viernes, 28 de marzo de 2014

La mentira, nuestro pan de cada día



¿Por qué la mentira está tan arraigada, como algo natural, en nuestras vidas? ¿Por qué hay quien, en determinados momentos de riesgo y de confrontación, se siente obligado a mentir? 

Hay conductas basadas en la falsedad que ya forman parte de la vida cotidiana y que se consideran “normales”, como sería el caso archiconocido (pues todos nos hemos encontrado alguna vez ante ello) de las valoraciones que hacen vendedor y comprador de un artículo de segunda mano.

Es típico que cuando uno compra un vehículo de primera mano, está comprando el mejor coche del mercado pero cuando intenta venderlo aparecen de  pronto un sinfín de desventajas. Compras un vehículo con motor diesel porque siempre te han dicho que tienen mejor salida en el mercado de segunda mano. “Cien mil kilómetros no serían nada si fuera motor diesel pero, claro, siendo de gasolina… Ahora están muy buscados los que son de gasoil porque, además de durar mucho más, gastan algo menos y el carburante también es algo más barato”. Cuando intentas obtener un buen precio al dar este mismo vehículo como entrada de uno nuevo, esas ventajas se han convertido en inconvenientes. “Es que los jóvenes prefieren los motores a gasolina porque tienen más brío” o cualquier otra excusa.

Por otra parte, si el coche ha hecho pocos kilómetros pero tiene sus años, por bien conservado que esté, resulta que lo que cuenta es la matrícula, pero si, por el contrario, la matrícula es relativamente reciente pero se han recorrido muchos kilómetros, entonces lo que cuenta es lo que indica el cuentakilómetros.

Lo mismo podríamos decir con una vivienda. Mientras el propietario y vendedor resalta todas sus virtudes, algunas claramente exageradas, el posible comprador sólo comenta las pegas. A veces dan ganas de decirle que busque otra cosa si tanto le desagrada el piso. Y todo, obviamente, para justificar un precio demasiado elevado, en el primer caso, y para rebajar en mucho las pretensiones del vendedor, en el segundo. Es el típico regateo, que las dos partes saben que la otra miente como un bellaco y, aun  así, entran en ese juego, a mi entender, ridículo. ¿No existe algo llamado el precio justo?

Y esta escenificación tiene escenarios muy dispares y algunos bastante comprometidos como el del candidato a un puesto de trabajo que “infla” su CV y exagera verbalmente sus conocimientos y experiencia para impresionar a su interlocutor, no sólo con la intención que ganar la vacante sino de incrementar su valoración económica, alegando, además, que está cobrando más de lo que cobra. ¿No es una estupidez negar u ocultar algo que más tarde se pondrá en evidencia? ¿De qué sirve decir que se tiene, por ejemplo, un nivel avanzado de inglés si luego se comprobará que es falso? ¿Y no será también cierto que muchos  jefes no halagan a sus colaboradores para que éstos no reclamen un mejor salario acorde con sus méritos?

Y es que, como regla general, nadie quiere dar la razón a su oponente en una negociación. Hay que ganar como sea. El cliente siempre tiene la razón aunque no la tenga. Bueno, el cliente o el protagonista de la discusión, que para el caso da igual.

De ahí que muchos consideren inaudito que un pobre servidor pueda acabar dando la razón a ese vendedor al que se ha dirigido para exponerle una queja cuando aquél le hace ver que está equivocado. ¿Cómo puedo ser tan estúpido de no mantener mi postura, pase lo que pase, hasta el final? Eso de dar el brazo a torcer a la primera de cambio debe ser signo de debilidad mental.

Lo siento pero, simplemente, me da vergüenza defender una postura que sé que es falsa o incongruente y, tan pronto como me doy cuenta de ello, prefiero rectificar (y pedir disculpas si es necesario) que seguir adelante corneando injustificadamente a quien se opone, con razón, a mis tesis. ¿No dicen que rectificar es de sabios? Quizá por eso me ha ido así en la vida social. Es la ley del más fuerte, no del más sabio o del más sensato. ¡Qué le vamos a hacer! Siempre he sido un ingenuo.




martes, 11 de marzo de 2014

Los ordenanzas (González y Olivares o el dominio de las entretelas)




Cuando, hace la friolera de 38 años, sólo llevaba un mes en mi recién estrenado cargo de técnico de registros, cargo que no voy a intentar describir por lo intrincado y aburrido que resultaría para aquéllos que desconocen los pormenores de la industria farmacéutica, tuve que viajar a Madrid para familiarizarme y conocer los entresijos de la entonces Dirección General de Sanidad, dependiente del Ministerio de Gobernación, con cuyos funcionarios, técnicos y administrativos, tendría que vérmelas en lo sucesivo.

Al principio, tuve como acompañante a Francisco, un visitador médico, simpático, apuesto y elegante, que, con el tiempo y la confianza debida, me confesó pertenecer a la legendaria orden Rosacruz, de cariz masónico, y que en su vida laboral hacía las veces de relaciones públicas de la empresa. Francisco me resultó de gran ayuda pues, a falta de personal técnico, había sido hasta entonces el encargado del seguimiento de los trámites que la empresa tenía en marcha en las distintas dependencias sanitarias repartidas a lo largo y ancho de la capital del reino. Pero quizá quien mejor me sirvió como guía práctico fue González, un ordenanza que sabía más por viejo que por diablo y que, a cambio de una gratificación, te facilitaba no sólo la entrada sino también la salida. Las malas lenguas dijeron, años más tarde, que fue desterrado el día en que se demostró lo que algunos sabían y muchos sospechaban, cuando fue pillado in fraganti fotocopiando unos expedientes para la competencia. Y es que no se puede ser tan bruto, hombre, hay que saber hacer las cosas con más… clase. Y si no, sólo había que ver a ese director de un departamento ministerial por las mañanas y pintor en sus ratos libres. No sé cómo se lo montaba, pero se decía que eran varios los laboratorios farmacéuticos que tenían uno o más de sus óleos colgados de las paredes de la sala de reuniones y hasta del despacho del director general. Recuerdo haber visto alguno en el hall de entrada de la entonces mi empresa. ¿Amor al arte?

El caso es que el amigo González me sirvió, sin duda, de confidente y de consejero, me ayudó a desenvolverme por las distintas dependencias de esa casa de locos que era entonces el futuro Ministerio de Sanidad o, como diría con sorna un antiguo compañero de profesión, el “misterio de sanidad”. Aquel funcionario, campechano y socarrón, me indicaba, de forma clara y concisa, llevándome a un aparte, cómo debía entrar a tal o cual funcionario o funcionaria, especialmente los de alto rango, los más difíciles en el trato. Cómo congraciarse con éstos ya era harina de otro costal y seguramente daría para un libro de autoayuda. Con el tiempo, González también pasaría a ser mi informador sobre la situación de los distintos expedientes de registro, algo privativo, en aquel entonces, de unos pocos privilegiados.

González, pluriempleado en la D.G. de Sanidad por la mañana y en unas dependencias del Ministerio de Trabajo por la tarde, lugar secreto de nuestros encuentros, alejados de miradas y oídos indiscretos y donde me facilitaba esa información que bien merecía una recompensa dineraria, nada ilegal, que conste, pero sí anómalo, era el típico funcionario de base a quien no le llegan las perras a fin de mes y tiene que agudizar el ingenio, haciendo valer sus conocimientos prácticos, para ganarse un sobresueldo a espaldas de sus jefes. Al fin y al cabo, la información “privilegiada” que nos vendía, a mí y a un montón más, sin duda, sólo versaba sobre cuestiones que, de no ser por el oscurantismo oficial de la época, deberían haber sido públicas. 

A Olivares le conocí muchos años más tarde, cuando se suponía que, habiendo alcanzado el top level, el del ejecutivo avezado en lidiar con todo tipo de dificultades técnicas, administrativas y legales, ya no tenía necesidad de ningún tipo de ayuda externa. Él, Ordenanza Mayor de, a la sazón, el Ministerio de Sanidad y Consumo, veía pasar, desde su posición privilegiada en el vestíbulo del edificio del Paseo del Prado, a todos aquellos que visitábamos esas dependencias con el empeño de no volver a nuestros cuarteles generales sin resultados prácticos, con las manos vacías y sobrecogidos por esa angustia vital que da, a los sufridores perfeccionistas como yo, el deber no cumplido.

Y en esas dependencias que yo visitaba con más asiduidad de la deseada, lo más arduo con lo que tenía que lidiar eran los precios de los medicamentos, esos que para tantos son abusivos y para tan pocos son más que justificados. Fuera como fuese, justo o injusto, justificado o injustificado, que de todo hay en la viña del Señor, pero siempre ingrato, el tema de los precios era el que más altos directivos llevaba hasta aquella casa de mala vida y peor reputación. Y el bueno de OIivares, atento a todo lo que se movía, estaba siempre presto a satisfacer nuestras necesidades más elementales: un nuevo organigrama que acababa de publicarse, un nuevo listado de teléfonos y extensiones que pocos tenían, información sobre quién estaba y quién no y un largo etcétera de primicias banales y, en la mayoría de los casos, superfluas, que, más por cortesía que interés, aceptaba de buen grado. Como gratitud a esos ofrecimientos casi reverenciales y favores aparentemente desinteresados, uno sólo debía acordarse de él por Navidad. El escenario de esos intercambios de información parecía el de una película de espionaje: miradas de soslayo, comentarios en susurros y entrega disimulada de papeles. Qué ridículo me resulta todo ello ahora.

El caso es que, aparte de favorecerme en algún de otro trámite, más simbólico que práctico, como pasar sin tener que someterme al detector de metales o facilitarme la logística para la entrega de cajas con documentación voluminosa y pesada, Olivares no me resultó muy útil ni me resolvió nada digno de encomio.  Pero, como ya se sabe que muchas veces son más útiles los de abajo que los de arriba (poner un papel encima del montón puede traducirse en un mes menos de espera y pasar por alto una menudencia burocrática puede evitarte volver otro día), motivo por el cual mi trato con toda la plana administrativa del Ministerio siempre fue exquisito, no podía hacer una excepción con Olivares (nunca se sabe lo que puedes acabar necesitando) y más siendo, como era, el Ordenanza Mayor, cosa que nunca he sabido qué significaba en realidad.

González y Olivares han pasado a la historia, a la de mi biografía y anecdotario profesional; el primero ya no debe estar entre nosotros pues ya era mayor, o lo parecía, cuando le conocí, y el segundo debe seguir en su puesto si no le han prejubilado. Ambos representan a los “bajos fondos”, en el buen sentido de la palabra, de las entretelas que existen en la administración pública, la cual, en lugar de facilitarle la vida al administrado, se la complica innecesariamente. Así pues, esos personajes simbióticos, cumplieron y supongo que siguen cumpliendo con el objetivo de hacerle sentir a uno más cómodo y seguro, aunque luego sea uno mismo quien debe afrontar los verdaderos retos, en el largo y tortuoso camino de la burocracia, en el deambular por el Reino de Taifas y en las visitas al muro de las lamentaciones.

Desde aquí, quiero rendir tributo a las escasísimas personas que, a lo largo de mi vida profesional, me han ayudado en ese cometido de forma desinteresada. Tan pocos habrán sido, que lamentablemente no logro recordar sus nombres.
 
 
Fotografía: Sede del actual Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, en el Paseo del Prado, Madrid

martes, 4 de marzo de 2014

Pelut y yo



Miradas de confidente y abrazos de terciopelo

Horas de compañía mutua y de silencios

Testigo mudo de mis vivencias

Gratitud y consuelo de amistad efímera
No sé si podré llenar tu vacío

Si te vas tú primero




Fotografía: Joan Gosa Badía

miércoles, 26 de febrero de 2014

El aspirador más silencioso




El aspirador más silencioso no es ese que anuncian en televisión junto a un tigre dormido y que aspira todo tipo de materiales esparcidos a su vera sin molestar su sueño. No, el aspirador más silencioso no es ese y todos, o casi todos, lo hemos tenido alguna vez en casa, en nuestra vida, y todos, o casi todos, lo hemos adquirido sin que nos costara dinero alguno.

El aspirador más silencioso de la historia es, ni m
ás ni menos, que el trabajo, sobre todo ese trabajo que no dignifica al ser humano sino que le esclaviza.

Todos aspiramos a un trabajo digno, como derecho fundamental de las personas, pero cuando lo tenemos nos aspira la libertad. ¿No es paradójico?

Salvo los muy afortunados, que tienen el privilegio de dedicarse a algo que para ellos no es un trabajo sino una pasión, una devoción, especialmente abundante en el mundo de las artes, la mayoría de mortales deben sufrir las consecuencias del trabajo por obligación, una obligación que se intenta sobrellevar de la mejor manera posible.

Pero lo peor de todo es comprobar lo que ha hecho con nosotros ese invitado silencioso, porque cuando te das cuenta de todo lo que se ha llevado ese aspirador, suele ser demasiado tarde. Se llevó gran parte de tu vida, de tu tiempo libre, de tus relaciones con los amigos, con la familia, con el mundo exterior. Le has dejado que se llevara lo más preciado y ya no hay retorno.

Así pues, como, desgraciadamente, no hay forma de recuperar el tiempo perdido, no nos queda más remedio que resarcir nuestra negligencia y abandono al traspasar el umbral de la tercera edad, momento en que se dispone de plena libertad para hacer todo aquello que nos viene en gana.

¿Cuántas veces no habremos aplazado para esa etapa dorada y plácida que es la jubilación, la realización de todo lo que hemos ido eludiendo, mientras éramos jóvenes, por falta de tiempo y de voluntad?

Pues a aquellos a los que les ha llegado este momento, les dejo el siguiente mensaje: que no desaprovechen esta oportunidad única para que este propósito de enmienda no caiga en saco roto, porque la vida es demasiado corta y en esto no hay segundas oportunidades, al menos eso creo. Hagamos todo lo que no hemos hecho hasta ahora, locuras incluidas, y no volvamos a instalar en casa otro aspirador silencioso que se lleve por delante el tiempo libre que nos hemos ganado y la libertad de disfrutarlo como queramos.


miércoles, 5 de febrero de 2014

Efímeros y falsos




¿Por qué la voluntad es, a veces, tan efímera? ¿Por qué los buenos propósitos sólo duran lo que tarda en desaparecer el motivo que los despertaron? Eso lo vemos a diario con el propósito de dejar de fumar, ponerse a dieta, ir al gimnasio, estudiar inglés y con todos los que se formulan durante la Nochevieja pensando en un nuevo año que promete ser mejor que el que nos deja.

Al margen de la dificultad que entraña liberarse de un vicio, dificultad que, asociada a una fuerza de voluntad débil y huidiza, da al traste con toda buena intención, muchas veces la verdadera causa del fiasco reside en la falta de sinceridad que subyace en las promesas de cambio o de mejora, éstas que se han hecho sin pensar, bajo los efectos del alcohol o simplemente para quedar bien con los demás y tranquilizar momentáneamente la mala conciencia.

¿Por qué, si no, todo el género humano, casi sin excepción, hace votos de amistad, generosidad, paz y amor al prójimo durante el dulce periodo de las fiestas navideñas y al cabo de unos pocos días es aquejado de una amnesia retrógrada irreparable? ¿Por qué, esos mismos que días atrás parecían querer reconciliarse con el mundo entero y alcanzar el grado de santidad, sólo con volver a la rutina diaria vuelven a ser los mismos de siempre, practicando la misma política de tierra quemada con todo aquel hijo de vecino que se le cruza por delante? ¿Qué le ha ocurrido a ese personaje que, ebrio de alegría y champán, ataviado con gorrito de cartón y espanta-suegras o trompetita en ristre, abraza a conocidos y extraños, como si fueran hermanos de sangre, y a los pocos días vuelve a las andadas menospreciando a sus semejantes?

Tal euforia conductual tiene su origen, a mi entender, en los emotivos reclamos publicitarios (el turrón y la vuelta al hogar por Navidad) que nos invaden en esas fechas, los continuos mensajes de paz a juego con las enseñanzas religiosas (en Navidad hay que ser bueno sí o sí) y la ingenua esperanza de algunos de que el hombre todavía puede redimirse y que reaparece cíclicamente en esa época del año. El efecto catártico y pacificador que resulta de todo ello arranca lo mejor de cada uno, transmutándonos en seres pacíficos y de buen corazón, efecto contagioso y, sin embargo, efímero porque detrás de este idílico escenario no hay más que palabras vacuas, voluntades espurias e intereses costumbristas y no un deseo real de mantener vivo el llamado Espíritu de la Navidad, término que denota, por sí mismo, una brevedad consustancial con la de esas fechas de júbilo obligatorio.

No obstante, y a pesar de que esos grandes propósitos de enmienda sean tan efímeros como falsos, existe la obligación moral de perseverar en ellos, aunque sólo sea una vez al año, pues algún día podría cumplirse, sin querer, alguno de ellos. Nunca hay que perder la esperanza.
 

 

miércoles, 22 de enero de 2014

No es nada personal o el sabor de la venganza




“No es nada personal, Joe” y, luego, el disparo.

No es nada personal. ¿Cuántas veces habremos oído esta frase? Yo la oí de primera mano, dirigida a mí, tres veces consecutivas en poco más de una hora, tantas veces como Pedro negó a Jesús antes de que cantara el gallo.

Todavía ahora, cuando lo recuerdo, no acierto a entender muy bien qué era lo que les disgustaba de mí a J y M, mis superiores jerárquicos y mis verdugos durante mi último año de vida laboral. Siempre me lo he preguntado y nunca he hallado una respuesta medianamente creíble. Me convertí, de la noche a la mañana, en una persona incómoda para ambos, por no llevarles la razón en todo, por no hacer las cosas del modo que ellos hubieran querido, por no reírles las gracias, por no mostrarles el debido respeto, porque, a pesar de ser obediente y sumiso por naturaleza, una desgracia como cualquier otra, mi carácter no era de su agrado, o no era lo suficientemente manejable, dócil, humilde… yo qué sé, no lo supe entonces ni lo sabré jamás y ya no me importa.

Pero una cosa era no caerles simpático  – ya se sabe que más vale caer en gracia que ser gracioso- y otra que estuvieran esperando a que incurriera en un error, por mínimo que fuera, para descargar sobre mi todo tipo de recriminaciones y, si ese presunto error no se producía, provocarlo tendiéndome una trampa, porque eso fue lo que hizo J, en más de una ocasión, al dejarme interceder en temas que, aun obrando de buena fe, no eran, según él, de mi incumbencia, teniendo así una excusa perfecta para acusarme ante M de intromisión indebida.

J era como la araña que teje su tela y yo el incauto insecto que cae en su red. Pero si en esta historia él pecó por su acción, hubo quien lo hizo por omisión, al mantenerse al margen cuando les correspondía intervenir pero hacerlo tenía su riesgo. Eran, simplemente, más inteligentes, o más prudentes, que yo y sabían, a diferencia de mí, cómo comportarse  y cuándo no mojarse, aunque ello implicara dejarme con el culo al aire.

En realidad no sé quién de los dos era peor, si M o J. Cada uno, con su estilo, eran igualmente peligrosos, pero si tuviera que encontrarles un equivalente entre la fauna animal, J era como la hiena, traidor y carroñero, y M el león, el rey de la selva, que ruge atemorizando a sus enemigos pero que no se ensucia las garras cazando sino que le traen la presa lista para disfrutar del banquete.

La situación se hizo para mí tan insoportable que no había día que, al levantarme, no me sintiera tentado de quedarme en la cama simulando cualquier indisposición y no había jornada de trabajo que no entrara por la puerta de la empresa con el temor instalado en mi mente, siempre pensando qué me depararía esa larga jornada que tenía por delante. Me sentía como el niño que va al colegio convencido de que el maestro le tiene tirria y que buscará el modo de demostrárselo, haga lo que haga y diga lo que diga. La impotencia y desamparo que sentía, empezaron a minar, poco a poco, mi seguridad y autoestima. ¿Por qué no acababa, de una vez por todas, esa conspiración y me invitaban a marcharme como habían hecho con otros? ¿Pero era realmente una conspiración o me estaba volviendo paranoico y no me daba cuenta de que era yo quien, con las facultades profesionales mermadas, estaba siendo un estorbo y que, con mis meteduras de pata, me tenía merecido ese trato? Caramba ¿no suena esto como la actitud de la mujer maltratada, que piensa que es la única culpable y merecedora de las palizas que le inflige su marido? 

Aun partiendo del supuesto de que, sin darme cuenta, hubiera llegado a la decrepitud profesional, cosa que pongo en duda, existen formas mucho más razonables y humanas para afrontar ese problema que la de optar por someterme a una presión y a un control desmesurados e injustos para buscar el modo de criticar cualquier detalle, hurgar en cualquier resquicio de descuido, juzgar lo hecho sin conocer los precedentes ni comprender las justificaciones y dispensarme un trato que podría calificarse de mobbing laboral.

Si desde mis primeras diferencias con M, al poco de alcanzar éste el estatus de “gran jefe”, ya intuí que no iba a llegar a la edad de la jubilación en esa empresa, a medida que pasaban los días iba acortando cada vez más mi vida laboral en ella. Sin embargo, aun sabiendo que mi fin podía estar cercano, debo decir que no dejé por ello de implicarme al máximo en todos y cada uno de los planes de trabajo, siendo incapaz de aplicar aquel adagio sobre el alivio de las necesidades fisiológicas cuando a uno le queda poco tiempo de estar en el hogar conventual.

Nada de lo que hacía tenía buena acogida, a pesar de los elogios de terceros. Si en los casos de triunfo, ni una mínima señal de satisfacción salía de la boca o del semblante de J, ¿qué ocurriría si algún día fracasara estrepitosamente ante uno de sus cada vez más disparatados retos? Tal como estaban las cosas, me veía abocado a un precipicio del que no saldría indemne pues debía lidiar con temas cada vez más arriesgados y en una situación tan insegura como el del equilibrista sobre el alambre zarandeado por el viento. DE este modo, ir a trabajar ya no era siquiera un reto, era un suplicio, siempre a la espera del reproche desagradecido e injusto, a veces en público. Contaba los días que faltaban para el fin de semana, para el descanso físico y mental, como cuenta el reo los que le quedan para la libertad.

Y contando, contando, llegó mi sexagésimo primer cumpleaños, que fue lo que activó la espoleta de la granada de mano que tenía J reservada para mí. Aun recuerdo su semblante cuando le dije que cumplía 61 tacos. Por toda reacción, se quedó pensativo, como si mi comentario le hubiera hecho recordar algo que había olvidado por completo. Y tras unos segundos, volvió a la vida y se despidió deseándome, eso sí, un feliz cumpleaños. Sólo faltó el beso de Judas como regalo.

En aquel preciso instante me di cuenta de que acababa de poner fecha a mi despido. ¿Cuánto tardaría en producirse? ¿Llegaría a las Navidades o ni siquiera a las vacaciones de agosto?.

Pronto se despejaron mis dudas pues al cabo de tres semanas sonó mi teléfono y la voz de F, Director de Recursos Humanos, me invitaba a que acudiera a verle. Al colgar el aparato me dije que ya había llegado mi hora y, subiendo las escaleras de dos en dos, como si tuviera prisa por oír mi sentencia de muerte, me personé en su despacho de la séptima planta, la “planta noble”, sabiendo lo que iba a ocurrir tras esa puerta que, a diferencia de casi todas, siempre estaba cerrada.

Como siempre me ocurre cuando quiero describir hechos de gran tensión y violencia, no puedo reproducir fielmente lo que sucedió durante nuestro cara a cara. Lo único que ha quedado nítidamente en mi memoria es la frase con la que empezó su discurso: “no es nada personal”.

Tres veces oí las mismas palabras ese día, palabras que aun hoy no acabo de entender. Tres personas las pronunciaron, una tras otra, las que participaron en mi desahucio, mi despido prematuro o mi pre-jubilación como todos, incluso yo, quisieron calificarlo. Cada uno jugó su papel, como está mandado. J debió ser quien propuso quitarme de en medio, siempre presto a satisfacer a M, quien firmaría encantado mi pena de muerte y quien dio la orden a F, el brazo ejecutor, para deshacerse de mí y poner en mi lugar a dos personas de su confianza y más cómodas de manejar.

Desde el preciso instante en que se hizo pública mi “desvinculación” de la empresa, eufemismo que últimamente ha cobrado una renovada significación, aséptica y elegante, todo fueron felicitaciones: que si enhorabuena, que si te ha tocado la lotería, que ¿qué bien no?, estarás contento, y expresiones por el estilo a las que respondía con una tonta sonrisa de asentimiento sin saber qué es lo que les habrían contado para que pensaran de ese modo. Luego, con el tiempo, no mucho por cierto, ese mismo verano, me dije que era lo mejor que me había podido ocurrir dadas las circunstancias, pero bajo esa reflexión, que pretendía ser sincera, emergió un resquemor que anidó en mi mente durante más tiempo de lo que hubiera deseado.

Recuerdo que al término del lunch que la Dirección ofreció un viernes de finales de julio, con motivo de las inminentes vacaciones de verano, coincidiendo con mi último día en la empresa, el único que dijo unas palabras de despedida fui yo, el despedido, a petición de M –ironías de la vida- y, haciendo un alarde de caballerosa hipocresía, me dirigí a los allí presentes para desearles algo así como “que la nave gobernada por la mano firme del capitán no zozobre, que podáis sortear todos los obstáculos del camino y que lleguéis así a buen puerto, sanos y salvos”. Qué gilipollez, con perdón. Cuánto cinismo y retórica para decir, en otras palabras, que les deseaba mucha suerte, eso sí, y que los cabronazos de M y J, con sus malas artes, no llevaran a la empresa, que estaba atravesando malos momentos, a la ruina definitiva. Mientras F y J me miraban fijamente y escuchaban mis palabras con cara de póker, quizá temiendo alguna inconveniencia por mi parte, M lo hacía sin perder la sonrisa y sin parar de interrumpir con sus típicos comentarios guasones y marcado acento italiano, quizá para desdramatizar la situación o para trivializar mi oratoria.

Como colofón a este despropósito, acabado el discurso y el brindis de rigor, cuando el público que había en la sala fue menguando y ya me disponía a despedirme de los pocos que todavía quedaban, comprobé que M, J y F habían desaparecido sin despedirse de mí. Sinceramente, me hicieron un favor al ahorrarme ese violento, hipócrita e ingrato momento pero, aun así, fue un gesto de mala educación, uno de los muchos a los que me tenían acostumbrado, y su último acto de desconsideración hacia mi persona. Y sin más, me marché sin mirar atrás deseando no volver a cruzarme con ellos en mi vida.

Dos años más tarde, M y J fueron despedidos de forma fulminante, supuestamente por malos oficios. Cuando la noticia se hizo pública, unos cuantos, aquéllos que habían sido víctimas de sus canalladas antes que yo, saltaron de alegría. Yo, que había estado esperando la justicia divina, el día del juicio final, el día de la verdad, ese día que dicen que les llega a todos los cerdos, no sentí nada.

Ese día descubrí que la venganza quizá se sirve fría pero no tiene sabor, al menos para mí. Dicen que de todo lo malo se puede sacar algo bueno. Lo bueno que saco de todo esto, es que puedo contarlo, que el daño que me hicieron no fue irreparable, que me he recuperado del mal causado en mi autoestima y que, a pesar de los pesares, soy feliz.
 
 
 

jueves, 9 de enero de 2014

Haz el amor y no la guerra



¿Por qué la vida es tan complicada? Porque la esencia humana lo es.

¿Por qué, si queremos a alguien, podemos hacerle llorar? Porque cuando creemos que a quien amamos se está equivocando seriamente, no tenemos la suficiente destreza para que nuestros reproches no duelan y no sabemos controlar las emociones y las palabras.

¿Por qué queremos corregir los errores de quienes amamos? Pues porque el amor implica implicarse en la vida de nuestros seres queridos hasta el punto de sufrir con sus fracasos.

La única pregunta para la que no encuentro una clara respuesta es por qué creemos saber que ese alguien a quien amamos se está equivocando. Ahí es, precisamente, donde reside la complejidad de la vida: en nuestros sentimientos y creencias. La intuición, nuestras convicciones  y la voz de la experiencia nos indican dónde puede estar el error, el peligro. Si estamos o no en lo cierto, sólo el tiempo lo dirá, pero ¿y si no hay tiempo para ensayos y debemos intervenir antes de que sea demasiado tarde?

A las únicas personas a las que deseamos sacar, acertada o equivocadamente, de un error hasta el punto de hacerlas sufrir son los hijos y sólo quien ha sido padre sabrá reconocer lo duro de esta situación. El verdadero dilema se presenta cuando nuestra percepción o criterio de lo que es incorrecto o peligroso no coincide con el de ellos o ellas. Y si en cualquier etapa de la vida esta situación ya es, por sí misma, difícil, mucho más lo es en esa etapa, especialmente complicada, que es la adolescencia.

Si bien los hijos tienen derecho a equivocarse, los padres también lo tenemos a ejercer nuestra influencia y autoridad en contra de los deseos de quienes queremos más que a nuestra vida. Es preferible ser innecesariamente duros con la mejor de las intenciones que ser excesivamente blandos por temor a equivocarnos. Creo que el fin justifica los medios cuando se trata de la vida de nuestros hijos.

Pero ¿qué ocurre cuando no aceptan nuestra opinión? ¿Debemos dejar que vivan sus propias experiencias aun a riesgo de que el asumir una decisión equivocada les lleve a un fracaso estrepitoso, a un daño irreversible? Antes pensaba que sí, por supuesto. Ahora tengo serias dudas.

Las dudas, al igual que los errores, forman parte de la esencia humana. No podemos estar absolutamente seguros de todo lo que hacemos pero hay que tomar decisiones y las decisiones entrañan a menudo un riesgo, incluso un peligro, y no por ello nos paralizamos, sino que tenemos que seguir nuestro criterio asumiendo las consecuencias. Cuando se trata de un hijo, sin embargo, las cosas se ven de otro color. Nos erigimos en juez y parte pues juzgamos y a la vez nos sentimos responsables del resultado y, por ello, no siempre obramos con la necesaria imparcialidad. A veces, incluso, actuamos como un juez prevaricador, dictando una resolución a sabiendas de que es injusta. Nos basamos en la experiencia para hacer prevalecer nuestra postura. Ya se sabe, del mismo modo que lo justo no siempre es legal, tampoco tiene porqué ser forzosamente beneficioso. No es justo trabajar pero quien no trabaja no come.

Ciertamente, si optáramos por seguir los (sabios) consejos de nuestros predecesores en la aventura de la vida, evitando así caer en sus mismos errores, al no tener que repetirlos, avanzaríamos más rápidamente y con muchos menos obstáculos. Pero quizá seríamos menos sabios pues, al parecer, sólo aprendemos de nuestros propios errores. Así es el ser humano.

Entonces, ¿para qué enzarzarnos en trifulcas y diatribas con nuestros vástagos, aunque sea con la mejor de las intenciones, cuando no podemos disuadirlos y, al fin y al cabo, tienen el derecho a equivocarse? La respuesta es sencilla: porque no queremos que se equivoquen, que pierdan un tiempo precioso en experiencias vanas que consideramos negativas, y porque, sobre todo, nos duele verles sufrir. Pero ¿quién está en lo cierto? ¿Quién sabe si esas experiencias serán o no tan negativas como parecen? ¿Quién tiene derecho a oponerse a las decisiones de sus hijos aun pudiendo ser erróneas? ¿Debemos dejarles a su aire sin intervenir? ¿Debemos observar cómo caen sin mover un dedo?

Aunque duela, salvo en casos de delincuencia o conductas autodestructivas, no nos queda más remedio que dejarles hacer, dejarles de proteger como cuando eran niños y resignarnos a que vivan su vida a su modo. Ya pasó el tiempo de las enseñanzas, ahora toca aplicarlas y ellos son los únicos protagonistas de este ejercicio.

Debemos, en definitiva, amarles sin límites, sin luchas lacerantes para ambas partes, darles nuestro consejo y apartarnos para ver, de lejos, cómo se desenvuelven con éxito o bien fracasan aunque luego debamos recoger y ensamblar los restos del naufragio, secarles las lágrimas, curarles las heridas y ayudarles a reconstruir lo destruido. Es nuestro sino y deber como padres.

Debemos amarles y no guerrear inútilmente. Como decía la generación hippie: haz el amor y no la guerra.