viernes, 7 de marzo de 2025

¡A las armas!

 


De adolescente era pacifista hasta la médula, llevaba en mi carpeta de apuntes el símbolo de la paz y creía profundamente en el lema “haz el amor y no la guerra”. Pero son tiempos y anhelos pasados que, a lo largo de los años, se van reblandeciendo hasta desaparecer o bien atemperando.

Parece lógico que un joven como fui yo piense y proclame lo innecesario de un ejército. ¿Un ejército, para qué? Las guerras no deberían existir ni la necesidad de defenderse de un enemigo imaginario. ¿Acaso España puede ser atacada por alguno de nuestros vecinos? Y las guerras que tienen lugar muy lejos de nuestras fronteras, incluso en otro continente, no son asunto nuestro. Y aquí paz y después gloria. Todo muy bonito, demasiado.

Reforzar la seguridad europea hoy es salir de la OTAN, parar la escalada bélica, invertir en servicios públicos e intervenir empresas estratégicas para tener seguridad alimentaria, energética y social y para recuperar soberanía y poder.

El “rearme” de Von der Leyen es lo que pone a Europa en peligro. Ya llevan años aumentando el gasto en armas y no tenemos más seguridad ni libertad: la gente vive peor y los fascistas mandan más, ¿Qué hace Pedro Sánchez siendo cómplice de esta peligrosa gran coalición de guerra?

(Irene Montero)

Estoy totalmente en contra de la guerra y de una escalada armamentística, pero creo que Irene Montero muestra, con estas palabras, una gran dosis de ingenuidad. No hay que confundir churras con merinas. Para mí no tiene nada qué ver la precariedad en servicios sociales y en justicia social y el derecho a defenderse de actores cada vez más peligrosos cuyo objetivo a corto y medio plazo es hacerse con territorios ajenos, como hizo Napoleón, en los siglos XVIII y XIX, y Hitler, en el siglo pasado.

Si al matón de la clase no se le paran los pies, seguirá abusando, cada vez más, de sus compañeros, aprovechando su permisividad y la de sus profesores. Nunca he sido beligerante, pero lo de poner la otra mejilla no va conmigo.

Puede parecer paradójico, pero la paz solo se consigue con las armas, como a lo largo de toda la historia de la humanidad. En esto no hemos cambiado. ¿No es ingenuo creer que solo se puede hacer frente a un agresor mediante el diálogo? De ello estamos teniendo un claro ejemplo con los diálogos y falsas treguas que solo pretenden imponer la posición del más fuerte, militarmente hablando. ¿Paz a cambio de humillación, rendición y expolio?

En mi opinión, estamos ante una gran encrucijada. ¿Optamos por cruzar los dedos esperando a que ningún país beligerante decida quedarse con parte de un territorio que no le pertenece (pienso en Groenlandia y la obcecación de Trump para hacerse con ese pastel, o la de Putin por quedarse con la zona invadida de Ucrania, o el empeño de Netanyahu de quedarse con todo el territorio de Palestina, complementado por el repugnante plan de Trump de convertirlo en un Spa de lujo una vez expulsados sus legítimos propietarios) o nos preparamos para plantarle cara a cualquier dictador que desee emular a estos matones inmorales y sinvergüenzas?

Entiendo las reticencias de algunos ante esta última posibilidad y les doy toda la razón en que los que más sacan provecho de los conflictos bélicos son los fabricantes de armas. Pero ¿qué hacer si no? ¿Esperar con los brazos cruzados el desarrollo de los acontecimientos? Siempre he creído que, en cualquier situación, hay que aplicar el más vale prevenir que curar. ¿Os acordáis de la fábula de Iriarte sobre los dos conejos que pierden el tiempo discutiendo si sus perseguidores son galgos o podencos? Pues eso.

Hacer el amor y no la guerra es muy bello y deseable, pero utópico en nuestros días. Yo más bien pienso que la unión hace la fuerza.

Soy consciente de que este es uno más de los temas que saco a colación que resulta muy complejo, que posee muchas aristas por pulir y que no tiene una respuesta objetiva. Pero, aun así, he sentido la necesidad de exponer mi punto de vista sobre cómo veo la triste realidad. No sé si habré logrado una unanimidad de pareceres. Supongo que no. En todo caso, os dejo un tema de discusión para una tertulia con amigos y adversarios. Entretanto, paz y amor.

 

sábado, 1 de marzo de 2025

La justicia injusta

 


Dicen que la Justicia es ciega, pero yo creo que algunas veces es, además, sorda y muda.

El térmico Justicia es una entelequia, pues no tiene sentido por sí misma si no se sustenta en quienes la imparten —los jueces— y quienes la dictan —los legisladores— dos de los tres poderes del Estado.

Evidentemente, es muy difícil hacer justicia a nivel general, como lo es a nivel particular. No somos el Rey Salomón, paradigma de la justicia bíblica. Pero, aun con sus limitaciones y desaciertos, no podemos permitir que ciertas leyes, o sus interpretaciones, resulten un insulto para quienes creemos en la verdad y la correcta aplicación de las mismas.

Los jueces son seres humanos y, por tanto, no son perfectos. Lo realmente malo es cuando no son objetivos y aplican las normas según sus creencias personales, guiándose más por su ideología, política o religiosa, que por la correcta interpretación del código penal.

Pero no toda culpa de ello la tienen los jueces, pues en muchos casos la ley es, por sí misma, injusta. Por desgracia, no siempre lo justo es legal, ni lo legal es justo. Y eso debería corregirse.

¿Por qué existe la prescripción de un delito grave? Una violación, un acto de pederastia, un asesinato, un fraude multimillonario que ha afectado a miles de ciudadanos, por poner unos pocos ejemplos, no deberían quedar impunes porque hayan transcurrido veinte años, tiempo tras el que, según la ley, esos delitos ya no pueden ser juzgados.

¿Por qué se permite la reincidencia delictiva, existiendo malhechores que llevan a sus espaldas decenas de detenciones y, sin embargo, siguen en la calle?

¿Por qué resulta tan complicado recuperar una vivienda que ha sido okupada sin más motivo que el de apoderarse de lo ajeno, dejando en la calle a su legítimo propietario?

¿Por qué se producen reducciones de pena en casos de agresiones crueles, como el caso de “la manada”?

¿Por qué en casos de violencia probada, como el anteriormente mencionado, se aplica muchas veces la libertad provisional con cargos en lugar de ingresar directamente en prisión a la espera de juicio, permitiendo, de este modo, que el delincuente pueda seguir delinquiendo?

¿Por qué la justicia es tan lenta, de tal modo que desde presentación de una denuncia hasta la realización del juicio transcurren varios años?

¿Por qué se dan casos de trato preferente y distinto según quien sea el presunto delincuente?

¿Por qué existe la inviolabilidad de la figura del Rey?

¿Por qué hay tantos aforados en España? En nuestro país hay actualmente unos 250.000 aforados, 232.000 son miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad estatales o autonómicos, cinco de la Familia Real y el resto, unos 18.000 en total, pertenecen a instituciones del Estado y de las Comunidades Autónomas (políticos, miembros de las Carreras Judicial y Fiscal, integrantes de órganos como el Tribunal de Cuentas y el Consejo de Estado, Defensores del Pueblo estatal y autonómicos, etc.).

Y entre un largo etcétera de irregularidades e injusticias, se encuentran las resoluciones judiciales machistas y claramente arbitrarias, como el vergonzoso caso de Juana Rivas, la madre que ha luchado durante años por la custodia de sus hijos (hoy ya solo del menor, pues los otros dos decidieron vivir con ella tras alcanzar la mayoría de edad) para protegerlos de un padre maltratador, lo que le valió una pena de cárcel. Tanto la justicia española como la italiana han jugado en este caso un papel indignante.

Porque este no es un problema meramente local, algo marginal, que afecta solo a nuestro país, no. En el ámbito internacional se producen estas y otras injusticias mucho mayores y con un impacto mucho más extenso. Parece que la globalización también afecta a la injusticia.

Estamos siendo espectadores de flagrantes ataques a los más elementales derechos humanos, con claras manifestaciones de abuso de poder, de guerras injustas instigadas por mandatarios crueles que se creen dueños de la vida ajena y que no dudan un ápice en ostentar un poder absolutista sin importarles el método utilizado, ante la pasividad o permisividad de la Comunidad Internacional.

Así pues, con este panorama tan negro, ¿podemos confiar plenamente en la justicia? Yo tengo serias dudas. Porque, ¿qué podemos hacer para evitar estos atropellos y no ser cómplices de ellos, aparte de ver, oír y callar? Por desgracia, muy poco, o nada.

Llegado a este punto, me viene a la memoria la famosa frase atribuida al pastor luterano alemán Martin Niemöller, que más o menos reza así:

Cuando vinieron a por los comunistas, guardé silencio porque no era comunista.

Cuando vinieron a por los socialistas, guardé silencio porque no era socialista.

Cuando vinieron a por los sindicalistas, no protesté porque no era sindicalista.

Cuando vinieron a por los judíos, no dije nada porque no era judío.

Cuando vinieron a buscarme, para entonces ya no quedaba nadie que protestara en mi nombre.

 

sábado, 15 de febrero de 2025

¿El demonio existe?

 


De niño recibí una educación católica tanto en casa como en la escuela, y según ella, creía en la existencia de un Dios creador, del cielo, del infierno, y de los ángeles y demonios. Ya en la preadolescencia, esas creencias cayeron en el vacío y ahora puedo calificarme de agnóstico, respetando otras creencias religiosas sin hacer burla de ellas ni apología de la mía.

Pero lo que está claro, salvando las diferentes posturas, es que el demonio sí existe, pero con otro nombre: el mal.

El mal siempre ha existido y existirá, y se presenta de distintas formas humanas.

Para mí, el demonio no es, como asegura el Antiguo Testamento, un ángel caído, sino un hombre de carne y hueso. Y del mismo modo que la religión católica concede al demonio nombres distintos, los demonios humanos también los tienen. Nombres y apellidos.

Aunque el mal siempre ha estado ligado al ser humano, me da la impresión de que, de un tiempo a esta parte, se está extendiendo de forma alarmante e imparable y atrapa a cada vez más seguidores que, a su vez, se convierten en otras formas de maldad.

Los demonios a los que me refiero, suelen actuar movidos por diversos intereses, aunque el principal es el económico, a través del cual atesoran un poder casi indestructible, ante la pasividad o impotencia del resto de mortales, que les temen, pero no se atreven a derrotarlos. Estos demonios se aprovechan de la malicia innata de algunos, de la ignorancia de muchos y de la indiferencia de gran parte de la población.

Y estos demonios de carne y hueso conviven orgullosamente con todos nosotros. No podemos tocarlos porque son intocables, pero podemos nombrarlos por su nombre: Trump, Putin, Netanyahu, y otros muchos dictadores extremistas, que no dudan en acallar a sus oponentes con una violencia extrema, tanto verbal como física, sin importarles su repercusión a gran escala. En mi opinión, son auténticos sociópatas, sin sentimientos, que se crecen con sus desmanes maquiavélicos y que solo saben generar odio. También existe una especie de jerarquía entre los del montón. Los hay mayores y menores, pero todos desean lo mismo: asemejarse a los principales, a los que dominan, o quieren dominar el mundo. Pero todos ellos tienen algo en común: que desprecian y atacan al pobre y defienden al rico y poderoso.

A veces me gustaría que existiera el Dios del Antiguo Testamento y que los borrara de la faz de la tierra.

¿Acabará imponiéndose el sentido común y la justicia? Lo ignoro.

A los creyentes católicos, no sé si la lectura de las ocho Bienaventuranzas les generará alguna esperanza. A mí, desde luego, no.


domingo, 19 de enero de 2025

Tradiciones y supersticiones

 


Reconozco que soy rarito o, por lo menos, atípico, pues no soy mucho de tradiciones, la mayoría me parecen primitivas, arcaicas, y sin ninguna conexión o arraigo con la realidad actual. La mayoría de la gente “normal”, en cambio, les encanta, las cultiva, las patrocina y las recupera de un pasado un tanto remoto. Y todo por el bien cultural, dicen.

Comprendo, pues a mí también me agradan y las practico, que se conserven aquellas que, al menos desde mi punto de vista, tienen una base entrañable. Celebrar los cumpleaños, la verbena de San Juan (que tiene un arraigo histórico, por cuanto rememora la celebración del solsticio de verano), el cambio de año (que viene a ser un cumpleaños de la humanidad) y, cómo no, las navidades, que, aun siendo de origen cristiano, también procede de la celebración pagana del solsticio de invierno, pero transformado en una fiesta que, de ser exclusivamente religiosa, ha pasado a ser de dominio mundial, aunque actualmente se sustente en intereses materiales. Niños y mayores esperan esas fechas para disfrutar de unas fiestas, con sus vacaciones incluidas, que duran más de quince días.

Pero este periodo tan entrañable, tiene su ingrediente supersticioso. Costumbres que no se sabe muy bien de dónde proceden, pero que se han ido heredando de generación en generación. Están ya tan enraizadas que quien osa pasar de ellas es tachado, como mínimo, de aguafiestas.

Para mí, las tradiciones más entrañables son: montar el belén y el árbol de Navidad (aunque este parece haberse incorporado con la fallida intención de sustituir a aquel y para copiar una costumbre extranjera, supuestamente de origen alemán); el clásico menú navideño (que parece que también se intenta sustituir por otro más a la última moda culinaria); los turrones y polvorones; la lotería (de Navidad y del Niño); la cabalgata de los Reyes Magos de Oriente y sus regalos (que, de momento, no ha sido desplazado por el impuesto y foráneo Papa Noel).

En cuanto a las tradiciones supersticiosas, tenemos: regalar a otra persona (que no a sí mismo) una ramita de muérdago, que trae buena suerte; pasar el décimo de la lotería por una calva o una joroba para que nos toque el premio gordo; acudir al sorteo de Navidad disfrazado; brindar con un anillo de oro en la copa de cava; ponerse en Nochevieja ropa interior de color rojo; tomar doce uvas al compás de las doce campanadas, y pedir un deseo tras haberlas tomado. Y así otras muchas prácticas que, aunque simpáticas, no tienen mucho sentido y que varían entre comunidades y países. En mi caso, excepto lo de tomar las uvas al son de las campanadas y que siempre suele haber alguna ramita de muérdago que alguien nos ha regalado, nada de lo demás se practica en casa. Ah, bueno, se me olvidaba: una vez me vi obligado a ponerme unos calzoncillos rojos, pero no se lo digáis a nadie.

Tradición o superstición. Esa es la cuestión. Pero ambas están tan mezcladas, formando el grueso de nuestras celebraciones navideñas, que pueden resultar indistinguibles y casi inseparables.

Por cierto, yo no soy supersticioso, pues dicen que trae mala suerte.

 

domingo, 8 de diciembre de 2024

La tregua navideña

 


Como ya mencioné en una entrada dedicada a las guerras, en la actualidad hay unos 56 conflictos bélicos activos en el mundo, la mayor cantidad desde la II Guerra Mundial, con 92 países involucrados en guerras fuera de sus fronteras. Ciertamente es algo horrible.

El escritor libanés, Amin Maalouf, galardonado el pasado 2 de diciembre con el premio internacional Catalunya 2024, ha subrayado “la incapacidad del hombre de convivir de una manera pacífica y armoniosa”.

Muy de vez en cuando, oímos hablar de una tregua en tal o cual conflicto armado, pero o bien no acaba realizándose o tiene por objeto reorganizarse o rearmarse para volver a atacar al enemigo con más crudeza, si cabe, pero nada que ver con mantener, aunque solo sea por unos días, un descanso del cuerpo y el alma, especialmente en días señalados, como puede ser la Navidad.

La primera tregua navideña conocida tuvo lugar durante la primera Guerra Mundial. Las tropas británicas y alemanas disfrutaron una Nochebuena de alegría en medio de las cruentas batallas de aquella contienda.

El 7 de diciembre de 1914, el Papa Benedicto lanzó desde Roma un llamamiento a los líderes de Europa para que declararan una tregua navideña, aunque solo fuera por un día. Los líderes europeos, sin embargo, ignoraron su súplica. 

Aun así, ocurrió algo extraordinario en vísperas de Navidad: Las tropas alemanas, en un acto espontáneo, dejaron las armas e invitaron a los soldados ingleses a celebrar la Navidad con ellos. Hoy se recuerda como la Tregua de Navidad. Algo muy bonito, pero que no deja, en mi opinión, de ser un contrasentido: hoy dejamos las armas, pero mañana seguiremos matándonos.

Quizá en la actualidad se siga celebrando alguna tregua durante el periodo navideño, pero no se hace público para que no se interprete como un signo de debilidad por parte de los contendientes.

Hasta aquí un apunte histórico sobre las treguas militares.

Los que me conocéis, sabéis cuánto me gustan las introducciones que parecen conducir a un punto, para luego llevaros hacia otro muy distinto, pero en cierto modo relacionado. Y es que, además de en el campo de batalla, también se practica una tregua, que yo llamaría emocional, durante estas fiestas tan entrañables. También es una tregua de Navidad, pero en otro sentido.

Como escribió Juan Luis Valenzuela (elplural, 23 de diciembre de 2023), «La festividad navideña, resplandeciendo en rojo en calendarios alrededor del mundo, convoca a multitudes en un abrazo anual de unidad y vínculos familiares. Es un periodo donde los corazones se abren a la empatía, y los lazos afectivos se refuerzan en torno a mesas compartidas y risas contagiosas. Es un crisol de tradiciones, desde la entusiasta decoración hasta las canciones resonando en cada rincón, todos buscando una misma meta, ese momento de conexión y dicha que solo la Navidad parece invocar. Un oasis en el tiempo que invita a sumergirse en la gratitud y el afecto, recordándonos la importancia de valorar la presencia de nuestros seres queridos» Esto es lo que podríamos llamar el espíritu navideño.

Hacia finales del mes de noviembre ya se empiezan a encender las luces navideñas en las calles. En algunas ciudades ello representa un acto festivo de grandes dimensiones, compitiendo en fastuosidad con otras. Los escaparates de los centros comerciales muestran todo su esplendor y la publicidad en las televisiones públicas y privadas nos muestran cuerpos esculturales anunciando un perfume que, para realzar todavía más su atractivo, se publicita en francés o inglés. Los turrones y los regalos llenan la pantalla, siempre acompañados de un mensaje de amor y paz, mostrando familias felices por celebrar esos días tan esperados, sobre todo por los comerciantes. El Black Friday y luego el Ciber Monday acaba de retocar ese ambiente tan festivo y que luego se hará sentir en nuestros bolsillos. A continuación, aparecerán los anuncios de juguetes, para facilitar a los niños la escritura de la carta a Papá Noel y a los Reyes Magos, y porque no hay más personajes a quienes pedir juguetes, que si no...

No quiero que se me confunda con el Grinch, el archienemigo de la Navidad. Yo la gocé, en mi infancia, como cualquier otro niño que esperaba ansioso estas fechas, y no solo para disfrutar de las vacaciones escolares, sino para celebrarlas en familia, montando el Belén y, años más tarde, cuando ya no se consideraba algo pagano, el árbol de Navidad. Y también recitando el verso aprendido en la escuela ante la familia sentada a la mesa el día de Navidad, desde lo alto de una silla, para luego recibir un pequeño aguinaldo.

Eran días de diversión, olvidándonos del colegio, los niños, y del trabajo, los mayores, para volver a la rutina a los pocos días.

Lo que critico de este acontecimiento anual no es ni su tradición, ni lo que representa para unir los miembros de una familia, sirviendo de lazo de unión entre aquellos con los que, durante el año, no tenemos ocasión de reunirnos con frecuencia. Lo que critico es el obligado buenismo: los mensajes de paz y amor para imbuirnos un sentimiento de falsa concordia que solo tiene por objeto cazarnos como compradores de felicidad en forma de regalos. To er mundo e güeno, como rezaba la película de Manuel Summers. Todos tenemos que ser buena gente, aunque solo sea por una o dos semanas. Y luego de vuelta a la normalidad.

Este hecho anecdótico queda claramente reflejado en la cena con los compañeros de trabajo. Todo son beneplácitos, sonrisas y buenos deseos, incluso algún que otro abrazo, seguramente bajo los efectos del alcohol, con aquél a quien no soportas y que es un cabronazo. Pero por unas horas todos somos hermanos del alma. Y cuando volvamos a la oficina, todo volverá a ser como unos días, u horas, antes. El cabronazo seguirá siendo un cabronazo y el envidioso también lo seguirá siendo.

Pero al margen de esta hipocresía forzada por las circunstancias y volviendo al entorno social y familiar, estamos sometidos a una presión mediática que no se producía en mi niñez o, por lo menos, no de una forma tan agresiva.

El caso es que esta influencia exterior ha cuajado tanto, que hemos acabado interiorizando esos mensajes de amor y paz, hasta el punto de que nos sentimos obligados a desearle “felices fiestas” y “feliz año nuevo” a ese vecino a quien no soportamos. Y ello acompañado de una sonrisa forzada, una escenografía aprendida y practicada de año en año.

Ese periodo, entre el inicio y el final de la campaña navideña, no es más que una tregua, durante la cual dejamos de lado nuestras trifulcas y hostilidades, para poner buena cara y hasta darle la mano al enemigo, como en el campo de batalla.

Ojalá no hicieran falta treguas de ningún tipo y todos viviéramos en armonía durante todo el año. Hay un refrán catalán que dice: «Si Nadal és amor, pau i alegría, fem que sigui Nadal cada dia» (Si la Navidad es amor, paz y alegría, hagamos que sea Navidad cada día). Bonito, ¿verdad? Pero, por desgracia, esto no es más que una utopía, así que debemos conformarnos con la triste realidad.

A pesar de los pesares, yo sigo disfrutando de estas fechas tan señaladas, sobre todo viendo cómo se los pasan bien mis hijas y mis nietos y les deseo felices fiestas a todos ellos y a todos los conocidos con los que me cruzo. Debo estar adoctrinado desde pequeño en la cortesía.

Pero no penséis que siempre actúo hipócritamente, con mentiras piadosas, pues tengo, por fortuna, muchos amigos, familiares y gente de bien a quienes estimo lo suficiente como para desearles sinceramente unas felices navidades.

Y como muestra de ello, os deseo unas muy felices fiestas y, si me permitís un consejo, procurad no tirar la casa por la ventana —si es que no lo habéis hecho ya—, que luego vendrá la famosa cuesta de enero y los comercios ya se encargarán de tentaros para que gastéis un poquito más en las rebajas de enero.

Lo dicho, pues, que paséis unas felices fiestas y hasta la vuelta, amigos.

 


miércoles, 27 de noviembre de 2024

Reiteración sin fin

 


¿Os imagináis leer en el periódico cada día la misma noticia, acompañada de las mismas imágenes? ¿No sería lo suficientemente cansino como para dejar de comprar ese periódico? Pues algo parecido sucede con las noticias emitidas por las distintas cadenas de televisión de este país. Y uso el plural porque ello no es cosa de una única cadena ni de un único programa informativo. Todos practican ese mismo juego, especialmente cuando la noticia es muy jugosa, es decir, que da para mucho, tanto por su interés mediático como social.

Este hecho, que vengo observando desde hace años, últimamente ha llegado a cotas, a mi juicio, exageradas e innecesarias.

Desgraciadamente, estamos viviendo malos momentos en nuestro país. A las desgracias naturales hay que añadir las tormentas políticas. Entiendo, pues, que haya que dar cobertura periodística a todas ellas, pero en su justa medida.

Da igual si el protagonismo se lo lleva la terrible DANA, el caso Koldo/Ábalos, la pareja sentimental de Díaz Ayuso, el caso de Begoña Gómez, de Víctor Aldama, de Álvaro García Ortiz y de tantos otros personajes supuestamente implicados, directa o indirectamente, en posibles casos de corrupción.

Pero una cosa es informar y otra muy distinta es repetir hasta la saciedad las mismas noticias y las mismas imágenes durante semanas. Hay programas de tertulia social y política que, a lo largo de sus tres horas de emisión, tratan de los mismos temas en bucle. De pronto pasan a otro nuevo para luego volver al anterior, cuando parecía que ya había quedado finiquitado, pues han invitado a nuevos tertulianos para conocer su punto de vista. Y esas mismas noticias e imágenes también acapararán los informativos de la mañana, mediodía, tarde y noche.

Entiendo que a lo largo de 24 horas se repitan las mismas noticias para que quienes se incorporan al programa a una hora determinada tengan la oportunidad de enterarse, pues no han podido conectarse durante el resto del día. Pero si, por estar de baja, jubilado o en el paro, se tiene la posibilidad de ver la televisión en distintas franjas horarias, no es de extrañar que tenga que volver a oír y ver exactamente lo mismo. Pero lo que no es de recibo es que esa reiteración se produzca con una excesiva continuidad.

La información sobre hechos relevantes tiene que actualizarse aportando nuevos datos a medida que estos se producen. A fin de cuentas, es como una serie televisada, que con cada nuevo capítulo continúa la historia allí donde la has dejado. Recordatorio sí, para hacer memoria de cómo empezó todo, pero que con el paso del tiempo tengamos que volver a ver, por ejemplo, la visita de los reyes a Paiporta y todos los incidentes que tuvieron lugar durante la misma, cómo la riada de agua arrastraba coches y contenedores, la misma manifestación popular contra los dirigentes políticos y las mismas declaraciones, y así un largo etcétera, es totalmente inaceptable. ¿Acaso no hay novedades sobre la reconstrucción de las zonas afectadas por la DANA o bien sobre los casos de corrupción que se están investigando, que tenemos que ver y oír una y otra vez los mismos comentarios de unos y de otros? Sí que se va aportando nueva información, faltaría más, pero siempre precedida o seguida de la que ya conocemos de antemano y de memoria. Y todo ello para llenar horas y horas de programación y pensando siempre en el índice de audiencia. Que el resultado de un partido de fútbol muy interesante se emita uno o dos días después de haberse jugado es natural, pero imaginaos ver el mismo resumen durante toda la semana. Sería ilógico y pesado. ¿Por qué, pues, nos machacan con la misma información durante semanas enteras? Después de tal hartazgo, dure lo que dure, los periodistas y los periódicos o emisoras de radio y televisión para los que trabajan se olvidarán del asunto y a otra cosa mariposa. Porque, ¿qué ha sido de los afectados por la erupción volcánica en la isla de La Palma? ¿Han recibido todos ellos las ayudas prometidas? Pero este tema ya ha perdido su interés mediático, ya no sirve para calentar los ánimos ni para que los políticos se peleen. Hay, pues, que pasar página y buscar algo nuevo en el que cebarse.

Y también podría citar las noticias poco relevantes con las que rellenan las que sí lo son. Vaya por delante que siento muchísimo la pérdidas humanas y materiales que han sufrido los habitantes de las zonas afectadas por la DANA, pero me parece innecesario ir entrevistando a cada uno de los afectados para que nos cuenten y muestren cómo quedó su casa, cuántos enseres han perdido y lo desesperados que están por la escasa ayuda que están recibiendo. Hay momentos que siento como algo morboso los detalles de cómo fallecieron sus amigos, vecinos o familiares, cuando ya tenemos información suficiente sobre la catástrofe y ya hemos visto cientos de veces las mismas imágenes. Podría alegarse que se quiere sensibilizar a los espectadores y que comprendan —si todavía no lo han comprendido— lo desesperante de cada situación personal y promover las donaciones de particulares.

Pero más bien pienso que los periodistas que se acercan a los damnificados, como moscas a la rica miel, solo buscan notoriedad y publicidad para la cadena de televisión para la que trabajan, en cuya redacción ya se encargarán del montaje de la noticia y de debatir lo mismo hasta la extenuación (del espectador, claro).

Además, creo que tanta información ha propiciado que muchos desaprensivos y malnacidos se dediquen a fabricar bulos que luego se extienden como la pólvora por las redes y se hacen cada vez más grandes y peligrosos.

Así pues, información sí, toda la necesaria, fiable, por supuesto, pero con la debida mesura. Más vale una información breve, pero de calidad, en lugar de estirarla como un chicle sin aportar nada nuevo, dando vueltas y más vueltas sobre el mismo tema y así tener ocupada la audiencia el tiempo que haga falta.

La reiteración periodística hace, a mi entender, un flaco favor al periodismo serio y de calidad. La solución definitiva para no sufrirla es la desconexión total, pero no es fácil, por no decir imposible, vivir aislado de lo que ocurre a nuestro alrededor.

En todo caso, se puede recurrir a una solución intermedia: apagar el televisor cuando se pongan pesados mostrando por enésima vez los mismos vídeos y los mismos comentarios, porque cambiar de canal no siempre es útil, ya que en todas partes cuecen habas.

 

martes, 19 de noviembre de 2024

Los escapistas

 


Según el diccionario, el escapismo consiste en la práctica de escapar desde un encierro físico o de otras trampas. Yo, aquí, le doy otro significado: escapista es el que se evade de cualquier responsabilidad cuando algo sale mal por su culpa.

Desgraciadamente, a raíz de la tragedia producida por la DANA en Valencia, parte de Castilla-La Mancha y de Andalucía, vemos como ha proliferado esta actuación, cuyo primer responsable de la falta de proactividad y de una pésima gestión, no solo se excusa de su responsabilidad, sino que echa balones fuera, como popularmente se dice, señalando a otros estamentos: la AEMET, la UME, la Confederación hidrográfica del Júcar y, como no, al Gobierno de la Nación.

Pero no voy a tratar aquí esta desgraciada tragedia y lo que se desprende de ella, pues yo, siento decirlo, empiezo a estar saturado de tanta información, desinformación, mala praxis, bulos y falsas acusaciones.

Aun así, el tema que quiero tratar aquí está íntimamente relacionado con lo anterior, pues esta suerte de escapismo está presente en muchos otros ámbitos de nuestra vida, especialmente el laboral, tal y como yo, por desgracia, he tenido ocasión de observar e incluso vivir en primera persona.

Cada vez que oigo a algún político acusando a otro de algo que solo a aquél le concierne, señalando a los que están a su alrededor, ya sean colaboradores subordinados o iguales de otros departamentos, que nada, o casi nada, tienen que ver con el asunto fracasado, se me revuelven las tripas.

He visto y oído las excusas más disparatadas a fin de no reconocer el fracaso personal delante del superior jerárquico. Son individuos que mienten sin titubear ni mucho menos sonrojarse, incluso sacando pecho. Y si, por casualidad, quien debe analizar las causas de tal fracaso es un ignorante en la materia —algo no excepcional, pues ser jefe o director no significa que domine forzosamente las actividades de su departamento—, pues se cree a pies juntillas lo que afirma el escapista de turno.

Hay personas que tienen el don de mentir con tal naturalidad que dan la impresión de llevar razón en lo que dicen, si nadie es capaz o se atreve a contradecirlas.

He conocido a perfectos inútiles que se han ido salvando de toda responsabilidad gracias a su pericia y a su “carisma”. Y siempre hay el pobre “pringado” que se las carga por mucho que defienda su inocencia. Y es que en estos casos ocurre como a veces sucede con los testigos de un acoso sexual o laboral, que nadie se atreve a respaldar al acosado o acosada por temor a las represalias o porque son tan indecentes como el acosador.

La falta de moralidad a la hora de reconocer la culpa propia suele deberse al orgullo, a la soberbia y al deseo de escalar sin importar a quien se llevan por delante, aunque también puede deberse a una profunda cobardía. Un prepotente suele ser un cobarde o un acomplejado que compensa sus deficiencias con una actitud agresiva.

Muchas empresas y organismos oficiales funcionan con este tipo de personal en su organigrama, que no repara en hacer daño a diestro y siniestro para salvar el culo.

Todos estos personajes deberían pagar sus culpas tarde o temprano, pero, como ya dije en una ocasión, el famoso karma no existe, o por lo menos yo no lo he visto actuar, y si caen, siempre caen de pie, como los gatos.