miércoles, 13 de septiembre de 2023

¿Qué me pasa, doctor?

 


Una vez de nuevo ante el ordenador y con las pilas a medio cargar por culpa de algunos contratiempos de salud, me he puesto a pensar qué es lo que me ha incomodado más estas pasadas semanas, si el calor bochornoso, las aglomeraciones, los guiris ruidosos e impertinentes, la carestía de la vida, la actividad política española e internacional o alguna otra cosa que me haya llamado la atención. Pensando, pensando y retrocediendo unos dos o tres meses, he acabado seleccionando, no ya esos problemillas de salud, sino cómo he percibido la atención médica que he recibido. Así pues, no voy a relatar cómo han sido mis vacaciones, cual escolar que inicia un nuevo curso y cuenta su experiencia veraniega, sino destacar un hecho que me ha importunado sobremanera y que me atrevería a decir que cada vez es más notorio: la falta de interés y de empatía que embarga a algunos profesionales de la salud.

Durante este periodo de tiempo que menciono, me he visto obligado, desgraciadamente, a acudir a varios médicos especialistas y a someterme a pruebas diagnósticas de distinta índole.

Aun acudiendo a la sanidad privada, lo primero que me ha sorprendido desagradablemente es el tiempo necesario para obtener una cita médica. En más de un caso, ha tenido que transcurrir un mes y medio desde la solicitud hasta la fecha otorgada. No es de extrañar que el Servicio de Urgencias se colapse, pues muchas veces el paciente no puede esperar tanto para ser atendido. Pero es que, cuando por fin estás frente al médico, en más de una ocasión he tenido la impresión de estar ante un robot, que solo escucha y toma notas en su ordenador, sin apenas mirarme, asintiendo con movimientos leves de cabeza y alguna que otra mirada de refilón.

De este modo, cuando he salido de la consulta, me han asaltado las dudas de si he recibido toda la información necesaria o si el médico habrá obviado algún hecho trascendente. Se supone que una analítica completa, una resonancia, un TAC, un ecocardiograma, o cualquier otra prueba diagnóstica aclarará el supuesto problema y el profesional sanitario dará con la solución. Pero cuando vuelves a estar sentado ante él, observándole mirar los informes y/o las imágenes, pensativo, para luego decirte que podría tratarse de esto o de aquello, que en todo caso no se trata de algo grave, pero que hay que seguir controlando, y que no hay nada más que hacer, excepto acudir a otro especialista que presumiblemente estará más capacitado para dar un diagnóstico certero porque lo que se ha observado cae más dentro de la competencia de otra especialidad, entonces te desmoralizas.

De este modo, me he visto recientemente atrapado en un bucle de falsos o dudosos diagnósticos para terminar donde estaba al principio. Como si jugara al juego de la oca, puedo decir aquello de “de puente a puente y tiro porque me sigue la corriente”. Uno va pasando de especialista a especialista sin que nadie sea capaz de definir dónde está el verdadero problema y la correspondiente solución.

¿Mala suerte o incompetencia? No dudo de la formación de los médicos especialistas a los que he tenido que recurrir, sino de su falta de interés. Muchas veces he tenido que sonsacarles información, preguntando lo que debieron haberme dicho sin necesidad de preguntárselo. Deben pensar que quien tienen delante no tiene formación suficiente para entender sus palabras. Pero si muestras estar lo suficientemente formado e informado y tienes la desfachatez de interrogarles más a fondo o dar tu modesta opinión, parece como si su ego se sintiera amenazado por la intervención de ese intruso, adoptando entonces una actitud de suficiencia y autoridad.

Llegado a este punto, comprenderéis que he visto muy debilitada mi confianza en la clase médica. Estamos viviendo unos adelantos médicos increíbles, con intervenciones quirúrgicas de alto riego e impensables hasta hace poco, pero eso contrasta con los errores médicos que siguen produciéndose ante casos banales. Al final uno preferirá tener que ser sometido a un trasplante múltiple de órganos que tener un dolor crónico en la espalda, como es mi caso.

Debo hacer aquí un inciso sobre el cáncer que padecí hace algo más de dos años y del que salí airoso. Ello fue gracias a una terapia innovadora a base de anticuerpos, es decir a esos adelantos médicos a los que antes me refería. Pero en cuanto al trato que recibí por parte del oncólogo fue de nula empatía, hacía simplemente su trabajo siguiendo el protocolo. Nunca se interesó por mi estado anímico, algo que en tales circunstancias se agradece enormemente. Y los médicos que se encargaron de los controles durante y después de la quimioterapia exactamente igual.

No soy creyente ni supersticioso, pero antes de volverme a poner en manos de un médico —cosa que deberé hacer más pronto que tarde— haré como los toreros cuando salen al ruedo: me santiguaré tres veces.

Para terminar, quiero hacer hincapié que es muy cierta la máxima que dice que cada uno cuenta la feria según le va en ella. Pues a mí, de momento, no me está yendo muy bien. Espero que la cosa mejore y no tenga que volver a preguntar ¿qué me pasa, doctor?


jueves, 27 de julio de 2023

Un breve descanso

 


No es que esté cansado, pero sí un poco bajo de calorías escritoras, no sé si por culpa del calor, de un bajón inspirador o ambas cosas. El caso es que me voy de vacaciones y dejo los bártulos de escribir en casa y no los retomaré hasta septiembre o quien sabe cuándo.

Esta entrada es común para mis dos blogs: Retales de una vida y Cuaderno de bitácora, y repasando su historial a fecha de hoy, resulta que el primero ha sufrido un descenso en la productividad, pues si por estas fechas, en 2022, había publicado 13 relatos, ahora el cómputo es de 9; y en cuanto al segundo, en cambio, ha habido un ligero aumento, ya que de 13 posts publicados en julio de 2022 he pasado a 16 a día de hoy sin contar este, por supuesto. Esto debe ser como en las elecciones, que hay aumentos y descensos en los resultados muchas veces inexplicables.

Sea como sea, mi intención es seguir adelante, siempre en función de cómo evolucione mi inspiración y mis intereses sociales.

Así pues, es esta una despedida breve y espero que nos volvamos a encontrar una vez superado este periodo canicular que estamos sufriendo.

¡Un abrazo!


viernes, 14 de julio de 2023

Lentitud y demora institucional

 


Debe ser porque soy una persona que no deja para mañana lo que pueda hacer hoy o porque soy tremendamente impaciente, pero no puedo entender cómo en este país decisiones que requieren ser tomadas lo antes posible, se demoran semanas, meses e incluso años.

Sentencias que, una vez concluido el juicio con un veredicto de culpabilidad, requieren semanas para ser redactadas, cuando, en mi humilde opinión, solo requerirían unos pocos días para elaborar un texto lo más legalmente correcto y exhaustivo posible.

Para la aplicación de una normativa, como el levantamiento del uso obligatorio de las mascarillas, la regulación de determinados actos públicos, la restricción del uso de agua para el riego, la reducción del IVA de ciertos artículos de consumo, y así un largo etcétera, se suelen fijar plazos de ejecución muy largos. ¿Por qué, si se trata de algo importante o incluso esencial, no se inicia su aplicación en el plazo más breve posible? Hay actos de ámbito nacional que requieren de su aprobación por el Consejo de Ministros y de su posterior publicación en el BOE y esto, lógicamente, no se hace en dos días, pero muchas veces, una vez aprobado y publicado el Decreto, la Orden Ministerial o la norma de cualquier otro rango, se establece un plazo de semanas para su entrada en vigor, lo cual solo sería justificable si su aplicación requiriera de una larga o compleja adaptación del funcionamiento de las instituciones y del personal afectados.

Y volviendo al terrero de la Justicia, qué decir de la celebración de un juicio años después de haberse cometido el delito, causando con ello una tremenda injusticia en aquellos casos en los que el acusado entra en la cárcel y luego se le declara inocente. La Justicia lenta no es justicia y si esa demora está causada por falta de medios, no hay excusa para no solventar esa grave deficiencia. La salud y la justicia no merecen demoras injustificadas en la implantación de medidas destinadas a la mejora de su funcionamiento. En ambos casos está en juego la vida de una persona y la defensa de su bienestar.  

Si en la empresa privada la diligencia es obligatoria, pues de lo contrario uno puede verse en la calle por incumplimiento de sus obligaciones, en la vida pública no deja de ser prioritaria y esencial para el bien común.

Quizá es que esa demora en la toma de decisiones se debe a la lentitud en la que sus máximos responsables se ponen las pilas.


martes, 20 de junio de 2023

Alianzas y desencuentros

 


No suelo, porque no me gusta, hablar de política, a menos que sea en petit comité y con personas de la misma, o similar, ideología. Tampoco suelo escribir sobre política en este blog, salvo contadas excepciones y siempre de forma genérica y sin mencionar, que yo recuerde, partido político alguno.

Pero hoy hago una excepción a esta regla. Y es que contemplo atónito cómo una vez más, tras unas elecciones, ya sean municipales o autonómicas (veremos lo que nos deparan las generales que están al caer), se establecen alianzas entre partidos, muchas veces antagónicos, para sacar fuera del terreno de juego al más votado.

Uno se queda perplejo cuando, tras votar al partido que más confianza le da, esperando que con su voto no acceda a la alcaldía, a la presidencia del gobierno autonómico o del central, ese otro partido que no desea ver ocupando ese lugar ni por asomo, tras el recuento de votos, el partido al que ha votado se alía con aquel que no quería ver ni en pintura. ¿De qué ha servido votar? ¿Dónde han ido a parar las esperanzas? En saco roto y en manos de los que han sido los adversarios ideológicos.

A mi entender, lo que ha acontecido tras estas últimas elecciones, más que el establecimiento de pactos, ha sido un mercadeo de votos y escaños y todo por el poder. Alianzas contra natura, entre partidos que durante la campaña electoral se han tirado los trastos a la cabeza y han practicado el degüello político es lo más relevante y asombroso que jamás haya visto. Contradicciones sin justificación. Si en una CA o en un municipio, el partido A se ha aliado con el Parido B para echar de la presidencia o de la alcaldía al partido C, en otra CA o municipio el partido A se ha aliado con el C para boicotear al B. Un despropósito injustificable. Solo ha faltado ver una alianza entre el PP y Bildu. Eso ya sería el colmo de la desfachatez.

A pesar de lo hasta aquí mencionado, no es mi intención hablar a favor o en contra de un determinado partido político. El objeto de esta disquisición no es otro que poner de manifiesto que las ideologías se van al carajo tan pronto como el trono del gobernante queda vacante. Entonces todo son prisas, empujones y zancadillas entre presuntos amigos y, lo que es peor, abrazos entre irredentos enemigos. Ya se dice que en el amor y en la guerra todo está permitido, pero ¿qué hay de esa otra máxima que dice que el fin no justifica los medios?

Mentiras, engaños, promesas falsas, calumnias, acusaciones que faltan a la verdad, descalificaciones, incluso insultos, son ya habituales en la política actual. ¿Es eso lo que realmente queremos ver y oír entre la clase política española?

Yo nunca he sido totalmente fiel a un partido, pues tan pronto como este me ha defraudado, no he vuelvo a votarle. Soy un simpatizante-votante, pero no un feligrés que sigue con los ojos cerrados y a pies juntillas a su líder, haga lo que haga este, sea corrupto o embustero. Sea como sea, hay que votarle sin importar su conducta reprochable, como los seguidores de Donald Trump o del recientemente fallecido Silvio Berlusconi.

Como en la política no existe una hoja de reclamaciones, ni falta que hace, la única alternativa que nos queda ante una decepción es no repetir, como quien frecuenta un restaurante por la excelente atención al cliente y la buena relación calidad-precio, y de pronto cualquiera de estos elementos se deteriora sensible e injustificadamente. En lugar de protestar —pues no serviría de nada—, no hay mejor escarmiento que no volver a pisar el local, a menos que con el tiempo las cosas vuelvan a la situación anterior, pues yo siempre he creído en las segundas oportunidades. Claro que si sigo con esta práctica en el plano político, pronto no me quedará ningún partido al que votar.

Bien cierto es que a río revuelto, ganancia de pescadores. Y así, mientras unos partidos que poseen más puntos en común que diferencias se pelean, la ultraderecha va avanzando a pasos agigantados. Esto me recuerda la fábula de los conejos y los perros de caza, que mientras aquellos discuten si son galgos o podencos, estos se les echan encima.

Ojalá fuéramos videntes o adivinos y así poder votar sabiendo de antemano lo que van a hacer con nuestros votos. Porque la otra opción, la abstención, se me antoja inadecuada y más en la situación que estamos viviendo.

Votar o no votar, esa es la cuestión. Pero en caso afirmativo, ¿quién es merecedor de nuestro voto? ¿Tendremos que recurrir a las margaritas? Pero ¿tendrán suficientes pétalos para tantos grupos políticos?

 

jueves, 1 de junio de 2023

Oferta y demanda

 


Si la mayoría de mis entradas son un poco osadas, esta lo es todavía más, pues trato un tema para el que quizá no estoy lo suficientemente preparado, guiándome solo por la observación e instinto. Se trata, como su título indica, del principio de la oferta y la demanda.

Según la definición técnica, “la ley de la oferta y la demanda es el principio básico sobre el que se basa una economía de mercado. Este principio refleja la relación que existe entre la demanda de un producto y la cantidad ofrecida de este producto teniendo en cuenta el precio al que se vende” (Economipedia, marzo de 2020).

Pero todos sabemos que una cosa es la teoría u otra muy distinta la práctica, más concretamente en cómo se aplica una teoría a la vida cotidiana.

Entiendo que cuando hay un exceso de un producto, o bien pocos demandantes del mismo, se reduzca su precio para animar a los posibles compradores, como si de unas rebajas de verano o de invierno se tratara. Pero algo muy distinto es que cuando ese producto escasea y, por lo tanto, su productor o comercializador no llegará a recaudar lo esperado, se eleve su precio, con lo cual el comprador se ve obligado a pagar más por él. Este caso es especialmente importante —y es el que me ha inspirado esta entrada— cuando el producto en cuestión es un bien esencial.

Permitidme, dentro de mi ignorancia en materia económica, hacer una comparación muy simple, pues muchas veces, simplificando al máximo una situación aparentemente conflictiva se entiende mucho mejor cuál es el problema: Si, de pronto, por el motivo que sea, una tienda de calzado ve reducidas significativamente sus ventas con respecto a la temporada anterior, ¿elevaría el precio de los zapatos para compensar la pérdida de ganancias? En absoluto, pues nadie estaría dispuesto a pagar más por un artículo cuyo precio justo es muy inferior. En este caso, sin embargo, no nos referimos a un artículo de primera necesidad, de modo que uno puede esperar, salvo contadas excepciones, a que se normalicen los precios.

Pero en general, yo lo veo del siguiente modo: Si un fabricante produce o vende menos, en lugar de resignarse a ingresar menos dinero, aumenta el precio hasta un límite que le permita seguir recaudando lo mismo que antes. Si, por ejemplo, un producto se vendía a 20 euros la unidad y las ventas eran de 1.000 unidades mensuales, ingresando, por lo tanto, 20.000 euros al mes, y de pronto solo se venden 500 unidades mensuales, pues lo vende ahora a 40 euros y Santas Pascuas. De este modo es el comprador quien tiene que asumir la bajada de ventas. Sé que es simplificar mucho el problema, pero en la práctica es eso lo que sucede en muchos casos.

Un hecho mucho peor, donde la cara dura se manifiesta en todo su esplendor, es el que se da en la restauración y hostelería. Si un menú cuesta habitualmente 20 euros y una habitación de hotel 80 euros la noche, en cuanto se celebra un congreso que promete una gran afluencia de público, esos precios se disparan hasta cotas inadmisibles. Esos empresarios no tienen suficiente con llenar sus establecimientos más de lo habitual, sino que además se aprovechan de la necesidad de los clientes, que tienen que comer y dormir durante la celebración de ese evento. Esta actitud, aunque sea lícita, es, para mí, inmoral.

Por último, quiero referirme a los productos alimenticios de primera necesidad, cuya ley de la oferta y la demanda ahoga a muchos ciudadanos y que tiene su origen —aunque no su culpa exclusiva— en el campo. Sé que es un tema delicado, por cuanto el campo es un escenario muy especial y los campesinos son los primeros en sufrir la crisis. Posiblemente me estoy poniendo en camisa de once varas, pero, por delicado que sea el tema, yo lo percibo así: la sequía, la lluvia intensa, la granizada —los peores enemigos para la agricultura— da frecuentemente al traste con la producción de todo un año. La cosecha de melocotones, peras, manzanas, uvas, etc., se ve afectada hasta el punto de tener que desecharla toda entera, con la consiguiente pérdida económica. En esa situación, la cantidad de esas frutas para su venta se verá muy menguada. Los campesinos, cuyas tierras se han visto afectadas, probablemente se verán parcialmente resarcidos por un seguro agrario —si lo tienen— y/o por las ayudas del Gobierno si se califica el desastre como catastrófico. Pero en caso de que no toda la cosecha se haya echado a perder, las manzanas, peras, melocotones y uvas que han sobrevivido, costarán el doble del precio habitual en años de bonanza y con ello los cultivadores se resarcirán de la pérdida económica que les esperaba. Por no hablar de los intermediarios, que se frotarán las manos aprovechándose de la escasez, para aumentar, a su vez, sus márgenes de beneficio.

Todo aquel que tiene un negocio, del tipo que sea, debe afrontar la época de vacas flacas sin que nadie más tenga que asumir sus problemas económicos. Solo en el caso de que lo que se produce sea un producto de primera necesidad que, por lo tanto, conviene proteger por el bien de toda la ciudadanía —el caso de la agricultura y la ganadería— se justifica la petición de compensaciones económicas para no tener que cerrar sus exploraciones, pero no veo por qué esa compensación económica por la pérdida de ingresos tiene que ser a costa del consumidor final. Si mientras el negocio iba viento en popa, los beneficios eran muchos, ¿por qué cuando viene una mala época los consumidores tenemos que sufrir las consecuencias? Si este año hay menos peras y sandías en los supermercados, pues nos tendremos que conformar o espabilar comprando otro tipo de fruta, pero no pagar por ellas lo que dicta esa maldita ley de la oferta y la demanda.

Como nota final, quiero dejar claro que aquí no he tratado el tema de la explotación que sufren los campesinos al pagarles una miseria por sus productos mientras que los intermediarios y comercializadores finales se enriquecen, ya que este es otro problema grave que nada tiene que ver con el objetivo de esta reflexión y que merece una entrada aparte.


viernes, 19 de mayo de 2023

Desapego

 


¿Cuánto dura el amor? Depende de muchos factores. No hay una fecha exacta de caducidad. Hay amores efímeros y otros de larga duración. Unos duran unos pocos meses y otros pueden durar muchas décadas. Aunque deberíamos definir qué se entiende por amor y de qué tipo de amor estamos hablando, pues no es lo mismo el amor fraternal, el amor en una pareja o el amor materno/paterno-filial. Este último es, sin duda, imperecedero, por muchos sinsabores que un hijo haya representado para sus padres.

A veces, hermanos que estuvieron muy unidos de pequeños y de adolescentes, llegada la edad adulta y tras casarse, pierden el contacto o este es esporádico, de modo que su relación se va enfriando por diversas causas hasta llegar a un desapego total y generalmente irreversible.

Pero ese desapego, o enfriamiento en las relaciones humanas, también se produce, con el tiempo, entre amigos que fueron inseparables y que los avatares de la vida los han ido separando paulatinamente hasta que solo son un recuerdo lejano. Y también se produce, con mucha frecuencia, entre compañeros de trabajo que, al cambiar de empresa alguno o varios integrantes del grupo, su relación acaba disolviéndose por completo.

Estos últimos casos son harto frecuentes y muchas veces me he preguntado por qué una relación de amistad no puede perdurar en el tiempo, superando unos escollos que no son más que pequeños inconvenientes u obstáculos fácilmente vencibles con solo un poco de interés por ambas partes.

Mi experiencia me dice que las relaciones entre amigos son finitas y que, por mucho que uno pretenda conservar una amistad que parecía a prueba de fuego, salvo honrosas excepciones, esta acaba en la nada. Amigos que, al separarse por diversas circunstancias, prometen mantenerse en contacto, pero este solo se conserva durante unos pocos años y uno contempla cómo, poco a poco, se va espaciando hasta desaparecer.

De ahí que, tras muchos ejemplos vividos, siempre que he hecho nuevas amistades, cuando ha llegado el momento de tomar caminos distintos, sé que, por muchas promesas y buenas intenciones, llegará el día del desapego total. Hay casos inevitables, pero en la mayoría, ese desapego es fruto de la desidia. ¿Por qué no podemos mantener esas amistades que fueron importantes para nosotros en un momento determinado de nuestra vida?

En mi caso, cada vez que he cambiado de lugar de trabajo en el que he hecho buenos amigos, al principio hemos quedado en vernos con una cierta frecuencia, pero invariablemente, esas ocasiones se han ido espaciando hasta que la falta de interés me ha dado a entender que hemos llegado a ese punto de enfriamiento inevitable. Si al principio nos enviábamos mensajes de felicitación por WhatsApp con motivo de un cumpleaños o de las Navidades, poco a poco esos mensajes van siendo menos abundantes al ir desertando, uno a uno, los componentes del grupo, hasta su desaparición.

Y ello también lo he experimentado en un ámbito hasta hace algunos años nuevo para mí: las redes sociales, y más concretamente los blogs. Esos contactos o seguidores —que no siempre son amistades reales sino virtuales, pero que tienen nombre y apellidos— dejan, de pronto, de seguirte sin ninguna razón aparente. Ha habido compañero/as de letras con lo/as que he tenido una muy buena relación, con constantes intercambios de comentarios e incluso alabanzas, que han ido causando baja sin prisa, pero sin pausa. ¿Qué ha sido de tal o cual bloquero/a que tan buenos comentarios me hacía y a quien yo correspondía del mismo modo sin que me sintiera en absoluto obligado a ello?

Podría alegar múltiples causas y añadir que no es lo mismo un contacto a través de las redes sociales que un verdadero amigo. Por lo tanto, si un amigo de verdad se pierde por el camino de la vida, ¿cómo no va a suceder lo mismo con alguien con quien solo nos unía una afinidad en gustos que pueden cambiar de la noche a la mañana?

Ya comenté hace tiempo, en una entrada dedicada a la amistad, que, según un psicólogo a cuya charla sobre relaciones humanas asistí, solo estamos capacitados para mantener una cantidad limitada de amigos. Somos como un átomo, que no puede contener de forma natural más electrones de los que su número atómico permite. En nuestro caso, por cada nuevo amigo que entra en nuestro círculo, perderemos, tarde o temprano, otro. Evidentemente, ello no se basa en una ciencia exacta, solo en el resultado de la observación, y se debe a que no podemos atender debidamente a un número de amistades cada vez mayor. Hay un límite, sobrepasado el cual se produce la paulatina pérdida de amigos, hasta volver a nuestro estado de equilibrio.

Queramos o no, nuestras relaciones son inestables y a la larga acabaremos sintiendo un desapego natural. Es triste, pero es así. Por lo menos en lo que a mí se refiere. En varias ocasiones he intentado recuperar un viejo amigo de juventud y si bien al principio parecía que había logrado mi objetivo, el tiempo ha acabado frustrando esa amistad renacida. Del mismo modo que se dice que dos no discuten si uno de ellos no quiere, también deberíamos poder aplicarlo a la amistad, de modo que, si uno tira del otro para no perderlo como amigo, la amistad debería conservarse. Pero cuando siempre es el mismo quien toma la iniciativa, lo que acaba tirando es la toalla. La amistad, a fin de cuentas, no se puede forzar, tiene que ser algo espontáneo y sincero.

Tras haber vivido en propia carne muchos de esos fracasos, ya estoy mentalizado que cuando hago una nueva amistad, lo más probable es que esta no sea muy duradera. El apego y el desapego son las caras opuestas de una misma moneda y ambas tienen la misma probabilidad de aparecer. La mejor opción ante esa pérdida de amistades es valorar más que nunca aquellos amigos que han perdurado a lo largo de los años y, sobre todo, refugiarnos en la familia, que es, a fin y al cabo, el núcleo indestructible al que pertenecemos.

Es curioso ver cómo hay quien siente más apego por las cosas que por las personas. Quizá, según la teoría del psicólogo antes mencionado, es que las cosas materiales no suelen desbordar con tanta facilidad nuestra capacidad de acumulación y conservación. A mi juicio, no es una pauta de vida muy halagüeña anteponer lo material a lo humano. Pero ¿qué le vamos a hacer si somos así?


jueves, 11 de mayo de 2023

Vida y muerte: cara y cruz

 


En esta ocasión, traigo una reflexión que podría calificarse de funesta, pues hablar de la muerte no es plato de buen gusto, de modo que quien sea aprensivo hará bien en no leerla, no quiero ser el responsable de una depresión.

En mi caso, la primera vez que me enfrenté a la muerte fue al fallecer mi abuela paterna, que ya vivía en casa de mis padres cuando yo nací. Su muerte se produjo cuando yo acababa de cumplir los catorce años y nunca antes había pensado que algún día mi querida abuela faltaría, aun siendo —eso lo entendí enseguida— ley de vida, o ley de muerte.

Desde entonces, no fueron pocas las veces en que pensé en la muerte y que esta podía volver a arremeter, en cualquier momento, contra alguno de mis seres queridos o incluso contra mí. No es que viviera obsesionado por este hecho, pero sí sentía un profundo respeto por la muerte.

Como es lógico, a medida que iban pasando los años, más fallecimientos de familiares tuve que presenciar y oír ese típico mantra de que “no somos nadie”.

Pero mientras fui un joven creyente, por lo menos no sentía la tremenda congoja y desamparo al pensar que después de la vida no había nada. La Nada. Eso sí que siempre me ha impresionado. Convertirte de repente en eso, en un vacío, en un recuerdo me resulta doloroso, pues estando acostumbrado a vivir, a pensar, a hacer y querer hacer cosas, esa Nada se me ha antojado siempre algo terrorífico. Aunque, pensándolo bien, si no sientes nada no tienes porqué agobiarte. Es como dormirte y no volver a despertarte nunca más. Todas esas horas que han transcurrido sin que tengas conciencia de ello es como un agujero en el que uno cae y no siente absolutamente nada. Pero mientras estás vivo, la percepción es muy distinta.

Es normal que a medida que uno va contando años y se acerca a esa edad que representa la esperanza de vida —82 años en los hombres y 87 en las mujeres de este país—, va pensando cada vez con más frecuencia en la muerte propia, en cómo y cuándo nos llegará. Porque lo que está claro es que llegará sí o sí.

Siempre me ha llamado la atención con qué entereza afrontan algunos este hecho. Me resulta envidiable ver cómo personas a las que se les ha pronosticado poco tiempo de vida, lo asumen con una fortaleza que a mí se me antoja increíble.

Son muchos —me viene a la memoria el caso de Pau Donés, líder de Jarabe de Palo—, que han hecho público su cercano fallecimiento a causa de una enfermedad incurable y en un estadio terminal con una serenidad envidiable. Yo no sé si, dado el caso, sería capaz de algo así, a pesar de que no hace mucho padecí un cáncer del que afortunadamente salí airoso y de lo que no tuve reparo en comentar en una entrada de este blog. Ignoro si mi actitud positiva, aunque intranquila, fue debida a que nunca me vi a un paso de la muerte o bien porque mi mente no quiso plantearse esa posibilidad. Algunos dicen que cuando uno experimenta una situación crítica saca fuerzas de flaqueza para afrontarla con la mayor entereza posible. Debe ser eso, aunque supongo que también hay casos en que un diagnóstico fatal sume al enfermo en una gran depresión.

Abundando en este hecho, hace pocos días rememoraron por televisión la vida y figura del golfista español Severiano Ballesteros, que falleció a la edad de 54 años a causa de un tumor cerebral. Según refería el citado reportaje, viendo muy cercana su muerte, dirigió unas palabras a sus seguidores y público en general, pidiéndoles que no lloraran su muerte, pues había sido muy feliz y se sentía muy satisfecho por cómo había sido su vida, tanto profesional como familiar. Verdaderamente encomiable.

Otro caso, este mucho más cercano a mí, fue el de un allegado que, siendo médico y habiéndose diagnosticado él mismo su dolencia —también un tumor cerebral— se despidió cara a cara de todos sus colegas, amigos y parientes cercanos, llegado incluso a redactar su propia esquela y epitafio. Un ejemplo de aplomo muy poco frecuente.

Yo quizá me sentiría capaz de hacer algo así ahora que estoy vivito y coleando y que mi muerte – quiero pensar— todavía está muy lejana. Pero si me quedaran días o semanas de vida no creo que estuviera en disposición de adoptar una actitud tan serena.

Espero que sea cierto lo que algunos afirman: que al llegar a una edad muy avanzada, la mente se va paulatinamente haciendo a la idea de que le queda muy poco tiempo de vida y acaba asumiendo que la muerte es algo natural, perdiendo el miedo a ella. Y si su estado físico es deplorable, incluso acaban deseándola, aunque no crean en el más allá.

La vida y la muerte son como la cara y la cruz de una misma moneda, que al lanzarla al aire mientras somos jóvenes, siempre sale cara, hasta que un mal día la fortuna se tuerce y cae del otro lado.

¿Vosotros sentís miedo a la muerte o la tenéis asumida como algo totalmente normal y esperable?