sábado, 15 de febrero de 2025

¿El demonio existe?

 


De niño recibí una educación católica tanto en casa como en la escuela, y según ella, creía en la existencia de un Dios creador, del cielo, del infierno, y de los ángeles y demonios. Ya en la preadolescencia, esas creencias cayeron en el vacío y ahora puedo calificarme de agnóstico, respetando otras creencias religiosas sin hacer burla de ellas ni apología de la mía.

Pero lo que está claro, salvando las diferentes posturas, es que el demonio sí existe, pero con otro nombre: el mal.

El mal siempre ha existido y existirá, y se presenta de distintas formas humanas.

Para mí, el demonio no es, como asegura el Antiguo Testamento, un ángel caído, sino un hombre de carne y hueso. Y del mismo modo que la religión católica concede al demonio nombres distintos, los demonios humanos también los tienen. Nombres y apellidos.

Aunque el mal siempre ha estado ligado al ser humano, me da la impresión de que, de un tiempo a esta parte, se está extendiendo de forma alarmante e imparable y atrapa a cada vez más seguidores que, a su vez, se convierten en otras formas de maldad.

Los demonios a los que me refiero, suelen actuar movidos por diversos intereses, aunque el principal es el económico, a través del cual atesoran un poder casi indestructible, ante la pasividad o impotencia del resto de mortales, que les temen, pero no se atreven a derrotarlos. Estos demonios se aprovechan de la malicia innata de algunos, de la ignorancia de muchos y de la indiferencia de gran parte de la población.

Y estos demonios de carne y hueso conviven orgullosamente con todos nosotros. No podemos tocarlos porque son intocables, pero podemos nombrarlos por su nombre: Trump, Putin, Netanyahu, y otros muchos dictadores extremistas, que no dudan en acallar a sus oponentes con una violencia extrema, tanto verbal como física, sin importarles su repercusión a gran escala. En mi opinión, son auténticos sociópatas, sin sentimientos, que se crecen con sus desmanes maquiavélicos y que solo saben generar odio. También existe una especie de jerarquía entre los del montón. Los hay mayores y menores, pero todos desean lo mismo: asemejarse a los principales, a los que dominan, o quieren dominar el mundo. Pero todos ellos tienen algo en común: que desprecian y atacan al pobre y defienden al rico y poderoso.

A veces me gustaría que existiera el Dios del Antiguo Testamento y que los borrara de la faz de la tierra.

¿Acabará imponiéndose el sentido común y la justicia? Lo ignoro.

A los creyentes católicos, no sé si la lectura de las ocho Bienaventuranzas les generará alguna esperanza. A mí, desde luego, no.


domingo, 19 de enero de 2025

Tradiciones y supersticiones

 


Reconozco que soy rarito o, por lo menos, atípico, pues no soy mucho de tradiciones, la mayoría me parecen primitivas, arcaicas, y sin ninguna conexión o arraigo con la realidad actual. La mayoría de la gente “normal”, en cambio, les encanta, las cultiva, las patrocina y las recupera de un pasado un tanto remoto. Y todo por el bien cultural, dicen.

Comprendo, pues a mí también me agradan y las practico, que se conserven aquellas que, al menos desde mi punto de vista, tienen una base entrañable. Celebrar los cumpleaños, la verbena de San Juan (que tiene un arraigo histórico, por cuanto rememora la celebración del solsticio de verano), el cambio de año (que viene a ser un cumpleaños de la humanidad) y, cómo no, las navidades, que, aun siendo de origen cristiano, también procede de la celebración pagana del solsticio de invierno, pero transformado en una fiesta que, de ser exclusivamente religiosa, ha pasado a ser de dominio mundial, aunque actualmente se sustente en intereses materiales. Niños y mayores esperan esas fechas para disfrutar de unas fiestas, con sus vacaciones incluidas, que duran más de quince días.

Pero este periodo tan entrañable, tiene su ingrediente supersticioso. Costumbres que no se sabe muy bien de dónde proceden, pero que se han ido heredando de generación en generación. Están ya tan enraizadas que quien osa pasar de ellas es tachado, como mínimo, de aguafiestas.

Para mí, las tradiciones más entrañables son: montar el belén y el árbol de Navidad (aunque este parece haberse incorporado con la fallida intención de sustituir a aquel y para copiar una costumbre extranjera, supuestamente de origen alemán); el clásico menú navideño (que parece que también se intenta sustituir por otro más a la última moda culinaria); los turrones y polvorones; la lotería (de Navidad y del Niño); la cabalgata de los Reyes Magos de Oriente y sus regalos (que, de momento, no ha sido desplazado por el impuesto y foráneo Papa Noel).

En cuanto a las tradiciones supersticiosas, tenemos: regalar a otra persona (que no a sí mismo) una ramita de muérdago, que trae buena suerte; pasar el décimo de la lotería por una calva o una joroba para que nos toque el premio gordo; acudir al sorteo de Navidad disfrazado; brindar con un anillo de oro en la copa de cava; ponerse en Nochevieja ropa interior de color rojo; tomar doce uvas al compás de las doce campanadas, y pedir un deseo tras haberlas tomado. Y así otras muchas prácticas que, aunque simpáticas, no tienen mucho sentido y que varían entre comunidades y países. En mi caso, excepto lo de tomar las uvas al son de las campanadas y que siempre suele haber alguna ramita de muérdago que alguien nos ha regalado, nada de lo demás se practica en casa. Ah, bueno, se me olvidaba: una vez me vi obligado a ponerme unos calzoncillos rojos, pero no se lo digáis a nadie.

Tradición o superstición. Esa es la cuestión. Pero ambas están tan mezcladas, formando el grueso de nuestras celebraciones navideñas, que pueden resultar indistinguibles y casi inseparables.

Por cierto, yo no soy supersticioso, pues dicen que trae mala suerte.

 

domingo, 8 de diciembre de 2024

La tregua navideña

 


Como ya mencioné en una entrada dedicada a las guerras, en la actualidad hay unos 56 conflictos bélicos activos en el mundo, la mayor cantidad desde la II Guerra Mundial, con 92 países involucrados en guerras fuera de sus fronteras. Ciertamente es algo horrible.

El escritor libanés, Amin Maalouf, galardonado el pasado 2 de diciembre con el premio internacional Catalunya 2024, ha subrayado “la incapacidad del hombre de convivir de una manera pacífica y armoniosa”.

Muy de vez en cuando, oímos hablar de una tregua en tal o cual conflicto armado, pero o bien no acaba realizándose o tiene por objeto reorganizarse o rearmarse para volver a atacar al enemigo con más crudeza, si cabe, pero nada que ver con mantener, aunque solo sea por unos días, un descanso del cuerpo y el alma, especialmente en días señalados, como puede ser la Navidad.

La primera tregua navideña conocida tuvo lugar durante la primera Guerra Mundial. Las tropas británicas y alemanas disfrutaron una Nochebuena de alegría en medio de las cruentas batallas de aquella contienda.

El 7 de diciembre de 1914, el Papa Benedicto lanzó desde Roma un llamamiento a los líderes de Europa para que declararan una tregua navideña, aunque solo fuera por un día. Los líderes europeos, sin embargo, ignoraron su súplica. 

Aun así, ocurrió algo extraordinario en vísperas de Navidad: Las tropas alemanas, en un acto espontáneo, dejaron las armas e invitaron a los soldados ingleses a celebrar la Navidad con ellos. Hoy se recuerda como la Tregua de Navidad. Algo muy bonito, pero que no deja, en mi opinión, de ser un contrasentido: hoy dejamos las armas, pero mañana seguiremos matándonos.

Quizá en la actualidad se siga celebrando alguna tregua durante el periodo navideño, pero no se hace público para que no se interprete como un signo de debilidad por parte de los contendientes.

Hasta aquí un apunte histórico sobre las treguas militares.

Los que me conocéis, sabéis cuánto me gustan las introducciones que parecen conducir a un punto, para luego llevaros hacia otro muy distinto, pero en cierto modo relacionado. Y es que, además de en el campo de batalla, también se practica una tregua, que yo llamaría emocional, durante estas fiestas tan entrañables. También es una tregua de Navidad, pero en otro sentido.

Como escribió Juan Luis Valenzuela (elplural, 23 de diciembre de 2023), «La festividad navideña, resplandeciendo en rojo en calendarios alrededor del mundo, convoca a multitudes en un abrazo anual de unidad y vínculos familiares. Es un periodo donde los corazones se abren a la empatía, y los lazos afectivos se refuerzan en torno a mesas compartidas y risas contagiosas. Es un crisol de tradiciones, desde la entusiasta decoración hasta las canciones resonando en cada rincón, todos buscando una misma meta, ese momento de conexión y dicha que solo la Navidad parece invocar. Un oasis en el tiempo que invita a sumergirse en la gratitud y el afecto, recordándonos la importancia de valorar la presencia de nuestros seres queridos» Esto es lo que podríamos llamar el espíritu navideño.

Hacia finales del mes de noviembre ya se empiezan a encender las luces navideñas en las calles. En algunas ciudades ello representa un acto festivo de grandes dimensiones, compitiendo en fastuosidad con otras. Los escaparates de los centros comerciales muestran todo su esplendor y la publicidad en las televisiones públicas y privadas nos muestran cuerpos esculturales anunciando un perfume que, para realzar todavía más su atractivo, se publicita en francés o inglés. Los turrones y los regalos llenan la pantalla, siempre acompañados de un mensaje de amor y paz, mostrando familias felices por celebrar esos días tan esperados, sobre todo por los comerciantes. El Black Friday y luego el Ciber Monday acaba de retocar ese ambiente tan festivo y que luego se hará sentir en nuestros bolsillos. A continuación, aparecerán los anuncios de juguetes, para facilitar a los niños la escritura de la carta a Papá Noel y a los Reyes Magos, y porque no hay más personajes a quienes pedir juguetes, que si no...

No quiero que se me confunda con el Grinch, el archienemigo de la Navidad. Yo la gocé, en mi infancia, como cualquier otro niño que esperaba ansioso estas fechas, y no solo para disfrutar de las vacaciones escolares, sino para celebrarlas en familia, montando el Belén y, años más tarde, cuando ya no se consideraba algo pagano, el árbol de Navidad. Y también recitando el verso aprendido en la escuela ante la familia sentada a la mesa el día de Navidad, desde lo alto de una silla, para luego recibir un pequeño aguinaldo.

Eran días de diversión, olvidándonos del colegio, los niños, y del trabajo, los mayores, para volver a la rutina a los pocos días.

Lo que critico de este acontecimiento anual no es ni su tradición, ni lo que representa para unir los miembros de una familia, sirviendo de lazo de unión entre aquellos con los que, durante el año, no tenemos ocasión de reunirnos con frecuencia. Lo que critico es el obligado buenismo: los mensajes de paz y amor para imbuirnos un sentimiento de falsa concordia que solo tiene por objeto cazarnos como compradores de felicidad en forma de regalos. To er mundo e güeno, como rezaba la película de Manuel Summers. Todos tenemos que ser buena gente, aunque solo sea por una o dos semanas. Y luego de vuelta a la normalidad.

Este hecho anecdótico queda claramente reflejado en la cena con los compañeros de trabajo. Todo son beneplácitos, sonrisas y buenos deseos, incluso algún que otro abrazo, seguramente bajo los efectos del alcohol, con aquél a quien no soportas y que es un cabronazo. Pero por unas horas todos somos hermanos del alma. Y cuando volvamos a la oficina, todo volverá a ser como unos días, u horas, antes. El cabronazo seguirá siendo un cabronazo y el envidioso también lo seguirá siendo.

Pero al margen de esta hipocresía forzada por las circunstancias y volviendo al entorno social y familiar, estamos sometidos a una presión mediática que no se producía en mi niñez o, por lo menos, no de una forma tan agresiva.

El caso es que esta influencia exterior ha cuajado tanto, que hemos acabado interiorizando esos mensajes de amor y paz, hasta el punto de que nos sentimos obligados a desearle “felices fiestas” y “feliz año nuevo” a ese vecino a quien no soportamos. Y ello acompañado de una sonrisa forzada, una escenografía aprendida y practicada de año en año.

Ese periodo, entre el inicio y el final de la campaña navideña, no es más que una tregua, durante la cual dejamos de lado nuestras trifulcas y hostilidades, para poner buena cara y hasta darle la mano al enemigo, como en el campo de batalla.

Ojalá no hicieran falta treguas de ningún tipo y todos viviéramos en armonía durante todo el año. Hay un refrán catalán que dice: «Si Nadal és amor, pau i alegría, fem que sigui Nadal cada dia» (Si la Navidad es amor, paz y alegría, hagamos que sea Navidad cada día). Bonito, ¿verdad? Pero, por desgracia, esto no es más que una utopía, así que debemos conformarnos con la triste realidad.

A pesar de los pesares, yo sigo disfrutando de estas fechas tan señaladas, sobre todo viendo cómo se los pasan bien mis hijas y mis nietos y les deseo felices fiestas a todos ellos y a todos los conocidos con los que me cruzo. Debo estar adoctrinado desde pequeño en la cortesía.

Pero no penséis que siempre actúo hipócritamente, con mentiras piadosas, pues tengo, por fortuna, muchos amigos, familiares y gente de bien a quienes estimo lo suficiente como para desearles sinceramente unas felices navidades.

Y como muestra de ello, os deseo unas muy felices fiestas y, si me permitís un consejo, procurad no tirar la casa por la ventana —si es que no lo habéis hecho ya—, que luego vendrá la famosa cuesta de enero y los comercios ya se encargarán de tentaros para que gastéis un poquito más en las rebajas de enero.

Lo dicho, pues, que paséis unas felices fiestas y hasta la vuelta, amigos.

 


miércoles, 27 de noviembre de 2024

Reiteración sin fin

 


¿Os imagináis leer en el periódico cada día la misma noticia, acompañada de las mismas imágenes? ¿No sería lo suficientemente cansino como para dejar de comprar ese periódico? Pues algo parecido sucede con las noticias emitidas por las distintas cadenas de televisión de este país. Y uso el plural porque ello no es cosa de una única cadena ni de un único programa informativo. Todos practican ese mismo juego, especialmente cuando la noticia es muy jugosa, es decir, que da para mucho, tanto por su interés mediático como social.

Este hecho, que vengo observando desde hace años, últimamente ha llegado a cotas, a mi juicio, exageradas e innecesarias.

Desgraciadamente, estamos viviendo malos momentos en nuestro país. A las desgracias naturales hay que añadir las tormentas políticas. Entiendo, pues, que haya que dar cobertura periodística a todas ellas, pero en su justa medida.

Da igual si el protagonismo se lo lleva la terrible DANA, el caso Koldo/Ábalos, la pareja sentimental de Díaz Ayuso, el caso de Begoña Gómez, de Víctor Aldama, de Álvaro García Ortiz y de tantos otros personajes supuestamente implicados, directa o indirectamente, en posibles casos de corrupción.

Pero una cosa es informar y otra muy distinta es repetir hasta la saciedad las mismas noticias y las mismas imágenes durante semanas. Hay programas de tertulia social y política que, a lo largo de sus tres horas de emisión, tratan de los mismos temas en bucle. De pronto pasan a otro nuevo para luego volver al anterior, cuando parecía que ya había quedado finiquitado, pues han invitado a nuevos tertulianos para conocer su punto de vista. Y esas mismas noticias e imágenes también acapararán los informativos de la mañana, mediodía, tarde y noche.

Entiendo que a lo largo de 24 horas se repitan las mismas noticias para que quienes se incorporan al programa a una hora determinada tengan la oportunidad de enterarse, pues no han podido conectarse durante el resto del día. Pero si, por estar de baja, jubilado o en el paro, se tiene la posibilidad de ver la televisión en distintas franjas horarias, no es de extrañar que tenga que volver a oír y ver exactamente lo mismo. Pero lo que no es de recibo es que esa reiteración se produzca con una excesiva continuidad.

La información sobre hechos relevantes tiene que actualizarse aportando nuevos datos a medida que estos se producen. A fin de cuentas, es como una serie televisada, que con cada nuevo capítulo continúa la historia allí donde la has dejado. Recordatorio sí, para hacer memoria de cómo empezó todo, pero que con el paso del tiempo tengamos que volver a ver, por ejemplo, la visita de los reyes a Paiporta y todos los incidentes que tuvieron lugar durante la misma, cómo la riada de agua arrastraba coches y contenedores, la misma manifestación popular contra los dirigentes políticos y las mismas declaraciones, y así un largo etcétera, es totalmente inaceptable. ¿Acaso no hay novedades sobre la reconstrucción de las zonas afectadas por la DANA o bien sobre los casos de corrupción que se están investigando, que tenemos que ver y oír una y otra vez los mismos comentarios de unos y de otros? Sí que se va aportando nueva información, faltaría más, pero siempre precedida o seguida de la que ya conocemos de antemano y de memoria. Y todo ello para llenar horas y horas de programación y pensando siempre en el índice de audiencia. Que el resultado de un partido de fútbol muy interesante se emita uno o dos días después de haberse jugado es natural, pero imaginaos ver el mismo resumen durante toda la semana. Sería ilógico y pesado. ¿Por qué, pues, nos machacan con la misma información durante semanas enteras? Después de tal hartazgo, dure lo que dure, los periodistas y los periódicos o emisoras de radio y televisión para los que trabajan se olvidarán del asunto y a otra cosa mariposa. Porque, ¿qué ha sido de los afectados por la erupción volcánica en la isla de La Palma? ¿Han recibido todos ellos las ayudas prometidas? Pero este tema ya ha perdido su interés mediático, ya no sirve para calentar los ánimos ni para que los políticos se peleen. Hay, pues, que pasar página y buscar algo nuevo en el que cebarse.

Y también podría citar las noticias poco relevantes con las que rellenan las que sí lo son. Vaya por delante que siento muchísimo la pérdidas humanas y materiales que han sufrido los habitantes de las zonas afectadas por la DANA, pero me parece innecesario ir entrevistando a cada uno de los afectados para que nos cuenten y muestren cómo quedó su casa, cuántos enseres han perdido y lo desesperados que están por la escasa ayuda que están recibiendo. Hay momentos que siento como algo morboso los detalles de cómo fallecieron sus amigos, vecinos o familiares, cuando ya tenemos información suficiente sobre la catástrofe y ya hemos visto cientos de veces las mismas imágenes. Podría alegarse que se quiere sensibilizar a los espectadores y que comprendan —si todavía no lo han comprendido— lo desesperante de cada situación personal y promover las donaciones de particulares.

Pero más bien pienso que los periodistas que se acercan a los damnificados, como moscas a la rica miel, solo buscan notoriedad y publicidad para la cadena de televisión para la que trabajan, en cuya redacción ya se encargarán del montaje de la noticia y de debatir lo mismo hasta la extenuación (del espectador, claro).

Además, creo que tanta información ha propiciado que muchos desaprensivos y malnacidos se dediquen a fabricar bulos que luego se extienden como la pólvora por las redes y se hacen cada vez más grandes y peligrosos.

Así pues, información sí, toda la necesaria, fiable, por supuesto, pero con la debida mesura. Más vale una información breve, pero de calidad, en lugar de estirarla como un chicle sin aportar nada nuevo, dando vueltas y más vueltas sobre el mismo tema y así tener ocupada la audiencia el tiempo que haga falta.

La reiteración periodística hace, a mi entender, un flaco favor al periodismo serio y de calidad. La solución definitiva para no sufrirla es la desconexión total, pero no es fácil, por no decir imposible, vivir aislado de lo que ocurre a nuestro alrededor.

En todo caso, se puede recurrir a una solución intermedia: apagar el televisor cuando se pongan pesados mostrando por enésima vez los mismos vídeos y los mismos comentarios, porque cambiar de canal no siempre es útil, ya que en todas partes cuecen habas.

 

martes, 19 de noviembre de 2024

Los escapistas

 


Según el diccionario, el escapismo consiste en la práctica de escapar desde un encierro físico o de otras trampas. Yo, aquí, le doy otro significado: escapista es el que se evade de cualquier responsabilidad cuando algo sale mal por su culpa.

Desgraciadamente, a raíz de la tragedia producida por la DANA en Valencia, parte de Castilla-La Mancha y de Andalucía, vemos como ha proliferado esta actuación, cuyo primer responsable de la falta de proactividad y de una pésima gestión, no solo se excusa de su responsabilidad, sino que echa balones fuera, como popularmente se dice, señalando a otros estamentos: la AEMET, la UME, la Confederación hidrográfica del Júcar y, como no, al Gobierno de la Nación.

Pero no voy a tratar aquí esta desgraciada tragedia y lo que se desprende de ella, pues yo, siento decirlo, empiezo a estar saturado de tanta información, desinformación, mala praxis, bulos y falsas acusaciones.

Aun así, el tema que quiero tratar aquí está íntimamente relacionado con lo anterior, pues esta suerte de escapismo está presente en muchos otros ámbitos de nuestra vida, especialmente el laboral, tal y como yo, por desgracia, he tenido ocasión de observar e incluso vivir en primera persona.

Cada vez que oigo a algún político acusando a otro de algo que solo a aquél le concierne, señalando a los que están a su alrededor, ya sean colaboradores subordinados o iguales de otros departamentos, que nada, o casi nada, tienen que ver con el asunto fracasado, se me revuelven las tripas.

He visto y oído las excusas más disparatadas a fin de no reconocer el fracaso personal delante del superior jerárquico. Son individuos que mienten sin titubear ni mucho menos sonrojarse, incluso sacando pecho. Y si, por casualidad, quien debe analizar las causas de tal fracaso es un ignorante en la materia —algo no excepcional, pues ser jefe o director no significa que domine forzosamente las actividades de su departamento—, pues se cree a pies juntillas lo que afirma el escapista de turno.

Hay personas que tienen el don de mentir con tal naturalidad que dan la impresión de llevar razón en lo que dicen, si nadie es capaz o se atreve a contradecirlas.

He conocido a perfectos inútiles que se han ido salvando de toda responsabilidad gracias a su pericia y a su “carisma”. Y siempre hay el pobre “pringado” que se las carga por mucho que defienda su inocencia. Y es que en estos casos ocurre como a veces sucede con los testigos de un acoso sexual o laboral, que nadie se atreve a respaldar al acosado o acosada por temor a las represalias o porque son tan indecentes como el acosador.

La falta de moralidad a la hora de reconocer la culpa propia suele deberse al orgullo, a la soberbia y al deseo de escalar sin importar a quien se llevan por delante, aunque también puede deberse a una profunda cobardía. Un prepotente suele ser un cobarde o un acomplejado que compensa sus deficiencias con una actitud agresiva.

Muchas empresas y organismos oficiales funcionan con este tipo de personal en su organigrama, que no repara en hacer daño a diestro y siniestro para salvar el culo.

Todos estos personajes deberían pagar sus culpas tarde o temprano, pero, como ya dije en una ocasión, el famoso karma no existe, o por lo menos yo no lo he visto actuar, y si caen, siempre caen de pie, como los gatos.

 

lunes, 11 de noviembre de 2024

¿Quién hay detrás de esta firma?

 

Los que seguís asiduamente este blog, sabéis que suelo tratar temas de bastante actualidad, pero en esta ocasión me ha resultado muy difícil elegir uno con la importancia necesaria para tratarlo con la suficiente seriedad, conocimiento y objetividad. 1) La terrible DANA que ha sufrido la Comunidad Valenciana y cuyos efectos tardarán meses, si no años, en desvanecerse, y las implicaciones políticas de ese desastre que bien podría haberse evitado o, por lo menos, reducido su impacto sobre las vidas humanas; 2) los incesantes ataques del ejército israelí sobre Gaza, al frente del cual se erige la figura vil y retorcida de un genocida; 3) la persistente confrontación bélica entre un dictador ruso que se cree emperador de las rusias zaristas; 4) la crisis climática, que no hay Cumbre del Clima que logre acabar con ella, ni siquiera llegar a acuerdos realmente eficaces; 5) el negacionismo imperante por parte de influencers malintencionados; 6) la historia amorosa y financiera del rey emérito; y así un largo etcétera de casos que, al menos a mí me tienen desbordado, asqueado, anonadado y no sé cuántos calificativos más.

Ante ello, he recurrido a lo más fácil, a la figura del que será el nuevo presidente de los EEUU a partir del 5 de enero próximo. Será el segundo mandato de este líder tan controvertido y con características de su personalidad rayando la enajenación. Hablar del futuro a corto y medio plazo de los EEUU y el más que probable deterioro democrático es algo tan complejo que solo puede exponerlo con propiedad un periodista especializado. Así pues, me he decidido a reproducir lo que publiqué hace exactamente seis años y seis meses sobre la figura de este dictador moderno y populista, pues nada de lo que dije entonces ha cambiado y goza de la misma actualidad. Porque hay cosas que no cambian con el tiempo.

Así pues, eso es lo que escribía el 11 de mayo de 2018, durante la primera presidencia de Donald Trump:

 

Esta vez no voy a andarme con rodeos, ni con sutilezas, dejando al lector adivinar o sospechar quién está detrás de la historia, como hice en mi relato “El hombre más poderoso” (Retales de una vida, 05-02-2018). No, esta vez hablo de Donald John Trump, el magnate y político norteamericano, presidente de los EEUU por obra y gracia de sus votantes y propietario de esta firma. No hay posibilidad de confusión, no hay ─creo yo─ otra firma igual. No hay que ser un experto en grafología, cada firma lleva su seña distintiva de identidad. Vale, no es como una huella dactilar, pero casi. Así pues, ¿quién se esconde detrás de esta firma sin igual?

Según los expertos en el tema, la grafología es una pseudociencia que pretende definir la personalidad y el carácter de una persona. Según sus defensores, sin embargo, la escritura sí es una expresión de la personalidad. Algunos grafólogos incluso opinan que puede servir para diagnosticar el grado de salud mental de un individuo.

Recordaréis que, ante las continuas sospechas o acusaciones de desequilibrio mental de Trump, este fue sometido, por voluntad propia, a un test psicológico que determinó que sus facultades mentales eran óptimas. Según el médico de la Casa Blanca, Ronny Jackson, no había duda de que el presidente, “pese a bordear la obesidad y de abusar de las hamburguesas, estaba en plena forma física”. En cuanto a su salud mental, la prueba a la que fue sometido, un test cognitivo conocido como Montreal Cognitive Assessment, que evalúa básicamente la atención, concentración, memoria, lenguaje, pensamiento conceptual, capacidad de cálculo y orientación de un individuo, dio resultados más que satisfactorios. Dicho de otro modo, que Donald Trump es capaz de concentrarse, entender y memorizar lo que le dicen, sabe expresarlo ─a su manera─, y calcular y orientarse correctamente. Lo que ya no sé ─seguramente porque no soy psicólogo clínico─ es si sabe calcular el alcance de sus decisiones. El hombre está, pues, sano y cuerdo. Veamos ahora, según la grafología, qué tipo de hombre sano es.

En un artículo publicado el 30 de enero de 2017 en RT por María Jesús Vigo Pastur (ignoro la intencionalidad de esta redactora y técnica de comunicación), la grafóloga y perito calígrafo, Sandra Cerro, una de las expertas en grafología más reconocidas y solicitadas de España, calificó la personalidad de Trump, en base a su firma, del siguiente modo:

Las mayúsculas iniciales altas, forma angulosa (los llamados dientes de sierra) o ejecución en eje vertical, denotan autoridad, orgullo, inflexibilidad, temperamento fuerte y determinación.

La escritura continua, uniendo unas letras con otras, y la forma de terminar la firma indica un carácter de líder autoritario, el del yo ordeno y mando, más autoafirmador que realizador.

Esta información, según Sandra Cerro, revela que Trump es el “clásico líder dictatorial de tipo coercitivo”, que demanda ser el centro de atención y que requiere obediencia inmediata y sumisión por parte de sus subordinados. “Es una persona intransigente, que le cuesta ser flexible a la hora de respetar las opiniones y criterios de los demás”. Finalmente, lo califica como “una persona vanidosa y con una autoestima bastante alta (¿solo bastante?), a quien le gusta el ejercicio del poder desde la cúspide”.

Pero no todo van a ser rasgos negativos. Entre los positivos, la grafóloga destaca “su gran determinación y perseverancia. No para hasta conseguir sus objetivos”, aunque, a mi modesto entender, estas cualidades pueden ser un arma de doble filo, según sea el objetivo de su determinación. Lo que sí resulta claramente positivo y tranquilizador es que, según esta experta, también “es una persona moderada y reflexiva, en tanto que no es una persona impulsiva que se lance sin control a enfrentar decisiones o proyectos”. A mi modo de ver, no es esta la imagen que da ese mandatario ante las cámaras. Pero si lo dice la reputada grafóloga y perito calígrafo, por algo será.

Solo espero que así sea, y que esta cualidad la comparta con su rival en la política estratégica internacional Kim Jong-un, de cuya firma no he logrado obtener una imagen clara y fiable (¿será un secreto de Estado?), aunque recientemente este líder parece mostrar una cara más amable y una actitud más tolerante de la que nos tiene acostumbrados.

¿Y por qué tanto interés por la personalidad de Donald J, Trump?, os preguntaréis. Pues no sé. ¿Será porque le veo a diario, porque me cae fatal, porque es uno de los hombres más poderosos del mundo y porque tiene, en algún lugar ─espero que a buen recaudo─, un botón nuclear que, según sus propias palabras, es más grande y más poderoso que el de su colega norcoreano?

 

Nota: los que en su día leísteis y comentasteis esta entrada, estáis dispensados de volver a hacerlo. Poco debe quedar por añadir, pero si queréis agregar algo a lo que dijisteis en aquella ocasión (si es que lo recordáis) estáis en todo vuestro derecho de hacerlo. Faltaría más. 😉

 

martes, 29 de octubre de 2024

La fábrica del terror

 


El domingo día 13 y el lunes 14 de este mes de octubre, el programa de La Sexta, Salvados, emitió un reportaje, presentado por el periodista Fernández González (Gonzo) y dividido en dos partes, titulado “Las redes sociales: la fábrica del terror”. Y realmente me resultó terrible lo que vi y oí.

Todos sabemos lo peligrosas que pueden ser las redes sociales en manos de desaprensivos, que las usan con fines que muchas veces se pueden calificar de delictivos. Pero nunca me había imaginado que una red social como Facebook pudiera albergar una cantidad ingente de horrores con la connivencia de su fundador, Mark Zuckerberg.

En la Parte I del documental, Arturo Béjar, un ingeniero y ex directivo de Facebook, reveló los secretos más oscuros de esta plataforma, que, junto a Instagram y WhatsApp, conforma el Grupo Meta.

Este ex directivo, a lo largo de la entrevista, fue detallando cómo esa empresa tecnológica ignoró los daños que producía a sus usuarios y que acabó obligando a Mark Zuckerberg a comparecer ante el Senado de los EEUU y pedir disculpas públicas, asegurando (falsamente, como luego se vio) que se estaban tomando medidas de control para evitar dichos daños.

Béjar fue, precisamente, contratado por Zuckerberg para diseñar las herramientas de protección al usuario de Facebook. Pero, tras comprobar que la empresa ignoraba, a pesar de sus informes y recomendaciones, los perjuicios que Meta provocaba en los usuarios, el ex directivo decidió contar lo que sabía y podía demostrar. Este hecho y el descubrimiento del uso indebido de los datos de 87 millones de usuarios, hizo que Zuckerberg tuviera que declarar ante una comisión del Senado de los EEUU, presidida por el senador Dick Durin, viéndose obligado a pedir perdón a las víctimas de sus redes sociales.

En la Parte II del documental se mostró el infierno al que se enfrentan lo/as moderadore/as de contenido contratados por Telus International, una empresa canadiense subcontratada por Meta, que deben visualizar durante una jornada laboral interminable aproximadamente 800 vídeos y fotografías que circulan por esas redes y cuyo contenido, que se reveló en el programa, me puso los pelos de punta.

Son miles los moderadores que trabajan a diario frente a un ordenador para que, cuando los usuarios entremos en una de esas redes, no tengamos que ver lo más perverso, violento y obsceno que se publica y que jamás creeríamos posible.

Estos trabajadores tienen que firmar un acuerdo de confidencialidad al ser contratados, de modo que no puedan ser identificados. Aun así, en el programa participaron dos de incógnito, sin mostrar su rostro y con una voz distorsionada, pues quisieron contar lo que han vivido y que les ha cambiado para siempre, necesitando ayuda psicológica por el trauma sufrido por su trabajo.

El testimonio de Vanessa y Carmen, los nombres ficticios de las dos moderadoras de contenido que accedieron a participar en el programa, confirmó lo que Béjar denunciaba en el primer episodio de esta serie: la protección del usuario pasó de ser una prioridad a convertirse en un obstáculo para ganar más dinero.

En las visualizaciones a las que estaban sometidas esas dos jóvenes se podían ver decapitaciones, pornografía infantil, violaciones en directo, mutilaciones, torturas y suicidios de adolescentes, entre otras atrocidades, una forma, según calificaron, de ver “el mal encarnado en las redes”.

Si en un principio, cuando estos controladores veían algo susceptible de ser censurado —calificaban en tres los grados de gravedad— lo reportaban a un nivel superior que decidía si eliminar el contenido de la plataforma, al final ese examen se volvió mucho más laxo y tolerante, porque, según manifestaron, se valoraba muchísimo más el número de visualizaciones que su efecto nocivo. Obviamente, ello contradice por completo las palabras de Zuckenberg al prometer públicamente que haría todo lo posible para evitar a los usuarios de cualquiera de las plataformas de Meta un daño moral y psicológico.

Siempre me pregunto para qué sirven las comisiones de investigación si nunca, o casi nunca, se llega a aclarar lo investigado y, por lo tanto, a sancionar al supuesto delincuente, que siempre, o casi siempre, se libra de toda responsabilidad.

En el mencionado programa de La Sexta, no quedó claro qué ocurrirá en lo sucesivo con estas redes sociales tan frecuentadas por nuestros jóvenes (y no tan jóvenes) y cuyo contenido, en muchos casos, absorbe la mente de muchos seguidores, que caen en la red de infuencers y demás desaprensivos, cuya influencia puede llegar a ser muy perniciosa. Pero lo más preocupante es que puedan seguir difundiéndose fotos y vídeos como los que produce esa “fábrica de terror” y que pueden escapar al control de los sufridos vigilantes y al cribaje y decisión final de los que dicen actuar de protectores de la salud mental de sus usuarios, pero que solo les mueve un interés económico.

Las autoridades deberían llevar a cabo un control mucho más férreo de esas prácticas, pero ¿quién controla al controlador?