De adolescente era pacifista
hasta la médula, llevaba en mi carpeta de apuntes el símbolo de la paz y creía
profundamente en el lema “haz el amor y no la guerra”. Pero son tiempos y
anhelos pasados que, a lo largo de los años, se van reblandeciendo hasta
desaparecer o bien atemperando.
Parece lógico que un joven como
fui yo piense y proclame lo innecesario de un ejército. ¿Un ejército, para qué?
Las guerras no deberían existir ni la necesidad de defenderse de un enemigo
imaginario. ¿Acaso España puede ser atacada por alguno de nuestros vecinos? Y
las guerras que tienen lugar muy lejos de nuestras fronteras, incluso en otro
continente, no son asunto nuestro. Y aquí paz y después gloria. Todo muy
bonito, demasiado.
Reforzar la seguridad europea
hoy es salir de la OTAN, parar la escalada bélica, invertir en servicios
públicos e intervenir empresas estratégicas para tener seguridad alimentaria,
energética y social y para recuperar soberanía y poder.
El “rearme” de Von der Leyen
es lo que pone a Europa en peligro. Ya llevan años aumentando el gasto en armas
y no tenemos más seguridad ni libertad: la gente vive peor y los fascistas
mandan más, ¿Qué hace Pedro Sánchez siendo cómplice de esta peligrosa gran
coalición de guerra?
(Irene Montero)
Estoy totalmente en contra de
la guerra y de una escalada armamentística, pero creo que Irene Montero muestra, con estas palabras, una gran dosis de ingenuidad. No hay que confundir churras con merinas. Para mí no tiene nada
qué ver la precariedad en servicios sociales y en justicia social y el derecho
a defenderse de actores cada vez más peligrosos cuyo objetivo a corto y medio
plazo es hacerse con territorios ajenos, como hizo Napoleón, en los siglos
XVIII y XIX, y Hitler, en el siglo pasado.
Si al matón de la clase no se
le paran los pies, seguirá abusando, cada vez más, de sus compañeros, aprovechando su permisividad y la de sus profesores. Nunca he sido beligerante, pero lo
de poner la otra mejilla no va conmigo.
Puede parecer paradójico, pero
la paz solo se consigue con las armas, como a lo largo de toda la historia de
la humanidad. En esto no hemos cambiado. ¿No es ingenuo creer que solo se puede
hacer frente a un agresor mediante el diálogo? De ello estamos teniendo un
claro ejemplo con los diálogos y falsas treguas que solo pretenden imponer la
posición del más fuerte, militarmente hablando. ¿Paz a cambio de humillación,
rendición y expolio?
En mi opinión, estamos ante
una gran encrucijada. ¿Optamos por cruzar los dedos esperando a que ningún país
beligerante decida quedarse con parte de un territorio que no le pertenece
(pienso en Groenlandia y la obcecación de Trump para hacerse con ese pastel, o
la de Putin por quedarse con la zona invadida de Ucrania, o el empeño de
Netanyahu de quedarse con todo el territorio de Palestina, complementado por el
repugnante plan de Trump de convertirlo en un Spa de lujo una vez expulsados
sus legítimos propietarios) o nos preparamos para plantarle cara a cualquier
dictador que desee emular a estos matones inmorales y sinvergüenzas?
Entiendo las reticencias de
algunos ante esta última posibilidad y les doy toda la razón en que los que más
sacan provecho de los conflictos bélicos son los fabricantes de armas. Pero
¿qué hacer si no? ¿Esperar con los brazos cruzados el desarrollo de los
acontecimientos? Siempre he creído que, en cualquier situación, hay que aplicar
el más vale prevenir que curar. ¿Os acordáis de la fábula de Iriarte sobre los
dos conejos que pierden el tiempo discutiendo si sus perseguidores son galgos o
podencos? Pues eso.
Hacer el amor y no la guerra
es muy bello y deseable, pero utópico en nuestros días. Yo más bien pienso que
la unión hace la fuerza.
Soy consciente de que este es
uno más de los temas que saco a colación que resulta muy complejo, que posee
muchas aristas por pulir y que no tiene una respuesta objetiva. Pero, aun así,
he sentido la necesidad de exponer mi punto de vista sobre cómo veo la triste
realidad. No sé si habré logrado una unanimidad de pareceres. Supongo que no. En
todo caso, os dejo un tema de discusión para una tertulia con amigos y
adversarios. Entretanto, paz y amor.







