La RAE define la empatía como la capacidad de identificarse
con alguien y compartir sus sentimientos.
En España, los tres poderes del Estado son el poder
legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial. El primero recae en las
Cortes Generales, el segundo en el Gobierno y el tercero en los jueces y
magistrados, encabezados por el Tribunal Supremo y controlados por el Consejo
General del Poder Judicial. Todos ellos emanan de la Constitución
Pero volviendo al concepto de empatía, uno se pregunta por
qué toda la legislación de nuestro país y los que la hacen, la controlan y la
juzgan, no entienden, o parecen no entender, el significado de ese término que,
en la práctica, es muy poco frecuente, incluso entre cierta parte de la
población, y en especial en lo referente a los principales problemas que nos
afectan hoy día, a saber: la vivienda, el trabajo, la sanidad, la educación y
más recientemente la inmigración. Y yo añadiría la crisis climática.
Así pues, dónde está la empatía, no la de los ciudadanos de
a pie sino la “oficial”, la de los mandatarios ─ya sea la Administración
central, la autonómica o la municipal─ ante un desahucio que deja en la calle a
seres humanos vulnerables (madres con hijos pequeños, ancianos y ancianas sin
familia, personas en paro de larga duración sin recursos económicos para
subsistir, etc.); ante la imposibilidad de hallar una vivienda en condiciones y
a un precio asequible; ante unas inundaciones brutales que deja sin su hogar y
posiblemente también sin negocio a miles y miles de ciudadanos por haber sido
arrasados por el agua; ante enfermos con minusvalías graves que no reciben las
ayudas necesarias o pacientes que deben esperar meses para ser operados o que
no pueden ser tratados con un nuevo medicamento que probablemente los curaría
pero que al ser demasiado caro no es financiarlo por la Seguridad Social; ante la
precariedad laboral, con contratos temporales de poca calidad y sueldos
precarios; ante la falta de profesores y, por lo tanto, de una educación
pública de calidad; ante las desgracias naturales debidas a la salvaje
explotación de los recursos naturales, al desprecio del ecosistema y la
priorización de los beneficios económicos para las grandes multinacionales en
contra de la salud de la población. Y así un largo etcétera de atropellos e
injusticias que nadie, con el poder suficiente y necesario, se atreve a
acometer en profundidad, con seriedad y eficacia.
¿Cómo puede, por ejemplo, un juez o jueza, hacer ejecutar
la orden de desalojo a una familia en una situación vulnerable que los condena
a vivir en la calle, sin sentir remordimientos? Es la Ley, dirá, y la ley está
para acatarla. Entonces, digo yo, la Ley es injusta cuando no tiene en cuenta
las necesidades básicas de un ser humano y más cuando contraviene lo dictado
por la Constitución. La Ley está para proteger a los ciudadanos, no para
condenarlos a vivir en la miseria. Ha hecho falta un movimiento ciudadano multitudinario
para que “los de arriba” reflexionen sobre lo injusto de la situación, y aun
así todo queda en palabras, en buenas intenciones. Cuán cierta es la frase que
dice que el infierno está empedrado de buenas intenciones. Lo de tomar medidas
es algo muy frecuente por parte de nuestros gobernantes, otra cosa es llevarlas
a cabo con prontitud.
Así que, volviendo al principio, ¿dónde está la empatía por
parte de quienes tienen la potestad y el dinero ─si no lo han desviado a otras
causas más prácticas y beneficiosas para ellos─ ante tales circunstancias?
¿Acaso no piensan en su familia, imaginándose por un momento que tales
calamidades podrían haberles sucedido a ellos? ¿No se ponen en lugar de esas
víctimas que lo han perdido todo o que incluso pueden perder la vida si no se
les da la mano lo antes posible?
De todas las virtudes que debería tener un político, la
empatía debería ser la primera. Pensar en los problemas de la gente común, en
el bienestar de la clase trabajadora, en ayudar a los necesitados. Algunos
dirán que un Gobierno no es una ONG. Ojalá lo fuera, pero una ONG de las de
verdad, porque incluso entre esas organizaciones sin ánimo de lucro hay alguna
oveja negra.
El término empatía procede del griego: empátheia,
formado por en (en el interior) y pathos (pasión, sufrimiento o
sentimiento). Ojalá nuestros gobernantes, del color que sea, sintieran, en su
interior, esa pasión y ese sufrimiento por los seres humano para los que
gobierna.

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