Si la pregunta fuera “¿quién
quiere ser millonario?”, como aquel concurso presentado por Carlos Sobera,
todos levantaríamos la mano, pero, a la hora de ser generosos y hacer
sacrificios, la cosa pinta bastos.
Vaya por delante que el tema
que hoy traigo me resulta complicado de tratar, por cuanto sé que puedo pecar
de ignorante y, a tenor de lo cual, injusto para una parte de la sociedad
empresarial. Del mismo modo que, azuzados por la crisis provocada por la
Covid-19, se ha debatido mucho sobre el difícil equilibrio entre preservar la
salud y mantener el país a flote, también hay otro equilibrio difícil de
mantener y que invita a un duro debate: el de la salud económica del
empresariado frente a la del proletariado. Sé que este último término suena a
comunismo, pero no deja de ser proletario quien vive a duras penas de su
trabajo. Y, además, empresario y proletario riman a la perfección, aunque, por
definición o por naturaleza, estén condenados a no entenderse.
En tiempos de crisis
económica, como la que estamos vislumbrando, los empresarios —y, en su nombre,
la patronal— se apresuran a dejar claro, muy claro, que la crisis será dura,
muy dura, probablemente la más dura jamás vista desde la guerra civil. Con ello
quieren mentalizar a la clase trabajadora que lo va a pasar mal, muy mal, como
jamás lo había pasado hasta ahora. Debe de ser una buena táctica para que luego
no les pille por sorpresa y se les ocurra quejarse.
En momentos realmente
difíciles, hay que tomar decisiones y medidas difíciles. Es momento de
sacrificios. Pero ¿quién va a sacrificarse? La clase media, media-baja y baja
ya está acostumbrada a “apretarse el cinturón” cuando las cosas van mal. Pero
¿y los empresarios? ¿También están dispuestos al sacrificio? Y no me refiero al
pequeño empresario, al dueño de un taller de barrio, de un bar o de un
restaurante modesto. Me refiero a las cadenas se supermercados, a las grandes
superficies, a las grandes empresas nacionales y multinacionales. En el primer
caso, los trabajadores entienden que la supervivencia del negocio está tocada y
el barco se hunde, y, ante la pérdida de sus puestos de trabajo, poco o nada
pueden hacer. En la crisis económica del 2008, hubo trabajadores que aceptaron,
por el bien de la empresa y el suyo propio, ver reducido su salario o las horas
de trabajo. Si un trabajador sabe que los pedidos o las ventas escasean y que
los números no salen, apechuga con la situación. Lo malo es cuando algún
empresario “listo” se aprovecha de la crisis y, una vez esta ha pasado, no
readmite al personal que dejó en la calle, pudiéndolo hacer, y el que queda
tiene que hacerse cargo de la nueva situación. Cuántos restaurantes no habré
visto que, al menguar notablemente la clientela, redujeron, por ejemplo, de
seis a tres el número de camareros, pero cuando la situación se recuperó, solo incorporaron
a uno, con lo cual la nueva plantilla de cuatro empleados tuvo que hacerse
cargo del trabajo que antes realizaban los seis. Y cobrando lo mismo o menos.
Pero dejando a un lado a estos
pequeños empresarios sin demasiados escrúpulos, mi intención es la de criticar,
o comentar, la actitud de los grandes ante la crisis del sector, sea cual sea
este, esos que no saben lo que es apretarse el cinturón, el propio, me refiero.
Pero, claro, como hay que
salvaguardar el buen funcionamiento de la trama empresarial, protegiendo su
supervivencia, por ser el motor económico del país —cosa que no niego—, la
única forma de hacerlo es despidiendo a los trabajadores, ya sea mediante un
ERE o un ERTE, que, por lo menos, es menos grave. Solo es cuestión de comprobar
si la T de Temporal será o no será. De momento, los empresarios exigen su
prolongación hasta final de año, luego ya se verá.
Todos queremos ganar dinero y
cuando vemos que nuestros ahorros menguan, nos cabreamos. Yo no juego a la
bolsa, porque es como jugar a la ruleta, pero tengo algunos ahorrillos en
fondos de inversión. Y hay que ver cómo cuando sopla una simple brisa de
incertidumbre —porque Trump ha dicho esto o aquello, o porque los chinos se han
cabreado con los japoneses, o porque Rusia apoya a Turquía en la lucha contra
los Kurdos, o porque Siria e Irán andan a la greña, o porque está lloviendo de
canto y eso no es normal— las bolsas se desploman y de rebote toda la economía
se resiente, especialmente la de los ahorradores, los que no tienen culpa de
nada. No soy muy dado a las suspicacias y mucho menos a las conspiraciones,
pero a veces he llegado a pensar que todo está hecho a propósito. Y no me
refiero a las refriegas políticas sino al aprovechamiento de cualquier inestabilidad,
por pequeña que sea, para darle a la trituradora y que alguien acaba sacando
tajada del empobrecimiento de los demás. Es claro y notorio que es en épocas de
crisis cuando los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres.
¿Por qué los empresarios
españoles están totalmente en contra de la contrarreforma laboral? Porque,
dicen, ello pondría en peligro la creación de empleo. ¿Por qué no dicen la
verdad, que no quieren perder privilegios en forma de despidos libres y a un
coste irrisorio? Cuando las grandes empresas ganan dinero a raudales —miles de
millones de euros al año—, ¿quién se queda con los beneficios? Cuando esas
mismas empresas dejan de ganar tanto dinero —para ellas ganar menos es perder,
calificándolo con el eufemismo de crecimiento negativo—, ¿quién acude en su
ayuda? Solo con mencionar dos casos de flagrante inmoralidad, como el caso
Castor y el recate de la banca, tenemos suficiente para entender cómo funciona
el sistema. Si yo invierto en un proyecto prometedor y este se va al garete y lo
pierdo todo, ¿quién me va a resarcir? Nadie. Es mi problema. Pero cuando un
grupo empresarial arriesga dinero en un proyecto millonario para construir un
depósito artificial de gas natural y ello fracasa por culpa de errores técnicos
y de una grave negligencia en el estudio del impacto medioambiental, no pierde
ni un solo euro porque el Gobierno de turno se lo compensa a fondo perdido. En
otras palabras, todos los ciudadanos nos vemos obligados a resolverles el
problema. ¡Manda huevos! Si el proyecto hubiera sido todo un éxito, ¿acaso
habríamos salido beneficiados económicamente de algún modo? Y no toquemos el
tema del rescate de la banca, porque ya huele a podrido.
Insisto en mi ignorancia en
temas macroeconómicos, mis apreciaciones son solo el resultado de lo que veo y
me pregunto. Sé, por supuesto, que una empresa privada tiene la “obligación” de
ganar dinero, de lo contrario no tendría razón de ser. Si alguno de nosotros
tuviera, aunque fuera una pequeñísima participación en acciones, querríamos que
devengaran beneficios, no pérdidas. Pero la gran mayoría de esas empresas
quieren seguir ganando el mismo dinero de siempre, aunque sea a costa de sus
trabajadores y de sus salarios de mierda. Me cuesta creer que una gran
multinacional que factura un billón de dólares al año no pueda resistir una
caída, por fuerte que sea, en las ventas durante tres meses. ¿Acaso no tiene un
“caja de resistencia” con los pingües beneficios que ha ido acumulando año tras
año? El Corte Inglés o Zara, por poner dos ejemplos, ¿no pueden resistir una
crisis temporal? Entiendo que no sea oportuno, a nivel empresarial, seguir
pagando los salarios íntegros a los trabajadores mientras estos están ausentes
de su puesto de trabajo, aunque sea por una causa ajena a su voluntad, pero que
no se aprovechen de que el Pisuerga pasa por Valladolid, para obtener
beneficios, fiscales o del tipo que sea, más allá de lo justo y necesario.
Además, muchas de estas
empresas seguro que recuperarán las ventas perdidas en cuanto se abran las
puertas al comprador. Quien quería comprarse un artículo de consumo y no lo ha
hecho durante el confinamiento, lo hará tan pronto tenga ocasión. Los únicos
que no podrán recuperar lo perdido son quienes viven de acontecimientos
turísticos de temporada, especialmente los que regentan negocios de pequeño y
mediano tamaño. Los hoteles de cuatro y cinco estrellas y los restaurantes de
alto copete y con estrellas Michelin, con solo incrementar un poco sus precios
podrán recuperar parte de lo perdido. El dinero es como los anticuerpos, quien
más tiene, mejor resiste el embate de un virus malicioso.
Todos queremos ganar dinero,
sobre todo los que menos tienen. Pero quienes tienen las arcas llenas, bien
podrían dar ejemplo de austeridad y asumir que estamos en la época de las vacas
flacas y empezar a mentalizarse de que, por un tiempo, también tendrán que
apretarse el cinturón. Todos debemos contribuir a mantener el Estado del
bienestar, o lo más parecido a ello, sin excepciones.
¿Quién dijo “de cada cual
según sus capacidades y a cada cual según sus necesidades? ¿A ver si resultará
que soy comunista y no me había percatado? No lo sé, pero que soy un iluso utópico, eso
seguro. ¿Cómo voy a creer que las grandes fortunas van a sacrificarse si son
las que pagan menos impuestos?