miércoles, 28 de enero de 2026

Cajeros automáticos

 


La mayoría de automatismos son muy prácticos siempre y cuando sean fiables. Darse de alta en una web, rellenar un formulario oficial desde el ordenador, consultar nuestros datos fiscales en la Agencia Tributaria por vía online o el valor catastral de nuestra vivienda en el Catastro de nuestra provincia, hacer una transferencia bancaria desde el teléfono móvil y así un largo etcétera de actividades, nos ahorra tiempo y trabajo. No obstante, en algunos casos (cada vez más frecuentes) podemos ser objeto de un fraude cuando no nos aseguramos que la web a la que accedemos o la entidad que nos solicita que hagamos esto o aquello sea fiable. Ante tales sucesos se nos advierte continuamente desde distintos medios, tanto privados como públicos, que seamos prudentes y no confiemos en correos recibidos de remitentes supuestamente conocidos. Son tan sofisticados los sistemas de engaño que fácilmente podemos caer en la trampa y creer que realmente es la Compañía eléctrica o de cualquier otro tipo con la que operamos la que se ha puesto en contacto con nosotros.

Normalmente, el defraudado es un sujeto inocente y vulnerable que es sometido a una estafa, y si ello es debido a que la entidad que, de algún modo ha propiciado o facilitado, aun sin proponérselo, dicho engaño, aquella tiene que asumir su responsabilidad. Y me refiero en concreto a los cajeros automáticos de las entidades bancarias.

Ayer se comentaba en un programa de televisión cómo varias personas mayores habían sido robadas en cajeros automáticos que dan a la calle, con argucias de lo más extrañas y elaboradas. La persona agredida, en el momento de extraer dinero de su cuenta con su tarjeta crédito (o débito), era abordada por un delincuente sin escrúpulos, que la desorientaba con palabrería y lograba, sin que el abordado o abordada se percatara, extraer de su cuenta hasta 900 euros, algo de lo que se daba cuenta cuando comprobaba el saldo o alguien de su familia ─habitualmente un hijo que controlaba los movimientos bancarios de su padre o madre ancianos para evitar errores o, como es el caso, algún tipo de estafa─ le llamaba para preguntarle si había sacado de su cuenta tal cantidad de dinero. Lo peor de todo es que ni la denuncia interpuesta ante la policía ni ante la oficina bancaria donde había tenido lugar ese hecho, sirvieron de nada para recuperar el dinero robado.

Y es aquí cuando me pregunto cómo es posible que si un cliente sufre tal asalto en una entidad bancaria sin que haya sido culpa suya, es decir sin haber actuado de forma negligente ─como sería contar los billetes en la vía pública, atrayendo y provocando así las malas intenciones de los carteristas─, sino utilizando un sistema instalado y propiciado por la entidad, esta no resulte, como mínimo, corresponsable de tal fechoría. Y más aún me sorprende que se instalen cajeros en la calle, a la vista de todos, favoreciendo de este modo el hurto por parte de desalmados a quienes no les importa robar, aunque sea a un anciano o anciana, que está retirando de su cuenta parte del dinero de su jubilación.

La existencia de cajeros automáticos, sustituyendo así al personal de caja de toda la vida, resulta rentable para la entidad bancaria, porque se ahorra salarios (menos personal, menos nóminas, más beneficios económicos, y más paro), y en cierto modo también para los clientes, porque les ahorra tiempo de espera ─sobre todo cuando se formaban largas colas de quienes querían extraer o imponer dinero a su cuenta bancaria, pero para la gente mayor resulta (sobre todo al principio de su implantación) un tanto complicado para utilizarlos correctamente.

En mi caso, siempre que voy a sacar dinero a una oficina bancaria, lo hago en su interior y mayoritariamente en horario laboral, cuando hay empleados trabajando a pocos metros. Nadie en su sano juicio intentaría abordar a un cliente en esta situación, pues además de que hay otros clientes esperando, las cámaras de seguridad instaladas en la oficina e incluso en la propia máquina lo delatarían. En el caso muy poco frecuente que he necesitado sacar dinero una vez que la oficina bancaria ha cerrado al público, siempre he optado por una que tuviera los cajeros en el interior, en un espacio reservado para ellos, y con un pestillo para cerrar la puerta de la calle y así poder operar tranquilamente.

Así pues, las entidades bancarias no deberían instalar cajeros automáticos en la calle y nadie debería utilizarlos a menos que estuviera bien protegido, y si ello ha propiciado que un cliente sea asaltado, esa entidad debe hacerse responsable de lo ocurrido y reembolsar al cliente afectado todo el dinero robado.

Considero que quien ofrece un servicio y lo impone para ahorrarse gastos de personal, y dicho servicio tiene debilidades de protección al usuario, la empresa que lo ha propuesto/impuesto tiene que hacerse responsable de esos fallos de seguridad y, por lo tanto, de sus consecuencias. Pero, por desgracia, ya sabemos cómo actúan ciertas empresas, ya sean grandes o pequeñas, que se lavan las manos ante cualquier reclamación. En estos casos, la atención al cliente brilla por su ausencia.


jueves, 15 de enero de 2026

Los dueños del mundo

 


En la antigüedad, cuando el descubridor de un nuevo territorio ponía su pie en él, se convertía automáticamente en su poseedor. Durante siglos, el hombre, ávido por poseer tierras ajenas, ha emprendido invasiones y guerras feroces para hacerse con lo que no le pertenecía. Las incursiones vikingas, la expansión romana, la napoleónica, la hitleriana, etc., reflejan este ánimo de poder a lo largo de los siglos.

En la actualidad, cuando parecía que el hombre civilizado había aprendido a convivir en paz, siguen existiendo confrontaciones bélicas por dominar un espacio que no le corresponde al invasor, como en el caso de Rusia e Israel para hacerse con el control de Ucrania y de Palestina, respectivamente, y seguro que lo mismo ocurre en otros territorios no occidentales del planeta.

Parece que el hombre no aprende de la historia y por ello está condenado a repetirla. Así pues, estamos contemplando como, en el plano político, se está produciendo una involución ideológica, una regresión hacia etapas que, si bien no están olvidadas, sí pertenecen a un pasado indeseable. Si esto progresa, pronto veremos coartadas nuestras libertades más fundamentales y volveremos a vivir bajo un régimen dictatorial.

Pero más sorprendente es ver cómo quien ha sido hasta ahora nuestro aliado se ha convertido en nuestro principal enemigo, un enemigo capitaneado por un ególatra sin sentimientos, a quien solo le mueve el afán de poder, de humillación, de revancha y, sobre todo, un deseo irrefrenable de dominar el mundo y convertirnos en sus vasallos sin que nadie mueva un dedo para pararle los pies. El ahora todopoderoso Donald Tump y sus secuaces desprovistos de toda moral, se arrogan todo el poder para hacer lo que les venga en gana, despreciando y pisoteando las leyes nacionales e internacionales de forma unilateral, sacando pecho ante cada una de sus bravuconadas y acciones desmedidas e inhumanas.

Por lo menos, Trump no oculta sus deseos y planes a corto plazo. Incluso se congratula de tener a sus ahora “enemigos” atemorizados y paralizados, y de contar con el apoyo moral de nuevos “socios”, nostálgicos de épocas pasadas en las que el ordeno y mando estaba al orden del día y quien se oponía a este modelo de sociedad era convenientemente “neutralizado”.

¿Será capaz Trump de llevar a cabo sus amenazas a Groenlandia, Cuba, Mexico, Colombia, etc, etc ? ¿Qué hará con el gobierno de Venezuela? ¿Se convertirá este en un gobierno títere a las órdenes de EEUU? ¿Extenderá sus amenazas al resto de países latinoamericanos que no gozan de su simpatía y que posean algún bien (tierras raras, petróleo, oro, diamantes, etc.) de los que quiera apoderarse por “el bien de su país”, como alega?

Desde luego, estamos ante un futuro muy incierto y terrible, en el que la ley del más fuerte imperará (ya lo está haciendo) con total impunidad. ¿Qué harán Rusia y China (las otras dos potencias dictatoriales, si excluimos a Corea del Norte) al respecto? ¿Se opondrán a este plan expansionista de EEUU o lo emularán en otros territorios de su conveniencia e influencia?

Estamos ahora bajo la amenaza de un peligroso depredador, y si no aparece ningún David capaz de derrotar a ese Goliat, estamos perdidos, creando ello un temible precedente, un comportamiento a imitar por otros países poderosos para que el mundo que conocemos acabe en manos de unos dictadores que se han otorgado el papel de dueños del mundo.

 

viernes, 12 de diciembre de 2025

¿El tamaño importa?

 


No penséis mal, que no va de eso que os imagináis, pues esta pregunta vale para casi todo lo que tiene una dimensión. No es lo mismo, por ejemplo, medir 150 cm y pesar 40 Kg que tener una estatura de 220 cm y un peso de 120 Kg. Esos dos extremos tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Así, para un jinete de carreras, el peso y la corpulencia es importante que sea baja, mientras que un jugador de baloncesto o un luchador de lucha libre, cuanto más alto y corpulento sea mucho mejor. Y así encontraríamos más ejemplos en los que el tamaño, ya sea grande o pequeño, es importante.

Pero pasemos al tema que aquí he traído y que todavía no he revelado: el tamaño de un relato, aunque también podríamos hablar del de una novela. Pero como yo me dedico a lo primero, he centrado mi atención en el género de los relatos.

Años ha, en mis inicios como escritor de relatos, cuando mi imaginación fluía sin cesar y los borradores se me acumulaban en mi escritorio, a la espera de ser publicados para dar tiempo a mis lectores a pasar por mi blog y ponerse al día, algunas de las historias que publicaba tenían una longitud muy superior a la habitual, de modo que decidí “trocearlas” en varios capítulos ─en algún caso hasta en cinco─. Observé que ello tenía un inconveniente para algunos lectores y es que estaban obligados a seguir de cerca el progreso de la historia para no perder detalle de la misma, y para evitarlo tenían que buscar el capítulo precedente si es que lo habían pasado por alto o bien lo querían recordar. Algunos de estos lectores me indicaron que preferían leer un relato de una tirada por largo que fuera que verse obligados a leer capítulo a capítulo y no perderse ninguno. A aquellos que me seguían con regularidad esto no les causaba ningún problema, pero los que pasaban por mi blog con menos frecuencia les resultaba más engorroso porque tenían que hacer el esfuerzo de volverse a “enganchar”. A raíz de ello, decidí poner en cada capítulo un enlace que remitía al anterior para facilitarles la tarea. Aun así, pensé que no debía ser una solución cómoda.

Pero, por otra parte, ello tenía la ventaja de dejar al lector con ganas de más, acabando cada capítulo con un cierto suspense, un recurso conocido como clifhanger. Aun así, a partir de entonces intenté publicar mis relatos enteros, sin interrupciones, con muy pocas excepciones a esta regla.

Debo admitir que precisamente yo soy uno de los que le disgusta leer un texto muy largo, a menos que su contenido me resulte llamativo. No lo he cronometrado nunca, pero más de cinco minutos de lectura me cansa. Ante un texto muy largo, me planteo si leerlo o pasar de él, lo cual es una contradicción: escribo largo, pero no me gusta leer textos largos.  No quieras para los demás lo que no quieres para ti, me dije.

Creo que son muchos los lectores que prefieren un relato breve a uno muy largo o dividido en varios episodios. Así que me planteo qué es lo más idóneo. En caso de que un relato, por su complejidad y trama merezca una extensión superior a las dos mil palabras, me surge la duda de si publicarlo entero o, como he dicho al principio, “trocearlo” sin miramientos para que su lectura sea más llevadera, aun exigiéndole al lector que sea perseverante y no se pierda las continuaciones si quiere enterarse de la totalidad de la historia y, sobre todo, de su final.

¿Qué opináis al respecto?

-       ¿Sois partidarios de un relato publicado de un tirón, aun siendo largo?

-       ¿Preferís que un relato largo se divida en varios capítulos? o

-       ¿Solo os gustan los relatos breves?

En definitiva: ¿os importa el tamaño?


viernes, 5 de diciembre de 2025

Hogar, dulce hogar

 


La vivienda ocupa el primer puesto en la lista de los principales problemas de la sociedad actual en España según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

El derecho a una vivienda digna es algo incuestionable, pero que, sin embargo, se ha convertido prácticamente en un deseo inalcanzable para muchos. Los jóvenes, y no tan jóvenes, no pueden permitirse el lujo ─porque ya es un lujo─ de disponer de un piso mínimamente aceptable. Todo por culpa de la insaciable especulación.

Y no solo es el precio prohibitivo de compra de una vivienda el motivo de este problema, sino también el nivel de los alquileres desproporcionadamente elevados en comparación con el nivel de renta de los que buscan un lugar donde vivir. El área donde esto tiene lugar se ha dado en llamar “zona tensionada”. Y al parecer, cada vez hay más zonas tensionadas, que yo las calificaría de inhabitables.

El summum del despropósito de esta situación y de la usura de algunos (muchos, en realidad) propietarios y arrendadores es ver cómo se alquilan minúsculas habitaciones e incluso trasteros, garajes y sótanos a precios indecorosos. ¿Quién es capaz de hacer negocio con las necesidades básicas de la población, tanto si son estudiantes ─que se ven obligados a compartir una de estas viviendas entre varios compañeros─ como una familia trabajadora, ofreciéndoles una vivienda que nadie, en condiciones normales, aceptaría? Y ya no hablemos de las chabolas, que merecería un capítulo aparte.

A pesar de, o paralelamente a, la regulación de los precios de alquiler, estos siguen disparándose. En Barcelona, el precio medio de alquiler es de 1.155 euros y en Madrid de 1.584 euros. En estas dos capitales, se necesitan unos ingresos netos de 2.700 euros mensuales para que pueda vivir aceptablemente una persona soltera (1). Así, lejos de congelar los precios de alquiler, los datos demuestran que han seguido subiendo y que las medidas de intervención han generado desconfianza (¿?) entre los propietarios.

En Catalunya, el Govern de la Generalitat ha aprobado castigos severos al incumplimiento del límite de los precios o al uso fraudulento del alquiler de temporada (2). Pero, al parecer, se cumple lo de “hecha la ley, hecha la trampa”, porque se dan casos de propietarios que cobran hasta 1.200 euros por alquilar un sótano o un garaje a estudiantes, pese a que estas estancias ni siquiera tienen ventanas. No es de extrañar, pues, que haya quien haya decidido vivir en una autocaravana en lugar de en un edificio construido sobre unos sólidos cimientos.

Desde el Colegio de Arquitectos de Madrid se ha indicado que es muy complicado que los propietarios puedan convertir de forma legal ciertos habitáculos en dormitorios y estudios (3), y la Ley de Propiedad Horizontal, actualizada en julio de 2025, establece, entre otras muchas normas, que el uso de un trastero como vivienda vulnera la ley por cuanto su finalidad es el almacenamiento y no la ocupación privativa ni el empleo distinto al consensuado (4). Con todo esto, se está dando el caso inaudito de que el precio de alquiler de algunos garajes está subiendo proporcionalmente más que el de la vivienda (5).

Y así existe una multitud de ejemplos que vulneran la legalidad vigente en materia de vivienda. Y no pasa nada. Eso es lo peor.

Ante tal inmoralidad, el gobierno, o las Comunidades Autónomas responsables de la política sobre vivienda, deberían no solo impedir sino penalizar de forma real y efectiva tales prácticas ─no solo con edictos y multas que en la mayoría de las ocasiones no llegan a materializarse─, que contravienen la más elemental de las necesidades del ser humano, después de la alimentación ─otro de los problemas de encarecimiento, seguramente fraudulento─, que es la de tener acceso a una vivienda decente y accesible.

Según el plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, el Ministerio de Vivienda ya tiene más de 59.979 viviendas para alquiler social en distintas fases de desarrollo, a las que se suman 14.000 viviendas puestas a disposición de los ciudadanos por parte de la Sareb (Sociedad de Gestión de Activos Procedentes de la Restructuración Bancaria) y 10.411 activadas por el Fondo Social, lo que suma un total de 84.390 viviendas, siendo la meta alcanzar unas 184.000 repartidas por toda la geografía española y cuyas obras deberían estar finalizadas el 3 de junio de 2026. Pero todos sabemos que España es el país de los retrasos, así que dudo mucho que se cumpla este propósito dentro de plazo.

¿Serán suficientes estas nuevas edificaciones para paliar la escasez de viviendas en alquiler social? Lo ignoro, pero me atrevería a decir que nos quedaremos muy cortos y que, mientras tanto, los fondos buitre y los multi propietarios y grandes tenedores seguirán haciendo su agosto a costa de las necesidades de la población y nadie será capaz de pararles los pies.

Espero, no obstante, que esta iniciativa del Ministerio de la Vivienda dé su fruto, y que muchos ciudadanos puedan acabar disfrutando de una vivienda digna a un precio accesible y que puedan decir al llegar del trabajo “hogar, dulce hogar”.

(1)  Observatorio del alquiler, Universidad Rey Juan Carlos, 9 de julio de 2025

(2)  Barcelona Secreta, 29 de enero de 2025

(3)  lasexta.com, 14 de enero de 2025

(4)  Aestimatio Abogados, 17 de septiembre de 2025

(5)  El País, 15 de marzo de 2025


martes, 25 de noviembre de 2025

Presuntamente presunto

 


Hemos llegado a un nivel extraordinariamente agresivo ─de momento solo verbalmente─ que las Cortes parecen más bien un cuadrilátero con púgiles que se saltan las normas más básicas de un luchador profesional. Increpaciones, puyas, abucheos, insultos, amenazas veladas, acusaciones sin base alguna, son el pan nuestro de cada día, dando una imagen de algunos políticos más propia de un chulo barriobajero. ¿Dónde ha ido a parar la educación y el buen hacer parlamentario?

Y en contraste con esa degeneración y bajeza moral de algunos parlamentarios, observo, incrédulo, cómo hemos adoptado un puritanismo, o buenismo, que no viene a cuento. Ya no solo han aparecido críticas por el uso de ciertos adjetivos ahora malsonantes, censurando los términos enano, gitano, maricón, por poner unos pocos ejemplos, que ciertamente se han utilizado muchas veces despectivamente, e incluso algunos cuentos infantiles que encierran, sin habernos percatado de ello, conductas machistas, sino que en el ámbito político se está empleando, a mi modo de ver de forma generalizada e innecesaria, el adjetivo “presunto”, supongo que para quedar bien ante el público y no ser tachado de injusto y de obrar de mala fe.

La presunción de inocencia, algo sagrado en nuestro derecho constitucional, se aplica cuando solo existen sospechas y pruebas circunstanciales que hay que esclarecer y mientras no se demuestre fehacientemente la culpabilidad del sospechoso. Pero por qué llamar presunto delincuente o presunto culpable cuando queda perfectamente demostrada la culpabilidad de alguien que ha cometido un delito y que incluso ha acabado confesando. Y no señalo a nadie.

Constantemente oímos que alguien ha cometido “presuntamente” un desfalco, una apropiación indebida de fondos, un abuso de poder, una agresión, incluso un asesinato. ¿Por qué a un maltratador que ha asesinado a su mujer, pareja o ex pareja, se le llama presunto asesino, y al violador confeso presunto violador? ¿Cómo deberíamos llamar al testigo que miente descaradamente en una comparecencia ante un juez, cuando, según la ley, está obligado a decir la verdad? ¿Presunto mentiroso?

Creo que nos hemos pasado dos pueblos, como se dice coloquialmente, en ambas circunstancias, tanto en sede parlamentaria, donde la honestidad brilla por su ausencia, siendo sustituida por la bronca más burda, como en los calificativos a utilizar para definir al delincuente que ha sido pillado con las manos en la masa.

Quien roba es un ladrón y quien viola un violador. Blanco y en botella. Dejémonos de parches. Y es que en esto de los calificativos también existe un partidismo evidente. Solo aquellos a los que les resulta desfavorable que se tache de delincuente a uno de los suyos, defenderá a ultranza la presunción de inocencia, a pesar de las múltiples pruebas en su contra. Y quien está en la oposición, sea del color que sea, no se atreve a ser duro llamándole por su nombre, para no ser acusados de partidistas aprovechados del mal ajeno y porque, supongo, también tienen en sus filas a alguien igual de culpable en algún que otro affaire.

Y, para terminar, declaro ser el presunto autor de esta entrada, presuntamente publicada en mi blog Cuaderno de bitácora, presuntamente de forma voluntaria, no obligada, presuntamente sentado ante mi ordenador, tecleando presuntamente su teclado, creyendo presuntamente en lo que aquí se ha escrito, presuntamente el día 25 de noviembre de 2025. Así pues, me ratifico en que soy presuntamente el culpable de todo ello. A ver quién es el guapo que puede demostrar todo lo contrario.


miércoles, 19 de noviembre de 2025

Me gusta, no me gusta

 

Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a dejar tranquilos a los políticos y dedicaré esta nueva entrada a algo que podría considerarse irrelevante o simplemente anecdótico, pero que a mí me ha llamado siempre la atención. Tampoco voy a señalar a terceros, sino que en esta ocasión me señalaré a mí mismo, pues también suelo ser objeto de mis propias críticas.

Es evidente que la vida está llena de hechos curiosos, o debería decir aquí de comportamientos y reacciones curiosas, siendo una de las que más me intriga la gran diferencia que a veces existe en el gusto de la gente ante algo idéntico.

Una novela, por ejemplo, que han alabado lectores con un gusto literario afín al mío, me ha producido, en cambio, una enorme decepción, hasta el punto de tener que abandonar su lectura al cabo de unos pocos capítulos, a pesar de que soy de los que aguanta una lectura tediosa o insustancial por si el desarrollo de la historia va mejorando. A diferencia de antes, ahora ya no dudo tanto en arrinconar un libro del que no disfruto. ¿Qué sentido tiene seguir por el simple hecho de que a otros les ha entusiasmado? Y a la inversa: que una obra de la que he disfrutado horrores y que, por tal motivo, he releído hasta un par de veces a lo largo del tiempo, le ha resultado aburrida a alguien con quien creía compartir los mismos gustos. Me resulta un tanto incomprensible. ¿Cómo le ha podido aburrir algo tan extraordinariamente interesante? En estos casos me pregunto quién estará en lo cierto, quién tendrá mejor o peor gusto. ¿Seré yo el bicho raro?

Otro hecho curioso es que cuando me gusta, o me ha gustado mucho, una película o serie televisiva, deseo que la persona que está a mi lado viéndola conmigo disfrute igual que yo, y si no es así me siento francamente decepcionado. ¿A qué se debe este sentimiento casi infantil? Podría decir a mi favor que me gusta compartir mis gustos y satisfacciones. ¿Será algo normal?

Hasta aquí son muchas las preguntas que me hago en relación con mis gustos y el de los demás, sin saber la respuesta. Y es que ya lo dice la máxima: «para gustos, los colores». Pero ¿cómo es posible que una diferencia de gusto por algo en concreto pueda llegar a ser tan abismal? ¿A qué obedece? Seguramente un psicólogo podría darme la respuesta que busco, pero no acudiré a la consulta de un terapeuta para esto, digo yo.

No obstante, bien pensado, no sé por qué me extraña tanto estas diferencias de criterio cuando vemos tan a menudo ejemplos mucho más llamativos, como que ante algo que nos parece absolutamente lógico y evidente, unos dicen que es rotundamente cierto y otros totalmente falso. Si algo es blanco níveo, ¿por qué alguien puede afirmar que es negro azabache? ¡Qué le vamos a hacer si somos así de raros! Tendré que hacer caso a Voltaire ─o al refrán popular, pues no estoy seguro de su origen─ sobre que en la variedad está el gusto. Quizá sí que sería muy aburrido si todos pensáramos igual.

Aun así, ¿a vosotros/as os ocurre algo igual o parecido? ¿Os incomoda que alguien tenga una opinión diametralmente opuesta a la vuestra?

 

lunes, 10 de noviembre de 2025

Mentir es de tontos

 


Los niños tienden a negar lo innegable a ojos de sus padres, tutores y profesores como un arma defensiva para evitar el castigo, ya sea físico (como los de antaño) o de otro tipo. Son pillados infraganti y aun así niegan lo que se supone que estaban haciendo y ─esto ya es más elaborado─ culpan a otro, al inocente que solo miraba o poco tenía que ver en el asunto.

Parecería que al crecer y (supuestamente) madurar, esa práctica tendría que desaparecer y el niño, al convertirse en adulto, ya no adoptaría ese comportamiento infantil y ridículo. Pues no, hay quien se lleva a la tumba el vicio de mentir. Incluso los hay que se sirven de la mentira para prosperar, tanto en el ámbito laboral como (sobre todo) el político. ¡Otra vez los políticos!, diréis. Pues sí, qué queréis que os diga si estos son una fuente interminable e inestimable de malas costumbres.

¿Cómo se puede negar algo cuando sabes que la acusación de la que eres objeto es cierta y que con el tiempo acabará todo saliendo a la luz? Solo sirve para ganar tiempo, despistar al personal y perder la poca vergüenza que a uno le queda.

A algunos les resulta imposible decir la verdad, pues siempre han estado montados en la falsedad, su modus vivendi, incluso cuando se revelan claramente las evidencias de su implicación en los hechos denunciados y su culpabilidad es más que notoria. Porque una cosa es la presunción de inocencia, cuando solo hay indicios de un delito, y otra muy distinta cuando se acumulan pruebas y más pruebas irrefutables de su culpabilidad.

¿Son tontos? ¿Se creen más listos que los demás? ¿Adónde creen que van a llegar sus mentiras? ¿Acaso no se dice que la mentira tiene las patas muy cortas y que se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo? Deben ser cojos de mollera, blandos de moral o duros de cara. O todo a la vez.

A ver, cuando a uno le pillan en un renuncio, intentar excusarse u ocultar datos comprometedores, es, hasta cierto punto, comprensible. Pero ¿de qué sirve empecinarse en negarlo todo, cuando se sabe que a la larga acabará aclarándose la verdad? ¿Acaso no han aprendido de otros casos como el suyo?

Implicar a terceros, negar las pruebas en su contra, defenderse vehementemente, haciéndose la víctima de un complot de grandes dimensiones, el objeto de una caza injusta e inmoral no es más que lo que en el argot familiar se conoce como marear la perdiz, alargar el proceso inútilmente. Y yo añadiría, hacer el ridículo. Pero, claro, quién es el guapo que confiesa a la primera de cambio. Solo los imbéciles. Y ellos, como son muy astutos, que no inteligentes, sabrán salirse por la tangente. O en eso confían. Ejemplos no faltan.

Siempre me ha llamado la atención que a un condenado se le aplique un atenuante porque “ha colaborado con la justicia”, cuando es lo correcto. En todo caso, no colaborar debería ser objeto de un agravante. Pues igual debería ser con los mentirosos compulsivos sentados en el banquillo de los acusados, que han estado engañando a todo el mundo a sabiendas.

Si en una Empresa privada, sería procedente despedir a un empleado por haber falseado un documento o alterado el resultado de un informe crucial, en política debería penalizarse al embustero que oculta su culpabilidad y miente descaradamente cuando se le atrapa con las manos en la masa.

Supongo que esos individuos actúan de tal forma porque hay precedentes de culpables que se han ido de rositas después de haber enfangado el sistema y a todos los que han estado a su alcance.

No pretendo señalar a nadie en concreto. Que cada uno saque sus conclusiones y piense en quienes podrían estar en estas circunstancias. El caso es que al margen de filias y fobias (que todos tenemos), creo que en política desgraciadamente la mentira está enraizada, en mayor o menor grado, en todo el arco parlamentario, ya sea a título personal o partidista. Mentir debe ser algo innato e imposible de eliminar después de años de práctica. Debe ser algo propio e inseparable de la naturaleza humana.

Como dijo Alexander Pope (1688-1744), poeta inglés: El que dice una mentira (…) estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera. Eso explica la obstinación de los mentirosos en mantenerse fieles a su patraña.

Si bien la mentira piadosa es justificable e incluso beneficiosa en algunas circunstancias, la pertinaz, la indiscriminada, la voluntaria, la que daña a terceros, atentando contra la salud moral de la sociedad, es merecedora de un correctivo lo suficientemente ejemplar como para que haga desistir a los embusteros y calumniadores de practicarla en su propio interés.