jueves, 5 de abril de 2018

Apariciones y desapariciones




No se trata esta de una entrada sobre espíritus o fantasmas, ni sobre nada paranormal. Solo trata del comportamiento de mis blogs ─y supongo que de muchos más─, que se hinchan y deshinchan como un pez globo. Si al principio se me antojaba un efecto extraño, pues era algo ajeno a mi voluntad, luego entendí a qué podía deberse y ahora soy yo quien contribuye a ello.

Durante un curso al que asistí sobre asertividad, impartido por el psicólogo clínico Enrique García Huete, este nos habló de los distintos grados que existen en las relaciones humanas y afirmó que el círculo de amistades está formado por un número limitado de estas y que no puede expandirse más allá de un determinado valor, dependiendo de cada persona. Superado este valor máximo, cada nueva “entrada” lleva aparejada, tarde o temprano, una “salida”, manteniéndolo así constante. Según él, el motivo es que no podemos mantener un número ilimitado de relaciones estrechas. Solo podemos dedicarles un tiempo restringido, por lo que no podemos cultivarlas todas a la vez durante mucho tiempo.

Algo parecido debe haber sucedido con mis blogs, pues he observado cómo a lo largo de sus cuatro años y medio de vida han ido cambiado sus seguidores. Y como seguidores me refiero a quienes, con su constante presencia y comentarios, lo mantienen vivo. Al principio, cada nuevo “adepto” era motivo de satisfacción, de regocijo. Los blogs iban ganando seguidores y creciendo en comentarios, hasta alcanzar un estado de equilibrio en el que existía una reciprocidad de visitas y comentarios. Al cabo de un tiempo, sin embargo, salvo alguna honrosa excepción, todos mis visitantes fueron desapareciendo paulatinamente, una fuga esta que, afortunadamente, se vio compensada con nuevas “apariciones”. Aun así, no dejaba de llamarme la atención esas salidas aparentemente inexplicables.

Pensaba que un lector solo se hace asiduo de un blog si se siente complacido por la calidad de lo que lee y por el interés que ello le despierta y no debe mantenerse fiel al mismo por conveniencia o por amabilidad. Si el blog deja de interesarle o le acaba defraudando, es lógico que lo abandone y dedique su tiempo a otros textos y menesteres más seductores.

Todos sabemos que hay quienes solo te leen si tú les lees, hecho en el no voy a abundar por reiterativo. Ello, sin embargo, podría ser uno de los motivos de haber ido perdiendo algunos seguidores, pues he dejado de seguir algunos blogs por falta de interés, al no cumplir mis expectativas después de un periodo de “prueba”, porque han acabado publicando de uvas a peras o porque han dejado de publicar durante un largo periodo de tiempo, acabado siendo sustituidos por otros de nueva aparición.

Si alguien visita uno de mis blogs y deja un comentario, no solo le doy la merecida respuesta, sino que visito, por curiosidad, su blog. Si lo que leo me agrada lo suficiente, lo añado temporalmente a mi lista de blogs a seguir, y solo si mi satisfacción se mantiene inalterable a lo largo del tiempo, pasa a ser uno más de mis blogs favoritos que visito a diario. El problema aparece cuando la adición de nuevos blogs supera un determinado límite, el “límite García Huete”. Todos tenemos un tiempo limitado para dedicar a la lectura de blogs o, dicho de otro modo, un número limitado de blogs a los que dedicarles nuestro tiempo, algo parecido a lo que el psicólogo clínico achacaba al mantenimiento de las amistades. En mi lista de favoritos he llegado a tener más de cincuenta blogs, una cifra que llegó a superar el límite aceptable para mí, pues su seguimiento me ocupaba varias horas al día, llegando a producirme una cierta incomodidad y un claro cansancio. El continuo goteo de nuevos blogs, descubiertos de forma casual y causal, ha conllevado un aluvión de nuevos posts a leer, lo cual presagiaba un estrés lector que no podía permitirme, porque si a ese tiempo le añado el que dedico a la escritura de mis propios textos y a contestar los comentarios que estos reciben, debo sumarle algunas horas más. Ante ello, no he tenido más remedio que optar por una selección que me permitiera repartir mi tiempo libre de una forma más racional y menos estresante. ¿Os imagináis el tiempo que tendríamos que dedicar a la lectura de todos los blogs que “habitan” en la blogosfera? Nos pasaríamos días enteros encerrados en casa, sin levantarnos de la silla, pegados a la pantalla del ordenador, o de la tableta, sin hacer otra cosa que leer y leer. Una locura.

Llegado a este punto, he pensado que la desaparición de algunos de mis seguidores se deba a que también ellos han aplicado un remedio semejante al mío y han tenido que priorizar entre sus lecturas favoritas. En mi caso, la selección no ha sido fácil. Eliminar a alguien de mi lista de favoritos no ha sido una tarea agradable en algunos casos, pero una persona tan metódica y cumplidora como yo, no podía permitirse la estupidez de preocuparse por no haber podido leer la nueva entrada en tal o cual blog, dejándola para el día siguiente, y al día siguiente comprobar que ya son dos las entradas pendientes de leer ─pues hay quien, aunque parezca mentira, publica a diario─ y a esas dos hay que añadirles otras cinco que también quedaron pendientes del día anterior. Hasta llegar al punto de observar cómo lo que debe ser algo estrictamente placentero, una simple diversión, se está convirtiendo en una obligación. Y como hace algún tiempo decidí no dejarme aprisionar por las obligaciones, he tenido que echar mano de las tijeras, cual censor de épocas pretéritas, y aplicar una serie de recortes, no por falta de presupuesto, sino de tiempo, eso que dicen que es oro.

Hasta aquí, me atrevería a calificar estos sucesos y conductas como algo normal. Aun así, no deja de llamarme la atención que algunos seguidores que me han abandonado, lo hayan hecho después de meses, o años, de seguimiento. ¿Tanto tiempo han necesitado para darse cuenta de qué iban mis blogs? En más de una ocasión, he observado incluso cómo ese vaivén se produce también en el número de los que me tienen en sus círculos. ¿Por qué me borran de sus círculos? ¿Qué he hecho yo para merecerme esto? Algo, desde luego, habré hecho mal para que me eliminen. Y puestos a hacer un examen de conciencia, el único “pecado” que creo haber cometido y en el que, muy a mi pesar, volveré a reincidir, es no compartir publicaciones ajenas, por mucho que me hayan gustado. Es un pecado de omisión del que solo soy consciente cuando observo la conducta de quienes sí practican ese hábito. Entonces, para acallar mi mala conciencia, pienso que mi contribución a difundir textos ajenos poco o nada haría a favor de esos compañeros de letras que son mucho más conocidos y reconocidos que yo. Si es este el motivo de mi expulsión, entono mi mea culpa y acepto la condena como un mal menor y sin posibilidad de apelación ni de redención.

Aunque finalmente he logrado no obsesionarme con los números, estos hablan por sí solos y a mí me gusta escucharlos. Simplemente me interesa la estadística como reflejo de lo que sucede a nuestro alrededor. Interpretar su significado ya es otra cuestión y cuando no somos capaces de hacer una interpretación lógica, o que nos satisfaga, mejor olvidarse del tema y a otra cosa mariposa.

Por lo tanto, quiero creer que mi conducta selectiva es razonable, que mis blogs no son muy distintos a los demás en este aspecto y que las apariciones y desapariciones que en ellos se dan son normales, no paranormales.

Bienvenidos, pues, los que llegan, mis mejores deseos para los que se van, mi agradecimiento para los que siguen y mis disculpas para los que he dejado atrás.


sábado, 24 de marzo de 2018

Sexo y amor




Hoy traigo un tema que, más que polémico, calificaría de complejo e incluso delicado, pero no he podido resistir la tentación de tratarlo aquí a raíz de una frase que oí hace poco de boca de una joven, y no por lo que dijo sino por la contundencia con la que lo dijo.

Algo de lo mucho que la edad me ha enseñado es que de joven se ven las cosas de forma muy distinta a cuando uno ya peina canas. Lo que en la juventud parece prioritario, en la madurez pasa a un segundo término. Es, pues, desde esta perspectiva, con la que escribo esta reflexión.

En torno al sexo se ha escrito miles de artículos, libros y hasta tratados. A veces pienso si no estaremos exagerando un poco. La mente humana es ciertamente compleja y la actividad sexual tiene un componente psicológico que, muchas veces, pesa más que el puramente físico. No sé si el autor de la famosa cita Mens sana in corpore sano tuvo en cuenta el sexo, pero lo que está claro es que una vida sexual sana favorece la salud física y mental.

Pero antes de entrar en materia, permitidme hacer dos aseveraciones a modo de introducción: Que puede existir sexo sin amor es algo indiscutible, que puede haber amor sin sexo diría que solo en circunstancias muy especiales (entendiendo como tal el amor de pareja), pero ¿puede existir amor sin buen sexo?

Como no soy sexólogo, ni lo pretendo ser, sino un simple practicante de a pie (o mejor dicho de cama), definiré qué entiendo por “buen sexo”: tener relaciones sexuales con la frecuencia y el placer deseables para ambos miembros de una pareja. Evidentemente, es casi imposible que en estos dos coincidan cuali y cuantitativamente esas dos variables al cien por cien. Uno de ellos puede desear tener sexo con mayor frecuencia como consecuencia de una libido mayor que la de su pareja, y/o el placer alcanzado por cada uno puede que no siempre ─o casi nunca ─sea idéntico, pero, aun así, pueden compartir una satisfacción más que razonable en su vida sexual.

A veces, cuando oigo o leo algo relacionado con las relaciones sexuales, me da la impresión de que pertenezco al paleolítico o que alguien me está engañando. Según esas manifestaciones, parece como si el sexo no solo fuera algo importante en la relación de pareja, sino su columna vertebral, y para cuya práctica hay que ser un maestro ninja, pues de lo contrario esa relación se irá al garete en un santiamén. De ser así, esta percepción o situación también ha cambiado con el tiempo. En mis años mozos, no teníamos más remedio que empezar el menú por los entremeses, y hoy día lo hacen por los postres. El sexo llegaba tras un camino (más o menos largo) que se recorría hasta afianzar unas relaciones que se habían iniciado con una amistad y/o enamoramiento y que culminaban con la formalización de lo que se conocía como noviazgo. Ahora, en cambio, se prueba la “mercancía” antes de quedarse con ella.

No es que me parezcan mal las relaciones prematrimoniales. Al contrario. Si hay que conocerse que sea en su totalidad, no vayan a haber luego sorpresas desagradables. Pero descartar a una persona solo porque en la cama no es una máquina de placer me parece, cuando menos, discutible.

En los años sesenta y setenta del siglo pasado era bastante habitual que una pareja llegara al matrimonio sin haber mantenido previamente relaciones sexuales completas. Imaginémonos que, en tales circunstancias, una vez casados, uno de los recién estrenados cónyuges descubriera que, en la cama, su compañero/a no estaba a la altura de sus expectativas. ¿Hubiera sido justo o razonable separarse solo por esta causa? Evidentemente, en esa época prodigiosa no estaba bien visto separarse por el motivo que fuera, pero solo se trata de pensar si, ante esa eventualidad, estaría suficientemente justificada (aunque no socialmente aceptada) una ruptura. ¿Hasta qué punto, pues, es el sexo la clave de la felicidad en una pareja?

Esta pregunta viene a colación de la frase a la que aludía al principio y que ha motivado mi reflexión. Y repito que lo llamativo del caso no es la afirmación en sí sino la contundencia con la que se hizo, y a mí, cuando algo se afirma con tanta rotundidad, me asalta el deseo de cuestionarlo. La frase, que a estas alturas estaréis anhelando conocer, la formuló, como he anticipado, una joven ─y debo reconocer aquí mis prejuicios pues, viniendo de una mujer, me causó más extrañeza─ en un programa de televisión que va de citas a ciegas, teniendo a un restaurante como escenario, por el que deambulan personas de todo tipo y condición, haciendo gala del refrán que dice que de todo hay en la viña del Señor. El caso es que la chica en cuestión le preguntó a su pareja ocasional algo así como si funcionaba bien en la cama, a lo que su joven partenaire contestó afirmativamente, sin dudarlo ni un segundo. Ella, complaciente por haber oído la respuesta que deseaba, le dijo que perfecto, porque si una pareja no funciona en la cama no funcionará en nada más. Y, a pesar de que bien pudo ser esta una afirmación gratuita, me dio que pensar, pues me consta que muchos jóvenes piensan igual.

Obviamente, si en una pareja hay una gran disparidad en cuanto al sexo, uno con una elevada apetencia y sensibilidad y el otro inapetente y poco sensible al placer, ello creará una incompatibilidad que traspasará lo cotidiano, un malestar que se traducirá en muchos otros aspectos de la vida en común, llevando, en el caso de estar en los inicios de una relación, a un rechazo, o, en el caso de una relación avanzada, a un distanciamiento y finalmente a una ruptura. Afirmar que “rompieron porque no se entendían en la cama” quizá sería frivolizar la situación, pero sin duda se trata de un problema que afecta a la afinidad de caracteres y a la deseada y necesaria complicidad en una pareja. En este caso podría afirmarse que la inexistencia de “buen sexo” puede acabar con el amor, pero mientras exista una atracción y la actividad sexual sea mínimamente placentera para ambos, ¿tienen que poner esas diferencias necesariamente en peligro el amor?

Dios los cría y ellos se juntan, dice el proverbio. A diferencia de lo que muchos creen, yo opino que cuantas más cosas en común tenga una pareja, más probabilidades hay de que sean felices. Tendrás aficiones y gustos comunes, compartirán intereses y creencias semejantes, en definitiva, serán compatibles. Pero no todas las opiniones y gustos tienen que ser idénticos, siempre que esas diferencias sean llevaderas. ¿Puede un carnívoro impenitente convivir con una vegana recalcitrante? ¿Puede un machista acérrimo vivir en concordia con una feminista radical? ¿Puede un votante de la ultraderecha vivir bajo el mismo techo que una militante de la extrema izquierda? Estas relaciones, de existir, acabarán, tarde o temprano, estallando por los aires. Habría que ser extremadamente tolerante para aceptar convivir con un sujeto con unas ideas y prácticas totalmente opuestas. En cambio, un ateo y una católica practicante pueden llegar a entenderse siempre y cuando no sean demasiado beligerantes entre sí y ninguno de los dos coarte la libertad del otro. Un fanático del fútbol que no le gusta el cine puede llevarse bien con una cinéfila que no soporta el balompié, si de vez en cuando uno cede en beneficio del otro.

Así pues, para que el sexo sea un motivo de ruptura, las diferencias en este terreno deberían, a mi entender, ser profundas. Pero como las relaciones sexuales son, evidentemente, cosa de dos, algo que precisa de la intervención directa del otro, la diferencia en la actitud de cada uno solo será soportable si no llega a extremos muy contrapuestos que deterioren la convivencia.

Aun así, yo sigo dudando de la veracidad absoluta de las palabras de aquella chica. ¿No coincidir plenamente en el deseo y práctica sexual impide que una pareja se ame? ¿Es crucial el sexo en la estabilidad de una pareja? ¿Puede el sexo estar por encima de otras muchas cualidades humanas? Mi respuesta a todas esas preguntas es negativa. Aun así, sexo y amor, deberían ir siempre de la mano.



martes, 13 de marzo de 2018

Machismo y paternidad



Con motivo del día internacional de la mujer, celebrado el pasado día 8 de marzo, muchísimos han sido los artículos y comentarios divulgados por las redes sociales en torno a las reivindicaciones feministas en general y al machismo en particular. Aunque con un poco de retraso, no he querido dejar pasar por alto esta circunstancia para tratar el tema del machismo en este blog.

He querido dejar al margen de esta entrada las formas más brutales de ejercer un dominio sobre el sexo mal llamado débil, como son el maltrato físico y psicológico, la violencia en forma de agresión sexual, violación y asesinato, la trata de blancas y la explotación sexual, porque llevan asociada una complejidad psicológica y social y no me siento lo suficientemente capacitado para analizar sus orígenes, que en la mayoría de casos son o bien trastornos psiquiátricos o bien disfunciones sociales como serían el maltrato paterno, la violencia en el seno familiar, la desestructuración y el desarraigo social, la drogadicción, y seguramente un largo etcétera. En esta entrada solo pretendo reflexionar sobre actitudes que, sin ser violentas, son una forma de menospreciar a la mujer, relegándola a un papel segundario, la forma más arraigada de machismo.

El machismo es tan viejo como el hombre, pues nació con él. A día de hoy, con los cambios que ha experimentado nuestra sociedad occidental debería haberse erradicado ya, como cualquier enfermedad para la que se le ha encontrado una cura. Pero el machismo, aunque haya reducido su virulencia o cambiado su forma de expresión respecto a la de la Edad Media, sigue vivo en una sociedad, como la nuestra, que presume de moderna. Tampoco me siento capacitado para hacer un análisis detallado de las causas de esta permanencia, pero estaremos de acuerdo en que tiene su raíz en la educación. Siendo así, la mala educación, con buena educación se corrige. Pero el foco de esa educación no debemos fijarlo exclusivamente en las escuelas, sino en el núcleo y entorno familiar.

El machista no nace, se hace. Y el ejemplo del que se alimenta es su correa de transmisión. El machismo se produce y se reproduce en casa, y el padre no es el único culpable de ello. Me atrevería a afirmar que en muchos casos el padre machista establece las normas y la madre es la encargada de asegurarse de que se cumplan, transmitiendo, de este modo, el machismo a su descendencia.

Cuando era niño era muy habitual oír eso de “fuera de aquí, los hombres no tienen nada que hacer en la cocina” de boca de una madre o abuela, y ver cómo las órdenes para ayudar en las tareas domésticas iban exclusivamente dirigidas a las chicas, nunca a los chicos. Era una época en la que los papeles estaban claramente definidos y separados por sexos, inculcándosele a cada uno una función determinada. La familia y la escuela iban, en este aspecto, de la mano.

Así pues, cuando se habla de machismo no deberíamos señalar únicamente a los hombres, sino también a muchas mujeres que, voluntaria o involuntariamente, le han hecho, y le siguen haciendo, el juego. Del mismo modo que no todos los hombres son machistas, no todas las mujeres son feministas, aunque pueda parecer absurdo. El machismo está tan arraigado que, incluso quienes son o se consideran feministas, actúan, a menudo, con una base machista sin saberlo o sin pensarlo racionalmente.

Como he dicho al principio, con motivo de las reivindicaciones feministas del pasado 8 de marzo, corrieron por las redes sociales multitud de mensajes en torno a las distintas formas de machismo. Uno me llamó poderosamente la atención. Era un vídeo, que quizá hayáis visto, en el que se exponía un acertijo a varias personas, hombres y mujeres jóvenes.

El acertijo decía así:
“Un padre y un hijo viajan en coche. Tienen un accidente grave. El padre muere y al hijo se lo llevan a un hospital, porque necesita una compleja operación de emergencia. Laman a una eminencia médica, pero cuando llega y ve al paciente dice: No puedo operarlo, es mi hijo. ¿Cómo se explica eso?”

Hay que decir que la muestra era extraordinariamente escasa y, por lo tanto, estadísticamente irrelevante, pero estoy seguro de que el resultado habría sido el mismo con una muestra muchísimo mayor. El caso es que nadie dio con la respuesta correcta: el médico era la madre del niño. Nadie pensó que la eminencia médica pudiera ser una mujer.

Cuando se desveló la respuesta a quienes habían participado en este “juego”, estos quedaron francamente sorprendidos por no haber pensado en esa posibilidad. Yo mismo fallé en la solución, pues pensé que se trataba de un padre de otro hijo, que nada tenía que ver con el chico que viajaba con él, ya que el enunciado no decía “un padre y su hijo” sino “un padre y un hijo”. Si hubiera intuido que el tema giraba en torno al machismo, seguramente habría afinado en mi predicción. Francamente no lo sé, pero quiero pensar que sí.

El mensaje de la comentarista justificaba esta situación como algo normal dentro de nuestra sociedad y conocido como “parcialidad implícita”. Ello significa que algo que forma parte del acervo cultural acaba convirtiéndose en un proceso mental automático, de tal forma que nuestro subconsciente puede llegar a traicionarnos contradiciendo los valores en los que creemos, como es la igualdad de género.

He titulado esta entrada como “machismo y paternidad” no porque crea que ambas condiciones están forzosamente vinculadas sino porque considero que deberían ser los polos opuestos en una sociedad mínimamente avanzada. Los padres (y me refiero al sexo masculino) deberían ser los primeros en defender los derechos de sus hijas.

Si he educado a mis hijas en el respeto y la igualdad entre géneros, si les he procurado una formación académica para que puedan hacerse un lugar en esta sociedad, para que no sean dependientes de nadie más que de ellas mismas, ¿cómo no voy a enojarme al ver que una mujer, a igualdad de preparación y esfuerzo, cobra en torno a un 25% menos que sus compañeros masculinos? ¿Cómo no voy a enfurecerme al pensar que quizá no podrá optar a un ascenso o a ocupar un puesto directivo por el simple hecho de ser mujer? ¿Y cómo no voy a despreciar a quienes, haciendo uso de su superioridad, acosan sexualmente a sus colaboradoras, con promesas de un trato favorable si accede a sus pretensiones o a un despido en caso de rechazarlas?

Si un padre quiere lo mejor para sus hijos, tiene que desear lo mismo para sus hijas. Un padre no puede hacer distingos entre sexos. Yo solo tengo dos hijas y, como padre orgulloso de ellas, no toleraría que ningún hombre, en ninguna empresa ni en ninguna circunstancia, pudiera menospreciarlas o infravalorarlas por ser mujer. Paternidad y machismo deben ser conceptos irreconciliables. Los padres que, hoy en día, siguen relegando a sus hijas a un segundo plano a favor de sus hijos varones y aceptan la creencia de que no son tan buenas como ellos, no son dignos de llamarse padres.



Imagen obtenida de internet

jueves, 1 de marzo de 2018

¿Experimentación o maltrato animal?




Vuelvo a traer a este blog un tema controvertido, especialmente para los defensores a ultranza de los animales, y que pone en evidencia que quizá somos muchos los que vivimos en constante contradicción con nuestros sentimientos. Y como antesala a lo que voy a exponer, preguntaría si por ser amantes y defensores de los animales debemos ser forzosamente veganos. Si la respuesta es afirmativa, yo soy el primero en declararme culpable de esa incoherencia. Pero no voy a tratar aquí las tendencias u opciones alimenticias, sino algo mucho más polémico, si cabe, y que se ha reivindicado como un acto de crueldad: la experimentación animal con fines científicos. Hace ya tiempo que el empleo de animales con esa pretendida finalidad se ha convertido en un tema polémico, tanto en el ámbito animalista como en el de la opinión pública.

Mi formación científica y el haber conocido de cerca lo que representa la investigación pre-clínica (previa al empleo de seres humanos) para el desarrollo de nuevos medicamentos entran en contradicción frontal con mi amor y respeto a los animales. Pero casi todo en esta vida tiene sus pros y sus contras.

Quiero dejar claro que esta entrada no va a favor de la industria farmacéutica en sí misma sino de la experimentación con animales como un mal menor para la obtención de fármacos útiles para combatir las enfermedades en el ser humano y en los propios animales (uso veterinario).

Son muchas y crecientes las opiniones en contra del empleo de animales para tal fin, aduciendo que existen alternativas tanto o más válidas para la investigación farmacológica. En mi humilde opinión, quienes aducen tal cosa no tienen unos conocimientos científicos mínimamente sólidos y se dejan llevar exclusivamente por un sentimiento ético (que comparto plenamente) en defensa de los animales, haciendo uso de argumentos engañosos o inexactos. Hoy por hoy solo unos pocos ensayos pueden llevarse a cabo in vitro con células o tejidos celulares, por ser impracticables en la gran mayoría de estudios de laboratorio.

Los científicos no desean lastimar a los animales de forma gratuita, pero aún no es posible prescindir de estos. Y para asegurar un empleo justo y necesario de cualquier especie animal existen protocolos muy estrictos y de obligado cumplimiento. Como ejemplo de ese interés, la Asociación Internacional para la Evaluación y Acreditación del Cuidado de Animales de Laboratorio (AAALAC en sus siglas en inglés), una organización no gubernamental, se encarga de promover el trato humanitario de los animales en las actividades científicas. Y para preservar el cumplimiento de un, llamémoslo, código ético en la investigación biomédica, se recomienda aplicar el principio de las tres R: Reemplazar los animales de experimentación siempre que sea posible, Reducir el número de animales al estrictamente necesario, y Refinar, o perfeccionar, los métodos empleados para mejorar el bienestar de estos animales. Precisamente, uno de los miembros de la referida Asociación, el veterinario Javier Guillén, participó en el desarrollo de la vacuna contra la leishmaniosis, algo que no habría sido posible sin el concurso de los animales, pues el comportamiento de una vacuna no se puede simular con un programa informático, al igual que nuestro sistema inmunitario. Las vacunas del ébola o del zika, por ejemplo, se desarrollaron en poco más de un año (todo un récord) gracias al uso de animales de experimentación.

Y hablando de vacunas, yo compararía la actitud “animalista” en este tema con el insensato movimiento anti-vacuna. Una vez más nos encontramos frente a la relación beneficio-riesgo, o bien ante el dilema de si el fin justifica los medios. En este caso, excepcionalmente, estoy a favor del sí.

En contra del empleo de animales para el estudio de nuevos medicamentos he llegado a leer verdaderas insensateces, cuando no barbaridades, que incluso me atrevería a calificar de populistas, simplemente por falta de formación o de información. Quizá la peor de todas, con la intención de desacreditar la experimentación animal demostrando que un medicamento que ha superado con éxito los ensayos en animales puede ser tóxico en humanos, ha sido poner como ejemplo de ello a la talidomida. Este fármaco, utilizado en los años sesenta como sedante y antiemético (contra los vómitos) en las embarazadas durante los tres primeros meses de gestación, se hizo tristemente famoso por producir graves malformaciones en recién nacidos. Lo que ignoran quienes han utilizado dicho ejemplo (porque solo puede ser ignorancia lo que les ha llevado a realizar tal afirmación) es que ello fue debido a que en aquella época no se llevaban a cabo estudios de teratogénesis (defectos congénitos durante el desarrollo fetal) con los medicamentos. Precisamente fue la investigación del origen de tales malformaciones y la implantación obligatoria de este tipo de estudios en animales (conejas gestantes) lo que eliminó la aparición de estos efectos nocivos con cualquier otro medicamento desarrollado con posterioridad. Supongo que nadie en su sano juicio abogaría por haber empleado mujeres embarazadas para comprobar si sus fetos presentaban alguna deformación congénita.

Estoy totalmente a favor del creciente movimiento de solidaridad con los animales, la prohibición y el castigo del maltrato animal, considerando este como una forma gratuita de hacerles sufrir por placer, diversión o por insana crueldad. Pero dicho movimiento, en su afán protector, se ha radicalizado hacia un activismo desmesurado y, a mi juicio, injustificado. Deberían preguntarse cuál sería el costo para la humanidad de no realizar la investigación médica en animales.

Contrariamente a lo que afirman sus detractores, el conocimiento obtenido en animales es generalmente extrapolable a los humanos. Todos los mamíferos, incluidos los seres humanos, tienen los mismos órganos, que funcionan básicamente de la misma forma. Las investigaciones con el corazón del cerdo han sido y siguen siendo de mucha utilidad para conocer el funcionamiento del corazón humano. Incluso las diferencias que puedan existir entre una especie animal y el hombre darán importantes pistas sobre cómo evoluciona una enfermedad. El por qué un determinado tipo de cáncer que afecta al hombre no se desarrolla en un animal o lo hace de forma distinta puede ser la clave para abordar su tratamiento. Sería excesivamente prolijo citar ejemplos que justifican el uso de animales de laboratorio para prevenir y curar enfermedades en el hombre. El estudio y tratamiento de la diabetes, de las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, el SIDA, los trasplantes de órganos, la quimioterapia, la cirugía ortopédica, el estudio del virus del papiloma, el descubrimiento del neurotransmisor dopamina y su papel en el desarrollo de la enfermedad de Parkinson, el conocimiento de la estructura y función de la cóclea y el posterior desarrollo de implantes en algunos tipos de sordera, la manipulación genética como prevención de determinadas enfermedades, y un largo etcétera, no hubieran sido posibles sin la intervención de distintas especies animales.

De momento, y muy a mi pesar como amante de los animales, estamos lejos de poder prescindir de la experimentación animal para el descubrimiento y desarrollo de nuevos tratamientos para enfermedades crónicas o incurables. Solo en algunos ensayos es factible recurrir a estudios in vitro, con el empleo de células y tejidos celulares, como es el caso del estudio de la toxicidad aguda (establecimiento de la dosis letal) de una sustancia medicamentosa, que provoca una elevada mortalidad de los animales de laboratorio (roedores), algo que hasta hace poco requería el empleo de cientos de especímenes, así como en el ámbito de la cosmética y de los productos de higiene, donde se ha prohibido su empleo aplicando el concepto beneficio-riesgo. No es lo mismo utilizar animales para evaluar si un medicamento, administrado de forma crónica, puede producir cáncer a largo plazo, que utilizarlos para desarrollar un producto para el cuidado personal. Aun así, sigue existiendo una incertidumbre sobre la idoneidad de esta medida, pues hay estudios que conviene llevar a cabo antes de comercializar, por ejemplo, un champú o una crema hidratante, como son la irritación ocular o el posible efecto alérgico en la piel, respectivamente. Sin embargo, debido a la presión de grupos animalistas, en la actualidad solo se permite el empleo de animales si el cosmético contiene un ingrediente incluido en una lista de sustancias químicas para las que se exige un severo control debido a su efecto potencial sobre la salud humana o el medio ambiente (Reglamento REACH).

Desde la antigüedad el hombre se ha servido de los animales, como sustento y como medio de trabajo (carga, transporte, labranza). Actualmente seguimos haciendo uso de ellos como fuente de alimento, como medio de diversión y deporte (equitación, parques acuáticos, zoos, circos, caza, actividades taurinas y populares) y como medio de experimentación. En estas tres facetas, en tanto no se erradiquen, hay que evitar infligir un sufrimiento excesivo y gratuito de los animales. Hay que evitar la explotación inhumana en condiciones deplorables, el hacinamiento en granjas y parques zoológicos insalubres, hay que aplicar métodos indoloros en mataderos, prohibir el maltrato físico y psicológico en su adiestramiento ─de ahí la prohibición de utilizarlos en el circo y en algunos parques temáticos─ y en fiestas populares, uno de los mayores y más crueles exponentes es la mal llamada Fiesta Nacional.

Que algunos animales de laboratorio sufren estrés, es evidente. Otros son sacrificados mientras están en fase de gestación para comprobar si los fetos sufren malformaciones producidas por un nuevo fármaco. Los hay que son expuestos a una prueba de dolor para comprobar el efecto terapéutico de un analgésico. Y así existe una larga batería de ensayos y de especies animales para evidenciar el efecto y eficacia de distintos tipos de fármacos. Me consta que en todos estos casos se intenta evitar un daño excesivo e injustificado al animal. No obstante, es duro ver cómo en los animales con una mayor percepción intuitiva, como sería el caso de los perros y de los simios, se les acostumbra a hacer el trayecto desde sus jaulas a la sala de experimentación como si de un paseo se tratara, evitando así el estrés que les produciría verse por primera vez en la mesa de intervención, donde, en el peor de los casos, serán sometidos a una disección para el estudio de sus órganos. Los perros sometidos a pruebas quirúrgicas y de otro tipo que no acaban sacrificados son posteriormente dados en adopción, aunque su adaptación al nuevo medio suele resultar difícil por el estrés postraumático que padecen.

Si ya siento pena cuando veo a mi perro lloriquear cuando le llevamos al veterinario y sufrí lo indecible cuando padeció unas dolorosas complicaciones post-castración, qué no sentiría si supiera que iban a experimentar con él. Mi actitud ante este tema podría calificarse de hipócrita. Con tal que no lo hagan con mi perro… En parte puede ser cierto. Ojos que no ven… Es como cuando uno paladea ese foie tan rico y no piensa (o no quiere pensar) en lo que les hacen a las pobres ocas. Pero, planteándolo fríamente y volviendo al tema que aquí me ocupa, sigo pensando que, por duro que resulte, es preferible sacrificar la vida de un animal que poner en riesgo la de un ser humano. Si con miles de animales sacrificados salvamos la vida o curamos una enfermedad a millones de personas, creo que está claro hacia dónde se decanta el fiel de la balanza. Y no querer aceptarlo es, en el mejor de los casos, una ingenuidad.

Los animales todavía siguen dándonos alimento y dan su vida a cambio de preservar la nuestra. Lo único a objetar sería que ambas cosas las hacen sin tener conocimiento de ello. Pero, si excluimos los hábitos alimenticios del hombre ─hay muchos países que incluyen en su dieta animales que en otras latitudes son consideradas macotas, como el conejo en los Estados Unidos, y en otros comen carne de perro, como en Suiza y algunos países asiáticos─, su empleo como animales de experimentación se hace con el único fin de proteger a la humanidad frente a enfermedades y no como una forma de ocio. Me parece mucho más justificable acabar con la vida de un ratón, de un gato, de un perro, de un simio o de un cerdo para el bien de la sociedad que con la de un toro, por muy bravo que sea, para divertimento del público y lucimiento de un “espada”.



jueves, 15 de febrero de 2018

Fake News



Recientemente parece que se ha puesto de moda, si puede calificarse así, lo que se ha bautizado (siempre los anglicismos) como fake news. Con lo fácil que sería llamarlas noticias falsas, falsificadas o engañosas. Da igual como las llamemos, el caso es que tienen por objeto intentar convencer al lector o al espectador de la veracidad de un hecho que, en realidad, no ha ocurrido o bien ha tenido lugar en otro contexto, en otro lugar o en otro momento distinto al que quiere hacer creer. Siempre ha habido mentirosos, pero estas falsedades a las que me refiero tienen una finalidad especialmente perniciosa para la sociedad.

Si no todos, casi todos hemos sido objeto de una farsa que, en muchos casos, ingenuamente, dando crédito a lo publicado, hemos difundido, actuando de transmisores de una falacia que puede causar un mal irreparable a la imagen del sujeto contra el que va dirigida. Se tergiversa la realidad, se falsea la verdad y se calumnia impunemente.

Aunque parece que por parte de algunas entidades u organizaciones se quiere poner coto a esta avalancha de noticias manipuladas, aconsejando contrastar su veracidad antes de darles crédito, me da la impresión de que nos encontramos ante algo imparable. El frenesí por hacerse con información alarmista, por un lado, y la inmediatez del conocimiento y de la comunicación, por otro, propicia que, en cuestión de minutos, una noticia, verdadera o falsa, alcance el otro extremo del planeta.

Lo verdaderamente preocupante, en mi opinión, es la motivación que subyace en esas falsas informaciones que, en la gran mayoría de los casos, no es otra que crear alarma social, un descontento generalizado, un profundo malestar, una preocupación innecesaria o una reacción furibunda contra un determinado personaje público, un movimiento social, una entidad, sea pública o privada, o un gobierno, tanto municipal, autonómico o central.

Una imagen manipulada, en la que se han añadido elementos distorsionadores que no existían en la realidad; la reproducción de tweets o comunicados falsos convenientemente manipulados ─verdaderos montajes visuales─; la divulgación, por WhatsApp u otros medios, de escritos o manifestaciones atribuidas falsamente a personajes famosos; noticias sobre hechos que tuvieron lugar hace años y que se intentan colar como actuales; vídeos sobre actos públicos a los que se les ha cambiado la finalidad; afirmaciones que se ponen en boca de quienes no las hicieron; textos o palabras sacadas de contexto para hacer creer lo que no es. Y así un largo etcétera de despropósitos que, por desgracia, producen en el público receptor el efecto deseado por sus impulsores.

Crear malestar, discordia, temor, incluso odio de forma gratuita, deberían ser hechos, no solo merecedores de repudio y censura moral, sino también punitivos. Aun siendo un acérrimo defensor de la libertad de expresión, no debe tolerarse la calumnia ni el ataque contra el honor de quienes son, presunta o realmente, honorables. Calumnia que algo queda, deben pensar sus autores. Y así es, por desgracia. Hacer creer a la ciudadanía una soberbia mentira es un acto que, hecho a conciencia, con alevosía, calificaría de delictivo. Se ha llegado a un punto que, personalmente, dudo de todo lo que leo y veo. Hay verdaderos “artistas” (aunque debería decir delincuentes) de la manipulación. Así pues, ante la incertidumbre, cautela; ante una acusación, prudencia; ante un insulto, intolerancia. Solo las pruebas irrefutables deben tener la última palabra.

Las redes sociales son un caldo de cultivo para esa contaminación informativa generalizada, por ser las que gozan de mayor libertad de actuación y movimiento. Yo mismo he caído, en más de una ocasión, en la trampa de las noticias falsas y he tenido que arrepentirme por haber dado crédito a una crítica inculpatoria o unas imágenes aparentemente veraces que, luego, han resultado ser totalmente falsas. Y entonces me he sentido como un cretino por haber dado pábulo a infundios inventados por unos perfectos desaprensivos. Seguimos así una cadena, compartiendo informaciones que, al haberlas recibido de una persona de confianza ─que también ha picado el anzuelo─, las damos por buenas y colaboramos, de este modo, a pasar el testigo a otros que, a su vez, obrarán del mismo modo. Y así sucesivamente.

Ni tan solo los medios de comunicación “oficiales” (periódicos y cadenas de televisión) son cien por cien fiables, pues también tienen intereses ocultos y se deben a la mano que les alimenta. Pero es más fácil descubrir un engaño en estos medios al poder contrastar una información, posiblemente interesada, con otras fuentes. Y, aun así, no tendremos la certeza absoluta de quién cuenta la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Pero, por lo menos, nos acercaremos más a ella. La inteligencia, la formación, o cuando menos el sentido común y la ecuanimidad deberían hacer el resto. Pero resulta tan difícil ser ecuánime, sobre todo cuando de política se trata, un terreno especialmente pasional, proclive a fomentar equívocos y a usar este tipo de comportamiento malintencionado.

En inglés existe una máxima que dice no news, good news, que significa que la ausencia de noticias ya es una buena noticia. En el caso que aquí me ocupa, me inclino por una versión algo distinta, cambiando, además, el orden de los términos: fake news no news.



jueves, 8 de febrero de 2018

El arte de escribir y otras disquisiciones



Hay muchas clases de crisis. Las hay que afectan a toda una sociedad, como la económica, la laboral, la política; y las hay personales, como la religiosa, la existencial, la de identidad. Yo experimenté la famosa crisis de los cuarenta unos años más tarde. Una reacción tardía. Afortunadamente duró poco. Ahora, tras más de cuatro años de practicar la afición que llevaba agazapada tanto tiempo, me temo que le ha llegado el turno a otra crisis: la crisis del escritor. Pero si fuera eso, podría darme por satisfecho, pues llevaría implícito algo muy importante. Ello significaría que soy escritor.

En un principio iba a dedicar esta entrada exclusivamente a mi ingrata experiencia en los concursos literarios, pero finalmente he optado por algo mucho más amplio como es mi autoevaluación como escritor de relatos. Y es que la reflexión sobre el éxito o fracaso en los concursos, un parámetro que demuestra el nivel de calidad del participante ─o por lo menos así debería ser─, me ha arrastrado a valorar también mi desempeño o pericia a la hora de escribir y publicar.

Aunque hace bastante tiempo ya escribí sobre los concursos que acaban sacando un provecho económico de los participantes, en esta ocasión la revisión retrospectiva de mi participación en ellos, que ha sido más bien escasa comparada con la de muchos colegas de letras, me ha llevado a tomar una decisión: no volver a presentarme a ninguno más. ¿Por qué? Porque, simplemente, los concursos literarios y yo no nos llevamos bien.

En los últimos tres años me he presentado a treinta certámenes nacionales. Solo en uno obtuve un accésit menor y paralelo al certamen principal y he llegado a pensar que se debió a la escasez de textos participantes en esa modalidad. En otros seis concursos fui uno de los múltiples finalistas que vieron su relato publicado en una Antología que la entidad convocante vendía a los interesados a un precio no demasiado módico, un anzuelo en el que seguramente mordimos muchos solo por ver nuestro relato publicado. Pero este tema, como he dicho, ya lo traté en su día.

No voy aquí a vilipendiar a las entidades convocantes de certámenes literarios y quejarme de la injusticia de sus dictámenes, de la arbitrariedad de los jurados, de eso y de aquello. Parecería la queja del fracasado o del resentido. No, aquí quiero tratar de algo personal y mucho más subjetivo que la opinión de un lector-evaluador o la cualificación crítica de un jurado. Aquí quiero tratar del valor que yo mismo le doy a mis relatos, incluyendo a los presentados a concurso y que quizá sea el quid de la cuestión, la verdadera razón de los fracasos que he ido acumulando.

En la novela de Carlos Ruiz Zafón, “El príncipe de Parnaso”, aparece un personaje, Anselmo Giordano, un supuesto discípulo de Leonardo Da Vinci, que aspira a ser tan buen artista como su maestro. En un momento dado, este le dice: “Joven Anselmo, no le entristezcan mis palabras, sino vea en ellas una bendición (…). Será usted un hombre afortunado, será usted un hombre querido y respetado por sus conciudadanos, pero lo que nunca será, aunque tuviese todo el oro del mundo, es un genio. Hay pocos destinos más crueles y amargos que el de un artista mediocre que pasa la vida envidiando y maldiciendo a sus competidores. No malgaste su vida en un destino aciago. Deje que el arte y la belleza los creen otros que no tienen más remedio. Y con el tiempo aprenda a perdonar mi sinceridad, que hoy duele, pero mañana, si la acepta de buena voluntad, le salvará de su propio infierno”. Esas palabras me quedaron tan grabadas que, de pronto, me vi reflejado en el pobre Anselmo Giordano.

Mi papel de Anselmo en la vida real podría muy bien estar haciéndome creer que soy mejor escritor de lo que realmente soy y de ahí mi fracaso como candidato a un premio literario, por modesto que este sea. Y, sinceramente, no creo estar muy equivocado y os diré por qué: porque cuando leo mis relatos antes y después de presentarlos a un concurso, los valoro de forma muy distinta. Y este efecto es todavía más patente cuando, transcurridos unos meses, cuando se aproxima el momento del veredicto, releo el relato con el que he participado y empiezo a ver detalles negativos que, aun habiendo corregido el texto una y otra vez, no los identifiqué. Y cuando por fin se ha hecho público el veredicto, tengo la certeza de que su calidad no estaba a la altura de lo que se espera de un relato ganador. Es entonces cuando me percato que una cosa es escribir bien y otra escribir muy bien.

Cada vez tengo más claro que un premio no lo gana una historia simplemente amena, entretenida, interesante, correctamente escrita, sin más. Para ser merecedor de un premio hay que escribir algo distinto a lo habitual, algo que llame poderosamente la atención del jurado, tanto por la idea (el fondo), como por el estilo narrativo y recursos literarios (la forma). Y esto último solo lo logran los escritores con mucha práctica o con mucho talento. Es cierto que hay premios inmerecidos, por las causas que sean, pero, muy a mi pesar, quiero creer que un jurado de un certamen literario con pies y cabeza, está lo suficientemente cualificado para discernir una obra de gran calidad de otra de buena calidad.

Viendo, pues, que no soy carne de concurso, ¿para qué participar si solo voy a padecer el tormento de la espera de la “sentencia”? Porque esta es otra cuestión, que definiría como paradójica. Cuando, en un derroche de optimismo e imaginación, me veo recibiendo el galardón en público, ante una concurrida audiencia y de manos de las distinguidas autoridades (en el caso de concursos organizados por ayuntamientos) o de reconocidos escritores y personajes locales (en el caso de entidades y sociedades culturales), empiezo a desear que no sea yo el afortunado. Contradictorio, ¿no? Es más, cuando tengo conocimiento de la parafernalia que rodeará al acto de entrega de premios, me entra una especie de canguelo, y luego, cuando compruebo que no he sido afortunado, siento un gran alivio y pienso que mejor estoy en casa que sobre un estrado. Quizá sea esta una forma de consolarme, como la fábula de la zorra y las uvas, o un claro exponente de mi inseguridad, timidez e introversión.

Pero al margen de los concursos, algo parecido me ocurre con lo que publico en mi blog de relatos “Retales de una vida”. Una vez publicados ya no me parecen tan buenos y originales. Siempre me propongo que el próximo será mucho mejor, el mejor de todos los escritos hasta el momento. Y luego, vuelvo a las andadas. Quizá debería dejar reposar el texto unas semanas y volverlo a leer desde otra perspectiva, como lector y no como autor, con esos otros ojos que muchos escritores recomiendan usar cuando tienen que revisar sus obras.

No hace mucho llegué a plantearme aparcar por un tiempo la escritura de relatos para darle un empujoncito a un embrión de novela que tengo en el congelador desde hace muchos meses. Pero si un buen relato ya se me antoja una tarea difícil, ¿qué no será una novela? La idea está ahí, pero ¿cómo darle la debida forma para que resulte de una calidad indiscutible? ¿Y luego qué? ¿Volver al penoso e infructuoso intento de hallar una editorial que desee publicarla? Si tuviera que atenerme a lo que ha significado publicar mi recopilación de relatos “Irreal como la vida misma”, ni siquiera debería planteármelo. Claro que, aunque la experiencia haya resultado un fracaso en el aspecto “comercial”, también me ha dado algunas satisfacciones.  

Pero no todo acaba ahí, recurriendo a la auto-publicación como una solución o desquite a la negativa o a la indiferencia de las editoriales. Hoy día publicar, o simplemente darse a conocer como escritor, requiere un esfuerzo añadido al ya de por sí complicado ejercicio de buscar un editor o un público. Más de un escritor novel ha acabado tirando la toalla al descubrir que para tener éxito no solo es preciso escribir, y hacerlo bien, sino que hay que emprender toda una batería de actividades para, como dicen los entendidos en la materia, lograr “visibilidad”, y que son actualmente imprescindibles: participar activamente en las redes sociales utilizando todas sus aplicaciones (Facebook, Twitter, Instagram, You Tube, etc.) a la busca y captura de lectores; asistir a eventos, encuentros, presentaciones; intentar conocer a tu público potencial; hacer NetWorking con otros escritores y grupos de escritores; practicar el Guest-posting, actuando de invitado en blogs de tu área; hacer email marketing; dominar el posicionamiento SEO, para saber quiénes te siguen, de dónde son y a qué se dedican; y generar una marca personal, para que todos sepan quién eres y cuál es tu obra. Y supongo que todavía hay más.

De entrada, diré que, exceptuando la difusión por las redes sociales (y solo en un par de ellas) no sigo ninguno de esos consejos, por falta de conocimiento y por indolencia. He ahí dónde debe estribar el origen de mi fracaso como escritor auto-publicado. Y por una vez en la vida, aun conociendo mi “defecto”, no pienso rectificar. Mea culpa, mea máxima culpa. A fin de cuentas, tengo la suerte de no escribir para vivir. Tampoco vivo para escribir, por mucho que me guste. Así que para qué tanto alboroto. Toda esta vorágine de actividad que implica darse a conocer no va conmigo. Como el título de un antiguo relato que escribí, me defino como un rebelde con causa. ¡Qué le vamos a hacer!

Si ya no doy abasto con lo que se publica en Facebook y otras redes sociales, con lo que se publica en las comunidades de escritores ─y sin ser muy participativo que digamos─ y en los “blogs amigos”, cada vez más numerosos, solo con imaginar lo que requeriría darme a conocer en el mundo de la ciber-cultura siguiendo las pautas anteriormente mencionadas, se me ponen los pelos de punta.

Es curioso ver cómo ha cambiado el panorama desde que decidí empezar a escribir. Al principio escribía solo como diversión. Luego vino el gusanillo de abrir un blog para dar a conocer lo que escribía, y con ello aparecieron lectores y lectoras que dejaban sus comentarios. Y luego la zozobra por ver quién dejaba ese comentario y qué decía, aunque debo añadir que, salvo en una ocasión muy desagradable, todos han sido elogiosos o, cuando menos, amables. No obstante, si mis cálculos son correctos y solo un cinco por ciento de las visitas que contabiliza mi blog de relatos deja un comentario, debería deducir que al noventa y cinco por ciento restante no les gusta lo que leen o les deja indiferentes. Y si la mayoría es la que manda, aun siendo silenciosa, esa debería ser una prueba fehaciente de cuál es, a ojos ajenos, la calidad de lo que escribo.

Entonces, si considero que la calidad de mis relatos no está a la altura de lo deseable, como para competir en un concurso, y solo a una minoría de los seguidores de mi blog le gusta los relatos que publico, debería también reconsiderar si vale la pena continuar con esta labor escritora, sobre todo teniendo en cuenta un hecho que merece de toda mi atención: que, aun habiendo mejorado en estilo narrativo, recientemente ando más bien escaso de ideas originales. Por mucho esfuerzo que pongo en la labor, el resultado final no me acaba de satisfacer. Releo escritos antiguos y me agradan más que los más recientes, y no porque hoy escriba peor, sino porque ahora las ideas no fluyen con la misma naturalidad. Si en mis inicios los relatos se agolpaban en el ordenador esperando a ser publicados, ahora debo forzar la máquina para provocar nuevas ideas. Ello, a mi juicio, va en contra de la naturalidad y la falta de naturalidad entorpece el buen gusto. Por mucho que se diga que la inspiración tiene que encontrarnos trabajando, si quiero que mi vida (literariamente hablando) sea fructífera, no debería machacar mi cerebro, sino dejarlo a su libre albedrío, a sus anchas, para que fluya de él lo que él desee.

Que conste que esta reflexión es sincera y no busca el elogio, esa actitud hipócrita de los que fingen menospreciarse para que les regalen los oídos con alabanzas, esas falsas autocríticas para provocar la respuesta que se quiere oír. De hecho, si tuviera que atenerme a los comentarios que han recibido hasta el momento mis relatos, debería sentirme muy satisfecho, pero mi percepción, en general, me crea serias dudas. Sobre todo, cuando leo a otras “plumas” mucho más bien dotadas que la mía. Hay muchos y muy buenos escritores. Y algunos incluso publican con éxito. Entonces, ¿qué hago yo metido en este berenjenal? ¿Debería prescindir de estas impresiones subjetivas y dedicarme a lo que me gusta prescindiendo de lo que puedan opinar algunos? Cierto. Pero una cosa que he descubierto desde que practico la escritura es que sí me importa la opinión ajena. ¿Qué opinaríais si, por ejemplo, obsequiaseis a diez personas, que leen habitualmente, un ejemplar del libro que acabáis de publicar y solo una os dice que le ha gustado mucho, mientras que el resto se abstiene de hacer comentario alguno? Podríais pensar que solo lo ha leído quien ha hecho ese comentario. Pero tratándose de amigos ─de lo contrario no se lo hubierais regalado─ es lógico pensar que, aunque sea por obligación, todos lo habrán, cuando menos, ojeado. Entonces ¿a qué se debe ese mutismo? La única explicación plausible para mí es que no les ha gustado y no saben qué decir. A nueve de diez no les ha gustado vuestro libro. A un 90% de vuestros lectores no les ha agradado en absoluto lo que habéis escrito. ¿Quién lleva razón? ¿Cuál es la opinión que vale, la del 10% que se ha mostrado a favor o la del 90% que, con su silencio, han mostrado su disconformidad?

Así pues, me hallo en una encrucijada. Me corroe la duda. ¿Debo forzarme a seguir escribiendo contra viento y marea o relajarme y tomarme mi tiempo hasta que recobre la inspiración perdida? ¿Debo repetir la experiencia de publicar una nueva recopilación de relatos o dejarlo correr? Quizá debería aplicarme el eslogan británico Keep calm and carry on y, siguiendo su consejo, tomármelo con calma, seguir escribiendo sin atosigarme y, de paso, probar fortuna dándole un empujoncito a esa novela en ciernes. Por lo tanto, si de ahora en adelante no publico relatos con tanta frecuencia en “Retales de una vida”, no es que esté moribundo (también literariamente hablando), sino simplemente en la “nube” (que no en las nubes), reposando, meditando y buscando la inspiración.

Quizá sea este un bajón temporal, una gripe literaria pasajera, o quizá sea fruto de un perfeccionismo mal entendido, mal practicado o mal digerido, o quizá sea un arrebato de inseguridad. Espero que, al igual que la crisis de los cuarenta, esta, si lo es, también sea breve. Sea lo que sea, el tiempo, ese que todo lo cura, tendrá la palabra. Pero, entretanto, no he podido dejar de plantearme estas interrogaciones retóricas.



jueves, 1 de febrero de 2018

El modelo de las modelos



No sé si, exceptuando a las Top Model, la profesión de modelo de pasarela está muy bien pagado o no. Lo que sí creo es que debe requerir un gran sacrificio a la hora de cumplir con el modelo a seguir. Hay un parámetro invariable, sobre el que no se puede influir, que es la estatura. Se tiene o no se tiene. Tengo entendido que la estatura mínima ronda los 1,70 m y eso no hay quien lo cambie. Pero el peso ya es otro cantar.

Según los estándares mundiales, una mujer debería tener un Índice de Masa Corporal (IMC) ─valor que resulta de dividir el peso en kilogramos por la estatura en metros al cuadrado (Kg/m2)─ de entre 20 y 25. Según el portal Models.com, una chica que desee trabajar en el mundo de la alta costura debe pesar entre 40 y 54 Kg y medir entre 1,75 y 1,82 m. Así pues, en el caso de una modelo de 54 Kg y 1,75 m, el IMC sería de 17,63, muy por debajo del normal. Y este sería el valor máximo dentro de estos rangos de peso y estatura.

Yo creía que la campaña contra las tallas pequeñas había ganado la batalla a las empresas de moda, las que fijan los estándares de estética corporal, y que hacen creer a las jóvenes que el IMC idóneo debe ser inferior a 16, un valor por debajo del cual ya nos situamos en una delgadez extrema.

Según datos recientes, el porcentaje de casos de anorexia en España asciende al 6% y va en aumento (se calcula que un 11,5% de los jóvenes tienen un elevado riesgo de padecerla), afectando ahora también al sexo masculino (aunque sigue siendo minoritario) y ampliándose la franja de edad (hasta ahora era un problema propio de la adolescencia) hasta los 29 años e incluso más. Las redes sociales han resultado ser un foco de incitación a los trastornos alimentarios con mensajes dirigidos principalmente a las jóvenes, aconsejándolas sobre cómo adelgazar e incluso disimular su delgadez ante la familia (usando, por ejemplo, ropa ancha). Por desgracia, en España, a diferencia de otros países europeos, todavía no existe un control riguroso sobre este tipo de mensajes ni legislación que sancione lo que podríamos calificar como apología de la anorexia.

La censura de la incitación a la delgadez provocada se centró hace algún tiempo en las empresas vendedoras de ropa, obligándolas, en algunos casos, a retirar los maniquíes esqueléticos que adornaban sus escaparates y a cumplir con el tallaje correcto (que el número de talla etiquetado se correspondiera con el real), y en los organizadores de las pasarelas de moda, tratando de impedir que las modelos lucieran un aspecto de exagerada delgadez, dando así una imagen distorsionada de la realidad, haciendo creer a los jóvenes que ese era el modelo a seguir para poder lucir esas prendas tan bonitas o llamativas y para estar a la moda.

Si en un principio parecía que estas medidas surtían efecto y se había vuelto a la sensatez y a la “normalidad” estética, hace tan solo unos días vi por televisión unas imágenes de las últimas dos pasarelas de moda que han tenido lugar en nuestro país, la “Madrid Fashion Week” y la “080 Barcelona Fashion”, llamándome poderosamente la atención la delgadez de algunas (no todas) de las modelos que desfilaban. Según ello, parece que hemos vuelto a las andadas.

¿Cuándo se tomarán medidas de control y de sanción ante tan perniciosas muestras de falsa belleza que, tarde o temprano, pueden provocar en los jóvenes ─y no tan jóvenes─ un trastorno alimentario grave con consecuencias, en muchos casos, funestas, si no fatales?


Controlar lo que nuestros hijos ven por internet y lo que se publica en las redes sociales es muy difícil, pero no lo es, en absoluto, inspeccionar y velar por el cumplimiento de las reglas en el mundo de la moda, haciendo que la figura de las modelos se ciña a un modelo considerado fisiológica y estéticamente normal. Del mismo modo que hay criterios de inclusión que deben cumplir las aspirantes a modelo, deben exigirse y respetarse los de exclusión, aquellos que impiden serlo, especialmente en lo referente al Índice de Masa Corporal. Hay que modificar, de una vez por todas, el modelo de las modelos, como un paso más hacia la normalización de la moda y la preservación de la salud pública.


*Imagen: Modelo del pase de Hannibal Laguna, desfilando en la pasarela de Madrid Fashion Week 2018