Hay
preguntas que uno se hace con cierta frecuencia, pero que no se atreve a
formular en voz alta, y menos a quien debería contestarlas, por simple
prudencia, pues si es indiscreta o molesta, en el mejor de los casos no
recibiremos respuesta o esta estará a la altura de nuestra osadía.
Como,
por lo general, mis disquisiciones vienen a cuento de algo que ha ocurrido o se
me ha ocurrido recientemente, estos son tres de los interrogantes a los que
nadie me ha sabido contestar convincentemente y que hace tan solo unos días me
han vuelto a asaltar:
¿Por qué lo/as meteorólogo/as disfrutan
dando una previsión del tiempo tremendamente negativa?
¿Os
habéis fijado con cuánta vehemencia, profusión de datos y parafernalia
gesticular informan estos profesionales del advenimiento de una gran borrasca,
un viento huracanado, un frio polar, o ártico (nunca he sabido cuál de los
dos es peor), una inversión térmica, una ciclogénesis explosiva o, en el otro
extremo del espectro climatológico, una ola de calor sahariano? Quizá es que las malas
noticias son más noticiables, valga la redundancia, y que la gente también se
interesa mucho más por ellas, como lo demuestra la emoción con la que las acoge
y comparte. O quizá será que el “buen tiempo”, entendiendo como tal una
estabilidad y/o normalidad climática acorde con la época del año, les resulta
monótono e incluso aburrido. ¿Acaso no es lógico que en invierno haga frío y en
verano calor?
Entiendo
que lo que se sale de la normalidad estadística llame la atención, tanto de los
físicos como de los ciudadanos de a pie totalmente legos en la materia. Estar a
20ºC bajo cero en una zona en la que, en pleno invierno, suelen alcanzarse los
-2ºC es algo insólito y digno de mención, por su interés científico como por
simple curiosidad. Pero lo que me llama la atención es la excitación emocional
con la que nuestros hombres y mujeres del tiempo dan esa noticia y pronostican
otras peores (el porcentaje de aciertos es otra historia), que de agradables no
tienen nada, y cómo la contagian al resto de la población.
¿Por qué hay parejas (o uno de sus
miembros) que no quieren conocer el sexo del bebé antes de nacer?
Desde
hace décadas las ecografías nos muestran la evolución del embrión y del feto.
Es, pues, esta una herramienta extremadamente útil que nos indica que todo va
bien durante la gestación o, por el contrario, si existe alguna anomalía que, al
conocerla con la suficiente antelación, nos puede permitir tomar medidas
preventivas o cautelares. Entonces, si esa técnica nos muestra cómo es y cómo
evoluciona el futuro bebé, ¿por qué hay quien le pide al ginecólogo o a la ginecóloga
que le oculte la naturaleza de sus atributos sexuales?
Ciertamente,
conocer de antemano una anomalía es muchísimo más importante que conocer el
sexo. Lo primero puede tener solución, lo segundo no. También estoy de acuerdo
con que no es imprescindible saber el sexo si solo es para elegir el nombre de
la criatura cuatro o cinco meses antes de dar a luz o para saber si habrá que
vestirla de azul o de rosa (si es que eso todavía se lleva), y ahorrarse así cambiar
luego la ropa comprada con la debida antelación.
Pero
no es por ello por lo que me pregunto el motivo de querer ocultar el sexo de la
criatura hasta el momento del parto, allá cada uno con sus planificaciones o
improvisaciones. Lo que realmente me llama la atención de esa solicitada ocultación
es la falta de curiosidad o, con toda probabilidad, el deseo de postergar el
conocimiento de ese dato. ¿Cómo puede ser, me pregunto, que teniendo en
pantalla esa evidencia, se nieguen a que se les desvele para, según he podido
oír recientemente y una vez más, mantener la emoción hasta última hora? De ser
así, cabría preguntarse también si, cuando el niño o la niña haya nacido y
todavía esté en el paritorio, no habrá quien, para prolongar todavía más ese
interrogante, dilatar esa emoción y mantener el suspense, pida al médico o a
las enfermeras que no se lo/la muestre desnudo/a hasta que no esté en su cunita
y tenga que cambiarle el pañal. Así habrán ganado un tiempo más de intriga.
¿Por qué, después de una
comida pantagruélica, hay quien pide sacarina para endulzar el café?
¿Cuántas
veces no habremos visto cómo, tras una opípara comida rica en hidratos de
carbono, grasas y proteínas ─vamos, de todo─, y que se ha rematado con una
suculenta tarta, un flan con nata, un helado de tres gustos o cualquier dulce
como postre, cuando le llega el turno al café, se pide al camarero cambiar el
terrón o el sobre de azúcar por uno de sacarina u otro edulcorante sintético con
el que endulzar esa amarga infusión?
Si
tenemos en cuenta que una cucharadita o sobre de azúcar normal contiene, según
la fuente consultada, entre 16 y 30 calorías y que una comida no vegana, abundante
y rica en todos los nutrientes y compuestos alimenticios habidos y por haber, puede
tranquilamente rondar las 1.500-2.000 calorías (en realidad son Kilocalorías), ¿a
qué vienen esos escrúpulos de última hora, evitando añadir a esa copiosa ingesta
un sobrecito de azúcar de mesa? Supongo que será por remordimientos, para
aplacar nuestra mala conciencia o como signo externo de contención una vez ya
hemos sobrepasado exagerada y deliberadamente el límite recomendado. ¿No sería
mejor, o más racional, compensar ese exceso con una cena frugal baja en
calorías? A no ser, claro está, que a uno le guste más el sabor del edulcorante
sintético que el del azúcar de caña o de remolacha, ya sea blanco o moreno.
Que conste que soy
de los que piensan que cada uno puede hacer lo que desee y comportarse como le
venga en gana, mientras no moleste ni obligue a los demás a seguir su ejemplo. No
obstante, hay cosas que me llaman poderosamente la atención y para las que,
como he dicho al principio, no tengo una respuesta convincente (al menos para
mí). También es cierto que todos (o casi todos) manifestamos comportamientos
que pueden parecer extraños al resto de mortales, tenemos nuestras filias y
nuestras fobias, nuestros tics y nuestras manías. Así que esta entrada no tiene
porqué considerarse una crítica negativa en toda regla, sino más bien una de
mis reflexiones inconexas. Uno, que es curioso por naturaleza. Aunque debo
reconocer que alguien que parece disfrutar dando malas noticias sí que me
molesta. Y mucho. Más aún, me da una rabia…
¿Y
a vosotros/as os ocurre igual? ¿Tenéis alguna fobia social, o una duda o
incógnita que hasta ahora nadie os ha sabido aclarar?






