jueves, 25 de marzo de 2021

A pesar de todo, la vida continúa

 


Los que intentamos vivir con los pies en el suelo, anclados en lo que consideramos una vida lógica, basada en el sentido común, cada vez más exiguo, más tocado, más deteriorado, nos vemos obligados a ser espectadores pasivos de hechos que nos sobresaltan y que, por desgracia, son cada vez más frecuentes y escandalosos.

Desde que el mundo es mundo y el hombre es hombre, siempre ha habido injusticias protagonizadas por ese hombre que se ha erigido como el salvador de la humanidad, pero que, en realidad, no es más que un depredador omnívoro, que lo devora todo sin piedad y solo pensando en su propio beneficio. Y a la gente de bien, entendiendo como tales los que desean vivir en paz y en armonía en ese mudo utópico donde todos los seres humanos tienen los mismos derechos y oportunidades, no les queda más remedio que asumir la imperfección que domina el mundo real. La impotencia por cambiar ese mundo hostil nos obliga a vivir en la resignación, esperando que no seamos de los que sufren las injusticias y los males que nos acechan.

Vivimos sometidos a todo tipo de presiones y calamidades. A la dificultad “natural” de sobrevivir en una sociedad tan materialista, hay que añadir males de toda índole y origen. El cambio climático que está devorando las zonas ecológicamente más ricas del planeta. Los incendios, provocados por la codicia de los poderosos, o bien por ese cambio climático que ellos mismos están permitiendo, cuando no causando, están arrasando zonas que deberían estar protegidas. Las pandemias naturales, que siempre se ceban en los más desfavorecidos, a los que las ayudas, en cantidades insuficientes, solo llegan cuando los ciudadanos del primer mundo ya han salido airosos. Los disturbios y la violencia provocada por las injusticias sociales, especialmente en países dictatoriales, que van en aumento. La progresión de los extremistas xenófobos que una malentendida tolerancia les abre las puertas a los parlamentos más democráticos. La hipocresía y la manipulación por parte de algunos medios y de determinados partidos políticos que solo pretenden alcanzar el poder del modo que sea. Los políticos que nos defraudan constantemente, dando una imagen impropia de quienes deben velar por el bienestar de la sociedad. La corrupción masiva, que alcanza cotas increíbles y contra la que resulta muy difícil, cuando no imposible, luchar. Y, en definitiva, la impotencia de quienes observan, perplejos, tanta incoherencia, insensatez e irracionalidad da vía libre a que sus autores sigan actuando en beneficio propio y que nadie se atreva a pararles los pies.

¿Quién va a enfrentarse a los poderes fácticos sin tener un respaldo que le asegure el éxito? ¿Quién le parará los pies a Putin y a tantos reyezuelos que ostentan el poder con mano de hierro y con las manos manchadas de sangre? ¿Quién puede detener la política de asentamientos en tierras palestinas de Netanyahu, con el apoyo de los EEUU? ¿Quién puede acabar con el radicalismo islamista? ¿Quién, en definitiva, puede luchar contra los elementos?

Muchas de esas injusticias y atrocidades las vemos de lejos. Guerras, persecuciones, genocidios, migraciones, hambruna, y un largo etcétera, inundan los telediarios. Otras, en cambio, las vivimos muy de cerca, aunque tengamos la suerte de no sufrirlas en nuestras carnes, como el paro, el despilfarro, la corrupción generalizada, los intereses económicos por encima de los sociales, la hipocresía de los políticos que se dicen progresistas pero que actúan como la derecha liberal, permitiendo que fondos buitre desalojen a la fuerza a ciudadanos que viven en la precariedad, prometiendo medidas y ayudas que nunca llegan o lo hacen mal y demasiado tarde. El incumplimiento de los programas electorales y las alianzas postelectorales entre partidos a priori no afines y coaliciones antinaturales, están en el orden del día. Por no hablar del transfuguismo y la compra descarada de votos. Políticos que abandonan su partido, pero no el acta de diputado, conservando su poltrona en el parlamento autonómico o central. Divisiones, peleas, broncas vergonzosas e indignas de quienes representan, o dicen representar, a los ciudadanos.

Se ha hablado repetidamente del uso cada vez más acentuado de ansiolíticos y antidepresivos en nuestro país. No es extraño. Algunos lo achacan al confinamiento al que nos hemos visto sometidos por la pandemia. Es posible. Pero esto ya viene de lejos, no es algo novedoso. Yo más bien creo que el origen está en la desmoralización de muchos trabajadores que ven, impotentes, la pérdida de sus puestos de empleo, el cierre de muchas empresas, el negro horizonte que les espera y la falta de oportunidades de muchos estudiantes, que deberán emigrar si quieren sobrevivir a esta crisis.

Toda esa amalgama de situaciones y sensaciones adversas no pueden dejarnos indiferentes, pero tampoco debemos, por nuestra salud mental, hundirnos en la desesperación. Nuestros padres y abuelos vivieron y superaron una guerra civil y las penurias que de ella se derivaron. Todo ello dejó una huella indeleble y en algunos casos una herida muy profunda, pero salieron adelante. Porque la vida continúa.

Si algo deberíamos aprender de todas estas “agresiones” externas, es que podemos resistir a sus embates. Lo mejor que podemos hacer es no sucumbir a la desesperación. A eso se le llama resiliencia.

Si el ser humano sigue habitando este planeta después de tantos milenios es porque ha sabido adaptarse a los cambios naturales y a dominarlo en pro de su supervivencia. Solo espero que las futuras generaciones aprendan de esta crisis que ahora estamos sufriendo para salir airosos de ella y que sepan y puedan revertir esos cambios antinaturales que el hombre moderno ha introducido para explotar un planeta que necesita para sobrevivir. Porque la resistencia del planeta Tierra tiene un límite y este se está acercando peligrosamente. Y una vez restablecido el orden natural del planeta, que se pongan de inmediato manos a la obra para lograr también ese orden mundial que todos necesitamos.

De todos modos, a mi edad no me quedan muchas esperanzas ni oportunidades para ver grandes cambios. Solo puedo resignarme a contemplar cómo se desarrollan los acontecimientos y no abatirme más que lo justo y necesario. Porque, insisto una vez más, a pesar de todo, la vida continúa.


lunes, 22 de marzo de 2021

Josep Baselga. In Memoriam

 


Hoy tenía previsto publicar una de mis típicas entradas, con ese poso crítico que las caracteriza, pero me he visto obligado a hacer un paréntesis para intercalar esta, dedicada a un hombre de ciencia que acaba de dejarnos a la temprana edad de 61 años.

Desde estas líneas quiero, en primer lugar, lamentar su pérdida como consecuencia de un grave trastorno degenerativo cerebral conocido como enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, y en segundo lugar agradecerle su aportación a la oncología. Él, que ha salvado tantas vidas, no ha podido salvar la suya.

Josep Baselga i Torres, nacido en Barcelona el 3 de julio de 1959, fue el Jefe de Servicio del Departamento de Oncología Médica, Hematología y Oncología Radioterápica del Hospital Universitario Vall d’Hebrón de Barcelona desde 1996 hasta 2010. Entre su dilatado currículum figura haber ocupado, entre 2013 y 2018, la dirección médica del hospital Memorial Sloan-Kettering de Nueva York, considerado el mejor centro mundial en investigación oncológica. Pero entre sus aportaciones médicas a la oncología hay que resaltar lo que me ha llevado a dedicarle estas líneas.

El Dr, Baselga apostó desde sus inicios por los mecanismos biológicos de las enfermedades y más concretamente del cáncer, enfocando sus investigaciones en lo que se ha dado en llamar la medicina personalizada. Dicho enfoque fue fundamental a la hora de desarrollar medicamentos que han acabado siendo introducidos en la práctica médica habitual, cuando muchas compañías farmacéuticas dudaban de su viabilidad. El fármaco más representativo es el anticuerpo monoclonal trastuzumab, que ha contribuido a salvar muchas vidas humanas en pacientes con cáncer de mama de tipo HER2, entre los que me encuentro.

Ahora, y durante un largo periodo de tiempo, corre y correrá por mis venas ese fármaco cuyo desarrollo este prestigioso oncólogo impulsó gracias a su visión de futuro.

Muchas gracias al doctor Josep Baselga en nombre de todos los que se han visto favorecidos por sus conocimientos y en el mío propio. Son ya muchos los oncólogos en nuestro país que han tomado el testigo de su perseverancia e ingenio. De momento, gracias a él, el trastuzumab sigue siendo uno de los tratamientos de elección en el cáncer de mama.

 

viernes, 12 de marzo de 2021

¿Mala costumbre o mentira piadosa?

 


En más de una ocasión he echado el freno justo antes de publicar una de mis “criticas sociales”, como me gusta llamarlas, por temor a incomodar o disgustar a algunos de mis lectores, al sentirse indirectamente señalados. Estoy casi convencido de que hace años perdí a unos cuantos seguidores por ello. En aquella ocasión fue por criticar la actitud de los que solo te leen si les lees, como si lo de la lectura de otros blogs estuviera sujeta a un obligado quo pro quid y no a la libertad de elección o al tiempo disponible para ello.

Esta es una de esas ocasiones en las que he estado tentado de borrar todo lo escrito para evitar un malestar a quien se vea reflejado. Pero como, de hecho, ninguno de mis más fieles seguidores ha cometido —que yo sepa— el pecado que voy a señalar, he decidido liarme la manta a la cabeza y que sea lo que Dios quiera. ¿A qué pecado me refiero? Al de la mentira. Y al decir esto me siento como el sacerdote en lo alto del púlpito culpando de pecadores a los fieles que le escuchan desde el banco de la iglesia y señalándolos con su dedo acusador. Pero más que acusar, lo que deseo aquí y ahora es desahogarme de algo que vengo observando desde hace mucho tiempo.

Hay cosas que no entiendo y que me irritan sobremanera, y no solo por esa falta de comprensión por mi parte, sino por la hipocresía que encierran. En alguna ocasión he hablado de las contradicciones e incoherencias que vemos a menudo a nuestro alrededor y que incluso nosotros mismos hemos protagonizado. Somos humanos y pecamos de falta de sinceridad cuando nos sentimos forzados a ello. Pero la hipocresía gratuita, la no obligada por las circunstancias, es lo que más me subleva.

Convendréis conmigo que a veces hemos tenido que mentir para no herir a alguien cuando nos ha hecho una pregunta cuya respuesta, de ser totalmente sincera, le produciría dolor. Eso es lo que se define como mentira piadosa, una mentira que se dice por compromiso, como cuando alguien te pregunta si crees que ha envejecido más de la cuenta, si está guapa, si le queda bien un vestido, etc., esperando una respuesta benévola en el primer caso y positiva en los otros dos. En esas situaciones nos parecería cruel decir: «Pues sí, tío, te veo muy decrépito para tu edad»; o bien: «Mujer, guapa lo que se dice guapa…pues no»; o, ya en plan más duro: «Pues ya que lo preguntas, te queda fatal, no he visto en mi vida una cosa tan horrible».  En su lugar, solemos optar por algo que no nos comprometa o que no ofenda: «No, hombre, yo no te veo tan viejo como dices» o «Claro que estás guapa» o «Te sienta bastante bien», sin necesidad de pasarse al lado más hipócrita, como sería decir: «Pero si estás hecho un chaval» o «Estás guapísima, como siempre» o «Te sienta estupendamente, como todo lo que te pones», para luego, a sus espaldas, dejarlos hechos un guiñapo.

Insisto, pues, en que a veces nos hemos visto obligados a decir esas mentiras piadosas, en cierto modo forzados por quien pregunta, algo que se ha convertido en una costumbre, casi una norma de cortesía. Pero si dijéramos esta sarta de mentiras sin venir a cuento, sin que se nos pidiera la opinión, por iniciativa propia, ya sería una hipocresía extrema, rayando el cinismo.

Y aquí entra mi crítica de hoy, referida a un comportamiento que, como he dicho, llevo observando desde hace mucho tiempo y que, supongo, también afecta a más de uno en mi situación.

Los que me conocéis, sabéis que tengo una recopilación de relatos publicada desde hace algo más de cuatro años, que lleva por título Irreal como la vida misma y que —dicho sea de paso— está disponible en Amazon. He dicho en más de una ocasión que la peor parte, para mí, de esta “hazaña” ha sido su promoción, bien a través de mis blogs, de Facebook, Twitter e Instagram. Sencillamente, me resulta violento tener que dar la tabarra, una y otra vez, para dar a conocer este libro y, de ese modo, animar a mis seguidores a que lo adquieran y, por supuesto, lo lean. No soy el único que usa este método para publicitar sus libros autoeditados, a falta de una editorial. No hay otra forma. Es lo que hay. En cada ocasión que lo he hecho, me he prometido que sería la última, pues me duele pensar que me puedan tachar de pesado. «Otra vez con su libro de marras, qué cansino».

Pero, al margen de esta autopublicidad, he tenido la gran suerte de que varias compañeras y compañeros que sí han leído esta recopilación y que son propietarios de un blog, han tenido la deferencia de dedicarle una reseña, algo que es de muy agradecer por cuanto que han obrado libremente, sin que les haya pedido hacerlo.

Pues bien, en cada una de esas reseñas —todas muy positivas y quiero creer que sinceras—, algunos de sus lectores, quienes no sabían de mí ni de mi libro, han dejado comentarios mostrando un claro —que no sincero— interés por hacerse con un ejemplar. Algunos, incluso, parecían ansiosos por hacerlo y daban a entender que lo harían de inmediato, cosa que no ha llegado a suceder, salvo en una ocasión, que yo recuerde y porque era alguien que sí me conocía. ¿Por qué fingir un interés que no existe? ¿Por qué afirmar algo que no se cumple? ¿Es una mentirijilla para quedar bien? ¿Algo que todo el mundo hace y no pasa nada? Para mí es una falta de seriedad, incluso de educación, tanto hacia el autor de la reseña —con el que pretenden quedar bien— como del libro, algo que no viene a cuento y que, a individuos crédulos e ingenuos como yo, les jode (con perdón), porque da una alegría que luego se convierte en decepción. Si no te interesa un libro, por el motivo que sea, por muy buena calificación que le haya otorgado quien ha hecho su reseña, no pasa nada, omites hacer un comentario. En el caso en que te sientas obligado a comentar algo, por tu buena relación con el autor de la crítica, puedes ser ambiguo, irte por los cerros de Úbeda. Eso es siempre mejor que mentir, pues esa mentira es hipocresía gratuita.

Por mucho que alguien te diga que vale la pena leer ese o aquel libro, no estás obligado a creerle, ni mucho menos a comprarlo, pero, por lo menos, no digas que lo vas a hacer. Porque el pobre autor que espera ver hecha realidad su ilusión, acabará comprobando de que todo ha sido, una vez más, un farol.

Por favor, abandonad esa arraigada costumbre de mentir para quedar bien. Las mentiras piadosas solo son para los que las quieren oír, no para los que queremos saber la verdad.

 

lunes, 1 de marzo de 2021

Criptomonedas y criptomillonarios

 


A mi edad hay cosas para las que ya he llegado tarde, particularmente en lo referente a nuevas tecnologías y aplicaciones digitales, y no porque me sienta incapaz de aprender a usarlas sino porque ya no me producen ningún interés ni puedo sacarles un mínimo rendimiento. ¿Por qué, por ejemplo, tengo que darme de alta en esa aplicación conocida como Tiktok? ¿Para hacer el mamarracho? Tengo instalado Instagram y solo lo uso para colgar fotografías y uso, muy de vez en cuando, YouTube para ver algún concierto, alguna película y como un medio para buscar y bajarme música, mientras que los instagramers y youtubers pueden forrarse haciendo y diciendo cualquier cosa ante sus seguidores.

Pero hay supuestos adelantos que superan mi capacidad de discernimiento y que, al igual como me ocurre con la Bolsa, me crean mucha incertidumbre e incluso temor. Con la Bolsa ya no quiero saber nada, he tenido una muy mala experiencia y no quiero que mis ahorros se vean zarandeados por los vaivenes —a veces, en mi opinión, caprichosos— de los mercados y de las políticas económicas y sociales internacionales.

Hace muchísimos años que vengo usando la tarjeta de crédito, tras la cual hay una entidad financiera identificable y responsable. Hace algún tiempo que efectúo mis pagos en las Estaciones de Servicio con una aplicación (Waylet) descargada en mi móvil y desde hace muy poco puedo hacer lo mismo en muchos establecimientos con otra aplicación (CaixaBank Pay). Todas ellas me ofrecen confianza y seguridad. También he comprado artículos de todo tipo y entradas por internet y he pagado directamente a través de mi tarjeta de crédito o por PayPal. Jamás, hasta el momento, he tenido problemas.

Así pues, no soy un viejo carca que dé la espalda a las nuevas tecnologías porque sí. Pero hay ciertos avances, si es que en realidad lo son, que me crean una gran desconfianza por la (aparente) complejidad e inseguridad que encierran.

La sustitución de la moneda en papel por la de plástico fue un gran adelanto por su practicidad, aunque con ello estemos totalmente controlados —se sabe qué, cuánto, cuándo y dónde compramos—, aunque, a la vez, se evite el blanqueo de dinero. Pero el advenimiento de las llamadas criptomonedas se me antoja algo muy peligroso, especialmente para quien no le gusta especular con su dinero.   

Hay voces que aconsejan invertir en Bitcoins, la criptomoneda más popular del momento. Quien así lo hizo hace tan solo tres años ha visto aumentar su valor de forma increíble en comparación con cualquier otra inversión. Solo a lo largo del 2020 subió un 43%. Pero si nos retrotraemos a febrero de 2017, por aquel entonces el bitcoin se cotizaba a 1.200 dólares, mientras que en enero de este año su valor alcanzaba los 35.000 dólares (fuente: web Bit2Me Academy, 13 de enero de 2021), un 2.800% en cuatro años, y podrá alcanzar los 59.000 dólares a lo largo de este año (fuente: Thomas Hughes, en la web Entrepreneur, 2 de febrero de 2021). Algo inaudito. De este modo, quien hubiera invertido, por ejemplo, 100.000 € en bitcoins, ahora tendría casi tres millones, pudiendo llegar a los cinco millones. Todo muy fácil ¿no os parece? Quien no invierte en bitcoins es porque es tonto, parecen decirnos estos resultados.

Pero también hay voces que insisten en la peligrosidad de tales inversiones, por su gran variabilidad —su valor puede cambiar cada hora, tanto al alza como a la baja—, la falta de protección —no hay una entidad financiera que se responsabilice de nada ni esta moneda está respaldada por ningún gobierno— y son más susceptibles de pirateo, lo que ya se conoce como criptopirateo.

Yo soy de la vieja escuela, con lo que, aunque me duela, prefiero tener mi dinero en una entidad bancaria de intermediario, aunque me cobre algunas comisiones, que en una nube o red informática; prefiero el billete físico y el plastificado que el encriptado. Prefiero la realidad a la virtualidad.

¿Creéis en las criptomonedas como inversión y como medio idóneo para las transacciones económicas? ¿Creéis que acabará imponiéndose? Yo creo que, dado el elevado valor actual del bitcoin, muy pocos podrán tener un buen puñado de ellos en sus bolsillos virtuales, y los que puedan, los ricos, quizá acabarán siendo criptomillonarios, y los que no, la gran mayoría, seguiremos siendo lo que siempre hemos sido. De ser así, me temo que la brecha entre ricos y pobres se irá agrandando aun más, a no ser que estas monedas virtuales acaben sufriendo un descalabro brutal y el que ha arriesgado mucho dinero acabe siendo más pobre que una rata.

Pero, aun no siendo economista ni vidente, me parece que ocurrirá como en la fiebre del oro o con los contagiados por la Covid-19, que después de alcanzar el pico máximo, vendrá el declive hasta llegar a niveles mínimos. Los que ganarán dinero con las criptomonedas serán los de siempre, los mismos que saben jugar a la bolsa, conocedores de cuándo tienen que comprar y cuándo vender.

Yo, como ni puedo ni quiero meterme en ese berenjenal, me quedaré mirando lo que ocurre.


jueves, 11 de febrero de 2021

Diario de un paciente atribulado

 


Nuestra vida puede dar un giro radical en cuestión de segundos. En un instante podemos pasar de la mayor de las felicidades al peor de los infortunios. Incluso de estar vivo a estar muerto.

Si ya de niño pensaba en la muerte y en lo que había, o no había, “al otro lado”, de mayor, mi interés se ha centrado en cuántos años viviré, una pregunta que cada vez me he hecho con más frecuencia a medida que he ido cumpliendo años.

En más de una ocasión he experimentado un proceso psicosomático producto del estrés. Conociendo, pues, las malas pasadas que mi sistema nervioso me ha jugado, cualquier trastorno, por preocupante que pueda ser a simple vista, pienso que no tendrá ninguna trascendencia médica importante y que todo quedará en un susto. Hasta ahora siempre había sido así.

Pero en agosto de 2020, un año antipático donde los haya, me palpé un pequeño bulto en el pecho izquierdo. Un quiste sin importancia, pensé. Pero como más vale prevenir, en septiembre consulté con un dermatólogo para que me orientara, y este me derivó a un cirujano, quien determinó que debía extirparse y analizarse. Como la intervención quirúrgica no pudo llevarse a cabo hasta finales de noviembre y el resultado de la biopsia tardó en llegar más de lo previsto, no supe que lo extirpado era un carcinoma mamario hasta unos días antes de Navidad.

Siempre había pensado qué haría ante una noticia de este tipo. Solo puedo decir que me quedé helado, pero no amedrentado. Parecía como si aquello no fuera conmigo. ¿Qué debo hacer? ¿A quién tengo que acudir?, fue todo lo que pregunté. Estos casos los ve y trata un especialista en ginecología o en cirugía general, fue la respuesta.

Ni corto ni perezoso, antes incluso de comunicárselo a mi mujer, me las compuse para obtener, sin dilación, cita con un especialista en cirugía general en el Hospital Universitario General de Catalunya, nuestro centro hospitalario de referencia. Por fortuna, dentro de esta especialidad comprobé que existía una Unidad de la mama. Solicité telemáticamente día y hora de consulta, y la cita más temprana resultó ser el 12 de enero. Faltaban 22 días, una eternidad para quien desea resolver un problema grave a la mayor brevedad posible. Pero con las fiestas navideñas de por medio, no quedaba otra alternativa que esperar.

Mi mujer, al conocer el diagnóstico y la fecha de visita adjudicada y viendo la imposibilidad de adelantarla —cosa que intentamos—, puso su iniciativa natural en marcha. Al día siguiente ya me había conseguido una cita, para el 30 de diciembre, con la Dra. Ara, ginecóloga y cirujana del Hospital Universitario Dexeus, tras haber obtenido una muy favorable opinión de una clienta de la farmacia donde trabaja y que había sido paciente suya.

Al ver adelantado el proceso trece días, el alivio que sentí fue mayúsculo. Quien espera, desespera, dice la máxima. Yo no me desesperaría, me dije, simplemente esperaría acontecimientos. Y aquí empezaron las tribulaciones que me han llevado a escribir este diario.

 

Miércoles, 30 de diciembre de 2020: Primera cita

La cita es a las 15:30 horas. Llego al Hospital con media hora de antelación. Tras identificarme, paso a la sala de espera del Servicio de Ginecología, a la que no dejan acceder a mi mujer. Allí me encuentro, como era de suponer, con cinco mujeres. No observo por parte de ellas ninguna mirada interrogativa. Supongo que no es la primera vez que acude a ese Servicio un hombre. Me entretengo pensando en si creerán que estoy allí para un examen de fertilidad porque me he casado con una mujer mucho más joven y hay dudas sobre mi capacidad reproductiva.

Cuando me toca el turno, me someten a un interrogatorio para abrir mi historia clínica. Una de las preguntas es si existen antecedentes de cáncer de mama en mi familia, cosa que niego. Soy, pues, el primero de una estirpe. Este tipo de cáncer en hombres solo representa un uno por ciento de los cánceres de mama. Quizá una mutación me da dotado de esa “habilidad”. Deberé someterme a un estudio genético, pues tengo dos hijas a las que prevenir. Al terminar el interrogatorio y antes de entrar en materia, se le permita la entrada a mi mujer.

El informe anatomopatológico del pequeño tumor extraído en diciembre y que he entregado a la doctora revela que es muy agresivo y rápidamente expansivo. Esa es la mala noticia. La buena, o menos mala, es que existe un tratamiento muy eficaz y específico para este tipo de tumor a base de anticuerpos monoclonales. Ante ello, se presentan dos escenarios posibles: practicar primero una mastectomía seguida del tratamiento antitumoral o viceversa. La elección entre ambas opciones dependerá del grado de afectación mamaria y del aspecto de los ganglios. Si hay presencia de restos tumorales, evidencia de una extensión del tumor y/o afectación ganglionar, se aconseja proceder de inmediato con el tratamiento durante un año con el fin de contener su expansión y reducirlo al máximo. Una vez conseguido esto, se practicaría la mastectomía. De lo contrario, se invertiría el proceso.

La palpación de las mamas y de los ganglios no evidencia ninguna anomalía. A continuación, se me practica una ecografía mamaria y una mamografía bilateral, que tampoco ponen de manifiesto hallazgos anómalos. Los ganglios linfáticos axilares son normales y no se aprecian signos de alerta en ambas mamas. Pero aun partiendo de estos resultados positivos, hay que completar la exploración con una resonancia magnética, cuya mayor sensibilidad confirmará si queda algún resquicio de duda. Esta prueba radio-diagnóstica se programa para día 8 de enero y la siguiente visita con la especialista para el 12. A la vista de todos los resultados obtenidos, un comité oncológico determinará el procedimiento a seguir.

Para adelantar acontecimientos, deberé someterme, sin prisa pero sin pausa, a las habituales pruebas preoperatorias: análisis de sangre, placa de tórax y electrocardiograma.

Aunque no está todo dicho y decidido, mi estado de ánimo mejora ostensiblemente. Por lo menos sé dónde estoy y adonde voy, y el camino se me antoja seguro.

Son las 20:30 horas cuando estoy de vuelta en casa con las ideas más claras o, por lo menos, con la información necesaria y suficiente. Por el momento.

 

Viernes, 8 de enero de 2021: Las pruebas

A las 11:15 horas debo someterme a la resonancia magnética. Como me inyectarán un líquido de contraste tengo que estar en ayunas durante, por lo menos, cuatro horas. Decido, pues, aprovechar esta circunstancia para que me hagan antes el análisis de sangre, pues para ello no es preciso tener cita previa.

Cuál es mi sorpresa al ver lo abarrotada que está la sala de espera. Aunque todos los presentes llevan mascarilla y están en asientos alternos, el trasiego de personal es continuo. El turno para ser atendido lo indica una máquina según el motivo de la visita. El botón A es para análisis, el B para entrega de muestras y el C para recogida de resultados. Me sale el número A06.

Va pasando el tiempo, falta una media hora para la resonancia y mi número no sale en pantalla. El número A más avanzado es el A88 y pienso que después del A99 empezarán con el A01. Pero entre que los trámites van muy lentos y que van intercalando números con la letra B y C, me voy poniendo cada vez más nervioso. Finalmente me decido a exponer mi situación a una de las administrativas que acaba de despachar a un paciente y le muestro mi papelito. Esta me confirma que todavía me queda bastante, que será mejor que vaya a que me hagan la resonancia y vuelva a por un nuevo turno. Pero una compañera, que lo ha oído, replica que, si la resonancia es con contraste, no podrán hacerme los análisis. Viendo mi cara de desolación, añade, en un tono más bajo, que vaya a la máquina de nuevo y pulse el botón B y así me atenderán mucho antes.

En esta ocasión me ha salido el B33 y al cabo de unos pocos minutos me toca el turno. No pasan ni cinco minutos desde que he vuelto a sentarme con la petición aprobada y sellada cuando una voz me reclama. Paso a una sala minúscula en la que apenas cabemos la enfermera y yo y en un santiamén estoy camino del servicio de Diagnóstico por la Imagen. Y vuelta a empezar: número para entregar la petición médica y sentado de nuevo a la espera de que me hagan pasar a la sala donde me introducirán en ese tubo tan ruidoso y agobiante. Menos mal que no soy claustrofóbico.

Llegamos a casa a la una menos diez. Me siento algo mareado, pero no sé si es por el líquido de contraste inyectado o por la hipoglucemia.

 

Martes, 12 de enero de 2021. Segunda cita

He dormido mal, soñando con médicos y hospitales. Y es que me acosté intrigado. A eso de las ocho de la tarde del día anterior recibí una llamada de una enfermera proponiéndome retrasar la hora de visita con la Dra. Ara, pues esta debía hacer una consulta sobre el resultado de la resonancia antes de visitarme y no quería hacerme esperar. ¿Una consulta? ¿Qué tipo de consulta?, me dije. Eso es que han visto algo y quiere cerciorarse antes de darme el veredicto. Eso no pinta nada bien.

Uno de mis peores defectos ha sido practicar lo que algunos psicólogos llaman el síndrome de “el adivino”, es decir adelantar acontecimientos sin una base sólida. Si tu jefe reclama tu presencia de inmediato a su despacho piensas que es para echarte una bronca, aunque ignoras qué puedes haber hecho mal. Luego resulta que solo quería conocer urgentemente tu opinión sobre algo que le preocupa. Eso mismo me ocurrió con la información recibida de la enfermera.

En la sala de espera, a la que esta vez sí que han permitido entrar a mi mujer, estoy como una moto. Debe ser el nerviosismo propio de quien espera un veredicto. ¿Qué habrá revelado la resonancia?

Cuando pasamos al despacho de la Dra. Ara, esta tarda más de cinco minutos en aparecer. Nos ha invitado a entrar, pero ella no hace acto de presencia. ¿Estará consultando algo?

Cuando, por fin, se sienta ante nosotros nos comenta que el retraso en la cita se ha debido a que el informe de la resonancia no estaría listo a la hora concertada y no quería hacernos esperar. El adivino y la enfermera no han estado muy finos. Acto seguido nos da una buena noticia, dentro de lo que cabe: No hay indicios de manifiesta malignidad. Solo se observa, alrededor de la zona del tumor extirpado, un área inflamatoria, en la que bien podría existir alguna célula maligna residual. La otra mama está totalmente “limpia”.

Se fija el día de la intervención para el miércoles 27 de enero. Tres días antes deberán practicarme una PCR y el día anterior una inyección con un marcador radioactivo para detectar el ganglio centinela. Junto con la mastectomía me lo extirparán para posterior análisis. Si el ganglio no está afectado —las imágenes así lo sugieren, pero hay que comprobarlo microscópicamente—, solo bastará con el tratamiento con anticuerpos monoclonales durante un año como terapia preventiva. En caso afirmativo, este tratamiento se complementaría con una quimioterapia convencional, aunque menos agresiva. La cosa va complicándose.

 

Martes, 26 de enero: Más pruebas

He consultado la web del Hospital y compruebo que la PCR ha dado negativo. Un alivio más, pues de lo contrario, no habría podido entrar en quirófano.

A las nueve de la mañana, acudo al Servicio de Medicina Nuclear para someterme a la identificación del ganglio centinela. Esta prueba consiste en inyectar en la zona tumoral una sustancia radiactiva (Tecnecio) para determinar hacia qué ganglio drena, desde el cual las células tumorales, de haberlas, podrían viajar por el sistema linfático hasta otros órganos. La prueba ha durado unas dos horas, pues entre la punción y la gammagrafía debe transcurrir una hora y media, tiempo que mi mujer y yo aprovechamos para dar un paseo por los alrededores.

 

Miércoles, 27 de enero: La intervención

La cita es a las 07:30 h., pero llego con quince minutos de antelación. Tras los pesados trámites administrativos del ingreso hospitalario, me veo tendido en una camilla con el típico atuendo de quien va al quirófano: gorro, cubrepiés y esa horrible bata que te deja con el culo al aire. En cuestión de segundos me insertan una vía por donde me inyectarán la anestesia y la medicación correspondiente. Caras desconocidas me saludan y se presentan. A la única persona que reconozco es a mi cirujana, gracias a que ya la he visto con mascarilla durante nuestras citas, aunque sin gorro. 

A diferencia de anteriores intervenciones con anestesia general, en esta ocasión no noto ese plácido peso en los párpados a medida que el anestésico va surtiendo efecto. Paso del estado lúcido al inconsciente, como si me hubieran dado un martillazo en la cabeza y hubiera perdido el conocimiento de inmediato.

Recuerdo muy poco de mi vuelta al estado consciente, solo que un joven camillero me transporta hacia la habitación. Veo que ante mis ojos van desfilando las luces del techo. Una vez en la cama, oigo a mi mujer que me da la bienvenida y me pregunta cómo me siento. Una vez a solas, me pone en antecedentes. La doctora le ha dicho que la operación ha ido muy bien y que en la zona operada solo vería una incisión longitudinal y que el ganglio centinela, el axilar, parecía sano a simple vista. No obstante, hasta el resultado de la anatomía patológica no conoceremos su verdadero estado.

Por la tarde, la doctora hace acto de presencia, alaba mi aparente buen estado físico y me ofrece la misma información. Le pregunto cuándo podré marcharme a casa y me responde que, si todo va bien, podré hacerlo al día siguiente, pues, aunque suelen mantener al paciente en observación unas cuarenta y ocho horas como mínimo, prefiere que abandone el hospital cuanto antes dado el número de pacientes con Covid-19 que están recibiendo derivados de hospitales públicos.

Lo único a destacar de ese primer día de hospitalización es la sed y el hambre. De lo primero ya era plenamente consciente, pues por experiencia sé que no se puede ingerir líquido alguno hasta transcurridas seis horas desde la intervención. Pero la cena consiste en un caldito insípido y una compota de mazana. Menos mal que mi mujer se ha aprovisionado de unos palitos de pan de los que doy buena cuenta.

 

Jueves, 28 de enero: El postoperatorio hospitalario

Del desayuno mejor no hablar, si es que unas escuálidas y quebradizas tostadas, una tarrina de mermelada de melocotón y un café con leche aguado puede calificarse de este modo. Dieta blanda, pone en una tarjetita. Un eufemismo como otro cualquiera.

Cuando, a eso de las nueve, la doctora examina la cicatriz y comprueba que el drenaje que me han implantado tiene buen aspecto, me pregunta si quiero irme a casa. Mi vehemencia al exclamar que sí no deja lugar a dudas. Antes de despedirse me informa que deberé volver a su consulta el jueves de la semana siguiente para que me quiten los puntos e informarme del resultado de la biopsia ganglionar.

Tras firmar el alta, me dan un dossier con el informe de cirugía y con las recomendaciones y el tratamiento a seguir en casa. A las once abandono el hospital y a las once y media llego al hogar dulce hogar.

 

Jueves, 4 de febrero: Tercera cita

El lunes al mediodía me llamó una enfermera para darme las citas de hoy con la enfermera que me quitará los puntos, con la doctora que me dará el veredicto y la pauta a seguir y con una fisioterapeuta que me indicará algunos ejercicios para reducir el edema de la zona operada.

Todas las noches desde mi regreso a casa he dormido mal por culpa de las molestias que he sentido en el pecho y el brazo izquierdo cada vez que intento cambiar de posición. A pesar de estar tomando un antiinflamatorio y un analgésico cada ocho horas, el dolor no ha desaparecido y tampoco la hinchazón.

La larga espera para ser atendido, se ha visto acentuada por un nerviosismo que no había sentido hasta ahora, como si tuviera que oír mi sentencia de muerte.

El primer paso por la enfermería revela un buen aspecto de la herida, tras la extracción de los puntos. La hinchazón y tumefacción que todavía persiste, acompañada de dolor al tacto, es normal e irá disminuyendo gradualmente.

Aparece por la enfermería la doctora Ara, me saluda, mira la cicatriz y desaparece. No observo en su semblante ningún signo de ser portadora de buenas noticias. Una vez más el síndrome del adivino hace acto de presencia. A mi mujer la han hecho pasar directamente a la consulta. Pienso que cuando yo entre, su expresión me dará pistas de si hay buenas o malas noticias. Pero vuelvo a equivocarme. Mi mujer está sola y, por lo tanto, no sabe nada. Cuando la doctora Ara aparece, por fin, sigue con su semblante inexpresivo. Pero lo primero que dice es que la biopsia del ganglio centinela ha dado negativo, es decir que no estaba afectado. Mi mujer es la primera en reaccionar apretándome la mano. Yo tardo unos segundos más en dar muestras de alivio.

Pero a pesar de esta buena noticia, que indica que se ha extirpado toda malignidad que podía existir y que esta no se ha extendido, el comité oncológico recomienda, por protocolo, someterme a quimioterapia y hormonoterapia. En otras palabras, deberé seguir un tratamiento con anticuerpos monoclonales combinado con una quimio estándar, aunque me asegura que esta será más “suave” de lo habitual y que apenas experimentaré efectos secundarios y en todo caso eso será hacia el final del tratamiento. De todo ello me informará con detalle el oncólogo que llevará mi caso y con el que me dan cita para el día 8 de enero.

Antes de abandonar el hospital, me visita una fisioterapeuta que me muestra una serie de ejercicios que debo practicar para desinflamar el tejido cicatricial.

Esta noche me acuesto exhausto, como si me hubieran dado una paliza. Y es que los nervios, o la bajada de adrenalina, no perdonan.

 

Lunes, 8 de febrero: Siguientes pasos

Tengo cita con el oncólogo, el Dr. García Mosquera, a las cuatro de la tarde. Tras revisar mi historial y someterme a un largo interrogatorio, toma una hoja de papel y me hace un croquis de lo que será el tratamiento a seguir. Y ahí vienen dos sorpresas, una cuantitativa y la otra cualitativa. La cuantitativa se refiere a la frecuencia de la terapia. Lo de una sesión cada tres semanas, como tenía entendido, se convierte en una sesión semanal durante trece semanas con Paclitaxel y Trastuzumab (el anticuerpo monoclonal) por vía endovenosa, A eso le seguirá, ahora sí, una sesión cada tres semanas, durante trece sesiones, con solo Trastuzumab por vía subcutánea. En total, un largo año de tratamiento. Pero ahí no acaba la cosa, pues a continuación deberé tomar Tamoxifeno durante cinco años, por vía oral.

La segunda sorpresa, la cualitativa, es todavía peor y hace referencia a los efectos secundarios esperables y, según el oncólogo, más que probables: pérdida del cabello, pérdida del apetito, cansancio, debilidad, alteraciones gastrointestinales y, a medida que avance el tratamiento, neuropatía periférica, consistente en hormigueo y pérdida de sensibilidad en los dedos de las extremidades. Casi nada. No sé si todo ello lo dice para que luego no le recrimine por no habérmelo advertido o para que me vaya mentalizando.

A pesar de los pesares, insiste en que he tenido mucha suerte de que el tumor estuviera tan localizado y que haya quedado “limpio”, y que todo lo que van hacer conmigo es solo para prevenir cualquier recidiva en un futuro próximo ya que este tipo de tumor es muy agresivo. En otras palabras, para que cualquier célula tumoral que haya podido quedar perdida por ahí no se reproduzca y que las sanas no caigan en la tentación de ir por el mal camino.

Como el inicio de la quimioterapia no debe ser necesariamente inmediato, el especialista prefiere tomarse un tiempo para someterme a algunas pruebas adicionales de seguridad: ecocardiograma —para comprobar el estado de mi corazón, pues el tratamiento tiene una cierta cardiotoxicidad—, una nueva analítica basal —pues el nivel de glóbulos blancos se verá reducido y habrá que controlarlo— y una PET (tomografía por emisión de positrones) para descartar —eso no me lo dice, pero lo intuyo— la existencia de metástasis.

Al término de la visita, me da cita para el 24 de febrero, momento en que se fijará el calendario para poner en marcha el tratamiento. Ahora solo cabe cruzar los dedos para que este sea lo más efectivo y lo menos molesto posible.

En esta vida, hasta lo malo puede tener una parte positiva. Lo mejor de todo este proceso ha sido y es el interés, apoyo y cariño recibido de los familiares, amigos y conocidos que han tenido conocimiento de las tribulaciones de este paciente. A todos ellos mi más sincero agradecimiento.

Aquí termina este diario íntimo que dejo, como si de un relato de ficción se tratara, con un final abierto, pero que espero cerrar algún día.

 

viernes, 22 de enero de 2021

Curiosidades

 


En Catalunya Radio emitieron, desde 1987 hasta 2008, un programa nocturno que llevaba por nombre “La nit dels ignorants” (La noche de los ignorantes), en el cual los radio-oyentes llamaban haciendo preguntas sobre hechos curiosos, cuyas respuestas las daban, en caso de saberlas, otros oyentes.

Como yo no he sido aficionado a poner la radio —salvo en el coche y generalmente para oír música— y menos de noche, supe de ese programa por un amigo noctámbulo que sí lo seguía y que muchas veces compartió conmigo alguna de sus enseñanzas.

Sí tengo, en cambio, La nit del ignorants 2.0, un libro de Ferran Grau que publicó Angle Editorial en 2013 y en el que se incluyen, según reza la sinopsis, “las 200 preguntas y respuestas más singulares”. Pero en él no hallé la respuesta a dos interrogantes que siempre me han intrigado y que no ha sido hasta hace unos pocos años que tuve la ocasión de desvelar, aunque sigo dudando de su veracidad, a saber:

- ¿De dónde procede el término “bikini” que en Cataluña se refiere a lo que en el resto de España —o por lo menos en gran parte de ella— se conoce como mixto o sándwich de jamón y queso?, y

- ¿Por qué en los restaurantes de barrio —o en la gran mayoría de ellos— siempre sirven paella los jueves?

En el primer caso, la respuesta obtenida me resulta bastante fiable, pues han sido varias las fuentes —y al parecer solventes— que coinciden en ella.

En el segundo, son dos las explicaciones que he obtenido para justificar esta costumbre y ambas de dos taxistas de Madrid. Y ya se sabe, lo que no sepan los taxistas...

 

Son muchas las anécdotas que podemos contar los catalanes sobre los distintos nombres y formas de pedir una bebida o comida fuera de Cataluña. En mi caso, esta experiencia se circunscribe a Madrid, por ser la capital que más veces he visitado durante mi vida laboral, y donde, por ejemplo, pedir un café, a secas, es ser muy poco preciso, dada la gran variedad de posibilidades: solo, con leche, normal, de desayuno, en vaso, en taza… Por no hablar de lo que le ocurrió a una amiga mía la primera vez que entró en una cafetería de la Gran Vía madrileña y se le ocurrió pedir un suizo, que en Cataluña es chocolate a la taza con nata, y allí es un bollo azucarado. Y así podría relatar un largo etcétera de curiosidades, malentendidos y meteduras de pata de tipo lingüístico.

Así pues ¿qué ocurriría si, fuera de mi tierra, entrara en un bar y pidiera un bikini? Así como el pa amb tomaquet (pan con tomate o pantumaca como algunos le llaman) o el all i oli (alioli) sí se han exportado fuera del territorio catalán, me temo que el bikini, o biquini, todavía es un desconocido, al menos para la mayoría de la gente. Pero ¿de dónde procede su nombre?

Bikini era una sala de fiestas y de copas que se hizo muy famosa en la Barcelona de los años sesenta, ubicada en la avenida Diagonal (entonces avenida del Generalísimo). Era un local con sala de baile, terraza y minigolf muy frecuentado por las parejas “pijas” de la época. En él no solo se podía tomar unas copas sino también comer algo ligero. Hoy día tengo entendido que solo es una discoteca.

Pues bien, ese local incluyó, entre sus ofertas gastronómicas ligeras, un sándwich equivalente al Croque-Monsieur francés, es decir, un sándwich caliente de jamón y queso, hasta entonces desconocido en España, y que en la sala bikini se hizo muy popular y apreciado, tanto que cuando sus clientes habituales iban a otro local de las mismas características pedían «un sándwich como el del Bikini». Hasta que acabó, por extensión, tomando su nombre y desde hace muchísimos años con pedir simplemente un bikini ya es suficiente.

Entremedias, dejadme mencionar un caso —hay quien lo califica de leyenda urbana— en el que un plato no toma el nombre del local que lo sirve, como en este caso mencionado, sino del cliente que lo pide, como es el arroz “parellada”. Este plato consiste en arroz tipo paella, pero cuyos ingredientes están limpios de polvo y paja. La carne está deshuesada y el marisco pelado. Ideal para mí que en esto del comer soy muy finolis. Pues bien, su nombre procede —según se cuenta— de uno de los mejores clientes del lugar donde tuvo su origen. Un tal Juli María Parellada, cliente muy rico, fino y delicado que frecuentaba el famoso restaurante barcelonés Set Portes (Siete Puertas) siempre pedía un arroz con esas características para no tener que ensuciarse las manos. De este modo, el camarero acabó pidiendo a la cocina “un arroz para el señor Parellada”. Desde entonces puede encontrarse este plato en muchos otros restaurantes catalanes, como en el también famoso restaurante Señor Parellada, que nada tiene que ver, según sus propietarios, con esta historia, real o ficticia.

Y hablando de arroz, vamos a por la segunda intriga histórica que, como he dicho, me la aclararon dos taxistas, cada uno con su versión, la primera de las cuales la he oído en más de una ocasión, por lo que quizá cabría darle más crédito, aunque a mí se me antoja dudosa.

A principios de siglo XX —no puedo precisar más— las sirvientas que trabajaban para las familias de alta alcurnia, libraban los jueves y para no dejar todo el peso de la cocina a la señora de la casa, le dejaban preparados todos los ingredientes de una paella, de modo que solo tuviera que mezclarlos, añadir agua, y poner la paellera al fuego. A mí no me resulta algo fácil para quien no está habituado a cocinar —más fácil habría sido preparar una tortilla de patatas, pero, claro, no debía ser un manjar tan fino— y tampoco entiendo cómo una costumbre de la alta sociedad se extendiera a todos los restaurantes de España.

La segunda versión me resulta, hasta cierto punto, más creíble pero también me extraña esa difusión a nivel nacional.

El caso es que a Franco le gustaba mucho, a partes iguales, la paella y la caza. Y resulta que siempre que iba de caza lo hacía en jueves. Como los restauradores de la zona donde solía ir a cazar sabían de esa predilección, pero desconocían dónde iría y a qué restaurante acudiría para almorzar, todos tenían en su carta, por si acaso, paella. De este modo agasajaban al Generalísimo del único modo que sabían y podían.

De esta segunda versión también me choca que esa costumbre se extendiera a todo el país. Que cuando el dictador salía de caza, todos los restaurantes de la región incluyeran en su menú ese plato tan español por si se le ocurría aparecer, se me antoja algo posible pero improbable, pues me imagino que los acompañantes de su excelencia ya se encargaban de avisar al restaurante donde aterrizarían sus posaderas para que estuvieran preparados y tuvieran el detalle —o la obligación— de satisfacer el gusto y el apetito del Caudillo. Y también me choca que de ello tomaran nota todos los restaurantes del país hasta nuestros días.

¿Teníais conocimiento de estas singularidades y de esas versiones que las justifican? ¿Podéis contar alguna otra curiosidad que acabara imponiéndose de forma generalizada?

 

jueves, 14 de enero de 2021

Vivir en comunidad

 


A medida que he ido haciéndome mayor me he vuelto más insociable, o menos sociable, para ser más exacto. Así como la mayoría de la gente tiende a formar un rebaño, es decir a ser gregaria, yo prefiero el aislamiento bien llevado, ese que implica que cada uno se ocupe de sus cosas y deje al prójimo en paz. Una cosa es querer gozar de independencia y otra no ser solidario. Lo uno no quita lo otro, que quede claro.

En cuanto a ese sentido gregario al que me refiero, solo hay que ver la masificación en la que vivimos y nos movemos y que parece agradar a la mayoría. Yo, en cambio, odio las masas, huyo —si puedo— de ellas. Pero no creo que sufra de ninguna fobia patológica, es simplemente fruto de la experiencia de vivir en comunidad.

Eso de que todo el mundo es bueno, queda muy bien, y no pretendo contradecir a quienes así lo creen. Hay gente buena y mala en todas partes, eso es evidente. La cuestión es pensar en si el vaso está medio lleno o medio vacío. En cuanto a bondad y solidaridad, yo más bien soy de los que piensan lo segundo. Quizá debería citar, para justificarme, ese refrán que dice que cada uno cuenta la feria según le va.

Pero aquí no voy a tratar de la bondad o maldad de los seres humanos, sino de su capacidad para convivir en armonía.

Siempre he soñado —y en sueño se va a quedar— en vivir en una casa, en una vivienda unifamiliar, sin vecinos pegados a la mía. ¿Por qué? Pues para hacer lo que me de la gana sin requerir de la aprobación de una mayoría que no siempre tiene la razón.

Por desgracia, desde que mi mujer y yo nos fuimos a vivir juntos a una comunidad de propietarios —nuestra primera vivienda—, he tenido que ver truncados varios planes y propuestas que no solo me favorecerían a mí, sino también a toda la comunidad, por culpa de la falta de unanimidad o de la mayoría necesaria que requería la reforma para llevarla a cabo. Y es que siempre me he topado con esos individuos e individuas que se oponen a todo, y generalmente en base a vaguedades injustificadas.

Hasta ahora he “sufrido” la experiencia de cuatro comunidades y en todas ellas ha habido este denominador común. Pero este no es el único problema. Existen otros tanto o más molestos: la morosidad, la intolerancia, la indisciplina, la incapacidad por mantener una convivencia apacible. Podría poner muchos ejemplos, pero todos ellos llevarían a la misma conclusión: mejor solo que mal acompañado.

Y es que una comunidad de vecinos es, a muy pequeña escala, como un país en el que nadie está contento, todos quieren mandar y quienes más critican son quienes más deberían callar.