A pesar de que la ciencia, como dice Don Sebastián a Don
Hilarión en la zarzuela La verbena de la Paloma, adelanta que es una
barbaridad, y eso incluye a la medicina, todavía hay médicos que más que curar
te estropean el cuerpo (y a veces el bolsillo). Y como ejemplo, os voy a contar
mi caso:
A resultas de haber padecido un cáncer de mama y que uno de
los tratamientos a los que fui sometido consistía en un nuevo medicamento (que
resultó tremendamente eficaz para mi curación) que era cardiotóxico, tuve que
seguir controles cardiológicos, primero cada cuatro meses y, una vez dado de
alta, anuales. Esos controles consistían en un ecocardiograma seguido de un
test de esfuerzo. Fuera del hospital, el cardiólogo al que acudí, para realizar
dicho test, me hacía montar sobre la cinta rodante a poca velocidad, andando al
estilo Rajoy durante un buen rato y punto. Pero al cuarto año de seguimiento,
mi cardiólogo “de confianza” dejó de atender en el centro médico al que acudía
y en su lugar me atendió otro totalmente desconocido para mí.
El caso es que después del habitual ecocardiograma, una vez
en la cinta para el test de esfuerzo, tras un par de minutos de andar a paso
rápido, aumentó la velocidad, debiendo correr como observamos en los gimnasios.
Hasta aquí nada extraordinario, pero cuando ya estaba sudoroso y echando el hígado por la
boca (pues a mis setenta y seis años, y no habiendo hecho jamás deporte ni
acudido a un gimnasio, me resultó un ejercicio bastante duro), el muy insensato,
aceleró la cinta, sin advertirme, a tal velocidad que caí de bruces. Por acto
reflejo me agarré a la barra de sujeción frontal, mientras la cinta seguía en
marcha, con lo cual me iba rozando las piernas, y especialmente las rodillas.
El hombre ni siquiera se dignó a excusarse ni a ayudarme a levantar, cosa que
hice con bastante esfuerzo. Solo me preguntó si podía andar hasta la camilla
donde me hizo otro ecocardiograma.
Al llegar, penosamente, a la camilla, pues no podía doblar
las rodillas sin sentir dolor, y tras el segundo ecocardiograma, me pidió que
me subiera los pantalones para ver si me había lesionado mucho. Parecía un
cristo crucificado. Ambas tibias y rodillas estaban en carne viva y me dolían
tremendamente. Entonces va y me pregunta qué prefiero que me aplique, agua
oxigenada o alcohol. ¿Es eso posible?, pensé. Al final me puso Betadine y me
tapó las heridas con una gasa y andando para casa.
Lo de andando es un decir. Llegué a casa moviéndome como
Forest Gump, cuando llevaba esos aparatos metálicos de soporte. Parecía un
autómata, un robot. Pero lo peor todavía estaba por llegar. Al día siguiente,
no podía mover las piernas, pues al mover los escasos músculos (cuádriceps y
gemelos) que todavía tengo, el dolor en las heridas era muy intenso. Tuve que
acudir de urgencias al hospital de la población donde estaba pasando el fin de
semana y donde se aplicaron a fondo en lavar, desinfectar, aplicar un
antiséptico y cubrirme las lesiones como dios manda y aconsejándome que el
lunes (estábamos a sábado) acudiera a mi ambulatorio para que revisaran las
heridas y volvieran a curarme.
El caso es que las heridas fueron formando una costra, como
es normal, que tardaron mucho en desprenderse, salvo una, la de la rodilla más
dañada, que tardó para ello dos meses, quedando una lesión hinchada y de un
rosa subido, muy sensible al tacto. A cabo de cuatro meses de aquel percance,
todavía me duele. El dermatólogo al que he acudido, me ha dicho que, aun no
siendo habitual, la explicación de la tardanza en curarse totalmente era que
soy diabético y a los diabéticos las heridas en las piernas tardan más en sanar
y que (eso sí que me dolió) “a mi edad” era bastante normal esa recuperación
tan lenta. Me ha recetado una crema antiinflamatoria que debo aplicarme dos o
tres veces al día en la lesión durante, por lo menos, un mes. Ahí es nada.
Mi mujer y todo aquél a quien se lo cuento, me dice que
hubiera debido denunciar al médico, por incompetente y negligente. Pero yo, a
quien no le gusta la confrontación y que, además, creo que ello habría sido del
todo inútil, me quedo como estoy, esperando pacientemente el fin de este
maldito proceso. ¿Qué he hecho yo para merecerme esto?: Ponerme en manos de un
desconocido sin haber consultado previamente su historial o los comentarios que
suelen dejar los pacientes en la web del centro sanitario.
El sujeto, además, me dio cita para el pasado mes de
septiembre para ponerme un holter (un aparato portátil, pegado al cuerpo, que
mide los latidos y la actividad eléctrica del corazón durante 24 horas) y
hacerme una analítica completa. Por supuesto, decidí anular estas pruebas y la
cita posterior para evaluar los resultados. Ha sido el único modo de revelarme.
Que le den al cardiólogo y a las pruebas, pues es bien sabido que son las
pruebas diagnósticas y las analíticas lo que da más dinero a los centros
sanitarios privados.
Esto me ha enseñado (¡a mi edad!) que antes de ponerme en
manos de un médico desconocido, me asegure que no es un matasanos, pues, aunque
parezca mentira, todavía los hay.

Madre mía. Lo del agua oxigenada o el alcohol me ha llegado al alma. Pero ¿de dónde ha salido ese hombre? Hay que andarse con cuidado. Lo malo es que por la experiencia que tengo de mi madre, en los centros de salud los médicos no duran nada. A ella cada vez que iba (y iba mucho por su edad) la veía un médico distinto. Unos se habían jubilado, otros estaban de baja, otros habían cambiado de centro... En fin nunca sabías con quien tratabas. Espero que pronto estés recuperado del todo.
ResponderEliminarUn beso.
¡Qué barbaridad! Desde luego en la sanidad hay de todo. Hay médicos que no se dónde han recibido el título y creo que muchos de nosotros también podríamos contar más de una cosilla, sin embargo también hay otros que da gusto con ellos. Una cosa que no veo bien es que los ponen y los quitan como quieren, y vas confiando en que te va a tocar con uno al que ya conoces y él te conoce a tí y resulta que ya no le ves el polvo más. En fin, desgraciadamente esto está degenerando mucho
ResponderEliminarEspero que te recuperes pronto de tu percance.
Un abrazo, Josep