Hace unas semanas, en dos
programas de La Sexta —creo recordar que uno era Al Rojo Vivo y el otro La
Sexta Noche— en los que se debatió el tema de la Covid-19 y de cómo el Gobierno
estaba llevando las riendas de su control, el periodista Paco Marhuenga expresó
un manifiesto y reiterado desprecio por Fernando Simón, basándose
exclusivamente en el hecho de no ostentar el título de Doctor. Recuerdo también
que, tiempo atrás, fue Ada Colau la víctima de una crítica similar por parte
del escritor y académico catalán Félix de Azúa, uno de los fundadores de
Ciudadanos, que la calificó de ignorante con estas palabras: “¿Qué entenderá
por misoginia una mujer que apenas tiene estudios?”. Lo poco que sé de la
señora Colau a este respecto es que no terminó la licenciatura de Filosofía.
Si nos remitimos más atrás en el tiempo, recordaremos los casos de los Másteres falsos de Cristina Cifuentes y de Pablo Casado, con el único objetivo de alardear de títulos, como si ellos les capacitara mejor para desempeñar sus funciones como servidores públicos. O bien las dudas que suscitó entre la bancada popular el doctorado de Pedro Sánchez. Todo ello demuestra la importancia que algunos le dan a los títulos, que llegan a utilizarlos, en un sentido u otro, como armas arrojadizas.
Conozco casos de compras de
tesis doctorales —supuestamente realizadas en Universidades del Este— para no
ser menos que sus colegas doctores. Y es que una cosa es ser listo y otra
inteligente y está visto que en nuestro país tienen más éxito los listillos,
esos que inflan su Currículum vitae (CV) con títulos inexistentes, que los que
se lo curran de verdad. En lugar de “por sus hechos los conoceréis”, hay quien
prefiere “por sus títulos los respetaréis”. De ahí que muchos falsifiquen su CV
con total impunidad. Unos se llevan la fama y otros cardan la lana.
Mi madre siempre me decía que
una carrera (universitaria) abría muchas puertas. Se refería, claro está, a
oportunidades laborales, no a las puertas giratorias que usan algunos de
nuestros políticos cuando dejan de ocupar su poltrona y de desempeñar su cargo
con mayor o menor fortuna.
Es evidente que una buena
preparación, gracias a los conocimientos adquiridos en los estudios, acaban
reflejándose en la capacidad para ejercer eficazmente una profesión, sea la que
sea. Quien esté mejor preparado, mejor le irá en la vida laboral, de manera
que, aunque haya excepciones, un pésimo estudiante difícilmente llegará a
ocupar un puesto de responsabilidad —a no ser que sea un político o un
“enchufado”.
Los títulos académicos son, en
principio, una garantía de que cualquier profesional podrá llevar a cabo su
trabajo con la calidad suficiente y exigible, pero no hace de quien los posee una
persona mejor que el resto. He conocido a individuos con un grado de formación
muy elevado que han resultado ser unos impresentables, bien por su mala
educación, bien por su insufrible arrogancia. Aunque parezca mentira, no
siempre la formación va de la mano de la educación.
A lo que me refiero es a la
inmerecida importancia que se da muchas veces a las titulaciones académicas, sobre
todo cuando solo pretenden “adornar” el perfil de un aspirante a un puesto de
trabajo o a lo que sea.
En mi dilatada vida laboral he
visto cómo, durante una selección de personal, el seleccionador se ha centrado única
y exclusivamente en la formación académica que aparece en el CV del candidato.
Está claro que cuantos más estudios se tenga, más posibilidades hay de acceder
a un puesto de trabajo, sobre todo si hay una gran precariedad laboral o mucha
competencia. De ahí que nuestros jóvenes se vean obligados a cursar másteres y
otras diplomaturas por tal motivo. Pero suele quedar en el olvido dos aspectos
que para mí son fundamentales: la aptitud y la actitud. Es la práctica la que
forma de verdad. La capacidad de análisis, la iniciativa, el trabajo en equipo
y las ganas de aprender están, para mí, por encima de las calificaciones
académicas.
Esa inflamación curricular que algunos sienten, y que he bautizado como titulitis, no siempre va aparejada a una labor meritoria en su puesto de trabajo. Volviendo al principio, no sé si Fernando Simón era el mejor candidato para ocupar el puesto que ocupa, pero lo que no es de recibo es que se le desprecie por no haberse doctorado. Podría haber hecho un doctorado sobre el impacto de la Drosophila melanogaster en la propagación del dengue en Centroamérica y no tener la menor idea de cómo gestionar el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad. Tampoco sé cuán bien o mal lo hace Ada Colau al frente de la alcaldía de Barcelona, pero cualquier crítica que se le haga deber estar relacionada con su labor en el cargo que ocupa y no con su formación académica. De igual modo que las apariencias engañan, un título también puede llevar a engaño y tenerlo o no, no debería ser motivo de puyas ni descalificaciones personales. Una cosa es sentirse orgulloso por el título merecidamnete obtenido con el esfuerzo personal y otra muy distinta es denostar a quienes no lo poseen y considerarlos por ello inútiles para el cargo que ocupan.
No haber cursado estudios superiores no significa ser un don nadie. Jose Mújica, expresidente de Uruguay, no llegó a terminar el bachillerato. ¿Alguien puede considerarlo un ignorante o un inútil para la política? Es una persona brillante y humilde como pocas. Es todo un ejemplo de sencillez y humanidad, que es lo que más falta hace en nuestra sociedad.






