lunes, 15 de junio de 2015

Quiero ser Boy Scout (II)



Desde el primer día que se presentó en el cau, el comportamiento de mi primo Antoñito fue más bien chulesco, buscando protagonismo, intentando dominar a los demás y enfadándose si no lograba sus propósitos. El grupo entero le miraba con mala cara, sin que él se diera por aludido, y me miraban con cara de hastío y de interrogación que yo intuía que debía ir en la línea de “¿Quién se ha creído que es ese tío y qué hace aquí?” o peor aún “¿Por qué coño lo has traído con lo bien que estábamos?”

Y de este modo, Antoñito se estrenó como Boy Scout y su primera hazaña tuvo lugar ya en nuestra primera salida con él en el grupo y precisamente en una ocasión en la que íbamos a practicar vivac.

Al principio, debo reconocer que todo se desarrollaba con una cierta normalidad, teniendo en cuenta su carácter, pues sus salidas de tono no eran demasiado  alarmantes. Por lo menos tuvo el detalle de no cortarle la cola a ningún animal de cuatro patas y sus modales, aunque rudos, no resultaban fuera de lugar o demasiado llamativos. Lo peor estaba por venir y como Míster Hyde actuaba de noche, él no podía ser menos.

Cuando llegamos al lugar elegido para la acampada, como el cielo estaba muy encapotado y amenazaba lluvia, Antón nos mandó a por troncos y ramaje para construir una cabaña como refugio para esa noche. Así pues, nos desperdigamos en busca de ramas y pequeños troncos secos que suelen abundar en los bosques. Así, uno a uno, íbamos depositando nuestra aportación a medida que encontrábamos algo útil para ese menester y después de unos cuantos viajes ya habíamos recogido suficiente material para construir un refugio lo suficientemente amplio y seguro para protegernos a todos de las posibles inclemencias meteorológicas. Pero de pronto nos percatamos de que el grupo estaba incompleto. Faltaba Antoñito y, para mayor preocupación, también nos dimos cuenta de que no le habíamos visto el pelo en todo el tiempo en que habíamos estado trajinando sin parar. Mi corazón me dio un vuelco pues enseguida pensé en lo peor, pero no sabía qué era exactamente lo peor, que mi primo se hubiera perdido en el bosque y no le volviéramos a ver nunca más o que estuviera haciendo algo de lo que me arrepentiría el resto de mis días. Tan pronto como acabé de pensar en estas dos posibilidades, descarté la primera; mi primo podía extraviarse como cualquiera pero de ser así sus gritos se hubieran oído a kilómetros de distancia. Por lo tanto, sólo me quedaba la posibilidad del arrepentimiento de por vida.

Al cabo de un rato de llamarle a gritos, oímos ruido de pasos y de ramas, acompañado de un sonido parecido al que emiten las hienas y que no era más que la risa contenida de mi primo que, eufórico por su proeza, ya se relamía imaginándose la cara que íbamos a poner cuando le viéramos llegar con el trofeo en sus manos. Y no se equivocó al pensar que nuestras caras iban a mostrar la gran sorpresa que él esperaba. No pude ver, gracias a la oscuridad reinante, las caras de mis compañeros pero la mía debía ser un poema del espanto que me produjo ver aparecer a mi primo cargado hasta lo indecible de pinos, pinos muy jóvenes que acababa de cortar con su machete.

-¡Mirad lo que traigo!. Vamos a poder construir una cabaña muy chula ¿a que sí?

Supongo que al contemplar nuestros semblantes y ver que no compartíamos su euforia, debió entender que algo iba mal porque simplemente dijo:

-Pero qué os pasa, tíos, ¿es que no habéis visto lo que traigo o qué?

Sentí unas ganas tremendas de arrojarme a su cuello y estrangularlo allí mismo, sentimiento que supongo compartíamos todos los allí presentes pero que quedó truncado por la habitual sensatez de Antón quien, con voz grave y autoritaria, le contestó:

-Deja ahora mismo esos pinos, que tenemos que hablar.

Antoñito, parecía no salir de su asombro pues seguía sin entender la gravedad de lo que había hecho ni que, en lugar de saltar de alegría y deshacernos en elogios, le miráramos con cara de pocos amigos.

-¿Se puede saber qué has hecho? ¿De dónde has sacado esos pinos? – Era pura retórica pues ya sabíamos todos cuál iba a ser la respuesta.
-Pues, ¿de dónde va a ser? Por ahí cerca hay un pinar lleno de pinos pequeños como éstos.

Antón, controlando su enfado, intentó, en vano, hacerle entender que lo que había hecho era ilegal pues esos pinos eran de propiedad privada, como era de propiedad privada el campo dónde estábamos acampados, y que por lo tanto sólo cabía pensar en dos posibilidades: que nos marcháramos de inmediato abandonando allí mismo el cuerpo del delito o que nos quedáramos a pernoctar hasta el amanecer, pero si optábamos por la segunda nos arriesgábamos a que el propietario descubriera el delito forestal y nos despertara a garrotazo limpio rompiéndonos una costilla por cada árbol cortado o nos llevara al cuartelillo de la Guardia Civil más próximo para presentar denuncia y tener que abonar una multa que nuestros padres nos recordarían hasta el juicio final.

Así pues, optamos por la salida menos peligrosa y sin haber siquiera cenado pusimos tierra de por medio en menos que canta un gallo. Además, para sentirnos totalmente a salvo tuvimos que andar más de una hora y estar, de este modo, fuera del alcance de la vista y de la ira de nuestro posible agresor. El tiempo, por si fuera poco, se puso en contra nuestra pues tan pronto nos hubimos asentado de nuevo empezó a llover y no paró en toda la noche. Arrebujado en mi saco de dormir estilo momia, no dejaba de torturarme por haber permitido, indirectamente, que sucediera lo que ya anticipé tan pronto como mi madre me obligó a que Antoñito formara parte de nuestra agrupación y, dándole vueltas a la imaginación temiendo que las andanzas de mi primo sólo acabaran de empezar, me quedé profundamente dormido.

-Lo siento pero esto no tiene disculpa. Si no sabes comportarte como Dios manda, no puedes quedarte. Ya te dije que estarías a prueba y no la has superado, así que sintiéndolo mucho…-Esas fueron las palabras de Antón tan pronto como llegamos al cau, palabras que quedaron interrumpidas por la atronadora voz de mi primo.
-¿Qué quieres decir, que me echas? ¿Y si no me da la gana, eh? ¿Quién te has creído que eres? Lo que pasa es que me tenéis manía, eso es.
-Pues sí, te echo, así de claro, y puedo hacerlo porque soy el jefe de patrulla y por eso soy responsable de vuestro comportamiento y tú te has comportado muy mal, no sabes respetar a tus compañeros ni a la naturaleza y un Boy Scout debe dar ejemplo de buena conducta. Así que no sirves para esto, me sabe mal decirlo pero es así. Además, todo el cau sabe cómo eres. O sea que de manía nada de nada.
-Pues ahí os quedáis con vuestras chorradas de niños panolis.

Y dicho esto salió dando un portazo. Ese fue el fin de Antoñito como explorador. Ahora quedaba la reacción de mi madre, esperando que no se presentara ante Antón para pedirle explicaciones. En este caso, por lo menos, yo no había tenido nada qué ver. Lo ocurrido con mi primo se lo había ganado a pulso.

Mi madre no puso, afortunadamente, el grito en el cielo y se limitó a lamentarse de cómo se había comportado su sobrino achacándolo todo, como siempre, a la falta de atención y cariño.

-No sé qué vamos a hacer con Antoñito, con lo buen chico que es, pero es que las compañías… ¿No podrían darle otra oportunidad?
-No mamá, lo ha decidido el jefe de la agrupación y no se puede hacer nada. –Dije con rotundidad.

Mentí como un bellaco pero daba igual. Aunque mi madre se enterara, sólo se trataba de una exageración que en nada comprometía a nadie y, aunque así fuera, el fin justificaba los medios, me dije. Además, ya no había marcha atrás, dijera lo que dijera mi primo, que seguramente le contaría a mi madre muchos más embustes que el que yo acababa de decir.

Pero no pasó nada y las aguas volvieron a su cauce y Antoñito salió de mi vida sin ningún estruendo. Creo que quedó resentido conmigo por no haberle defendido pero si ante las injusticias me costaba rebelarme, cómo iba a mover un dedo para defender lo indefendible cuando, además, su expulsión era para mí como el maná caído del cielo.

Pero de igual manera de cómo después de la tormenta viene la calma, tras casi dos años de calma me asaltó una tormenta interna.
 

4 comentarios:

  1. Y esa tormenta interna ¿por qué?, ¿te remordía la conciencia?, no creo que hicieras nada que no hubiera hecho cualquier niño, incluso grande, pues menuda pieza tu primo, jajaja.
    Muy entretenida tu historia y como siempre estupendamente relatada.
    El niño de la foto eres tú supongo, pues te pareces muchísimo. Me encanta con la toalla en el cuello, jajaja.
    Un abrazo.

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    1. La tormenta, querida Elda, aun está por venir. En el siguiente y último capítulo, lo sabrás.
      Sí, el niño de la foto soy yo en esa época como Boy Scout, en una acampada libre. Tendría unos 11 o 12 años.
      Muchas gracias por venir.
      Un abrazo.

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  2. Lamentablemente, siempre hubo, hay y habra, personas asi, inmerecedoras de estar entre gente civilizada. El problema largo de esplicar, tiene muchos culpables, quiza tu primo solo sea victima.

    Mis saludos, Josep

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    1. Efectivamente, todos somos, en un momento u otro, víctimas de nuestro entorno. Yo fui víctima de sus actos (no solo en este acontecimiento sino en muchos más, él era el dominante y yo el sumiso) y él de la situación familiar-socio-económica-cultural-etc. en la que le tocó vivir.
      Muchas gracias, mcfpalomo, por venir a leerme y dejar tu comentario.
      Saludos.

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