viernes, 9 de enero de 2015

Recuerdos de una escalera (II)



Aunque los alrededores han cambiado, levanto la vista y tengo ante mis ojos exactamente la misma visión de cuando era niño. La misma fachada, aunque más oscurecida por el tiempo si cabe, el mismo balcón con la barandilla de hierro forjado y oxidado por la vejez y, posiblemente, por el abandono, en un viejo edificio de siete plantas, pegado a su gemelo idéntico como si de hermanos siameses se tratara. Un edificio, cuyas cinco plantas superiores constaban de dos viviendas por rellano, mientras que el principal y el primer piso albergaban cuatro de muy reducidas dimensiones, dos sin baño y dos sin cocina, según dieran al patio o a la calle. Por fortuna, el ingenio de los inquilinos suplía esas deficiencias montando la pieza que les faltaba en alguna otra parte de la exigua vivienda. Ese fue el escenario de nuestra vida en común.

Me contaron que, cuando mi familia creció y necesitó de más espacio vital, tras cumplir mi primer año de edad y venir a vivir con nosotros mi abuela paterna, nos trasladamos desde una de esas viviendas del principal a la del tercero segunda, que acababa de quedar libre y que disponía de cuatro habitaciones, comedor, cocina y baño completo, todo un lujo para quienes no estaban acostumbrados a un piso como aquel, de poco más de setenta metros cuadrados.

Muchos no creen posible que pueda retener en mi mente algunas imágenes y recuerdos de aquellos primeros años: el cochecito plegado tras las cortinas de un pequeño habitáculo que hacía las veces de armario; mi padre en la galería que daba al patio de vecinos, sosteniéndome en brazos y mostrándome aquellos gatos que vivían a expensas de algunas vecinas misericordiosas; la caja de zapatos convertida, gracias a la maña y paciencia de mi madre, en un cochecito de cartón; la tienda de campaña que me montaba, para que me entretuviera mientras ella cosía, con una sábana que sujetaba aquí y allá con unas pinzas de tender la ropa; el caballito de cartón destripado en el que me columpiaba; la máquina de coser que funcionaba dándole a un gran pedal, como en los órganos de viento; los cuentos que diariamente escuchaba, a la hora de comer, en el programa de radio “Tambor”, a la una, y a la hora de cenar, en el del programa vespertino “Cascabel”, a las ocho y media, después de que mi madre escuchara los consultorios sentimentales de Montserrat Fortuny, a las doce del mediodía, y de Elena Francis, a las siete de la tarde.

Debí de ser un niño muy impresionable pues no me explico cómo esos recuerdos de mi más tierna infancia puedan ser tan límpidos, como si solo hubiera transcurrido una década, y que se me agolpen sin apenas proponérmelo: Mi primer día de parvulario en aquel piso de la calle Parlamento, convertido en una academia para niñas, la Academia Creus, de alumnado mixto los dos únicos cursos de parvulario que en aquel entonces existían, y a la que asistían mis dos hermanas; mi clase, en un altillo prefabricado en el patio trasero y con una gran pizarra en la que siempre figuraba, en lo alto de una esquina, un dibujo a color de un gran ojo sobre una nube y dentro de un triángulo, simbolizando, supongo, la omnipresencia de Dios y la Santísima Trinidad; la distribución laberíntica de las otras clases, conectadas entre sí y por las que debíamos transitar hasta llegar al patio donde se hallaba ubicado el parvulario; la señorita María Ángeles, la directora, una mujer robusta y morena, que me atemorizaba con unas bromas que yo no entendía, como cuando me sentó sobre el mostrador de recepción haciéndome creer que me quedaría con ella en lugar de irme a casa con mis hermanas, que estaban a punto de salir de clase; y, cómo no, Maribel, la niña rubia y de ojos azules que tanto me gustaba, vecina y compañera de parvulario, hija de un carpintero que mira por dónde se llamaba José, que tenía su vivienda y taller en uno de los pisos del principal y que un día me hizo una tosca espada con dos listones de madera de pino.

Hay hechos que se convierten en recuerdos personales porque nos los han contado tantas veces que acabamos haciéndolos nuestros o porque conservamos algunas imágenes en un viejo álbum de fotos, pero este no sería el caso en todo lo que acabo de referir pues todavía puedo evocar las emociones, anímicas (temor, alegría, sorpresa) y sensoriales (el olor a tiza, a lápices, a batas escolares, a serrín), asociadas a esos acontecimientos. Será que mi cerebro absorbió tan ávidamente aquellas experiencias e imágenes que, en su día, me resultaron especialmente impresionantes, que las ha guardado a muy buen recaudo durante todos estos años.

Dicen que cuando envejecemos, perdemos la memoria a corto plazo pero conservamos, en cambio, intactos los recuerdos de la niñez y juventud. A veces, me cuesta recordar lo que cené la noche anterior. ¿Será que ya he entrado en esa etapa?

martes, 6 de enero de 2015

Recuerdos de una escalera (I)


El tercero segunda del número 165 de la Avenida del Paralelo ha conocido muchas épocas y generaciones, atesorando muchos recuerdos, pero para evocar los míos, los más preciados, hay que retroceder hasta los años cincuenta y sesenta, cuando, apretujados en el estrecho balcón, podíamos ver y, algo que hoy sería impensable, oír las películas que se proyectaban en el Cine Avenida, aquel cine de barrio que, en las noches de verano, se trasladaba a la azotea del edificio. Nuestro balcón y su azotea les separaban unos trescientos metros y aun así, aguzando nuestros oídos sin demasiado esfuerzo, podíamos seguir perfectamente el diálogo entre Grace Kelly y James Stewart en “La ventana indiscreta” de Hitchcock o entre Charlton Heston y Eleanor Parker en “Cuando ruje la marabunta” de Byron Haskin. Años después resultaría imposible oír al vecino de al lado de tanto barullo que originaba un tráfico intenso las veinticuatro horas del día. En unos diez años, aquella avenida se había transformado en un torrente imparable de vehículos.

Al margen de que hoy en día los niños tienen unos entretenimientos muchísimo más sofisticados, aunque quisieran, tampoco les sería posible jugar al juego de los coches, ese al que jugaba con mi hermana menor, también desde el balcón de casa, y que consistía en adjudicarnos los coches que circulaban en una u otra dirección, ella los que subían desde el puerto hasta la Plaza España y yo los que circulaban en sentido contrario, ganando quien contabilizara los coches más llamativos a ojos de unos niños de aquella época. Nuestros preferidos eran, sin lugar a dudas, esos coches americanos, conocidos popularmente como ”haigas”, que llamaban la atención por su longitud y fastuosidad.

¡Qué tiempos aquellos! Tiempos de malta con leche recién hervida para desayunar, de pan con chocolate para merendar, de hielera en vez de refrigerador, de televisión en blanco y negro con carta de ajuste  y un solo canal para los más pudientes, de misa matutina diaria en el colegio y rosario vespertino diario en casa, de juegos en la calle hasta que nos llamaban para comer, de pantalones cortos hasta los catorce años, de niños que respetaban a sus maestros en clase y a sus padres en casa, tiempos en que todo lo atractivo era pecado, tiempos de atraso, de conveniencias y de ilusiones reprimidas.

En mi escalera, en un avejentado edificio de antes de la guerra, con más de cuarenta vecinos y un anticuado ascensor con botones de latón, cabina de madera con múltiples ralladuras mal disimuladas bajo la capa de barniz, paredes de cristal, y motor con poleas y contrapeso a la vista, solo había un niño de mi misma edad, Joaquín, vecino del cuarto primera, con quien compartía, muy de vez en cuando, juegos y secretos infantiles hasta que la adolescencia nos separó no sé muy bien por qué.

Todos los edificios que formaban la manzana de viviendas daban a un enorme patio interior donde, en los tejados de las plantas bajas, deambulaban decenas de gatos a sus anchas, a los que alguna que otra vecina solitaria y amante de los animales les echaba, contra la voluntad de la mayoría de sus convecinos, que no querían ver crecer a aquella comunidad asilvestrada, comida generalmente compuesta de desechos que, en lugar de acabar en el cubo de la basura, terminaban en el buche de los hambrientos felinos que no paraban de engordar y reproducirse.

De puertas adentro, la oscura y triste escalera de nuestro edificio se veía amenizada, todos los días, con la música salida del teclado de la señora Rosita, vecina del segundo segunda, ensayista de escalas musicales, arpegios y gorgoritos por las mañanas y profesora de solfeo y piano para niños y niñas por las tardes, así como con la voz de barítono del señor Jaime, vecino del segundo primera, que durante su afeitado matutino nos deleitaba con un aria operística o un fragmento de zarzuela. Así pues, todo el elenco musical conocido vivía en el mismo rellano y nosotros gozábamos de una ubicación auditiva privilegiada en el palco del tercero.

Cada vecino, cada familia, tenía, naturalmente, sus historias particulares, unas más emocionantes que otras, unas más reales que las demás, unas más tristes de lo que debieran, pero ese vecindario, formado por un mosaico de las más diversas tipologías, tenía algo en común: haber sobrevivido a una guerra civil, haber formado una familia, pertenecer a una clase trabajadora que, a base de esfuerzo y paciencia, lograría prosperar hasta situarse en una clase media que, con sus ahorros de años de trabajo, podría comprarse los electrodomésticos que, con tanto retraso respecto a otros países, entrarían en nuestros hogares para hacernos la vida más cómoda y, los más acomodados, hasta podrían adquirir ese utilitario tan preciado a plazos.

En ese vecindario tan variopinto coexistían un amplio abanico de profesiones: desde un propietario de un bar de alterne hasta un ex comisario de policía. Y en casa, una familia de seis miembros, formada por mis padres, mis dos hermanas, mi abuela paterna y yo, sobrevivía gracias al pluriempleo de mi padre, desde que salía el sol hasta que se ponía, y a la costura por encargo de mi madre, en el poco tiempo libre que le quedaba después de ejercer de ama de casa, generalmente de noche.

Esa escalera de vecinos era como un enjambre de abejas obreras pero trabajando cada una por su cuenta y riesgo, sin un panal común que defender, sin más objetivo que el de mejorar las condiciones de vida de cada uno de sus miembros. Pero, aun así, era una comunidad donde todos se conocían, se hablaban y se ayudaban: ese “me prestas un poco de sal y harina que me faltan para cocinar”, ese “puedo dejarte al  niño mientras voy a por el pan”, ese “apúntalo a la cuenta que mañana te lo pago”, o esa compañía en momentos de enfermedad o de duelo. Esa escalera de vecinos fue el viejo árbol que sustentó el nido donde nací, el bosque abigarrado por el que me moví durante mis aventuras y desventuras infantiles y juveniles, el refugio donde escondí mis penas adolescentes, el campo donde abandoné mi vida de soltero y del que salí para vivir una nueva vida, más plena, más satisfactoria pero también más complicada.

Recuerdo y recordaré con cariño y con cierta nostalgia mi paso por esa comunidad de vecinos, en la que ya casi no queda ninguno de los integrantes que conocí, y mis orígenes humildes de los que me siento tan orgulloso.
 
 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Otro cuento de Navidad


Felipe era un tipo raro según los cánones sociales. No le gustaba la Navidad. ¡Qué digo! Odiaba la Navidad y toda la parafernalia pre y post-navideña, por no hablar de la insoportable Noche Vieja, con la consabida retransmisión de las doce campanadas y el inevitable atragantamiento con alguna uva rebelde.

Hacía algunos años que Felipe huía de todas estas celebraciones, refugiándose en algún hotel caribeño o de algún país lejano donde, para empezar, no hiciera frío, de modo que ni tan siquiera la temperatura ambiente le recordara que el invierno había llegado y, con él, esa absurda celebración de masas.

Pero tal fórmula no le había servido de mucho pues allí donde iba, algo o alguien le recordaban que estaba en plena época de buenas intenciones, de mejores palabras y de gran hipocresía. El árbol de Navidad, un Santa Claus de pacotilla, las cancioncitas pegadizas, la típica cuenta atrás, los sorbos de champán y las risas ebrias que solo son una tregua fugaz a la envidia y a la enemistad con las que conviven esos mismos sujetos el resto del año, le evocaban todo aquello que más detestaba. Ni su encierro en la habitación del hotel de turno durante los instantes álgidos de tal efervescencia comunitaria le resultaba lo suficientemente aislante, pues el jolgorio que tenía lugar en el restaurante o en la sala de fiestas era de tal magnitud que llegaba, perfectamente audible, hasta sus atormentados oídos.

Por lo tanto, ese año había tomado una sabia decisión: se aislaría de todo ese bullicio y disfrutaría de un largo y tranquilo retiro en un recóndito lugar donde nada ni nadie perturbara sus largas y tranquilas vacaciones de invierno. Leería, daría largos paseos, quizá pescaría alguna trucha, dormiría hasta saciarse de descanso y, ¿por qué no?, escribiría un diario como hacía de niño, un diario en el que dejaría constancia de todos sus pensamientos y su más que fundada aversión a esa Navidad impuesta por una sociedad consumista que cubre de una pátina de tradición y religiosidad su verdadera naturaleza materialista.

Solo el ajado calendario de pared, que halló en la cocina de la fría y vieja vivienda que le acogería durante su retiro voluntario, le recordaría el paso de los días y así podría poner fin, puntualmente, a su retiro físico y mental, una vez traspasada la barrera del año nuevo, ese que todo el mundo deseaba que fuera próspero y feliz pero que sería otro más de los muchos que llevaba soportando.

Y en esa situación de soledad se hallaba Felipe cuando la segunda noche de estancia en aquel apartado lugar, la de Nochebuena, mientras leía aquel libro que no había forma de terminar, alguien llamó a la puerta. Extrañado por tan insólita intromisión, preguntó, con una voz que se negaba a salir de sus temerosas cuerdas vocales, quién llamaba a esas horas tan intempestivas.

-Soy tu muñeco de nieve –oyó que le contestaban desde el exterior.
-¿Cómo? –fue todo lo que pudo decir Felipe ante tan absurda afirmación.
-Sí, tu muñeco de nieve –insistió aquella voz desconocida-. Anda, abre y te convencerás.

Con una vieja y herrumbrosa escopeta de caza en las manos, que había encontrado en el desván y que no debía haber disparado cartucho alguno desde muchos lustros atrás, Felipe abrió, despacio y con extremada cautela, la puerta y lo que vio le dejó boquiabierto. Ante él, había, efectivamente, un muñeco de nieve en toda regla, con una raída bufanda alrededor del grueso cuello, un gorro de lana en su testa, una zanahoria como nariz, dos castañas a modo de ojos y con una tosca pipa de madera colgando de lo que pretendía ser una boca.

-¿Me vas a dejar pasar o esperarás a que me derrita cuando salga el sol? –le dijo el muñeco en un tono de impaciencia.
-Pero… pero… pero… -era todo lo que pudo articular un Felipe atónito antes de restregarse los ojos dos o tres veces por si lo que veía era una alucinación o un sueño del que debía despertar.
-Vaya hombre –le dijo el hombre de nieve-, ya sé que han pasado muchos años pero creía que, aun así, te acordarías de mí.

Y como Felipe seguía pasmado y plantado ante la puerta sin moverse un ápice, el muñeco le hizo a un lado con suavidad y entró en la estancia donde una carcomida mecedora mantenía en su regazo un voluminoso libro abierto.

-Perdona mi intrusión, ya sé que no deseas ser molestado en estas fechas pero tu conducta no me ha dejado otra salida –le dijo su visitante nocturno-. Y ahora permíteme que tome asiento pues soy ya muy viejo y no me gusta hablar de pie y mucho menos si lo que tengo que decirte va para largo.
 
 
El sol salía por el horizonte cuando aquella inesperada visita salía por la puerta dejando a Felipe sentado en la vieja mecedora con cara triste y ojos llorosos.

-¡Cómo no le reconocí! –se dijo en voz alta-. ¡Si lo hice con mis propias manos! Aun recuerdo la cara de satisfacción de mi padre al verme en el jardín de casa, carreteando nieve de un lado a otro y amontonándola junto al enorme castaño para que al muñeco que iba a construir no le diera el sol y se conservara entero hasta el año nuevo.
¡Qué Navidades aquellas!. Qué lejos quedan y qué solo me siento después de la muerte de mis padres, la de mi único hermano y el divorcio. Qué feliz fui hasta que el infortunio vino a visitarme. Cómo odio ver la felicidad y la esperanza, aunque sean efímeras, aunque solo duren unos pocos días, en la cara de mis compañeros, de mis vecinos, del mundo entero.

Todavía faltaba una semana para el Año Nuevo. Todavía no era demasiado tarde –pensó-. No podía perder ni un minuto más. Y sin más demora, Felipe fue a por una pala, se sumergió en el frío del crudo invierno y, en la blanca explanada que presidía la fachada de la casa, empezó a echar paladas de nieve junto a uno de los abetos que la circundaban.

Al cabo de dos horas, sudoroso y exhausto, se sentó bajo el porche de la entrada y contempló, satisfecho, el resultado de su trabajo.

-No eres el mismo pero te pareces bastante y has ganado con el cambio. La bufanda es casi nueva, el gorro de lana también; en lugar de una zanahoria y dos castañas, tienes un kiwi por nariz y dos mandarinas por ojos y en lugar de una pipa te cuelga de la boca un cigarrillo electrónico. ¿Qué más quieres? Los tiempos cambian. Y yo también.

Y sin esperar respuesta alguna, Felipe entró en la casa, encendió el hogar y miró desde la ventana su muñeco de nieve con nostalgia y alegría a la vez, esperando que no se derritiera y aguantara, como mínimo, hasta el día de Año Nuevo.

Fue a por su diario que, sin estrenar, esperaba sobre la mesilla de noche y se dispuso a escribir en él la historia de su vida pasada, presente y futura.
 
 
 

lunes, 15 de diciembre de 2014

Generaciones



Nací para vivir. Puede parecer una perogrullada pero no lo es. Nací muerto, me dijeron. Al menos así lo creyeron mis padres y la propia comadrona que atendió el parto.

Me dejaron, amoratado y sin respirar, sobre una sábana, creyéndome muerto, sin siquiera haberse percatado que era un niño, el primero después de dos niñas.

Y solo, sin ayuda ajena, volví a la vida, si es que la había realmente dejado. Solo, empecé primero a moverme tímidamente, luego a gimotear y finalmente a gritar, como si quisiera regañar a quienes me daban la espalda con la tristeza pegada a la cara y en el alma.

Tenía que vivir y aun no sé muy bien porqué. Por lo menos, no sé si he tenido una misión que llevar a cabo y, por tal motivo, algo o alguien me reanimó.

Nacemos, nos reproducimos (la mayoría) y morimos, como cualquier ser vivo. Vista de este modo, la vida es como una novela, construida en tres partes: introducción, nudo y desenlace. Yo ya he completado las dos primeras y solo deseo que pasen muchos años hasta llegar al punto y final de la historia.

Cuando nació mi primera hija, inicié la segunda parte del libro de mi vida, dio comienzo una nueva generación que hoy la forman dos chicas ya en la edad adulta. Hasta hace muy poco, me preguntaba si habría y si vería una tercera generación en nuestro hogar.

Hoy he recibido respuesta a la primera duda: mi hija mayor me hará abuelo. Ahora solo falta una respuesta a la segunda: si viviré lo suficiente para verlo. Solo serán treinta y dos semanas de espera y todavía soy lo suficientemente joven, pero, de todos modos, esta espera, llena de inquietud y, a la vez, de ilusión, se me hará muy larga. Soy tan impaciente…

Si nací para vivir, quiero vivir para ver nacer y crecer a mis nietos y/o nietas, lo/las que van a formar una nueva generación, la tercera, ahora mismo, en casa. Una cuarta, dudo mucho que pueda verla pero quién sabe. Mis padres llegaron a ser bisabuelos, ¿por qué yo no?

Si los dos momentos más emotivos de mi vida fueron los nacimientos de mis hijas, espero poder disfrutar de nuevos instantes tan felices como aquellos, al contemplar la carita, enrojecida, hinchada o arrugada, de los bebés que verán la luz antes de que la mía se apague.
 
 

viernes, 5 de diciembre de 2014

Tanka no. 5


Bella es la vida
Como el río que fluye.
Con limpias aguas,
Lavo mi corazón
Para mejor vivirla.




viernes, 28 de noviembre de 2014

Hojarasca


Una imagen no siempre vale más que mil palabras, de la misma forma que no siempre inspira idénticas emociones. Donde uno ve tan solo un tronco caído en medio del bosque, otro ve un objeto digno de una fotografía artística, otro piensa en el motivo por el cual aquel árbol, viejo pero robusto, ha perdido parte de su cuerpo y otro, en fin, quizá solo vea algo útil para sentarse. Todo depende de la imaginación y sensibilidad del observador.

Esta mañana, paseando a mi perro, he caminado per una senda cercana cubierta de hojarasca, una alfombra de hojas muertas de distintos tonos y colores, como un mosaico de cerámica. No era un tapiz espectacular pues los colores no eran muy variados: un blanco grisáceo tirando a argénteo (que suena más poético), un amarillo que los que entienden de eso denominan ocre (que quizás queda mejor) y un marrón chocolate con leche (que resulta más original). Entremedio, el verde de la hierba todavía con vida, lucía con timidez.

Esta imagen, esta hojarasca, propia del otoño, cuántas veces la habrán visto ojos como los míos y pisado pies como los míos desde que los arboles han ido desnudando sus ramas y quizá nadie ha reparado en ella de la forma como yo lo he hecho esta mañana, cuando empezaba a clarear.

Habitualmente no presto mucha atención al suelo que piso, pues soy un despistado; sencillamente quería evitar pisar los excrementos de otros perros que frecuentan la zona. Pero esta mirada de precaución, tan práctica como prosaica, me ha hecho pensar, de pronto, en algo muy evidente pero que no siempre tenemos en cuenta: que la naturaleza, viva y muerta, forma parte de nuestro entorno natural, de nuestra vida; que, a la vez, todos formamos parte de esta naturaleza y que, como las hojas muertas, acabamos convirtiéndonos en humus, abono o energía que servirá para salvaguardar la vida en este pobre, maltratado, planeta nuestro.

No sé muy bien porqué hoy, precisamente, he tenido estos pensamientos a partir de esa imagen. Quizás la reciente pérdida de un ser querido hace que haya visto más cerca la fragilidad y la esencia perecedera de nuestra existencia, el ciclo de la vida. Las hojas muertas ha sido, seguramente, la imagen de la vida fugaz, de la vida que llega a su término. Hasta he sentido pena por las hojas que un día fueron verdes y que ahora, esparcidas por el suelo, esperan su transformación final.

A partir de ahora, creo que pisaré la hojarasca de los caminos y de las calles con un respeto casi reverencial.


martes, 25 de noviembre de 2014

Casualidad o causalidad



Este tema es algo recurrente en mí. Desde siempre, o al menos desde que cumplí la mayoría de edad intelectual, me ha intrigado la diferencia, si la hay, entre casualidad y causalidad, entre lo fortuito y lo motivado por una especie de plan vital.

Schopenhauer señala que cuando uno llega a una edad avanzada y evoca su vida, ésta parece haber tenido un orden y un plan, como si la hubiera compuesto un novelista. Acontecimientos que en su momento parecían accidentales e irrelevantes se manifiestan como factores indispensables en la composición de una trama coherente. Eso es lo que denomina Eduardo R. Zancolli el misterio de las coincidencias.

¿Cómo podía imaginarme yo, por ejemplo, el giro que iba a dar mi vida cuando estaba sentado en uno de esos mullidos sillones del hall de una empresa farmacéutica, esperando a ser entrevistado por su director técnico? Si, en aquel momento, una vocecita me hubiera dicho al oído “aquí, justo encima de tu cabeza, en el piso de arriba, trabaja una chica que se llama Roser” le hubiera contestado “bueno, ¿y qué?”. Años después, recordando ese momento, me asaltó la duda existencial que siempre me ha acompañado, la de si realmente existen las casualidades o hay una causa para todo o, por lo menos, para lo realmente importante.

Hace tan sólo unos días leí una de las muchas frases anónimas que uno lee por ahí y que me gustó de forma especial porque me hizo pensar en lo que acabo de referir y que decía así: “Nadie se cruza en tu camino por casualidad y tu no entras en la vida de nadie sin ninguna razón”.

Si desde el día en que conocí a Roser, hoy mi mujer, rebobino hasta el momento en el que todo empezó, cuando decidí estudiar Ciencias Biológicas, pienso que el camino hasta encontrarla estuvo plagado de sucesos encadenados que no fueron fortuitos.

Con dieciséis años, cursando Preuniversitario, acabé decidiéndome a estudiar Biológicas tras haber descartado mis otras dos preferencias, Medicina y Farmacia, por ese orden, la primera por la gran responsabilidad que representaba tener en mis manos la vida de un ser humano, y la segunda por mi profundo desconocimiento de sus salidas profesionales que no fuera la de atender al público tras un mostrador.

Ya en el último curso de biológicas, habiendo elegido la microbiología como mi orientación profesional, se me presentó la oportunidad que andaba buscando para poner en práctica mis conocimientos académicos, sin cobrar ni un duro por ello, por amor a la ciencia y a mi formación, al saber por boca de un compañero y amigo de clase que marchaba a cumplir el servicio militar, debiendo dejar, por un tiempo, su plaza de voluntario en el Instituto de Investigaciones Pesqueras (hoy Instituto de Ciencias del Mar). Al cabo de unos meses de haberlo sustituido, al licenciarme, en junio de 1974, pude optar a una beca financiada por el entonces en marcha Tercer Plan de Desarrollo impulsado por el Gobierno de la época, pero con la muerte de Franco dicho Plan no solo no se renovó en forma del anunciado Cuarto Plan de Desarrollo sino que fue finiquitado de un plumazo, quedándome yo sin plan y sin beca. Así que me vi en la necesidad de buscar nuevos horizontes y dos de ellos bien podían ser la industria farmacéutica y la alimentaria. El raudal de cartas ofreciéndome como microbiólogo tuvo su primer fruto en una oferta de una importante empresa alimentaria para ocupar el puesto que dejaba vacante una joven madre que había decidido dedicarse, en lo sucesivo, a las labores domésticas. Pocos días antes de mi incorporación, un cambio repentino de decisión por parte de la susodicha, me dejó en la estacada. No obstante, una nueva oferta vivo a sustituir la anterior y, en esta ocasión, una empresa farmacéutica fue la que me invitaba a engrosar su plantilla. Cuál sería mi sorpresa al comprobar que mi entrevistador y empleador era, ni más ni menos, que mi profesor de Bioquímica de tercero de Biológicas quien, al ver mi currículum, me reconoció y apostó por mí. Y quién me iba a decir a mí que allí conocería a la que hoy es mi mujer desde hace treinta y cinco años, casi tantos como los que hace que inicié mi andadura en la que ha sido hasta hace poco mi profesión.

Así pues, mi decisión por descarte hacia la biología mis aprensiones éticas y mi ignorancia, la de mi compañero y amigo de hacer el servicio militar normal al término de la carrera y no las milicias universitarias a lo largo de ella, la muerte del dictador justo antes de la renovación del Tercer Plan de Desarrollo, la decisión del Gobierno de no ejecutar un Cuarto Plan, dando al traste con los proyectos y becas a él asociadas, mi decisión de cambiar el rumbo de mi carrera hacia la empresa privada, que la joven de la empresa de alimentación a la que debía sustituir decidiera, a última hora, quedarse, el que una de mis solicitudes de trabajo cayera en manos de aquel profesor de bioquímica que todavía ejercía como tal en su tiempo libre y que consultó mi antigua ficha de alumno para comprobar si era merecedor del cargo que me iba a ofrecer, el haber sacado un notable alto en su asignatura y, finalmente, que en el turno del desayuno en la empresa en la que acabé incorporándome, coincidiera con una chica joven, guapa y soltera con la que congenié desde el primer momento, todo ello forma parte de mi vida pasada y presente.

¿Cuál de estas decisiones o sucesos (hay algunos más entremedio que he obviando para no extenderme más de la cuenta) fue la más importante? A bote pronto, diría que el haber cursado Ciencias Biológicas, pues de haber optado por otra carrera universitaria, no se hubieran dado las otras circunstancias, pero aun habiéndome licenciado en Biología, si todas y cada una de las sucesivas situaciones que he enumerado no hubieran tenido lugar, tampoco habría llegado al mismo fin de la historia.

Si el curso de los acontecimientos hubiera sido distinto, no habría conocido a mi actual esposa, probablemente me hubiera casado, o no, con otra mujer y habría tenido, o no, otros hijos. Pero, como dijo Schopenhauer, cuando miro atrás, parece que mi vida ha seguido un plan y que todo estaba escrito, predeterminado. ¿Casualidad o causalidad?

Sea como sea, ha sido un plan magnífico del que no me lamento, todo lo contrario, le aplaudo, sea quien sea el novelista que lo haya escrito.