechazado rotundamente por los árabes, dio inicio a una guerra civil entre ambas partes, desencadenando la expulsión y huida de dos tercios de la población palestina.

En 1948, la declaración de independencia del recién creado Estado de Israel propició que los Estados árabes vecinos le declararan la guerra, pero fueron derrotados por las fuerzas israelíes. Concluida esta contienda, Israel se negó a aceptar el retorno de los más de 700.000 refugiados palestinos, que han vivido desde entonces en campos de refugiados y en zonas del Líbano, Siria, Jordania, así como en la franja de Gaza y Cisjordania. En 1950 Israel promulgó la llamada Ley del Retorno, que impulsaba a los judíos residentes en cualquier país del mundo a emigrar Israel, lo que agravó la situación.

Aun hoy en día, después de más de setenta años, persisten los problemas que impiden llegar a un acuerdo entre las partes en conflicto: el establecimiento de fronteras estables y seguras, el control de Jerusalén, los asentamientos israelíes, el retorno de los refugiados, el reconocimiento mutuo, la libertad de movimientos de los palestinos y, mucho más grave aún, el terrorismo palestino y los asesinatos impunes de civiles palestinos, así como otros problemas de derechos humanos.

Se han hecho muchos intentos para llegar a un acuerdo, que implicaría la creación de un Estado de Palestina independiente junto al de Israel. Pero a pesar de que Palestina ha obtenido un cierto reconocimiento internacional al ser considerado Estado observador en la ONU y obtenido el apoyo de la UE para ser aceptado como Estado, en el fondo todo sigue igual o peor, pues el bloqueo económico y comercial por parte de Israel a los asentamientos palestinos ha provocado una crisis humanitaria.

Y ahora vuelvo a preguntarme cómo puede ser que quienes sufrieron tanto por culpa de una ideología xenófoba, absolutista y asesina, en lugar de haber aprendido que solo la armonía y convivencia entre los pueblos —indistintamente de su origen, raza y religión— tiene que prevalecer en cualquier rincón del mundo, han desarrollado y cultivado, en cambio, un odio visceral hacia quienes tuvieron que cederles parte de su territorio cuando no tenían un Estado propio, llegando a expulsarlos de sus tierras a golpe de explosivos y bulldozers. Y con total impunidad.

Así las cosas, no es de extrañar que este conflicto se haya cronificado hasta el punto de que parece que estemos ante una guerra eterna.


sábado, 12 de febrero de 2022

El diario se cierra

 


El 11 de febrero del pasado año le dediqué una entrada en este blog a mis tribulaciones como paciente al que le habían diagnosticado un cáncer de mama, Esta entrada la titulé Diario de un paciente atribulado y abarcaba desde el momento del diagnóstico, unos días antes de la Navidad de 2020, hasta el momento en que me instauraron el tratamiento a seguir.

Al final de esa publicación decía que dejaba ese diario íntimo con un final abierto que esperaba poder cerrar algún día. Pues ese día ha llegado.

No voy a detallar en qué ha consistido el tratamiento, pues no quiero aburriros, como probablemente hice en su día al relatar cronológicamente, como todo diario que se precie, los pasos de ese viacrucis en el que todo paciente oncológico se ve inmerso.

Todo el proceso ha durado algo más de trece meses, un periodo muy breve si se tiene en cuenta que en muchos casos son años los que el paciente tiene que soportar los altibajos propios de la terapia. Pero mucho más importante es el desenlace, que en mi caso ha sido positivo. La curación de un cáncer es hoy día todavía incierta, con porcentajes de supervivencia muy variables dependiendo del tipo de tumor de que se trate, su localización y su estadio en el momento del diagnóstico.

En el hombre, el cáncer de mama representa solo un 1% de los cánceres de mama. Así que ya tengo otro motivo para considerarme atípico pues, además, el estudio genético al que me sometí demostró que no era portador de ningún gen que predispusiera a desarrollar este tipo de cáncer ni, por lo tanto, que pudiera transmitírselo a mis dos hijas, que era mi mayor preocupación. Ha sido, pues, un caso fortuito. «Te ha tocado», vino a decir el oncólogo. Mala suerte la mía.

Pero a veces somos muy injustos al quejarnos de algo —en mi caso no solo del diagnóstico sino también de los efectos secundarios del tratamiento— sin atender al hecho más positivo y relevante: que he superado, en un tiempo récord, una enfermedad que actualmente deja por el camino a casi siete mil enfermos de cáncer de mama al año, de los cuales un uno por ciento son hombres, coincidiendo con el porcentaje de incidencia de este tipo de cáncer en los varones. No obstante, podéis imaginar lo que sentí cuando leí que los hombres tienen una mayor probabilidad de morir que las mujeres, de modo que la supervivencia a cinco años es del 77,6% en hombres y del 86,4% en mujeres. No es que prefiriera haber nacido mujer, solo no haber tenido la mala fortuna de ser uno de esos hombres raros.

Tras el lógico miedo inicial, la cosa fluyó con bastante normalidad, asumiendo el riesgo y sometiéndome a todo tipo de pruebas y a la quimioterapia, pero prevaleciendo el positivismo al creer en el pronóstico de los médicos, pronóstico que se ha cumplido. Lo que pueda ocurrir en un futuro ya es harina de otro costal, aunque al no existir un componente genético no debería temer una recidiva. Aun así, deberé pasar controles periódicos. Más vale prevenir.

En otra de mis entradas de este blog, del 14 de octubre pasado, que titulé Sanidad pública, sanidad privada, comparaba las ventajas e inconvenientes de una y otra opción y creo recordar que hacía referencia, si no en el cuerpo de la publicación, sí en alguna de mis respuestas a los comentarios recibidos, que, en mi caso, haber recurrido a la privada ha aumentado las expectativas de curación, pues es notorio y público el retraso que, por culpa de la pandemia, ha sufrido el diagnóstico de muchos cánceres y la implantación de la terapia en los centros públicos, con el consiguiente peligro para los pacientes.

En justicia, no puedo asegurar qué habría pasado de haber acudido, como algunos me recomendaron, al Instituto Catalán de Oncología (ICO), pero de lo que estoy convencido es de que hoy estaría lejos de haber completado el tratamiento.

Un capítulo aparte, y que no quiero obviar, aunque pueda parecer superfluo, es la atención que he recibido de todo el personal sanitario, especialmente del equipo de enfermería del Hospital de día, en el que me aplicaban la medicación, intravenosa durante la primera etapa y subcutánea durante la segunda. Y es que la empatía y el cariño por parte de los cuidadores es fundamental para mantener alto el ánimo de un paciente. Incluso la comodidad de las instalaciones (tener un box a tu disposición para tu privacidad, en lugar de compartir una sala con otros pacientes oncológicos, todos “enchufados” al gotero, muchos de ellos con aspecto enfermizo) es otro punto a favor.

Pero todo ha acabado felizmente y gracias a mi buen comportamiento como paciente he sido merecedor de un premio de final de curso, un premio inesperado recibido de manos del equipo de enfermería: un diploma que siempre guardaré a buen recaudo y que me recordará mi paso por el Hospital Universitario Dexeus.

Ahora ya solo queda dar por acabado este capítulo de mi vida y cerrar el diario que abrí hace un año.

 


lunes, 31 de enero de 2022

Ataques al arco iris

 


¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI todavía exista en el mundo tanta misoginia y homofobia?

El odio y el maltrato a las mujeres y al diferente va ligado a la cultura, ideología y educación, por lo que muchas veces me planteo si no estamos viviendo una regresión a épocas pretéritas en las que se consideraba normal tener a la mujer subyugada a la voluntad del padre, primero, y del marido, después. También sabemos que hay países en los que todavía la indisciplina de una mujer o incluso el hecho de haber sido violada, implica un correctivo que puede llegar a la lapidación. Y países en los que la homosexualidad sigue siendo reprimida y castigada duramente.

En la España franquista, a los homosexuales se les aplicaba la ley de vagos y maleantes, pudiendo acabar encarcelados. Y qué decir de los que acababan recluidos en los campos de concentración de la Alemania nazi.

Podríamos pensar que son cosas del pasado, que hoy día hemos aprendido a respetar a las mujeres, con los mismos derechos y oportunidades que los hombres, y a tolerar a los que son “diferentes”. Pero no es así.

No sabría decir si hoy se dan muchos más casos de violación y de violencia de género que antes o si este aparente incremento solo se debe a que ya no se censura este tipo de noticias, que todo sale a la luz, y que cada vez son más las mujeres que se atreven a denunciar estas agresiones. De ser cierto que se ha disparado este tipo de delito, ello significaría que, efectivamente, estamos viviendo una etapa de regresión, o cuando menos de inmovilismo, en la moral de nuestra sociedad.

En cuanto a las agresiones a miembros del colectivo LGTB, algo que no recuerdo que sucediera en el pasado —quizá tampoco se hacía público—, ahora también resultan cada vez más frecuentes. El rechazo a homosexuales de ambos géneros, los llamados despectivamente maricones y bolleras, viene de muy lejos. Ya de niño oía burlas, sobre todo a los primeros, seguramente porque eran más “visibles”. Pero que en la segunda década de este siglo haya tantas agresiones contra estas personas me parece deleznable.

El vive y deja vivir parece que no vale para algunos. ¿Qué les importa lo que hagan y sientan los demás, aunque vaya en contra de sus hábitos y creencias? ¿Por qué tanto odio contra gais, lesbianas y transexuales?

Reconozco que no me gusta la ostentación que hacen algunos individuos durante el desfile del día del Orgullo Gay. La imagen que dan —quiero creer que como provocación hacia los intolerantes— con su vestimenta, maquillaje y actitud exageradamente erótica, me llega a resultar desagradable y creo que es innecesaria, pudiendo, además, provocar y reafirmar la intolerancia de los homófobos. No digo con esto que deban pasar inadvertidos, ocultando su orientación sexual, pero una cosa es la naturalidad —cada uno es lo que es y no tiene de qué avergonzarse— y otra muy distinta la exageración ostentosa hasta el punto de parecer una pantomima y resultar caricaturesco.

Independientemente de ello y volviendo a la aceptación de lo diferente, no creer en la diversidad sexual como algo natural no significa que haya que perseguir con insultos y agresiones físicas a quienes tienen una orientación distinta a la nuestra. Cuando veo a jóvenes homosexuales con heridas sangrantes tras haber sido atacados por uno o varios energúmenos, no solo siento pena por los agredidos sino también por esta sociedad que no cesa de engendrar ignorantes, intolerantes y bárbaros. A estos sí se les debería aplicar aquella ley de los años cincuenta. Pero si el peso de la ley no hace efecto alguno en violadores y agresores de todo tipo, ¿qué medidas deberíamos tomar para acabar con estos comportamientos tan aberrantes? Todos estaremos de acuerdo que en la educación radica la solución. Si es así, ¿debemos, pues, deducir que los educadores, tanto en la escuela como en el seno familiar, han fracasado y siguen fracasando estrepitosamente? Recordemos que los hijos aprenden más de la conducta de los padres que de lo que les enseñan los maestros.

Reforzar la educación sexual y endurecer las penas a los agresores parece ser el único remedio, un remedio cuyo resultado veremos, en todo caso, a muy largo plazo, pero entretanto siguen los ataques a los colores de ese arco iris que simboliza, entre otras cosas, la diversidad.


miércoles, 19 de enero de 2022

La buena oposición

 


La RAE define “opositor” como la persona que concurre a unas oposiciones y, en política, quien ejerce la oposición, es decir aquél que se opone al partido en el poder.

Si nos centramos en la acepción política, oponerse a algo es muy fácil. Muchas veces, ejercer la oposición es como estar situado tras una barricada disparando a todo lo que se mueve al otro lado.

Una cosa es querer ocupar un cargo por méritos propios —como sería en el caso de unas oposiciones— y otra muy distinta es dedicarse a criticar por criticar, lanzando improperios y muchas veces calumnias —ya se sabe: calumnia, que algo queda— sin ninguna base contrastable. El acoso y derribo del contrincante se ha convertido, por desgracia, en la actividad más lucrativa políticamente hablando.

La buena oposición, como yo la llamaría, es la que controla la labor del Gobierno para asegurar que hace las cosas bien —algo siempre subjetivo, dependiendo del criterio y la ideología del opositor— y, en caso contrario, ofrecer alternativas, en lugar de críticas estériles para sacar rédito electoral.

Un buen político —ese bien tan preciado y tan escaso— debería ser lo más objetivo posible, reconociendo sus propios errores y no practicar la actitud del que ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. ¿Tan difícil es saber distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, sea cual sea el bando en el que uno milita? Pues, al parecer, no solo es difícil, sino imposible.

Ahora mismo estamos viendo como en el Reino Unido tienen a Boris Johnson entre las cuerdas por su comportamiento irresponsable ante la Covid, asistiendo a pseudo reuniones de trabajo y fiestas donde corría el alcohol. Como todo político de marras, se resiste a dimitir, pero por lo menos ha pedido reiteradamente disculpas en el Parlamento y ha reconocido abiertamente sus errores, si bien ha esgrimido —algo también típico de los políticos— excusas ridículas y ha echado balones fuera. Eso de no dimitir también lo vemos en nuestro país —al igual que pedir la dimisión a la primera de cambio, por jorobar—, pero lo que nunca hemos visto, ni veremos, es que miembros del partido del Gobierno pidan la dimisión de su primer ministro. Hay conductas vergonzosas que no admiten excusas y deben ser criticadas por cualquier bando, ya sea en la Cámara Alta como en la Cámara Baja.

En España, ya estamos acostumbrados a ver cómo los miembros de un partido se protegen entre sí, formando piña, cuando alguno de ellos ha sido pillado in fraganti cometiendo alguna irregularidad. Hoy por ti, mañana por mí.

Criticar por criticar no es la labor de la oposición, sea del partido que sea. Una crítica tiene que estar acompañada de una propuesta alternativa, clara y concisa, en lugar de practicar el negacionismo —palabra de moda—, el no porque si.

¿Cuándo aprenderemos de los Parlamentos de los países democráticos de verdad de nuestro entorno? ¿Cuándo tendremos un buen Gobierno y una buena oposición? Como decía mi padre, en catalán, cuando quería decir nunca: “la setmana dels tres dijous” (la semana de los tres jueves), que equivaldría a decir “cuando las ranas críen pelo”. Pues eso.

 

*Imagen de la cabecera: pelea en el parlamento ucraniano, donde, al parecer, tampoco saben ejercer una buena oposición.

domingo, 9 de enero de 2022

Sobreinformación, sensacionalismo y morbo

 


Lo de “Año nuevo, vida nueva”, generalmente no es cierto, por mucho que nos pese. Todos seguimos con nuestra vida anterior y la sociedad adolece de los mismos vicios y malos hábitos. Lo queramos o no, la gente no suele cambiar, y mucho menos de la noche a la mañana.

Lo antedicho me sirve de justificación para seguir con mi consabida actitud crítica ante determinados hechos que tienen lugar ante mis mosqueadas narices.

En mi última entrada del 2021 afirmé que, para no acabar ese año tan nefasto con mis agrias críticas, había aparcado —o quizá incluso desestimado para siempre— un tema probablemente demasiado negativo y sensible en esos momentos, optando por otro mucho más banal e intrascendente.

El tema que me traía de cabeza era el modo con que los medios de comunicación habían estado cubriendo la dramática noticia de la erupción volcánica en la isla canaria de La Palma, pero temía que mi crítica pinchara en hueso, dada la magnitud del terrible suceso, y que se me pudiera calificar de insensible, cuando he vivido lo acaecido con la misma preocupación que cualquier hijo de vecino con un mínimo de empatía con los palmeros que se han visto tremendamente afectados por esa catástrofe natural que ha durado ochenta y cinco días y ha dejado más de 1.600 edificaciones arrasadas.

Pero me lo he pensado mejor y creo que, aprovechando que ya se ha dado por terminado este episodio, por lo menos en su apogeo, y que el tiempo todo lo enfría, no está de más sacar a colación unos hechos que nada tienen que ver con el sufrimiento de los afectados, sino que, tal como se puede intuir en el título de esta entrada, tienen principalmente como protagonistas a los periodistas que trabajan para canales de televisión que solo buscan vender sensacionalismo llenando el tiempo supuestamente reservado a las noticias de última hora con información repetitiva e innecesaria que solo pretende captar más audiencia y jugar con el morbo de algunos, haciendo uso de testimonios inútiles, que no aportan absolutamente nada a la esencia de la noticia.

Pero, si bien ha sido esa noticia la que me ha inspirado esta entrada, son muchos los ejemplo de sobreinformación interesada que busca el sensacionalismo. Recordemos, por ejemplo, la desgarradora historia de las niñas de Alcàsser, plagada de un excesivo e inmoral tratamiento mediático.

Por desgracia, los medios de comunicación tienen siempre alimento para saciar su apetito de noticias trágicas. Y si no, lo buscan donde sea. Ahora y hace veinticinco años.

Creo no exagerar si digo que los dramas humanos, desde las catástrofes naturales hasta los atentados terroristas, son el bien más preciado para un medio de comunicación y para los periodistas que trabajan en ellos, actuando a veces como si fueran los verdaderos protagonistas de la tragedia. Están al acecho como buitres que esperan poder lanzarse sobre un animal moribundo y alimentarse de sus desechos. Pero cuando esa noticia ya ha perdido el interés mediático que suscitó en un principio, a otra cosa mariposa y todo ha quedado olvidado. Las noticias más graves acaban siendo arrastradas por el olvido y no porque la causa que las motivó haya desaparecido, sino porque, simplemente, ya no interesan. ¿Qué ha sido de los rohignyas, de la guerra en Siria, de los refugiados en Lesbos? ¿Y qué ha sido de Boko Haram? ¿Cuándo nos olvidaremos de Afganistán? Y pronto nos olvidaremos del volcán de Cumbre Vieja que ha colapsado durante casi tres meses los noticiarios y programas de toda índole, aunque sus afectados sigan sufriendo las consecuencias durante mucho tiempo. Quizá es que, con tantos dramas humanos que nos invaden a diario, los medios no dan abasto y tienen que seleccionar, priorizar y redirigir sus antenas hacia temas más novedosos, dejando atrás las noticias que ya no son rentables.

En cuanto a la sobreinformación que solemos padecer en estos casos, una cosa es estar puntual y fielmente informado y otra muy distinta que nos estén bombardeando a toda hora, mañana, tarde y noche, con los mismos datos, sin aportar nada nuevo, repitiendo exactamente las mismas imágenes una y otra vez, haciendo exactamente los mismos comentarios y, por si eso fuera poco, invitando a intervenir a los afectados para que cuenten de primera mano sus desgracias y a testigos que no aportan nada nuevo. Para mí, lo único que logran con esa conducta es producir hartazgo, cuando lo que debería producir es únicamente empatía y solidaridad.

Con la erupción volcánica en la isla canaria, hemos sido torpedeados con noticias que por muy tristes e incluso desgarradoras, han sido tratadas con demasiado celo por parte de los informadores, y con celo quiero decir con un exceso tal de seguimiento que delata que el único interés que ocultan es el de justificar su puesto de trabajo y hacer méritos ante su empleador llenando horas y horas de programa.

Situaciones parecidas las encontramos también en el atentado de las Ramblas de Barcelona, en el caso de “la manada”, en el juicio del procés, en los papeles de Bárcenas, los de Panamá y los de Pandora, y un largo etcétera, todas ellas noticias muy relevantes, que todo ciudadano debe conocer con detalle, pero en las que se ha invertido, en mi opinión, una excesiva carga informativa.

Recuerdo cómo tras el trágico atentado yihadista en Barcelona, los periodistas, a pie de calle, interrogaban a supuestos testigos que en realidad no habían visto nada, pero que gustosamente aportaban su granito de arena, que no era otro que haber visto a mucha gente correr y gritar mientras ellos estaban trabajando en un comercio aledaño. Por no hablar del, para mí, morboso interés en conocer de primera mano lo que había sentido el padre de Xavi, el pequeño de tres años fallecido en el atentado, al enterarse de su muerte, quien se sometió voluntariamente a decenas de entrevistas. Pero este es otro tema que ya traté mucho tiempo atrás: la exposición voluntaria ante las cámaras de quienes han sufrido la terrible pérdida de un ser querido y que acaban siendo las personas más buscadas por parte de los medios.

Volviendo al tema central de esta entrada, insisto en que no quisiera que nadie pensara que relativizo un hecho que puede considerarse histórico y que ha producido, y sigue produciendo, mucho dolor. Empatizo totalmente con los palmeros que han visto cómo sus casas y sus campos de cultivo se han visto engullidos por la lava y que lo han perdido todo, hasta la esperanza de un futuro estable a corto plazo. Evidentemente, una noticia de ese calibre requiere de toda nuestra atención e interés, pero sigo creyendo que la atención mediática ha sido desproporcionada. Tras las primeras semanas del desastre natural, con informar puntualmente en las franjas horarias destinadas a las noticias habría sido suficiente, aun dedicándole más tiempo de lo que habitualmente se dedica a casos similares acaecidos en otros países. Para nosotros no es lo mismo una erupción del Etna que del volcán canario. Nos afecta muy de cerca y afecta a nuestros conciudadanos. Pero que todo el día hayamos tenido que ver, fuera cual fuera el programa en emisión, un recuadro con las imágenes en directo de la erupción, contactando cada diez minutos con el reportero desplazado en el lugar de los hechos, me ha parecido fuera de lugar. Y el seguimiento informativo, al margen del periodístico, ha contado con la participación de una pleyade de expertos —vulcanólogos, geólogos terrestres y marinos, sismólogos y un largo etcétera, salidos de todas las universidades y centros de investigación conocidos y por conocer— que, con alguna honrosa excepción, solo daban su opinión sobre hechos ya reconocidos e inevitables que muy poco o nada aportaban y que ya habíamos oído hasta la saciedad.

Y por último tenemos a los “turistas” curiosos que solo iban a hacerse la foto, “disfrutando” de unos días de asueto para ver, en vivo y en directo, el volcán y su entorno fantasmagórico, mientras los afectados sufrían lo indecible en sus propias carnes.

Esta sobredosis informativa que hemos padecido, solo se ha visto superada (de momento) por la de la pandemia de la Covid-19, algo que podría considerarse normal, por su afectación mundial, su elevada mortalidad y su duración todavía incierta, pero que también ha dado pie a la intervención de múltiples expertos en microbiología, virología, epidemiología, vacunología, biología computacional —ni siquiera sabía que existía esta especialidad— y jefes de servicio, directores médicos, presidentes de asociaciones y colegios de médicos y profesionales de todo tipo de centros de los que nunca había oído hablar, nacionales y extranjeros, e incluso economistas y matemáticos, que, con toda su buena fe, han logrado, con esa sobreinformación y disparidad de datos, muchas veces contradictorios, alarmar todavía más a la población e incluso, diría yo, incentivar el negacionismo. Está muy bien saber cómo se contagia el coronavirus, qué medidas debemos tomar para no contagiarnos y no contagiar a los demás, conocer la evolución de la pandemia por zonas y poner de relieve la situación de emergencia en la que se hallan los hospitales públicos y más concretamente las UCI, una información que pretende concienciar a la opinión pública de la gravedad de la situación en aras a una colaboración en la contención de la pandemia. Pero esta información, mal tratada, mal orientada y mal interpretada, ha tenido un resultado perverso en muchos casos, con una imagen distorsionada, recurriendo a cifras que más bien parecía que estábamos ante un concurso sobre qué CA lo hacía mejor o peor. Y si encima intervienen los políticos con fines partidistas, se lía parda. Si la Justicia no debe estar politizada, mucho menos la Sanidad y, por ende, la salud pública.

Así pues, información la justa y necesaria. Y sobre todo imparcial y contrastable, sin interferencias ni sensacionalismos por parte de quienes tienen un interés mediático. Y el morbo, ni mentarlo. Quien disfrute con la desgracia ajena, haría bien en pedir cita a un psicólogo.