lunes, 18 de abril de 2016

El poder de la mente



El poder de la mente es innegable y a veces supera todas nuestras expectativas. La sugestión puede tener efectos tanto deseables como indeseables. El “efecto placebo” es uno de los muchos ejemplos de las manifestaciones psicosomáticas. Enfermos que ven desaparecer o disminuir notablemente su sintomatología por la creencia de que están tomando un fármaco cuando en realidad es lo que se conoce como un placebo: una cápsula, comprimido o cualquier preparación farmacéutica que no contiene ninguna substancia medicamentosa.

Lo que yo experimenté, hace ya muchos años consistió en todo lo contrario; fue la manifestación psicosomática provocada por un estrés de origen laboral, agravada por el miedo. Así pues, en mi caso la mente actuó doblemente: en el origen de las primeras manifestaciones físicas y en el agravamiento de éstas a resultas de la falsa creencia de que sufría una enfermedad grave.

Fue justamente al volver de un viaje de vacaciones estivales. Todos (amigos y familiares) decían verme más delgado. La báscula de baño les dio la razón: había perdido dos kilos desde la última vez que me había pesado y de eso solo hacía unas pocas semanas. Seguí controlando mi peso a diario y éste iba menguando a pasos agigantados. En dos meses había perdido cinco kilos. A este hecho se le sumó la sintomatología que ya había experimentado durante el viaje pero que había achacado al cambio de estilo y ritmo de vida y a la incomodidad de los continuos desplazamientos a pie y en autocar: dolor lumbar, estreñimiento y molestias abdominales.

Casualmente, al poco tuve que someterme a la revisión médica anual de la empresa, al término de la cual referí estos síntomas al médico, en quien me pareció advertir una señal de alarma. Me preguntó la edad (entonces yo tendría unos cincuenta y pocos) y me dijo que una pérdida injustificada de peso no era normal y que, por mi edad, ya debería haberme sometido a una colonoscopia, por lo que era imprescindible que me hicieran una urgentemente.

Las dos semanas que transcurrieron desde la petición del médico hasta la autorización de la Mutua y la subsiguiente prueba diagnóstica fue un tormento. Me temí lo peor. Lo que al principio era una duda razonable acabó siendo para mí casi una certeza, con un noventa por ciento que probabilidades de padecer un cáncer de colon. En esta cifra, que repetí en mi mente hasta la saciedad, fijé la probabilidad de un desenlace fatal. Pensé en muchas cosas. Pensé en mi familia, en mi vida, en el más allá, si es que existía, en donde quería que esparcieran mis cenizas. Y todos estos pensamientos se desarrollaban, cada día sin excepción, de madrugada, cuando mi mente le decía a mi cuerpo que ya era hora de dejar de descansar y ponerse a hacer planes.

Qué curiosa y traidora es, a veces, la mente. Cuando, todavía bajo el efecto de la sedación, me vi en una habitación anexa al quirófano, mi mujer, sentada a mi lado, me dijo que había repetido dos o tres veces algo así como: “Y yo que creía que tenía un noventa por ciento”. Al poco, el médico apareció para darme la noticia: estaba limpio. Deduje que, durante la prueba, estando yo en un estado de semiinconsciencia, el médico debió hacer algún comentario sobre lo que veía en la pantalla, verificando la ausencia de lesiones.

Cuando referí lo acontecido al médico generalista, me preguntó si estaba pasando por un momento de estrés. La respuesta fue afirmativa pero no podía creer que los síntomas hubieran aparecido precisamente durante el descanso vacacional, cuando se supone que uno está relajado. Al parecer, el cuerpo (o la mente) necesita un periodo de respuesta. Hay un periodo refractario en el que somos capaces de aguantarlo todo. Los mecanismos de defensa pueden mantenernos erguidos el tiempo que sea necesario para no venirnos abajo. Una vez ha pasado la fase de estrés, cuando ya ha desaparecido (aunque sea temporalmente) la agresión y ya nos creemos a salvo, es entonces cuando afloran las secuelas. Al menos a mí me ocurrió así.

Todo volvió paulatinamente a la normalidad con la ayuda de un simple y oportuno ansiolítico.

Me gustaría saber y poder controlar mi mente para dirigirla positivamente. Pero parece que tengo una mente indomable y especialmente sensible a lo negativo. Al hilo de mi post anterior cabría preguntarme si me vi realmente muerto. Creo que no, pero pudo más el miedo a morir. Afortunadamente, la Ley de Murphy no se cumplió.
 
 

 

viernes, 1 de abril de 2016

La otra Ley de Murphy



Eduard A. Murphy (1918-1990), ingeniero aeroespacial estadounidense, experto en sistemas de seguridad, formuló la famosa teoría que dice que si algo puede salir mal, saldrá mal. Ignoro en qué se basó para formularla pero la verdad es que cuando vemos que la tostada siempre cae al suelo por el lado de la mermelada o cuando de todos los posibles temas de un examen ha ido a salir justamente el que no habíamos estudiado, creemos a pies juntillas que Murphy era una especie de profeta.

Yo tengo mi propia ley con dos variantes. La primera viene a decir algo así como que si piensas mucho en que algo va a ocurrir, no ocurre o, por lo menos, no del mismo modo en que lo habías imaginado. Doy fe de que a mí me funciona.

Que conste que no soy supersticioso porque, entre otras cosas, dicen que trae mala suerte, pero sí os puedo asegurar que tan bien funciona esta parte de la ley que intento no imaginarme algo con ahínco porque entonces sé no se cumplirá. Un claro exponente de ello es que nunca me ha tocado la lotería porque no puedo evitar imaginármelo con todo lujo de detalles. Me veo comprobando el número y la serie repetidas veces, incrédulo de lo que ven mis ojos, se lo digo a mi mujer para que lo compruebe a su vez y, no satisfecho  con ello, le entrego el boleto al director de nuestra sucursal bancaria para que haga lo propio y se encargue de cobrarlo e ingresarlo a nuestra cuenta. Luego me imagino el uso que hacemos de los millones (porque siempre son millones): lo que gastaremos en alguna reforma del piso, en algún viaje, en cambiar el coche; lo que repartiremos entre la familia; lo que daremos a alguna ONG; lo que quedará como ahorro vitalicio y para nuestra descendencia. Y, claro, ya se sabe cómo termina el cuento de la lechera.

Os parecerá broma pero no lo es. Siempre que me imagino, con pelos y señales, cómo se desarrollará un hecho que me atañe de forma especial, el resultado es completamente distinto. ¡Cuántas veces, en mi dilatada carrera profesional, imaginé cómo sería una entrevista de trabajo y me la preparé como si de un examen se tratara y luego todo fue por otros derroteros y no me sirvió de nada tanta preparación. Y aún así, nunca fui capaz de presentarme a una sin llevar un guión aprendido. Siempre el “por si acaso”.

La segunda variante de mi ley es más curiosa, si cabe, rayando lo paranormal. Solo funciona si el pensamiento se plantea en negativo. Esta variante viene a decir que si no me veo haciendo algo, es que no lo haré. Si, por ejemplo, hay un viaje o excursión de por medio que no me apetece hacer, si unos amigos me han invitado a una cena o a un concierto y no me agrada la idea, si no sé si la empresa con la que he tenido la entrevista de trabajo me admitirá, solo tengo que imaginarme en esas circunstancias. Si no me veo haciendo el viaje o la excursión, cenando o en el concierto con mis amigos, o trabajando en esa empresa, si cualquiera de esas situaciones me resultan extrañas, fuera de lugar, es que no ocurrirán. Resulta difícil expresarlo en palabras, es una sensación de irrealidad.

Así pues, sumando las dos variantes, mi ley, la Ley apócrifa de Josep M. Panadés (Barcelona, 1950), pendiente de reconocimiento público (la ley, no el autor), dice que si me imagino mucho que algo va a ocurrir, no ocurre y si no me lo puedo imaginar, no ocurre. Entonces ¿cuándo puñetas ocurre lo que quiero que ocurra? Pues cuando no pienso intensamente en ello dándolo por hecho. Todo lo contrario de lo que preconiza “El secreto” (Rhonda Byrne, 2006), el libro superventas basado en los trabajos del iluminado (o fabulador, o embaucador, o vendedor de humo) William Walker Atkinson (no sé si tendrá algún parentesco con Rowan Atkinson, creador de Mr. Bean), que afirma que con solo imaginar que algo bueno te va a ocurrir (encontrarte en el buzón un cheque para poder pagar tus deudas, una estilográfica de oro en el suelo de la estación de tren, y chorradas por el estilo), imaginándotelo como si ya hubiera sucedido, se materializará en un breve periodo de tiempo (horas o días).

Yo no llego tan lejos en mis predicciones. Mi “secreto” es muy distinto. Yo os aconsejaría que dejéis de pensar en la lotería, en el chalé con piscina, en la chica o chico que os queréis ligar, en que la próxima nómina vendrá con el aumento prometido, etc., etc., porque todo eso solo ocurrirá si debe ocurrir y cuando deba ocurrir. No sé a quién atribuirle esta ley pero esta sí que es cierta.
 
 

martes, 22 de marzo de 2016

¿Libertad de expresión o de insulto?


¿Dónde acaba la libertad de expresión y empieza la protección del honor y de la imagen? Un insulto al Rey puede ser delito pero un ultraje verbal a los ciudadanos de una determinada comunidad autónoma, a las mujeres, a los inmigrantes o a un colectivo suele ser considerado producto de la libertad de expresión. Hay ejemplos cuya línea divisoria entre ambos supuestos es confusa pero hay casos tan vergonzantes que merecen el mayor de los desprecios, no solo hacia el autor de las injurias o calumnias sino también hacia la justicia que, al parecer, no siempre es ciega.

Ciertas expresiones u opiniones se consideran apología del terrorismo. Otras, que son vejatorias o bien fomentan el odio social o intercultural son, muchas veces, calificadas como simple opinión personal y, por lo tanto, están amparadas bajo la libertad de expresión. En otras ocasiones, finalmente, se finge perseguir al autor pero el tema queda en el olvido y acaba archivándose.

Podría poner muchos ejemplos de lo anteriormente dicho, pero en este caso actuaré a la inversa del famoso adagio que indica que se puede decir el pecado pero no el pecador.

Así pues, acogiéndome a la libertad de expresión (y a hechos contrastables), voy a poner como ejemplo de insultadores públicos, calumniadores y autores de comentarios vejatorios, a cuatro –solo cuatro- personajes que son un nefasto ejemplo de cómo la trillada libertad de expresión se convierte en algo deleznable para cualquier ciudadano respetuoso con el prójimo, sean cuales sean sus ideas políticas, religiosas, su origen, su raza o su orientación sexual. La imagen de sus caretos figura en la cabecera de este post, pero por si alguien no los reconoce, he aquí sus señas de identidad.

De izquierda a derecha y de arriba abajo:
 
Pepe López

Conocido por algunos como el telepredicador de la ultraderecha española. Propietario del canal tinerfeño Mi Norte TV y cara visible del programa “El Chanchullo”.

Sus intervenciones más “logradas” son las que expresan sus opiniones contra todo representante político que no sea de su agrado (todos a la izquierda de la ultraderecha), y que consisten en vilipendiarlo/a con insultos generalmente dirigidos a su físico, con términos indignos y más propios de un barriobajero malhablado. Guarro y asqueroso son solo los calificativos más suaves que salen de su –esa sí que es asquerosa- boca y que me atrevo a reproducir aquí.

Creo que quien, para atacar políticamente (en el buen sentido de la palabra) a un oponente, basa sus críticas en burlas e insultos denigrantes, es que no tiene otros argumentos y eso debería bastar para desacreditarlo públicamente. Por desgracia, sin embargo, estos individuos siguen teniendo sus seguidores.
 
Armando Robles

Empresario malagueño que desempeñó la función de jefe de prensa del polémico Jesús Gil, y presentador del programa “La ratonera”, de Alerta Digital, con clarísimos tintes xenófobos y ultraderechistas.

Un reciente comentario, que le valió una multa de 60.000 euros, fue: “¿Dónde meteremos a esos 70.000 cerdos vascos y catalanes que van a acudir a la final de la Copa del Rey….Yo les echaría al mar pero no sé si van a caber todos”. No solo no se retractó de lo dicho sino que se envalentonó subiendo todavía más el tono de su airado ataque en defensa de sus palabras, haciendo un alegato sobre la libertad de expresión y contra la persecución a la que, según él, le han sometido.
 
Jesús Calvo

Sacerdote falangista,  párroco de El Burgo Ranero (León), férreo defensor de la pena de muerte, que colabora habitualmente con Armando Robles en el anteriormente mencionado programa y con quien contacta habitualmente por vía telefónica.

Una de las perlas que salió de su beatífica boca fue que la reciente muerte por cáncer de páncreas del político socialista Pedro Zerolo era un castigo divino por su homosexualidad, añadiendo que no cambiaría la vida de un perro por la de Zerolo. Para este cura, el Papa es un hereje y el Rey un traidor.

A todo esto, el obispado, si bien le ha amonestado en alguna que otra ocasión, dice respetar su libertad de opinión
.
 
Emilio Rodríguez Menéndez

Polémico y controvertido abogado, antiguo fugitivo de la justicia española y colaborador puntual del mismo programa de Alerta Digital.

Su trayectoria profesional y vida pública es sobradamente conocida, pero es su actitud y comportamiento lo que lo hace un ser asocial y un energúmeno sin ningún reparo a la hora de insultar públicamente a quienquiera que le haya criticado.

Palabras y gestos soeces son su forma de arremeter contra sus enemigos, que no son pocos.
 
 
 
Es curioso y lamentable que, quienes más persiguieron la libertad de expresión sean los que ahora se valen de ella para escudarse, con total impunidad, en lo que considero en realidad una libertad de insulto.

jueves, 17 de marzo de 2016

¿Rectificar es de sabios?



Eso es lo que dice parte de una cita atribuida al poeta británico Alexander Pope y que, en su totalidad reza así: “Errar es humano, perdonar es divino, rectificar es de sabios”.

La forma interrogativa que me he permitido utilizar se debe a que, en la práctica, llego a dudar de esta aseveración. Y es que uno acaba dudando de aquello que nunca, o casi nunca, acontece. No hace falta que algo sea ley para darlo por cierto, para asumirlo sin rechistar. Solo con verlo es suficiente. ¿Quién pondría en duda, por ejemplo, la ley de la gravedad, aunque ignorara su esencia? El hecho de que todos los objetos caen (por efecto de esa propiedad física) es incuestionable. Del mismo modo, todos tendemos a creer lo que afirma la gran mayoría. Si una gran mayoría lo dice es que será cierto. ¿Acaso la mayoría siempre tiene razón? Bueno, será mejor que lo deje y vuelva al asunto que me ha llevado a escribir estas líneas.

Quede claro que, como decía el poeta, todos podemos errar y debemos ser indulgentes con el prójimo cuando yerra, pues nadie es perfecto. Pero sobre lo que quiero reflexionar en esta ocasión es la falta de rectificación cuando alguien, públicamente, emite un pronóstico y tras equivocarse estrepitosamente, no se digna a disculparse, a excusarse ni, como mínimo, a rectificar.

Alguien definió un economista como un individuo que invierte mucho tiempo en explicar lo que acontecerá para, luego, invertir el mismo tiempo en justificar por qué no ha acontecido lo que había vaticinado. A pesar de que la economía sea una materia basada en las matemáticas, no puede considerarse una ciencia exacta pues intervienen multitud de variables, muchas veces inesperadas, que distorsionan lo que se había considerado más que probable.

La misma definición anterior podría aplicase a los meteorólogos. La meteorología, una rama de la física, tampoco es una ciencia exacta. El meteorólogo basa sus predicciones en una serie de parámetros físicos que están sujetos  a variaciones a veces imprevisibles. Ignoro la proporción de pronósticos desacertados en los que el Instituto Nacional de Meteorología, e incluso la NASA, han incurrido a lo largo de su existencia, pero me da la impresión de que debe superar el cincuenta por ciento, cifra que podría ser todavía más elevada si nos refiriésemos a las predicciones a largo plazo.

No soy ni economista ni físico y, por lo tanto, no estoy en condiciones de valorar la gravedad de tales errores. No es este el motivo de este post, como se desprende de su enunciado.

Si ya resulta chocante que, tras una detalladísima y enfática exposición, con todo lujo de detalles, de lo que va a acontecer en un breve periodo de tiempo, la realidad acabe siendo totalmente distinta, lo que no llego a comprender es que quienes se han explayado, muchas veces vehementemente, con tales predicciones nunca, que yo tenga constancia, expliquen, con igual detalle, el por qué de dichos cambios.

Habrá algún espacio dedicado al tiempo en alguna cadena de televisión, quiero creer, en el que el hombre o la mujer del tiempo dé una explicación de lo ocurrido pero debo tener mala suerte porque nunca he sido testigo de ello.

Como vivo en Cataluña, suelo ver este espacio en la cadena autonómica pública (TV3) y en una privada local (8TV), pensando que la predicción será más acertada por ceñirse a un territorio más restringido. Craso error.

Indefectiblemente, la predicción diaria para toda una semana va metamorfoseándose. Lo que el lunes se dijo que ocurriría el miércoles, el martes ya no es así. A medida que pasan los días, la previsión para los siguientes va cambiando progresivamente, de modo que al llegar al esperado fin de semana, el parecido con lo dicho el lunes es inexistente. Insisto en que acepto los errores en tales previsiones, aunque me pese. A muchos –ciudadanos y hosteleros- les ha arruinado un fin de semana en la montaña o en la playa. Una predicción meteorológica desfavorable puede provocar multitud de cancelaciones innecesarias si el tiempo ha acabado siendo bueno. Lo que me irrita no es eso sino la falta de reconocimiento de que la previsión falló por las circunstancias que sean. La Semana Santa es un caso especial. Todo el mundo está pendiente del tiempo y las previsiones suelen hacerse, en vista de las posibles consecuencias, bajo un halo de prudencia. En este caso, la predicción suele ser lo más ambigua o ecléctica posible. Todo puede suceder: nubes y claros, chubascos dispersos, en el interior y en la costa. Pero cuando se trata de una semana cualquiera los cambios de previsión pasan mucho más desapercibidos pues se van produciendo “disimuladamente”, día a día.

Si hiciéramos una fotografía de la secuencia de los mapas secuenciales que nos van mostrando, veríamos que la toma efectuada el lunes, describiendo la evolución semanal, no se parece en casi nada a la del viernes. Si el lunes señalaban un sol radiante en la Costa Brava para todo el fin de semana, el viernes la imagen es de algunos tímidos claros con predominio de un cielo cubierto, pero cuando llega el sábado la previsión pasa a ser de lluvia. Y nadie comenta a qué se ha debido un cambio tan acusado. Simplemente es como si cada día pusieran el contador a cero y realizaran la previsión por primera vez.

No pretendo una autoflagelación, o unas disculpas al más puro estilo oriental, con reverencias y lágrimas en los ojos. Simplemente con decir “ayer dijimos (siempre hablan en plural) que haría sol pero…”. Deben (uso ahora yo el plural porque generalizo) pensar que tenemos amnesia diaria y que cuando nos levantamos ya no recordamos lo que nos dijeron ayer.

No solo se puede sino que se debe rectificar y reconocer que, por el motivo que sea, el pronóstico se ha tenido que modificar o que erraron en la predicción. Si no, ¿qué utilidad tiene ver la sección dedicada a la previsión meteorológica de los informativos? Con esperar al día siguiente y mirar por la ventana sería suficiente. Ante una previsión de una calamidad meteorológica (que, por cierto, parece que algunos disfruten con ello), siempre le digo a mi mujer lo mismo: no te lo creas, esperemos y veamos el tiempo que hará. Muchas veces he estado tentado de comprarme uno de esos barómetros conocidos como el “fraile del tiempo”, Seguro que son mucho más fiables.


martes, 8 de marzo de 2016

Las peladuras



A lo largo de mi vida adulta han sido innumerables las ocasiones en que he vuelto la vista atrás. Al llegar a mi edad, buscamos agarrarnos a momentos felices, como si quisiéramos que el pasado diera sentido a nuestra existencia. Quizá sea un síntoma de senectud pero me complace, ahora más que nunca, recordar los buenos momentos vividos.

No obstante, si tuviera que retrotraerme a un instante concreto de cuando era niño no sabría cuál elegir. A veces pienso que mi infancia fue muy anodina o yo un niño taciturno que no sabía disfrutar plenamente de los momentos de dicha. No lo sé. Conservo multitud de recuerdos, desde luego. Diría incluso que mi memoria es prodigiosa cuando se trata de revivir escenas muy lejanas. Pero debo admitir que pocas son las que me aportan algo más que una simple sensación de bienestar. Para mí ya es suficiente.

Casi siempre es la imagen de mi madre la que llena los recuerdos de mi niñez. La veo, como si fuera ayer, trabajando en casa, con las telas, los patrones, el centímetro y el gis, esa tiza especial que se usa en sastrería, y todo un costurero sobre la mesa del comedor. Yo, mientras, observándola cómo cortaba, cosía y montaba, uno sobre otro, los pantalones acabados para entregarlos al día siguiente al sastre, su patrono, a cambio de nuevos encargos. Tiempos difíciles aquéllos. Éramos seis en casa, muchas bocas que alimentar, y con ese trabajo mi madre contribuía a la economía doméstica complementando el sueldo de un marido pluriempleado, mi padre, que se marchaba de casa al alba y regresaba al atardecer.

En aquella época, a falta de guarderías, las madres tenían los hijos en casa hasta que éstos cumplían cuatro años, edad en la que los niños empezaban el parvulario. Antes de que ese terrible momento llegara, mi madre tenía que ingeniárselas, pues, para mantenerme ocupado. Mis dos hermanas, mayores que yo, hacía años que iban a la escuela.

Por fortuna, mi madre era muy habilidosa y yo un niño que se entretenía con facilidad. Con cualquier cosa me confeccionaba algo con qué jugar. Una caja de zapatos se convertía en un coche. Con pinzas de tender la ropa formaba un regimiento de soldados o construía cualquier artilugio. Lo que más me gustaba, sin embargo, era ver cómo una simple sábana acababa haciendo las veces de una tienda de campaña. Al parecer, su ingenio venía de lejos. Mi abuela paterna me contó, mientras me daba para desayunar una deliciosa sopa de pan con leche, que cuando yo era un bebé mi madre me mecía atando mi cuna a la rueda de la máquina de coser. Mientras ella cosía, con cada pedaleo la polea giraba y con cada giro me balanceaba. La inventiva de mi madre no se limitaba a estos menesteres prácticos. Para mí, su mayor habilidad consistía en contar cuentos. Solo tenía que darle una minúscula pista, un detalle, y desarrollaba una historia de fantasía. Aunque yo supiera que habría un final feliz, como debía ser, lograba mantenerme alerta de principio a fin.

Estos detalles, por minucias que puedan parecer, son los que llenan el capazo de mis recuerdos familiares, tanto buenos como malos. Un capazo que voy llenando sin que llegue a rebosar porque desecho aquellos recuerdos que no quiero retener, quedándome con los más entrañables. Es esta una labor de años, de toda una vida. Una labor que consiste en separar el rico fruto de las peladuras.
 

jueves, 25 de febrero de 2016

El pájaro tonto


Desde la aparición del hombre, éste ha aprovechado los extraordinarios recursos naturales que la madre tierra le proporcionaba. Cazaba para alimentarse y utilizaba las pieles de los animales cazados para abrigarse. Aprendió a cultivar la tierra y sacar provecho de sus frutos. Al cabo de miles de años, sus sistemas de producción se hicieron muchísimo más eficientes y rentables. Pero todo tiene un precio.

Esta evolución para la subsistencia y a favor del bienestar se fue paulatinamente viciando y pervirtiéndose, primando por encima de todo el enriquecimiento personal, hasta llegar a cotas insostenibles.

Es un hecho indiscutible que nuestro planeta está sufriendo un daño irreparable de seguir con esta tendencia alcista del deterioro medioambiental.

Dice el proverbio que más vale prevenir que curar. Creo que ya es tarde para la prevención. Ahora solo necesitamos encontrar una cura para este mal que aqueja al planeta en el que nos ha tocado vivir y al que tanto hemos maltratado.

Los defensores de la naturaleza son considerados hoy en día elementos anti-sistema, bajo sospecha. Solo hay que ver el trato que reciben los integrantes de Greenpeace cuando, con los únicos medios a su alcance, intentan evitar una agresión al medio ambiente. Los defensores de la vida en nuestro planeta han tenido que organizarse en ONG porque los gobiernos miran hacia otro lado. Se celebran cumbres para alcanzar acuerdos que, una vez alcanzados, voces triunfalistas los muestran como ejemplo del buen hacer de los mandatarios internacionales pero que, en realidad, son francamente insuficientes. Y todo por el vil metal.

Pero todos somos culpables en mayor o menos medida, aunque nos valgamos del atenuante de que estamos sometidos a la presión de una sociedad que nos obliga a contaminar, directa o indirectamente, una sociedad de consumo que es la mayor contaminante y, por ende, enemiga de la naturaleza.

La mano del hombre ha intervenido voluntaria e involuntariamente en el desequilibrio ecológico desde hace muchos lustros. A la conducta consciente y desaprensiva del explotador, hay que añadir la inconsciente e ignorante que, no por ello, deja de ser menos agresiva.

Hace cuatro siglos que tuvo lugar lo que al parecer fue la primera extinción de una especie animal a manos del hombre blanco. Sucedió a orillas del Océano Índico, donde habitaba una especie actualmente extinta, el dodo, cuyo nombre procede del portugués doudo, que significa tonto. Y es que, al igual que sucede con los seres humanos, muchas veces se confunde la bondad con la estupidez.

El dodo era un ave de gran tamaño, que vivía en la isla San Mauricio. Como no tenía ningún enemigo natural, había perdido la capacidad de volar y por tal motivo fue presa fácil del hombre. Los marineros portugueses que frecuentaban la isla en aquella época observaron que no sentía temor por los hombres, simplemente porque nunca antes los había visto. Así pues, resultó muy fácil matarla. Solo había que acercarse y golpearle con un palo en la cabeza o retorcerle el pescuezo. El pobre animal no sabía cómo protegerse. Su carne no era sabrosa pero era un buen sucedáneo cuando apremiaba el hambre. Además, los huevos también se comían y se podía aprovechar su plumón. El dodo se extinguió en muy poco tiempo. Hoy solo se conserva su esqueleto en algún museo de Historia Natural.

Hoy en día hay muchos animales en peligro de extinción. Bien por divertimento, bien por intereses económicos, se está acabando con muchas especies animales y vegetales. Entre la fauna, un ejemplo es el rinoceronte, cuya caza tiene por único objetivo segarles el cuerno que, según la medicina tradicional oriental, tiene propiedades afrodisíacas; o el elefante, por su preciado marfil; o el gorila, por sus manos como trofeo, o… El exterminio de ciertas especies es el precio que pagamos por nuestra sinrazón.

Ahora bien, ha habido casos realmente paradigmáticos de la ignorancia con la que, a veces, se actúa. Medidas que, a simple vista, pueden parecer inocuas, pueden acabar en verdaderos problemas ecológicos.

Un caso muy elocuente de ello fue la introducción en Australia del conejo europeo y del zorro rojo, con fines cinegéticos. Ambas especies, introducidas en aquel continente a mediados del siglo XIX, se convirtieron rápidamente en plagas. El conejo, con un altísimo nivel reproductivo, arrasó en poco tiempo los campos de labranza y compitió por el alimento con otras muchas especies autóctonas que están actualmente en peligro de extinción. El zorro, que podía haber diezmado la población de conejos, se convirtió en el principal depredador del canguro, más lento que aquél. Para controlar la población de conejos se liberaron, años después, mosquitos portadores del virus de la mixomatosis, una enfermedad mortal para esta especie. Pero el virus mutó y muchos animales se hicieron inmunes, volviendo a reproducirse, hasta que nuevas cepas de virus más virulentas hicieron su aparición volviendo a menguar la población de conejos. De este modo se mantiene actualmente un cierto equilibrio. En cuanto al zorro, todavía hoy es un problema que el Gobierno australiano no ha logrado erradicar. Se ha incentivado su caza, se ha recurrido a las trampas, e incluso se ha introducido el dingo, una especie de perro salvaje, como depredador. Estamos como al principio.

Pero también hay ignorancia en algunas medidas en defensa de la biodiversidad. Otro famoso refrán dice que el infierno está lleno de buenas intenciones. Todas las medidas hay que estudiarlas con detenimiento pues, aun pareciendo beneficiosas para una determinada especie, pueden acabar siendo muy dañinas para otras. Tal es el caso de la liberación de visones en cautiverio en granjas suecas, que acabó con gran parte de las especies marinas del Báltico, de cuyos huevos se alimentaron los visones.

Estas solo son unas pocas muestras de la imprudencia e impericia humana. Mi intención solo ha sido la de salpicar con algunos ejemplos una pequeña reflexión que deberían hacerse a mucha mayor escala todos los que tienen la potestad de poner coto a las continuas agresiones del medio ambiente, una reflexión ésta que he traído hasta aquí de la mano de Henning Mankell.

¿Y qué tiene que ver mi escritor sueco preferido en todo esto? –os preguntaréis. Pues que en uno de los capítulos de su postrera obra, “Arenas movedizas”, cuyo título he tomado prestado para este post, hace una reflexión sobre la triste huella que el hombre ha dejado y que, si nada ni nadie lo remedia, dejará en el planeta Tierra. De él he obtenido la información referente al pobre pájaro tonto y a la liberación de visones en su país de origen. Gracias una vez más, Henning, por tu sabiduría y humanidad.
 
 
*Imágenes: Izquierda- Dibujo de un dodo (s. XVII). Derecha- Esqueleto de un dodo, expuesto en el Museo de Historia Natural de Londres.
 
 
 

sábado, 30 de enero de 2016

Henning Mankell



Se lo debía y no he querido dejar pasar más tiempo. No voy a hacer una crítica literaria de su obra, pues no sabría por dónde empezar pues no tengo la formación requerida para ello, ni voy a hacer un panegírico de su vida como escritor. Solo quiero dedicar unas sencillas palabras escritas en este modesto cuaderno a alguien que, simple y llanamente, me ha hecho pasar muchos gratos momentos.

Solo me limitaré a hacer una breve presentación de este escritor fallecido el pasado mes de octubre, víctima de un cáncer y que tuvo el coraje de escribir su último libro, “Arenas movedizas”, tras conocer su terrible enfermedad. Es ésta una obra autobiográfica escrita desde la perspectiva del que sabe que su muerte está cercana.

Henning Mankell, novelista y dramaturgo sueco, falleció a la edad de 67 años tras haber publicado treinta y ocho libros, entre novelas, ensayos y una obra de teatro. De todas estas obras, doce pertenecen a la “Serie Wallander”, cuyo protagonista, el inspector Kurt Wallander, viene a ser un Pepe Carvalho en sueco. De hecho, Mankell fue galardonado en 2006 precisamente con el premio Pepe Carvalho, otorgado a autores de prestigio en el ámbito de la novela negra.

Siempre que un autor famoso fallece se dice que deja un vacío en el mundo de las letras. En este caso, la muerte de Mankell ha dejado, además, un vacío en mi biblioteca personal que solo puedo llenar con los gratos recuerdos de la lectura de todas sus obras y, en especial, de las aventuras y desventuras de un entrañable Kurt Wallander.

Conocí al inspector Wallander gracias a una compañera de trabajo que, conociendo mi afición por las novelas policíacas y de suspense, me prestó la primera de las novelas de esta serie, “Asesinos sin rostro”. Desde entonces no pude dejar de leer todas las obras de esta colección. Llegué a empatizar con el bueno y perseverante inspector como si formara parte de mi grupo de amistades. Le aprecié y le compadecí a partes iguales, y no solo por su laboriosa y minuciosa tarea de dar con el asesino o asesinos, con sus contratiempos y fracasos, sino también por su triste y solitaria vida personal. En esta serie, Mankell describe minuciosamente su vida profesional en paralelo a su vida familiar, divorciado y alejado de su única hija. Con un padre con el que mantiene una relación de fría cordialidad y tirantez porque nunca entendió ni aceptó que su hijo se hiciera policía. Un curioso padre pintor, que siempre pinta el mismo paisaje en dos versiones. Con y sin Urogallo, y con el que finalmente se reconciliará poco antes de su muerte. Wallander, hombre despistado y caótico en sus necesidades personales, pero agudo y pertinaz a la hora de seguir pistas apenas perceptibles, es la imagen del verdadero sabueso.

En 2013, la serie Wallander fue aniquilada literariamente por su creador cuando éste publicó “Huesos en el jardín”, con un Wallander cansado y que ya solo piensa en retirarse. Cuando supe que con toda probabilidad esa sería la última entrega de la serie que tanto me había hecho disfrutar, me entristecí al pensar que dejaría de ver, oír y pensar como mi ídolo en la ficción. Un buen hombre, Kurt. Cuando Menkell acabó con su famoso personaje, todavía no sabía que el cáncer acabaría un año después con él.

Si la pérdida de mi personaje de ficción favorito me causó pesar y añoranza de los buenos ratos pasados con él en mis manos y en mi mente fantasiosa, la desaparición de quien le dio la vida me produjo un hondo sentimiento de abandono y la cruda constatación de lo efímeros que somos. Que todo pasa, que todo tiene un principio y un fin. Puede parecer una perogrullada, pero solo nos damos cuenta de ello cuando alguien a quien apreciamos se va. A menudo sabemos del fallecimiento de personajes que nos han deleitado con su voz, su música, su imagen en el escenario o en la pantalla, o con su mente privilegiada y humanidad. Para los que ya tenemos una edad, esas pérdidas que constantemente van goteando, una tras otra, sin cesar, nos hacen sentir que también perdemos años de nuestra propia vida, todos esos años que convivimos o coexistimos con quienes nos ofrecieron lo mejor de ellos, esa creatividad artística que, de pronto, pasa a formar parte del pasado, como nosotros mismos haremos algún día. Pero ellos, además, tienen la fortuna de pasar a formar parte de la historia. Y eso no todo el mundo lo consigue.

Desde aquí, pues, le digo un adiós con retraso pero no por ello menos sentido, a quien me acompañó con sus obras en mis apasionadas lecturas durante tantos años.

Adiós Henning Mankell y gracias por haberme hecho disfrutar con tus historias. Aunque hayas dejado de escribir, espero que seas una fuente inagotable de inspiración para otros muchos escritores.