Desde que las redes sociales
han invadido nuestra vida social, valga la redundancia, ha aparecido una serie
de nombres, títulos y actividades que no cesan de crecer. Primero fueron los facebookers,
o de un modo más coloquial, feisbuqueros, que junto con los bloggers, o
blogueros, eran mayoría; a estos les siguieron los twiterers o tuiteros,
los instagramers (término sin equivalente en castellano), los youtubers
o yutuberos, y más recientemente los viners (usuarios de la red social
Vine, dedicada a compartir vídeos cortos y a los que todavía no se les ha asignado
el más que probable calificativo castellano de vineros).
Así pues, Facebook, los blogs
de todo tipo, Twiter (ahora bautizada como X por su propietario, el archimillonario y excéntrico Elon Musk), Instagram, Youtube y el ya mencionado
Vine, son las redes sociales que dominan este espacio creado en internet por
personas u organizaciones que se conectan con una inmediatez increíble para
compartir intereses o valores comunes.
Si estas redes o aplicaciones
son útiles para la sociedad lo dudo, pero sí debo admitir que contribuyen a
expandir noticias y hechos privados y públicos de forma instantánea, pero que
solo interesan a sus usuarios. Pero como en toda aplicación tecnológica, hay
pros y contras, y esos contras los estamos sufriendo cada vez con más
intensidad. Un instrumento no es malo per se hasta que el uso que se le
da resulta pernicioso.
Hay quien gana mucho dinero
compartiendo sus imágenes, experiencias, conocimientos, ideología, etc., en
función del número de personas que visionan sus, en algunos casos, chorradas y
diatribas mentales, que luego son imitadas por sus fieles seguidores. Y ahí
entra el denominado Influencer, que, como su nombre indica, influye (a
veces muy negativamente) en el comportamiento de sus admiradores.
Entiendo que a muchos de esos
“promotores” les mueve un afán de notoriedad y de rendimiento económico, pues
cada vez hay más que viven de ello. Pero lo que no entiendo es la existencia de
esas otras personas que se dedican a denigrar u ofender a una organización o a
otras personas, normalmente populares o famosas. Son los denominados haters,
término inglés que significa odiadores (hate = odio, odiar).
Los haters se caracterizan por
ser personas que, sistemáticamente, se dedican a criticar duramente, a hostigar
y ridiculizar a sus “presas”, de forma pública para, de este modo, dar más
repercusión a sus ataques. Me las imagino personas cínicas, desdeñosas y hostiles
por naturaleza, amargadas, hipócritas y, evidentemente, agresivas.
Deben ser de esas personas
que, por costumbre y con ánimos de perjudicar al destinatario de sus
invectivas, dejan una opinión muy negativa e incluso nefasta en las webs de las
empresas (restaurantes y cualquier otro tipo de negocio) a las que han acudido
en alguna ocasión o que ni siquiera conocen de primera mano. Solo les mueve el
ánimo de perjudicar, de dañar la imagen de su objetivo.
El ámbito de su actuación son
esas redes sociales a las que he aludido anteriormente, por su difusión extensa
y pública, y siempre intentando hacer valer su opinión por ser el único
razonamiento correcto para ellos. Suelen ser políticamente incorrectos, pues
emiten sus juicios —o debería decir prejuicios— de forma provocativa, buscando
la confrontación que, por lo general, no aparece porque el aludido prefiere no
entrar en el juego y obviar las sandeces que aquel utiliza en su contra. Y no
creo que esa animadversión esté dirigida a una única persona o grupos de
personas o entidades. Es algo natural en ellos. Cualquier motivo es bueno para
odiar, simplemente les gusta atacar a otros con cualquier excusa (militancia o
ideología política, credo religioso, gustos musicales, raza, sexo, etc.).
Parecido al hater está el
troll (al que hasta ahora desconocía), que se dedica a publicar comentarios
provocadores con la finalidad de hacer enfadar y provocar al resto de la
comunidad de usuarios, por simple diversión. A diferencia del hater, que, aun
siendo hostil, muy crítico y negativo, pero que aporta su punto de vista,
aunque sea desagradable, el troll busca interrumpir una línea de conversación,
burlándose de forma ingeniosa e irrelevante. Un tonto del culo, vamos. Y perdonad
la vulgaridad, pero no he encontrado otro calificativo para definirlos.
Ignoro cuántos haters existen
a nuestro alrededor, aunque sospecho que cada vez son más, pues parece que el
odio retroalimenta a esos odiadores compulsivos. Es bien sabido que el odio
genera odio, y solo hay que ver la situación política de nuestro país y de
otros muchos en el mundo.
Ahora los políticos se echan
los trastos a la cabeza y hacen declaraciones a través de tweets (o tuits).
Claro que no sé cuál es el mejor, o peor, modo de calumniar y atacar al
oponente, si de forma verbal o escrita. Dependerá de la difusión que se le dé a
esos mensajes.
Creo que la figura del hater
se ha instalado en nuestra sociedad para siempre y ocupa muy diversos puestos y
no solo en las redes sociales, sino también en quienes ostentan cargos de
responsabilidad.
El mandamiento que dice “amar
a tu prójimo como a ti mismo” —uno de los diez mandamientos más difícil de
cumplir, todo hay que decirlo— y el mandato bíblico de “haz el bien y no mires
a quien” se han fusionado y mutado para convertirse en “odia a tu prójimo y no
mires de quien se trata”.
Pienso, y quiero creer, que el
odiador compulsivo es un infeliz, porque acumular odio no puede hacer feliz a
nadie. Quizá estemos ante un enfermo mental que solo encuentra alivio vomitando
sapos y culebras. Que Dios nos libre de los haters. Amén.






