viernes, 27 de noviembre de 2015

Las cosas que no soporto (I)



Es una tontería, lo sé, pero llevo mucho tiempo, diría que años, queriendo hacerlo. Si no lo he hecho antes es porque, por una parte, no quería que nadie me tomara por un intolerante, un tiquismiquis, vamos un “tocapelotas”, en definitiva alguien insoportable; y por otra porque no tenía dónde plasmarlo, salvo en mi mente.

Cada vez que me hallaba frente a algo que me disgustaba sobre la conducta ajena -eso que, aun siendo cotidiano, no acabo de tragar por absurdo, ridículo o inadecuado-, pensaba en que podría anotarlo, hacer una lista de esas cosas que se repiten y que nadie ataja por falta de voluntad, de interés, por considerarlas “inocuas” e intrascendentes –vamos, que no hay para tanto- o porque simplemente pasan desapercibidas a ojos de la gran mayoría de ciudadanos y consumidores.

Pero ahora que tengo una edad como para que me dé igual lo que piensen los demás, que dispongo de suficiente tiempo libre para malgastarlo en chorradas y que tengo este blog para publicarlas, me he decidido a hacer un listado de las cosas que más rabia me dan. No es un ranking. Tampoco son los cuarenta principales. De hecho, al principio solo eran veinte pero a medida que ha ido pasando el tiempo han ido in crescendo, hasta el punto de que he tenido que echar mano de las tijeras para no pasarme. Será que con el tiempo no solo me hago más viejo sino también más intransigente.

Se trata de un popurrí de cosas, algunas más trascendentes que otras. Unas son cotidianas, de esas que tienen lugar en un ambiente familiar (léase entre amigos y parientes). Algunas otras podrían incluso catalogarse de “chorradas”, pero son de esas que no trago porque nos las intentan colar, y nos las cuelan, porque piensan que somos tontos. Por cierto: somos tontos. De ahí que nos las endosen con tanta frecuencia. Nos tragamos lo que nos echen y como tenemos unas enormes tragaderas, pues para adentro. Así que cuando digo que no las puedo tragar quiero decir, en realidad, que se me atragantan pero para adentro van. Es por ello que me resultan más insoportables que el aceite de ricino. Pero sobre todo a quien no soporto es a los que están detrás de ellas.

Para no hacer una enumeración tipo lista de la compra y, de paso, hacerlas más “visuales”, las describo a continuación tal como suelen tener lugar en su escenario habitual. Hasta me he permitido separarlas por ambientes o temáticas.

Pero como, en mi maniática y sensible opinión, es en la televisión y en el cine donde más sinsentidos encuentro (quizá porque los productores y/o guionistas son quienes más nos toman por estúpidos), dedico esta primera entrada al séptimo arte y a la caja tonta. Y no voy a demorarme más, no sea que vaya a crecer tanto la lista que se haga interminable y sea yo el insoportable.

Así pues, en cine y televisión no soporto:
 
- Que en las películas de terror se use y abuse de los sustos sonoros, recurrentes y totalmente gratuitos: la paloma, o mejor aún, el cuervo que sale volando al abrir la puerta del granero o el gato que salta maullando al abrir la portezuela de una alacena. Que digo yo: ¿qué hace un gato dentro de un armario o quién ha sido el cabrón que ha encerrado ahí al pobre animal?
 
- Que los guionistas obliguen a sus personajes a comportarse de forma totalmente ilógica según la vida real: ¿quién camina a oscuras y/o marcha atrás en un lugar en el que teme que haya alguien acechándole con malas intenciones? ¿Por qué cuando alguien se encuentra un cadáver ensangrentado y con un puñal clavado en el vientre, lo primero que hace es extraérselo, sujetarlo entre sus manos mirándolo sin saber qué hacer con él y embadurnarse de la sangre del finado, para que cuando llegue la policía –que aparece en un pis pas sin saber quién la ha avisado- lo encuentre con las manos en la masa? Y luego la omnipresente frase de “no es lo que parece”
 
- Que la gente coma y beba en el cine haciendo ruido al masticar o sorber el refresco para luego dejarlo todo hecho un asco. ¡Menudo equipo de limpieza tienen algunas salas! Palomitas por aquí, charquitos pegajosos por allá. El negocio es el negocio. Luego se quejan de que las entradas son caras (que lo son) pero no pueden evitar comprarse su ración King size de palomitas y un bote gigante de cola que les cuesta tanto o más que la entrada. Que también me pregunto: ¿las diez y media y no han cenado ni siquiera un triste bocata? Y si han cenado, ¿tienen todavía hambre para zamparse todo aquello?
 
- Que en una película con escenas de cama, la chica, después de una noche de sexo, se levante de la cama para ir al baño arrastrando la sabana, la manta y el cubrecama para que, tapada hasta la nariz, el chico no le vea el culo. ¿Acaso habrán practicado sexo a oscuras?
 
- Que los contendientes se peguen unas palizas de órdago como si nada, puñetazos que destrozarían las manos de quien los da y el careto de quien los recibe. En cambio, cuando interesa acabar rápido, con un golpe en la cocorota se acabó y a freír espárragos.
 
- Que antes de que el malo se cargue a su peor enemigo, aquél le cuente a éste toda su vida, sus motivaciones para hacer lo que hace y, sobre todo, cómo ha logrado hacerlo, con  todo lujo de detalles, apuntándole con el arma, y todo para dar tiempo a la poli a que llegue y le atrape. ¿Por qué no se lo carga de una vez por todas y acabamos? A fin de cuentas era a lo que iba, ¿no?
 
- Que cuando le cierran los ojos a un cadáver, con solo pasarle la mano por encima sin apenas tocarle los párpados éstos se cierran solos como por arte de magia.
 
- Que en una secuencia, uno de los científicos protagonistas le explique a otro algo que debe ser más que obvio para alguien con sus conocimientos, y solo para que el público lo entienda.
 
- Que cuando a alguien le piden que encienda urgentemente el televisor (hay una noticia que trastocará momentáneamente la trama y al espectador), éste se enciende ipso facto, apareciendo la imagen con solo pulsar el mando a distancia. Que me digan la marca que me lo compro.
 
- Que en la programación televisiva tengamos que tragarnos los frecuentes cortes publicitarios y su absurda (aparentemente) frecuencia. Que tras un corte publicitario de 45 segundos, prosiga la programación durante 5 minutos más y vuelvan a cortar diciendo que “volvemos en 7 minutos”. O que se introduzca una cuña publicitaria cuando solo falta un minuto para terminar una película y que, una vez acabada ésta, se empalme con el siguiente programa, el cual será interrumpido a los pocos minutos para volver a dar paso a la publicidad. Dicen que es la forma de asegurarse que el espectador no cambia de canal porque ya han logrado “engancharlo” de nuevo. ¡Pobre espectador!
 
- Que en algunas series de TV (Juego de tronos es un claro exponente de ello) tengas que estar constantemente subiendo y bajando el volumen por los continuos altibajos en el sonido. Pasan de hablar en susurros a vociferar, y luego el entrechocar de espadas o disparos y explosiones ensordecedoras cuyo estruendo se oye en todo el vecindario. Esos son los únicos momentos en que no deseo ser el propietario o usufructuario del mando a distancia. ¡Sube, que no se oye! ¡Baja, que nos vamos a volver locos!
 
- Que en documentales, noticias y extractos de programas de canales extranjeros quiten los subtítulos cuando todavía no he acabado de leerlos.
 
- Que en una tertulia o debate televisivo, todos hablen a la vez y a gritos, armando tal jaleo que uno no se entera de nada, aparte de que sean unos impresentables (esto ya se da por sentado). Y que el presunto moderador no intervenga o no logre acallarlos.

Y lo dejo aquí porque ya está bien de dar la lata.

CONTINUARÁ
(para quien esté interesado en seguir leyendo tonterías)
 
 





sábado, 14 de noviembre de 2015

¿Se han perdido las buenas costumbres?



Día a día vemos cómo niños y jóvenes desatienden lo que, cuando teníamos su edad, considerábamos de buena educación. Los niños ya no ceden el asiento a las personas mayores, los jóvenes ya no ceden el paso ni abren la puerta a una persona anciana. Muchos ni siquiera se disculpan por haber dado un empujón involuntario a alguien que pasaba por su lado. Y así podría citar una larga lista de ejemplos en los que la llamada urbanidad brilla por su ausencia. Pero lo peor de todo es que muchas de estas manifestaciones de mala –o poca- educación tienen lugar muchas veces en presencia de sus padres, que son los verdaderos culpables.

Creo, además, que las malas conductas y malas costumbres se contagian, y no solo de padres a hijos, de arriba abajo, sino también en sentido ascendente. Los jóvenes aprenden de sus mayores, pero éstos ahora parecen imitar a la juventud en su comportamiento y modales. Supongo que es algo inconsciente. Hay quien dice que todo lo malo se pega y creo que tienen razón. Aquello de que la manzana podrida corrompe a las demás del mismo cesto.

Pero mi propósito, en esta entrada, no es analizar este tipo de comportamiento en el ámbito de toda la sociedad. No soy sociólogo, ni psicólogo, ni antropólogo. En definitiva, no me siento lo suficientemente preparado para realizar un análisis en profundidad de esta deriva de la sociedad hacia la pérdida de las “buenas costumbres”.

Sí, en cambio, me atrevo –y espero no ofender a nadie- a llevar a cabo una reflexión basada en mi propia experiencia y en un ámbito tan concreto como cerrado como es el de la llamada blogosfera. Concretamente, me refiero al comportamiento de algunos –cada vez más- bloguero/as.

¿A qué viene el título de esta entrada? Viene a colación de algo que observo desde hace algún tiempo y que me llama poderosamente la atención: que algunos –insisto que cada vez son más- de lo/as “compañero/as de letras” no se toman el tiempo, o la molestia, de responder a los comentarios que les dejan –dejamos- sus lectores. Me parece una falta de desconsideración no hacerlo, aunque sea con un simple “gracias”, a quienes han invertido una parte –aunque sea pequeña- de su tiempo a leer y a dejar un comentario que, además, es halagador. ¿Quizá es que están tan atareado/as escribiendo nuevas entradas que no tienen tiempo para leer los mensajes que les dejan sus seguidores? ¿Acaso es que, como reciben tantos comentarios, no darían abasto a responder a todo/as y cada uno/a de sus lector/as? Quizá sea eso, pues generalmente obvian responder quienes más comentarios reciben. Pero, a ver, estamos hablando de decenas, no de miles. No se trata de un club de fans, con cientos de miles de seguidores, lo que obliga al artista a disponer de un/a secretario/a para que atienda la correspondencia.

Y como decía antes, parece que esta –mala, a mi entender- costumbre se va extendiendo, pues ahora me encuentro que bloguero/as que siempre respondían ahora ya no lo hacen. O algo que me parece aun peor: responden solo a uno/as poco/as, que serán, digo yo, amigos y conocidos de mucha confianza. Pues, aun así, no me parece bien. O todos o nadie, caramba, que todos somos dignos de ser tenidos en cuenta, creo yo.

Así que me formulo dos peguntas: a) ¿Por qué hay quien no responde nunca a sus lectores, esos que amablemente les han dejado un comentario al pie de su publicación?, y b) ¿Qué es lo que ha ocurrido para que quienes sí tenían la deferencia de contestar, hayan dejado de hacerlo? ¿Se han cansado? ¿No es rentable?

Es tanta mi curiosidad que si algún amable lector/a conoce la respuesta, le agradecería encarecidamente que me lo haga saber. Así me ilustrará y me quedaré más tranquilo. Espero que no suceda lo del refrán, ese que dice que la curiosidad mató al gato.

Por cierto, gracias a quienes sí responden a mis comentarios, por simples y anodinos que puedan ser.

 
 

lunes, 26 de octubre de 2015

Díselo ahora



Muchas veces evitamos recordar para no llorar. No queremos recordar para que no afloren sentimientos que habíamos congelado. Porque la vida sigue y no queremos volver la vista atrás para contemplar lo que hemos perdido.

Cuántas frases dejamos en el aire. Cuántas palabras se quedaron sin pronunciar y ahora desearíamos decirlas cuando ya es demasiado tarde. Sientes el deseo de decirle “te quiero” cuando sus ojos no volverán a mirarte. Esos ojos que se cerraron en tu ausencia mientras estabas durmiendo, poco antes de que te despertara el teléfono porque te llamaron del hospital para decirte que ya se había ido. Y cuando le volviste a ver, lo que tenías ante ti ya no era él o ella sino algo más parecido a un muñeco de cera que ya no te volvería a contar aquellas historias, mil veces repetidas, a las que ya apenas prestabas atención por conocidas y porque su memoria le jugaba malas pasadas y trastocaba la realidad.

Y solo pensamos en ello cuando ya no están y quisiéramos que todavía estuvieran. Cuando les añoramos. Pero lo peor de todo es que si volviéramos al pasado, si tuviéramos una segunda oportunidad, posiblemente cometeríamos el mismo error. Quizá preferimos no pensar en ello, para no sentirnos más culpables todavía. Porque la vida sigue y no queremos volver la vista atrás para contemplar nuestros errores y nuestros vacíos.

¿Acaso solo somos capaces de sentir y dar amor a los que ya no están para recibirlo?

Digamos “te quiero” ahora que todavía no es demasiado tarde.

Díselo ahora, todavía estás a tiempo.



viernes, 25 de septiembre de 2015

Un largo viaje sin retorno



No creo que haga falta abundar mucho más en las imágenes escalofriantes de los inmigrantes y refugiados que, buscando desesperadamente un hogar donde estar a salvo de la guerra, de la injusticia y del hambre, arriesgan sus vidas recorriendo zonas hostiles y peligrosas. No hay nada que haya quedado por decir para sensibilizar a la gente con un mínimo de humanidad y que tiene la suerte de vivir en condiciones muchísimo mejores.

El éxodo de los refugiados sirios del que estamos siendo testigos es, por desgracia, uno más de los que han tenido que sufrir gentes de diversas nacionalidades para escapar del  terror y de la miseria.

Muchos fueron los que a lo largo del siglo XX se vieron en la necesidad de exiliarse. Un millón de rusos huyendo del ejército bolchevique en 1919, casi dos millones de griegos y turcos trasladados en los años veinte, los 320.000 armenios dispersados por todo el continente en la siguiente década, un cuarto de millón de ciudadanos alemanes que escaparon de la Alemania nazi en la misma época, 200.000 húngaros que en los años cincuenta entraron en Austria y Yugoslavia, son solo unos ejemplos de los desplazamientos de personas sin hogar que ya en 1942 se contabilizaban en más de 20 millones.

A finales del siglo XX, la guerra de los Balcanes volvió a situar el flujo de refugiados en Europa en niveles similares a los de la Segunda Guerra Mundial. Desde 1991, la guerra y los procesos de limpieza étnica provocaron el desplazamiento de más de cinco millones de personas, de las cuales se calcula que un 20% abandonaron definitivamente el territorio de la antigua Yugoslavia.

Se cifra entre 3 y 4 millones los refugiados que han huido de Siria desde el inicio de la guerra hacia los países vecinos y miles de ellos buscan ahora asilo en Europa. Y esta marea humana de gente desesperada va en aumento. Las imágenes que nos ofrece la televisión nos encoge el corazón. El trato humanitario que deberían dispensarles no siempre está presente y hemos podido ver escenas de un trato indigno más propio de las deportaciones y campos de concentración.

Pero, como decía al principio, poco más se puede añadir a lo ya dicho hasta ahora sobre esta terrible situación de injusticia social, por lo que no voy a extenderme, puesto que otros mucho más versados que yo en guerras, éxodos y asilos políticos han hecho correr ríos de tinta aportando detalles más ilustrativos y elocuentes.

El verdadero motivo que me ha llevado a escribir esta entrada es el recuerdo que esta tragedia humana me ha suscitado sobre un exilio antiguo e igual de dramático pero al que creo que no se le dio la merecida resonancia internacional, ni entonces, ni una vez terminada la guerra europea, cuando la paz y normalidad había vuelto a las casas de los ciudadanos, ni siquiera tras el advenimiento de la democracia en nuestro país, muchos años después. Me refiero al éxodo republicano que en 1939 atravesó la frontera francesa y al que dedico aquí este sencillo y sentido recuerdo a pesar de los años pasados, más de los que yo cuento en la actualidad.

Ahora nos sobrecogen y escandalizan –y con razón- las imágenes de hombres, mujeres y niños sirios andando por los caminos con sus pocas pertenencias a cuestas y atravesando fronteras en busca de un lugar donde vivir en paz, alejados de la guerra y de la represión. ¿Cuántos europeos se conmovieron entonces de las imágenes de los españoles que huían a Francia –estimados en 465.000, de los cuales 170.000 eran civiles- y que fueron acogidos mayoritariamente con hostilidad y recluidos en campos de concentración o de “internamiento” donde muchos murieron de frio e inanición? Los campos de Saint-Cyprien, de Argelès-sur-Mer o de Le Barcarès, situados en el departamento de los Pirineos Orientales, fueron un ejemplo de ello. Por no hablar de los republicanos mínimamente significados que fueron entregados a la Gestapo y luego internados en Mauthausen-Gusen. Casi 9.000 republicanos españoles acabaron en campos de concentración nazis.

Podría citar también a los cerca de 10.000 exiliados que desembarcaron en el norte de África. Detenidos en campos de internamiento, a causa de su “peligrosidad”, fueron condenados a trabajos forzados y sometidos a un régimen brutal, sucumbiendo al hambre, a las enfermedades e incluso a la tortura, hasta que fueron liberados, en mayo de 1943, después del desembarco aliado.

Durante la guerra civil española y los años de la posguerra, Europa practicó la más absoluta hipocresía hacia España y los españoles, dándole primero la espalda a las fuerzas republicanas que luchaban contra los sublevados y luego, una vez vencidas, a los españoles que vivían bajo el yugo de la dictadura franquista. Aun recuerdo que de adolescente, al pisar territorio francés, decir la palabra “español” suscitaba entre los vecinos galos un rechazo indisimulado, una cara de desprecio.

Aquellos eran malos tiempos sin duda, tiempos de guerra, de crisis y de odio, pero no por ello deja de ser menos inhumano el trato recibido por esos cientos de miles de españoles cuya única culpa fue luchar o simplemente permanecer en el bando defensor del régimen establecido democráticamente. Aquellos hombres, mujeres y niños también sufrieron en sus carnes el hambre, la injusticia, el rechazo y el abandono. Aflijámonos por los refugiados actuales que padecen estas mismas penurias pensando también en aquellos compatriotas nuestros que les precedieron y que para muchos han quedado en el olvido. Y esperemos que este largo viaje que han emprendido alejándose de su tierra natal tenga un buen fin y no sea un viaje sin retorno.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Falsos astrólogos y videntes de pacotilla


No pretendo abrir un debate acerca de la veracidad de la astrología ni de la capacidad de premonición o clarividencia de algunas personas. Ninguna de las dos materias están en mi campo de conocimiento y no me gusta hablar ni escribir de lo que desconozco. Aunque escéptico por naturaleza, tiendo a adoptar una postura, indudablemente más cómoda y segura, semejante a la del agnóstico: ni afirmo ni niego. Y, sobre todo, respeto las creencias ajenas por inverosímiles que me parezcan a simple vista.

El objetivo de esta, llamémosla, crítica son los falsos profetas, los que viven a costa de los sentimientos y necesidades de quienes, creyendo a pies juntillas en el determinismo de los astros o en la capacidad paranormal de algunas mentes para conectar con “otras dimensiones”, no dudan en ponerse en sus manos para superar un problema material, emocional y/o existencial.

A mayor abundamiento, esos charlatanes desaprensivos, embaucadores, y a la postre, estafadores, tienen la desfachatez de anunciarse públicamente, incluso por televisión. “¿Tienes un problema acuciante que no te dejar vivir en paz y no puedes esperar?, llámame al 806XXXXXX y te devolveré la paz” o mensajes por el estilo se pueden ver en la franja publicitaria de varias cadenas televisivas de nuestro país.

¿Cómo pueden contribuir esos medios de comunicación, que a pesar de que su nivel de culturización sea nula deberían por lo menos proteger al consumidor de todo tipo de estafas, a favorecer este negocio claramente fraudulento?

Poderoso caballero es don dinero. Los pingues beneficios económicos que obtienen las cadenas de televisión gracias a la publicidad de la que depende su subsistencia es, al parecer, un argumento más que suficiente para no hacerle ascos a ese tipo de publicidad engañosa e inmoral contra la que nadie parece actuar. El fin justifica los medios.

Aun siendo tarea imposible, me gustaría saber cuál es el balance beneficio-daño que resulta de la práctica de tales profesionales de la falsedad. Todos o muchos hemos visto alguna vez a alguno/a de ello/as actuando ante un cándido -e ignorante- televidente que le ha contactado vía telefónica y cómo alguno/as se empeñan en contradecirles sobre cuestiones de las que solo ellos pueden dar fe. “Usted está mal del hígado, ¿verdad? Pues no, tengo el hígado perfectamente bien. Pues no, no lo tiene bien y si no al tiempo”. Y se quedan tan anchos. Y el pobre “cliente” yendo al médico para que le prescriba algo para el hígado porque de pronto parece que le duele.

Si alguien, por defraudar a hacienda, puede dar con sus huesos en la cárcel, ¿dónde deberían ir a parar los de los que se aprovechan de la ignorancia y credulidad de la gente y que juegan con sus sentimientos e incluso con su salud?

Quizá debería iniciar una petición en Change.org para que se prohibiera ese tipo de publicidad en los medios de comunicación, pero ¿a quién debería dirigir la petición? ¿Al Ministerio del Interior? ¿Al de Justicia? ¿Al Defensor del Pueblo? ¿Al mismísimo Presidente del Gobierno?

Pero para ser totalmente ecuánime, antes de nada debería saber a ciencia cierta hasta qué punto esos desaprensivos hacen un daño real a sus clientes o si, por el contrario, les ayudan a ser felices con sus engaños. Supongo que de todo habrá. Lo que sí es cierto es que hemos conocido muchas denuncias contra mala praxis médica pero hasta ahora nunca he tenido noticias de que se haya presentado una denuncia por daño físico o moral contra ningún astrólogo o vidente de pacotilla. ¿Será que la ignorancia de los afectados les impide saber que han sido realmente víctimas de un fraude?

Quizás también antes de tomar una decisión debería intentar conocer en profundidad y en carne propia cómo se las gastan esos individuos y luego obrar en consecuencia. Sería algo así como actuar de cebo. Pero en caso de resultar perjudicado de algún modo o simplemente no se vieran cumplidas mis expectativas, ¿alguien se tomaría en serio mi denuncia o me dirían que me lo tengo merecido por tonto?
 
 
 

sábado, 8 de agosto de 2015

Las apariencias engañan y el misterio de las coincidencias (*)




No sabría decir si las apariencias siempre engañan y si las coincidencias son o no un misterio, pero la anécdota de aquí voy a referir parece cumplir con ambos supuestos.

Viajaba de vuelta a Barcelona desde Estocolmo y el vuelo hacía escala en el aeropuerto de Amsterdam. Éramos cuatro compañeros de viaje y trabajo: el director médico, el de marketing, el director general y yo. A ellos les tocó tres asientos contiguos dos o tres filas por delante del mío situados a la derecha del pasillo. A mí me tocó uno junto a la ventana, a la izquierda del pasillo, donde las filas eran de dos asientos.

Eso no hubiera tenido ninguna importancia ni consecuencia si no fuera porque a mi lado se sentó un individuo alto, rubio y corpulento, con apariencia de Vikingo.

Hasta que el avión no alzó el vuelo, mis compañeros no cesaron de bromear en voz alta, girándose e intentando persuadirme para que cambiase de lugar si no quería acabar aplastado por la humana corpulencia de mi vecino. Que si sal de ahí, hombre, que ese tío no te dejará respirar, que qué mala suerte has tenido porque mira que es grandote, cámbiate de sitio, no seas tonto, que en cualquier otro asiento estarás mejor, que hay espacio de sobras. Y así una retahíla de cometarios jocosos y de risotadas más propias de críos que de unos hombres hechos y derechos. Mis amigos y jefe no se cortaron ni un pelo a la hora de soltar sus audaces calificativos hacia el desconocido pues, por muy conocedor de lenguas extranjeras que fuese, era muy improbable, por no decir imposible, que conociera la lengua de Pompeu Fabra, es decir el catalán, que era y es la nuestra.

Finalmente, cuando el avión ya había alcanzado la altitud adecuada y las señales luminosas y acústicas nos avisaron que ya podíamos desabrocharnos el cinturón de seguridad, me levanté con la idea de cambiar de asiento y acabar, de este modo, con las insistentes puyas de mis compañeros y, sea dicho de paso, procurarme un viaje más cómodo pues de hecho me sentía atrapado entre mi vecino y la ventanilla, habiendo además lugar de sobras para elegir. Fue entonces cuando al pedirle a éste que me dejara pasar con un lacónico excuse me, me contestó, ante mi sorpresa y la de mis colegas: “en català si us plau” (= en catalán por favor).

Yo quise que la tierra me tragara para no vomitarme nunca jamás. Aunque en ningún momento fui el artífice, directo o indirecto, de ninguna de aquellas mofas hacia su persona ni sobre la situación en la que me encontraba y que tanta hilaridad había provocado en mis compañeros, me sentí chocado y profundamente avergonzado. El supuesto extranjero venido del norte había entendido todo lo proferido por mis imprudentes acompañantes sin haberse inmutado un ápice y sin dar señales de su catalanidad. Ellos, mudos del asombro por la inesperada réplica del supuesto pasajero nórdico, voltearon raudos sus cabezas mirando al frente y ya no las volvieron a girar en todo el trayecto.

Pero ahí no acabó la cosa. Cuando estábamos en la zona de tránsito del aeropuerto de Amsterdam intentando localizar, en una de las pantallas informativas, la puerta de embarque del vuelo que nos debía llevar hasta nuestro destino final, Barcelona, se me ocurrió hacer un comentario gracioso (ahora sí) diciendo algo así como que esperaba no volver a encontrarme otra vez con ese tío enorme sentado a mi lado. Al girarme para dirigir nuestros pasos hacia la puerta de embarque que nos correspondía, me di de bruces con el corpachón del aludido. Por segunda vez en pocas horas sentí el deseo de desaparecer. Por suerte, el hombre fue prudente y se marchó sin decir esta boca es mía aunque, eso sí, mirándome con cara de pocos amigos.

Supongo que no fue la casualidad la que hizo que, efectivamente, me lo volviera a encontrar en el mismo asiento que en el vuelo anterior, nuevamente junto al mío. Quise suponer (en más de una ocasión me ha ocurrido) que cuando se vuela con la misma Compañía, haciendo escala en un aeropuerto de conexión, en el aeropuerto de origen se le asigna a uno el mismo asiento en ambos vuelos, simplemente por comodidad. Eso y no otra cosa explicaría lo que, en un principio, parecería (y me pareció) una coincidencia misteriosa.

Esta vez, no obstante, fue mi repetido vecino de asiento quien, sin decir nada, cambió de lugar una vez el avión hubo despegado y las señales se lo permitieron.

A pesar de quedarme cómodo y a mis anchas el resto del viaje, éste no me resultó muy placentero pues me inundó un cierto sentimiento de culpabilidad hasta llegar a mi destino. Desde entonces soy muy cauteloso y procuro no enjuiciar a nadie por su aspecto y no hablar más de la cuenta. Creo que, por prudencia, todo el mundo debería obrar del mismo modo. Así evitaríamos crearnos enemigos innecesarios o bien no herir sensibilidades ajenas. Ya que eso de amar al prójimo como a ti mismo nos resulta tan difícil de cumplir, por lo menos respetemos a nuestros semejantes aunque físicamente de semejantes no tengan nada. Lo que saqué en claro de esa experiencia es que, efectivamente, las apariencias pueden engañar y mucho y que las coincidencias no siempre son un misterio.

 
(*) Título de la obra de Eduardo R. Zancolli, RBA Libros, 2006

viernes, 31 de julio de 2015

Una visita a la feria


 
Continuando con la historia del Meeting sevillano, podría empezar diciendo ahora aquello de que “cada uno cuenta la feria según le va”. Y este refrán viene a cuento de la visita colectiva que realizamos a la Feria de Jerez la tarde dedicada a actividades turístico-sociales que siempre se reservaba para el ecuador de este tipo de reuniones internacionales de una semana de duración. Y debo añadir que de toda la organización de ese encuentro, ésta fue la parte que más quebraderos de cabeza me dio.

Casualmente aquella semana coincidió con la celebración de la Feria del Caballo, la célebre feria de Jerez, que yo conocía muy bien por mi estancia en esa ciudad años atrás con motivo de mis prácticas de alférez, al término de las milicias universitarias. Por tal motivo esa fue la propuesta que hice para la tarde libre: visitar esa bonita ciudad en fiestas. Pero, claro, el presupuesto no admitía un dispendio excesivo y cada propuesta que presentaba a John, éste me la tumbaba por demasiado cara y me pedía una alternativa más económica. Espectáculo de los caballos que bailan, visita a una bodega y cena con tablao flamenco; fuera; otra. Entonces nada de caballos bailarines, sólo visita a unas afamadas bodegas y cena en las mismas con música flamenca: tampoco; otra. Pues viaje en barco por el Guadalquivir hasta la isla de la Cartuja y desplazamiento hasta Jerez, parada y fonda: que no; otra. La rubia (véase el post anterior) –que en esto sí que tuvo que dar el callo- ya estaba desesperada, y yo también, de hacer tantos cálculos y propuestas a la baja. Y así hasta llegar a la que sí cuajó: tour en autocar por el centro histórico de Sevilla, desplazamiento hasta Jerez, paseo por el recinto ferial para contemplar el desfile de jinetes y carruajes, disfrutar del colorido del conjunto y de los vestidos de faralaes de las mujeres y niñas, embriagarse con la música y unos finos en una caseta, para acabar cenando en el restaurante situado en el mismo recinto: bingo, vale, adelante.

Cuando todo estaba, por fin, organizado, apareció un pequeño problema logístico: el horario. Para mis estimados colegas venidos de otros lares, de otras civilizaciones y de otros mundos, estaba totalmente fuera de lugar iniciar nuestra ruta cultural, turística y gastronómica más tarde de las cuatro de la tarde. Por mucho que lo intenté, no entendieron que para disfrutar de la feria y verla en todo su esplendor, debíamos llegar allí, como muy pronto, al atardecer. Tras un tira y afloja con John y las omnipotentes inglesas (v. mi post anterior), tuve que acceder a que iniciáramos nuestro periplo a las cinco en punto de la tarde, hora taurina.

Cuando el primer día del meeting, en un descanso, John me pidió que explicara al grupo en qué consistiría nuestra tarde de ocio, intenté, en el mejor inglés posible, hacerles entender qué era la feria, tanto la de Sevilla, en abril, como la de Jerez, en mayo. Creo que no lo entendieron muy bien pero les gustó la idea, sobre todo lo del copeo y papeo. Lo del flamenco, sevillanas, trajes andaluces y demás, no le debió parecer interesante a Madame Moreau, la autoritaria y chovinista representante francesa, porque cuando pedí que alzaran las manos quienes estaban interesados en asistir, y así saber cuántos comensales seríamos en el restaurante donde reservaríamos la cena, negó con la cabeza como si espantara a una mosca cojonera y poniendo cara de asco. Ella y el bueno de Stéphane -su sumiso subordinado que, por no contradecirla, la secundó callando-, se lo perdieron.

A pesar de haber pedido con insistencia a la guía turística y al chofer del autocar de que ralentizaran al máximo el tour por la capital hispalense para hacer tiempo, aun así llegamos al recinto de la feria antes de las ocho de la tarde. Había estado lloviendo a cántaros toda la mañana hasta el punto que creí que deberíamos anular la excursión pero, por fin, el sol salió al mediodía. Pero cuando llegamos al lugar, el recinto todavía estaba muy mojado y, lo peor de todo, solitario. No había ni un alma.

Me sentía tan violento recorriendo, junto a la sosa azafata contratada para que nos hiciera de cicerone, el recinto encharcado, desierto y deslucido, viendo las caras de interrogación de mis colegas (pero qué coño hacemos aquí, suponía que se preguntaban), que no sabía qué hacer aparte de espolearla para que contara algo de lo que allí acontecía a la hora que debía acontecer. Afortunadamente logré que abrieran, mucho antes de la hora prevista, la caseta que tenía que acogernos y ofrecernos una cata de los mejores caldos de la zona. Y entre caldo y caldo, y sevillanas de fondo, el ambiente y las caras se fueron caldeando y los labios empezaron a esbozar sonrisas y alguna que otra carcajada saltaba de boca en boca. Hasta que llegó la hora de cenar.

En el restaurante, tuve que rogar que hicieran un esfuerzo titánico, ya que para ellos era algo casi sobrenatural, para que nos sirvieran el aperitivo a las nueve. Ya sabe usted, esos extranjeros…

Finalmente, tras una opípara cena, cuando salimos del restaurante, a las diez y pico, el paisaje ya había sufrido una metamorfosis que dejó a todos sorprendidos y a más de uno maravillado. Las luces multicolores, la música, el ambiente y el baile, les acabó seduciendo.

Se acordó que el autocar nos esperaría a la salida del recinto a las once en punto pues al día siguiente debíamos reanudar nuestras sesiones de trabajo a las nueve de la mañana. A la hora fijada, faltaba una docena de colegas a la cita. Ante la cara recriminatoria de John, como si yo tuviera la culpa de ello, tuve que recorrer la zona circundante intentando localizar a los rezagados y desertores, cosa que se me antojaba una misión imposible dado el vasto perímetro del recinto ferial. Al director médico mexicano lo encontré en una caseta disfrutando, con una copa de vino en la mano, del baile de una chiquilla no mayor de siete años. Y como a él, poco a poco, conseguí hallar a todos los que faltaban pero dos de ellos, el australiano y el japonés, beodos como estaban, se negaron a volver con nosotros. Me dijeron que volverían en taxi y, a pesar de mi advertencia sobre lo que un taxista les podría cobrar por ese largo trayecto, siendo extranjeros (para no incluir en el paquete su nivel de alcoholemia), se mantuvieron en sus trece. Al día siguiente, ya sobrios y con la cartera bastante más liviana, reconocieron su error. Por parte de John, todo fueron alabanzas, especialmente respecto a las almejas que nos sirvieron como aperitivo en el restaurante. “No saben lo que se han perdido los que no vinieron”, remató, refiriéndose, sin nombrarlos, a nuestros colegas galos.

Ese día la visita a la feria fue el tema común de todas las conversaciones. Cada uno la contaba a su manera, en función de sus recuerdos y experiencias. Menos Mme. Moreau y el pobre Stéphane, una porque no quiso y el otro porqué no pudo.