viernes, 17 de enero de 2020

Izquierdista rico, izquierdista pobre



Hoy traigo un tema que, aunque pueda parecer político, me inclino a pensar que es social, aunque ambas cosas suelen ir de la mano.
Desde tiempo inmemorial, nuestra sociedad ha tenido una gran tendencia a los tópicos, de modo que todavía existen muchos en vigor: el azul es para niños y el rosa para niñas, las mujeres conducen peor que los hombres, todos los hombres son iguales, los catalanes son unos tacaños, los aragoneses unos cabezones y los vascos unos brutos. Y así un sinfín de tópicos típicos en cualquier ámbito: social, económico, religioso, político, sexual, etc.
El que aquí me ocupa sería el que da por sentado que los que son de izquierdas tienen que ser forzosamente de un estrato humilde, de otro modo no son izquierdistas de verdad. Pero los tiempos cambian. Años ha, se podía inferir que entre la clase obrera había una gran mayoría comunista y de izquierdas. Ahora se ha visto que ya no. Del mismo modo, no veo por qué alguien que se ha hecho un hueco en la sociedad estudiando y/o trabajando duro y ha tenido la suerte de ver recompensados sus esfuerzos con un buen salario y ello le ha proporcionado un elevado estatus socio-económico, no puede seguir con sus ideas a favor de la clase trabajadora.
Entre la clase alta y media-alta era típico oír aquello de “claro, piensa así porque no tiene ni un duro”, o “ya verás tú cómo se le van esas ideas en cuando tenga dinero”. De ello se deducía que solo se podía ser de izquierdas si se pertenecía a un sustrato económico bajo.
De joven yo también lo creía. Ahora hemos visto que no es del todo cierto y cómo ciudadanos que incluso viven en la precariedad han votado a la extrema derecha, luego este razonamiento se ha ido al garete. ¿Habrá sido siempre así y yo no me había enterado? Creo que no. Más bien creo que ello ha sido motivado por el enfado y/o la desesperación.
Entonces, si los más necesitados no siempre se apuntan a la izquierda, por desconfianza, rebeldía o desconocimiento, ¿por qué debemos pensar que los votantes de izquierdas no pueden llevar una vida propia de la sociedad del bienestar?  La sociedad actual es mucho más compleja que antaño.
Si no existe una línea divisoria entre los dos bloques antagónicos formados por proletarios de izquierdas y capitalistas de derechas, ¿por qué se critica a quien, siendo de izquierdas, adquiere una propiedad valorada en cientos de miles de euros? Puede parecer inadecuada la imagen de ostentación que de ello pueda dar, algo reñido con quien se supone tiene que dar ejemplo de austeridad. Pero ¿no será esto otro tópico o prejuicio? Si esa propiedad se adquiere con un dinero ganado honradamente y, como la gran mayoría de españoles, con una hipoteca a muchos años, ¿qué mal hay en ello? Lo que considero inapropiado es que alguien critique a quien hace lo mismo por el mero hecho de ser de la oposición, sea de derechas o de izquierdas. O todos moros o todos cristianos.
Estoy convencido de que se puede tener unos buenos ingresos y vivir acomodadamente y estar a favor de que el Estado garantice el acceso de todos los ciudadanos a la sanidad, la educación y a una vivienda y salario dignos; que asegure los derechos de los trabajadores, inmigrantes, ancianos y de los más desfavorecidos; que tome medidas para que se respete el medio ambiente, promoviendo otro tipo de energías alternativas más respetuosas con el clima y el medio que nos rodea; que asegure que el aborto y la eutanasia sean legales; que luche contra la pobreza, que asegure las pensiones de jubilación; que defienda la igualdad de oportunidades y de género; que luche contra la violencia de género; que abogue por un Estado laico y aconfesional; que salvaguarde el pacifismo y mantenga una postura firme e intransigente ante las dictaduras y mandatarios belicistas y autoritarios; que luche contra el fraude y la corrupción; que haga que pague más el que más tiene; y, sobre todo, que asegure que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley.
En este sentido, reproduzco a continuación un texto que comparto plenamente y que leí en el blog “Diario de un interino”, cuyo autor no he podido descubrir: https://diariodeuninterino.wordpress.com/2018/05/20/se-puede-ser-de-izquierdas-y-tener-dinero/ :
«Hay gente que tiene mucho dinero y es “de izquierdas”. Las personas que nos consideramos “de izquierdas” no queremos la pobreza universal, ni la muerte de los ricos, ni vamos regalando los ahorros y posesiones que podamos tener, ni expropiando las de los demás. Las personas que nos consideramos “de izquierdas” lo que queremos es una sociedad más justa, en la que servicios como la educación pública, la sanidad, las pensiones y la dependencia, sean los pilares de eso que se llama el estado del bienestar. Queremos una sociedad sin grandes desigualdades, no que todos nos igualemos por abajo. Queremos que no haya pobreza, ni miseria, ni gente que no llega a final de mes aun trabajando de sol a sol. Queremos que todo el mundo pueda recibir una buena educación, tener acceso a la sanidad, jubilarse sin pasar penalidades o recibir ayuda cuando se tenga un problema de salud, sin depender de la capacidad adquisitiva. Queremos justicia e igualdad. Que no se muera nadie o sufra enfermedades por no tener suficientes recursos económicos.»
Y yo me pregunto si, aparte de los que amasan su riqueza explotando a los trabajadores y los que viven del fraude y del chanchullo, puede haber alguien que, por mucho dinero que tenga, esté en contra de alguno de estos principios. ¿O acaso en eso, como en otras cosas, también soy una excepción?[i]




[i] Aclaración del autor: No soy rico, pero tengo la gran suerte de poder llevar una vida acomodada, considerándome más bien de clase media-alta.

viernes, 10 de enero de 2020

Con o sin



Se dice —y yo lo comparto— que más vale solo que mal acompañado. Pero, en general, la compañía puede no solo ser agradable sino necesaria, quedando la decisión en manos de cada uno.

Creo que esta es la primera vez que traigo aquí un tema hasta cierto punto baladí. Siempre hay una primera vez para todo y me he permitido ser intrascendente por un momento. Quizá sea la secuela de las fiestas navideñas, en las que uno se vuelve niño. Y de este modo, como si de un juego se tratara, se me han ocurrido unas cuantas situaciones en las que, en más de una ocasión, ha surgido la polémica entre los amantes del “con” y del “sin”, a saber:

-        Tortilla de patatas con o sin cebolla
-        Roscón de Reyes con o sin relleno
-        Café solo o con leche
-        Pan con tomate o sin tomate
-        Flan solo o con nata
-        Agua con o sin gas
-        Whisky con o sin hielo
-        Leer con música o en silencio
-        Vivir con pareja o sin pareja
-        Beso con o sin lengua
-        Parto con dolor o sin dolor
-        Currículum vitae con o sin foto
-        Con o sin ropa interior
-        Con almohada o sin almohada
-        Con zapatos o descalzo
-        Manzana con piel o pelada
-        Amor con sexo o sin sexo

Y así una retahíla de hechos, prácticas y situaciones en las que el “con” y el “sin” tienen, para muchos, su razón de ser. Desde luego que hay muchas más. Las dejo a vuestra elección, pero ¿hay alguna en concreto que echéis en falta?


viernes, 3 de enero de 2020

La década prodigiosa



No sé si la segunda década de este siglo será prodigiosa, pero lo que sí es realmente prodigioso para mí, por lo extraordinario del caso, es que todavía haya quien no se ha enterado de que no empieza hasta el año 2021 y dura hasta el 2030.

¿A qué viene esta tontería? Pues a que son muchos los que van diciendo por ahí que acabamos de estrenar una nueva década. Deben ser los mismos que se empecinaban en que en el año 2000 daba comienzo el siglo XXI en lugar de en el 2001. Todo por un simple cambio de número.

Y es que, aunque sea algo elemental, parece que algunos no saben o no tienen en cuenta que no existió el año cero —de igual modo que no existe el siglo 0, ni el mes 0 ni el día 0 — y que, por lo tanto, el siglo I abarcó desde el año uno hasta el cien, con la primera década comprendida entre el primer y décimo año del calendario gregoriano —por su promotor, el Papa Gregorio XII—, el cual empezó a aplicarse en occidente a finales del siglo XVI.

De este modo, aunque la cifra de las decenas cambie, en el 2020 no se inicia ninguna década, sino que la finaliza. Todo esto debería ser una perogrullada, pero hace tan solo unos días que se debatía en una emisora de radio si habíamos o no empezado la década de los años veinte. Pero este no es un ejemplo aislado, pues continuamente oigo y veo cómo son muchos los medios orales y escritos que siguen confundiendo el concepto de siglo y de década. Es por ello que celebran su comienzo cuando no corresponde.

Que siga habiendo tal ignorancia me parece un despropósito o, como decía al principio, un verdadero prodigio, pero no por lo maravilloso, sino, insisto, por lo extraordinario. Solo es cuestión de saber contar, digo yo.

Así pues, feliz principio de año y final de década.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Eficiencia con efectos secundarios


Durante una de tantas sobremesas de estas comidas navideñas, una de las invitadas se quejaba de lo que yo he llamado la “eficacia con efectos secundarios”, algo que yo también viví en carne propia en más de una ocasión, hace ya bastantes años, hasta que no ocupé un puesto de mando.

Mi mujer, mis hijas y mi cuñado también la han sufrido. Por lo tanto, se trata de algo muy presente en muchas Empresas, del tipo que sea.


El problema reside en que cuando alguien es eficiente, se le carga de trabajo, mientras que al ineficiente, inútil o vago, se le premia aligerándole de responsabilidades.

Alguien del departamento de Recursos Humanos de alguno de los Laboratorios Farmacéuticos en los que he trabajado —no puedo ser más conciso, pues la memoria ya me empieza a fallar— me dijo que hay cuatro actitudes que una Empresa debe tomar ante los distintos comportamientos de un empleado:

-       Si quiere y puede: Hay que promocionarle
-       Si quiere y no puede: Hay que formarle
-       Si no quiere y puede: Hay que incentivarlo
-       Si no quiere y no puede: Hay que despedirlo

Quizá hoy día las Empresas no tienen tantos miramientos y no gastan dinero, tiempo y esfuerzo en formar o incentivar a sus empleados. Quien vale, vale, y quien no, a la calle. Pero también hay las que no controlan, o por lo menos no lo suficientemente bien, el desempeño de sus trabajadores, dejando en manos inexpertas o indolentes dicha evaluación.

Generalmente, la reacción del jefe o superior jerárquico es la de buscar el camino más corto y cómodo ante un empleado díscolo, remolón o lento, derivando la tarea a uno más eficiente. De este modo, la carga de trabajo que asume quien es eficiente va en aumento hasta llegar, algunas veces, a límites insoportables. Este es el efecto secundario a corto plazo, mientras que a largo plazo puede derivar en estrés y ansiedad. Y lo que es todavía peor, no se hacen distingos en sus respectivas hojas de salario. ¿Qué incentivo recibe el buen trabajador frente al negligente? Y ¿qué correctivo recibe este último?

Me gustaría saber si actualmente el control de la actitud y aptitud de los empleados es algo prioritario en las empresas o bien lo único que interesa son los resultados, sin importar en quién recae el esfuerzo para que estos sean los deseados.

La falta de reconocimiento es uno de los defectos empresariales que el trabajador tiene que soportar. La injusticia laboral queda muchas veces sin respuesta por parte de los trabajadores, pues lo único que estos desean es conservar su puesto de trabajo. Es una lástima que muchas Empresas no tengan en cuenta que la mejor inversión que puede hacer y su mejor activo reside en sus empleados, estimulando la productividad con un reconocimiento profesional y salarial.


domingo, 22 de diciembre de 2019

El cuidado de la salud



Cada vez somos más conscientes de la importancia de llevar una vida sana. Sea por querer estar sanos o por la cada vez mayor eficacia de los medicamentos y de los tratamientos saludables, la esperanza de vida en España en este año que abandonamos es de 85,9 años en las mujeres y de 80,5 años en los hombres, con una media, por lo tanto, de 83,2 años. En el año 2000 esta media era de 78,9 años y se estima que en 2040 alcanzará los 85,8 años, que se estima será la cifra más alta de Europa.

Será por el buen comer (los que pueden hacerlo) y la dieta mediterránea, pero también influye, creo yo, las ganas de vivir y de conservarse en buenas condiciones físicas. Por supuesto que la genética también juega un papel importante. Pero mientras la longevidad adquirida genéticamente es algo que no podemos controlar, la adquirida gracias a nuestra preocupación y cuidados personales sí.

Quien más quien menos, todos tenemos, al llegar a una cierta edad, algún que otro achaque. Colesterol, triglicéridos, glucemia, tensión arterial, etcétera, son algunos de los parámetros biológicos que debemos controlar con frecuencia. De este modo, tenemos que evitar o reducir el consumo de grasas, azúcares, café y una retahíla que alimentos que no solo nos gustan, sino que nos encantan. Un buen asado, una pieza de chocolate o de tarta, una copa de licor… Dicen que todo lo bueno, o mata o es pecado. Hace tiempo que dejó de importarme pecar, pero sí quiero vivir muchos años y en buenas condiciones físicas y mentales.

Cuántos, al acercarse el verano, se ponen a dieta (sobre todo las mujeres) o van al gimnasio para lucir tipo y abdominales (sobre todo los hombres). ¿Por qué no hacen lo mismo durante todo el año? ¿Por pereza o porque no necesitan lucir tipo? Yo soy de los primeros. Nunca he ido a un gimnasio ni he practicado deporte alguno. Cuando un día, alertado por un artículo médico, comprobé que, a pesar de tener un índice de masa corporal (IMC) adecuado, mi perímetro abdominal estaba algo por encima del valor máximo saludable para el hombre (102 cm) según la Organización Mundial de la Salud (OMS) —parámetro que indica el riesgo de sufrir eventos cardiovasculares—, me puse manos a la obra. Empecé a seguir estrictamente las recomendaciones para una alimentación saludable y hacer ejercicio andando una hora diaria o diez mil pasos (hoy día cualquier smartphone tiene una aplicación para calcularlo). Llevo varios años siguiendo estos consejos y lo único que he conseguido es no ganar peso, pero la dichosa cintura se niega a reducirse. Visto lo visto, no me ha quedado más remedio que, por lo menos, intensificar mi vigilancia en lo que como.

Pero, al parecer, no lo he hecho del todo bien y lo sé. El análisis de sangre que me hicieron hace tan solo unos días reveló un nivel de glucosa un poco por encima del valor máximo recomendado. La culpable de ello ha sido una caja de bombones que cada noche, después de cenar, me decía ven y ábreme. Y yo, que soy muy obediente, iba y la abría. Y una vez abierta, pues ya que estamos, me llevaba a la boca una de esas delicias bomboneras. Pero es que, una vez probada una, no podía resistir la tentación de probar otra, y otra. Y así tres al día durante un mes aproximadamente. No tengo, pues, derecho a quejarme. Toda casusa tiene su efecto y quien siembra vientos recoge tempestades.

Y ahora estamos en esas fechas tan proclives a los excesos de todo tipo, sobre todo económicos y gastronómicos. Y todos pensamos: bueno, luego me pongo a dieta y ya está. ¿Es así realmente? ¿O quizá ocurre lo mismo que con los buenos propósitos para el próximo año? ¿Es un propósito definitivo o temporal? Del mismo modo que en estas fechas sentimos la necesidad de ser buenos —siguiendo lo que los mensajes publicitarios nos transmiten—, y luego, cuando regresamos a la vida cotidiana, todo se olvida y volvemos a ser los mismos de siempre —algunos tanto o más buenos, otros tanto o más cabrones—, la mayoría de la gente también abandona los propósitos de llevar una vida sana.

No debemos dejar la responsabilidad de cuidar nuestra salud a los medicamentos. Tenemos que poner de nuestra parte, controlando nuestros hábitos, evitando los malos e intensificando los buenos.

Vamos a permitirnos saltarnos esta regla por unos días, sino no sería Navidad, pero volvamos al redil lo antes posible, no sea que nuestro sistema digestivo se resienta más de la cuenta y nuestro perímetro abdominal se salte en exceso la línea roja y no quiera volver a la normalidad.

Que disfrutéis de estas fiestas navideñas, que seáis buenos de verdad y que entréis en el nuevo año con el pie derecho.

¡Hasta el 2020!

Un fuerte abrazo.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Viernes negro



Todos sabemos lo que es el Black Friday. Nos lo recuerdan constantemente los grandes comercios y la sociedad en general. Un día que parece festivo sin serlo.

He ahondado un poco sobre el origen de esta expresión. Parece ser que, en contra de la creencia popular, no tiene nada que ver con un día de rebajas en el precio de los esclavos negros. Según las distintas fuentes consultadas, tiene —como siempre ocurre en estos casos— varias versiones más plausibles y sobre todo menos desagradables. Una se refiere al denso tráfico de personas y vehículos que se originaba en las calles de Filadelfia —lugar de origen de esta expresión— el día siguiente al de Acción de Gracias —que siempre es el cuarto jueves de noviembre—. El empleo de este término empezó a utilizarse por los agentes de tráfico a principios de los años sesenta, extendiéndose al resto de los estados de la unión a mediados de los setenta. Más tarde apareció otra explicación alternativa, en la que el término “negro” hacía referencia a las cuentas de los comercios, que en esas fechas pasaban de los números rojos al negro gracias a las elevadas ventas que se registraban. Sea como sea, desde entonces, los comerciantes utilizan ese día para ofrecer atractivas rebajas a los compradores, aprovechando la cercanía de las fechas navideñas.

Nuestro país, ávido por integrar a nuestros hábitos todo tipo de tradiciones extranjeras que supongan un beneficio económico —véase el famoso Halloween, que la mayoría de seguidores no tiene ni idea de lo que significa—, ha absorbido también esa costumbre que no niego que tiene un gran atractivo para el ciudadano de a pie. Hasta ahora conocíamos y esperábamos las rebajas de verano —en julio— y de invierno —en enero— como las únicas permitidas, pero desde hace ya algún tiempo se les ha añadido otras más a lo largo del año.

Pero no es solo eso de lo que quiero escribir. Ya sabéis que me gusta andarme un poco por las ramas antes de entrar en materia, sobre todo cuando la materia no necesita de muchas palabras.

¿Qué quiero decir de este viernes negro? Pues que es una más de las formas de alentar el consumismo a las que ya nos tienen acostumbrados. Nos ametrallan sin piedad, día sí y día también, con fascinantes mensajes, con atractivas e irresistibles ofertas que no podemos rechazar, so pena de ser unos mentecatos que no saben aprovechar las grandes oportunidades. Cierto es que hay ofertas que valen la pena y no voy a entrar en valorar la calidad de los artículos rebajados, algo que ya comenté tiempo atrás al tratar de las rebajas en general. Hay productos que realmente se ofrecen a un precio muy interesante y tampoco voy a entrar a valorar el elevado margen de beneficio que todavía les queda a los grandes comercios.

A esto debemos añadir las horas extras que deben trabajar los empleados, no solo ese viernes negro sino incluso en días que deberían ser festivos. No sé si la remuneración extra vale suficientemente la pena, si trabajan voluntariamente u obligados por las circunstancias, pues ya se sabe que negarse puede significar entrar en la lista negra. Y ¿qué les ocurre a los pequeños comerciantes? Pues que tienen que secundar esas rebajas si quieren competir con las grandes superficies, aunque después resulte que nos les ha salido a cuenta.

Y finalmente, lo que no soporto del Black Friday es el trato al que estamos sometidos, como ovejas en el corral. Empiezan a torpedearnos dos semanas antes  —calculo haber recibido cientos de mails de distintas firmas— y luego, cuando creemos que ya ha terminado ese suplicio, hay establecimientos que siguen con una especie de secuela unos días más hasta volvernos a impresionar con el Cyber Monday, también originario de los EEUU y vinculado al día de Acción de Gracias. Si seguimos así, acabaremos adoptando también esta celebración. Habrá que irle buscando una justificación.

martes, 3 de diciembre de 2019

La maté porque era mía




Siguiendo la sugerencia de nuestra compañera de letras, Estrella Amaranto, autora del Blog Literario Amaranto (https://seraseras.blogspot.com/), voy a dedicar esta nueva entrada a un tema terriblemente duro y complejo. No tengo conocimientos de psiquiatría ni de psicología. Solo soy un mero observador que, horrorizado, ve cómo en lo que va de año han perecido cincuenta y dos mujeres a manos de su pareja (quizá cuando leáis esto, la cifra sea desgraciadamente mayor), dejando cuarenta y tres huérfanos. Y lo peor de todo es que parece que no hay forma humana de parar esta violencia de género, dando la impresión de que todavía vivimos en la Edad Media y no en el siglo XXI.

El amor es algo difícil de definir y tiene muchas formas de expresión, pero nunca podré entender cómo un supuesto amor puede derivar en violencia, hasta el punto de acabar con una vida humana, la de la persona a quien se dice amar. En estos casos el amor pasional se transforma en crimen pasional. Quizá sería mejor no amar tanto y respetar la vida de la supuesta amada.

¿Son unos enfermos los maltratadores? ¿Están enfermos los violadores? Sea como sea, lo que sí está claro es que estos individuos, aunque se sometan a tratamiento o bien sean encarcelados, no se rehabilitan. ¿habrá un gen dominante que les haga comportarse violentamente o es una cuestión de educación?

Al principio decía que este era un tema complejo, pues parece que hay varios diagnósticos y todos inciertos. Muchos maltratadores son hijos de maltratadores, que han visto en casa y probado en sus propias carnes la violencia física. Del mismo modo, muchos abusadores sexuales han sido objeto de abusos de niño. ¿Se transfiere la violencia? ¿Cómo alguien que ha sufrido maltratos puede, a su vez, maltratar? Pero eso solo sucede mayoritariamente en los hombres. No se da en las mujeres. No he sabido de mujeres maltratadas que maltratan a sus hijos. Y si las hay, son una excepción. Ello sugiere, pues, que el maltrato tiene género masculino, es una manifestación puramente machista. Y el machismo se hereda con el ejemplo. Un adolescente machista seguro que tiene un padre machista. ¿Cómo podemos acabar con esta lacra? Yo diría que con la educación. Pero, entonces, si tanto han evolucionado nuestras escuelas, ¿cómo se entiende que hoy día haya adolescentes con claros signos de machismo? Quizá es que el ejemplo familiar puede más que las enseñanzas educativas.

A tenor de lo expuesto, parece, pues, que la única solución a corto plazo sea la mano dura, el castigo ejemplar, penas de cárcel durísimas. Las mujeres cada vez denuncian más —aunque muchas todavía no se atreven por temor—, pero siguen sin recibir la protección necesaria, o bien el maltratador no se amedrenta ante el castigo que se aplica a sus semejantes. Cuántas veces hemos sabido de mujeres asesinadas por su pareja, que tenía una orden de alejamiento que ha desobedecido. Puede más el odio que el temor a la represalia. Si se aplicaran medidas más propias de muchos siglos atrás, como la mutilación genital en los violadores y cercenar el brazo derecho al maltratador, creo que seguiríamos viendo a mujeres sobre un charco de sangre. ¿Cómo se puede, pues, acabar con esta lacra? ¿Medidas coercitivas, actuación policial y judicial rigurosas, tratamiento psicológico, educación en la escuela, campañas de concienciación…? Siento decir que no tengo la respuesta.

Y, por último, otro interrogante: ¿Acaso antes ocurrían los mismos maltratos que ahora y no se difundían o bien estamos ante una verdadera escalada de violencia de género? Si se trata de lo segundo, ¿qué ha cambiado o qué hemos hecho para merecer esto?

Creo que es la primera vez que publico una entrada sin aportar mi opinión personal. Simplemente porque, aparte de despreciar la violencia contra las mujeres —y la violencia en general—, no conozco la receta para acabar con esta epidemia social. ¿Llegaremos a borrar de nuestra sociedad todo rastro de esta “enfermedad”? Ojalá existiera una vacuna.