miércoles, 28 de octubre de 2026

Política y amistad

 


¿Puede la política o, mejor dicho, la ideología política, afectar a la amistad?

Aunque no debería ser así (y a la ilustración me remito), doy fe de que es altamente probable.

Ya durante el “procés” independentista en Catalunya, se dijo, y puedo confirmarlo, que hubo amigos e incluso miembros de una misma familia que rompieron, o por lo menos enfriaron, su relación por culpa de las ideas en torno a ese proceso político. Personas aparentemente tolerantes, se enredaban en furibundas discusiones cuando, alrededor de la mesa, surgía el tema independentista. A causa de ello, yo mismo descubrí aspectos hasta entonces desconocidos en el comportamiento de amigos y parientes.

Dado mi carácter apaciguador y tolerante, nunca he participado ni vivido una situación lo suficientemente violenta como para que la sangre llegara al río. No soy independentista, pero tampoco soy intransigente y acepto la opinión de cada cual. Una cosa es discutir con sosiego y otra muy distinta con un acaloramiento tal que lleve a la ruptura. Aun así, hubo un caso, muy sorpresivo para mí, en el que, por haber compartido en Facebook una imagen de la violencia policial contra los que pretendían dejar su voto en un colegio electoral, criticando la excesiva e innecesaria violencia, dos primas, nacidas y residentes en otra comunidad autónoma, se me tiraron al degüello, tratándome, sin que jamás hubiera yo mostrado ninguna tendencia política en público, la una de “podemita” (supongo que fue el insulto que le pareció más despreciable) y la otra de familiar renegado. Desde entonces no dejaban de enviarme por WhatsApp imágenes y vídeos contra Catalunya y los catalanes. Evidentemente, en este caso sí se cortó toda relación amistosa a pesar de haber mantenido hasta entonces un trato muy cordial. Y no fue este un caso aislado, pues una periodista a la que tenía agregada en esa misma red social a raíz de haberme entrevistado tras la concesión de un accésit en un concurso literario, también se dignó, por igual motivo, a insultarme, tachándome prácticamente de terrorista.

Pues bien, han pasado ya nueve años desde aquel proceso independentista que provocó en prácticamente toda España un rechazo brutal contra mi Comunidad, tachando a todos los catalanes de rompe-patrias, y seguimos viviendo una división parecida, pero ahora en todo el territorio nacional, y esta vez entre las derechas y las izquierdas españolas. Apurando más, quizá la división más voraz sea entre los que están a favor del Gobierno actual y la oposición formada por la derecha y extrema derecha, que aspiran al poder. El odio ha llegado hasta tal extremo que ha vuelto a aparecer el fantasma de la ruptura entre supuestos amigos. Un odio visceral en algunos casos que recuerda al existente durante la preguerra civil española, con la salvedad de que, de momento, solo se muestra por el griterío desmedido, los insultos y las manifestaciones callejeras, sin derramamiento de sangre, excepto la de algunos manifestantes.

Recientemente también he vivido un caso en que una persona con la que en el mundo bloguero mantenía un muy “buen rollo”, e incluso un trato, me atrevería a calificar de cariñoso por su parte desde hace muchos años, se ha manifestado en contra de unas publicaciones que compartí en Facebook en las que se criticaba al principal partido de la oposición. Que yo sea de izquierdas y ella de derechas no tiene por qué haberle provocado, en dos ocasiones, un agrio comentario que no me esperaba.

Como persona racional por la que me tengo, pienso que es saludable que haya distintas opiniones acerca de cómo abordar un problema, sea de la índole que sea, pero lo que no es normal ni saludable es que esa diferencia de opiniones desemboque en una lucha febrilmente agresiva contra quien no piensa igual. La mala educación, la ignorancia y la mala fe de algunos políticos ha envenenado al pueblo llano más maleducado, ignorante y malévolo si cabe. Y creo ser también una persona bastante ecuánime, pues no me duelen prendas reconocer y criticar cualquier hecho injusto o equivocado por parte del partido con el que siento más afinidad. Lo cortés no quita lo valiente.

Tras el adelanto de las elecciones generales, en el grupo de excompañeros de trabajo con los que me reúno con cierta frecuencia y cuyos integrantes siempre había considerado sensatos y nada beligerantes, ha surgido alguna voz transgresora de toda armonía con argumentos tan exaltados y extremistas que me he visto obligado a mantener la boca cerrada para evitar un conflicto entre compañeros hasta ahora bien avenidos. Pero ello, debo reconocer, me ha hecho considerar a quienes así se manifestaron, si no como enemigos, pues me precio de no tenerlos, sí como personas distantes a las que ya no reconozco y con las que he dejado de sentir un vínculo amistoso. Es triste, pero es así.

Así pues, por desgracia, la política puede romper amistades, partiendo del hecho de que cuanto más opuestas estén las ideas entre unos y otros ─en esto no se cumple la ley de la física que afirma que los polos opuestos se atraen─, más irreconciliables son y, por ende, también lo son las relaciones personales con quienes las sustentan.

Por lo tanto, política y amistad son, muchas veces, malas compañeras y motivo de ruptura y distanciamiento. De ahí que haya decidido, de ahora en adelante, no tratar ningún tema político ante personas, sean vecinos, compañeros o familiares, de las que desconozco su ideología, no vaya a ser que se cree un conflicto irreparable. Aunque bien pensado, estoy rompiendo ahora mismo mi proposición con esta entrada en la que pongo de manifiesto mi tendencia política ─no es la primera vez─. Solo espero que no genere a quien la lea una animadversión hacia mi persona. Y si así es, qué le vamos a hacer.


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