miércoles, 18 de septiembre de 2019

Un lento despertar



Hay quien, tras un largo sueño, despierta sintiéndose como nuevo, descansado y con la mente clara, y hay quien, al contrario, tarda en despabilarse, sintiendo que los párpados se resisten a abrirse y el cerebro a funcionar con plena normalidad. Todo depende de si el sueño ha sido reparador o no.

Lo mismo ocurre, creo yo, con el “despertar posvacacional”, con la vuelta a la rutina diaria tras un mes de recreo. Hay quien se aclimata rápidamente al nuevo curso y hay quien necesita un tiempo de adaptación. La diferencia con respecto a muchos de vosotros es que mientras que la mayoría tenéis que volver al trabajo, es decir a una actividad física y/o intelectual de la que no podéis prescindir, a mí, en cambio, me espera una vida bastante ociosa.

Así pues, ¿a qué se debe que, tras una larga pausa de relajación, esté todavía tan abotargado intelectualmente como para ser incapaz de escribir algo mínimamente interesante? Como le decía a una compañera hace unos días en tono de broma, llegué a pensar que había sido presa de algún insecto exótico que me ha transmitido una de las peores enfermedades ─por fortuna nada letal─ que, por si fuera poco, es un pecado capital: la pereza.

Y así han ido pasando los días sin que nada me haya movido a sacar a colación un tema lo suficientemente atractivo ─por lo menos para mí─ como para llenar este espacio. La semana pasada vi por televisión la película “El autor”, basada en la novela corta de Javier Cercas que lleva por título “El móvil”. En ella, el protagonista, ávido por escribir una novela que se le resiste, y viéndose incapaz de producir algo que, según su profesor de escritura creativa, valga mínimamente la pena, opta por tomar como fuente de inspiración a sus vecinos de escalera. Yo no pienso seguir su ejemplo, teniendo en cuenta el desarrollo de los acontecimientos, pero algo tendré que hacer. O quizá el secreto sea no hacer absolutamente nada y esperar a que algo me ilumine. O quién sabe si este ejercicio de escritura obligada servirá para desempolvar y activar mis sinapsis neuronales. Esperaré pacientemente a que algo ocurra a mi alrededor que sea digno de contar, criticar o de reflexión.

Aunque la política sea una fuente inagotable de inspiración, hablar de ella me resultaría demasiado reiterativo y cansino. La política y, especialmente, los políticos me tienen el cerebro colapsado. ¡Ojo!, quizá sea ese el origen de mi problema. ¡La culpa de todo la tiene Pedro Sánchez! ¡¿Cómo no me había dado cuenta?!


lunes, 22 de julio de 2019

Tiempo de lectura y descanso




En esta ocasión mis dos blogs comparten, excepcionalmente, contenido. Por lo tanto, si estáis leyendo este, podéis absteneros de visitar el otro. Hay que ahorrar tiempo, y de tiempo, en cierto modo, es de lo que tratan.

Todo llega en esta vida, y algunas cosas llegan en muchas ocasiones. Esta, en concreto, una vez al año, por lo menos.

No es que sienta envidia de mis compañeros, masculinos y femeninos, habitantes y asiduos de esta blogosfera, y quiera emularlos. Pero sí es cierto que a medida que avanza el verano aumentan las ausencias y calores, mientras disminuyen los lectores, masculinos y femeninos.

Aun así, podría seguir escribiendo, pero prefiero tomarme también un descanso, no sé si merecido o no. Hay tiempo para todo, también para el silencio, el silencio de las teclas, porque la mente sigue hablando. La mente siempre está en modo ON. El día que esté en OFF, la habremos espichado, con perdón de la vulgaridad.

Si bien siempre hay tiempo para la lectura, aunque los holgazanes digan lo contrario, se acerca el momento de dejarle más espacio. Las horas mal llamadas muertas, a las que prefiero llamar indolentes, nos ofrecen la gran oportunidad de pasar más tiempo en compañía de un buen libro.

Así pues, yo también iré preparando las maletas para disfrutar de un tiempo de lectura y descanso. En tanto el tren no haya salido de la estación, seguiré pegado a los blogs de quienes sigan al pie del cañón, pero una vez aquel haya arrancado, yo también me habré convertido en un ausente más de este mundo virtual.

Que disfrutéis de vuestro tiempo de reposo, haciendo lo que sea o no haciendo absolutamente nada.

¡Hasta la vuelta!

martes, 16 de julio de 2019

Peatón, feliz peatón



Antes de retirarme a mis aposentos de verano, respirando el aire puro de la montaña o el yodado de la playa, he querido dejar mi granito de arena en forma de esta nueva reflexión mundana que he estado a punto de abortar por banal. Pero la reiteración del hecho a criticar y la molestia que me provoca, me ha impulsado a seguir con mi plan original. Y aquí está.

Empezaré lanzando la siguiente pregunta retórica: ¿Por qué nos cuesta tanto ponernos en la piel de los demás? ¿Por qué cuando estamos sentados al volante vemos a los peatones como una molestia y cuando somos peatones vemos a los conductores como a un enemigo?

Siempre he intentado aplicarme la norma ética, atribuida a Confucio, que dice “no quieras para los demás lo que no quieras para ti”. Si todo el mundo se la aplicara a rajatabla, si fuéramos más tolerantes, la convivencia sería mucho más fácil. Pero he observado que esa actitud prácticamente no existe.

Teniendo en cuenta que de un tiempo a esta parte soy mucho más peatón que conductor, considero esta crítica dirigida al ciudadano de a pie, en el sentido más estricto de la palabra, más objetiva de lo que posiblemente habría sido hace unos años.

Es obvio que un vehículo siempre tiene las de ganar frente a un peatón y de ahí que, tanto conductores como peatones, debamos ser muy cautelosos y respetuosos a la hora de circular por zonas donde ambos coincidimos. Pero hay quien cree que los conductores son los únicos que deben atenerse a unas normas de circulación, cuando el peatón también está obligado a respetar unas reglas de conducta. Y es precisamente el ─según mi apreciación─ cada vez más frecuente comportamiento inadecuado por parte de muchos peatones lo que me ha llevado a utilizarlo como patrón de mala conducta ciudadana. Hay muchos otros ejemplos, sin duda, pero este me resulta particularmente peculiar.

Lo que voy a referir puede parecer un caso anecdótico, pero creo que es un fiel reflejo de la falta de empatía de mucha gente. No sé si este fenómeno se da mucho más en las poblaciones pequeñas, como en la que vivo, donde los pasos de peatones sin semáforo son mayoría absoluta o bien es algo generalizado. Quizá se deba también a que el peatón ha ido adquiriendo un estatus de “aforado” o intocable, otorgándosele una supremacía que antes no tenía. Cada vez hay más calles peatonales o zonas compartidas con los vehículos, pero en las que el peatón tiene preferencia de paso y disfrute. Pero ello ─algo que alabo─ no tiene porqué ser óbice para que el viandante no tenga también un respeto hacia quien va al volante. Hay que exigir educación y buena conducta a ambas partes, ya que están condenadas a convivir.

La sociedad es como una sala de proyección donde todos somos espectadores y en la que hay unos más observadores y exigentes que otros. Los hay que ven la película para pasar el rato sin más y los hay que se detienen en detalles que pasan desapercibidos al resto. Para los primeros la película puede resultar aceptable, buena o divertida, para los segundos mediocre, mala o incluso un bodrio. ¿Es solo una cuestión de gustos o de saber valorar aspectos clave de cómo se desarrolla la historia que pasa ante nuestros ojos?

Podemos contemplar a nuestros semejantes en cualquier escenario y circunstancia y de su comportamiento podemos sacar muchas conclusiones. Recuerdo que un amigo me dijo una vez que por cómo una persona cuida o descuida su coche, se puede deducir cómo es. Una persona sucia y desaliñada tendrá el coche hecho una piltrafa, una desordenada lo tendrá hecho un revoltijo de trastos, una descuidada lo llevará abollado o rayado por tiempo indefinido y una olvidadiza no se acordará de repostar a su debido tiempo ni pasará las revisiones necesarias para asegurar su buen funcionamiento. Obviamente también existe el ejemplo inverso. También podemos adivinar el carácter de un conductor por cómo conduce e incluso por el tipo, marca y modelo del coche que tiene. Todo ello puede ser una generalización o simplificación, pero yo creo que algo de cierto encierran esas comparaciones.

Últimamente, como conductor ocasional, he sido objeto de la más absoluta descortesía y menosprecio por parte de peatones indolentes y, añadiría, maleducados. Al volante he observado con mucha frecuencia cómo los viandantes suelen cruzar el paso de peatones sin semáforo a velocidad de tortuga, aunque haya una cola de vehículos esperando a que lleguen a la otra orilla sanos y salvos, sin apresurarse mínimamente, sin acelerar el paso ni un centímetro por segundo. Incluso parece como si disfrutaran viendo la expectativa que están creando en los conductores mientras estos abúlicos peatones van lamiendo su cucurucho de fresa y tiran del niño remolón o del perrito perezoso sin inmutarse lo más mínimo. A veces se forma una procesión de peatones que, en fila india, van desfilando por la zona cebreada, de uno en uno, o de dos en dos, eternizándose la situación. Pero cuando por fin el terreno está despejado y uno se dispone a arrancar, surge de pronto un rezagado que no tiene reparo alguno en prolongar aun más la retención.

Debo ser una persona muy nerviosa e impaciente, pero me resulta imposible andar despacio. En un centro comercial o yendo de paseo soy incapaz de deambular como lo hacen algunos, con una parsimonia que me resulta incomprensible. Una cosa es pasear y otra es andar como un tullido. Pero en un lugar donde cada uno puede campar a sus anchas, sin incomodar a los demás, eso sí que solo es un apunte anecdótico. Pero cruzando la calle, cuando hay quienes esperan para reanudar la marcha, el anormalmente lento caminar del peatón, que retiene a docenas de personas que tienen el mismo derecho a llegar a su destino lo antes posible, es un acto de falta de urbanidad.

Y ojo con mostrar tu impaciencia, porque esos tranquilos y felices viandantes se podrían enfurecer, a pesar de que si son ellos los que se sientan al volante ya no se acuerdan de su proceder cuando están al otro lado de la trinchera. Del mismo modo que los antitabaco más intolerantes suelen ser exfumadores, los peatones más flemáticos son muchas veces los conductores más inquietos e intransigentes, y los conductores más impacientes seguramente serán luego los peatones más parsimoniosos.
   
Por no hablar de los peatones suicidas e irresponsables ─muchos de ellos, por increíble que parezca, gente mayor─, esos que se deciden a cruzar cuando el vehículo ya está a punto de pisar la franja rayada, o los que aparecen súbitamente de no se sabe dónde y te obligan a pegar un frenazo a menos que quieras regalarle un pasaje gratis al otro mundo. Y encima te miran con cara de odio, eso si no te increpan. Ante tales posibilidades, es obligado ir con una cautela muchas veces exagerada, pues ahora no es extraño ver cómo muchos conductores se paran tan pronto como asoma un viandante que puede tener la intención de cruzar la calle, aunque todavía esté a unos metros de la calzada. Y no es un sueño ni una exageración, es algo que vengo contemplando cada vez con más frecuencia. Algo debe estar ocurriendo para que los habitualmente imprudentes conductores se conviertan en cautelosos ciudadanos al volante. Y creo que, paradójicamente, esa prudencia provoca en el peatón un exceso de confianza que se traduce en una mayor negligencia y desdén ante el conductor.

Si tuviera que criticar comportamientos insolidarios y peligrosos por parte de automovilistas, motoristas, ciclistas, y ahora incluso usuarios de patinetes, esta sería una entrada interminable. Por otra parte, ese mal comportamiento es, por desgracia, público y notorio y suele tener graves consecuencias asimismo bien conocidas. Por ello he querido centrar aquí la atención en el peatón, que siendo todavía más frágil que los que van sobre dos ruedas, se erige muchas veces en un ciudadano que solo tiene derechos y no obligaciones, y para el que un paso de peatones o paso cebra es su zona de confort, su coto privado, su zona de recreo.

Por supuesto que existen honrosas excepciones (yo soy una de ellas), pues hay peatones que, al ver que te has detenido para dejarle pasar, te lo agradece con un saludo con la mano. Yo siempre miro antes de cruzar y prefiero dejar pasar al vehículo que ya está a punto de rebasar el paso de peatones para no obligarle a frenar bruscamente. Y si, de todos modos, lo hace, se lo agradezco.

Como peatón, respeto y admiro al automovilista prudente y educado, y como automovilista detesto al peatón imprudente y maleducado. Con su falta de empatía hacia los conductores vivirá tranquilo y feliz, pero el día que se encuentre con la horma de su zapato, en cuanto a falta de consideración, dentro de un vehículo, que no se queje y se acuerde del sabio Confucio, si es que sabe quién es.

Peatón, feliz peatón, no tientes a la suerte y vigila.

viernes, 5 de julio de 2019

Firmar o no firmar



Vemos a diario peticiones de solidaridad con causas humanitarias, como puede ser la investigación contra el cáncer o una política social que beneficie a los enfermos dependientes, en apoyo a campañas contra el maltrato animal, en defensa de la fauna y la flora, en protesta contra la homofobia y la violencia de género, para exigir la mejora de los servicios sociales y la sanidad pública, para la ayuda humanitaria a países en conflicto bélico y un larguísimo etcétera de causas altruistas. La gran mayoría de esas peticiones proceden de Asociaciones y ONG que velan por el bienestar de nuestra sociedad en general y de un grupo social en particular. Todas son causas justas en las que nos sentimos involucrados, en mayor o menor grado.

En muchos de esos casos, se pide la solidaridad en forma de una firma que, junto a muchas más, darán peso a una petición ante un gobierno o las autoridades competentes. En otros casos, se pide la colaboración económica con tal o cual entidad sin ánimo de lucro.

Hay voces que afirman que tales ayudas deben salir de los gobiernos y no de los ciudadanos, que para eso ya pagamos nuestros impuestos, y que con nuestra aportación económica lo que hacemos es descargar a esos gobiernos de su responsabilidad ahorrándoles grandes sumas de dinero en donaciones. Es decir, hacemos nuestro su deber.

Ante estas afirmaciones, que tienen un punto de verdad, siempre he alegado que, si todos pensáramos igual y esperáramos a que los gobiernos se ocuparan de solucionar los problemas de miseria, hambruna e injusticias sociales en el mundo, la situación se haría todavía más insostenible, y que, por lo menos, con nuestra colaboración se logra paliar un poco esos gravísimos problemas. Si un hambriento te pide un mendrugo de pan, ¿cómo le vas a decir que ese no es tu problema, que se espabile y reclame al gobierno, que es quien le debe solucionar sus miserias? Aunque debamos exigir a las autoridades una mayor contribución, no podemos negarnos a poner nuestro granito de arena.

Sin entrar en concreciones que no son pertinentes, mi situación económica me ha permitido contribuir con donaciones a distintas ONG que me han ofrecido la confianza necesaria para actuar como mediadoras en distintas campañas nacionales e internacionales. Esa necesidad de ayuda, lejos de disminuir, parece haber aumentado, pues nuevos conflictos han visto la luz en este planeta durante las últimas décadas. La guerra en Siria y los exilios y desplazamientos en masa de pueblos y etnias que huyen de la misera y del genocidio no han hecho más que recrudecer la situación de penuria y desamparo.

Pero nuestras posibilidades son limitadas y no queda más remedio que seleccionar entre las distintas campañas de ayuda que existen y organizaciones que las impulsan. Y como las necesidades van en aumento, esas entidades sin ánimo de lucro se ven, a su vez, obligadas a recabar más y más dinero de sus colaboradores e intentar captar nuevos.

Son bastante frecuentes las llamadas telefónicas para captar nuevos socios o pidiendo un incremento en la aportación de quienes ya somos socios colaboradores. El aumento de la desgravación fiscal por donaciones a las ONG hizo posible que algunos pudiéramos incrementar en igual porcentaje nuestras aportaciones, un motivo que esgrimieron esas organizaciones para convencer al interpelado para que optara a aumentar su contribución. Todo ello me parece correcto y perfectamente comprensible. Hay que sacar dinero de donde sea. También entiendo que, muy de vez en cuando, se nos pida incrementar dicha aportación en la medida de nuestras posibilidades. Lo que ya no me parece bien es el “acoso” al que nos someten algunas organizaciones tras firmar una petición.

Si firmas una petición, creyendo que esos cientos de miles de firmas tendrán un poder de persuasión bien en una entidad nacional, como puede ser el Congreso de los Diputados, bien en una internacional, como la ONU, no me parece correcto que, al cabo de unos días o semanas, se pongan en contacto contigo para pedirte una aportación económica y que te hagas socio de la entidad que originó la petición. ¿No se trataba solo de recaudar cuantas más firmas mejor? Otra cosa sería que, además de la firma, se ofreciera la posibilidad de hacerse socio y colaborar con un donativo fijo en futuras campañas, pero no me parece bien utilizar una petición de firma como anzuelo. Entiendo la necesidad perentoria de reclutar benefactores para hacer frente a situaciones realmente graves y acuciantes, pero poniendo un poco de tacto y mesura.

Del mismo modo que hace muchos años, me di de baja de El Círculo de Lectores, porque prefería acudir a una librería cada vez que quería comprarme un libro y no estar obligado a cumplir con una compra obligatoria bimensual por un determinado valor, también prefiero ser yo quien decida a qué ONG favorecer y cómo. Y si firmo una petición a favor de un derecho humano o animal, no me gusta que luego se pongan en contacto telefónico conmigo para captarme como socio benefactor, poniéndome en el compromiso de tener que justificar mi negativa. Decir que no a una buena causa es siempre violento, por mucho que uno colabore en otras.

Creo que las ONG deberían revisar su modelo de captación de socios, sin atosigar ni perseguir a posibles bienhechores, pues su forma de actuar puede provocar un efecto de rechazo. Si hasta ahora firmaba “alegremente” cualquier petición altruista, ahora me planteo si debo hacerlo o no, pues sé que tarde o temprano llegará una llamada telefónica pidiéndome una aportación económica o, si es de una asociación y organización con la que ya colaboro, proponiéndome un aumento de la misma.

Es una pena, pero ahora, cuando veo una petición de ese tipo, se me presenta la disyuntiva de si firmar o no firmar.


jueves, 27 de junio de 2019

La cultura, esa desconocida



Siempre había creído que el término “cultura general” era un cúmulo de conocimientos básicos sobre distintas materias, como las ciencias, el arte, la literatura, la historia, etc., etc. Y también creía que todo ciudadano de una sociedad mínimamente desarrollada debía tener una buena dosis de esa cultura. En más de una ocasión, sin embargo, algunas personas, a quienes les gusta polemizar, me lo han cuestionado, argumentando que saber, por ejemplo, dónde murió Napoleón Bonaparte, qué ocurrió en Pearl Harbour en diciembre de 1941 o en qué año Colón descubrió América, no era de ninguna utilidad para encontrar trabajo o ascender en la escala social y profesional. Un director de un banco no tiene forzosamente que saber qué provocó la primera guerra mundial ni qué son las células-madre.

Visto el nivel cultural de muchos de nuestros jóvenes, me inclino a pensar que esas personas tienen razón. También se me ha dicho que quien ha finalizado sus estudios no tiene necesariamente por qué haber aprendido de memoria hechos y fechas que acabará olvidando, sino que debe haber recibido la formación necesaria para saber analizar y resolver un problema, y no me refiero a uno de matemáticas. Desde luego, hay que enseñar a los jóvenes a pensar y dotarles de las herramientas necesarias para la observación, análisis y deducción en cualquier proyecto al que se enfrenten. Revisando la historia educativa reciente, he comprobado que en poco más de treinta años, hemos tenido en España seis sistemas o leyes de educación. Y yo me pregunto si alguna de ellas ha contribuido eficazmente a ello.

Vaya por delante que ni soy profesor, ni pedagogo y, por lo tanto, hablo de vista y oído, nada más, y por mi edad quizá tenga ideas un tanto retrógradas en cuanto a lo que significa la enseñanza. Por lo tanto, ruego a los que sí son profesionales de la misma que tomen esta reflexión como lo que es: una simple reflexión de un ignorante observador que busca respuestas.

Escribí hace algo más de un año una entrada titulada “La letra con sangre entra”, comparando el sistema educativo de mi época de colegial (años cincuenta y sesenta y pico) con el actual, en función de los conocimientos con los que salíamos entonces y salen ahora los jóvenes, y de los métodos utilizados para inculcarnos esos conocimientos. Afirmaba que, a pesar de la excesiva rigidez a la que éramos sometidos los alumnos de aquella época (al menos en la escuela privada y religiosa), nuestro nivel cultural supera al de los jóvenes que han recibido un trato mucho más tolerante. ¿Mano dura o mano blanda? ¿Dónde se sitúa el término medio y la eficiencia docente?

Pues bien, no sé si la aparente incultura de muchos o algunos jóvenes (pues los hay muy bien preparados e incluso brillantes) debe achacarse a un deficiente o laxo plan de enseñanza o bien al supuesto desinterés que muestran por todo lo que les rodea. Y para muestra un botón:

Hace unos días, en el programa de la Sexta “El intermedio”, uno de sus colaboradores, Santi Villas, se lanzó a la calle, micrófono en mano, a preguntar (supongo que de forma aleatoria) a varios adolescentes sobre temas de actualidad. ¿Quién es el actual rey de España? ¿Quién fue su antecesor en el trono? ¿Cómo se llama la reina actual? ¿Y la anterior? ¿Para qué sirve un rey? Para mi sorpresa fueron muchos los que no supieron contestar correctamente a esas preguntas tan elementales. Quienes acertaron con el nombre del regio personaje no supieron decir el número que le corresponde o le correspondió. Unos dijeron Felipe IV, otros Juan Carlos XV, los hubo que “bautizaron” a la reina actual como Sofía o Leonor. Hasta aquí pudiera pensarse que los jóvenes simplemente pasan de la Monarquía, a pesar de que una joven (la que no supo ponerle número a Felipe) se declaró rotundamente monárquica, aunque no supo explicar el papel de un rey. Pero la gota que colmó el vaso fue cuando el entrevistador preguntó cuál de las siguientes cosas (bikini, reggaeton, minifalda o partidos políticos) estuvo prohibida durante el franquismo (a algunos, Franco solo les sonaba de oídas). Ninguno de los encuestados dio con la respuesta acertada. Pero el colmo fue cuando a una chica, el simpático colaborador le ofreció el “comodín de la llamada”. Ni corta ni perezosa, la joven hizo una llamada desde su móvil. “¿A quién llamas?”, le preguntó Santi Villas. “A mi padre”, contestó la joven. Bien, pensé para mis adentros, al menos su señor padre sabrá darle la respuesta correcta. Si la chica rondaba los diecisiete años, su padre tendría unos cuarenta y muchos y, por lo tanto, debió haber nacido allá por los años setenta. Pero cuando la muchacha le repitió a su progenitor la pregunta y sus cuatro posibles respuestas, aquel contestó, alto y claro (estaba activado el manos-libres): “¡Y yo qué sé!”. Así que la ignorancia no era algo propio de una adolescente desinteresada por el mundo que la rodea, sino que era algo heredado en casa.

Pero ese no es un ejemplo aislado, pues unas semanas atrás, otra encuesta realizada por el mismo colaborador a pie de calle trataba el tema de las elecciones en España. Esta vez las personas encuestadas eran de todas las edades. Fueron pocas las que supieron decir cuántas elecciones iban a tener lugar en nuestro país esta pasada primavera, la fecha exacta y qué se votaría en cada una de ellas. La excusa más común para ese desconocimiento fue que no solían ver las noticias.

Por lo tanto, cultura es un concepto muy amplio y eso de saberse de memoria la lista de los reyes godos o de qué color era el caballo blanco de Santiago, es lo de menos. Cultura incluye el conocimiento e interés por lo que ocurre a nuestro alrededor y saber valorarlo e interpretarlo. Claro que debe haber una mano que guíe ese aprendizaje, pues, de lo contrario, lo único que interesaría a muchos sería lo que corre por las redes sociales.

Quiero pensar que ese ramillete de personas que tanto desconocimiento demostraron sobre algo tan cercano y básico, representa a una franca minoría. Tampoco sé si esas encuestas estuvieron sesgadas y solo se emitió lo que inclinaba la balanza hacia la más absoluta ignorancia. Pero lo primero que me vino a la cabeza fue: si esos jóvenes son los que tienen que gobernar este país algún día y esos otros, jóvenes y no tan jóvenes, los que decidan en las urnas quién debe gobernarnos, que Dios nos coja confesados. Y es que no sé qué es peor, si la ignorancia o la falta de interés en saber. Claro que lo segundo lleva a lo primero. Lo cual me recuerda ese chiste en el que uno pregunta al otro: “Oye, ¿tú sabes la diferencia entre ignorancia e indiferencia? A lo que el otro responde: “No lo sé ni me importa”.

Desde luego, hay políticos y empresarios importantes que son muy ignorantes, y a la vez sabemos que la ignorancia es mala consejera y muy peligrosa cuando hay que tomar grandes decisiones que afectan a los ciudadanos. Pero, por otra parte, por muy culto que sea quien ostente el poder económico y/o político, tampoco ello es garantía de la buena marcha y/o buen gobierno de nuestro país. Así que sigo preguntándome hasta qué punto es importante la cultura. Estoy hecho un verdadero lío.

miércoles, 19 de junio de 2019

El decálogo del buen político




De acuerdo con mi mala y dilatada experiencia ─sabe más el diablo por viejo que por diablo, dice el refrán─, para todo aquel que desee hacer carrera en la política activa con éxito estas son las condiciones sine qua non que debe cumplir:

1) Tener un “pico de oro”, es decir estar capacitado para hablar largo y tendido sin decir absolutamente nada coherente.
2) Saber mentir descaradamente sin sonrojarse y eludir responder a las preguntas incómodas y conflictivas, yéndose por los cerros de Úbeda.
3) Echar siempre la culpa de cualquier mal a los demás, preferentemente a sus opositores, y no reconocer jamás sus propios errores.
4) Ver siempre la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el propio, por voluminosa que esta sea.
5) Negar hasta el paroxismo cualquier imputación delictiva que los medios y/o la Justicia le haga, por evidente que sea y aunque en su fuero interno la reconozca como cierta.
6) Cambiar radicalmente de opinión, si ello le favorece a él o a su partido, en menos que canta un gallo.
7) Prometer cualquier cosa, por inalcanzable y absurda que sea, si ello le depara votos, porque los populistas siempre son los demás.
8) No tener escrúpulos a la hora de pactar con otras fuerzas políticas, por antagónicas que le resulten, y si hace falta con el diablo, con tal de joder a su principal oponente y desplazarlo del poder.
9) Proteger a sus correligionarios a toda costa por muy corruptos y deshonestos que sean. Hoy por ti, mañana por mí.
10) No aceptar jamás por buenas las ideas de la oposición. Las únicas buenas son las suyas, por principios.

Estas diez condiciones se resumen en dos: amar el poder sobre todas las cosas y odiar a los que piensan de forma distinta con todas sus fuerzas.

Seguro que hay más condiciones, tanto o más importantes, pero para no hacer esta entrada demasiado extensa y dolorosa, he preferido dejarlas en diez, que no son pocas.

Si alguien observa un grave error u omisión, le agradeceré que me lo haga notar. Del mismo modo, si algún lector o lectora se dedica a la política y no se ve reflejado o reflejada en este decálogo, que no se me ofenda y que piense que siempre hay excepciones loables.

Nota aclaratoria: Alguna condición buena habrá, quiero pensar, pero ahora no se me ocurre y, además, me gusta poner el dedo en la llaga.



miércoles, 12 de junio de 2019

El filtro cerebral



Es bien sabido que el cerebro ─o la mente─ nos puede jugar malas pasadas.  Cerebro y mente, dos entidades todavía muy desconocidas, son la causa de reacciones cuando menos singulares. ¿Por qué reaccionamos de un modo en determinadas circunstancias y de forma totalmente opuesta en otras ante un mismo detonante?

¿No resulta curioso ver a ese padre o a esa madre (más habitualmente) durmiendo a pierna suelta, a pesar del ambiente ruidoso de la calle, pero que se despierta, en estado de alerta, ante el más leve sonido emitido por su bebé?

¿Qué es lo que hace que el cerebro “filtre” los sonidos ambientales habituales y, en cambio, “deje pasar” los que nos interesa percibir? Supongo que la respuesta está en que nos acostumbramos a los ruidos de fondo rutinarios, que el cerebro acaba asimilando como normales e irrelevantes, mientras que el resto se hacen conscientes. Así pues, debe de existir una especie de filtro que discrimina ambas sensaciones sonoras.

Pues del mismo modo, en nuestro cerebro actúa otro tipo de filtro, un mecanismo mental, más que fisiológico, que anula algo tan trascendente como es la objetividad, y que nos hace percibir ciertos hechos de un modo muy distinto al de otras personas que también disponen de ese mismo tamiz y que, me atrevería a decir, somos la mayoría de mortales.

Es evidente que hay temas que, por su complejidad, resultan muy difíciles de enjuiciar. Somos humanos y tenemos nuestras limitaciones para poder opinar sobre un acto censurable a simple vista, ya que posiblemente no tengamos ni los conocimientos ni la información adecuada para ser absolutamente certeros en nuestro juicio. Por el contrario, hay casos en que la información es diáfana, pública, elocuente y exhaustiva, y todos hemos tenido el mismo acceso a ella.  En tales circunstancias, las diferencias de opinión entre distintos observadores no deberían ser abismales, sino más bien sutiles. Lo mismo ocurre cuando, en lugar de emitir un juicio, se trata de dar con una solución a un contratiempo. Diferiremos en el cómo, en la forma, pero no en el resultado a obtener. Todo el mundo está de acuerdo en que el paro es un inconveniente acuciante que hay que mitigar, pero hay discrepancias en cómo lograrlo. Todos los jubilados coinciden en que hay que incrementar las pensiones, pero no está claro de dónde debe salir el dinero. 

Pero hay muchos casos en que la cuestión no está tanto en discrepar sobre el modo de solucionar un problema, sino en calificar ese problema. Y ahí es cuando se pone de manifiesto, a mi juicio, el “filtro cerebral”.

Un ejemplo muy simple y hasta cierto punto banal lo encontramos en el futbol. Mientras que hay jugadas de dudosa legalidad, por la falta de visión del árbitro y lo enmarañado u opaco del lance, en cuyo caso es comprensible que exista un desacuerdo entre el colegiado, los jugadores y la afición y deba recurrirse al VAR (sistema de video-arbitraje), hay otras en las que no cabe confusión alguna, pues la imagen ha sido suficientemente nítida y fuera de toda duda. Pues, aun así, las partes afectadas no suelen aceptar de buen grado la decisión arbitral, mientras que las beneficiadas lo consideran un acto de justicia palmaria.

Y aquí me pregunto si cuando existen esas discrepancias tan irreconciliables ─y normalmente broncas─, las voces discordantes son realmente sinceras, creen a pies juntillas lo que defienden, o estamos ante una representación teatral, en pleno acto de hipocresía dramática.

Idéntico planteamiento, pues, me hago en otros ámbitos de mucho mayor calado social. ¿Qué es lo que hace que un mismo hecho sea juzgado por unos como un acto execrable y por otros como justo y perfectamente defendible? Pero si tal dislate conceptual solo se diera en un patio de vecinos, en una tertulia de un bar o, a lo sumo, en las redes sociales, no alcanzaría más notoriedad que la de una notable anécdota. Pero lo que resulta grave y alarmante es que ello tenga lugar entre supuestos expertos sociólogos, economistas, analistas políticos de gran predicamento, en el Congreso de los Diputados, en el seno de un Tribunal Superior de Justicia o incluso del mismísimo Tribunal Constitucional.

¿Qué hace posible que una falta sea vista por unos como gravísima y por otros como muy leve e incluso merecedora de exculpación? ¿Por qué lo que para unos es un latrocinio ignominioso, para otros es una nadería, lo que para según quién es un acto de prevaricación, para otros es un simple error humano perfectamente disculpable? ¿Cómo pueden dos jueces calificar de forma diametralmente opuesta un mismo delito? ¿Qué hay en esos cerebros humanos que permiten ver las cosas de forma tan antagónica? Si analizáramos post morten los cerebros de unos y otros no advertiríamos ninguna diferencia, ni siquiera microscópica. Porque no es en ese órgano donde reside el motivo de tales discrepancias ─algunas aberrantes─, sino en algo tan insondable, una entidad tan desconocida e incomprensible como es la mente humana.

Si un individuo identificara como verde un objeto y otro como azul-turquesa, esa distinta apreciación no se consideraría grave, sino dentro de la normalidad. Si la confusión fuera entre el verde y el rojo, diríamos que estamos ante un problema de daltonismo, perfectamente explicable. Pero si lo que uno ve como blanco nuclear otro lo considera negro azabache, eso sí que es motivo de alarma. Uno de los dos observadores probablemente tendría serios problemas de visión. O los dos. En cambio, en los ejemplos sobre la distinta percepción de culpabilidad o de la gravedad de un delito no hay problemas fisiológicos ni psiquiátricos detrás de esas discrepancias, muchas veces abismales. El problema reside en una percepción distorsionada por la ideología. No es, por lo tanto, una diferencia de opinión basada en una evaluación subjetiva del hecho a enjuiciar, sino en una interpretación interesada, a veces en un sentido, a veces en el sentido opuesto, sin atender a un mínimo principio de objetividad, equidad y racionalidad. No hay razón en la sinrazón. Al parecer, cuando dichos intereses son ideológicos, hay que defender a toda costa la postura opuesta de la de nuestros adversarios y no hay mejor modo de ganarles la partida que recurriendo a la exageración o al negacionismo más absoluto.

Una sociedad dirigida por individuos que faltan a la verdad, distorsionándola o retorciéndola, que tienen implantado un filtro cerebral selectivo, es una sociedad enferma y condenada a la división irreconciliable. En un país dominado por tal anomalía, la justicia no solo es ciega, sino también sorda.