jueves, 26 de octubre de 2023

La inmigración que no cesa

 


Los movimientos migratorios han sido algo natural desde tiempos inmemoriales. La humanidad ha ido evolucionando a través de los siglos gracias, en parte, a los nuevos asentamientos que distintos grupos étnicos han ido creando en busca de un lugar mejor para vivir, ya sea por imperativos climatológicos o de supervivencia para hallar los pastos y la caza que les proveyeran de sustento.

Pero una cosa son las migraciones voluntarias y otra muy distinta son las forzadas, como las que se han instalado en nuestro planeta durante décadas y que cada vez son más frecuentes y abundantes.

Muchas personas se desplazan en busca de trabajo u oportunidades económicas, como sucedió en España en las décadas de 1960 y 1970, pero otras muchas lo hacen para escapar de la hambruna, de conflictos bélicos, de persecuciones, del terrorismo y de violaciones y abusos a gran escala de los derechos humanos.

Solo unos pocos afortunados logran su objetivo y hacerlo de forma regular, es decir legal. Pero en nuestro país, según datos de 2019, el número de inmigrantes sin papeles ascendía casi al medio millón. Y es que últimamente España está siendo el punto de llegada de una gran parte de inmigrantes.

Últimamente estamos viendo como las islas Canarias están recibiendo cientos de inmigrantes al día, llegados a bordo de pateras. Hace tan solo unos días arribó a El Hierro un cayuco con 320 personas a bordo, lo que supone un récord histórico, según Salvamento Marítimo.

En paralelo, a la isla italiana de Lampedusa, llegaron unas seis mil personas en 24 horas, pidiendo asilo o la posibilidad de trasladarse a países del norte de Europa. El centro de acogida en dicha isla está totalmente desbordado, sin lugar suficiente para acoger a tantos recién llegados.

Volviendo a España, en lo que va de año, han llegado en cayuco 38.000 personas, siendo la ruta canaria la más numerosa, con más de 25.000 llegadas, y también la más mortal, sea dicho de paso, con cinco muertes diarias.

¿Cómo hacer frente a este drama humano? Pues Grecia y la UE tienen una solución: en lo alto de una montaña en medio de la nada, en una isla remota del mar Egeo, se está construyendo una auténtica prisión para refugiados, que al parecer responde a un nuevo modelo de blindaje de fronteras. El objetico es llevar a los hombres, mujeres y niños que llegan en patera a un lugar donde nadie los pueda ver, lejos de la población local, de las cámaras y de todo. Son verdaderos campos de refugiados. De momento, la más avanzada de estas estructuras se encuentra en la isla de Samos, la más cercana a Turquía, en la que unos 4.500 refugiados malviven en chabolas, cuando este centro fue diseñado para acoger a 648 personas. Según las autoridades griegas, cuando entre en funcionamiento el nuevo centro en construcción a finales de este año, los refugiados podrán salir del mismo de día, identificándose con unos brazaletes electrónicos. Sin embargo, no tendrán dónde ir. Y como este problema seguirá creciendo, la Comisión Europea ha donado el gobierno griego 130 millones de euros para construir este y otros centros previstos en las islas de Lesbos, Leros y Quíos.

Llegado a este punto, nos podemos plantear por qué vienen tantos inmigrantes si durante el viaje perderán la vida muchos de ellos, niños incluidos, cuando el lugar de recepción no les ofrece las mínimas garantías para ver satisfechos sus deseos y necesidades.

También es llamativo e indignante que las mafias dedicadas al tráfico de inmigrantes lleguen a cobrar hasta 6.000 euros a quienes tratan de entrar irregularmente en España. ¿Cómo obtienen esos inmigrantes tal cantidad de euros si dicen vivir en la miseria? Supongo que hay una diversidad de explicaciones. Unos los obtienen vendiendo todos sus bienes (casa, rebaño, etc.), otros reciben ayuda económica de amigos y familiares y otros solo pagan una pequeña parte y del resto ya se encargarán las mafias de cobrarlo a quienes les avalaron, sin reparar en el método empleado.

Este es un gravísimo problema que parece tener muy difícil solución. Al margen de los que realmente huyen de una guerra, de un genocidio por motivos étnicos o religiosos, o por cualquier represión y persecución que puede acabar con sus vidas, los que vienen en busca de trabajo y de una vida mejor, deberían pensárselo mejor antes de arriesgar sus vidas y las de sus hijos. Se ha hablado hasta la saciedad de que la solución pasa por informarles de a qué se enfrentarán cuando lleguen a su deseado destino y de que hagan oídos sordos a los cantos de sirena que les prometen una vida mucho mejor cuando lleguen a la Tierra Prometida. Otra de las soluciones, teóricamente plausible pero bastante inviable en la práctica, la que realmente atajaría ese éxodo de sus tierras, sería proveer a los gobiernos de los países de los que huyen sus ciudadanos, de medios económicos para paliar esa pobreza endémica en la que se han instalado, o bien —todavía más inviable, por no decir irreal— luchar contra esos gobiernos tiránicos que provocan las guerras civiles y las persecuciones étnicas y reprimen a todos sus disidentes. Y siempre son los más desfavorecidos quienes pagan las consecuencias de tal barbarie. Nadie va a enviar dinero a regímenes corruptos que lo van a utilizar para su propio beneficio. Ya vemos cómo el envío de alimentos y medicamentos por parte de las ONG es frecuentemente sometido a expolio por los guerrilleros o por el propio ejército de los países receptores.

Y mientras tanto, la inmigración no se detiene, aunque nuestro Ministerio del Interior ha indicado que el número de inmigrantes llegados a España en lo que va de año es un 3,3% inferior que en el mismo periodo del año pasado.

Lo más lastimoso de este negro panorama es que me da la impresión —y no solo me refiero a los partidarios de la extrema derecha— que esta avalancha imparable de inmigrantes puede originar una mayor xenofobia de la que ya existe en nuestro país, pero, por otra parte, existen unos datos realmente chocantes y es que mientras que algunos afirman que los llegados de fuera nos quitarán nuestros puestos de trabajo, según publicó El País en julio de 2021, “España necesita siete millones de inmigrantes en tres décadas para mantener la prosperidad”. Ahí lo dejo.

 

sábado, 14 de octubre de 2023

Saltarse las normas

 




Yo diría que somos uno de los países europeos más indisciplinados. Son muchos los que se saltan las normas sociales establecidas sin que, generalmente, nadie haga nada al respecto. A lo sumo, alguna multa, que el multado no suele pagar o bien le resulta más económico hacerlo que evitar el motivo del daño causado, como sería el caso de las industrias contaminantes.

Son tantos los ejemplos de indisciplina, que haría falta un voluminoso tomo sobre las infracciones más habituales. Y como muestra, un botón no basta, mejor unos cuantos:

Las modelos de pasarela siguen luciendo un índice de masa corporal muy por debajo de lo saludable, ofreciendo una imagen más propia de la anorexia.

El tiempo destinado a la publicidad en televisión supera con creces el límite fijado oficialmente. La nueva ley del audiovisual fija tramos horarios, estableciendo un máximo de 144 minutos de publicidad entre las 06:00 y 18:00 horas, y de 72 minutos entre las 18:00 y las 24:00 horas. En ambas franjas, ello equivale a 12 minutos a la hora. ¿Alguien ha observado que ese tope de cumpla? Si tenéis la paciencia necesaria, tomad un cronómetro y comprobaréis cómo esos tiempos se exceden notablemente.

Desde el pasado mes de junio, las llamadas telefónicas comerciales —también llamadas spam— están prohibidas, con unas pocas excepciones. Sin embargo, estas se siguen produciendo, como ya anticipaban muchos analistas, y ello gracias, al parecer, a algunas lagunas de esta nueva norma.

Los límites de velocidad, tanto en ciudad como en carretera, se superan con creces. No es que yo sea un perfecto ciudadano al volante en este aspecto —en carretera suelo, siempre que el estado de la vía y el tránsito lo permitan, exceder en 10 Km/hora el límite establecido, pero sigo observando a peligrosos fitipaldis que parecen que estén en un circuito de carreras automovilísticas y realizando adelantamientos muy arriesgados, algo que puede poner en peligro la vida de otros conductores. Y ello también puede aplicarse a los motoristas.

Hay ciudadanos que siguen aparcando sistemáticamente en doble fila, en un vado señalizado o en una plaza reservada, abandonando el coche todo el tiempo que sea necesario.

Muchos son los ciclistas —y últimamente usuarios de patinetes eléctricos— que circulan por donde les viene en gana, ya sea por la calzada, que es lo correcto, como por las aceras, con el consiguiente peligro para el peatón. Deben creer que tienen una bula de circulación no sujeta a límites.

Y cuántos son los dueños de perros que no se dignan recoger sus excrementos, sembrando la calle de caquitas como si de una letrina al aire libre se tratara. Yo tengo perro y siempre salgo con él con las bolsas de recogida de heces que se venden y se pueden obtener gratuitamente en dispensadores públicos para tal fin. Incluso en las zonas acotadas para perros —conocidas como pipican— observo una cantidad desmesurada e incomprensible de excrementos, que los dueños de los perros que las han producido no se dignan a recoger, aun cuando haya un letrero de grandes dimensiones que indica esa obligación, junto al cual hay un dispensador de bolsas y un pequeño contenedor para depositarlas una vez utilizadas.

Y sigo viendo las calles, las playas y los campos sucios de desperdicios de origen humano de todo tipo, contribuyendo con ello a incrementar la contaminación del ya de por sí deteriorado medioambiente.

Y así un sinfín de despropósitos, que no solo van contra las normas más elementales de convivencia, sino que además afectan el bienestar de muchos de los que sí las respetamos.

Y para finalizar, el mayor despropósito que atenta contra la vida de quien osa saltarse la norma, consiste en no respetar los pasos a nivel en una vía férrea debidamente señalizados, con semáforo y barrera, para ahorrarse unos pocos minutos de espera. Últimamente se han registrado varios atropellamientos mortales de personas que cruzan impunemente la vía del tren cuando este está a escasos metros o bien en un tramo de escasa o nula visibilidad. Y cuando esto ocurre, siempre se buscan culpables fuera de la irresponsabilidad de las víctimas, exigiendo el soterramiento de las vías o un vallado a lo largo de todo el recorrido de la línea férrea. Evidentemente, estas actuaciones evitarían tales accidentes, como también se evitarían atropellamientos a peatones si los coches circularan bajo tierra. En casos como este hay que repartir de forma ecuánime las responsabilidades de cada parte.

A veces me da la impresión de que hay quien disfruta saltándose las normas como si con ello quisiera demostrar que son más listos que los demás, que no somos más que unos tontos disciplinados.

 

miércoles, 27 de septiembre de 2023

Turismo destructivo

 


Que el turismo es una pieza clave para la economía de nuestro país es indudable. Pero ¿cuál es el precio que debemos pagar a cambio de los cuantiosos ingresos que se derivan de él? ¿Estamos dispuestos a ver incrementado, año tras año, el número de turistas extranjeros que nos visitan?

Según datos de 2021, los ingresos por turismo representan el 8% del PIB, con algo más de 97 mil millones de euros, y en ese mismo año generó 2,27 millones de puestos de trabajo, representando un 11,4% del empleo total.

En 2019, año que se usa de referencia por preceder a la pandemia, los ingresos alcanzaron los 161 mil millones de euros. Este año, aunque no se ha superado las cifras de 2019, se han acercado mucho, con una ocupación hotelera media del 70% durante el mes de julio, superando el 90% en algunas poblaciones eminentemente turísticas, y los ingresos han aumentado un 6,3% respecto a 2022.

En Barcelona capital, el número de cruceros ascendió el año pasado a 810 y se estima que este año alcanzará la cifra de 900, de modo que habrá más cruceristas que habitantes (1,83 millones solo entre enero y julio).

Esta masificación turística es una mina de oro para la capital catalana, pero va asociada a grandes inconvenientes y molestias para sus habitantes, produciendo un deterioro considerable del medioambiente, fundamentalmente en forma de polución, tanto por tierra (vehículos), mar (cruceros) y aire (vuelos comerciales). Por no hablar de la proliferación de pisos turísticos, que desalojan a los vecinos de toda la vida y encarece enormemente el precio de la vivienda en las zonas en las que aquellos se asientan. Y eso no solo ocurre en las grandes capitales sino en muchas otras zonas de gran interés turístico. Quizá el ejemplo reciente más notorio es el de Ibiza, donde incluso los trabajadores de la hostelería y restauración no hallan un techo asequible bajo el que guarecerse. Y más recientemente, este problema de la masificación se ha extendido a zonas turísticas rurales, como en la Vall de Boí, un precioso enclave pirenaico de la comarca de l’Alta Ribagorça, en la provincia de Lleida, donde ha proliferado enormemente la construcción de viviendas, perdiendo paulatinamente su atractivo original. Pero este es un problema que se sale del ambiente propiamente turístico.

Otro problema que veo con el turismo es la gran dependencia económica. Hemos visto, durante la pandemia, como el turismo se resintió hasta el punto de perder un gran número de puestos de trabajo dependientes de él. De este modo, si el cambio climático sigue afectando a la climatología y España deja de ser un país atractivo para los que buscan sol y temperaturas agradables, el declive, primero y el fracaso después está servido.

Una pega adicional del turismo son las malas condiciones laborales de los trabajadores del sector. Suben los precios en los hoteles y restaurantes, pero sus empleados reciben a cambio un salario de pena y, en algunos casos, con una explotación de juzgado de guardia.

Y, cómo no, es inevitable que en ciudades y zonas que atraen un gran número de visitantes, se produzcan fricciones con la población local, que se siente invadida por una muchedumbre que no suele respetar las normas de convivencia, afectando en muchos casos el normal desarrollo de sus actividades. Hasta que no se halló una solución práctica, los aledaños de la Sagrada Familia era un hervidero de turistas, con los consiguientes autocares, que degradaban el barrio en forma de contaminación visual.

Hace ya muchos años que los responsables de turismo decidieron tomar cartas en el asunto y evitar el llamado turismo de borrachera, incrementando la calidad, y el precio, de los servicios y plazas hoteleras, pero nada de eso ha llegado a buen puerto y siguen llegando manadas de “guiris” buscando diversión basada en las tres eses: Sun, Sex y Sangría, con el consiguiente resultado en forma de trifulcas y peleas callejeras producto del alcohol, que empiezan a consumir a primera hora de la tarde y en plena calle, sin que sean apercibidos ni multados por ello. Claro, hay que cuidar el turismo, sea cual sea y como sea, pues nos deja un buen dinerillo. La pasta es la pasta y lo demás son monsergas.

La masificación debida a las visitas turísticas es un problema general. Las grandes capitales europeas también lo acusan y actualmente uno de sus máximos exponentes es, por ejemplo, Venecia, en donde las autoridades han puesto coto al turismo de masas en forma de un canon que deben pagar los que quieren visitar la ciudad de los canales sin pernoctar en ella. No sé si esta es una medida coercitiva o recaudatoria, e ignoro cuál será su efecto real.

Mi pregunta es si puede existir un turismo sostenible, y para ello he consultado algunas fuentes y todas coinciden en que para conseguirlo debe desarrollarse su actividad generando un impacto mínimo sobre el medioambiente y la clave principal es que la explotación de un recurso esté por debajo del límite de renovación del mismo. Es decir, se trata de fomentar un turismo respetuoso con el ecosistema, con un mínimo impacto sobre el medioambiente y la cultura local. Y en el aspecto económico busca básicamente la generación de empleo e ingresos de la población autóctona.

La verdad es que después de leer esta información me he quedado exactamente igual a como estaba. Todo ello me suena a palabrería, esa tan propia de los políticos, para quedar bien. Creo que estamos ante un problema que, no siendo irresoluble, tiene pocos visos de mejorar por falta de un verdadero interés o bien por la lucha de intereses encontrados. Si ya a nivel internacional, los políticos y mandatarios no se ponen de acuerdo para atajar una crisis climática como la que estamos viviendo o bien, una vez alcanzado, este no se respeta y se da marcha atrás a medidas restrictivas contra la contaminación, qué podemos esperar de los alcaldes y gobiernos autonómicos, que lo que buscan es llenar sus arcas, y los empresarios del sector turístico que solo desean llenar su caja fuerte. Pero, claro, siempre es bueno tener de tu parte a quienes luego, a la hora de votar, tendrán en cuenta cómo los has tratado.

De momento, si no se pone remedio, vamos a tener que seguir soportando ese turismo destructivo. Si seguimos así, creo que el turismo en España acabará muriendo de éxito. Habremos matado entre todos a la gallina de los huevos de oro.


miércoles, 13 de septiembre de 2023

¿Qué me pasa, doctor?

 


Una vez de nuevo ante el ordenador y con las pilas a medio cargar por culpa de algunos contratiempos de salud, me he puesto a pensar qué es lo que me ha incomodado más estas pasadas semanas, si el calor bochornoso, las aglomeraciones, los guiris ruidosos e impertinentes, la carestía de la vida, la actividad política española e internacional o alguna otra cosa que me haya llamado la atención. Pensando, pensando y retrocediendo unos dos o tres meses, he acabado seleccionando, no ya esos problemillas de salud, sino cómo he percibido la atención médica que he recibido. Así pues, no voy a relatar cómo han sido mis vacaciones, cual escolar que inicia un nuevo curso y cuenta su experiencia veraniega, sino destacar un hecho que me ha importunado sobremanera y que me atrevería a decir que cada vez es más notorio: la falta de interés y de empatía que embarga a algunos profesionales de la salud.

Durante este periodo de tiempo que menciono, me he visto obligado, desgraciadamente, a acudir a varios médicos especialistas y a someterme a pruebas diagnósticas de distinta índole.

Aun acudiendo a la sanidad privada, lo primero que me ha sorprendido desagradablemente es el tiempo necesario para obtener una cita médica. En más de un caso, ha tenido que transcurrir un mes y medio desde la solicitud hasta la fecha otorgada. No es de extrañar que el Servicio de Urgencias se colapse, pues muchas veces el paciente no puede esperar tanto para ser atendido. Pero es que, cuando por fin estás frente al médico, en más de una ocasión he tenido la impresión de estar ante un robot, que solo escucha y toma notas en su ordenador, sin apenas mirarme, asintiendo con movimientos leves de cabeza y alguna que otra mirada de refilón.

De este modo, cuando he salido de la consulta, me han asaltado las dudas de si he recibido toda la información necesaria o si el médico habrá obviado algún hecho trascendente. Se supone que una analítica completa, una resonancia, un TAC, un ecocardiograma, o cualquier otra prueba diagnóstica aclarará el supuesto problema y el profesional sanitario dará con la solución. Pero cuando vuelves a estar sentado ante él, observándole mirar los informes y/o las imágenes, pensativo, para luego decirte que podría tratarse de esto o de aquello, que en todo caso no se trata de algo grave, pero que hay que seguir controlando, y que no hay nada más que hacer, excepto acudir a otro especialista que presumiblemente estará más capacitado para dar un diagnóstico certero porque lo que se ha observado cae más dentro de la competencia de otra especialidad, entonces te desmoralizas.

De este modo, me he visto recientemente atrapado en un bucle de falsos o dudosos diagnósticos para terminar donde estaba al principio. Como si jugara al juego de la oca, puedo decir aquello de “de puente a puente y tiro porque me sigue la corriente”. Uno va pasando de especialista a especialista sin que nadie sea capaz de definir dónde está el verdadero problema y la correspondiente solución.

¿Mala suerte o incompetencia? No dudo de la formación de los médicos especialistas a los que he tenido que recurrir, sino de su falta de interés. Muchas veces he tenido que sonsacarles información, preguntando lo que debieron haberme dicho sin necesidad de preguntárselo. Deben pensar que quien tienen delante no tiene formación suficiente para entender sus palabras. Pero si muestras estar lo suficientemente formado e informado y tienes la desfachatez de interrogarles más a fondo o dar tu modesta opinión, parece como si su ego se sintiera amenazado por la intervención de ese intruso, adoptando entonces una actitud de suficiencia y autoridad.

Llegado a este punto, comprenderéis que he visto muy debilitada mi confianza en la clase médica. Estamos viviendo unos adelantos médicos increíbles, con intervenciones quirúrgicas de alto riego e impensables hasta hace poco, pero eso contrasta con los errores médicos que siguen produciéndose ante casos banales. Al final uno preferirá tener que ser sometido a un trasplante múltiple de órganos que tener un dolor crónico en la espalda, como es mi caso.

Debo hacer aquí un inciso sobre el cáncer que padecí hace algo más de dos años y del que salí airoso. Ello fue gracias a una terapia innovadora a base de anticuerpos, es decir a esos adelantos médicos a los que antes me refería. Pero en cuanto al trato que recibí por parte del oncólogo fue de nula empatía, hacía simplemente su trabajo siguiendo el protocolo. Nunca se interesó por mi estado anímico, algo que en tales circunstancias se agradece enormemente. Y los médicos que se encargaron de los controles durante y después de la quimioterapia exactamente igual.

No soy creyente ni supersticioso, pero antes de volverme a poner en manos de un médico —cosa que deberé hacer más pronto que tarde— haré como los toreros cuando salen al ruedo: me santiguaré tres veces.

Para terminar, quiero hacer hincapié que es muy cierta la máxima que dice que cada uno cuenta la feria según le va en ella. Pues a mí, de momento, no me está yendo muy bien. Espero que la cosa mejore y no tenga que volver a preguntar ¿qué me pasa, doctor?


jueves, 27 de julio de 2023

Un breve descanso

 


No es que esté cansado, pero sí un poco bajo de calorías escritoras, no sé si por culpa del calor, de un bajón inspirador o ambas cosas. El caso es que me voy de vacaciones y dejo los bártulos de escribir en casa y no los retomaré hasta septiembre o quien sabe cuándo.

Esta entrada es común para mis dos blogs: Retales de una vida y Cuaderno de bitácora, y repasando su historial a fecha de hoy, resulta que el primero ha sufrido un descenso en la productividad, pues si por estas fechas, en 2022, había publicado 13 relatos, ahora el cómputo es de 9; y en cuanto al segundo, en cambio, ha habido un ligero aumento, ya que de 13 posts publicados en julio de 2022 he pasado a 16 a día de hoy sin contar este, por supuesto. Esto debe ser como en las elecciones, que hay aumentos y descensos en los resultados muchas veces inexplicables.

Sea como sea, mi intención es seguir adelante, siempre en función de cómo evolucione mi inspiración y mis intereses sociales.

Así pues, es esta una despedida breve y espero que nos volvamos a encontrar una vez superado este periodo canicular que estamos sufriendo.

¡Un abrazo!


viernes, 14 de julio de 2023

Lentitud y demora institucional

 


Debe ser porque soy una persona que no deja para mañana lo que pueda hacer hoy o porque soy tremendamente impaciente, pero no puedo entender cómo en este país decisiones que requieren ser tomadas lo antes posible, se demoran semanas, meses e incluso años.

Sentencias que, una vez concluido el juicio con un veredicto de culpabilidad, requieren semanas para ser redactadas, cuando, en mi humilde opinión, solo requerirían unos pocos días para elaborar un texto lo más legalmente correcto y exhaustivo posible.

Para la aplicación de una normativa, como el levantamiento del uso obligatorio de las mascarillas, la regulación de determinados actos públicos, la restricción del uso de agua para el riego, la reducción del IVA de ciertos artículos de consumo, y así un largo etcétera, se suelen fijar plazos de ejecución muy largos. ¿Por qué, si se trata de algo importante o incluso esencial, no se inicia su aplicación en el plazo más breve posible? Hay actos de ámbito nacional que requieren de su aprobación por el Consejo de Ministros y de su posterior publicación en el BOE y esto, lógicamente, no se hace en dos días, pero muchas veces, una vez aprobado y publicado el Decreto, la Orden Ministerial o la norma de cualquier otro rango, se establece un plazo de semanas para su entrada en vigor, lo cual solo sería justificable si su aplicación requiriera de una larga o compleja adaptación del funcionamiento de las instituciones y del personal afectados.

Y volviendo al terrero de la Justicia, qué decir de la celebración de un juicio años después de haberse cometido el delito, causando con ello una tremenda injusticia en aquellos casos en los que el acusado entra en la cárcel y luego se le declara inocente. La Justicia lenta no es justicia y si esa demora está causada por falta de medios, no hay excusa para no solventar esa grave deficiencia. La salud y la justicia no merecen demoras injustificadas en la implantación de medidas destinadas a la mejora de su funcionamiento. En ambos casos está en juego la vida de una persona y la defensa de su bienestar.  

Si en la empresa privada la diligencia es obligatoria, pues de lo contrario uno puede verse en la calle por incumplimiento de sus obligaciones, en la vida pública no deja de ser prioritaria y esencial para el bien común.

Quizá es que esa demora en la toma de decisiones se debe a la lentitud en la que sus máximos responsables se ponen las pilas.


martes, 20 de junio de 2023

Alianzas y desencuentros

 


No suelo, porque no me gusta, hablar de política, a menos que sea en petit comité y con personas de la misma, o similar, ideología. Tampoco suelo escribir sobre política en este blog, salvo contadas excepciones y siempre de forma genérica y sin mencionar, que yo recuerde, partido político alguno.

Pero hoy hago una excepción a esta regla. Y es que contemplo atónito cómo una vez más, tras unas elecciones, ya sean municipales o autonómicas (veremos lo que nos deparan las generales que están al caer), se establecen alianzas entre partidos, muchas veces antagónicos, para sacar fuera del terreno de juego al más votado.

Uno se queda perplejo cuando, tras votar al partido que más confianza le da, esperando que con su voto no acceda a la alcaldía, a la presidencia del gobierno autonómico o del central, ese otro partido que no desea ver ocupando ese lugar ni por asomo, tras el recuento de votos, el partido al que ha votado se alía con aquel que no quería ver ni en pintura. ¿De qué ha servido votar? ¿Dónde han ido a parar las esperanzas? En saco roto y en manos de los que han sido los adversarios ideológicos.

A mi entender, lo que ha acontecido tras estas últimas elecciones, más que el establecimiento de pactos, ha sido un mercadeo de votos y escaños y todo por el poder. Alianzas contra natura, entre partidos que durante la campaña electoral se han tirado los trastos a la cabeza y han practicado el degüello político es lo más relevante y asombroso que jamás haya visto. Contradicciones sin justificación. Si en una CA o en un municipio, el partido A se ha aliado con el Parido B para echar de la presidencia o de la alcaldía al partido C, en otra CA o municipio el partido A se ha aliado con el C para boicotear al B. Un despropósito injustificable. Solo ha faltado ver una alianza entre el PP y Bildu. Eso ya sería el colmo de la desfachatez.

A pesar de lo hasta aquí mencionado, no es mi intención hablar a favor o en contra de un determinado partido político. El objeto de esta disquisición no es otro que poner de manifiesto que las ideologías se van al carajo tan pronto como el trono del gobernante queda vacante. Entonces todo son prisas, empujones y zancadillas entre presuntos amigos y, lo que es peor, abrazos entre irredentos enemigos. Ya se dice que en el amor y en la guerra todo está permitido, pero ¿qué hay de esa otra máxima que dice que el fin no justifica los medios?

Mentiras, engaños, promesas falsas, calumnias, acusaciones que faltan a la verdad, descalificaciones, incluso insultos, son ya habituales en la política actual. ¿Es eso lo que realmente queremos ver y oír entre la clase política española?

Yo nunca he sido totalmente fiel a un partido, pues tan pronto como este me ha defraudado, no he vuelvo a votarle. Soy un simpatizante-votante, pero no un feligrés que sigue con los ojos cerrados y a pies juntillas a su líder, haga lo que haga este, sea corrupto o embustero. Sea como sea, hay que votarle sin importar su conducta reprochable, como los seguidores de Donald Trump o del recientemente fallecido Silvio Berlusconi.

Como en la política no existe una hoja de reclamaciones, ni falta que hace, la única alternativa que nos queda ante una decepción es no repetir, como quien frecuenta un restaurante por la excelente atención al cliente y la buena relación calidad-precio, y de pronto cualquiera de estos elementos se deteriora sensible e injustificadamente. En lugar de protestar —pues no serviría de nada—, no hay mejor escarmiento que no volver a pisar el local, a menos que con el tiempo las cosas vuelvan a la situación anterior, pues yo siempre he creído en las segundas oportunidades. Claro que si sigo con esta práctica en el plano político, pronto no me quedará ningún partido al que votar.

Bien cierto es que a río revuelto, ganancia de pescadores. Y así, mientras unos partidos que poseen más puntos en común que diferencias se pelean, la ultraderecha va avanzando a pasos agigantados. Esto me recuerda la fábula de los conejos y los perros de caza, que mientras aquellos discuten si son galgos o podencos, estos se les echan encima.

Ojalá fuéramos videntes o adivinos y así poder votar sabiendo de antemano lo que van a hacer con nuestros votos. Porque la otra opción, la abstención, se me antoja inadecuada y más en la situación que estamos viviendo.

Votar o no votar, esa es la cuestión. Pero en caso afirmativo, ¿quién es merecedor de nuestro voto? ¿Tendremos que recurrir a las margaritas? Pero ¿tendrán suficientes pétalos para tantos grupos políticos?