Dicen que la Justicia es
ciega, pero yo creo que algunas veces es, además, sorda y muda.
El térmico Justicia es una
entelequia, pues no tiene sentido por sí misma si no se sustenta en quienes la
imparten —los jueces— y quienes la dictan —los legisladores— dos de los tres
poderes del Estado.
Evidentemente, es muy difícil
hacer justicia a nivel general, como lo es a nivel particular. No somos el Rey
Salomón, paradigma de la justicia bíblica. Pero, aun con sus limitaciones y
desaciertos, no podemos permitir que ciertas leyes, o sus interpretaciones,
resulten un insulto para quienes creemos en la verdad y la correcta aplicación
de las mismas.
Los jueces son seres humanos
y, por tanto, no son perfectos. Lo realmente malo es cuando no son objetivos y
aplican las normas según sus creencias personales, guiándose más por su
ideología, política o religiosa, que por la correcta interpretación del código
penal.
Pero no toda culpa de ello la
tienen los jueces, pues en muchos casos la ley es, por sí misma, injusta. Por
desgracia, no siempre lo justo es legal, ni lo legal es justo. Y eso debería
corregirse.
¿Por qué existe la
prescripción de un delito grave? Una violación, un acto de pederastia, un asesinato,
un fraude multimillonario que ha afectado a miles de ciudadanos, por poner unos
pocos ejemplos, no deberían quedar impunes porque hayan transcurrido veinte
años, tiempo tras el que, según la ley, esos delitos ya no pueden ser juzgados.
¿Por qué se permite la
reincidencia delictiva, existiendo malhechores que llevan a sus espaldas decenas
de detenciones y, sin embargo, siguen en la calle?
¿Por qué resulta tan
complicado recuperar una vivienda que ha sido okupada sin más motivo que el de
apoderarse de lo ajeno, dejando en la calle a su legítimo propietario?
¿Por qué se producen
reducciones de pena en casos de agresiones crueles, como el caso de “la
manada”?
¿Por qué en casos de violencia
probada, como el anteriormente mencionado, se aplica muchas veces la libertad
provisional con cargos en lugar de ingresar directamente en prisión a la espera
de juicio, permitiendo, de este modo, que el delincuente pueda seguir
delinquiendo?
¿Por qué la justicia es tan
lenta, de tal modo que desde presentación de una denuncia hasta la realización
del juicio transcurren varios años?
¿Por qué se dan casos de trato
preferente y distinto según quien sea el presunto delincuente?
¿Por qué existe la
inviolabilidad de la figura del Rey?
¿Por qué hay tantos aforados
en España? En nuestro país hay actualmente unos 250.000 aforados, 232.000 son
miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad estatales o autonómicos, cinco
de la Familia Real y el resto, unos 18.000 en total, pertenecen a instituciones
del Estado y de las Comunidades Autónomas (políticos, miembros de las Carreras
Judicial y Fiscal, integrantes de órganos como el Tribunal de Cuentas y el
Consejo de Estado, Defensores del Pueblo estatal y autonómicos, etc.).
Y entre un largo etcétera de irregularidades
e injusticias, se encuentran las resoluciones judiciales machistas y claramente
arbitrarias, como el vergonzoso caso de Juana Rivas, la madre que ha luchado durante
años por la custodia de sus hijos (hoy ya solo del menor, pues los otros dos
decidieron vivir con ella tras alcanzar la mayoría de edad) para protegerlos de
un padre maltratador, lo que le valió una pena de cárcel. Tanto la justicia
española como la italiana han jugado en este caso un papel indignante.
Porque este no es un problema
meramente local, algo marginal, que afecta solo a nuestro país, no. En el
ámbito internacional se producen estas y otras injusticias mucho mayores y con
un impacto mucho más extenso. Parece que la globalización también afecta a la
injusticia.
Estamos siendo espectadores de
flagrantes ataques a los más elementales derechos humanos, con claras
manifestaciones de abuso de poder, de guerras injustas instigadas por
mandatarios crueles que se creen dueños de la vida ajena y que no dudan un
ápice en ostentar un poder absolutista sin importarles el método utilizado,
ante la pasividad o permisividad de la Comunidad Internacional.
Así pues, con este panorama
tan negro, ¿podemos confiar plenamente en la justicia? Yo tengo serias dudas.
Porque, ¿qué podemos hacer para evitar estos atropellos y no ser cómplices de
ellos, aparte de ver, oír y callar? Por desgracia, muy poco, o nada.
Llegado a este punto, me viene
a la memoria la famosa frase atribuida al pastor luterano alemán Martin
Niemöller, que más o menos reza así:
Cuando vinieron a por los comunistas,
guardé silencio porque no era comunista.
Cuando vinieron a por los
socialistas, guardé silencio porque no era socialista.
Cuando vinieron a por los
sindicalistas, no protesté porque no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los
judíos, no dije nada porque no era judío.
Cuando vinieron a buscarme,
para entonces ya no quedaba nadie que protestara en mi nombre.