viernes, 2 de septiembre de 2016

Reto tres días, tres citas


Como ha pasado más de un mes desde que María del Carmen Píriz me lanzara este reto justo cuando cerraba el “chiringuito” por vacaciones, he optado por no demorarlo más y recuperar el tiempo perdido condensado en una sola entrada, es decir en un día, las tres citas que se me piden. Dado que mi hábito de lectura no se ha quedado en casa, castigado sin vacaciones veraniegas, he aprovechado mis lecturas del mes de agosto pasado para tomar nota de las siguientes citas extraídas de tres de las novelas que he leído.

Puedo decir que he jugado con una cierta ventaja pues me marché sabiendo que tenía estos deberes extraescolares por delante. De lo  contrario, reconozco que me hubiera resultado bastante difícil hacer memoria de frases leídas tiempo atrás pues muy pocas veces he llegado a anotar o subrayar frases que me han llamado la atención. Será porque no me gusta garabatear los libros que leo y que, por otra parte, como suelo leer en la cama, no me apetece levantarme para tomar nota y luego, por la mañana, ya se me ha olvidado.

En esta ocasión, digo que he jugado con ventaja porque, durante la lectura de las novelas que me llevé conmigo de viaje, he prestado una atención especial a este pormenor. Lo único que me podía ocurrir es que no hallara una cita lo suficientemente atractiva como para tomar nota de ella y comentarla en este espacio. Pero no ha sido así. Quizá no sean las frases más inspiradoras que haya podido leer en mi vida pero todas tienes su punto reflexivo.

Por orden cronológico de lectura, ahí van, pues, las tres citas en un día:
 
“Qué sería de los sueños si la gente fuera feliz” (atribuida al poeta francés Pierre Reverdy, supuesto amante de Coco Chanel), citada en “Una pasión rusa”, de Reyes Monforte (1).
 
"Hasta que no hayas aprendido a no pensar en aquello que has dejado por el camino no podrás decir que ciertamente sabes vivir”, extraída de “Deseo de chocolate”, de Care Santos.
 
"El único peligro es oler el humo y no admitir que algo se está quemando”, procedente de “Versalles, el sueño de un Rey”, de Elisabeth Massie.
 
Creo que huelga hacer comentario alguno sobre lo que cada una de estas frases encierra pues su interpretación es suficientemente simple, aunque no por ello exenta de una gran verdad.

Por si alguien lee o ha leído la novela de Care Santos y observa que la cita que aquí he reproducido no coincide plenamente con lo que ha leído, debo aclarar que es una traducción literal del texto que aparece en la obra original en catalán “Desig de xocolata”.

Y eso es todo por el momento, amigo/as. En cuanto me haya desperezado de mi letargo vacacional volveré a las andadas, o mejor a las escrituras. Tendré que cambiar las baterías por unas de litio o algo mejor pues no sé qué me ha ocurrido este mes de agosto que no se han recargado del todo.
 


(1) Premio de novela histórica Alfonso X el Sabio 2015

martes, 26 de julio de 2016

Cerrado por vacaciones

Pues sí, este año me voy a la playa (y espero que algunos días a la montaña) sin portátil y sin iPad. El reloj de pulsera y el móvil sí que se vienen conmigo. El primero me acompaña a todas partes desde que mis padres me regalaron el primero a la vuelta de un viaje por Italia. Yo tendría por entonces unos diez años. No, no fui uno de esos niños a los que se les regalaba su primer reloj por su Primera Comunión. En mi época, ese sacramento-ritual se celebraba a la temprana edad de siete años. Ahora es a los diez, edad en la que los niños reciben ahora su primer Smartphone.

Bueno, pues como decía, no soy capaz de abandonar ninguno de esos dos aparatos. Por una arte, me gusta controlar el tiempo aunque sea para no hacer nada importante. En segundo lugar, necesito estar conectado con e mndo exterior. Sé que, además de usar el teléfono móvil “inteligente” para hacer y recibir algunas llamadas (no muchas), enviar y recibir algún WhatsApp (bastantes), y leer algún que otro correo electrónico (más bien borrar la multitud de envíos automáticos), también caeré en la tentación de pasarme por Facebook y darle algún “Me gusta” y compartir alguna que otra publicación. Soy curiosón por naturaleza.

Pero sí estaré desconectado de la blogosfera hasta la vuelta al dulce hogar en septiembre, si Dios o el destino así lo disponen. Mi mente, sin embargo, estará activa para pensar y esbozar algún que otro relato para mis “retales de una vida”, y para tomar nota de hechos que luego pueda trasladar a mi “cuaderno de bitácora”.

Espero que el tiempo me acompañe. Y si no, para eso tengo a mis amigos de casi toda la vida para hacerme pasar un rato muy agradable: los libros. Y de paso pensaré (y soñaré) en la posible publicación en otoño de mi segunda recopilación de relatos cortos. Amazon me tiene ya bastante atrapado.

Hasta la vuelta, amigos lectores*
 
 
 
*La RAE considera innecesario, desde el punto de vista lingüístico, el desdoblamiento de un término en sus géneros masculino y femenino.
 

miércoles, 20 de julio de 2016

Otra mala experiencia



Hace más de un año, exactamente el 19 de marzo de 2015, publiqué en este mismo blog una entrada titulada “El negocio de algunos concursos”, refiriéndome a esos certámenes literarios convocados por algunas editoriales y otras entidades en los que el negocio consiste en publicar los relatos finalistas –que pueden llegar a un centenar- en una Antología que luego se ofrece a los participantes a un precio “razonable” (rondando los quince euros). Como también mencionaba en dicho post, yo mismo (o mejor debería decir mi ego) me dejé embaucar en más de una ocasión.


Dicho esto, no abundaré en este tema del que, por otro lado, ya se ha comentado suficiente en blogs y redes sociales.


Ahora le toca el turno a mi segunda experiencia en torno a las editoriales que, abusando de la ilusión e ingenuidad de algunos escritores noveles, les ofrecen publicar su obra mediante una coedición, eso es compartiendo –al menos teóricamente- la inversión y los beneficios.


Digo mi segunda experiencia, porque cuando quise publicar, en 2014, mi primera recopilación de relatos cortos, me ofrecieron una coedición, de la que no había oído hablar hasta entonces. Debo aclarar que en esa primera ocasión, la editorial actuó con total transparencia, detallando desde un inicio y sin tapujos en qué consistía, si bien adornaron su oferta con un preámbulo que indicaba que la obra había sido valorada muy positivamente por el equipo editorial y que, por lo tanto, poseía el valor necesario y suficiente para ser publicada. No entraré aquí a detallar lo descabellado de la oferta y de su repercusión económica para mi bolsillo, pues aquella fue rechazada de plano por este crédulo –pero no muy tonto, solo un poco- escritor en ciernes.


El objeto de este post, aparte de “denunciar” esta actuación que considero abusiva y que, en palabras coloquiales, calificaría de tomadura de pelo, es detallar hasta qué punto pueden ser perversos estos falsos editores que se presentan como promotores de la literatura novel. Y para ello me remito a esta segunda –y reciente- mala experiencia.

No mencionaré el nombre de la Editorial ni mucho menos del interlocutor que, en su representación, quiso convencerme, con cantos de sirena, de la bondad de su oferta.

El caso es que entre los meses de marzo y abril de este año, contacté con dieciséis editoriales “modestas” –de esas que dicen apostar por los autores noveles y que no les mueve únicamente el ánimo de lucro- repartidas por casi toda la geografía española para tantear la –ingenua, repito- posibilidad de ver publicada una segunda recopilación de relatos de mi autoría.

El resultado fue que cuatro de ellas ni se dignaron a contestar a mi requerimiento sobre la posibilidad y el método para hacerles llegar mi manuscrito; seis no aceptaron el envío del manuscrito por distintos motivos; cinco lo desestimaron porque no se ajustaba a su línea editorial o bien (en un caso) porque no publicaban relatos de autores desconocidos; y una, Eureka, sí contestó interesándose por mi obra. Es precisamente de esta editorial, o mejor dicho del comportamiento del mediador, de lo que voy a tratar a continuación.

Lo primero que me llamó poderosamente la atención fue la prontitud con la que respondieron al primer contacto por mi parte: en cuatro días me solicitaron el manuscrito y mi CV, cosa que hice en menos de 24 horas, henchido de emoción. Al cabo de ocho días naturales me confirmaron la correcta recepción del manuscrito y me informaron que en el plazo de dos meses se pondrían en contacto conmigo para darme una respuesta y que –añadían- si en dicho plazo no había recibido noticias suyas, volviera a contactar con ellos. Alucinante ¿no? Eso sí que es seriedad –me dije. Eso era solo un gancho, para captar mi atención y devoción para con ellos.

Un servidor, al cabo de un mes justo –además de ingenuo, uno es impaciente- hizo lo que le indicó esa amable editorial, y preguntó por el estado de la evaluación de su manuscrito, a lo que le respondieron que, debido al gran volumen de manuscritos recibidos, estaban tardando más de la cuenta en responder y que tan pronto hubieran recibido el informe de evaluación de mi obra se podrían en contacto conmigo. Aquí los señores de la editorial ya debieron ver que mi interés estaba en plena efervescencia, que el cebo ya estaba preparado para lanzarlo a la presa y que ésta (es decir, yo) estaba a punto de caer en la trampa. Eso tenía lugar el 16 de junio, un día antes de mi 66º cumpleaños. Para ser tan mayor, qué infantil que resulto a veces, os diréis.

Y llegamos al glorioso ocho (no 18) de julio, día en que recibo una llamada telefónica a mi móvil. Al otro lado de la línea, una jovencita –por la voz- con un marcadísimo acento del sur me dice que les ha gustado mis relatos –“al menos a mí me han gustado”, acierta a decir como si hubiera sido ella la única en leerlos o en dictaminarlos- y me informa que, como han visto (lo especificaba en mi CV) que no era mi primera obra, pues ya había auto-editado una anterior selección de relatos, me ofrecían la gran y generosa oportunidad de mi vida: la coedición, en la que ellos corrían con el 70% de los gastos y yo con el 30% restante. Hasta ahí nada que objetar ni para rasgarse las vestiduras. Aunque no era la opción que yo deseaba, que no era otra que la de que una Editorial se “enamorara” de mi trabajo y decidiera apostar y arriesgarlo todo por él, pedí que me enviaran su propuesta por escrito para juzgar adecuadamente a cuánto equivalía esa proporción en dinero contante y sonante.

No os aburriré más con los detalles económicos. Solo decir que de los 350 ejemplares que tenían previsto emitir, en una primera –y seguramente la única- tirada, yo me comprometía a comprar 120 al precio de venta al público de 18 euros. Echad cuentas. Es decir, yo, el autor, les compraría el 34,2857142857% (la pantallita de mi calculadora no da para más dígitos) de mi propia obra (ya sé que suena muy pomposo este término, pero me gusta, qué queréis que os diga) al precio al que la adquiriría cualquier comprador de la calle. Por supuesto no soy tan idiota como para no ver que con los dos mil y pico euros a los que asciende esta compra ya tenían asegurado un pequeño –eso sí- negocio. Algo es algo. De los restantes 230 ejemplares, yo me llevaría, en concepto de royalties, un 10% del PVP, suponiendo que se dedicaran realmente a una promoción activa.

Habiendo respondido, educadamente, que me lo pensaría, exploré el coste de una nueva autoedición, pero esta vez previendo una tirada mayor que en mi primera recopilación de relatos –de la que solo se imprimieron 35 ejemplares, con el único propósito de obsequiarlos a amigos y familiares- pensando en esta ocasión en su venta.

Solo había discurrido una semana cuando sonó mi móvil y en la pantalla apareció una larga serie de cifras, como cuando alguien llama desde una empresa. Yo andaba paseando con mi perro pero decidí contestar, no fuera algo urgente. Al descolgar, una voz atronadora de un supuesto directivo de la editorial, derrochando simpatía, me mostraba su sorpresa por no haber tenido todavía noticias mías acerca de la extraordinaria oferta que tan generosamente me habían hecho a mí, un escritor desconocido cuya obra, si fuera por los de la “planta noble” (sic) quedaría en el más absoluto de los anonimatos. Cómo podía dudar ni por un instante si me estaban ofreciendo la oportunidad de mi vida, bla, bla, bla.

Me tuvo al teléfono un cuarto de hora. Con cada objeción que yo le hacía, me lanzaba una andanada de alegaciones a cual más vehemente. Solo faltó que me llamara tonto. Lo que no pudo rebatirme fue la desfachatez de cobrarme 18 euros por cada uno de los 120 ejemplares que me correspondía vender por mi cuenta y riesgo. Simplemente se fue por los cerros de Úbeda. Según él, entre presentaciones y ferias del libro, no solo vería recuperada mi inversión en un pis pas sino que, además, me forraría. Lo que tampoco supo decirme es en qué espacios (librerías y superficies comerciales) colocarían ellos los 230 ejemplares que les correspondía distribuir por “sus canales habituales”. Estando su editorial en una comunidad autónoma alejada de la mía, tampoco quiso incidir en los aspectos logísticos y prácticos para llevar a cabo esas presentaciones a las que aludía y la firma de ejemplares en las ferias del libro de nuestro país. Pero de todo lo que oyeron mis atribulados oídos, lo peor fue el tono, el vocabulario (rayando la vulgaridad) y la excesiva (para mi gusto) familiaridad que utilizó en sus explicaciones y argumentos. Parecía estar ante un vendedor ambulante que, a voz en cuello, canta las ventajas de un producto defectuoso o inútil que pretende “colar” a las cándidas amas de casa.

Tras despedirme, dándole nuevamente las gracias por su interés y prometiendo darle la debida respuesta tras una profunda reflexión, tuve claro cuál iba a ser mi decisión. Al día siguiente –para qué hacerle esperar más- le envié un correo electrónico dejándole clara y diáfana mi opinión; vamos, que no contara conmigo para contribuir a ganarse el sueldo.

Y aquí estoy de nuevo. Tiro la toalla. Diréis que dieciséis editoriales son muy pocas para rendirme, que quizá hay alguna por ahí con ideales de mecenazgo, con ganas de dar un espaldarazo a un escritor, joven o maduro (por no decir viejo), con ganas y valía (eso ya es harina de otro costal, claro) para lanzarse a la piscina de la publicación literaria. Pero, sinceramente, no creo que existan. Quizá existieron y se arruinaron. Quién sabe.

El caso es que estoy como hace dos años, cuando opté por la autoedición de “Ahora que ha parado de llover”. Y creo que repetiré la operación pero, si no  con ánimo de lucro, al menos con el de recuperar la inversión (moderada y asumible) por la publicación de unos 50 ó 100 ejemplares a través de la misma editorial de autoedición que utilicé entonces. Cómo venderé esos ejemplares, ya es otra historia. Solo veo dos opciones: 1) a través de la presentación de “Irreal como la vida misma” –así se titula la nueva recopilación de relatos- en la biblioteca municipal de mi localidad y en LibrUp, la librería-espacio PopUp de Barcelona, donde he hallado apoyo moral para mi proyecto, y 2) anunciando el magnífico evento en facebook y a través del boca-oído o cualquier otro medio de coacción.

¿Cuántos ejemplares lograré vender? Ni idea. Quizá resulte un fiasco total. Lo que más me “arruga” de este plan son las presentaciones, y no solo por mi timidez innata para hablar en público (aunque se supone que acudirían mayormente amigos y conocidos), sino por el temor a que la audiencia sea escasísima o, peor aún, nula, sin contar con los miembros de mi familia, a los que, por otra parte, no voy a venderles ni un solo ejemplar. Por otra parte, me resultará violento invitar a quienes luego se verán en el compromiso de comprar un ejemplar y, ya fuera del ámbito de la presentación del libro, pedir a quien sea, amigo o conocido, que me compre un ejemplar. Cómpramelo, porfa.

Ahora dedicaré el mes de agosto a la reflexión y luego, a la vuelta de vacaciones, tomaré una decisión. A ver si el aire puro del mar o de la montaña me inspira.

Cómo me gustaría en este momento ser uno de esos famosillos que ocupan los espacios del corazón. Seguro que me quitarían el libro de las manos. Bueno, bien pensado, prefiero ser como soy e ir coleccionando malas experiencias.
 
 

viernes, 8 de julio de 2016

Peor es meneallo



“Peor es meneallo, amigo Sancho” dijo Don Quijote a su escudero cuando, habiéndose éste aliviado encima de puro miedo, le conminaba a estarse quieto para que no apestara más la estancia (Capítulo XX: La aventura de los batanes).

En el lenguaje coloquial equivaldría a decir que es mejor no remover ciertos asuntos que pueden causar disgustos, o más vale dejar las cosas como están, no vayamos a empeorarlas.

Hace ya algún tiempo que publiqué en este mismo blog las entradas tituladas “Temas prohibidos” (30.11.13) y “Quien calla no siempre otorga” (19.09.14) que, aunque trataban sobre los nacionalismos y la “cuestión catalana”, intentaban reflejar la problemática que surge cuando en este país se habla –o mejor dicho, se discute- de política cuando los interlocutores tienen puntos de vista opuestos.

Estamos viviendo una época política y económicamente turbulenta en la que unos echan la culpa a otros y nadie acepta su parte de culpabilidad. Una época en la que cada día se descubren nuevos delitos de fraude y latrocinio de guante blanco por parte de quienes deberían dar ejemplo de honestidad, lo cual sería algo parecido al delito de pederastia cometido por un religioso. Todos acusan, nadie admite la culpa y, si ésta queda finalmente demostrada, nadie dimite de su cargo oficial. Por el contrario, todo el mundo se cree con el derecho a calumniar. Si finalmente se demuestra que la acusación era solo una calumnia, nadie se retracta ni pide disculpas. Ya se sabe: “Calumnia que algo queda”. Y como toda defensa lleva aparejado un buen ataque, se usa el “y tú más” como arma. En este país nos hemos acostumbrado a la excusa de “pero si todo el mundo lo hace” para justificar los actos más reprobables.

Si el futbol enciende pasiones a los seguidores de un equipo, la política las enciende aun más a los afiliados y simpatizantes de un determinado partido político y es curioso –o mejor debería decir triste- comprobar cómo, al igual que en el mencionado deporte nacional, se pierde totalmente la ecuanimidad y la objetividad. Siguiendo el símil futbolístico, solo juega sucio el contrario, Vamos, que “vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro”.

El que juzga negativamente un acto o actitud de su partido, del partido de su agrado o de sus simpatizantes políticos es una rara avis. Es algo tan insólito que nadie lo entiende, hasta el punto de creer que quien hace tal cosa es necesariamente enemigo de dicho partido o de dichos políticos. El “estás conmigo o contra mí” se aplica a rajatabla. Parece como si no hubiéramos dejado atrás la época oscura en la que ser de izquierdas equivalía a ser rojo y ateo y ser de derechas era ser un fascista. La palabra “república” todavía eriza el vello a algunos sin pensar en el verdadero significado de esta palabra. Debemos reconocer, sin embargo, que hay quienes, con su comportamiento y dialéctica, hacen un flaco favor a las creencias y comportamiento democráticos. Y es que “de todo hay en la viña del Señor”.

Entrando por un momento en materia religiosa, diré que siempre he estado convencido –y lo digo por experiencia propia- que el mandamiento cristiano más difícil de cumplir es el que dice “amarás al prójimo como a ti mismo”. Me conformaría con que nos respetáramos como queremos ser respetados.

Pero al fin y al cabo somos humanos y, como tales, tremendamente imperfectos. Y la peor de nuestras imperfecciones es la de no querer reconocer nuestros defectos y errores ni el de nuestros “aliados”, con los que mantenemos una conducta corporativista. Del mismo modo que en ciertas profesiones existe un corporativismo, como si fueran miembros de un clan al que hay que proteger –hoy por mí, mañana por ti-, observamos que lo mismo ocurre entre la clase política. Pero lo que más me llama la atención es que la misma actitud la mantiene el ciudadano que se siente identificado ideológicamente con un determinado partido político. Si alguien comete un delito, ¿no voy a reprobarlo, ni siquiera aceptar la culpabilidad de quien lo ha cometido, simplemente porque pertenece al partido con el que simpatizo? Pues parece que esa es la regla. Solo hay delincuentes en los otros partidos, todo lo que se dice del “nuestro” son calumnias. Nosotros estamos en posesión de la verdad absoluta y los demás están equivocados. Todo cuenta a la hora que defender a los “nuestros”. Nos creemos lo que queremos creer, lo que culpa al contrario, al enemigo, sin contrastarlo ni darle el beneficio de la duda. A por ellos.

Reconozco que, incluso a personas tan poco extremistas como yo, a veces nos domina más la pasión que la sensatez. Nos dejamos contagiar por la crispación, la rabia, la animadversión y el desprecio que nos envuelve hacia actitudes y situaciones que consideramos tremendamente injustas. En tales circunstancias actuamos como medio de transporte de soflamas reivindicativas que todavía encienden más la mecha de la intolerancia. Pero “quien esté libre de culpa que tire la primera piedra”. Esto es y ha sido siempre así y no cambiará. En lugar de dejarnos llevar por actitudes partidistas, deberíamos ser capaces de discernir lo que es justo y lo que no, independientemente de quién lo haga y lo diga.

Creo que deberíamos hacer un esfuerzo por abandonar la actitud maniquea de dividir a la gente entre buenos y malos. Y no solo en política. Tendemos a desvirtuar las cosas por pura simplificación: si eres español, te gustan los toros y el flamenco; si eres catalán, eres separatista y te gustan las sardanas; si apoyas la causa palestina, eres antisemita y justificas el holocausto. Y así podríamos encontrar muchos ejemplos de clichés que no se ajustan necesariamente a la realidad. La simplificación, al igual que la exageración, es causa de muchos prejuicios.

Y por si eso fuera poco las redes sociales favorecen el enfrentamiento. Se publica esto, aquello y lo de más allá, de todos los signos políticos y tendencias. Y, obviamente, la información no solo no coincide sino que es antagónica. La información y opiniones –pero sobre todo las mentiras- corren como la pólvora. Bueno, la verdad es que ya ni siquiera sabemos lo que es mentira y lo que no. Ahora las discusiones políticas han alcanzado el patio de vecinos de facebook, twitter y demás redes sociales y, según lo que uno comparte, se ganan adeptos y se pierden amistades. Ha cambiado la forma pero no el fondo de la cuestión. Pero, claro, ya se sabe que “quien tiene boca se equivoca”, y que “a boca cerrada no entran moscas” pero a veces es preferible abrirla a que crean que “quien calla otorga”. Eso o darse de baja de la red social a la que uno esté dado de alta y hablar sólo de ciertos temas con los que piensan como tú y, aun así, en voz baja y con la puerta cerrada, no sea que alguien te oiga y se ofenda.

No sé si hay más cosas que nos unen que las que nos separan, pero deberíamos intentar ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío. Limar las diferencias y cultivar las similitudes.

Pero a mi edad, hace ya muchos años que dejé de creer en los milagros. Todo seguirá igual. Lamento profundamente ser tan negativo pero creo ser realista. Si no hemos cambiado en siglos, ya no cambiaremos nunca. Seguiremos tirándonos los trastos a la cabeza y aquí no valen amigos ni familiares. Solo se salvan de la quema los padres, los hijos y quizá –solo quizá- los hermanos. El resto quedan en el mismo cajón que el vecino del quinto.

El viejo refrán “divide y vencerás” es intemporal y universal. Siempre ha sido así y seguirá siéndolo. Los refranes son los únicos que tienen la razón. Pero a mí me gusta mucho más el que dice “el pueblo unido jamás será vencido”. Debo ser un romántico que, aun no creyendo en los milagros, le gusta imaginarlos. Y que conste que la mención de esta frase que conforma el título de la canción del grupo chileno Quilapayún no tiene ninguna connotación política sino más bien sociológica. Por si las moscas…

Y es que ya lo decía Don Quijote: más vale no meneallo.
 

miércoles, 29 de junio de 2016

Las coincidencias que engañan


El 8 de agosto de 2015, publiqué en este blog un post titulado “Las apariencias engañan y el misterio de las coincidencias”, relatando una anécdota acontecida en uno de mis viajes por trabajo y en el que se produjeron unas  curiosas coincidencias en dos vuelos consecutivos. Siempre me han intrigado las coincidencias que parecen escapar a toda lógica y al cálculo de probabilidades. Es bastante reiterativo y frecuente que en mis relatos aparezca la pregunta ¿casualidad o causalidad?  Y es que mi vida –y supongo que la de muchos de vosotros- está llena de hechos que ponen de manifiesto esta disyuntiva.

Muchas son las personas, o personajes, que buscan –y hallan- coincidencias extraordinarias entre hechos acontecidos en épocas y lugares distantes entre sí o entre personas famosas. Basan, generalmente, estas similitudes en datos, cálculos o referencias numéricas que, debo admitir, me han sorprendido en más de una ocasión. Pero ¿qué hay de cierto en ello? Me temo que nunca lo sabremos. Lo que sí es cierto es que muchas de esas coincidencias que nos quieren hacer creer que guardan un significado astrológico e incluso paranormal, no son más que montajes interesados. Quien busca coincidencias las encuentra o, si no, las inventa. He aquí un ejemplo suficientemente ilustrativo de ello.

El 23 de octubre de 2006, el periodista Luis Alfonso Gámez, conductor del programa Escépticos (ETB), dedicado a la promoción del pensamiento crítico, publicó en “Magonia: una ventana critica al mundo del misterio”, el artículo titulado “Lincoln y Kennedy: vidas paralelas prefabricadas”, en el que me baso en este post. En él criticaba a Iker Jiménez que, en su programa Cuarto Milenio del 15 de octubre, difundía una serie de inexactitudes sobre las vidas de ambos políticos norteamericanos que inducían a creer que habían tenido un paralelismo singular que sobrepasaba cualquier coincidencia.

He conservado dicho artículo durante todos estos años, pues me llamó poderosamente la atención. De haber existido este blog por aquel entonces, lo hubiera aprovechado para compartir esta información con todos vosotros. Pero Cuaderno de bitácora nació siete años después y el artículo quedó arrinconado y en el olvido. Hoy, haciendo “limpieza bibliográfica”, ha salido a la luz y, aunque la noticia está ya muy desfasada en el tiempo, no he podido resistirme a la tentación de hacer lo que no hice en aquella ocasión.

Resumo, a continuación, los datos más relevantes de las extraordinarias coincidencias aludidas en el programa Cuarto Milenio:


-Abraham Lincoln fue elegido congresista en 1847. Cien años después lo fue Kennedy.
-Ambos llegaron a la presidencia de los Estados Unidos también con cien años de diferencia.
-Ambos medían 1,83 m.
-Sus apellidos tienen siete letras.
-A los dos se les alertó de que no fueran al lugar donde serian asesinados.
-La secretaria de John F. Kennedy se llamaba Lincoln y la de Lincoln se llamaba Kennedy. ¿A que la cosa se pone interesante? Pues eso no es nada. Continuemos.
-El asesino de Lincoln disparó en un teatro, el teatro Ford, y se refugió en un  almacén. El asesino de Kennedy disparó desde un almacén y se escondió en un teatro. Y, por si esto fuera poco, Kennedy fue herido mortalmente mientras viajaba en un Ford Lincoln.
-Los nombres de sus asesinos tenían quince letras –Lee Harvey Oswald y John Wilkes Booth- y habían nacido también con una diferencia de cien años. ¿No es increíble?
-Para terminar, sus respectivos vicepresidentes también habían nacido con cien años de diferencia y los dos se apellidaban Johnson.
 
 
Simple casualidad o un juego del destino, os preguntaréis como yo mismo lo hice mientras lo leía.

Pero, del mismo modo que no todo es oro lo que reluce, no todo es cierto lo que se cuenta en público (creo que de esto ya tenemos suficiente experiencia, por desgracia), como indican los datos que siguen a continuación:
 
 
-Abraham Lincoln, nombre de catorce letras, nació en 1809 y murió en 1865. John Fitzgerald Kennedy, nombre de veintiuna letras- nació en 1917 y murió en 1963. Así pues, sus nombres completos no tienen el mismo número de letras ni hay cien años de diferencia entre sus nacimientos y muertes.
-Lincoln fundó el partido republicano y Kennedy era demócrata. No todo son coincidencias en política ni en la viña del Señor.
-Sí fueron elegidos con cien años de diferencia como presidentes, pero no como congresistas. Mientras la carrera política de Lincoln se contó por fracasos en las urnas entre 1847 y 1860, la de Kennedy fue ascendente desde 1946 –no 1947- hasta 1960. Lincoln fue, además, reelegido para el cargo, mientras que Kennedy no pudo acabar su primer mandato.
-Aunque Kennedy tuvo una secretaria llamada Evelyn Lincoln, no hubo ninguna secretaria de Lincoln apellidada Kennedy.
-Oswald se escondió en un cine, no en un  teatro, y asesinó a Kennedy a distancia, mientras que Booth lo hizo de cerca.
-Es falso que ambos asesinos nacieran con una diferencia de cien años. Booth nació en 1838 y Oswald en 1939. ¡Por poco!
-Para terminar, la coincidencia de que los respectivos vicepresidentes se apellidaran Johnson es tan sorprendente como que, dentro de cien años, haya habido dos González o Rodríguez como presidentes españoles, remata Alfonso Gámez.
 
 
Seguramente, si buscáramos más datos, encontraríamos más coincidencias entre ambos mandatarios pero también muchas discrepancias, del mismo modo que ocurriría con cualquiera de nosotros.

La selección de aquello que nos interesa, porque suscita no solo curiosidad sino también la duda sobre el destino de nuestras vidas, es jugar haciendo trampas. ¿Qué es más frecuente, las similitudes o las diferencias? Si solo nos ceñimos a las similitudes podemos sacar conclusiones erróneas.

No es mi propósito aquí dilucidar si existe o no unos vínculos invisibles entre nosotros, si nuestra vida está dirigida por el Gran Arquitecto del Universo y estamos predestinados desde la cuna a sufrir o disfrutar de una determinada forma de vida. Solo pretendo poner en evidencia que es muy fácil manipular datos y hechos para hacernos creer en algo indemostrable y cuya práctica tiene por objeto, en el peor -y más frecuente- de los casos, hacer negocio o, como en el caso que nos ocupa, cobrar notoriedad y ganar audiencia.


viernes, 17 de junio de 2016

Cambios




Recuerdo como si fuera ayer cuando entró en casa el primer televisor. Fue en enero de 1961. Yo tenía diez años. Por aquel entonces se estilaba la venta puerta a puerta, especialmente cuando se trataba de familiarizar al posible cliente con lo que podía considerarse una novedad. De este modo, un vendedor de televisores a domicilio nos dejó una semana a prueba un aparato de la marca Marconi, de pocas pulgadas y un metro de profundidad. Un perro salchicha hecho televisor. El caso es que cuando mi padre -ausente cuando el buen hombre tentó a mi madre-, vio el artefacto, dejó bien claro que desaparecería por donde había aparecido en cuanto volviera el comercial para indagar si su tentativa había surtido efecto. Y así fue. Mi madre, resignada (junto a las quejas de mis dos hermanas y la mía), devolvió el televisor a un cariacontecido tele-vendedor, quedándose nuestro comedor huérfano de ese apoteósico medio de distracción. Pero tanto nos había enganchado el intruso en tan poco tiempo que mi propio padre, al notar el vacío que había dejado, lo echó tanto de menos que a las pocas semanas entraba por la misma puerta otro aparato, un televisor Phillips, de 25 pulgadas (enorme para la época) y algo más plano que el anterior, que acabó haciendo las delicias de pequeños y mayores.

El aparato de radio (creo recordar que también era de la marca Marconi) quedó relegado a la habitación de mi abuela materna, quien debió considerar un acto de maltrato haber condenado al pobre aparato al ostracismo más cruel.

No es que a mí me diera pena el destierro de la vieja radio, pues el televisor superaba con creces la oferta radiofónica, pero sentí –por un tiempo muy breve- una cierta nostalgia de aquellos momentos en que nos reuníamos en torno al aparato de madera de color caoba para sintonizar nuestros programas favoritos. Por no hablar de los anuncios cantados, como el del Cola-Cao, cuya canción nunca he olvidado, aunque el pobre negrito debe estar criando malvas desde hace muchas décadas en su África tropical.

Al margen de la nostalgia natural por lo vivido muchos años atrás, la que nos persigue a todos los mortales desde que cumplimos los cincuenta (a unos antes y a otros después), hay que saber distinguir aquello que solo es un recuerdo simpático de lo que echamos realmente de menos y que, de haber estado en nuestras manos, no habríamos dejado que se perdiera. Porque si bien no todo lo pasado fue mejor, tampoco todo lo nuevo lo es. No debemos confundir lo práctico con lo adecuado.

Dicen que lo bueno, como ciertas modas, vuelve. El tranvía, por ejemplo, ese artilugio mecánico que requiere de una catenaria y unos raíles para avanzar, algo tan “retro”, ha vuelto en algunas ciudades españolas y no creo que sea simplemente para apuntarnos a lo vintage. Si tengo que ser sincero, yo no hubiera votado por recuperar el tranvía, pero no podemos negar que es el medio de transporte público más ecológico de los que disponemos para movernos en la superficie. Este es solo un ejemplo de cómo algo arrinconado por antiguo y aparentemente poco práctico vuelve a la vida actual, con un look renovado, eso sí, pero conservando las prestaciones para las que fue diseñado.

Pero no todo lo pasado vuelve, ni que sea con un toque de modernidad. Generalmente lo pasado cae en la obsolescencia más inflexible. Las nuevas tecnologías son un buen  ejemplo de ello. ¡Cómo han cambiado nuestras vidas! La robotización en los procesos industriales y en la medicina, casas y televisores inteligentes, microchips y un sinfín de artilugios que nos ofrecen confort, seguridad y una mayor eficiencia en nuestros quehaceres diarios. Esta es la parte amable. La menos amable es que nos hemos vuelto adictos. Jóvenes y no tan jóvenes pegados a las consolas, a los smarphones, a las tablets, enganchados a las redes sociales que han sustituido el contacto físico por uno virtual. A pesar de su indiscutible utilidad, la dependencia que estas máquinas y sus aplicaciones han creado en cada uno de nosotros es obvia. Internet ha simplificado muchísimo el trabajo a estudiantes, profesionales y a la población en  general. Ahora la información está al abasto de todo el mundo en un tiempo record. En unos minutos tenemos a nuestra disposición, sin movernos de casa o de la oficina, datos que de otro modo hubiera requerido pasarnos una tarde entera, o días, en una biblioteca u organismo público o privado.

Pero todo en esta vida tiene un lado positivo y otro negativo. Internet no es una excepción. Todo depende del uso que se le dé. Es un medio de divulgación de conocimiento pero también de pornografía y puede ser la puerta para engañar a incautos. Puede ofrecernos la oportunidad de hacer amistades a distancia, incluso encontrar pareja, pero también puede falsear la identidad de quien nos contacta y utilizar nuestro perfil y datos personales para arruinarnos la vida.

Si nos asomamos al sector servicios, ya no hay talleres mecánicos que reparen la pieza dañada de nuestro automóvil. Se cambia y punto. Cuando pretendemos que nos reparen un pequeño electrodoméstico, nos sale más caro que comprar uno nuevo. Los electrodomésticos ya no tienen la duración de antaño. Lo que antes  era casi un trabajo de artesanía ahora se confecciona en serie en Taiwan, China, o en cualquier país asiático donde se explota la mano de obra.

En el ambiente familiar y de amigos, los juegos de sobremesa –algunos todavía se resisten a desaparecer- ya no son Juegos tan Reunidos. Muchos prefieren jugar al Tetris y a juegos descargados en el móvil para uso y disfrute en solitario. También hay juegos online, como Triviados, Candy Crush Saga, Pet Rescue, etc., para jugar a través de la red.

En el ámbito musical y cinematográfico, la tecnología es víctima de la propia tecnología. Si el CD sustituyó al disco de vinilo y el DVD a las cintas VHS, las descargas de música y películas de internet han clavado una estocada a la industria discográfica y cinematográfica. En la calle, se cierran salas de cine y ya resulta difícil hallar un videoclub.

Los hábitos populares cambian. Los niños ya no juegan en la calle, lo cual es hasta cierto punto mejor, pero ya no tienen la complicidad y la imaginación de antaño. Ya no construyen cabañas con ramas secas, ni fortalezas con piedras, ni buscan la aventura, ni se divierten inventando sus propios juegos o construyendo sus propios juguetes. Hoy tienen su móvil como regalo de su Primera Comunión, fuman su primer porro a la salida del colegio y tienen su primera relación sexual al estrenar la pubertad.

¿No habremos pasado de un extremo al opuesto? En mi época escolar, un castigo infligido en la escuela era secundado en casa, porque daban más credibilidad al maestro que a nuestras excusas. Ahora alguno/as maestro/as tiene que tomarse la baja laboral por estrés o depresión por el acoso al que están sometido/as por parte de cierto alumnado y de sus respectivos progenitores. En los años sesenta tener “malos pensamientos” era pecado venial y “cometer actos impuros”, pecado mortal; Actualmente un 10% de los abortos que se practican en nuestro país tienen lugar en chicas entre 15 y 18 años.

¿Cómo es que he venido a parar a este punto desde un simple aparato de televisión en blanco y negro? Pues ha sido sin querer. Una cosa me ha llevado a la otra. Solo pretendía hablar de los grandes cambios de los que hemos sido testigos, los que ya tenemos una edad, en cuanto a usos y costumbres. Algunos son bienvenidos pero otros no. ¿No deberíamos recapacitar y, ya que no podemos hacer marcha atrás en muchas cosas, intentar que estos cambios no conlleven la pérdida de ciertos valores?

Los cambios son cada vez más rápidos, tanto que a veces cuestan de asimilar o somos incapaces de reaccionar a tiempo en su contra cuando son indeseados. Otros, aun siendo mucho más lentos, son fruto de la conducta de quienes ostentan el poder y nos sentimos impotentes ante su implacable avance. Ese es el peor de los cambios. Y entre los peores está el cambio climático provocado por el ser humano. Pero esta ya es otra historia.

En conclusión: bienvenidos los cambios pero no a cualquier precio.

 

 

jueves, 9 de junio de 2016

El Liebster Award llama dos veces


Este blog, con algo más de dos años y medio de antigüedad, ha sido nominado, por segunda vez, al premio que lleva por nombre Liebster Award. En la primera ocasión, en diciembre de 2015, fue María Campra la nominadora. En esta, siete meses después (concretamente al pasado 2 de junio), ha sido María del Carmen Píriz la que ha tenido a bien nominarlo y a quien agradezco desde aquí esta deferencia.

Esta es la ventaja de tener menos de doscientos seguidor/as, de lo contrario este premio no podría recaer en “Cuaderno de bitácora”. Las normas son las normas. Por lo tanto, mi Cuaderno está contento y triste a la vez. Contento por recibir este reconocimiento y triste porque después de tanto tiempo y algo más de catorce mil visitas solo tiene veintiocho seguidor/as, entre las que se cuenta María del Carmen, a la que estoy, por lo tanto, doblemente agradecido.

Claro que ahora mismo tengo una duda existencial: cuando se habla de seguidores, qué dato es el que cuenta: el de “Google+ followers” (seguidores que me tienen en sus círculos) o “Seguidores/participantes de este sitio” (llamados también miembros, en el mejor de los sentidos). En el primer caso, este blog cuenta con 165 seguidores y en el segundo los 28 que he mencionado. Sea como sea, pues, en ambos casos son menos de 200, cifra por debajo de la cual un blog puede ser nominado como medio de promoción.
Y, parafraseando a mi compañera bloguera Marigem Saldelapuro, en su blog “pequeños trucos para sobrevivir a la crisis”, diré aquello de “Y sin más rollo empezamos”:
 
Así pues, siguiendo las condiciones que conlleva la aceptación de esta nominación, paso, en primer lugar, a responder a las preguntas que María del Carmen me ha trasladado, para luego nominar diez blogs que considero que también son merecedores de esta distinción.
 
1) Preguntas y respuestas:
 
¿Qué libro te ha marcado más y por qué?

Coincido plenamente con la respuesta que dio María del Carmen a esta pregunta. Depende de la edad. Y como ya conté en otra ocasión en la que tuve que responder a un cuestionario de este tipo, y para que veáis que no me contradigo, citaré nuevamente “Las Aventuras de Tom Sawyer”, la magnífica novela de Mark Twain. Tendría unos diez años cuando la leí postrado en cama por culpa de la gripe. Fue la primera vez en mi vida que experimenté lo que debe provocar una novela al lector: me transportó al lugar de los hechos, viví las peripecias de sus protagonistas y hasta les vi las caras. Debo decir que siempre he sido muy imaginativo, pues hasta compartí con Tom el enamoramiento por Becky. Gracias a este libro también me enamoré de la literatura.
 
¿Qué te llevó a montar tu blog?

El deseo de exteriorizar lo que llevaba reprimiendo muchos años: las ganas de escribir y contar historias de todo tipo. Este blog fue el segundo de la “trilogía” y nació cuando el primero, el primogénito, “Retales de una vida”, dejó de ser un blog de relatos intimistas para decantarse por la ficción. “Cuaderno de bitácora” llena un poco el hueco dejado por aquél y en él plasmo todo tipo de reflexiones basadas normalmente en hechos reales.
 
¿Eres de esos escritores de alguna manera caóticos, que siempre tienen la lado un bloc de notas porque les viene una frase a deshora, siempre de forma intempestiva, o eres sumamente organizado con tu disciplina de trabajo para escribir, teniendo tus tiempos y horarios bien marcados?

Yo diría que soy una mezcla de ambos. En primer lugar, solo me pongo a escribir cuando siento la necesidad de hacerlo, no porque me imponga un momento o un horario para hacerlo. En segundo lugar, es cierto que en cualquier momento y lugar puede surgir una idea por lo que, si intuyo que ésta puede dar lugar a una historia interesante, la anoto en mi bloc de notas del móvil, no sea que se me olvide.
 
Teniendo en cuenta que muchos que consiguen publicar y vivir de sus escritos no parecen merecerlo, y muchos que sí lo merecen jamás consiguen publicar nada, ¿qué cambiarías en el sistema editorial para hacerlo más justo?

Diría aquello de que “me gusta que me haga esta pregunta” pero es un tema muy complejo para tratarlo en pocas líneas. Básicamente diría que las editoriales se mueven por un interés puramente comercial, quieren hacer dinero sin correr demasiados riesgos y, por lo tanto, no apuestan por escritores noveles. Hay pequeñas editoriales que sí lo hacen pero entonces surge, a mi juicio, otro obstáculo: tienes que ser, de algún modo, conocido en el medio en el que te mueves. No creo que por el simple hecho de escribir muy bien te vayan a publicar tu libro. Tienes que estar bien relacionado, tener contactos, etc.

Creo que, tal como está la situación, solo quedan dos caminos para ver tu obra publicada: a) tener muchísima paciencia y dedicar meses a la tarea de presentar tu manuscrito a todas las editoriales del país, o b) optar por la auto-edición. En el primer caso inviertes tiempo y en el segundo dinero. Y en ninguno de los dos está asegurado que tengas éxito en la empresa.
 
¿Sueles escuchar música para inspirarte a la hora de escribir? En caso afirmativo ¿qué estilo de música prefieres?

Con la escritura me ocurre lo mismo que con el dormir, necesito silencio y quietud. Muy lejos quedan los años de estudiante en los que preparaba los exámenes acompañado de música a todo volumen.
 
Si eres de escribir relatos, ¿prefieres más los relatos cortos o los largos? Si prefieres los cortos ¿ello se debe a que te salen así o lo haces pensando  en el formato blog, que parece resultar incómodo para que el lector se imponga la tarea de leer relatos demasiado largos ante la pantalla del ordenador? Lo cual llevaría a preguntar: en cuestión de relatos ¿el tamaño importa?

Yo prefiero los relatos breves, de cinco a diez páginas, por poner un  ejemplo. He llegado a escribir relatos de más de veinte páginas pero no es lo más habitual. Los microrelatos y los relatos muy largos no son de mi preferencia, aunque he escrito algunos micros por exigencias del guión (un concurso literario o a la consigna impuesta en el  taller de escritura al que asistía).

En caso de que uno de mis relatos exceda lo que considero adecuado, lo divido en episodios. Siempre aplico el principio de reciprocidad: no desear a los demás lo que no deseo para mí. En este aspecto, debo reconocer que me resulta pesado tener que leer relatos excesivamente largos ante la pantalla. En muchos casos he abandonado el intento de leer un relato si advierto que es demasiado largo para mi gusto. Seguramente el problema es que soy demasiado impaciente y prefiero la brevedad. Sigo a diario más de cincuenta blogs y no puedo dedicar muchas horas en leerlos todos. En otras palabras, para leer algo parecido a una novela prefiero otro formato (ebook o papel) que no sea un blog.
 
Si escribes poesía, ¿prefieres el verso libre o la estructura clásica de métrica y rima? Y si la respuesta es “verso libre”, ¿crees que, como dicen muchos puristas academicistas, es necesario dominar primero la estructura rígida y formal de la poesía para después saltársela a placer, o crees que, por el contrario, no es necesario estudiar los clásicos y sus formas de poetizar, sino que con  la simple inspiración se puede escribir lo que se quiera?

He escrito muy pocos poemas –no soy buen poeta- pero siempre seguí la rima y la métrica que aprendí en las clases de literatura del colegio. Lo considero mucho más “musical” y meritorio pues además del fondo, lo que el poeta quiere transmitir, está la forma, aunque ésta resulte una limitación. En esto está la dificultad y, por lo tanto, el mérito.

De todos modos, hay excepciones a esta regla. He acabado asumiendo que el valor de las palabras está muy por encima del marco en el que se escriben y que un poema de verso libre no es solo una secuencia de frases, escritas unas debajo de otras, sino que su belleza es lo que debe prevalecer por delante de la técnica.

Si hay que tener conocimientos sobre la técnica clásica para poder escribir buena poesía “libre”, no lo sé. Cambiando de modalidad artística, muchos pintores iniciaron su carrera con un estilo “clásico” para acabar pintando obras abstractas. Y del mismo modo, muchos escritores aprendieron el arte de escribir siguiendo las pautas “oficiales” y cuando fueron famosos se saltaron las reglas, dando a sus obras un estilo atípico personal.
 
¿Eres, como lector, de los que llegas hasta el final con un libro aunque no te esté gustando demasiado, o lo prefieres arrimar y pasar a otro?

Para que “arrime” un libro tiene que resultarme indigerible. Normalmente soy muy paciente y aunque no me acabe de gustar sigo hasta el final con la esperanza, a veces vana, de que, en algún momento, mejore.
 
Como escritor, ¿eres de los que llegas hasta el final escribiendo una idea aunque en principio no te esté convenciendo demasiado, esperando a ver si, trabajándola, puedes mejorarla, o la prefieres arrimar y pasar a otra?

Si una idea me gusta lo suficiente como para iniciar con ella un relato, no la abandono aunque, en un momento dado, pierda la esencia de lo que quería escribir. Sigo con ella, dándole vueltas, intentando mejorarla o enfocarla hacia otra dirección. No han sido pocas las veces en las que el relato final se parece muy poco a cómo era en un principio, pero siempre me he mantenido fiel a la idea original.
 
Y para terminar, ¿qué libro te ha parecido más detestable?

No voy a utilizar el calificativo de detestable sino de insoportable, inaguantable y todos los sinónimos que indiquen lo que en el lenguaje coloquial suele decirse “un rollo”, en cuyo caso sí he abandonado su lectura. Lo he mencionado en más de una ocasión y, mientras no haya otro que lo expulse del podio de los libros más insufribles para mí, el número uno sigue siendo “Ulises” de James Joyce, calificada como obra maestra de la literatura de principios del siglo XX. Claro que tampoco me gustan las obras de Miró y es considerado un genio de la pintura abstracta, o surrealista, o como se llame. Será cuestión de gustos o de cultura, no lo sé. No me importa pasar por inculto e ignorante antes de fingir que algo me gusta cuando no lo soporto.
 
2) Blogs nominados:

Vaya por delante que, como he dicho en las veces anteriores en las que me he encontrado en esta misma tesitura, no pretendo obligar a mis nominados a que sigan la cadena de nominaciones. Con mi nominación solo pretendo obsequiarles con mi calificación de blogs que merecen ser leídos y seguidos por su calidad.

Atendiendo, pues, al concepto de blog con menos de 200 seguidores (según el apartado “miembros”), de entre los blogs que sigo con asiduidad, nomino a los siguientes, por riguroso orden alfabético:
 
- A la horca con todos los que no son yo – Holden:http://lafabulosagallinadegoma.blogspot.com.es/
- Cuarenteña y madre primeriza - Sue:http://loquesueescribe.blogspot.com.es/
- Enredando con  las letras – Conxita Casamitjana:http://enrededandoconlasletras.blogspot.com.es/
- Escritora mamá – María Campra Peláez:http://escritoramama.blogspot.com.es/
- La voz de las olas – Chari BR:http://lavozdelasolas.blogspot.com.es/
- Leer, el remedio del alma – Kirke Libris (no he sabido ver cuántos seguidores tiene, pero por si acaso):http://buscapina7.blogspot.com.es/
- Literatura bonsái – Hola, me llamo Julio David:http://holamellamojuliodavid.blogspot.com.es/
- Mi mnemoise mafar – María Antonia – Mafar:https://mi-mnemosine.blogspot.com.es/
- Pampiroladas – Soledad Gutiérrez (me ocurre igual que con Kirke):http://verpampiroladascavernicolas.blogspot.com.es/
- Relatos en la red – Carmen Rubio:http://relatosenlared.blogspot.com.es/

A todo/as ello/as mis felicitaciones, no por haber sido nominados por un servidor sino por ser los creadores de unos blogs tan interesantes. Y, aplicando la ley del mínimo esfuerzo,  también les traslado las mismas preguntas que me han hecho a mí.
Y sin más, me despido de todo/as vosotros/as hasta el próximo post o la próxima nominación.
Saludos cordiales,