martes, 1 de abril de 2025

¿Pobre y feliz o rico e infeliz?

 


Muchas veces nos habremos encontrado ante la disyuntiva de tener que elegir entre dos opciones sin saber por cuál decantarnos, pues ambas tienen sus pros y sus contras. Y la elección es todavía más complicada cuando esas dos opciones son polos opuestos.

¿A quién no le han preguntado, de niño, a quién quería más, si a papá o a mamá? Yo no sé vosotros, pero que yo recuerde, mi respuesta era invariablemente “a los dos por igual”. Una respuesta realmente tan diplomática como falsa, pues de pequeño uno suele tener una preferencia, llamémosla también debilidad, hacia uno de los progenitores. Del mismo modo, aunque nadie quiera reconocerlo, los padres también pueden sentirla hacia uno de sus hijos, aunque ello no signifique que no quieran a todos por igual.

Pero una vez abandonada la infancia, viene la típica pregunta de qué quieres ser de mayor y muchas veces no sabemos (al menos yo) qué responder. En tal caso, nos enfrentamos a una disyuntiva cuya resolución puede marcar el resto de nuestra vida. Y esa disyuntiva es todavía mayor si nos planteamos otra pregunta: «¿Qué prefiero, trabajar en algo que me apasione cobrando muy poco o ganar mucho dinero trabajando en algo que no me guste?». Aquí, por supuesto, también cabría recurrir a una respuesta conservadora: «Pues me gustaría trabajar en algo que me apasione ganando mucho dinero» ¡Y a quién no! Pero esa oportunidad muy pocas veces se presenta. Creo que solo lo consiguen los que se hacen famosos en el mundo del arte (actores, músicos y artistas en general), pero seguro que sus inicios fueron muy duros al elegir ver cumplida su vocación a cambio de la incertidumbre. Y aquí me pregunto si aquellos que malviven ganando lo justo para sobrevivir por haberse decantado por su verdadera vocación sin importarles la economía, se arrepienten de su elección.

Todos hemos oído decir que el dinero no hace la felicidad, aunque sabemos que es de gran ayuda para, por lo menos, no ser infeliz por falta de los medios necesarios para llevar una vida cómoda y saludable.

Evidentemente, los extremos no son fiables ni oportunos. Se puede ser muy rico y muy infeliz a la vez, esto está claro, pero siendo muy pobre es muy difícil ser enteramente feliz.

Pero pasemos de la teoría a la práctica y veamos muy resumidamente mi experiencia personal:

A los diecisiete años, justo antes de la Selectividad, tuve que elegir qué carrera universitaria quería cursar. Ante la duda y la falta de información, me plateé tres posibilidades, por este orden: Medicina, Farmacia y Biología. Y ¿sabéis cual elegí?, pues Biología, la que ofrecía muchas menos posibilidades de tener un sueldo mínimamente aceptable, la que menos salidas profesionales tenía —por lo menos entonces—, algo a lo que no le presté la suficiente atención, pues a esa edad primaba más el pensamiento romántico que el pragmatismo.

Y al principio se cumplió la primera de las dos asunciones planteadas: iba a trabajar con ganas, alegría y en un excelente ambiente de trabajo, pero cobrando una miseria como ayudante de investigación en el departamento de bacteriología marina del conocido hoy como Instituto de Ciencias del Mar, gracias a una beca del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Pero la alegría inicial se convirtió pronto en desánimo por cuestiones que no vienen al caso y que sería muy prolijo de explicar. El caso es que para mejorar mi paupérrima situación económica y asegurarme un futuro más confortable, opté por el transfuguismo pasándome a la Industria Farmacéutica, mucho más generosa en cuanto a emolumentos, aunque el puesto a ocupar no tenía nada que ver con la microbiología. Ese puesto, con el tiempo, me brindó la oportunidad de ir escalando y de cambiar en varias ocasiones de empresa, y cada cambio representaba una mayor recompensa económica, aunque para ello me vi obligado por las circunstancias a licenciarme en Farmacia, que me aportaría unos conocimientos y posibilidades más acordes con la actividad profesional que desempeñaba.

Pero tal como dice el refrán, no todo el monte es orégano, de modo que a lo largo de mi carrera en la industria farmacéutica tuve que vérmelas con constantes pisotones y malas artes por parte de algunos colegas, y con tremendas presiones por parte de mis superiores —algo desgraciadamente habitual en un ambiente tan competitivo como el farmacéutico de la industria—. Aun así, pude ir resistiendo medianamente bien, con altibajos, excepto durante los dos últimos años, que fueron un verdadero calvario, expuesto diariamente a un estado de ansiedad que habría acabado con mi salud mental si no fuera porque finalmente acabé en el paro con sesenta y un años recién cumplidos, debido a una reestructuración total de la cúpula directiva de la que entonces formaba parte.

¿Fui feliz a lo largo del tiempo en el que fui ascendiendo y cambiando de una multinacional a otra? En absoluto. Cada vez ganaba más dinero, aunque a cambio de una mayor responsabilidad y vulnerabilidad ante las dificultades internas y externas. Sin ser rico, gozaba de una economía que me permitía llevar un ritmo de vida muy desahogado, pero sufriendo, a cambio, un estrés constante. Y una vez llegado al punto y final de mi carrera, una vez exento de responsabilidades y presiones, eché la vista atrás y sentí nostalgia de aquella época en la que siendo “pobre” era feliz. 

Pero si volviera al principio, ¿haría lo que hice si supiera lo que me esperaba en la industria? Para ser sincero, no lo sé. Y termino como empecé esta entrada, volviendo a preguntar ¿qué es preferible, tener un sueldo muy modesto trabajando en algo que nos divierte o tener un muy buen sueldo a cambio de trabajar a disgusto? Como dije antes, siempre podemos recurrir a la solución más salomónica: la de trabajar en algo que nos satisface ganado mucha pasta. Pero lo bueno, bonito y barato no existe, y si existe, se da en tan pocas ocasiones que es un chollo que no hay que dejar escapar. ¿Alguien de vosotros/as tiene o ha tenido la gran suerte de haber visto cumplida esta posibilidad? Si es así, mi más sincera enhorabuena.

 

jueves, 20 de marzo de 2025

Astrología o adivinación

 


Por definición, y abreviando, la astrología es el estudio de la posición y del movimiento de los astros como medio para predecir hechos futuros y conocer el carácter y comportamiento de las personas.

Las críticas que recibe la astrología se basan, como no puede ser de otro modo, en que sus predicciones carecen de validez científica o capacidad explicativa de acuerdo a los estándares de la ciencia moderna y, por lo tanto, son consideradas pseudocientíficas. Así pues, ¿por qué hay tanta gente que cree en ellas? Mi opinión es que se debe a la superstición —que aún persiste en nuestros días— y a la ignorancia, que van de la mano. Uno cree en lo que quiere creer, y punto.

Pero si bien yo tenía asociada esta práctica a personas, o personajes, de cierta edad —léase Sandro Rey, Aramis Fuster, Octavio Aceves, Paco Porras, Rappel, y toda esa caterva de vividores—, mi sorpresa ha sido ver en un programa de televisión, un espacio dedicado a la astrología, una o dos veces a la semana y en horario de mañana —cuando antes solía emitirse este tipo de espacios en horario nocturno dedicado a los echadores de cartas y videntes de pacotilla—, de la mano de un tal Jabifus (nombre artístico, por supuesto), un jovencísimo creador de contenido (como ahora se llama) especializado en astrología y signos del zodíaco, y en el que hace un repaso de lo que le espera al personal según el signo del zodíaco al que pertenezca.

En la era de los instagramers, influencers, tiktokers y otros especímenes que nutren las redes sociales, solo faltaba llenar este hueco: el de la adivinación o predicción del futuro inmediato. Pero si en las redes sociales, estos personajes ganan bastante dinero según las visitas que reciben y allá cada uno con su conciencia, lo que me parece increíble es que sea una cadena de televisión que presume de seriedad informativa (LaSexta), la que divulgue este tipo de espacios para ingenuos crédulos y supersticiosos. Y es que, además, las predicciones de este joven son gratamente acogidas por el equipo de presentadores y colaboradores. Aun tratándose —todo hay que decirlo— de un programa en el que el humor está siempre presente, aun así me parece una tremenda tomadura de pelo a la audiencia, ya que esta sección no se presenta como una más de las chanzas que en dicho programa se emiten, sino que se trata con el mismo nivel de aceptación que la sección dedicada a la meteorología y la predicción del tiempo.

Si los meteorólogos a veces se equivocan y se basan en pronósticos científicos, cómo van a vaticinar lo que nos ocurrirá el día de hoy o durante la semana alguien que se dedica a inventar sus predicciones con la connivencia de una cadena televisiva.

La astrología adivinatoria debe tener muchos adeptos, solo hay que ver las páginas de periódicos y revistas dedicadas al horóscopo. ¿Puede haber alguien que dedique un tiempo de su vida a leer esos pronósticos para saber qué le espera tan pronto salga de casa o qué le deparará el futuro a corto plazo?

Y, para terminar, una nota de humor a este respecto:

Me gusta leer mi horóscopo porque es el único lugar donde tengo pareja, dinero, trabajo y salud, todo junto en el mismo mes.

(Anónimo)

 

Javier Fuster (Jabifus)


jueves, 13 de marzo de 2025

Los miserables


Esta entrada no va de literatura ni de cine, va de una realidad espantosa que afecta a niños indefensos.

Estamos viendo casi a diario actitudes de un calado tan infrahumano que da escalofríos. Los asesinatos machistas continúan, ya casi parece que forman parte del paisaje social, por no hablar de la violencia vicaria. ¿Quién en su sano juicio puede asesinar a sus hijos con la única intención de dañar a la madre? Ataques a escuelas y hospitales, asesinando a niños y a enfermos indefensos para minar la moral del enemigo; trata de mujeres, engañadas y esclavizadas para satisfacer los deseos sexuales de unos degenerados; pederastas que, bajo el “uniforme” de tutor, entrenador o sacerdote, abusa de aquellos niños y niñas a quienes se supone que deben formar y proteger; asesinos en serie y monstruos que bajo la bata blanca de médico abusa de cientos de niños y niñas cuando están sedados.

Este es un panorama que nos pone los pelos de punta y que no podemos naturalizar por mucho que acaben siendo habituales.

Pero quiero creer que toda esa gente tiene un desequilibro psíquico y que obran de tal modo porque no pueden evitar los impulsos enfermizos. Son psicópatas o sociópatas que saben que han actuado mal, pero que no muestran arrepentimiento alguno.

Pero hoy quiero tratar aquí un hecho del que me quedaría corto si lo adjetivara de inmoral. En este caso los agresores no ejercen una violencia física sobre los niños, son desaprensivos que se aprovechan de su corta edad para robarlos a sus legítimos padres.

Si nos remontamos a nuestra guerra civil, según la información consultada, más de 30.000 niños fueron evacuados de España, de los cuales unos 3.000 fueron a parar a la Unión Soviética (“niños de Rusia”, los llamaron). Eran niños del bando republicano cuyos padres quisieron protegerlos de la guerra que asolaba el país y de las posibles represalias una vez terminada esta. Esos niños, una vez establecidos en la URSS, tuvieron que esperar la muerte de Stalin para poder regresar. Aun así, la mayor parte de ellos no regresaron jamás, y los que lo hicieron ya eran adultos.

Este triste episodio —muchos de esos niños fueron internados en los campos del Gulag, murieron en la guerra o de hambre, y otros se dieron por desaparecidos— parece algo del pasado, pero no es así. Actualmente, en tres años de guerra en Ucrania, los soldados rusos han secuestrado a multitud de niños ucranianos —se calcula unos 20.000—, que han sido llevados a Rusia para ser adoptados por familias rusas y convertidos en seguidores de Putin, quien los presenta públicamente como “salvados de los nazis”.

Pues bien, hace unos pocos días, vi por televisión a una mujer rusa, de nombre Olga Dorójina, que, ante Putin, se mostraba tremendamente emocionada y agradecida por haberle permitido quedarse con una niña de cuatro años secuestrada por los soldados rusos ante la cara de complacencia y satisfacción del dictador ruso. Esa mujer justificaba esta tremenda injusticia e inmoralidad por el hecho de haber perdido a su único hijo en el campo de batalla (gracias a Putin). Obvio reproducir las palabras de esa mujer porque me resultan indignantes, pero concluía que la pequeña le ha traído algo de felicidad a su hogar.

Este caso es, para mí, la peor forma de egoísmo, pues busca la felicidad propia a cambio del sufrimiento ajeno. La Dorójina será feliz sosteniendo en brazos a una niña que no es suya y que se la han arrebatado a su verdadera familia. ¿No piensa en el dolor ajeno que ha producido su acto “de amor”? No estamos hablando de un objeto expoliado durante una invasión, estamos hablando de seres humanos y, más concretamente, de niños indefensos.

Pero este no es un acto aislado, pues lo mismo ha sucedido con los restantes niños arrancados de su país y de sus hogares. Estas personas que obran así, solo merecen el calificativo de miserables.


viernes, 7 de marzo de 2025

¡A las armas!

 


De adolescente era pacifista hasta la médula, llevaba en mi carpeta de apuntes el símbolo de la paz y creía profundamente en el lema “haz el amor y no la guerra”. Pero son tiempos y anhelos pasados que, a lo largo de los años, se van reblandeciendo hasta desaparecer o bien atemperando.

Parece lógico que un joven como fui yo piense y proclame lo innecesario de un ejército. ¿Un ejército, para qué? Las guerras no deberían existir ni la necesidad de defenderse de un enemigo imaginario. ¿Acaso España puede ser atacada por alguno de nuestros vecinos? Y las guerras que tienen lugar muy lejos de nuestras fronteras, incluso en otro continente, no son asunto nuestro. Y aquí paz y después gloria. Todo muy bonito, demasiado.

Reforzar la seguridad europea hoy es salir de la OTAN, parar la escalada bélica, invertir en servicios públicos e intervenir empresas estratégicas para tener seguridad alimentaria, energética y social y para recuperar soberanía y poder.

El “rearme” de Von der Leyen es lo que pone a Europa en peligro. Ya llevan años aumentando el gasto en armas y no tenemos más seguridad ni libertad: la gente vive peor y los fascistas mandan más, ¿Qué hace Pedro Sánchez siendo cómplice de esta peligrosa gran coalición de guerra?

(Irene Montero)

Estoy totalmente en contra de la guerra y de una escalada armamentística, pero creo que Irene Montero muestra, con estas palabras, una gran dosis de ingenuidad. No hay que confundir churras con merinas. Para mí no tiene nada qué ver la precariedad en servicios sociales y en justicia social y el derecho a defenderse de actores cada vez más peligrosos cuyo objetivo a corto y medio plazo es hacerse con territorios ajenos, como hizo Napoleón, en los siglos XVIII y XIX, y Hitler, en el siglo pasado.

Si al matón de la clase no se le paran los pies, seguirá abusando, cada vez más, de sus compañeros, aprovechando su permisividad y la de sus profesores. Nunca he sido beligerante, pero lo de poner la otra mejilla no va conmigo.

Puede parecer paradójico, pero la paz solo se consigue con las armas, como a lo largo de toda la historia de la humanidad. En esto no hemos cambiado. ¿No es ingenuo creer que solo se puede hacer frente a un agresor mediante el diálogo? De ello estamos teniendo un claro ejemplo con los diálogos y falsas treguas que solo pretenden imponer la posición del más fuerte, militarmente hablando. ¿Paz a cambio de humillación, rendición y expolio?

En mi opinión, estamos ante una gran encrucijada. ¿Optamos por cruzar los dedos esperando a que ningún país beligerante decida quedarse con parte de un territorio que no le pertenece (pienso en Groenlandia y la obcecación de Trump para hacerse con ese pastel, o la de Putin por quedarse con la zona invadida de Ucrania, o el empeño de Netanyahu de quedarse con todo el territorio de Palestina, complementado por el repugnante plan de Trump de convertirlo en un Spa de lujo una vez expulsados sus legítimos propietarios) o nos preparamos para plantarle cara a cualquier dictador que desee emular a estos matones inmorales y sinvergüenzas?

Entiendo las reticencias de algunos ante esta última posibilidad y les doy toda la razón en que los que más sacan provecho de los conflictos bélicos son los fabricantes de armas. Pero ¿qué hacer si no? ¿Esperar con los brazos cruzados el desarrollo de los acontecimientos? Siempre he creído que, en cualquier situación, hay que aplicar el más vale prevenir que curar. ¿Os acordáis de la fábula de Iriarte sobre los dos conejos que pierden el tiempo discutiendo si sus perseguidores son galgos o podencos? Pues eso.

Hacer el amor y no la guerra es muy bello y deseable, pero utópico en nuestros días. Yo más bien pienso que la unión hace la fuerza.

Soy consciente de que este es uno más de los temas que saco a colación que resulta muy complejo, que posee muchas aristas por pulir y que no tiene una respuesta objetiva. Pero, aun así, he sentido la necesidad de exponer mi punto de vista sobre cómo veo la triste realidad. No sé si habré logrado una unanimidad de pareceres. Supongo que no. En todo caso, os dejo un tema de discusión para una tertulia con amigos y adversarios. Entretanto, paz y amor.

 

sábado, 1 de marzo de 2025

La justicia injusta

 


Dicen que la Justicia es ciega, pero yo creo que algunas veces es, además, sorda y muda.

El térmico Justicia es una entelequia, pues no tiene sentido por sí misma si no se sustenta en quienes la imparten —los jueces— y quienes la dictan —los legisladores— dos de los tres poderes del Estado.

Evidentemente, es muy difícil hacer justicia a nivel general, como lo es a nivel particular. No somos el Rey Salomón, paradigma de la justicia bíblica. Pero, aun con sus limitaciones y desaciertos, no podemos permitir que ciertas leyes, o sus interpretaciones, resulten un insulto para quienes creemos en la verdad y la correcta aplicación de las mismas.

Los jueces son seres humanos y, por tanto, no son perfectos. Lo realmente malo es cuando no son objetivos y aplican las normas según sus creencias personales, guiándose más por su ideología, política o religiosa, que por la correcta interpretación del código penal.

Pero no toda culpa de ello la tienen los jueces, pues en muchos casos la ley es, por sí misma, injusta. Por desgracia, no siempre lo justo es legal, ni lo legal es justo. Y eso debería corregirse.

¿Por qué existe la prescripción de un delito grave? Una violación, un acto de pederastia, un asesinato, un fraude multimillonario que ha afectado a miles de ciudadanos, por poner unos pocos ejemplos, no deberían quedar impunes porque hayan transcurrido veinte años, tiempo tras el que, según la ley, esos delitos ya no pueden ser juzgados.

¿Por qué se permite la reincidencia delictiva, existiendo malhechores que llevan a sus espaldas decenas de detenciones y, sin embargo, siguen en la calle?

¿Por qué resulta tan complicado recuperar una vivienda que ha sido okupada sin más motivo que el de apoderarse de lo ajeno, dejando en la calle a su legítimo propietario?

¿Por qué se producen reducciones de pena en casos de agresiones crueles, como el caso de “la manada”?

¿Por qué en casos de violencia probada, como el anteriormente mencionado, se aplica muchas veces la libertad provisional con cargos en lugar de ingresar directamente en prisión a la espera de juicio, permitiendo, de este modo, que el delincuente pueda seguir delinquiendo?

¿Por qué la justicia es tan lenta, de tal modo que desde presentación de una denuncia hasta la realización del juicio transcurren varios años?

¿Por qué se dan casos de trato preferente y distinto según quien sea el presunto delincuente?

¿Por qué existe la inviolabilidad de la figura del Rey?

¿Por qué hay tantos aforados en España? En nuestro país hay actualmente unos 250.000 aforados, 232.000 son miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad estatales o autonómicos, cinco de la Familia Real y el resto, unos 18.000 en total, pertenecen a instituciones del Estado y de las Comunidades Autónomas (políticos, miembros de las Carreras Judicial y Fiscal, integrantes de órganos como el Tribunal de Cuentas y el Consejo de Estado, Defensores del Pueblo estatal y autonómicos, etc.).

Y entre un largo etcétera de irregularidades e injusticias, se encuentran las resoluciones judiciales machistas y claramente arbitrarias, como el vergonzoso caso de Juana Rivas, la madre que ha luchado durante años por la custodia de sus hijos (hoy ya solo del menor, pues los otros dos decidieron vivir con ella tras alcanzar la mayoría de edad) para protegerlos de un padre maltratador, lo que le valió una pena de cárcel. Tanto la justicia española como la italiana han jugado en este caso un papel indignante.

Porque este no es un problema meramente local, algo marginal, que afecta solo a nuestro país, no. En el ámbito internacional se producen estas y otras injusticias mucho mayores y con un impacto mucho más extenso. Parece que la globalización también afecta a la injusticia.

Estamos siendo espectadores de flagrantes ataques a los más elementales derechos humanos, con claras manifestaciones de abuso de poder, de guerras injustas instigadas por mandatarios crueles que se creen dueños de la vida ajena y que no dudan un ápice en ostentar un poder absolutista sin importarles el método utilizado, ante la pasividad o permisividad de la Comunidad Internacional.

Así pues, con este panorama tan negro, ¿podemos confiar plenamente en la justicia? Yo tengo serias dudas. Porque, ¿qué podemos hacer para evitar estos atropellos y no ser cómplices de ellos, aparte de ver, oír y callar? Por desgracia, muy poco, o nada.

Llegado a este punto, me viene a la memoria la famosa frase atribuida al pastor luterano alemán Martin Niemöller, que más o menos reza así:

Cuando vinieron a por los comunistas, guardé silencio porque no era comunista.

Cuando vinieron a por los socialistas, guardé silencio porque no era socialista.

Cuando vinieron a por los sindicalistas, no protesté porque no era sindicalista.

Cuando vinieron a por los judíos, no dije nada porque no era judío.

Cuando vinieron a buscarme, para entonces ya no quedaba nadie que protestara en mi nombre.

 

sábado, 15 de febrero de 2025

¿El demonio existe?

 


De niño recibí una educación católica tanto en casa como en la escuela, y según ella, creía en la existencia de un Dios creador, del cielo, del infierno, y de los ángeles y demonios. Ya en la preadolescencia, esas creencias cayeron en el vacío y ahora puedo calificarme de agnóstico, respetando otras creencias religiosas sin hacer burla de ellas ni apología de la mía.

Pero lo que está claro, salvando las diferentes posturas, es que el demonio sí existe, pero con otro nombre: el mal.

El mal siempre ha existido y existirá, y se presenta de distintas formas humanas.

Para mí, el demonio no es, como asegura el Antiguo Testamento, un ángel caído, sino un hombre de carne y hueso. Y del mismo modo que la religión católica concede al demonio nombres distintos, los demonios humanos también los tienen. Nombres y apellidos.

Aunque el mal siempre ha estado ligado al ser humano, me da la impresión de que, de un tiempo a esta parte, se está extendiendo de forma alarmante e imparable y atrapa a cada vez más seguidores que, a su vez, se convierten en otras formas de maldad.

Los demonios a los que me refiero, suelen actuar movidos por diversos intereses, aunque el principal es el económico, a través del cual atesoran un poder casi indestructible, ante la pasividad o impotencia del resto de mortales, que les temen, pero no se atreven a derrotarlos. Estos demonios se aprovechan de la malicia innata de algunos, de la ignorancia de muchos y de la indiferencia de gran parte de la población.

Y estos demonios de carne y hueso conviven orgullosamente con todos nosotros. No podemos tocarlos porque son intocables, pero podemos nombrarlos por su nombre: Trump, Putin, Netanyahu, y otros muchos dictadores extremistas, que no dudan en acallar a sus oponentes con una violencia extrema, tanto verbal como física, sin importarles su repercusión a gran escala. En mi opinión, son auténticos sociópatas, sin sentimientos, que se crecen con sus desmanes maquiavélicos y que solo saben generar odio. También existe una especie de jerarquía entre los del montón. Los hay mayores y menores, pero todos desean lo mismo: asemejarse a los principales, a los que dominan, o quieren dominar el mundo. Pero todos ellos tienen algo en común: que desprecian y atacan al pobre y defienden al rico y poderoso.

A veces me gustaría que existiera el Dios del Antiguo Testamento y que los borrara de la faz de la tierra.

¿Acabará imponiéndose el sentido común y la justicia? Lo ignoro.

A los creyentes católicos, no sé si la lectura de las ocho Bienaventuranzas les generará alguna esperanza. A mí, desde luego, no.


domingo, 19 de enero de 2025

Tradiciones y supersticiones

 


Reconozco que soy rarito o, por lo menos, atípico, pues no soy mucho de tradiciones, la mayoría me parecen primitivas, arcaicas, y sin ninguna conexión o arraigo con la realidad actual. La mayoría de la gente “normal”, en cambio, les encanta, las cultiva, las patrocina y las recupera de un pasado un tanto remoto. Y todo por el bien cultural, dicen.

Comprendo, pues a mí también me agradan y las practico, que se conserven aquellas que, al menos desde mi punto de vista, tienen una base entrañable. Celebrar los cumpleaños, la verbena de San Juan (que tiene un arraigo histórico, por cuanto rememora la celebración del solsticio de verano), el cambio de año (que viene a ser un cumpleaños de la humanidad) y, cómo no, las navidades, que, aun siendo de origen cristiano, también procede de la celebración pagana del solsticio de invierno, pero transformado en una fiesta que, de ser exclusivamente religiosa, ha pasado a ser de dominio mundial, aunque actualmente se sustente en intereses materiales. Niños y mayores esperan esas fechas para disfrutar de unas fiestas, con sus vacaciones incluidas, que duran más de quince días.

Pero este periodo tan entrañable, tiene su ingrediente supersticioso. Costumbres que no se sabe muy bien de dónde proceden, pero que se han ido heredando de generación en generación. Están ya tan enraizadas que quien osa pasar de ellas es tachado, como mínimo, de aguafiestas.

Para mí, las tradiciones más entrañables son: montar el belén y el árbol de Navidad (aunque este parece haberse incorporado con la fallida intención de sustituir a aquel y para copiar una costumbre extranjera, supuestamente de origen alemán); el clásico menú navideño (que parece que también se intenta sustituir por otro más a la última moda culinaria); los turrones y polvorones; la lotería (de Navidad y del Niño); la cabalgata de los Reyes Magos de Oriente y sus regalos (que, de momento, no ha sido desplazado por el impuesto y foráneo Papa Noel).

En cuanto a las tradiciones supersticiosas, tenemos: regalar a otra persona (que no a sí mismo) una ramita de muérdago, que trae buena suerte; pasar el décimo de la lotería por una calva o una joroba para que nos toque el premio gordo; acudir al sorteo de Navidad disfrazado; brindar con un anillo de oro en la copa de cava; ponerse en Nochevieja ropa interior de color rojo; tomar doce uvas al compás de las doce campanadas, y pedir un deseo tras haberlas tomado. Y así otras muchas prácticas que, aunque simpáticas, no tienen mucho sentido y que varían entre comunidades y países. En mi caso, excepto lo de tomar las uvas al son de las campanadas y que siempre suele haber alguna ramita de muérdago que alguien nos ha regalado, nada de lo demás se practica en casa. Ah, bueno, se me olvidaba: una vez me vi obligado a ponerme unos calzoncillos rojos, pero no se lo digáis a nadie.

Tradición o superstición. Esa es la cuestión. Pero ambas están tan mezcladas, formando el grueso de nuestras celebraciones navideñas, que pueden resultar indistinguibles y casi inseparables.

Por cierto, yo no soy supersticioso, pues dicen que trae mala suerte.