Vuelvo
a traer a este blog un tema controvertido, especialmente para los defensores a
ultranza de los animales, y que pone en evidencia que quizá somos muchos los
que vivimos en constante contradicción con nuestros sentimientos. Y como antesala
a lo que voy a exponer, preguntaría si por ser amantes y defensores de los
animales debemos ser forzosamente veganos. Si la respuesta es afirmativa, yo
soy el primero en declararme culpable de esa incoherencia. Pero no voy a tratar
aquí las tendencias u opciones alimenticias, sino algo mucho más polémico, si
cabe, y que se ha reivindicado como un acto de crueldad: la experimentación
animal con fines científicos. Hace ya tiempo que el empleo de animales con esa
pretendida finalidad se ha convertido en un tema polémico, tanto en el ámbito
animalista como en el de la opinión pública.
Mi
formación científica y el haber conocido de cerca lo que representa la
investigación pre-clínica (previa al empleo de seres humanos) para el
desarrollo de nuevos medicamentos entran en contradicción frontal con mi amor y
respeto a los animales. Pero casi todo en esta vida tiene sus pros y sus
contras.
Quiero
dejar claro que esta entrada no va a favor de la industria farmacéutica en sí
misma sino de la experimentación con animales como un mal menor para la
obtención de fármacos útiles para combatir las enfermedades en el ser humano y
en los propios animales (uso veterinario).
Son
muchas y crecientes las opiniones en contra del empleo de animales para tal
fin, aduciendo que existen alternativas tanto o más válidas para la
investigación farmacológica. En mi humilde opinión, quienes aducen tal cosa no
tienen unos conocimientos científicos mínimamente sólidos y se dejan llevar exclusivamente
por un sentimiento ético (que comparto plenamente) en defensa de los animales, haciendo
uso de argumentos engañosos o inexactos. Hoy por hoy solo unos pocos ensayos
pueden llevarse a cabo in vitro con células
o tejidos celulares, por ser impracticables en la gran mayoría de estudios de
laboratorio.
Los
científicos no desean lastimar a los animales de forma gratuita, pero aún no es
posible prescindir de estos. Y para asegurar un empleo justo y necesario de
cualquier especie animal existen protocolos muy estrictos y de obligado
cumplimiento. Como ejemplo de ese interés, la Asociación Internacional para la
Evaluación y Acreditación del Cuidado de Animales de Laboratorio (AAALAC en sus
siglas en inglés), una organización no gubernamental, se encarga de promover el
trato humanitario de los animales en las actividades científicas. Y para
preservar el cumplimiento de un, llamémoslo, código ético en la investigación
biomédica, se recomienda aplicar el principio de las tres R: Reemplazar los
animales de experimentación siempre que sea posible, Reducir el número de
animales al estrictamente necesario, y Refinar, o perfeccionar, los métodos
empleados para mejorar el bienestar de estos animales. Precisamente, uno de los
miembros de la referida Asociación, el veterinario Javier Guillén, participó en
el desarrollo de la vacuna contra la leishmaniosis, algo que no habría sido
posible sin el concurso de los animales, pues el comportamiento de una vacuna
no se puede simular con un programa informático, al igual que nuestro sistema
inmunitario. Las vacunas del ébola o del zika, por ejemplo, se desarrollaron en
poco más de un año (todo un récord) gracias al uso de animales de
experimentación.
Y
hablando de vacunas, yo compararía la actitud “animalista” en este tema con el insensato
movimiento anti-vacuna. Una vez más nos encontramos frente a la relación
beneficio-riesgo, o bien ante el dilema de si el fin justifica los medios. En
este caso, excepcionalmente, estoy a favor del sí.
En
contra del empleo de animales para el estudio de nuevos medicamentos he llegado
a leer verdaderas insensateces, cuando no barbaridades, que incluso me
atrevería a calificar de populistas, simplemente por falta de formación o de información.
Quizá la peor de todas, con la intención de desacreditar la experimentación
animal demostrando que un medicamento que ha superado con éxito los ensayos
en animales puede ser tóxico en humanos, ha sido poner como ejemplo de ello a la
talidomida. Este fármaco, utilizado en los años sesenta como sedante y
antiemético (contra los vómitos) en las embarazadas durante los tres primeros
meses de gestación, se hizo tristemente famoso por producir graves
malformaciones en recién nacidos. Lo que ignoran quienes han utilizado dicho
ejemplo (porque solo puede ser ignorancia lo que les ha llevado a realizar tal afirmación)
es que ello fue debido a que en aquella época no se llevaban a cabo estudios de
teratogénesis (defectos congénitos durante el desarrollo fetal) con los
medicamentos. Precisamente fue la investigación del origen de tales
malformaciones y la implantación obligatoria de este tipo de estudios en
animales (conejas gestantes) lo que eliminó la aparición de estos efectos
nocivos con cualquier otro medicamento desarrollado con posterioridad. Supongo
que nadie en su sano juicio abogaría por haber empleado mujeres embarazadas
para comprobar si sus fetos presentaban alguna deformación congénita.
Estoy
totalmente a favor del creciente movimiento de solidaridad con los animales, la
prohibición y el castigo del maltrato animal, considerando este como una forma
gratuita de hacerles sufrir por placer, diversión o por insana crueldad. Pero
dicho movimiento, en su afán protector, se ha radicalizado hacia un activismo
desmesurado y, a mi juicio, injustificado. Deberían preguntarse cuál sería el
costo para la humanidad de no realizar la investigación médica en animales.
Contrariamente
a lo que afirman sus detractores, el conocimiento obtenido en animales es
generalmente extrapolable a los humanos. Todos los mamíferos, incluidos los
seres humanos, tienen los mismos órganos, que funcionan básicamente de la misma
forma. Las investigaciones con el corazón del cerdo han sido y siguen siendo de
mucha utilidad para conocer el funcionamiento del corazón humano. Incluso las
diferencias que puedan existir entre una especie animal y el hombre darán importantes
pistas sobre cómo evoluciona una enfermedad. El por qué un determinado tipo de
cáncer que afecta al hombre no se desarrolla en un animal o lo hace de forma
distinta puede ser la clave para abordar su tratamiento. Sería excesivamente
prolijo citar ejemplos que justifican el uso de animales de laboratorio para
prevenir y curar enfermedades en el hombre. El estudio y tratamiento de la diabetes,
de las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, el SIDA, los trasplantes de
órganos, la quimioterapia, la cirugía ortopédica, el estudio del virus del
papiloma, el descubrimiento del neurotransmisor dopamina y su papel en el
desarrollo de la enfermedad de Parkinson, el conocimiento de la estructura y
función de la cóclea y el posterior desarrollo de implantes en algunos tipos de
sordera, la manipulación genética como prevención de determinadas enfermedades,
y un largo etcétera, no hubieran sido posibles sin la intervención de distintas
especies animales.
De
momento, y muy a mi pesar como amante de los animales, estamos lejos de poder
prescindir de la experimentación animal para el descubrimiento y desarrollo de
nuevos tratamientos para enfermedades crónicas o incurables. Solo en algunos
ensayos es factible recurrir a estudios in
vitro, con el empleo de células y tejidos celulares, como es el caso del estudio de la toxicidad aguda (establecimiento
de la dosis letal) de una sustancia medicamentosa, que provoca una elevada
mortalidad de los animales de laboratorio (roedores), algo que hasta hace poco
requería el empleo de cientos de especímenes, así como en el ámbito de la
cosmética y de los productos de higiene, donde se ha prohibido su empleo aplicando
el concepto beneficio-riesgo. No es lo mismo utilizar animales para evaluar si
un medicamento, administrado de forma crónica, puede producir cáncer a largo
plazo, que utilizarlos para desarrollar un producto para el cuidado personal.
Aun así, sigue existiendo una incertidumbre sobre la idoneidad de esta medida,
pues hay estudios que conviene llevar a cabo antes de comercializar, por
ejemplo, un champú o una crema hidratante, como son la irritación ocular o el
posible efecto alérgico en la piel, respectivamente. Sin embargo, debido a la
presión de grupos animalistas, en la actualidad solo se permite el empleo de
animales si el cosmético contiene un ingrediente incluido en una lista de
sustancias químicas para las que se exige un severo control debido a su efecto
potencial sobre la salud humana o el medio ambiente (Reglamento REACH).
Desde
la antigüedad el hombre se ha servido de los animales, como sustento y como
medio de trabajo (carga, transporte, labranza). Actualmente seguimos haciendo
uso de ellos como fuente de alimento, como medio de diversión y deporte
(equitación, parques acuáticos, zoos, circos, caza, actividades taurinas y
populares) y como medio de experimentación. En estas tres facetas, en tanto no
se erradiquen, hay que evitar infligir un sufrimiento excesivo y gratuito de
los animales. Hay que evitar la explotación inhumana en condiciones
deplorables, el hacinamiento en granjas y parques zoológicos insalubres, hay
que aplicar métodos indoloros en mataderos, prohibir el maltrato físico y
psicológico en su adiestramiento ─de ahí la prohibición de utilizarlos en el
circo y en algunos parques temáticos─ y en fiestas populares, uno de los mayores
y más crueles exponentes es la mal llamada Fiesta Nacional.
Que
algunos animales de laboratorio sufren estrés, es evidente. Otros son
sacrificados mientras están en fase de gestación para comprobar si los fetos
sufren malformaciones producidas por un nuevo fármaco. Los hay que son expuestos
a una prueba de dolor para comprobar el efecto terapéutico de un analgésico. Y
así existe una larga batería de ensayos y de especies animales para evidenciar
el efecto y eficacia de distintos tipos de fármacos. Me consta que en todos
estos casos se intenta evitar un daño excesivo e injustificado al animal. No
obstante, es duro ver cómo en los animales con una mayor percepción intuitiva,
como sería el caso de los perros y de los simios, se les acostumbra a hacer el
trayecto desde sus jaulas a la sala de experimentación como si de un paseo se
tratara, evitando así el estrés que les produciría verse por primera vez en la
mesa de intervención, donde, en el peor de los casos, serán sometidos a una disección
para el estudio de sus órganos. Los perros sometidos a pruebas quirúrgicas y de
otro tipo que no acaban sacrificados son posteriormente dados en adopción,
aunque su adaptación al nuevo medio suele resultar difícil por el estrés
postraumático que padecen.
Si ya
siento pena cuando veo a mi perro lloriquear cuando le llevamos al veterinario
y sufrí lo indecible cuando padeció unas dolorosas complicaciones
post-castración, qué no sentiría si supiera que iban a experimentar con él. Mi
actitud ante este tema podría calificarse de hipócrita. Con tal que no lo hagan
con mi perro… En parte puede ser cierto. Ojos que no ven… Es como cuando uno
paladea ese foie tan rico y no piensa (o no quiere pensar) en lo que les hacen
a las pobres ocas. Pero, planteándolo fríamente y volviendo al tema que aquí me
ocupa, sigo pensando que, por duro que resulte, es preferible sacrificar la
vida de un animal que poner en riesgo la de un ser humano. Si con miles de
animales sacrificados salvamos la vida o curamos una enfermedad a millones de personas,
creo que está claro hacia dónde se decanta el fiel de la balanza. Y no querer
aceptarlo es, en el mejor de los casos, una ingenuidad.
Los
animales todavía siguen dándonos alimento y dan su vida a cambio de preservar la
nuestra. Lo único a objetar sería que ambas cosas las hacen sin tener
conocimiento de ello. Pero, si excluimos los hábitos alimenticios del hombre
─hay muchos países que incluyen en su dieta animales que en otras latitudes son
consideradas macotas, como el conejo en los Estados Unidos, y en otros comen carne
de perro, como en Suiza y algunos países asiáticos─, su empleo como animales de
experimentación se hace con el único fin de proteger a la humanidad frente a
enfermedades y no como una forma de ocio. Me parece mucho más justificable
acabar con la vida de un ratón, de un gato, de un perro, de un simio o de un
cerdo para el bien de la sociedad que con la de un toro, por muy bravo que sea,
para divertimento del público y lucimiento de un “espada”.