No soy experto en algoritmos, pero sí sé que, de un modo u
otro, nos controlan. También ignoro hasta qué punto la IA puede introducirse en
nuestra vida personal, pero lo que sí tengo claro es que, sea lo que sea, nos
tienen fichados. Y, en parte, es culpa nuestra.
Nuestros teléfonos móviles, ordenadores, incluso los
televisores llamados “Smart tv”, contienen aplicaciones inteligentes (búsquedas
por internet, asistentes de IA, como el ChatGPT, órdenes de voz, navegadores, plataformas
digitales, etc.) y acaban conociendo nuestros movimientos, gustos musicales, cinematográficos,
de lectura, hábitos de compra y demás.
Con su uso, exponemos nuestra vida cotidiana sin darnos
cuenta. Es habitual que, tras una búsqueda por internet de información de un
producto en concreto, recibamos al cabo de muy poco tiempo publicidad sobre ese
mismo producto, aun no habiéndolo adquirido. Y si lo henos comprado online,
Amazon (si estamos suscritos a esa aplicación de venta online, obviamente) nos
ofrece, día sí, día también, artículos iguales o semejantes. Google Maps, por
su parte, recopila información sobre dónde hemos estado o viajado el último
mes. Y todo porque nos rastrea los movimientos gracias al GPS de nuestro móvil.
Evidentemente, podríamos eludir ese control si no tuviéramos ningún dispositivo
de los mencionados. Pero nos rendimos a ello en pro de la modernidad y porque
algunas de esas funciones nos son de utilidad. Sarna con gusto…
Pero si pusiéramos en los platillos de una balanza los pros
y los contras, no sé cuál sería el resultado. Supongo que cada cual lo manipularía
en función de sus intereses.
Pero hay situaciones que tales intromisiones son realmente
perversas y este es el motivo de esta entrada.
Los que me seguís regularmente, sabéis que hace muy poco (al menos para mí) comenté en ese blog que había tenido que sacrificar a mi muy querido perro, un fiel animal que me ha acompañado durante casi catorce años y al que extraño sobremanera y seguiré extrañando por mucho tiempo. Pues bien, desde el día de su sacrificio, estoy recibiendo casi a diario memes, en forma de notas, pensamientos o reflexiones, imágenes, informaciones y demás, en torno a la pérdida de un animal de compañía. Solo con verlo, tanto en Facebook como en Instagram, se me forma un nudo en la garganta difícil de eliminar. Especialmente dolorosas me resultan las colecciones de fotografías que produce Google, a modo de collage o compendio sobre viajes, celebraciones, o escenas familiares supuestamente alegres que envía al usuario para disfrute y recordatorio, y que últimamente es mi perro el protagonista de muchas de esas recopilaciones de imágenes. ¿Por qué precisamente ahora?. Parece hecho a propósito. Si fuera algo deliberadamente producido por un ser humano, diría que es un sádico endemoniado, pero es algo producido artificialmente a partir, supongo, de alguna información que habré compartido (como mi entrada en mi blog) o que he buscado. ¿Cómo voy a disfrutar viendo fotografías antiguas de mi “Pelut” en diferentes lugares, solo o en mi compañía? Es demasiado pronto para ello, pero esas aplicaciones no tienen sentimientos porque solo son eso, aplicaciones.
La IA o lo que sea, tampoco tiene empatía, e ignoro si sabe distinguir entre tristeza y alegría. Solo responde a estímulos, a partir de información que ha ido recopilando a lo largo del tiempo, información que obtiene de diversas fuentes. No obstante, tengo que admitir que en las pocas ocasiones que he utilizado el ChatGPT para hacer una consulta médica y, más recientemente, para preguntar algo relativo a la salud de mi perro cuando ya mostraba señales de empeoramiento, en sus respuestas sí se apreciaba una empatía casi humana. Un “lo siento, sé por lo que estás pasando” y manifestaciones de este estilo. Curioso, pero seguramente antinatural, programado de antemano.
Estas situaciones no solo van en contra de mis
conocimientos y comprensión, sino que, además, me hacen rebelarme contra una
tecnología que, en sus partes negativas, me molesta, me ofende y me hace sentir
impotente, ya que no hay forma de denunciar estas prácticas al desconocer su
origen real.
Lo único que me queda por hacer es pasar de largo todo ese
material que me resulta dañino y mentar a la madre que parió a tanto control y
tanta tecnología innecesaria.
