domingo, 7 de abril de 2019

La caza: ¿deporte, necesidad o salvajada?



Ya va siendo habitual que en este espacio se traten temas conflictivos o, cuando menos, polémicos. De hecho, es este un blog pensado, como dice su lema y enunciado, para la reflexión, sea cual sea el asunto a discutir. En todos los casos pretendo que el denominador común sea el interés que suscita a la sociedad en general. Y como toda discusión no está exenta de discrepancia, me atrevería a afirmar que el tema que hoy traigo aquí es tanto o más sensible que sus predecesores por cuanto existen muchos condicionantes para posicionarse a favor o en contra de la caza.

Siempre he procurado ser respetuoso con las costumbres y tradiciones, aunque no las comparta, mientras no representen una regresión hacia épocas pretéritas por sus prácticas primitivas, injustas y dañinas, sea cual sea su objetivo. Si tuviéramos que recuperar costumbres que antaño se consideraban normales, tendríamos que volver a ahorcar en las plazas públicas, cortar la mano al ladrón o ejercer el derecho de pernada, entre otras muchas.

Incluir a la caza entre estas costumbres anacrónicas sería exagerado por mi parte, pero sí deberíamos reflexionar qué lugar ocupa esta actividad en nuestra sociedad moderna. Existe una gran controversia entre los que están a favor y en contra de la caza como deporte, como bien social y como patrimonio cultural. Aquí trataré esta cuestión del único modo que me es posible: con un enfoque ecologista, de respeto a la naturaleza y a los animales, como usufructuario de este planeta ─que hace tiempo que está dando señales de debilidad─ junto con los demás seres vivos que lo habitan.

Debo reconocer que mi opinión quizá esté un poco sesgada, ya que siento un evidente prejuicio hacia los cazadores, pues, en primer lugar, nunca he entendido la atracción que alguien puede sentir por las armas de fuego. En mi formación militar obligatoria, tuve que empuñarlas y dispararlas, algo que me resultó altamente desagradable y eso que apuntaba a un objeto inerte llamado diana. No puedo imaginarme disparando a un ser vivo que está indefenso y huye despavorido para salvar el pellejo.

Para no prolongar demasiado esta exposición, me limitaré a exponer mis argumentos en contra de la caza de una forma muy simplificada, pues el tema podría dar para una tesis doctoral por sus implicaciones biológicas, sociales, culturales, económicas, políticas, etc. Todos los argumentos a favor por parte de sus partidarios tienen su correspondiente réplica, de ahí que sea imposible conciliar ambas posturas. Sabemos, por experiencia, que los extremismos suelen desenfocar la realidad, pero para todo puede hallarse un punto de encuentro, solo es cuestión de informarse y empatizar ─tarea nada fácil, por no decir utópica─ con la postura contraria. Todas las negociaciones requieren de un tira y afloja y, aunque el pacto al que se llegue no acabe de satisfacer por igual a ambas partes, hay que buscar una salida razonable y sobre todo justa. Como antitaurino que también soy, pondría como ejemplo de una salida pactada que las corridas de toros no terminaran con la muerte del animal, como se hace en algunos países. Si el toreo es un arte, como sus aficionados alegan, ¿por qué debe haber necesariamente sangre y muerte en una obra artística? La sangre y la muerte no puede ser jamás un arte; que cada uno le ponga el calificativo que prefiera.

Volviendo a la caza, esta no es indispensable, como aseguran sus defensores, para mantener el control de las especies, por cuanto los animales salvajes ya disponen de mecanismos de auto regulación y adaptación al medio. Es el hombre quien, con su desafortunada intervención, altera este medio natural. Cada especie ocupa un lugar en la cadena alimenticia. La desaparición de una sola especie (¡cuántas especies están al borde de la extinción!) desestabiliza todo un ecosistema. Muchas veces, la caza ha provocado el efecto contrario al supuesto control de la sobrepoblación de algunas especies. El caso del jabalí es uno de esos ejemplos. Los cazadores prefieren cazar los ejemplares mayores y más fuertes. La de los jabalíes es una sociedad matriarcal, para llamarla de algún modo; es la hembra adulta y mayor la que dirige la piara y la responsable de su reproducción; el resto de las hembras no juega ningún papel reproductivo, a menos que muera aquella, tras lo cual todas se convierten en hembras reproductoras, aumentando de este modo significativamente su población. La invasión de jabalíes en el medio urbano no es más que el resultado de la falta de alimento en su entorno natural. Siendo animales omnívoros, buscan su subsistencia entre los residuos abandonados por los humanos. El jabalí no decide hacer las maletas y emigrar en busca de otros horizontes, simplemente escapa de la hambruna y busca su supervivencia.

Cazar es, por otra parte, un negocio, pero estacional y precario, que solo favorece a los propietarios de las fincas y cotos de caza, hosteleros, fabricantes de armas, criadores y hasta autoridades municipales, que conforman el gran lobby de la caza y que están lógicamente detrás de su defensa. Esa temporalidad laboral tiene además un resultado perverso, que es el abandono y sacrificio de miles de perros adiestrados. Y como siempre que se trata de cuantificar algo, aparece un baile de cifras que imposibilita su justo cálculo. De este modo, los ecologistas (Fundación Affinity) cifra en 104.000 perros abandonados cada año a su suerte, mientras que el SEPRONA reduce este número en 14.000. Aunque solo fueran unos centenares, me parecería un hecho inaceptable. ¿Cómo puede presentarse al cazador como alguien amante de la naturaleza si trata de ese modo a los animales que le sirven? Según la Federación Española de Caza, esta actividad genera unos 3.600 millones de euros anuales, la cual se cobra la vida de más de 21.000 animales por temporada (INE).

Cuando traté, en otra entrada, del negocio de la producción armamentística española y la repercusión económica en pérdida de ingresos y empleos que representaría su eliminación (a colación del tema de su venta a Arabia Saudí), afirmé que el dinero nunca debería ser el motivo para conservar un puesto de trabajo que lleve aparejado la muerte de inocentes. En el contexto de la caza y de otras actividades productivas contra el medio ambiente, por dinero estamos irremediablemente abocados a la destrucción paulatina de nuestro planeta. Por dinero cerramos muchas veces los ojos a prácticas inadecuadas que hacen mella en nuestra sociedad.

Últimamente, con el resurgimiento de voces que se presentan como defensoras a ultranza de la caza y del toreo, como señas de identidad de la denominada Marca España, se ha reabierto con más crudeza la batalla entre los animalistas y los cazadores, y entre los antitaurinos y los que estamos en contra del maltrato animal. En este último caso, como la práctica de la tauromaquia se reduce a pocos países del mundo, es internacionalmente mayoritaria la postura contra el maltrato y muerte del astado, pero en lo referente a la cinegética, al practicase en todo el planeta, con distintas formas y regulaciones, resulta mucho más conflictiva su crítica y prohibición. Aun así, recuérdese que en un país tan tradicionalista y conservador como la Gran Bretaña, se prohibió la caza del zorro por su crueldad, a pesar de que uno de sus practicantes y defensores era el mismísimo príncipe Carlos.

Generalmente, cuando se cuestiona un comportamiento o hábito, sus defensores se apresuran a limpiar su imagen buscando justificaciones de todo tipo. Mientras escribo esto me viene a la memoria una reciente declaración de un representante de Cejuego (Consejo Empresarial del juego) minimizando el peligro de los juegos de azar y negando la existencia de la ludopatía como enfermedad, cifrando los adictos al juego en unos 7.000 en toda España, algo, según él, no significativo. Es este también un gran negocio, cuyos usuarios y empresarios intentan combatir cualquier medida disuasoria e incluso reguladora. A nadie le gusta que le restrinjan, y menos aún que le prohíban, una diversión. A los que practican senderismo, ciclismo o motociclismo de montaña, les fastidia que les impidan circular por determinados parajes protegidos, y a los campistas que les prohíban acampar y hacer fuego en los lugares donde les apetece. Pero al final debe prevalecer el bien común y el respeto a la naturaleza.

Sin ánimos de ofender a nadie, me resulta cuando menos paradójico que una actividad milenaria, como la caza, que ha ido pasando de padres a hijos de forma “costumbrista”, sin ningún planteamiento que no sea la supervivencia (en determinadas épocas y lugares) o el ocio, ahora se presente como un bien social y cultural.

La caza no es un deporte, pues este implica, por definición, una competencia entre dos individuos o equipos que están de acuerdo y en igualdad de condiciones. Además, la muerte que provoca un cazador a su presa no suele ser una muerte “limpia”, pues en muy pocas ocasiones el disparo es tan certero como para producir la muerte instantánea. Muchos animales escapan heridos y, si no son capturados, mueren tras varios días de agonía. Por no hablar de la caza con perros adiestrados para despedazar, mutilar o herir de muerte a su presa a dentelladas.

En cuanto a los argumentos sobre la pretendida conservación del medio ambiente, los cazadores alegan que con su actividad protegen el bosque y los campos de los destrozos producidos por los animales salvajes. Nada más lejos de la verdad. Los etólogos (especialistas en comportamiento animal) afirman que los animales estresados por efecto de la caza ven aumentada su necesidad de alimentarse, por lo que provocan una mayor destrucción de las especies vegetales comestibles. A eso hay que añadir el hecho de que los llamados “destrozos por forrajeo” en el bosque y en el campo se producen porque a los animales no les queda alimento suficiente para su sustento. Antes, tras la cosecha, quedaba mucho grano en los campos. Hoy día, en cambio, a causa de las máquinas recolectoras modernas, no queda apenas nada con lo que alimentarse. Y si, a pesar de ello, los animales penetran en los campos en busca de alimento, son abatidos por los cazadores, esa es la forma que tiene la caza de regular el desequilibrio. ¿Cuál de los dos debe ser regulado: el animal al que se le ha arrebatado su espacio vital o al hombre que es el causante de ello?

Abundando en el tema del impacto ambiental de la caza, también hay que tener en cuenta la contaminación del suelo por el plomo procedente de los perdigones. Estos tardan entre 100 y 300 años en desaparecer del medio y, a medida que se degradan, el plomo se va incorporando al suelo, al agua, a las plantas y a los animales, que mueren a los pocos días. Basta con ingerir unos pocos perdigones para matar a un ave, aumentando así su impacto en la biodiversidad, y supone la entrada de este metal pesado en la cadena trófica, causando a quien lo ingiere graves problemas neurológicos, como lo hace el mercurio. Según un informe de la Agencia Europea de Sustancias Químicas (ECHA, en sus siglas en inglés), cerca de 14.000 toneladas de plomo, que se estima han quedado dispersas durante años en zonas terrestres, pueden haber causado la muerte de entre 1 y 2 millones de aves.

En la antigüedad, salir de caza servía para conseguir alimento y como diversión de los señores feudales, pero actualmente, al contrario de la pesca, la caza ya no es una necesidad alimenticia. En Europa el hombre ya no caza para asegurarse el alimento, sino que se trata únicamente de una ocupación de tiempo libre, de un entretenimiento. Que el hombre se arrogue el derecho a matar por diversión a seres vivos que sienten el mismo dolor que él, se me antoja inaceptable.

Cuando una actividad demuestra ser dañina para el medio ambiente, tiene que controlarse, supervisarse o bien prohibirse. Por ejemplo, no es lo mismo la pesca recreativa, la de quien va al río a pescar alguna que otra trucha, que la pesca de arrastre, que destroza el fondo marino, o la sobrepesca que acaba con algunos caladeros, por no hablar de la captura de especies en vías de extinción, como la ballena. Y en cuanto al ámbito terrestre, no es lo mismo cazar unas cuantas perdices o conejos, que abatir centenares de ejemplares por el mero hecho de poner a prueba la puntería, o cazar zorros, lobos y osos para acabar con ellos por considerarlos peligrosos, cuando el hombre ha convivido con estas especies desde tiempo inmemorial, o para hacerse con su piel.

La mano del hombre ha sido, en numerosas ocasiones, el origen de grandes perjuicios ecológicos, incluso cuando se ha pretendido actuar en beneficio de alguna causa aparentemente encomiable. La historia de la superpoblación de conejos en Australia es uno de los mayores ejemplos de una mala gestión de la fauna por parte del ser humano. La introducción de esta especie animal en aquel país con fines cinegéticos hizo que se comportara como una especie invasora y como tal desplazó a otras especies autóctonas, tanto animales como vegetales. La solución a esos estragos fue la introducción del zorro como depredador, pero resultó en un auténtico fracaso, pues el zorro se convirtió, a su vez, en un depredador de los canguros y otros marsupiales, no habituados a la presencia de ese cánido. El zorro redujo también la población de aves que consumían insectos. El impacto medioambiental fue enorme. Ante ello se decidió “importar” una de las enfermedades más letales para el conejo: la mixomatosis, lo cual dio su fruto, exterminando a 500 millones de ejemplares. Sin embargo, los animales supervivientes, más resistentes a esta patología, transmitieron dicha resistencia a sus descendientes. A cada intento por diezmar la población de conejos, aparecía un efecto secundario peor. El último ensayo consistió en contagiar a los conejos con otra de sus graves enfermedades: la enfermedad hemorrágica vírica. Aunque a día de hoy la población de conejos australianos se ha reducido, estos experimentos demuestran que no se puede controlar la naturaleza, y aun hoy se teme que ese virus pueda mutar en Australia y llegar a Europa.

Para terminar, si la caza menor ya es una actividad que, para mí, debería restringirse y reducirse a la mínima expresión, admitiéndola solo en casos excepcionales, la caza mayor debería, sin ninguna excusa ni paliativos, ser totalmente prohibida.

Qué puede justificar abatir a ejemplares únicos, muchos en peligro de extinción, solo para posar en una foto junto a la presa, para luego disecarlos, colgar su cabeza o su cornamenta como trofeo, vender su piel o partes de su anatomía (los colmillos de los elefantes, el cuerno del rinoceronte o las manos de los gorilas), dejando sus despojos abandonados, cuyos únicos beneficiarios serán los carroñeros que, de ese modo, no tienen que buscarse el sustento de forma natural en los animales muertos por viejos o enfermos. Los safaris de caza también mueven una gran cantidad de dinero, siendo un negocio totalmente ilícito, que también incluye el tráfico de animales exóticos. Es en la caza mayor donde se aprecia hasta dónde puede llegar la codicia y la crueldad humana. Hace tan solo unos días pudieron verse unas imágenes, capturadas por una cámara de vigilancia para estudiar a los osos, en la que dos cazadores, Andrew Ranner y Owen Renner, padre e hijo, mataban a tiros una osa y a sus crías mientras hibernaban en un pequeño refugio natural en Alaska. Una vez perpetrado ese “asesinato”, el padre, orgulloso de su proeza, lo celebraba chocando la palma de su mano con la de su hijo, como diciendo “misión cumplida”, una misión cuyo objetivo, según alegaron tras ser detenidos, era las pieles de esos animales.

Entiendo que quienes han practicado la caza desde su adolescencia, y que ahora ya peinan canas, les resulte muy duro renunciar de la noche a la mañana a una de sus actividades favoritas, esperando con ansia a que se abra la veda para vaciar sus cargadores sobre sus más preciadas presas. Pero insisto en que, por muy extendida que esté una práctica, si atenta contra los seres vivos que pueblan nuestros campos y bosques y, por lo tanto, no es respetuosa con la naturaleza, debe intentase neutralizar los daños que causa concienciando y reeducando a sus practicantes, e instruyendo a los niños en el respeto por el medio ambiente. Entretanto, hay que extremar al máximo las precauciones para reducir esos daños a la mínima expresión, antes de acabar aboliendo esta actividad, que debería quedar para los libros de historia.

Y en cuanto a la caza mayor, que es la mayor causante del exterminio de muchas especies, hay que perseguirla y penarla con la máxima contundencia. Matar a los animales por pura diversión o especulación no es un deporte ni una necesidad. Solo nos queda calificarla, pues, como una salvajada.


martes, 26 de marzo de 2019

El negocio de la muerte



Es inaudito comprobar hasta donde pueden llegar las prácticas fraudulentas. Al parecer, los timadores no respetan nada ni nadie, ni siquiera a la muerte.

En esta vida todo cuesta dinero, incluso morirse, esto es bien sabido, y algunas funerarias se han apresurado a ponerse a la cola de los desaprensivos y sacar una buena tajada de ello, dando gato por liebre.

No quisiera parecer frívolo o morboso tratando de un modo frío y materialista un asunto tan triste y emotivo, pero el materialismo inunda todo tipo de negocios y donde habita el interés económico suele acompañarle el fraude, y es eso lo que pretendo sacar a colación en esta entrada un tanto peculiar. Aun así, pido disculpas a quienes puedan sentir herida su sensibilidad, por el motivo que sea.

Quien ha vivido, como yo, los trámites que siguen a la defunción de un ser querido, sabrán lo desagradable y turbador que resulta tener que elegir, entre todos los elementos que comprenden un entierro y funeral, el ataúd o la urna que albergará el cuerpo o las cenizas del fallecido. En el caso de un ataúd, resulta incluso morboso el modo cómo te ayudan a elegir el féretro, que parece que te estén vendiendo un automóvil, ensalzando sus acabados exteriores e interiores y su “comodidad”. Algo más propio de una película de Berlanga. Pero es así y hay que pasar por ese mal trago añadido.

No hace mucho vi por televisión un programa que hablaba del negocio de las funerarias y de lo que costaba un entierro. Como no recuerdo las cifras que se dieron, he tenido que recurrir a internet y resulta que, como siempre que hablamos de costes, los precios varían mucho entre provincias. De este modo, mientras que en Cuenca morirse cuesta alrededor de 2.200 euros, en Barcelona el coste asciende a unos 6.400 euros (elEconomista.es). Así que en la Ciudad Condal no solo es elevado el coste de la vida sino también el de la muerte. Porca miseria. Y entre todos los elementos que intervienen en ello, el que, al parecer, ha despertado la codicia de algunos es el ataúd, que para unos es símbolo de una suntuosidad hasta cierto punto comprensible y para otros una parte importante de sus ganancias. Solo mencionar que su precio puede oscilar entre los 800 euros y los 3.900 euros, según la gama de que se trate (efuneraria.com). Lo dicho, como en los automóviles.

Siempre me ha llamado la atención que, aun optando por la incineración, deba costearse el precio nada desdeñable de un ataúd. Si ese elemento va a acabar pasto de las llamas, eso es dinero tirado, o mejor dicho quemado. Si el cuerpo del difunto acaba convertido en cenizas, junto con los residuos calcinados de la madera, ¿de qué sirve utilizar un féretro barnizado y ornamentado, si no es para exhibirlo en la sala del tanatorio y en la capilla ante los allí congregados? Pero las funerarias no parecen estar muy dispuestas a escatimar en gastos. Intentarán endosar a sus clientes el más robusto y lujoso de los modelos. Lo contrario significaría reducir sus beneficios. ¿Y quién va a rehusar tratándose de un ser querido a quien van a dar sepultura?

En enero de este año, eldiario.es desvelaba un fraude millonario por parte de una funeraria de Valladolid que practicaba el cambiazo de ataúdes para incinerar por otros de peor calidad, o solo utilizaba la tapa, y además revendía las flores. ¿Cuántas empresas funerarias seguirán esta conducta deshonesta? Seguro que muchas. Solo hay que tirar de la cuerda, destapar la alcantarilla y aflorará toda la porquería.

Cierto es que actualmente, para que la incineración resulte todavía más económica de lo que ya es con respecto a un entierro convencional ─pues se ahorran los gastos de la inhumación de los restos mortales en una tumba o nicho─, se puede optar por un ataúd más modesto. Pero ello no es óbice para que “el cliente” sea igualmente presa fácil de un engaño, pues, según se ha descubierto (cuestión que también se trató en el programa televisivo al que he hecho anteriormente alusión), hay funerarias que, habiendo cobrado por el ataúd, este no se usa en la cremación, sino que es reutilizado para otro difunto. Es decir, incineran el cuerpo sin ataúd, lo cual me parece razonable y es lo que siempre he pensado que debería hacerse, pero nadie, excepto la funeraria, sabe de ese timo, un secreto que se llevarán a la tumba, nunca mejor dicho.

He intentado hacer un cálculo aproximado y, por lo tanto, sujeto a inexactitudes, sobre cuánto pueden llegar a embolsarse esas empresas que actúan de esa forma fraudulenta. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2017 fallecieron en España 424.523 personas. Actualmente cerca de un 40% de los españoles optan por la incineración (Europa Press), porcentaje que, por cierto, alcanzará el 60% en 2025. Por lo tanto, si partimos de unas 170.000 incineraciones anuales y suponemos que en todas ellas (es mucho suponer) se ha optado por adquirir un ataúd sencillo, de unos 800 euros de promedio, el gasto total en este apartado asciende a 136 millones de euros. Según elEconomista.es existen en nuestro país unas 600 funerarias. Solo con que un 30% no utilicen el féretro adquirido en la cremación, estaríamos hablando de unos 45 millones de euros que aquellas se embolsan fraudulentamente cada año.

La picaresca llega a tal extremo que a veces excede lo imaginable. Jugar con el dinero ajeno es un delito, pero hacerlo utilizando una circunstancia tan penosa como es la pérdida de un ser querido, aprovechando que nadie reparará en gastos a la hora de darle sepultura o de incinerarlo, es además inmoral.


miércoles, 13 de marzo de 2019

El barco se escora a estribor




Para los que no tenéis ni la más remota idea de barcos ni de navegación, empezaré aclarando que estribor es la parte derecha de una embarcación. Aun siendo absolutamente profanos en la materia, sabréis, hayáis o no subido a un barco, que este, cuando navega, oscila por los cuatro costados en función del oleaje, pero los principios físicos en los que se ha basado su construcción hacen que mantenga su equilibrio, y por tanto la estabilidad, volviendo una y otra vez a su posición normal de flotabilidad, como si de un tentempié se tratara. Solo una vía de agua, como la que sufrió el Titanic, o un desplazamiento de la carga (si es un barco mercante), puede hacer que el barco se incline hacia un lado y se mantenga en esa posición de forma constante. A esa tendencia a la inclinación se la denomina escorar, y si esa escora rebasa un determinado ángulo, la embarcación puede acabar volcando.

Tras esta introducción náutica de pacotilla, con el objetivo primordial de teneros intrigados o, por lo menos, entretenidos, voy a virar ahora hacia la similitud entre el comportamiento de un navío y el de nuestra sociedad, políticamente hablando. El barco representaría un país, continente y hasta el mundo entero, y la carga la ideología imperante en él. Dicho esto, habréis adivinado de qué va mi reflexión. Y si no ─cosa que dudo─, en el siguiente párrafo hallaréis la respuesta al acertijo.

El crecimiento de la derecha y el resurgir de la ultraderecha en España, pone en evidencia una deriva, a mi juicio, muy peligrosa, pues va ligada a una progresiva pérdida de derechos que costaron mucho adquirir tras la dictadura y un retroceso hacia épocas que creíamos relegadas a los libros de historia. Siguiendo con el símil náutico, es como volver a los veleros bergantines, con o sin cañones por banda.

Esta deriva hacia la derecha la están protagonizando casi todos los partidos políticos que conformarán, con toda seguridad, el arco parlamentario tras las elecciones generales del próximo 28 de abril. Estamos siendo testigos de un comportamiento tránsfuga de militantes de un partido hacia su vecino más próximo de la derecha, un corrimiento desde la izquierda moderada, tirando a derechista ─según el color del cristal con que se mire─, hasta la extrema derecha, pasando por la derecha autoproclamada neoliberal y la de toda la vida, la nostálgica, una inclinación ésta lenta, sin prisa pero sin pausa, hacia un conservadurismo cada vez más radical.

En una de mis antiguas entradas expuse que la pregunta que me hago con mayor frecuencia ante un suceso, por ser la clave para comprenderlo, es ¿por qué? Así de sencillo. Las cosas no suceden porque sí. Todo tiene una causa y solo conociéndola podremos neutralizar o impedir la repetición y/o progresión de algo que nos resulta pernicioso. No voy a entrar en consideraciones socio-políticas, pues no soy ni sociólogo ni politólogo, y mucho menos filósofo. Solo soy un simple ciudadano que vivió 25 años de dictadura, quince de ellos con plena conciencia de lo que ello significaba, y que no desea volver a ver campar a sus anchas las mismas ideas que tuvieron aquellos que reprimieron a una gran parte de la población por sus ideas, enmudeciendo y encarcelando a los disidentes del régimen.

Podemos pensar que la ultraderecha actual no es tan “mala” como el franquismo, pero el avance ─no sé hasta qué punto imparable─ de los movimientos ultraderechistas y neonazis en Europa y en ultramar nada bueno presagia. Ojalá tengan razón los que creen que esto es un proceso cíclico, y que esta etapa que asoma por el horizonte tiene ya fecha de caducidad, pero, aun así, no quisiera vivir, ni que mis hijos y nietos vivieran, un nuevo periodo represivo, por breve que sea. De hecho, ya hace algún tiempo que estamos viéndole las orejas al lobo.

Deberíamos, pues, ser capaces de volver la carga a su lugar y sujetarla fuertemente para que no se deslice sobre la cubierta, ni hacia un extremo ni hacia el otro, y evitar así que el barco escore peligrosamente, pues podría llegar a volcarse y, quizá incluso, a hundirse. Si eso llegara a suceder, solo espero que haya suficientes botes salvavidas. Yo, por mi edad, tendría asegurado un puesto junto a las mujeres y los niños. ¡Triste consuelo!

jueves, 7 de marzo de 2019

Perjurio impune



Todos hemos visto y oído en multitud de ocasiones cómo, en las películas norteamericanas, a la persona citada a declarar ante un jurado se le pregunta “¿Jura solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?”, a lo que el interpelado responde “Sí, juro”, mientras mantiene una mano sobre la Biblia y la otra en alto.

En España esa fórmula es un poco más modesta, y el juez se limita a preguntar al testigo si jura o promete decir la verdad, a lo que este responde “si, juro” o “sí, prometo”.

Es sobradamente conocido por todos que faltar a la verdad en un juicio por parte de un testigo se conoce como perjurio, una falta grave que puede ser castigada con pena de prisión.

Lamentablemente, también es conocido que la honorabilidad es una cualidad del ser humano que se está extinguiendo en nuestra sociedad y muestra de ello la tenemos casi a diario en el comportamiento de muchos de nuestros políticos y algunos de los empresarios más relevantes. Parece como si el poder y el honor estuvieran reñidos.

Llevamos ya unos años viendo cómo en nuestro país se han abierto múltiples causas contra la corrupción, el fraude y otros delitos mayores que han acabado en juicio. Algunos de estos casos han alcanzado tal notoriedad que hemos podido ver televisados, en directo y en diferido, los testimonios de los acusados y de los testigos llamados a declarar por la acusación y la defensa.

Lógicamente, si no se conoce la causa que se juzga o sus antecedentes, no podemos saber con seguridad qué es verdad y qué es mentira de lo que se expone durante el juicio, pero si el tema ha llegado a ser de dominio público y hemos podido seguir con detalle los acontecimientos a medida que se han ido produciendo, estaremos en mejores condiciones para juzgar el comportamiento de todos y cada uno de los implicados.

De este modo, hemos podido comprobar recientemente cómo amigos del alma pasan, de la noche a la mañana, a ser unos perfectos desconocidos, a pesar de las pruebas audiovisuales que existen de su íntima y continua relación; cómo alguien a quien se le han incautado pruebas incriminatorias en una operación comercial fraudulenta ni siquiera conocía la existencia del grupo de empresas a las que favorecía; cómo una esposa se declara totalmente ignorante de las lucrativas actividades ilegales de su marido, un humilde servidor público, a pesar del injustificado tren de vida que llevaban; cómo se acusa a alguien de una brutal agresión cuando el supuesto agredido aparece en las imágenes captadas con el móvil de un testigo ocular luciendo una imagen inmaculada, sin la más remota mancha de sangre ni arruga en su impoluta vestimenta; cómo se niega haber dado órdenes para llevar a cabo una actividad ilegal cuando existen grabaciones que así lo demuestran; cómo un amigo o familiar de un presunto asesino fabrica una falsa coartada para encubrir dicho crimen, la cual se acaba, con el tiempo, desmontando. Y así un largo etcétera de mentiras y afirmaciones que, algunas de ellas, ofenden a la inteligencia de quien las escucha.

Lo que más me maravilla (te lo digo al revés para que me entiendas, como decíamos de niños) es la desfachatez con que se miente, sin rubor ni dubitación alguna, con la tranquilidad de quien se siente a salvo, es un necio o un soberbio.

De los perjurios que se cometen continuamente y de los que hemos sido testigos involuntarios, que no pasivos, ¿cuántos han recibido su justo castigo? Alguno habrá, pero me atrevería a decir que la mayoría de esos mentirosos parece tener patente de corso y, una vez acabado el juicio, si te he visto no me acuerdo.

Aunque el saber popular afirma que antes se coge al mentiroso que al cojo, muchas veces la mentira, aunque se descubra, tiene una fecha de caducidad muy corta y se olvida demasiado pronto. Los mentirosos también deberían ser iguales ante la Ley. Para el perjurio no debería existir impunidad.


sábado, 2 de marzo de 2019

Cuotas de igualdad



Me declaro feminista. Tengo dos hijas a las que mi mujer y yo educamos del mismo modo en que lo habríamos hecho de haber sido chicos. Les pudimos dar una formación universitaria y ejercen la profesión que eligieron por voluntad propia. Ambas ocupan puestos de responsabilidad y, que sepamos, nunca han sido discriminadas por razón de su sexo. Siempre he querido para ellas, como cualquier padre normal, lo mejor y que nada ni nadie se interpusiera en su vida por ser mujer. Abogo, pues, por la igualdad de la mujer. Pero no por ello me gustan las cuotas.

Hubo un tiempo que, para proteger al cine español se impusieron unas cuotas, como la de los taxis y las VTC. Debían proyectarse un número determinado de películas nacionales por x películas extranjeras. Algo parecido se intentó aplicar con el cine en catalán con respecto al doblado al castellano. Excepto en el caso de los aludidos vehículos de alquiler con conductor, el proteccionismo o impulso a un producto local no surtió demasiado éxito, por no decir ninguno. Lo que cuenta es la libre competencia, de ahí que nunca me han gustado las subvenciones para apoyar al cine español, al teatro, etc. Si la gente no va al cine o prefiere las películas extranjeras, será por algo y, en todo caso, hay que explorar si ese “algo” es necesariamente subsanable, como sería el caso de unos precios de las entradas o un IVA excesivos. En estos casos no estaríamos hablando de un favoritismo o proteccionismo injusto, sin apelar a la calidad, sino a eliminar barreras que dificultan el consumo de cultura.

Más recientemente se habla de cuotas en la participación femenina en determinados ámbitos sociales, como el mantener una paridad entre hombres y mujeres en, por ejemplo, la composición de un gobierno o en el quipo directivo de las empresas. Desde mi punto de vista, obligar a que el 50% de los miembros de un gobierno o de la plantilla ejecutiva de una empresa sean mujeres, para aparentar una actitud feminista, hace un flaco favor a estas, pues da la impresión que hay que “colocar” a una mujer, o las que haga falta, para quedar bien, sin tener en cuenta su valía.

En mi opinión, lo que hay que hacer es asegurar que las mujeres tienen los mismos derechos y oportunidades que los hombres, de modo que puedan tener acceso y ocupar los mismos puestos de responsabilidad que ellos, pero por mérito propio, no por cumplir con una cuota impuesta por una normativa. Las cuotas por imposición solo deben existir cuando no se respeta el principio de igualdad. Así pues, al igual que en cualquier enfermedad, hay que curarla atajando la causa y no solo tratando los síntomas, si se aplicara un feminismo real, eliminando los obstáculos machistas, la raíz del problema, no sería necesario imponer nada, todo fluiría con naturalidad.

Hay carreras universitarias mayoritariamente seguidas por mujeres, como Farmacia (por lo menos en mi época) y otras preferentemente por hombres, como ingeniería. Sería injusto que la menor proporción de licenciadas en Ingeniería fuera debido a una discriminación hacia las mujeres y que su mayor presencia en Farmacia se debiera a que se considerara esta una vocación especialmente “femenina”. Esta diferencia entre sexos también se observa a la hora de elegir una especialidad. Volviendo al ámbito farmacéutico (por ser el que mejor conozco), hay muchas más mujeres en el departamento de Galénica que en el área de Producción. ¿Son gustos o imposiciones sociales? Quizá (solo quizá) suceda como a la hora de elegir un juguete: que las niñas se inclinan por las muñecas y los niños por las pistolas. Si esta distinción fuera únicamente fruto de una imposición familiar, para seguir el modelo social imperante, debería corregirse dejando a los niños plena libertad de elección. Pero si realmente a un niño le gustan más (por el motivo que sea) las pistolas, ¿por qué tendríamos que obligarle a jugar con muñecas?, ¿solo para no parecer machistas?

Es la enseñanza igualitaria la que, a posteriori, decidirá la inclinación de los niños y las niñas hacia un determinado tipo de actividad y, posteriormente, a una determinada materia educativa y profesión. Si los hombres y mujeres de este país son iguales ante la ley, también tienen que serlo ante cualquier reto y oportunidad, si exceptuamos las actividades deportivas, en las que, por motivos obvios, de tipo anatómico y fisiológico, se mantienen las distintas modalidades separadas por sexos.

Así pues, creo que no hay que imponer la presencia de mujeres en puestos que histórica y crónicamente han sido ocupados mayoritariamente por hombres por el solo hecho de serlo, del mismo modo que no hay que priorizar la incorporación de hombres en cualquier puesto de trabajo que puede ser perfectamente desempeñado por mujeres, por el mero hecho de serlo. A cualquier cargo debe poder acceder, en igualdad de condiciones, un hombre y una mujer, pero para ello debemos eliminar cualquier barrera entre sexos desde la escuela y en el seno de la familia. Si es injusto que una mujer no pueda ocupar un puesto directivo por no ser hombre, tampoco me parecería bien que ese puesto lo ocupara una mujer poco preparada solo por serlo. Cualquier cargo tiene que ser ocupado por quien haya demostrado una mejor preparación. Si se prepara igual a un hombre que a una mujer y si en la fase de selección de candidatos no se hacen distingos por razón de sexo, nos aseguraremos que en nuestras empresas y en nuestro gobierno se incorpore la gente mejor preparada, sean del sexo que sean. Habrá casos en que el sexo femenino sea el mayoritario, otros el minoritario, y en otros estarán a la par.

La realidad, sin embargo, demuestra que no es así, y no solo en España sino a nivel internacional. Solo hay que ver el escaso número de mujeres que ostentan altos cargos en las propias instituciones europeas, que deberían dar ejemplo de equidad. Aquí sí que tenemos un grave problema de sexismo, pues no cabe duda de que la solución no pasa por obligar a incluir mujeres en esos cargos sino por propiciar la igualdad sin prejuicios sexistas a la hora de elegir a sus miembros y representantes. Existen, desde luego, algunos casos de mujeres que han llegado a la cima del poder (Margaret Thatcher, años ha, y Angela Merkel, en la actualidad) y de quienes, siendo mujeres, ocupan puestos directivos en grandes empresas y en la banca privada. Muchas de ellas, si no todas, para llegar donde han llegado, han tenido que esforzarse mucho más que un hombre, demostrar una valía muy superior a la de su oponente masculino, o tener unos arrestos al estilo de La Dama de Hierro.

Igualdad entre hombres y mujeres sí, sin tapujos; imponer una cuota de presencia femenina como efecto cosmético no. Igualdad de oportunidades e igualdad de salario. Eso sí que hay que imponerlo. Eso sí que es igualdad social y justicia feminista.

viernes, 22 de febrero de 2019

Zapatero a tus zapatos



La salud es un derecho fundamental reconocido por la Declaración Universal de Derechos Humanos y quienes tenemos la gran fortuna de vivir en un país desarrollado y gozar de un nivel de vida adecuado, tenemos acceso tanto a medicamentos como a una alimentación sana. Como usuarios, además, tenemos el derecho inapelable de recibir una información fidedigna tanto de los efectos beneficiosos como de los potencialmente nocivos de lo que consumimos.

En nuestro país, los medicamentos que se dispensan sin receta médica y que no están financiados por el Sistema Nacional de Salud (SNS) pueden ser publicitados al público a través de los medios de comunicación habituales. Estos medicamentos se incluyen en el grupo de productos denominados “para el autocuidado de la salud”, pues su uso y elección queda en manos del consumidor, que decide adquirirlo y utilizarlo para paliar un problema de salud leve o bien para prevenir su aparición.

El autocuidado de la salud ha ido adquiriendo cada vez una mayor importancia y espacio en nuestra sociedad moderna. Los propios laboratorios farmacéuticos han visto en ello una gran oportunidad de negocio y el modo de contrarrestar la reducción de beneficios al ver cómo sus productos estrella han sido desbancados por los genéricos o bien desfinanciados del SNS. Y el modo de lograrlo ha sido la diversificación, dirigiendo su atención hacia el área del gran consumo, como es la de los productos dietéticos, también llamados complementos alimenticios, los productos sanitarios y los de dermofarmacia, todos ellos de precio libre y para los que el consumidor no tiene tantos reparos a la hora de rascarse el bolsillo. No puede negarse que a muchos compradores les parece más justificado pagar un elevado precio por un producto antiarrugas, anticelulítico, o adelgazante, que por un antihipertensivo, un antiarrítmico o un hipoglucemiante.

Otro cambio espectacular, y preocupante, en el área de la salud es la cada vez mayor presencia de publicaciones online y webs que se dedican a dar consejos saludables, y no solo para el tratamiento y prevención de dolencias menores (las propias de la gripe, de un resfriado, de las piernas cansadas, de la acidez de estómago, y un largo etcétera), sino también sobre dietas alimenticias.

No me pronunciaré aquí (entre otras cosas porque ya lo he hecho en alguna otra ocasión) sobre la veracidad de algunas afirmaciones y recomendaciones de pretendidos profesionales de la salud, sino sobre la aparición de nuevos vehículos informativos, como YouTube, que se escapan del control sanitario, para hacer llegar al gran público sus recomendaciones. Si puedo poner en entredicho la veracidad de muchas de estas fuentes pseudocientíficas, me parece además inaudito que personal totalmente profano en la materia se dedique a dar consejos sobre alimentación y, encima, se enriquezca con sus consejos falsos o faltos de rigor.

¿Cómo puede ser que los llamados Influencers y Youtubers puedan dedicarse a dar consejos sobre alimentación sin ser un nutricionista ni tener la mínima formación para ello?

Una prueba de tal desvarío la obtuve el pasado viernes por la noche en el transcurso de “Equipo de investigación”, programa de La Sexta, y que llevaba por título “El fenómeno sin gluten”. En dicho programa, una arquitecta Youtuber (un profesional de la arquitectura sabrá de dietética lo que cualquier ciudadano de a pie) aconsejaba eliminar de la dieta el gluten, sin importar si se era o no intolerante al mismo (enfermedad celíaca o celiaquismo). Que quede claro que el propósito de dicho programa no era otro que el de hacerse eco de los inconvenientes de esta “moda” que, al parecer, ha calado hondo en muchos consumidores, sin conocer sus inconvenientes.

El gluten es una proteína que está presente en muchos cereales (trigo, cebada, centeno y en algunas variedades de avena, básicamente) y en muchos productos alimenticios que consumimos habitualmente, incluso como aditivo.

Tampoco voy a cuestionar aquí la presencia de gluten en tantos alimentos como los que lo contienen, sino el hecho de presentarlo como el enemigo número uno de nuestra salud. No estamos hablando de un aditivo que puede producir efectos dañinos al consumirlo con regularidad. Estamos hablando de un componente natural de un producto alimenticio, como lo es la lactosa, presente en la leche, o la fructosa, en la fruta.

Aunque el gluten sea una proteína con un bajo valor nutritivo, por su deficiencia en algunos aminoácidos esenciales, es rica en otros nutrientes como la fibra, vitaminas y minerales, que son esenciales para el organismo. Así pues, una persona sin problemas de intolerancia al gluten, no tiene porqué eliminarlo de su dieta.

Vemos cada vez con más frecuencia como en muchos envases de productos alimenticios que adquirimos en el supermercado aparecen textos del tipo “sin cafeína”, “sin lactosa”, “sin azúcares añadidos”, o “sin gluten”, que solo afecta a las personas que tienen una intolerancia o alergia alimentaria a esas sustancias o bien no deben tomarlas por razones de salud, pero que se han convertido en un reclamo comercial y que el consumidor profano lo asocia a alimento más sano. También están proliferando restaurantes en los que el gluten está ausente de su menú. Este reclamo no solo atrae a clientes celíacos, que no tienen que preocuparse por si un plato contiene o no ese producto, sino por personal sin ningún problema al respecto, porque cree que así se alimentará de una forma mucho más saludable. ¿Moda? ¿Esnobismo? ¿Ignorancia?

Pero volviendo a la arquitecta Youtuber al principio mencionada (cuya identidad no he logrado descubrir y de la que solo conozco su profesión por boca de la presentadora del programa, Gloria Serra), su recomendación a favor de una dieta libre de gluten está simplemente basada en su propia experiencia y la de muchas celebrities del mundo del deporte, de la música, del cine y del mundo de la moda y del glamour, como Novak Djokovich, Miley Cyrus, Gwyneth Paltrow, Kim Kardashian y Victoria Beckham, entre otras “estrellas”, que han logrado, en su opinión, una vida mucho más saludable y, sobre todo, perder peso. En el mismo programa de La Sexta también se entrevistaba a personas que, sin ser celíacas, habían optado por una dieta sin gluten y que afirmaban haber notado una mejoría física y una pérdida de peso espectacular (en un caso hasta 25 Kg en dos meses). Expertos endocrinos y gastroenterólogos consideran, respecto a este último efecto “beneficioso”, que la pérdida de peso puede deberse simplemente al cambio de dieta, pero que a largo plazo puede tener el efecto contrario. Ello me recordó a la famosa y nefasta dieta Dukan.

Aunque incluso entre profesionales de la salud hay discrepancias sobre los efectos saludables o negativos de la presencia o ausencia del gluten (el estudio de la enfermedad celíaca todavía no ha llegado a conclusiones irrefutables sobre su presencia y prevalencia real, a pesar de conocer el mecanismo que la produce), son más las voces acreditadas en contra de su eliminación sistemática de la dieta. Así, la Dra. Sara Martínez, profesora de Nutrición y Tecnología de los alimentos de la Universidad Europea, indica que, además de sus beneficios por contener los nutrientes básicos anteriormente señalados, su eliminación permanente de la dieta puede acabar provocando una intolerancia a esta proteína. Por si eso fuera poco, se ha comprobado que, en la mayoría de los casos, quienes han decidido no tomar alimentos con gluten, aumentan el consumo de grasas y azúcares. Como el gluten, por sus propiedades organolépticas beneficiosas (gran elasticidad y buen sabor), se utiliza también como aditivo en muchos alimentos procesados, normalmente se opta por sustituirlo por grasas y azúcares u otros productos que pueden ser, a la larga, mucho más nocivos. Esa sustitución, por parte del consumidor, del gluten por productos procesados con mayor valor calórico y bajo valor nutritivo puede ser la causa del aumento de peso a largo plazo del que algunos especialistas alertan. Dicho de otro modo: es peor el remedio que la enfermedad.

El autocuidado de la salud, siguiendo esta moda del “sin” puede tener efectos perniciosos si previamente no se ha consultado a un especialista entendido en la materia. Por lo tanto, lo verdaderamente peligroso, en mi opinión, es seguir los consejos de un personal no cualificado y que pone de moda ciertas tendencias y dietas para adelgazar o para estar en forma, promoviendo el consumo de productos “naturales” y, por lo tanto, necesariamente saludables. Como resultado de esa promoción exagerada del empleo de ciertas sustancias, presentándolas como la panacea para mantener una salud de hierro y lograr una longevidad en condiciones envidiables, vemos cómo multitud de productos en el mercado, de uso múltiple y muy variado, se formulan a base de ellas. Ahora encontramos extractos de Aloe Vera hasta en la sopa y los antioxidantes más exóticos están presentes en todo tipo de preparados, ya sean cosméticos o dietéticos.

No hay mejor “tratamiento” saludable que comer sin exceso y variado, pues en una dieta saludable, como es la mediterránea, encontraremos todos los ingredientes naturales necesarios e imprescindibles para mantenernos sanos. Y si ello lo complementamos con un ejercicio regular, mucho mejor. Solo debemos evitar tomar aquello que realmente, de forma contrastada, sea perjudicial para nuestra salud.

Mi formación en Ciencias de la Salud, no es lo suficientemente especializada como para postularme como un experto en nutrición, pero creo tener los conocimientos y el sentido común necesarios para recomendar huir de esos falsos profetas que, sin ninguna preparación, se dedican a sermonear desde un púlpito virtual a un público necesitado de fórmulas milagrosas para estar en plena forma física y mental. Soy de la opinión de que se debería prohibir e incluso sancionar esa práctica que campa a sus anchas por las redes sociales, suplantando a quienes se han formado y adquirido los conocimientos necesarios para asesorar al consumidor. Una cosa es dar consejos sobre decoración, moda, pastelería o bricolaje, y otra muy distinta es ejercer un claro intrusismo profesional. Ya lo dice el refrán: zapatero a tus zapatos.



viernes, 15 de febrero de 2019

Ni acoso ni abusos



El acoso escolar, conocido también como bullying, y los abusos sexuales perpetrados por docentes y religiosos, están a la orden del día. Si bien algunos de los casos de acoso sexual a menores que ahora se denuncian con creciente frecuencia acaecieron hace diez, veinte y hasta treinta años, otros muchos siguen produciéndose y el hostigamiento en la escuela por parte de los propios condiscípulos parece que es una lacra que ha aparecido o recrudecido en estos últimos años.

Debo ser un privilegiado o, más bien debería decir que fui un niño afortunado, pues en mi época escolar no sufrí ni lo uno ni lo otro. Pasé once años de mi vida, de los seis hasta los diecisiete, en un colegio religioso. El número de estudiantes por clase rondaba los cuarenta y en algún curso hubo hasta tres grupos de alumnos, así que un total de ciento veinte muchachos por curso parecería un número suficiente para que hubiera entre ellos más de un matón o abusón. En cuanto a los sacerdotes, aunque la mayoría de la comunidad escolapia ─que no era, por cierto, muy numerosa─ se dedicaba a tareas administrativas, una cuarta parte, aproximadamente, ejercía la enseñanza, la tutoría o bien la confesión y la dirección de los ejercicios espirituales tan en boga en aquella época en instituciones religiosas y, por lo tanto, tenía contacto directo con niños y adolescentes.

Yo podría haber sido una presa fácil, tanto para el típico bravucón amedrentador como para el pederasta, pues era un niño tímido, apocado, reservado, introvertido, nada revoltoso ni respondón, y mucho menos pendenciero, de esos que siempre están buscando problemas y que no saben mantener el pico cerrado, por mucho que se sienta amenazado. Y, aun así, nunca nadie abusó de mí, ni física ni psicológicamente. Por eso, visto lo que ocurre a nuestro alrededor, repito que puedo sentirme afortunado.

Mi candidez, o prefiero llamarla inocencia, en cambio, hizo que, a eso de los nueve o diez años de edad, no entendiera el significado de una supuesta broma de la que fui objeto por parte de un adulto (no sabría decir su edad). Recuerdo todavía con claridad su sonrisa irónica cuando, en los lavabos del cine del colegio, un domingo por la tarde, durante el descanso (echaban dos películas y era un cine abierto al público, aunque generalmente solo asistían los alumnos y sus familiares), me preguntó qué tenía en la mano. Solo al cabo de unos años, al recordar ese “extraño suceso”, adiviné su malintencionada pregunta, a la que entonces no supe responder.

Hace unos días, ante tantas denuncias de abusos sexuales y de acoso escolar, me pregunté si lo mío fue una excepción y me salvé de ambos abusos por suerte o es que en los años sesenta no ocurrían con tanta frecuencia como ahora, así que le pregunté a un buen amigo y antiguo alumno del colegio si él había sido objeto de algún tipo de abuso o sabía de algún compañero que sí los había sufrido. Una rotunda negativa fue su respuesta. El único hecho “escandaloso” del que tuvimos conocimiento al cabo de unos años de haber abandonado el colegio fue que tres sacerdotes colgaron los hábitos por una mujer, algo muchísimo más razonable que inclinarse por los tocamientos a niños para combatir los estragos psicológicos del voto de castidad.

La pederastia ha existido siempre, solo que ahora salen a la luz muchos casos que se mantuvieron ocultos por miedo o vergüenza de quien sufrió esa experiencia. En cuanto al llamado bullying ya no lo tengo tan claro. A lo largo de la historia ha habido bastantes casos en los que niños y niñas han sufrido burlas, vejaciones e incluso maltrato físico, pero me da la impresión de que últimamente ─y por últimamente me refiero a lo que llevamos de siglo─ se ha disparado el número de casos, llegando a situaciones verdaderamente crueles y dramáticas. Las nuevas tecnologías han empeorado, si cabe, la situación, pues juegan un papel importante y coadyuvante al clásico maltrato psicológico, al hacer posible su divulgación por las redes sociales. En mi época, al margen de los insultos del tipo “cuatro ojos”, “enano”, “jirafa” o “vaca lechera”, destinados a burlarse del que llevaba gafas, era el más bajito, el más alto o más gordo de la clase, o bien de las típicas peleas de niños, nunca supe de casos de persecución y mucho menos de agresión física a un compañero para dañar su autoestima de forma consciente y voluntaria.

¿Qué está pasando en nuestra sociedad? No solo se multiplican los casos de abusos a niños y niñas por parte de quienes deberían protegerlos (profesores ─tanto religiosos como laicos─, entrenadores, monitores, etc.) y se desvelan a diario casos antiguos de pederastia repetida, sino que la violación a niñas y mujeres de cualquier edad, en solitario o en grupo, ha alcanzado la categoría de alarma social. ¿Dónde está el fallo? ¿Es culpa de los padres, de los educadores, de esa sociedad que divulga por internet situaciones aberrantes que pasan por normales? Se ha dicho que los jóvenes de hoy empiezan a consumir pornografía ¡a los once años!, en la que, además, la mujer es tratada como un objeto sexual.

Para combatir todos estos abusos habrá que lidiar desde distintos frentes. Solo un sistema que conciencie a todos los actores que intervienen en cada ámbito social y que sea intransigente y ejemplarizante ante cualquier abuso, pondrá la primera piedra a la verdadera solución del problema.

El lema “ni acoso ni abusos de ninguna clase” debería formar parte del ideario educativo y político en defensa del ciudadano en general y del menor en particular. No sé si veré cumplido ese objetivo, pero sí espero que lo vean las siguientes generaciones.

Lo dicho: debo considerarme un afortunado por no haber sido objeto de ninguna clase de abusos. Ni siquiera en la “mili” tuve que soportar ninguna broma pesada. ¡Qué suerte la mía!