viernes, 13 de noviembre de 2020

Titulitis

 


Hace unas semanas, en dos programas de La Sexta —creo recordar que uno era Al Rojo Vivo y el otro La Sexta Noche— en los que se debatió el tema de la Covid-19 y de cómo el Gobierno estaba llevando las riendas de su control, el periodista Paco Marhuenga expresó un manifiesto y reiterado desprecio por Fernando Simón, basándose exclusivamente en el hecho de no ostentar el título de Doctor. Recuerdo también que, tiempo atrás, fue Ada Colau la víctima de una crítica similar por parte del escritor y académico catalán Félix de Azúa, uno de los fundadores de Ciudadanos, que la calificó de ignorante con estas palabras: “¿Qué entenderá por misoginia una mujer que apenas tiene estudios?”. Lo poco que sé de la señora Colau a este respecto es que no terminó la licenciatura de Filosofía.

Si nos remitimos más atrás en el tiempo, recordaremos los casos de los Másteres falsos de Cristina Cifuentes y de Pablo Casado, con el único objetivo de alardear de títulos, como si ellos les capacitara mejor para desempeñar sus funciones como servidores públicos. O bien las dudas que suscitó entre la bancada popular el doctorado de Pedro Sánchez. Todo ello demuestra la importancia que algunos le dan a los títulos, que llegan a utilizarlos, en un sentido u otro, como armas arrojadizas.

Conozco casos de compras de tesis doctorales —supuestamente realizadas en Universidades del Este— para no ser menos que sus colegas doctores. Y es que una cosa es ser listo y otra inteligente y está visto que en nuestro país tienen más éxito los listillos, esos que inflan su Currículum vitae (CV) con títulos inexistentes, que los que se lo curran de verdad. En lugar de “por sus hechos los conoceréis”, hay quien prefiere “por sus títulos los respetaréis”. De ahí que muchos falsifiquen su CV con total impunidad. Unos se llevan la fama y otros cardan la lana.

Mi madre siempre me decía que una carrera (universitaria) abría muchas puertas. Se refería, claro está, a oportunidades laborales, no a las puertas giratorias que usan algunos de nuestros políticos cuando dejan de ocupar su poltrona y de desempeñar su cargo con mayor o menor fortuna.

Es evidente que una buena preparación, gracias a los conocimientos adquiridos en los estudios, acaban reflejándose en la capacidad para ejercer eficazmente una profesión, sea la que sea. Quien esté mejor preparado, mejor le irá en la vida laboral, de manera que, aunque haya excepciones, un pésimo estudiante difícilmente llegará a ocupar un puesto de responsabilidad —a no ser que sea un político o un “enchufado”.

Los títulos académicos son, en principio, una garantía de que cualquier profesional podrá llevar a cabo su trabajo con la calidad suficiente y exigible, pero no hace de quien los posee una persona mejor que el resto. He conocido a individuos con un grado de formación muy elevado que han resultado ser unos impresentables, bien por su mala educación, bien por su insufrible arrogancia. Aunque parezca mentira, no siempre la formación va de la mano de la educación.

A lo que me refiero es a la inmerecida importancia que se da muchas veces a las titulaciones académicas, sobre todo cuando solo pretenden “adornar” el perfil de un aspirante a un puesto de trabajo o a lo que sea.

En mi dilatada vida laboral he visto cómo, durante una selección de personal, el seleccionador se ha centrado única y exclusivamente en la formación académica que aparece en el CV del candidato. Está claro que cuantos más estudios se tenga, más posibilidades hay de acceder a un puesto de trabajo, sobre todo si hay una gran precariedad laboral o mucha competencia. De ahí que nuestros jóvenes se vean obligados a cursar másteres y otras diplomaturas por tal motivo. Pero suele quedar en el olvido dos aspectos que para mí son fundamentales: la aptitud y la actitud. Es la práctica la que forma de verdad. La capacidad de análisis, la iniciativa, el trabajo en equipo y las ganas de aprender están, para mí, por encima de las calificaciones académicas.

Esa inflamación curricular que algunos sienten, y que he bautizado como titulitis, no siempre va aparejada a una labor meritoria en su puesto de trabajo. Volviendo al principio, no sé si Fernando Simón era el mejor candidato para ocupar el puesto que ocupa, pero lo que no es de recibo es que se le desprecie por no haberse doctorado. Podría haber hecho un doctorado sobre el impacto de la Drosophila melanogaster en la propagación del dengue en Centroamérica y no tener la menor idea de cómo gestionar el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad. Tampoco sé cuán bien o mal lo hace Ada Colau al frente de la alcaldía de Barcelona, pero cualquier crítica que se le haga deber estar relacionada con su labor en el cargo que ocupa y no con su formación académica. De igual modo que las apariencias engañan, un título también puede llevar a engaño y tenerlo o no, no debería ser motivo de puyas ni descalificaciones personales. Una cosa es sentirse orgulloso por el título merecidamnete obtenido con el esfuerzo personal y otra muy distinta es denostar a quienes no lo poseen y considerarlos por ello inútiles para el cargo que ocupan.

No haber cursado estudios superiores no significa ser un don nadie. Jose Mújica, expresidente de Uruguay, no llegó a terminar el bachillerato. ¿Alguien puede considerarlo un ignorante o un inútil para la política? Es una persona brillante y humilde como pocas. Es todo un ejemplo de sencillez y humanidad, que es lo que más falta hace en nuestra sociedad.


martes, 3 de noviembre de 2020

La esperada jubilación

 


Salvo a los obsesos por el trabajo, a los que, por fortuna, disfrutan de su profesión, y a los que, por desgracia, les espera una pensión de miseria, ¿a quién no le apetece llegar a la jubilación y disfrutar de más tiempo libre para dedicarlo a lo que, por imperativos laborales, no se ha podido hacer de más joven? Y para descansar. 

Pero supongamos que hablamos de mí.

Desde hace ya unos cuantos años formo parte de la población de jubilados españoles. Siempre me he considerado una persona muy trabajadora, más por obligación que por vocación, dicho sea de paso, pero llegó un día en que suspiraba por jubilarme. La presión a la que acabé estando sometido empezaba a dejar mella en mi psique. La ansiedad y el consecuente insomnio no me dejaban en paz. La cuenta atrás se hacía muy lenta, como la del reo que tacha en el calendario los días que le quedan para disfrutar de la libertad.

Hasta que llegó el día esperado, aunque no de la forma deseada. Para abreviar, diré que una restructuración de la cúpula directiva hizo que mi Empresa decidiera rescindir nuestra relación laboral, ofreciéndome una prejubilación. “Prejubilación”, un eufemismo para decir lo lamentamos, pero estás despedido, gracias por tus servicios y dedicación y adiós buenas. Firma aquí y coge la pasta.

De este modo, me quedé en el paro con sesenta y un años. De eso hace poco más de nueve. Y tras dos años en el paro tuve que jubilarme anticipadamente a los sesenta y tres, con cuarenta años cotizados. Pero entonces vino la represalia por parte del entonces Ministerio de Empleo y Seguridad Social, que consideró que no merecía cobrar el cien por cien de la pensión que me habría correspondido de haberme jubilado a los sesenta y cinco años. Lo asumí como un mal menor y me atuve a las consecuencias, que se tradujeron en una reducción del 13% en la pensión.

Y como siempre he sido un iluso, creí que esa reducción solo me afectaría durante los dos años de jubilación anticipada, y que al cumplir los sesenta y cinco pasaría al régimen general. Pues no. Esa penalización ya es de por vida.

Pero yo no fui el único en este país que consideró esta medida injusta, y en septiembre de 2019 una asociación de jubilados presentó en el Congreso de los Diputados una solicitud de “despenalización” para este tipo de jubilación anticipada derivada del cese laboral por causa no imputable a la voluntad del trabajador. No fue hasta el pasado 15 de junio —la típica agilidad de la Administración— que recibí la confirmación de que esta petición había sido trasladada al Excmo. Sr. presidente de la Comisión de Trabajo, Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. No sé qué pintan las Migraciones en todo esto, a no ser que nos acaben enviando a todos los firmantes al exilio forzoso.

Aunque fuera sin efecto retroactivo, ya me daría con un canto en los dientes si dicha solicitud fuera resuelta favorablemente. Pero no caerá esa breva. Estamos una vez más con la disyuntiva entre legalidad y justicia. La ley es la Ley. Y nosotros —los jubilados— contamos muy poco.

A mi mujer, a pesar de llevar cotizados cuarenta y cuatro años, todavía le quedan tres para alcanzar la edad de jubilación oficial, la cual el Sr. José Luis Escrivá, el actual titular de ese Ministerio de nombre tan enrevesado, no solo pretende prolongar sino también penalizar todavía más a los que se jubilen anticipadamente. De este modo, la pretensión de mi mujer de jubilarse, como yo, a los sesenta y tres años, de poderlo hacer, le supondrá, con toda seguridad, una mayor reducción de su pensión contributiva.

Sigo sin entender el empeño del Gobierno, sea del color que sea, en prolongar la edad de jubilación. ¿Para qué retrasarla cuando hay tantos jóvenes en paro o que tienen que emigrar por falta de trabajo? La población española envejece, pero no me parece oportuno que también envejezca la población activa. Con esa medida el Gobierno solo quiere reducir la factura en pensiones de jubilación. Otra vez prevalece la cuestión económica sobre la salud, física y mental, de los ciudadanos.

La pensión de jubilación es la merecida recompensa por tantos años de trabajo, una recompensa para la que hemos estado contribuyendo económicamente todos esos años. No es un regalo sino un derecho. Si el sistema actual para llenar la caja de las pensiones deja de ser viable por el motivo que sea, que ese gasto salga íntegramente de los Presupuestos Generales del Estado, como lo hacen el resto de partidas presupuestarias.

Para muchos trabajadores actuales, el horizonte de una jubilación digna, tranquila y segura se va alejando cada vez más. Se propone que en el año 2027 la edad de jubilación sea de sesenta y siete años, siempre que se hayan cotizado treinta y ocho años y seis meses. En España cada vez vivimos más. En los años sesenta del siglo pasado, la esperanza de vida rondaba los setenta años y la edad de jubilación ya era de sesenta y cinco. Ahora hemos llegado a una esperanza de vida de ochenta años, lo cual nos deja un margen promedio de quince años para disfrutar del merecido retiro laboral antes de palmarla. En algo hemos mejorado. En 2040 se estima que la esperanza de vida se acercará a los noventa años. Esperemos que alguien no decida aproximar cada vez más la edad de jubilación a la esperanza de vida, porque, de ser así, veo un futuro no demasiado lejano con trabajadores septuagenarios. Vivir para ver. Vivir para trabajar.


lunes, 19 de octubre de 2020

Colón, ¿inocente o culpable?

 


No es la primera vez que un grupo municipal del ayuntamiento barcelonés cuestiona el mantenimiento del famoso monumento a Cristóbal Colón, todo un clásico en el perfil urbanístico de la Ciudad Condal.

Muy recientemente estas voces han vuelto a oírse con algo más de contundencia, aprovechando una especie de revanchismo contra las figuras históricas que, vistas desde la perspectiva actual, llevaron a cabo acciones reprobables. Hace poco más de dos años ya se retiró en Barcelona la estatua de Antonio López, Marqués de Comillas, de la plaza que todavía lleva su nombre (creo que eso no lo han cambiado), por su pasado esclavista.

De hecho, han sido muchas las estatuas de personajes, mayoritariamente políticos, que se han derribado en el mundo. Y es que ofende ver cómo se ha erigido un monumento conmemorativo a alguien que tuvo un comportamiento vergonzoso e incluso delictivo. La cuestión está en definir, en cada caso, qué se entiende por comportamiento indigno. Si nos dejáramos llevar exclusivamente por la opinión de la ciudadanía, estaríamos derribando estatuas casi cada año, en función del pensamiento político dominante. Quizá debería haber un consenso nacional o internacional para definir quién fue un tirano, un criminal de guerra, un lo que sea. Pero ya se sabe que la historia no es una ciencia exacta y, según se dice, la escriben los vencedores o, en el caso que me ocupa, los conquistadores. Y es que, a colación de lo mencionado al principio, me gustaría tratar aquí la figura del navegante, cartógrafo, almirante, Virrey y Gobernador General de las Indias al servicio de los Reyes Católicos, el universalmente famoso Cristóbal Colón o Cristoforo Colombo, si es que era realmente genovés. Solo espero no incomodar a mis amigos de Hispanoamérica que me siguen.

Vaya por delante que mis conocimientos en Historia son los que me enseñaron en la escuela, y de eso hace tantos años que mis siguientes afirmaciones podrían ser fruto de un adoctrinamiento acaecido en aquellos lejanos años sesenta. Por lo tanto, solo me atrevo a poner sobre la mesa los motivos que llevaron al insigne navegante a descubrir las Américas y que considero indiscutibles.  

Antes, permitidme que lance una pregunta al aire: ¿Es culpable aquel cuyo descubrimiento es posteriormente utilizado para hacer el mal o con otros fines distintos a los que pretendía? ¿Debemos culpabilizar, por ejemplo, a Alfred Nobel por el uso de la dinamita con fines bélicos? Y así podríamos incluir a muchos investigadores en la lista de despropósitos y malas prácticas a las que sus inventos dieron lugar con el tiempo.

Dicho esto, ¿por qué, pues, se considera ahora a Cristóbal Colón un genocida por las barbaridades que se cometieron contra los indígenas durante la colonización del Nuevo Mundo? ¿Es justo que se derriben estatuas en su honor en diversas ciudades norteamericanas por haber abierto la puerta a una conquista que llevó al cruel sometimiento de la población nativa? ¿Acaso empuñó un arma o dirigió un ataque contra los territorios conquistados?

Quizá mi ignorancia me lleve a pecar de incauto, pero, por lo que todos sabemos, el motivo que llevó a Colón a lanzarse al mar, una vez conseguido el beneplácito y la financiación Real, fue doble: utilizar una ruta más corta hacia las Indias, por mar, en dirección opuesta a la habitual, hacia Occidente, demostrando, de paso, que la Tierra no era plana. Ello, además, podía tener mayores beneficios comerciales para la Corona. Pero con lo que no contaba el insigne navegante era que en medio de esa ruta se encontraría con un escollo geológico: un continente hasta entonces desconocido, al que se le acabó llamando América, por Américo Vespucio, a quien algunos llegaron a atribuir el verdadero descubrimiento, cuando lo que parece cierto es que fue quien supo reconocer que las tierras descubiertas por Colón pertenecían a un nuevo continente.

Hasta aquí lo aprendido, al menos por los que ya peinamos canas, en la escuela.

Juzgar la historia de lo acontecido siglos atrás con los ojos de hoy es algo delicado, cuando no peligroso, por su posible descontextualización o su interpretación interesada. Por si eso fuera poco, atribuir crímenes a quienes no intervinieron, ni siquiera indirectamente, en una contienda sangrienta, me parece tremendamente grave e injusto. Evidentemente, si Colón no hubiera descubierto América, los Reyes Católicos no habrían enviado a sus soldados, Generales, Gobernadores y vasallos para tomar posesión de aquellas tierras hasta entonces desconocidas, de las que se atribuyeron la propiedad exclusiva por el simple hecho de haber puesto un pie encima, como hicieran más tarde los colonos anglosajones que desembarcaron del Mayflower, a principios del siglo XVII, en la costa noreste de los actuales Estados Unidos de América. Y esta gesta también acabó a la larga con reyertas, ataques y finalmente guerras contra los indios americanos, los verdaderos y legítimos propietarios de aquellas tierras.

Lo que un día fue glorioso, hoy puede resultar ignominioso. Ante ello, solo cabe la posibilidad de limpiar la mala imagen y la mala conciencia reconociendo la verdad, pero exigir hoy una disculpa oficial por parte de un país por lo que hicieron sus antepasados siglos atrás, aunque pueda parecer justo, se me antoja fuera de lugar. ¿Hasta dónde nos tendríamos que remontar para tener que purgar los pecados de nuestros predecesores? Con ello no quiero decir que tengamos que olvidar el pasado y exculpar de los malos actos cometidos tiempo atrás a quienes los perpetraron, pues en tal caso tampoco deberíamos seguir condenando las atrocidades cometidas por los nazis. En mi opinión, solo los agravios recientes requieren una reparación formal y aquellos que intervinieron activamente y con conocimiento de causa merecen ser castigados por ello. Considero que la memoria histórica debe tener un plazo; no nos podemos remontar a la Edad Media para condenar las Cruzadas. Sí debemos conocer los hechos tal como se desarrollaron, pues es cierto que quien no conoce la historia, está condenado a repetirla.

Colón quiso demostrar que la Tierra era redonda y que, por lo tanto, se podía llegar a las Indias, de las que España se proveía de especias y de otros productos muy preciados, surcando los mares hacia Occidente. El descubrimiento de América fue, sin duda, un hallazgo, no solo inesperado, sino excepcional por la repercusión que tuvo al añadir posesiones de ultramar a la Corona Española y su consiguiente explotación.

Probablemente Colón se enriqueció de todo ello, pero que interviniera en la persecución de los nativos parece no ser real. Es muy cierto que existen opiniones contradictorias sobre este personaje. Hay quien dice que murió pobre, otros que muy rico, hay quien afirma que utilizó a nativos como esclavos. Hay, en definitiva, aspectos oscuros sobre su vida y milagros, como suele ocurrir con otros muchos personajes importantes de la Historia, personajes venerados que, de pronto, caen en desgracia. Sin ir más lejos, ahí tenemos a Winston Churchill, un héroe nacional de la Segunda Guerra Mundial en Gran Bretaña, cuya estatua londinense también ha sido objeto de ataques furibundos alegando su supuesto racismo. Y ello no acabará aquí, pues parece que vamos a contemplar la caída de muchas estatuas erigidas en honor de personas presuntamente poco honorables. Una especie de caza de brujas, pero en plan simbólico-monumental.

Insisto en que no me parece bien honorar, mediante bustos, estatuas ecuestres y demás esculturas, a quienes han acabado demostrado no ser merecedores de esas distinciones. Deberíamos abolir cualquier tipo de evocación y enaltecimiento público a tales figuras como muestra de rechazo, pero quizá deberíamos ser más prudentes a la hora de calificar la actuación de ciertos personajes “ilustres” antes de demoler o hacer desaparecer sus efigies o las placas que dan nombre a una calle, plaza o avenida. Y en este contexto yo salvaría decididamente toda representación, ya sea pictórica o escultural, del descubridor de América, aunque dicha gesta diera lugar a actos execrables por parte de los colonizadores que le siguieron.

Por lo tanto, demoler una de las estatuas más famosas y emblemáticas de la ciudad de Barcelona, como es la de Cristóbal Colón, o siquiera trasladarla a un lugar oculto, como se ha hecho en otros casos —no sé cuál podría albergar una torre de sesenta metros de altura—, me parece algo, no solo injusto, sino ridículo y absurdo. Solo representa una innegable hazaña que, en su tiempo, fue gloriosa para España. Sacar a colación el genocidio producido a los pueblos indígenas, del que ese descubridor no tuvo culpa alguna, me parece totalmente fuera de lugar.

Es cierto que el dedo del “Colón barcelonés” no apunta a América, pues, para ello, debería hacerlo en dirección a las Ramblas. Queda mucho mejor señalar hacia el mar que a tierra firme. En realidad, lo hace hacia Italia. ¡Qué cosas! Si Colón, desde las alturas, pudiera hacer rotar ese enorme cilindro de hierro que lo soporta, debería, en su defensa, señalar a los verdaderos culpables de lo que ocurrió en América hace más de quinientos años. Más vale ser acusado de delator que de genocida.

¿Creéis que Cristóbal Colón fue inocente o, por el contrario, culpable de las barbaridades cometidas en nombre de la Cristiandad y de la Corona Española? Yo, desde luego, lo absolvería.


miércoles, 7 de octubre de 2020

Incongruencias

 


Quien no haya experimentado alguna contradicción en su vida que tire la primera piedra. Pero una cosa es contradecirse en aspectos más o menos banales y otra muy distinta vivir en constante contradicción en cuestiones morales.   

Estamos acostumbrados a ver serias incoherencias a nuestro alrededor, y no voy a referirme a lo que hemos visto y estamos viendo en relación al modo de actuar frente a la Covid-19 porque ya sería muy redundante. Ojalá el SRAS-CoV-2, el coronavirus de los cojones, se muriera de tanto nombrarlo, como el amor que se rompió de tanto usarlo en la canción de la Jurado, en paz descanse.

El caso es que estamos rodeados de incongruencias, de situaciones anómalas que claman al cielo y que, como en tantas otras situaciones alarmantes, la comunidad internacional y cualquier ciudadano de a pie ignora, la primera por desidia o mala voluntad, el segundo, el pobre, por otros motivos mucho menos malévolos.

La lista de incoherencias que se dan a diario en nuestra sociedad sería demasiado larga para enumerarlas aquí y, además, me olvidaría de muchas otras. Así que solo voy a mencionar, como muestra, solo tres, pero que, por su rabiosa actualidad, son las que han motivado mi entrada de hoy.

Vemos a países que se llaman democráticos, o quieren aparentarlo, que persiguen a sus disidentes de las formas más variopintas y macabras. Unas veces, las menos, los atacan verbalmente, desacreditándolos, acosándolos; otras, las más, deteniéndolos por, por ejemplo, revelación de “secretos de estado” —eufemismo para definir al destape de las vergüenzas oficiales—; y otras, las más horribles, envenenándolos o haciéndolos desaparecer allí donde puedan ser cazados.

También vemos cómo representantes de la policía, local, estatal o nacional, según el país de que se trate, infringe gravemente la ley y los derechos humanos, atacando, vapuleando salvajemente, e incluso abatiendo a tiros, a manifestantes que exigen justicia y a ciudadanos cuya única falta ha sido desobedecer las órdenes de un agente armado y tener la piel de otro color.

Y recientemente, y mucho más cerca, vemos algo que, si no tuviera una trascendencia política importante, sería pura anécdota, algo risible. Vemos a antiguos dirigentes socialistas hablando el lenguaje de la ultraderecha y a un partido que se dice socialista defendiendo a capa y espada a la monarquía. Un socialismo monárquico es como la cuadratura del círculo. Ver para creer.

Respeto profundamente todas las ideologías, siempre que, a su vez, respeten la libertad de expresión, en particular, y los derechos humanos, en general. Pero la derecha es la derecha y la izquierda es la izquierda. Ya escribí hace algún tiempo que tener dinero no está forzosamente reñido con ser de izquierdas. Pero hay cosas que, por lógica, son incompatibles. Ahora solo faltaría que hubiera monárquicos comunistas. No podría haber peor incongruencia. Pero tiempo al tiempo.


jueves, 24 de septiembre de 2020

Muerto el perro, se acabó la rabia

 


Mi reflexión de hoy peca de ingenua, como la mayoría de las que publico en este espacio, pero, muy a menudo, las preguntas más simples tienen las respuestas, si no las más difíciles, sí las más complejas.

Estamos mucho más acostumbrados a poner parches que a curar una herida de raíz. Lo de “más vale prevenir que curar” es un ideal casi utópico, visto lo visto.

¿Alguien consideraría técnicamente correcto ir apalancando, una y otra vez, un edificio que amenaza con desplomarse en lugar de derribarlo y construir uno nuevo? ¿Alguien aceptaría que un médico le recetara calmantes para un dolor cuyo origen no se ha estudiado? Los tratamientos, médicos o del tipo que sean, que solo tienen por objeto aliviar los síntomas sin atajar la causa que los producen, están condenados inevitablemente al fracaso y quien así procede es digno de ser considerado un patán, un ignorante o un irresponsable. Con ello solo se cronifica o se agrava el problema. Causa y efecto, acción y reacción son conceptos que la sociedad en general y los políticos en particular parecen ignorar.

La migración provocada por el hambre y el temor a la muerte, a causa de las guerras que siguen azotando nuestro planeta, ha llegado a un extremo casi incontrolable. Algunos Gobiernos y muchas ONG luchan por contener el desastre y aliviar el dolor, físico y moral, de miles y miles de refugiados hacinados en campos que recuerdan muchas veces a los de exterminio. Donaciones particulares e inversiones oficiales no logran contener tanta desgracia y los gobernantes de Europa intentan repartirse el pastel manchado de sangre y miseria que representan esas familias, o personas solas, que lo han perdido todo por el camino y que no tienen adónde ir. Mientras unos hablan de cupos y de porcentajes, otros se oponen a recibir a esa “gentuza” peligrosa que, según ellos, solo nos traerá problemas de convivencia, enfermedades y delincuencia. Pero todos parecen olvidarse de la causa, del origen de sus males, de lo que les ha obligado a huir de su país, de sus hogares en busca de una vida mínimamente mejor.

¿Por qué, en lugar de poner “parches” en los países de destino de esa pobre gente, que por el camino arriesgan sus vidas y se ponen en manos de traficantes sin escrúpulos a los que les entregan todo el dinero de que disponen, no taponan la hemorragia de fugas sin descanso en sus países de origen?

Si no hubieran guerras ni torturas que expulsaran a los ciudadanos de esos países, si no hubiera hambre ni explotación, nadie se vería en la necesidad de cruzar un mar en patera o caminar con lo puesto miles de kilómetros, atravesando lugares tan inhóspitos y peligrosos como de los que huyen, para ir a parar a manos de gentes que los rechazan o, en el mejor de los casos, los mantienen encerrados hasta que no encuentren un lugar de acogida, como los perros abandonados en una perrera esperando que una familia los adopte antes de ser sacrificados.

Si el dinero invertido en acoger a estos refugiados se invirtiera en obligar, aunque fuera por la fuerza, a esos Gobiernos que ponen a sus ciudadanos en la tesitura de elegir entre morir bajo los cascotes o ahogados en busca de una nueva vida, esos éxodos masivos no tendrían lugar. Si la comunidad internacional penalizara de forma contundente a esos dirigentes que valoran la vida de sus súbditos menos que la de un perro, si se les obligara a cargar con el coste que representa acoger a tantos y tantos hombres, mujeres y niños abandonados a su suerte, quizá se lo pensarían dos veces. ¿Por qué tenemos que pagar los platos rotos por otros? ¿Acaso no tenemos suficientes conciudadanos que alimentar y que cobijar de nuestro país, —según el INE, antes de la pandemia había en España 2,2 millones de personas en situación de extrema pobreza— que, por humanidad, tenemos además que hacernos cargo de las decenas de miles de inmigrantes que llegan a España por tierra y por mar cada año?

Debemos ser solidarios, por supuesto. Esa pobre gente no tiene la culpa de la indiferencia y maldad de sus gobernantes. Son el efecto de una causa, son la reacción a una mala acción, son el perro afectado por la rabia del que todos huyen. Hay que acabar con la causa, con la acción, con la rabia representada por esos Gobiernos que, con su actuación perversa, arrojan a sus ciudadanos a la muerte o a la misera, provocando así una gravísima crisis humanitaria.

Cuando la Comunidad Internacional, representada por las Naciones Unidas, es incapaz de pararles los pies a los verdaderos culpables, es que algo está podrido en nuestro planeta, y no tiene nada que ver con el cambio climático, sino con la hipocresía de esas naciones que de unidas no tienen nada.

Ilustración: Campo de refugiados de Moria, Lesbos, antes de ser incendiado hace dos semanas

jueves, 17 de septiembre de 2020

¿Desinformación o tomadura de pelo?

 

Muchas veces resulta muy difícil elegir entre varias opciones aparentemente igual de atractivas. Para decidirnos necesitamos disponer de la suficiente información para no errar y evitar hallarnos, luego, ante un estrepitoso fracaso. ¿Qué Compañía de telefonía contratar? ¿A qué plataforma de entretenimiento suscribirnos? ¿Qué marca y modelo de televisor comprar? ¿Qué marca y modelo de coche adquirir? ¿Qué frigorífico? ¿Qué secadora? Y, así, un largo etcétera.

Muchas veces, también, ante la duda nos valemos de la opinión de un amigo o familiar, pero ello no es garantía de acierto. Cada cual tiene sus gustos, sus preferencias y cuenta lo que quiere contar. ¿Existe, pues, una voz lo suficientemente neutral, juiciosa y experta que nos pueda sacar de ese mar de dudas? En mi opinión, decididamente no.

Al margen de que las modas y los conocimientos varíen o evolucionen con el tiempo, hay un denominador común y universal en las opiniones de los aparentes expertos que no cambia nunca: el interés comercial. Te endosan lo que les interesa.

Hasta no hace muchos años, esos “expertos” decían que, si querías un coche a prueba de bomba, algo más caro pero cuya inversión amortizarías rápidamente con el ahorro en combustible y con su larga vida útil, tenías que comprar un vehículo diésel. Luego, con el aumento del precio del gasoil ese ahorro ya no lo era tanto, las reparaciones resultaban económicamente más costosas y el brío del motor era menor, por no hablar del ruido al ralentí. Pero eso eran minucias. Los automóviles se han hecho cada vez más sofisticados y el motor diésel es más eficiente y más silencioso. Con el turbodiésel ya ni os cuento. El coche tira prácticamente igual que uno de gasolina. Pero el gasoil —se decía— contamina mucho más, solo hay que ver el humo negro que sale del tubo de escape de los autobuses urbanos. Entonces empezó el declive de este tipo de vehículos. Todo era negativo, hasta llegar al punto de anunciar su desaparición forzosa para luchar contra la contaminación ambiental. El parque de automóviles se tiene que ir renovando a favor de motores mucho más eficientes y menos contaminantes, con la mirada puesta en los vehículos híbridos y, todavía mejor, los eléctricos.

Un servidor, que hasta hace dos años había tenido cuatro coches con motor diésel de los que estuve muy satisfecho, decidí cambiar a un coche a gasolina y, según la marca elegida, con un motor nuevo y altamente eficiente, conocido como TFSI, un nuevo sistema de turbo-inyección estratificada (¿?) que otorga al motor más potencia con un menor consumo y menos emisiones contaminantes, dotado, además, de un sistema “cylinder on demand”, que hace que el vehículo, al alcanzar una velocidad de crucero, solo utilice cuatro de los ocho cilindros de que dispone, con lo cual se ahorra combustible. Todo muy bonito, ¿verdad?, pero tan bonito como falso, o en todo caso inexacto. Mi nuevo vehículo es algo más silencioso, pero consume más que los anteriores de gasoil. Además, los estudios más recientes sobre el tema indican que los motores a gasolina emiten más CO2 (14%) que los motores diésel (12%). En cuanto a los óxidos de nitrógeno, los gases más nocivos, resulta que también se producen en los nuevos de gasolina “que usan una mezcla estratificada”, es decir, la tecnología FSI. O sea, que el cambio ha sido como el “chocolate del loro”.

Siempre que uno compra un coche nuevo está comprando lo mejor del mercado, según el vendedor, pero cuando deseas venderlo, aunque esté en muy buenas condiciones, es la peor marca, el modelo menos atractivo, que no tiene salida en el mercado de segunda mano.

¿Cuándo dejarán de tomarnos el pelo? Me temo que lo mismo ocurrirá con los coches eléctricos. Dicen que son limpios, pero también emiten CO2 y la fabricación de sus enormes baterías es altamente contaminante, por no hablar de su deshecho. Ahora se habla de reciclarlas, pero no podrán reciclarse indefinidamente. ¿Acabaremos montando cementerios de baterías? El tiempo lo dirá. De momento nos cantan sus ventajas. Trescientos o más kilómetros de autonomía. Pero ¿cuántos puntos de carga existen en todo el territorio español? Y ¿cuánto tiempo debemos dejar el vehículo en situación de carga antes de volvernos a incorporar a la carretera? Ahora solo necesitamos unos pocos minutos para llenar el depósito de carburante. ¿Es realmente práctico tener que esperar media hora a pie de carretera? Y esto con el sistema de carga rápido, que seguro que es menos eficiente. ¿Cuántas viviendas disponen de un sistema de carga eléctrico para los automóviles de sus inquilinos? Esto es como impulsar el uso del transporte público, intentando convencer al ciudadano que deje el coche en casa, pero sin ampliar el número de autobuses o de trenes. ¿Quién es el primero en dar el paso?

Pero me he centrado en el caso de los automóviles, cuando algo muy parecido ocurre con muchos otros artículos de consumo.

Vas a un centro comercial para ver qué televisor te conviene. Tienes claro que lo quieres de x pulgadas y de una gran calidad de imagen y sonido. Y te encuentras con un abanico de precios increíble, desde los trecientos a los más de mil euros y todos son buenas marcas. Aparentemente son iguales. Los ves encendidos y la calidad de la imagen y del sonido es aparentemente igual. Incluso la misma marca ofrece modelos que no distinguiríamos si no viéramos junto a ellos su precio. ¿La diferencia? Sus prestaciones, te dicen. Unos son más inteligentes que otros. Unos acatan nuestras órdenes con la voz. Otros permiten acceder a “Prime video” o a Netflix directamente, pues el acceso ya está disponible en el mando a distancia. Solo tienes que abonarte a esas plataformas, claro está. Si hablamos de smartphones, lo mismo. La cámara fotográfica ahora lo es todo. Cuantos más píxeles mejor. ¿Pero esas diferencias justifican la enorme disparidad de precios? De acuerdo, se han convertido en pequeños ordenadores. Pero ¿no nos estarán tomando el pelo, aprovechándose de un cierto esnobismo por nuestra parte? «Es que tengo un televisor de 50’’, de 8K y con full screen matchline multichannel watch system» (me lo acabo de inventar, pero igual existe). O es un Ipod, Ipad, Iphone de última generación (ya no sé por qué número van). Y con los ordenadores personales lo mismo de lo mismo. Uno cuesta poco más de trecientos euros y otros casi mil. Y yo diría que hacen lo mismo. «Hombre, no compare, la tarjeta gráfica y la de sonido no tienen nada que ver entre este y aquel». Algo de cierto habrá, sin duda, pero no creo que haya tanta diferencia. Muchas veces, por no decir todas, se paga la marca, y las marcas blancas todavía están mal vistas y, la verdad, yo no acabo de fiarme de ellas según el producto de que se trate.

Y tampoco acabo de fiarme de los comerciales. ¿Saben realmente tanto como dicen? ¿Se mueven a favor del interés del cliente o solo por su propio interés, en caso de que se lleve una comisión de cada venta? ¿Pero de quién nos tenemos que fiar cuando desconocemos las ventajas y las prestaciones de un pequeño o gran electrodoméstico? ¿Debemos creer que cuanto más caro más bueno? En estos casos suelo hacer como cuando pido varios presupuestos para un trabajo, por ejemplo, de reformas del hogar. No me quedo ni con el más caro ni con el más barato. Pienso que la empresa que me ofrece el presupuesto más alto se quiere aprovechar de mí y la que me ofrece el más bajo acabará haciendo una chapuza.

Esto es lo malo de estar desinformado, que eres un blanco perfecto para que te tomen el pelo. No es lo mismo comprarte algo que cuesta cincuenta euros que mil. ¿Qué hacer ante la duda? Lo más prudente sería esperar a que un conocido dé el primer paso y ver qué ocurre, pero ello no siempre es posible y, además, hay gente que miente muy bien, que nunca reconocerá que se ha equivocado, que ha metido la pata, que le han tomado el pelo, que ha comprado un churro. Antes muertos que fracasados.

Decididamente, estamos solos ante el peligro. No nos queda otra que arriesgarnos y luego, si lo que nos han vendido no cumple nuestras expectativas, reclamar. ¿Reclamar? Pero ¿qué digo? Santa Rita, Rita, Rita, lo que se compra no se devuelve.

 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Lecturas de verano

 


Durante estas vacaciones de agosto, las más extrañas que jamás haya vivido, dadas las circunstancias que nos han rodeado y siguen rodeando, he dedicado más tiempo a la lectura que en anteriores ocasiones, pues las actividades al aire libre se han visto notablemente restringidas.

Nunca he dedicado este espacio a hablar de libros. Esta es, pues, una primicia, pero no le voy a dedicar ni unas pocas líneas a hacer una reseña de mis lecturas, pues es algo que sé que no se me daría bien.

El motivo de esta entrada es más bien lanzar al aire una reflexión, o seria más oportuno llamarla disquisición, sobre la fragilidad de la calidad literaria de algunos autores de fama reconocida.

No es la primera vez que un autor a quien admiro y del que he disfrutado de varias de sus novelas, de pronto me defrauda estrepitosamente. ¿Ha dejado de escribir tan bien como antes o acaso soy yo quien ha perdido el gusto por lo bueno y ya no sé reconocer su talento?

Entiendo que la calidad no es algo inmutable. No todas las obras de un mismo artista son igualmente buenas. Las hay mejores y peores. Lo mismo puede salir mejor unas veces que otras, aun usando los mismos ingredientes y la misma técnica. Si encima se trata de obras distintas, es normal que una pueda ser de gran calidad y otra no tanto. Pero la calidad narrativa de un autor consagrado creo que debería ser inalterable. El fondo —el argumento de la obra— será más o menos interesante u original, pero la forma —el estilo narrativo— debería ser constante. O al menso eso creía.

Desde finales de julio hasta finales de agosto de este año, he leído cuatro novelas, a saber: “La Madre de Frankenstein”, la última publicación de Almudena Grandes, “Seguiré tus pasos”, de Care Santos, “Mujeres que no perdonan”, de Camilla Läckberg, y “El enigma de la habitación 622”, de Jöel Dicker.

De Almudena Grandes solo había leído “Besos en el pan”, que no me gustó, y unos pocos capítulos de “Los pacientes del doctor García”, que acabé aparcando porque se me hacía una bola difícil de digerir, como los niños que no acaban de tragarse el pedazo de carne porque les resulta dura de masticar. Pero una vez leída su última novela, que me ha entusiasmado, le estoy dando una segunda oportunidad —o me la estoy dando yo— al doctor García y a sus pacientes, a ver si ahora descubro su mérito. Hay que decir, también, que en ello influye mucho el estado de ánimo en que se encuentra el lector en un momento determinado. A veces ocurre que películas que en su primer visionado nos han dejado imperturbables, en la segunda ocasión nos han entusiasmado.

De Care Santos he leído prácticamente todas sus novelas. Es una autora que me gusta mucho y, excepto su penúltima obra, “Todo el bien y todo el mal”, que me resultó insulsa, el resto de sus novelas me han encantado. “Seguiré tus pasos”, su último libro publicado, cuyo argumento está conectado con la anterior, me ha gustado más, pero aun así no ha cubierto mis expectativas. Me ha entretenido y punto.

De la autora sueca Camila Läkberg había leído seis novelas, todas ellas del género policíaco que, sin llegar a la altura de mi admirado Henning Mankell, siempre me parecieron de un notable interés y de calidad. En esta ocasión, sin embargo, mi extrañeza ante una obra tan pobre y sosa ha sido monumental. “Mujeres que no perdonan” —el titulo ya no prometía mucho, pero siendo una traducción (vete tú a saber qué significa exactamente Kvinnor utan nad), nada hacía sospechar el bodrio que había detrás de ese título más propio de una novela de Corín Tellado— es la historia de tres mujeres que quieren acabar con la vida de sus respectivos maridos por distintos motivos. Un poco más y acaban con la mía. Parecía que estaba leyendo una novela por entregas de los años cincuenta.

Y finalmente, el joven, guapo y exitoso escritor suizo, Jöel Dicker, nos sorprende con su nuevo best seller, “El enigma de la habitación 622”. A mí lo que me ha sorprendido es que un escritor que me mantuvo enganchado en sus tres obras anteriores —sobre todo la primera, “La verdad sobre el caso Harry Quebert”— me haya hastiado tanto con un relato que, queriendo seguir el estilo críptico de “La desaparición de Stephanie Mailer”, ha hecho de esta un serial de lo más engorroso, con —para mi gusto— excesivos saltos cronológicos —diez días antes de, quince años antes de, un año antes de, unas horas antes de, tres años después de, y así para delante y para atrás mareando la perdiz— que lo único que ha logrado ha sido irritarme porque da la impresión de que juega con el lector posponiendo una y otra vez el meollo de la cuestión a lo largo de más de 600 páginas. Y por si eso fuera poco, las escenas “románticas” —que son muchas, pues hay toda una tremenda historia de amor como telón de fondo— me han resultado tan almibaradas que parecía que estaba leyendo una novela de amor de los años de la posguerra.

Vuelvo, pues, a mi pregunta y planteamiento: ¿Cómo alguien que nos ha complacido tanto con sus novelas, de pronto nos decepciona de tal modo? A veces me siento tentado de volver a leer obras que en su día me fascinaron para ver si siguen pareciéndome igual de buenas.

¿Qué les ocurre a los escritores célebres —incluyo en la lista a Isabel Allende, quien también me decepcionó mucho con El juego de Riper— que de escribir una maravillosa historia saltan de repente a algo intrascendente e insustancial? ¿Acaso, faltos de ideas y presionados por su editorial se atreven a escribir lo primero que se les pasa por la cabeza?

El Marketing nos engaña ensalzando la última obra de tal o cual autor y luego resulta un bluf. Como no podemos fiarnos de la sinopsis, no hay forma de saber si una novela nos gustará a menos que la probemos, como quien prueba un cocido en invierno o un gazpacho en verano. Por otra parte, la opinión ajena tampoco es una garantía total, a menos que quien nos la da sea un lector o lectora con quien tenemos gustos muy afines. Aun así, uno se puede estrellar contra un muro de hormigón que al otro, u otra, le ha parecido un colchón de plumas.

Así pues, me pregunto quién es más voluble literariamente hablando, ¿los lectores o los autores?