Una vez de nuevo ante el
ordenador y con las pilas a medio cargar por culpa de algunos contratiempos de
salud, me he puesto a pensar qué es lo que me ha incomodado más estas pasadas
semanas, si el calor bochornoso, las aglomeraciones, los guiris ruidosos e
impertinentes, la carestía de la vida, la actividad política española e
internacional o alguna otra cosa que me haya llamado la atención. Pensando,
pensando y retrocediendo unos dos o tres meses, he acabado seleccionando, no ya
esos problemillas de salud, sino cómo he percibido la atención médica que he
recibido. Así pues, no voy a relatar cómo han sido mis vacaciones, cual escolar
que inicia un nuevo curso y cuenta su experiencia veraniega, sino destacar un
hecho que me ha importunado sobremanera y que me atrevería a decir que cada vez
es más notorio: la falta de interés y de empatía que embarga a algunos
profesionales de la salud.
Durante este periodo de tiempo
que menciono, me he visto obligado, desgraciadamente, a acudir a varios médicos
especialistas y a someterme a pruebas diagnósticas de distinta índole.
Aun acudiendo a la sanidad
privada, lo primero que me ha sorprendido desagradablemente es el tiempo
necesario para obtener una cita médica. En más de un caso, ha tenido que
transcurrir un mes y medio desde la solicitud hasta la fecha otorgada. No es de
extrañar que el Servicio de Urgencias se colapse, pues muchas veces el paciente
no puede esperar tanto para ser atendido. Pero es que, cuando por fin estás
frente al médico, en más de una ocasión he tenido la impresión de estar ante un
robot, que solo escucha y toma notas en su ordenador, sin apenas mirarme,
asintiendo con movimientos leves de cabeza y alguna que otra mirada de refilón.
De este modo, cuando he salido
de la consulta, me han asaltado las dudas de si he recibido toda la información
necesaria o si el médico habrá obviado algún hecho trascendente. Se supone que
una analítica completa, una resonancia, un TAC, un ecocardiograma, o cualquier
otra prueba diagnóstica aclarará el supuesto problema y el profesional
sanitario dará con la solución. Pero cuando vuelves a estar sentado ante él,
observándole mirar los informes y/o las imágenes, pensativo, para luego decirte
que podría tratarse de esto o de aquello, que en todo caso no se trata de algo
grave, pero que hay que seguir controlando, y que no hay nada más que hacer,
excepto acudir a otro especialista que presumiblemente estará más capacitado para
dar un diagnóstico certero porque lo que se ha observado cae más dentro de la
competencia de otra especialidad, entonces te desmoralizas.
De este modo, me he visto recientemente
atrapado en un bucle de falsos o dudosos diagnósticos para terminar donde
estaba al principio. Como si jugara al juego de la oca, puedo decir aquello de
“de puente a puente y tiro porque me sigue la corriente”. Uno va pasando de especialista
a especialista sin que nadie sea capaz de definir dónde está el verdadero
problema y la correspondiente solución.
¿Mala suerte o incompetencia?
No dudo de la formación de los médicos especialistas a los que he tenido que
recurrir, sino de su falta de interés. Muchas veces he tenido que sonsacarles información,
preguntando lo que debieron haberme dicho sin necesidad de preguntárselo. Deben
pensar que quien tienen delante no tiene formación suficiente para entender
sus palabras. Pero si muestras estar lo suficientemente formado e informado y
tienes la desfachatez de interrogarles más a fondo o dar tu modesta opinión,
parece como si su ego se sintiera amenazado por la intervención de ese intruso,
adoptando entonces una actitud de suficiencia y autoridad.
Llegado a este punto, comprenderéis
que he visto muy debilitada mi confianza en la clase médica. Estamos viviendo
unos adelantos médicos increíbles, con intervenciones quirúrgicas de alto riego
e impensables hasta hace poco, pero eso contrasta con los errores médicos que siguen
produciéndose ante casos banales. Al final uno preferirá tener que ser sometido
a un trasplante múltiple de órganos que tener un dolor crónico en la espalda,
como es mi caso.
Debo hacer aquí un inciso
sobre el cáncer que padecí hace algo más de dos años y del que salí airoso.
Ello fue gracias a una terapia innovadora a base de anticuerpos, es decir a
esos adelantos médicos a los que antes me refería. Pero en cuanto al trato que
recibí por parte del oncólogo fue de nula empatía, hacía simplemente su trabajo
siguiendo el protocolo. Nunca se interesó por mi estado anímico, algo que en
tales circunstancias se agradece enormemente. Y los médicos que se encargaron
de los controles durante y después de la quimioterapia exactamente igual.
No soy creyente ni
supersticioso, pero antes de volverme a poner en manos de un médico —cosa que deberé
hacer más pronto que tarde— haré como los toreros cuando salen al ruedo: me
santiguaré tres veces.
Para terminar, quiero hacer
hincapié que es muy cierta la máxima que dice que cada uno cuenta la feria
según le va en ella. Pues a mí, de momento, no me está yendo muy bien. Espero
que la cosa mejore y no tenga que volver a preguntar ¿qué me pasa, doctor?






