lunes, 15 de junio de 2015

Quiero ser Boy Scout (II)



Desde el primer día que se presentó en el cau, el comportamiento de mi primo Antoñito fue más bien chulesco, buscando protagonismo, intentando dominar a los demás y enfadándose si no lograba sus propósitos. El grupo entero le miraba con mala cara, sin que él se diera por aludido, y me miraban con cara de hastío y de interrogación que yo intuía que debía ir en la línea de “¿Quién se ha creído que es ese tío y qué hace aquí?” o peor aún “¿Por qué coño lo has traído con lo bien que estábamos?”

Y de este modo, Antoñito se estrenó como Boy Scout y su primera hazaña tuvo lugar ya en nuestra primera salida con él en el grupo y precisamente en una ocasión en la que íbamos a practicar vivac.

Al principio, debo reconocer que todo se desarrollaba con una cierta normalidad, teniendo en cuenta su carácter, pues sus salidas de tono no eran demasiado  alarmantes. Por lo menos tuvo el detalle de no cortarle la cola a ningún animal de cuatro patas y sus modales, aunque rudos, no resultaban fuera de lugar o demasiado llamativos. Lo peor estaba por venir y como Míster Hyde actuaba de noche, él no podía ser menos.

Cuando llegamos al lugar elegido para la acampada, como el cielo estaba muy encapotado y amenazaba lluvia, Antón nos mandó a por troncos y ramaje para construir una cabaña como refugio para esa noche. Así pues, nos desperdigamos en busca de ramas y pequeños troncos secos que suelen abundar en los bosques. Así, uno a uno, íbamos depositando nuestra aportación a medida que encontrábamos algo útil para ese menester y después de unos cuantos viajes ya habíamos recogido suficiente material para construir un refugio lo suficientemente amplio y seguro para protegernos a todos de las posibles inclemencias meteorológicas. Pero de pronto nos percatamos de que el grupo estaba incompleto. Faltaba Antoñito y, para mayor preocupación, también nos dimos cuenta de que no le habíamos visto el pelo en todo el tiempo en que habíamos estado trajinando sin parar. Mi corazón me dio un vuelco pues enseguida pensé en lo peor, pero no sabía qué era exactamente lo peor, que mi primo se hubiera perdido en el bosque y no le volviéramos a ver nunca más o que estuviera haciendo algo de lo que me arrepentiría el resto de mis días. Tan pronto como acabé de pensar en estas dos posibilidades, descarté la primera; mi primo podía extraviarse como cualquiera pero de ser así sus gritos se hubieran oído a kilómetros de distancia. Por lo tanto, sólo me quedaba la posibilidad del arrepentimiento de por vida.

Al cabo de un rato de llamarle a gritos, oímos ruido de pasos y de ramas, acompañado de un sonido parecido al que emiten las hienas y que no era más que la risa contenida de mi primo que, eufórico por su proeza, ya se relamía imaginándose la cara que íbamos a poner cuando le viéramos llegar con el trofeo en sus manos. Y no se equivocó al pensar que nuestras caras iban a mostrar la gran sorpresa que él esperaba. No pude ver, gracias a la oscuridad reinante, las caras de mis compañeros pero la mía debía ser un poema del espanto que me produjo ver aparecer a mi primo cargado hasta lo indecible de pinos, pinos muy jóvenes que acababa de cortar con su machete.

-¡Mirad lo que traigo!. Vamos a poder construir una cabaña muy chula ¿a que sí?

Supongo que al contemplar nuestros semblantes y ver que no compartíamos su euforia, debió entender que algo iba mal porque simplemente dijo:

-Pero qué os pasa, tíos, ¿es que no habéis visto lo que traigo o qué?

Sentí unas ganas tremendas de arrojarme a su cuello y estrangularlo allí mismo, sentimiento que supongo compartíamos todos los allí presentes pero que quedó truncado por la habitual sensatez de Antón quien, con voz grave y autoritaria, le contestó:

-Deja ahora mismo esos pinos, que tenemos que hablar.

Antoñito, parecía no salir de su asombro pues seguía sin entender la gravedad de lo que había hecho ni que, en lugar de saltar de alegría y deshacernos en elogios, le miráramos con cara de pocos amigos.

-¿Se puede saber qué has hecho? ¿De dónde has sacado esos pinos? – Era pura retórica pues ya sabíamos todos cuál iba a ser la respuesta.
-Pues, ¿de dónde va a ser? Por ahí cerca hay un pinar lleno de pinos pequeños como éstos.

Antón, controlando su enfado, intentó, en vano, hacerle entender que lo que había hecho era ilegal pues esos pinos eran de propiedad privada, como era de propiedad privada el campo dónde estábamos acampados, y que por lo tanto sólo cabía pensar en dos posibilidades: que nos marcháramos de inmediato abandonando allí mismo el cuerpo del delito o que nos quedáramos a pernoctar hasta el amanecer, pero si optábamos por la segunda nos arriesgábamos a que el propietario descubriera el delito forestal y nos despertara a garrotazo limpio rompiéndonos una costilla por cada árbol cortado o nos llevara al cuartelillo de la Guardia Civil más próximo para presentar denuncia y tener que abonar una multa que nuestros padres nos recordarían hasta el juicio final.

Así pues, optamos por la salida menos peligrosa y sin haber siquiera cenado pusimos tierra de por medio en menos que canta un gallo. Además, para sentirnos totalmente a salvo tuvimos que andar más de una hora y estar, de este modo, fuera del alcance de la vista y de la ira de nuestro posible agresor. El tiempo, por si fuera poco, se puso en contra nuestra pues tan pronto nos hubimos asentado de nuevo empezó a llover y no paró en toda la noche. Arrebujado en mi saco de dormir estilo momia, no dejaba de torturarme por haber permitido, indirectamente, que sucediera lo que ya anticipé tan pronto como mi madre me obligó a que Antoñito formara parte de nuestra agrupación y, dándole vueltas a la imaginación temiendo que las andanzas de mi primo sólo acabaran de empezar, me quedé profundamente dormido.

-Lo siento pero esto no tiene disculpa. Si no sabes comportarte como Dios manda, no puedes quedarte. Ya te dije que estarías a prueba y no la has superado, así que sintiéndolo mucho…-Esas fueron las palabras de Antón tan pronto como llegamos al cau, palabras que quedaron interrumpidas por la atronadora voz de mi primo.
-¿Qué quieres decir, que me echas? ¿Y si no me da la gana, eh? ¿Quién te has creído que eres? Lo que pasa es que me tenéis manía, eso es.
-Pues sí, te echo, así de claro, y puedo hacerlo porque soy el jefe de patrulla y por eso soy responsable de vuestro comportamiento y tú te has comportado muy mal, no sabes respetar a tus compañeros ni a la naturaleza y un Boy Scout debe dar ejemplo de buena conducta. Así que no sirves para esto, me sabe mal decirlo pero es así. Además, todo el cau sabe cómo eres. O sea que de manía nada de nada.
-Pues ahí os quedáis con vuestras chorradas de niños panolis.

Y dicho esto salió dando un portazo. Ese fue el fin de Antoñito como explorador. Ahora quedaba la reacción de mi madre, esperando que no se presentara ante Antón para pedirle explicaciones. En este caso, por lo menos, yo no había tenido nada qué ver. Lo ocurrido con mi primo se lo había ganado a pulso.

Mi madre no puso, afortunadamente, el grito en el cielo y se limitó a lamentarse de cómo se había comportado su sobrino achacándolo todo, como siempre, a la falta de atención y cariño.

-No sé qué vamos a hacer con Antoñito, con lo buen chico que es, pero es que las compañías… ¿No podrían darle otra oportunidad?
-No mamá, lo ha decidido el jefe de la agrupación y no se puede hacer nada. –Dije con rotundidad.

Mentí como un bellaco pero daba igual. Aunque mi madre se enterara, sólo se trataba de una exageración que en nada comprometía a nadie y, aunque así fuera, el fin justificaba los medios, me dije. Además, ya no había marcha atrás, dijera lo que dijera mi primo, que seguramente le contaría a mi madre muchos más embustes que el que yo acababa de decir.

Pero no pasó nada y las aguas volvieron a su cauce y Antoñito salió de mi vida sin ningún estruendo. Creo que quedó resentido conmigo por no haberle defendido pero si ante las injusticias me costaba rebelarme, cómo iba a mover un dedo para defender lo indefendible cuando, además, su expulsión era para mí como el maná caído del cielo.

Pero de igual manera de cómo después de la tormenta viene la calma, tras casi dos años de calma me asaltó una tormenta interna.
 

jueves, 11 de junio de 2015

Quiero ser Boy Scout (I)


El colegio tenía dos patios, el grande y el pequeño, así era cómo los llamábamos. El patio grande era el que más frecuentábamos por estar mucho mejor acondicionado para el juego y los deportes, era muy soleado y podía albergar a todo el alumnado que compartía la misma hora de recreo. El pequeño, en cambio, era bastante umbrío, con el piso de tierra y apenas cabía una clase con holgura, por lo que lo utilizábamos en contadas ocasiones. Habitualmente, éste era el lugar de juegos de los monaguillos y niños del coro durante los descansos, las tardes de ensayo. Ese patio comunicaba, en uno de sus extremos, con lo que había sido la antigua iglesia de San Antonio Abad cuyo pórtico todavía puede verse en la calle del mismo nombre y, en el opuesto, con un local, “el cau”, que albergaba la agrupación de Scouts del colegio.


En más de una ocasión, cuando siendo monaguillo o niño del coro (pues fui las dos cosas prácticamente a la vez), jugaba los sábados por la tarde en ese patio, había visto entrar y salir del cau a los Boy Scouts que allí se reunían. Aunque nunca he sentido atracción por los uniformes, debo admitir que la imagen de aquellos chicos, con su camisa verde oliva, sus botas chiruca, su boina negra ladeada y su fular al cuello, me llamaba tremendamente la atención. Sólo con imaginarme desfilando por los montes en esa guisa ya me sentía aventurero e intrépido pero, sobre todo, importante y respetable a la vista de los demás.

Fue Juliá, mi amigo de bachillerato elemental, quien me animó a que me enrolara pues él ya pertenecía a esa agrupación desde hacía algún tiempo. Con las aventuras que me contaba, sus acampadas en lugares inhóspitos y sus marchas a través de montañas y valles, no le costó mucho convencerme de que eso era precisamente lo que quería. Desde luego, debo admitir que su imaginación y fantasía no me iba a la zaga, así que no puedo reprocharle nada pues, en este y otros sentidos, éramos tal para cual.

Ser Scout no debía ser complicado, pensaba, en tanto fuera capaz de convencer a mis padres pues el dispendio que ello representaba era considerable para sus bolsillos. Al obligado uniforme se tenía que añadir la mochila, el saco de dormir, linterna, brújula, cantimplora y demás adminículos, por lo que la lista era abultada y el gasto más aún.

Fui admitido al primer intento gracias al aval de mi querido Juliá, así de fácil, pero el escollo más peliagudo fue, como me temía, convencer a mis padres para que desembolsaran el dinero necesario para el uniforme y demás accesorios.

No sé qué argucias debí utilizar pero debieron ser convincentes pues, después de bastantes intentos, eso sí, mis padres acabaron claudicando y me vi con mi madre en una tienda de artículos de deporte de la calle Cruz Cubierta adquiriendo todos y cada uno de los útiles de primera necesidad según una lista facilitada por la agrupación.

Una vez dado este paso, sabía que debía asumir todos los esfuerzos que exigiría tal condición por muy pesada que fuera la carga, pues no podía defraudar a mis padres ni darle a mi padre motivo alguno para que pudiera decir aquello de “ya te lo dije” pues no se cansaba de repetir que todo aquello sólo era un capricho que poco iba a durar. “Gastar tanto dinero para nada. Vamos a tirar todo ese dinero por un capricho que le va a durar cuatro días” y siguió con esta cantinela cada vez que me veía de uniforme, hasta que se cansó. Al menos, se cansó antes que yo.

Tenía claro, pues, que no podía echarme atrás pasara lo que pasase y por mucho tiempo. Mi orgullo no permitiría darle la razón a mi padre pero, por otra parte, estaba convencido que mi decisión no era obra de un capricho sino de un deseo que se había convertido en necesidad. Y así, de la noche a la mañana, me vi formando parte de una nueva patrulla que acababa de formarse y cuyo jefe, aunque mayor, era casi tan primerizo como el resto de los integrantes. Y así, vistiendo el uniforme reglamentario, me vi andando por los caminos empuñando el bordón con el banderín bicolor (negro y amarillo) de nuestra patrulla, el fular con los mismos colores y entonando el que sería nuestro lema: “Lobos, todos para uno y uno para todos”. Nada original, por supuesto, un simple plagio de la obra de Alejandro Dumas pero era lo único que se nos ocurrió que rimara con el nombre de nuestra patrulla, los lobos.

Una vez iniciada mi andadura como Boy Scout, me arrepentí ya a los pocos días pero pensé que lo que sentía era normal en alguien que, como yo, que con once años todavía no había abandonado el hogar para pasar siquiera una noche fuera de casa. Recuerdo cómo reprimía las lágrimas una noche que, sentado en una ladera del Tibidabo y lloviznando, veía las luces rutilantes de Barcelona y, entre ellas, imaginaba las de mi casa, sintiendo añoranza por no estar con mi familia viendo nuestro programa de televisión favorito de los sábados por la noche, protegidos de la lluvia y calentitos alrededor de la estufa de butano. De pronto, me sentí tan infantil y avergonzado, con sólo pensar que mis compañeros pudieran adivinar mis pensamientos, que me prometí esforzarme al máximo para dar la talla y hacerme digno de llevar aquel uniforme.

Al cabo de un tiempo, me acostumbré a pasar la noche e incluso días fuera de casa, no temía hacer vivac, me desenvolvía bastante bien en todas las tareas que me asignaba Antón, nuestro jefe de patrulla, aprendí a hacer nudos correderos, sabía encender un fuego con destreza, plantar la tienda de campaña con premura e iba progresando en el aprendizaje de todos los ejercicios, normas y  demás enseñanzas que se exigían para hacer la promesa del Scout.

No todo resultó, sin embargo, placentero pues llegaron las experiencias desagradables, como la de estar perdidos durante muchas horas en los bosques del Montseny, ateridos y sin nada que comer, hasta que vinieron a rescatarnos de la vaguada donde habíamos ido a parar, o cuando explorando unas cuevas en Sant Miquel del Fai, me quedé solo y a oscuras (pues mi linterna decidió dejarme tirado) y, totalmente perdido en el interior de una cueva y, andando a trompicones, acabé dentro de una gran bolsa de agua, por suerte poco profunda, quedándome empapado de la cabeza a los pies (las chirucas tardaron días en secarse). Por fortuna, éstas y otras desdichas montañeras tuvieron un final feliz. Además, pasar frío y calor, soportar la lluvia y el hambre, comer lo incomible, dormir al raso y expuesto a cualquier animal, grande o pequeño, qué más da, sufrir llagas en los pies y llegar extenuado a nuestro destino, eran experiencias que se suponía debían endurecerme. Con este objetivo y el de no defraudar a mis padres, fui soportando todos esos inconvenientes e incomodidades tan bien como pude y al cabo de unos pocos meses de “militancia” fui nombrado segundo de patrulla y me convertí en la mano derecha de Antón.

En esas estaba yo cuando un hecho inesperado vino a torcer la calma mental en la que me hallaba inmerso. Ese hecho, o mejor debería decir accidente inesperado, fue la irrupción en ese escenario de la figura de mi primo Antoñito.

Este accidente no sólo me resultó inesperado e indeseado, sino también inevitable, como inevitable era todo lo que se proponía mi madre.

Viendo a mi primo vagar por las calles y sin nadie que le controlara, mi madre tuvo la brillante idea de que esas actividades al aire libre y en equipo servirían para reconducirle hacia el “buen camino”.

-Por lo menos no irá por las calles como si fuera un golfillo y aprenderá disciplina –ese fue el argumento de mi madre, muy aceptable y con una finalidad muy digna, no lo puedo negar, pero de muy difícil consecución. Mi madre seguía sin conocer la faceta oculta de mi primo.

En este caso, las dificultades económicas no fueron pretexto para renunciar a la pretensión de mi madre y Antoñito, no sé muy bien cómo, fue debidamente equipado para la ocasión. El dinero, al fin y al cabo, era un problema de mis padres. El mío, y más grave, era que tenía que actuar como avalador de mi primo ante el jefe de patrulla para que accediera a admitirle. Aunque intenté persuadir a mi madre para que tal desatino no llegara a producirse, no hubo manera y a cada uno de mis argumentos para hacerla desistir en su empeño, tenía que aguantar una serie de reproches por no querer a mi “pobre primo” como compañero de excursiones. Como siempre, acabé cediendo y, muy a mi pesar, tuve que presentar a Antoñito como, simplemente, un buen chico, pues sabía a ciencia cierta que no serviría de nada, e incluso sería contraproducente, recurrir a la exageración pues cuanto más disfrazara su personalidad, más vergüenza pasaría cuando se descubriera su lado oscuro. Mister Hyde nunca duerme.

Creo que Antón adivinó que algo no cuadraba, pues aunque le aceptó por ser yo quien lo proponía como candidato, le dijo que lo admitía pero que durante un tiempo estaría a prueba, algo inusual hasta entonces.
 
CONTINUARÁ
 
 

lunes, 25 de mayo de 2015

Pago yo



Al célebre guitarrista Eric Clapton se le conocía, de joven, con el sobrenombre de slow hand (mano lenta). A mí me sorprendió que le llamaran así. Hasta que alguien me aclaró que ello no tenía nada que ver con su forma de tocar ese instrumento que lo ha hecho mundialmente famoso sino por su actitud a la hora de pagar una ronda. Al parecer, el joven Clapton no se daba ninguna prisa a la hora de sacar la billetera.

Al margen de los que se hacen el loco a la hora de pagar, el resto de “paganos” tenemos varios estilos para hacerlo: a escote; cada ronda la paga uno; ahora me toca a mí, la siguiente a ti; pago yo porque he sido el que te ha propuesto salir o porque eres mi invitado; cuando vaya a tu tierra ya me invitarás tú, ahora estás en mi terreno, y poco más. Pero son muchas otras las veces en que, a la hora de pagar la cuenta en el bar o restaurante, se suscita una discusión, en ocasiones acaloradas, sobre quién debe hacerse cargo de la cuenta.

A la hora de sacar cuentas, uno de los problemas reside en la fórmula a utilizar cuando el número de comensales es elevado. No es lo mismo salir a cenar con uno o dos amigos que ser diez o doce a la mesa. En este caso, lo más habitual suele ser dividir la cuenta a partes iguales. Pero ojo al dato. He visto casos en que, mientras unos procuran ser prudentes, para que no les tachen de aprovechados, otros se ponen las botas, y al final todos acaban pagando lo mismo. Por lo tanto, lo mejor es no mirar los precios y pedir lo que a uno más le apetezca. A fin de cuentas, si no lo hace él, lo hará otro. He visto también casos en que, en aras de la ecuanimidad, cada comensal o pareja solidaria cuenta y abona justamente lo que ha consumido según la lista de precios. Lo que, al parecer, nadie tiene en cuenta es el IVA, que se lo acaba tragando el que se contenta con abonar la diferencia entre lo que han recaudado sus compañeros de mesa y lo que figura en la cuenta, pensando inocentemente que esa diferencia es exactamente lo que le corresponde a su consumición. A mí se me daban muy mal las matemáticas pero hasta ahí llego. Sea como sea, en este tipo de encuentros no suelen haber discusiones.

En el caso de salir a comer con otra pareja o un grupo muy reducido de amigos, la cosa cambia, pues no es extraño que haya una cierta controversia a la hora de pagar. A menos que se hayan establecido unas reglas de juego.

Yo, quizá por mi ascendencia catalana, en cuestión de dinero me gusta dejar las cosas claras de antemano. Reconozco que quizá sea una rareza y se pierda la gracia de la discusión cuando el vino y algún que otro chupito corre por las venas, pero prefiero aclarar por adelantado que voy a pagar yo y no se hable más. No soporto las discusiones en la mesa, frente al camarero que no sabe a quién ceder el platillo. Ante la duda, siempre intento adelantarme e insisto en pagar y ante la cara de desacuerdo del otro, añado que en la próxima ocasión será él otro quien lo haga. Pero si éste se pone duro no tengo ningún inconveniente en concederle el honor de abonar la cuenta, dejando bien sentado que en el próximo encuentro gastronómico seré yo quien ostente dicho honor. Todo menos entablar una ardua, estéril y, diría yo, ridícula discusión en público.

Me resulta tan incómodo tener que asumir el papel de alzarse como el luchador por ganar una contienda. A veces no he disfrutado de la comida pensando en el momento de la verdad, el que algunos llaman el de la “dolorosa”, cuando sé que mis presuntos invitados se opondrán de forma encendida a mi intento. Esta situación me resulta especialmente violenta cuando considero que debo ser yo, por los motivos que sea, quien pague. Levantarme antes de tiempo, con la excusa de ir al baño, para darle al camarero instrucciones para que me traiga la cuenta a mí o, ya de paso, para pagarla antes de que mi contrincante en la refriega se me adelante.

Detesto enzarzarme en una pelea por ver quién corre con los gastos: Manos agarrándote con fuerza el brazo con el que intentas tomar el platillo que te tiende un atribulado camarero, mirada furibunda y enfado (al menos en apariencia)  con juramentos de no volverte a hablar, protesta airada de quien por fin ha quedado relegado a un simple comensal… Situaciones que podrían evitarse llegando a un consenso amistoso. Será frío, poco convencional, incluso poco romántico, pero muy práctico. Hoy pago yo y no se hable más. La próxima vez pagas tú. Así de sencillo.

Debo decir, no obstante, que ahora esta situación me preocupa algo menos. No insisto tanto como antes. ¿Te empeñas en pagar? Pues vale. Sin pasarse, claro. A la siguiente ocasión le recordarás quién pagó la última vez. Aunque seguro que se acuerda. Lo malo es cuando tu mujer, por ejemplo, te insiste para que no cedas. Entonces te ves obligado a actuar como se espera de ti pero, insisto, ya no lo hago con tanta vehemencia. Oye, que hemos venido a pasarlo bien, qué caramba, no a pelearnos.

Mi mujer y yo solemos salir a cenar con amigos que ya conocen y practican este sistema de alternancia. Esta vez nos toca a nosotros, decimos al unísono. Parecerá que llevamos un registro y lo llevamos, aunque prefiero pecar por exceso que por defecto. No quisiera que nadie tuviera que pagar dos veces seguidas por culpa de mi mala memoria.

Otra historia es la de las parejas, aunque ésta ya no me incumbe. Cuando éramos novios, mi mujer y yo nunca discutimos para ver quién pagaba. Se daba por supuesto que era el chico quien debía invitar a la chica. Chico paga a chica. Y uno lo hacía a gusto. Era lo que se esperaba. Esto ha cambiado rotundamente. Cada uno se paga lo suyo. Así pues, no hay discusiones. Claro que eso de repartirse la cuenta a medias, hasta el último céntimo, no es muy romántico que digamos. Podrían aplicarse lo de hoy yo, mañana tú. A fin de cuentas, los adolescentes de hoy no son machistas a la hora de dejarse invitar por una chica.

En definitiva, que cada cual aplique el sistema que prefiera. Lo importante es no discutir por ello y que cuando uno dice “pago yo” no suscite una agria discusión. Y otra cosa: que quien pronuncie estas palabras lo haga con sinceridad, porque seguro que hay quien lo hace esperando la réplica del que tiene enfrente, para quedar bien. Pero le puede salir mal, sobre todo si a quien tiene enfrente soy yo, pues no le llevaré la contraria.
 
 

sábado, 16 de mayo de 2015

Encuentros en la primera fase


Quienes hayan asistido alguna vez a un encuentro de ex alumnos o ex compañeros de trabajo a los que hacía muchos años que no habían visto, desde que dejaron el colegio o abandonaron la empresa donde les conocieron, seguramente habrán pasado por lo mismo que yo.

Dice el refrán que cada uno cuenta la feria según le va. Pues a mí esta feria no me fue demasiado bien.

He asistido a varios encuentros, tanto con ex compañeros de clase como con ex compañero/as de trabajo. Varias décadas habían transcurrido entre la pérdida de contacto y el reencuentro y pude comprobar cómo el tiempo se encarga de defraudar las expectativas, sustituyéndolas por una buena dosis de desilusión. Muchos de mis temores iniciales, esos que hicieron mostrarme reacio a aceptar la invitación, se vieron confirmados en mayor o menor grado.

Con los ex compañeros de colegio, sentí la lejanía lógica que el tiempo había interpuesto entre aquellos chavales de dieciséis años y los casi cuarentones que, sentados alrededor de una larga mesa, intentaban en vano ponerse al día. Y tras el esfuerzo memorístico en torno a viejas anécdotas vino el vacío de la desconexión que el forzado interés por conocer detalles de sus vidas no logró subsanar. Y ese debió ser el sentir general. Prueba de ello es que, contrariamente a los propósitos formulados en voz alta a la despedida, no ha habido una segunda vez.

Con ex compañero/as de trabajo me he reencontrado muchas veces, pero han sido los encuentros “al por mayor”, esos organizados por un comité de antiguos empleados de la empresa, los que más desazón me han procurado. En los dos encuentros de este tipo a los que he asistido hasta el momento, sentí la calidez con la que algunos –normalmente los organizadores- intentaban avivar las relaciones enfriadas por los años de ausencia pero también la frialdad de aquellos –la mayoría- con quienes me unieron lazos poco sólidos. Lo peor de todo es cuando recibes esa temible y terrible pregunta “¿Y tú en qué departamento trabajabas?”, esa que demuestra la escasa o nula impronta que dejaste en personas con las que creíste haberte relacionado lo suficiente como para que, por lo menos, te ubicaran en un marco concreto. O ese comentario, “Tú eres…. Ahora no me acuerdo de tu nombre”, que suele significar “no tengo ni idea de quién eres”. ¿Fallo de la memoria o desconocimiento real? Me gustaría creer en la primera opción.

Y es que una empresa no es un colegio. No existe la complicidad propia de la infancia y adolescencia. En el colegio se hacen amigos; en las empresas, pocos son los amigos, bastantes –con suerte- los camaradas y muchos los compañeros ocasionales, de quita y pon.

Compañerismo no es sinónimo de amistad, especialmente en la convivencia laboral. Los avatares de la vida escolar no son comparables con los que se viven en una empresa, un lugar de paso, en la que la competitividad y el interés personal suelen estar por encima de la colaboración desinteresada.

Por otra parte, en un encuentro con ex alumnos no se invita habitualmente a los profesores, mientras que junto con los ex compañeros de trabajo sí están aquellos que ejercieron de superiores jerárquicos. Y todos sabemos que no se suele guardar muy buenos recuerdos de éstos.  Pero también están aquellos que, sin ser tus jefes directos, te las hicieron pasar canutas con su comportamiento altivo-agresivo y con los que, muy a tu pesar, tienes que compartir mesa y guardar la compostura.

Otro hecho que, por muy esperado nunca es suficientemente asimilado, es la doble constatación de cuán rápido ha pasado el tiempo y de cómo éste ha dejado una huella indeleble en nuestro cuerpo. Uno mismo se contempla en el espejo a diario y vive su transformación de forma paulatina. Solo cuando se ve en una foto antigua constata cuánto ha envejecido. Pues esos encuentros son como abrir un gran álbum de fotos de color sepia. Aquellos niños de tus recuerdos han transmutado en hombres con alguna que otra cana o una incipiente calvicie. Aquellas caras y cuerpos de mujeres y hombres de mediana edad están ahora repletas de surcos y el cabello –el de los hombres- totalmente encanecido o ausente y con algún que otro achaque propio de la senectud. 

Anticipando en cierto modo lo que habría de ocurrir, dudé sobre si dejarme seducir o no por la llamada nostálgica de quienes convocaron ese primer viaje en el tiempo. Pero no debí de ser el único en dudar. Salvo en la reunión de ex alumnos, a la que asistimos la inmensa mayoría de los antiguos compañeros de clase, a los encuentros con los ex compañeros de trabajo solo estuvimos presentes una pequeña parte de los empleados de la central. Este hecho motivó mi mayor decepción pues me privó de la compañía de aquellas personas con las que más deseaba encontrarme.

Para no sufrir una decepción en ese tipo de reuniones, solo se debería asistir si tenemos garantizado el éxito emocional, si sabemos a ciencia cierta que estaremos rodeados de los ex compañeros más allegados, con los que nos unía una mayor empatía, con los que teníamos algo, mucho o poco, en común.

Aún así, el paso del tiempo sigue mostrándose implacable para con las relaciones humanas. Por lo que sé, incluso los encuentros más exitosos, es decir con un mayor índice de entusiasmo y asistencia, se van desinflando con el tiempo, como los globos, poco a poco, hasta extinguirse. Supongo que ello se debe a que una vez satisfecha la curiosidad y la ilusión de esa primera fase del encuentro, aquélla desaparece y ésta se desvanece, debilitándose las ganas de repetir.

Pienso, pues, que aquí también puede aplicarse aquello de que más vale poco y bueno que mucho y malo, entendiendo por malo la falta de afectividad o apego. Estos sentimientos son lo más parecido a la amistad y son los que hacen deseable mantener el contacto. Yo prefiero sin duda las reuniones en petit comité, con un reducido y “selecto” número de compañero/as-camaradas-amigo/as, más que los encuentros multitudinarios y, hasta cierto punto, forzados.

De todos modos, ¿cuántos amigo/as y compañero/as se han ido quedando por el camino a pesar de la voluntad e intención de seguir en contacto? La vida enfría las relaciones con quienes no nos vemos con asiduidad. Si se quiere de verdad que haya más reencuentros, más fases, en la combinación a partes iguales de aprecio y voluntad está la clave.
 
 

jueves, 30 de abril de 2015

La hipocresía de cada día


Todos somos unos hipócritas y hemos ejercido como tales en muchas ocasiones. El término “hipocresía” se define como: “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. Sin embargo, yo me quedaría con esta otra afirmación, mucho más simplificada que encaja mejor con lo que voy a referir aquí: “la hipocresía es un tipo de mentira”. Según esto, debería reformular mi afirmación y decir que todos somos unos embusteros y hemos mentido en muchas ocasiones. Quizá muchos rechacen la primera parte de este enunciado porque el calificativo les resulte demasiado desagradable y ligado a la personalidad, pero sí deberán admitir la segunda, porque quién no haya mentido alguna vez que tire la primera piedra y quien afirme no haberlo hecho nunca es un embustero redomado.

¿Cuántas veces no habremos tenido que mentir para no molestar u ofender? He conocido a algunas personas -muy pocas en realidad- absolutamente sinceras al expresar sus opiniones y tengo que decir que en ocasiones han sido, consciente o inconscientemente, demasiado rudas e incluso crueles. Veamos unos pocos ejemplos: Si una chica a la que su novio le acaba de regalar un anillo de compromiso va y, henchida de satisfacción, te dice –una simple pregunta retórica que solo busca tu asentimiento- “¿qué te parece, verdad que es precioso?” Y supongamos que lo encuentras hortera. ¿Qué le vas a responder? “Pues chica, la verdad, me parece un bodrio pseudo-artesanal, una vulgaridad, una chabacanada”,¿ o algo por el estilo? Aunque no sea de tu gusto, aunque lo encuentres horrible ¿cómo vas a arruinarle la ilusión? O bien aquella otra que, habiendo pasado por un mal trago o una enfermedad, no se halla en sus mejores momentos o condiciones físicas, que da pena verla, vamos: ojerosa, lívida, más delgada, con una cara enfermiza a más no poder, te dice con cara de angustia “¿verdad que estoy hecha un asco?” Y tú vas y le contestas “pues si chica, parece mentira, quién te ha visto y quién te ve, das pena”.

En casos como éstos, lo normal, o por lo menos humanitario, es recurrir a la mentira piadosa, que por eso se llama así, porque no solo evita dañar sino que pretende, además, dar ánimos. Pero mentira al fin y al cabo. No hay que recurrir a la hipocresía pura y dura del tipo “oh, qué preciosidad de anillo, chica, qué maravilla, vaya un gusto que tiene tu novio” para luego correr a comentar a todo hijo de vecino lo horroroso que es, o bien “pero si estás de maravilla, como siempre, guapísima, oye, qué más quisiera yo tener tu aspecto” y apresurarse a divulgar a los cuatro vientos lo demacrada que está, que hasta parece drogada. Eso sí sería hipocresía en su máximo esplendor.

Siempre hay un término medio para todo y los extremos son igualmente malos. Qué cuesta decir respecto al anillo: “vaya, qué detalle, estarás contenta ¿no?” –pregunta más retórica si cabe porque la muchacha está tan desbordante de alegría que no apreciará tu disimulada mentira-. Y para el caso de la joven desmejorada: “no mujer, se te ve cansada y un poquito ojerosa pero es normal, con lo que has pasado, y además no se nota tanto”

Recuerdo a una secretaria, exponente máximo de la cruda sinceridad, que cuando veía aparecer a alguien por su zona de trabajo, le hacía un scanner de cuerpo entero y no vacilaba en decirle a la cara: “Qué corbata más horrorosa que me llevas hoy, chico”, o bien “pero qué te has hecho en el pelo, tía, que pareces un espantapájaros”. Y se quedaba tan ancha. Y el/la interpelado/a como una estatua de sal, sin saber qué responderle evitando caer en la tentación de enviarla a freír espárragos o algo peor.

Un vez más, no hay que confundir la sinceridad con la crueldad y no me cansaré de repetir que puede decirse lo que se quiera siempre que sea con educación y respeto.

Hay personas, sin embargo, que se merecen esa sinceridad cruel, esas que con su pregunta están hipócritamente auto-infligiéndose una crítica negativa con el único objeto de ver satisfecha su vanidad: “Ay, no sé, ¿crees que me sienta bien este vestido? Me ha costado un pastón, pues lo compré en Chanel, pero no sé, me veo fatal”, esperando oír “pero qué dices, mujer, si estás super-sexy y te sienta maravillosamente bien, vaya un vestido, qué envidia me das”. En este caso, lo que procedería sería una respuesta del tipo “pues no sé qué decirte, chica, no está mal” y que se joda (con perdón).

Así pues, la hipocresía se da tanto en el que utiliza intencionadamente una pregunta con segundas intenciones como el que responde diciendo todo lo contrario de lo que piensa.

Estos ejemplos cotidianos pueden considerarse anecdóticos y suelen quedar en el terreno privado, pero existe otra forma de hipocresía un tanto atípica - porque no responde exactamente con su definición- que detesto aún más porque es un modo de decir algo de forma que no parezca lo que es en realidad y porque abarcan, sobre todo, ámbitos públicos. Me refiero a los eufemismos, que no solo consisten en suavizar la forma de expresar algo duro o malsonante sino en tergiversar su significado. ¿A quién se le ocurre llamar “paz duradera” a una invasión militar que acarreará miles de muertos? Los eufemismos se dan con frecuencia en los estamentos militares, religiosos y políticos (ahora mismo se está hablando de “regularización fiscal” para referirse a la amnistía fiscal) pero también se pueden aplicar a un sinfín de situaciones. Imaginémonos definiendo a una prostituta como “experta en relaciones sociales” o a un caco como “técnico en propiedades inmobiliarias”.

Desvirtuar deliberadamente la realidad es también un acto de hipocresía. Ante esta situación, lo importante es saber leer entre líneas. Lástima que no se haya publicado ningún libro que lleve por título “aprender a leer entre líneas es fácil si sabes cómo”. Así que deberemos seguir siendo autodidactas en la materia.
 
 

 

jueves, 16 de abril de 2015

Cuando la crueldad es espectáculo



En alguna otra ocasión me he explayado hablando y escribiendo sobre los malos modales en público y que esta muestra de mala educación desacredita y descalifica a quien la protagoniza. En el ámbito televisivo, si bien los insultos y calumnias que puedan proferir algunos tertulianos o invitados de paso quedan impunes con el pretexto que no es responsabilidad de la productora ni del presentador-moderador, cuando es un partícipe o colaborador fundamental del programa quien detenta tal comportamiento, ello debería ser objeto de una censura sin parangón.

Hay programas que se especializan y se recrean en la grosería y mal gusto, lo cual, por desgracia, les otorga un alto índice de audiencia. Es la incultura hecha espectáculo. Allá cada uno con sus gustos. Pero lo que más me indigna es cuando en un programa-concurso, se utiliza la ofensa y la humillación de un concursante por parte de algún miembro del jurado. Porque para mí, no hay peor ofensa que la que se inflige en público, pues el ofendido se halla en franca desventaja, sin posibilidad de réplica ni defensa, debiendo de soportar la humillación que ello representa.

Años atrás, en el concurso “Operación Triunfo”, era un publicista, Risto Mejide, quien, como miembro del jurado, se encargaba de aplicar el escarnio público a aquellos jóvenes aspirantes a cantantes que, según su opinión, no daban la talla o no habían “acertado” en su interpretación. Calificativos como “inútil”, “vergonzante”, “horroroso” eran de los más suaves que salían de sus envenenados labios. Era su papel, decían muchos, una interpretación. Quién sabe cuántas vidas y esperanzas arruinó con sus palabras. Quizá suene a exageración pero lo veo desde mi perspectiva. Del mismo modo que se siente vergüenza ajena cuando uno se pone en la piel de alguien que está haciendo el ridículo en público, yo sentía humillación ajena imaginándome como el receptor de tales agravios.

Ahora, parece ser que el vacío dejado por ese sujeto petulante y prepotente, cuya actitud le dio publicidad, le valió la imagen de tipo duro y se vio profesionalmente premiada, ha sido ocupado por los chefs Pepe Rodríguez y Jordi Cruz en el concurso culinario “MasterChef”.

Lo que ocurrió hace unos días en ese programa, y que algunos medios han calificado como la expulsión más humillante de toda la historia de MasterChef, me ha provocado el mayor de los rechazos. El modo en que Pepe primero y Jordi a continuación trataron a Alberto, un estudiante de medicina de 18 años a raíz de una receta que preparó y que bautizó como “León come gamba”, no tiene justificación ética. Por muy desafortunado que resultara el plato que preparó, no justifica el trato dispensado y el daño moral que le produjo a ese muchacho, que no dejaba de excusarse, como implorando piedad, ante ese par de jueces que parecía que iban a condenarlo a la hoguera.

No sé si la crueldad vende. Hasta ahora estaba demostrado que lo que atrae al público es el morbo de ver cómo A destripa a B ante las cámaras pero dudo mucho que resulte mínimamente atractivo ver cómo alguien, dotado de la superioridad que le otorga el cargo y la experiencia, destruye la autoestima de quien busca, acertadamente o no, formación, reconocimiento y éxito profesional. Esas personas que, valiéndose de su poder, aniquilan deliberadamente la moral del principiante, le humillan con burlas ácidas y corrosivas, con exabruptos y ofensas verbales, no merecen estar al frente de un programa cuya finalidad es todo lo contrario.

No es necesario ser hipócrita (de las distintas formas de hipocresía me gustaría tratar en otra ocasión) pero sí mínimamente delicado, piadoso o, por lo menos, moderado a la hora de juzgar negativamente la obra de un concursante que va de buena fe. La destrucción de la ilusión, la seguridad, el amor propio es, a mi juicio, una gravísima e inmerecida afrenta que degrada y descalifica moralmente a quien la ejercita y si eso se lleva a cabo ante millares de espectadores, se transforma en un acto perverso que no debería tener cabida en un medio de difusión como es la televisión. Un principiante precisa de ayuda y de motivación; no merece, por mal que desempeñe su tarea, un trato humillante que le puede hundir, según su susceptibilidad, hasta límites peligrosos.

Los jueces deben ser justos en sus valoraciones y sentencias. En los casos a los que me refiero no se está juzgando a un delincuente, se está evaluando a un aspirante a ganarse un lugar en una determinada disciplina. No hay que dar falsas esperanzas pero tampoco reducir a la miseria las expectativas.

La competitividad es buena, pues estimula; la crítica correctamente formulada también, pues corrige. Por el contrario, la competencia feroz y la crítica destructiva solo produce desmotivación y, a veces, incluso frustración. Hay que esforzarse mucho para llegar a lo más alto y solo llegan los más aptos, pero cuántas más manos amigas aparezcan por el camino mejor. Una zancadilla no evita llegar a la meta, solo obliga a levantarse una y otra vez y llegar tarde, pero una rotura de la pierna hace que la carrera se interrumpa definitivamente y quizá imposibilite al corredor volver a competir.

Habría que erradicar los malos modos y, sobre todo, la crueldad a la hora de enjuiciar a alguien o a su obra, debiendo existir un control o un correctivo para que, de este modo, ello no se convierta en un espectáculo.

Pero como todo tiene su lado positivo (o al menos hay que buscarlo), parece que el joven Alberto ha creado escuela. Ya son varios los restaurantes que han incluido en su menú un plato con el nombre de “León come gamba”. Pero lo mejor de todo es que, aparte de la popularidad que se está ganando, Ferran Adrià lo quiere en su equipo. Ojalá lo años conviertan a Alberto en un chef de primera. Y si no, que sea un buen médico.
 

 

lunes, 13 de abril de 2015

La ira



Quien haya visto la película “Relatos salvajes” quizá se haya sentido identificado con alguno de los personajes que acaban, en las seis historias que componen el film, siendo objeto de un arrebato de ira o explosión emocional incontrolable.

¿Qué lleva a un ser humano, habitualmente cauto, sensato y moderado, a abandonar su estado “normal” para perder los estribos y armar la de San Quintín? Yo creo, -pues a mí me ha ocurrido en varias ocasiones cuando todavía tenía energía de combustión interna- que no solo es la rebeldía ante una situación tremendamente injusta, ante un hecho que, por muy habitual que sea, se siente como intolerable, sino que es la rabia contenida, la represión a la que uno está sometido a diario, la que activa la espoleta en el momento menos pensado. La impotencia, por ejemplo, experimentada por personas de conducta sumisa, ante hechos y decisiones inaceptables dictadas por superiores prepotentes, tragándose el orgullo, actúa y se traslada en momentos y situaciones alejadas del ojo del huracán. Al menos, este sería el retrato robot de mi esporádica agresividad.

Pero para que se dé una explosión de ira debe haber algo que colme ese vaso que hace mucho tiempo que está a punto de rebosar. Y, paradójicamente, la gota que provoca el mayúsculo desbordamiento suele ser una minúscula partícula que pasaría totalmente desapercibida si cayera en otra parte y en otro momento. Dicho de otro modo: una nimiedad, una tontería es capaz de desencadenar un tsumani de proporciones gigantescas y que, si nadie ni nada lo impide, puede llegar a tener consecuencias gravísimas.

Hasta que no alcancé esa edad en que las cosas ya empiezan a resbalarle a uno, protagonicé algún que otro episodio de ira que, por fortuna, no tuvo un final infeliz. Curiosamente y contra todo pronóstico, ello no me produjo una liberación, una relajación por haber echado fuera los malos espíritus, sino que me dejó muy mal cuerpo. Debió de ser el hecho de pensar lo que me hubiera deparado ese suceso de no haber acabado en tablas o ignorado por quien hubiera podido tomar una represalia.

En la carretera, ante un conductor temerario que juega con la integridad física de los demás; en la cola del cine, ante el típico caradura que se cuela por la cara aprovechando la distracción ajena simplemente porque se considera más listo que los demás; en la calle, ante el policía municipal que actúa como el matón del barrio sin atender a razones más que justificadas; en el aeropuerto, ante la impasividad de los profesionales que deberían informar del retraso injustificable del vuelo y de los motivos por los cuales vas a perder tu conexión hasta el destino final quedando tirado a mitad de camino….

En fin, varios, son los casos de ira que protagonicé, casi todos ellos dignos de un relato casi tan salvaje como los de la película anteriormente mencionada. Si no los refiero ahora y aquí –quizá algún día me decida- es porque temo que algún/a lector/a me tome por bipolar o, peor aún, por loco, como debieron pensar muchos de los que presenciaron mi estallido colérico. Curiosamente, quienes hubieran podido sancionarme, por eso de quebrar las normas de buena conducta o por escándalo público, no obraron en consecuencia, se inhibieron o, simplemente, decidieron que me desahogara.

Ahora, en alguna ocasión me he sentido tentado de alzar la voz para recriminar a algún que otro miserable que, incívico y chulesco, se salta las más elementales normas de convivencia. Mi mujer me retiene y hace bien. Podría acabar en un box del servicio de urgencias del hospital más cercano y a mi edad me tendrían que pasar a planta, donde convalecería de las lesiones muchos días antes de darme el alta.

Será la edad o la sensatez pero creo haber podido, por fin, contener al Mr. Hyde que todos llevamos dentro y dejar que sea el Dr. Jeckyll quien dé la cara. Y que dure.