En la antigüedad, cuando el
descubridor de un nuevo territorio ponía su pie en él, se convertía
automáticamente en su poseedor. Durante siglos, el hombre, ávido por poseer
tierras ajenas, ha emprendido invasiones y guerras feroces para hacerse con lo
que no le pertenecía. Las incursiones vikingas, la expansión romana, la
napoleónica, la hitleriana, etc., reflejan este ánimo de poder a lo largo de
los siglos.
En la actualidad, cuando parecía que
el hombre civilizado había aprendido a convivir en paz, siguen existiendo
confrontaciones bélicas por dominar un espacio que no le corresponde al invasor,
como en el caso de Rusia e Israel para hacerse con el control de Ucrania y de
Palestina, respectivamente, y seguro que lo mismo ocurre en otros territorios
no occidentales del planeta.
Parece que el hombre no aprende de la
historia y por ello está condenado a repetirla. Así pues, estamos contemplando
como, en el plano político, se está produciendo una involución ideológica, una
regresión hacia etapas que, si bien no están olvidadas, sí pertenecen a un
pasado indeseable. Si esto progresa, pronto veremos coartadas nuestras
libertades más fundamentales y volveremos a vivir bajo un régimen dictatorial.
Pero más sorprendente es ver cómo
quien ha sido hasta ahora nuestro aliado se ha convertido en nuestro principal
enemigo, un enemigo capitaneado por un ególatra sin sentimientos, a quien solo
le mueve el afán de poder, de humillación, de revancha y, sobre todo, un deseo
irrefrenable de dominar el mundo y convertirnos en sus vasallos sin que nadie
mueva un dedo para pararle los pies. El ahora todopoderoso Donald Tump y sus
secuaces desprovistos de toda moral, se arrogan todo el poder para hacer lo que
les venga en gana, despreciando y pisoteando las leyes nacionales e
internacionales de forma unilateral, sacando pecho ante cada una de sus
bravuconadas y acciones desmedidas e inhumanas.
Por lo menos, Trump no oculta sus
deseos y planes a corto plazo. Incluso se congratula de tener a sus ahora
“enemigos” atemorizados y paralizados, y de contar con el apoyo moral de nuevos
“socios”, nostálgicos de épocas pasadas en las que el ordeno y mando estaba al
orden del día y quien se oponía a este modelo de sociedad era convenientemente
“neutralizado”.
¿Será capaz Trump de llevar a cabo sus
amenazas a Groenlandia, Cuba, Mexico, Colombia, etc, etc ? ¿Qué hará con el
gobierno de Venezuela? ¿Se convertirá este en un gobierno títere a las órdenes
de EEUU? ¿Extenderá sus amenazas al resto de países latinoamericanos que no
gozan de su simpatía y que posean algún bien (tierras raras, petróleo, oro,
diamantes, etc.) de los que quiera apoderarse por “el bien de su país”, como
alega?
Desde luego, estamos ante un futuro
muy incierto y terrible, en el que la ley del más fuerte imperará (ya lo está
haciendo) con total impunidad. ¿Qué harán Rusia y China (las otras dos
potencias dictatoriales, si excluimos a Corea del Norte) al respecto? ¿Se
opondrán a este plan expansionista de EEUU o lo emularán en otros territorios
de su conveniencia e influencia?
Estamos ahora bajo la amenaza de un peligroso depredador, y si no aparece ningún David capaz de derrotar a ese
Goliat, estamos perdidos, creando ello un temible precedente, un
comportamiento a imitar por otros países poderosos para que el mundo que
conocemos acabe en manos de unos dictadores que se han otorgado el papel de
dueños del mundo.
