martes, 22 de mayo de 2018

La letra con sangre entra

Este post se publicó ayer en "Tertulia de Escritores" respondiendo a la invitación de su administradora, Lola O. Rubio. Como no veo ningún inconveniente en compartirlo también en este blog, siendo yo el autor del texto, aquí os dejo mi análisis sobre un estilo educativo que los que ya peinamos canas hemos tenido la oportunidad de conocer y sufrir.





Este famoso aforismo se le adjudica a Domingo Faustino Sarmiento, presidente de Argentina entre 1868 y1874, pedagogo, filósofo y docente, y que, al parecer, nació a raíz de un artículo que escribió sobre el efecto a largo plazo resultante de azotar a los niños en su cociente intelectual.

Esta creencia en la dureza en el trato a los estudiantes para favorecer su rendimiento escolar, tuvo uno de sus más entusiastas seguidores en el sistema de enseñanza inglés, sobre todo hacia finales de la época victoriana, en la que la rigidez disciplinaria era la base en la que se sustentaba su sistema educativo eminentemente tradicionalista. Colegios y residencias privadas hacían gala de dicha severidad y, a la par, del alto nivel de preparación con la que se graduaban sus alumnos. Internados y escuelas de élite prodigaban el castigo y un rigor casi militar para formar a sus alumnos, con el beneplácito de los padres y de la sociedad en general.

En nuestro país, en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, era práctica habitual que en los colegios, sobre todo religiosos, se aplicara mano dura con los alumnos, no solo para formarlos como buenos cristianos y ciudadanos sino también para mejorar su actitud en el estudio y aprendizaje. Golpear con una regla o tablilla de madera la palma de la mano o las yemas de los dedos, método este más doloroso, lanzar el borrador e incluso una vara a modo de proyectil (mi profesor de latín, practicante de este ejercicio, la apodaba “la milagrosa” por sus dones persuasivos), tirar de las patillas hasta obligar al alumno a levantarse y ponerse de puntillas, propinar un cogotazo a traición por pillarte hablando durante la hora de estudio (así entendí el significado de “ver las estrellas”), y otras pequeñas salvajadas, son unos pocos pero representativos ejemplos del trato que se dispensaba a los alumnos “díscolos” en mi colegio privado y religioso, del que, a pesar de todo, guardo un buen recuerdo. No vayáis a pensar que un servidor era uno de esos colegiales díscolos. En absoluto. Podría decirse que era un alumno ejemplar. Pero hasta el mejor de los mejores tiene alguna vez un desliz en forma de unos ejercicios no resueltos, un borrón en la lámina de dibujo, una lección no bien aprendida o ser un charlatán en clase o en Misa (que hasta cierta edad era diaria).

Hoy día serían inconcebibles tales comportamientos. En aquella época, ir a tu padre con el cuento de que el profesor te ha puesto la mano encima era motivo suficiente para que tu progenitor hiciera lo propio ─dos tortazos al precio de uno─, respaldando al docente con el argumento de que “algo habrás hecho”. Hoy, en cambio, por mucho menos, el maestro o maestra podría ser objeto de insultos y amenazas por parte de los padres del chico o chica ofendido/a, la apertura de un expediente disciplinario o quizá incluso la expulsión del centro docente. Antes, los niños más disciplinados, como yo, podían ser sometidos a escarnio y al castigo por parte de algún profesor que se excedía en sus atribuciones y autoridad. Hoy esa autoridad ha menguado sustancialmente y hasta el alumno más gamberro goza de una protección inmerecida. Como ha ocurrido con otras muchas cosas en este país, hemos pasado de un extremo al opuesto en cuestión de unas pocas décadas.

En aquel entonces, las amenazas y el temor al castigo, en cualquiera de sus manifestaciones, eran motivos más que suficientes para que un alumno mínimamente disciplinado se esforzara en cumplir con las tareas encomendadas, a hacer los deberes hasta la hora de cenar, de lunes a viernes, y durante una buena parte del fin de semana (hasta mediados de los años 60 el sábado por la mañana era lectivo), aprendiéndose la lección de memoria sin importar su comprensión ni utilidad. Porque esta era otra cuestión: la inteligibilidad de lo enseñado, tanto por vía oral como escrita, era lo de menos. Muchos profesores se limitaban a recitar la lección tal como lo habían venido haciendo durante toda su vida laboral, a veces con tal entusiasmo que tenía verdaderos efectos somníferos. Por su parte, los libros de texto, especialmente los de ciencias, estaban redactados con un vocabulario demasiado enrevesado para un chaval de 10 e incluso de 14 años.

¿Qué es un logaritmo y para qué sirve? O una derivada. O una integral. O… Qué más da, se aprende de memoria y punto. Hay que aprobar el examen y eso es lo realmente importante.

Cuando ya siendo padre de familia, veía los libros de texto de mis hijas, quedaba agradablemente sorprendido. Dibujos explicativos ilustrando un texto teórico mucho más “amigable”. Todo mucho más gráfico y comprensible. Me dieron ganas de matricularme en primero de ESO para empezar de nuevo. Luego volvieron a cambiar los planes de estudio, y con ellos supongo que también los libros de texto, supuestamente para mejor.

Siendo así, era de suponer que el nivel de conocimientos de la juventud actual, instruida siguiendo esos sistemas de enseñanza tan didácticos, sería mucho más elevado que el de mi generación, que aprendimos a palos, metafóricamente hablando. Craso error. El fracaso escolar en España es actualmente uno de los más altos de la UE, y el nivel de conocimientos de nuestros estudiantes está por debajo de la media europea. No cito cifras porque las distintas fuentes consultadas arrojan datos no coincidentes más que en la unanimidad de que nuestros jóvenes no están lo suficientemente “ilustrados”, y ni siquiera tienen un nivel de comprensión lectora adecuado. ¿Qué decir ante ello? ¿Cómo se explica?

Procedo de una época en que el nivel de analfabetismo en España estaba en torno al 17% y la tasa de niños escolarizados, a pesar de la ley, solo alcanzaba el 35%. Por lo tanto, que haya personas de mi edad cuyo nivel cultural sea bajo o muy bajo es comprensible. Pero lo que no entiendo es que jóvenes que han cursado la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) hasta los 16 años, no sepan apenas nada de la Revolución Francesa, de la Segunda Guerra Mundial, de quién fue Stalin o Mao, ni mencionar una sola obra de Lope de Vega, ni, horror, saber situar en el mapa alguna de las ciudades y ríos más importantes de la Península Ibérica.

No quisiera generalizar. Hay alumnos y jóvenes muy cultos, por supuesto, pero me da la sensación de que no son mayoría. También es verdad que siempre ha habido malos estudiantes y estudiantes zoquetes. Yo no fui precisamente un estudiante brillante pero sí trabajador, a pesar de no saber para qué servían algunas de las cosas que me enseñaban. Quizá si hubiera gozado de los métodos actuales sí habría sido un alumno sobresaliente. Esto nunca lo sabré. Pero lo que no puedo aceptar es que, existiendo una enseñanza obligatoria que todo alumno debe seguir y superar, haya jóvenes (y no pocos) que tengan una cultura general muy por debajo de lo esperado y deseable. ¿Cómo puede haber licenciados que cometan faltas de ortografía? ¿Cómo puede haber jóvenes con estudios superiores que no han leído un libro en su vida de forma voluntaria?

¿En qué han fallado los sucesivos sistemas educativos que han visitado nuestras aulas durante los últimos treinta años? ¿Acaso era mejor el sistema educativo de los años 50 y 60? Si nos atenemos a los resultados ¿será cierto que la única forma de que un alumno estudie y aprenda es a base de correctivos? La idea me asusta.

Hasta ahora había creído fervientemente en los refranes y en las frases grandilocuentes convertidas en máximas populares. Pero ahora tengo serias dudas sobre la que encabeza esta entrada. ¿Qué ventajas e inconvenientes tiene la disciplina y mano dura en la enseñanza? ¿En dónde reside el éxito de una buena educación? ¿En el alumno, en el profesor o en el sistema? ¿En todos ellos a la vez? ¿Cómo puede ser que, con unos profesores incompetentes y un sistema arcaico, los alumnos de mi generación, tan listos o tan tontos como los de ahora, tengamos ─al menos esta es mi percepción─ unos mayores conocimientos tanto en materias de ciencias como de letras?

Hace mucho tiempo que me propuse no convertirme en uno de esos viejos que añoran el pasado y reniegan de la juventud actual. Pero viendo cómo está el país, no puedo evitar temer que lo dirijan en un futuro quienes ahora no saben ubicar Australia en el mapamundi.


Ilustración: Escuela de pueblo, de Albert Anker (1831-1910)


viernes, 11 de mayo de 2018

¿Quién hay detrás de esta firma?


Esta vez no voy a andarme con rodeos, ni con sutilezas, dejando al lector adivinar o sospechar quién está detrás de la historia, como hice en mi relato “El hombre más poderoso” (Relates de una vida, 05-02-2018). No, esta vez hablo de Donald John Trump, el magnate y político norteamericano, presidente de los EEUU por obra y gracia de sus votantes y propietario de esta firma. No hay posibilidad de confusión, no hay ─creo yo─ otra firma igual. No hay que ser un experto en grafología, cada firma lleva su seña distintiva de identidad. Vale, no es como una huella dactilar, pero casi. Así pues, ¿quién se esconde detrás de esta firma sin igual?

Según los expertos en el tema, la grafología es una pseudociencia que pretende definir la personalidad y el carácter de una persona. Según sus defensores, sin embargo, la escritura sí es una expresión de la personalidad. Algunos grafólogos incluso opinan que puede servir para diagnosticar el grado de salud mental de un individuo.

Recordaréis que, ante las continuas sospechas o acusaciones de desequilibrio mental de Trump, este fue sometido, por voluntad propia, a un test psicológico que determinó que sus facultades mentales eran óptimas. Según el médico de la Casa Blanca, Ronny Jackson, no había duda de que el presidente, “pese a bordear la obesidad y de abusar de las hamburguesas, estaba en plena forma física”. En cuanto a su salud mental, la prueba a la que fue sometido, un test cognitivo conocido como Montreal Cognitive Assesment, que evalúa básicamente la atención, concentración, memoria, lenguaje, pensamiento conceptual, capacidad de cálculo y orientación de un individuo, dio resultados más que satisfactorios. Dicho de otro modo, que Donald Trump es capaz de concentrarse, entender y memorizar lo que le dicen, sabe expresarlo ─a su manera─, y calcular y orientarse correctamente. Lo que ya no sé ─seguramente porque no soy psicólogo clínico─ es si sabe calcular el alcance de sus decisiones. El hombre está, pues, sano y cuerdo. Veamos ahora, según la grafología, qué tipo de hombre sano es.

En un artículo publicado el 30 de enero de 2017 en RT por María Jesús Vigo Pastur (ignoro la intencionalidad de esta redactora y técnica de comunicación), la grafóloga y perito calígrafo, Sandra Cerro, una de las expertas en grafología más reconocidas y solicitadas de España, calificó la personalidad de Trump, en base a su firma, del siguiente modo:

Las mayúsculas iniciales altas, forma angulosa (los llamados dientes de sierra) o ejecución en eje vertical, denotan autoridad, orgullo, inflexibilidad, temperamento fuerte y determinación.

La escritura continua, uniendo unas letras con otras, y la forma de terminar la firma indica un carácter de líder autoritario, el del yo ordeno y mando, más autoafirmador que realizador.

Esta información, según Sandra Cerro, revela que Trump es el “clásico líder dictatorial de tipo coercitivo”, que demanda ser el centro de atención y que requiere obediencia inmediata y sumisión por parte de sus subordinados. “Es una persona intransigente, que le cuesta ser flexible a la hora de respetar las opiniones y criterios de los demás”. Finalmente, lo califica como “una persona vanidosa y con una autoestima bastante alta (¿solo bastante?), a quien le gusta el ejercicio del poder desde la cúspide”.

Pero no todo van a ser rasgos negativos. Entre los positivos, la grafóloga destaca “su gran determinación y perseverancia. No para hasta conseguir sus objetivos”, aunque, a mi modesto entender, estas cualidades pueden ser un arma de doble filo, según sea el objetivo de su determinación. Lo que sí resulta claramente positivo y tranquilizador es que, según esta experta, también “es una persona moderada y reflexiva, en tanto que no es una persona impulsiva que se lance sin control a enfrentar decisiones o proyectos”. A mi modo de ver, no es esta la imagen que da ese mandatario ante las cámaras. Pero si lo dice la reputada grafóloga y perito calígrafo, por algo será.

Solo espero que así sea, y que esta cualidad la comparta con su rival en la política estratégica internacional Kim Jong-un, de cuya firma no he logrado obtener una imagen clara y fiable (¿será un secreto de Estado?), aunque recientemente este líder parece mostrar una cara más amable y una actitud más tolerante de la que nos tiene acostumbrados.

¿Y por qué tanto interés por la personalidad de Donald J, Trump?, os preguntaréis. Pues no sé. ¿Será porque le veo a diario, porque me cae fatal, porque es uno de los hombres más poderosos del mundo y porque tiene, en algún lugar ─espero que a buen recaudo─, un botón nuclear que, según sus propias palabras, es más grande y más poderoso que el de su colega norcoreano?



jueves, 26 de abril de 2018

El (auto)engaño de las rebajas




Todavía faltan unos meses, pero hay que ir calentando motores. Las rebajas se acercan inexorablemente, preparad la cabeza y los bolsillos porque quizá no salgan tan a cuenta como tenéis pensado.

¿Realmente se ahorra dinero con las rebajas? ¿No acabaremos comprando más de lo que necesitamos y, por lo tanto, gastaremos más de lo estrictamente necesario?

Al margen de que con algunos productos, especialmente ropa de vestir, nos pueden dar gato por liebre, colándonos un artículo excedente de la pasada temporada, lo cual es un claro fraude, si no estafa, otro engaño es el que nos autoinfligimos, comprando más de lo necesario y acabando gastando más de lo que pretendíamos.

Si escribo en plural no es porque me incluya como comprador, pues no suelo ser amante de las rebajas por estos motivos, sino como miembro de esta sociedad de consumo que no está libre de caer alguna vez en esa trampa.

Lógico es que si, por ejemplo, necesito comprarme un traje, espere, si puedo, a las rebajas de julio o enero, con lo cual me ahorraré un buen dinero. Pero otra cosa es que, como ese traje cuesta un 40% por debajo de su precio habitual, me compre dos aprovechando esa rebaja sustancial. Pero ¿necesitaba dos trajes? Si es así, nada que objetar, he adquirido dos trajes por poco más de lo que cuesta uno fuera de rebajas. Lo mismo podría suceder con una camisa o unas bermudas, pues, aunque la intención inicial era comprar una unidad, al final han sido dos, que nunca vienen mal. Pero en muchos otros casos, ¿necesitamos realmente dos unidades? ¿Compraríamos dos ollas a presión o dos hornos microondas por el simple hecho de que están rebajadas un 70%? Supongo que si se tiene una segunda residencia quizá sí.

Posiblemente mi opinión sea (¿un poco, mucho?) machista, pero creo que las mujeres son una presa mucho más fácil que el hombre en el terreno de la ropa, zapatos y complementos, aunque quizá esto también esté cambiando en la sociedad moderna. Yo solo puedo hablar por los de mi generación. ¿Acabar comprando dos parejas de zapatos, dos blusas, dos chaquetas, dos faldas, dos pantalones, etc., etc., etc., solo porque están muy bien de precio es rentable? Para responder a esta pregunta solo hay que hacer números y comparar lo que costaría comprar las unidades que realmente se necesitan al precio rebajado con el gasto final que ha representado la compra de más unidades de las realmente necesarias. Cuando se plantea a una compradora de rebajas esta cuestión, la respuesta es siempre la misma: ¡pero si estaban casi a mitad de precio!

Estoy seguro de que en un gran porcentaje de casos, comprar en época de rebajas, siguiendo este patrón de conducta, resulta más caro que durante la temporada normal. Si en junio o diciembre quiero comprarme un bañador o un abrigo, respectivamente, lógico es que espere un mes y me costará bastante menos, eso sin tener en cuenta lo dicho anteriormente sobre si lo que compraré en ambos casos será exactamente lo mismo o algo parecido y de menor calidad.

No digo que no haya casos en que los comercios ofrezcan el mismo producto algo rebajado para captar más clientes y asegurarse una buena campaña, pero cuando el porcentaje de rebaja es tan alto como el 70%, aquí hay truco. Seguramente quieren sacarse de encima modelos anticuados o invendibles o con alguna pequeña tara, y con el enorme margen de beneficio que tienen las prendas de vestir, cuentan que, con el efecto llamada, al final acabarán con unos beneficios que, de otro modo, no habrían obtenido.

¿Todos salen ganando con las rebajas? Depende. Los comerciantes por supuesto que sí, de lo contrario no existiría esta práctica. Pero ¿y el comprador? ¿Cuánto ha acabado saliendo de su bolsillo? ¿Realmente ha ahorrado con respecto a lo que habría gastado si solo hubiera adquirido lo justo y necesario?

Yo creo que, durante las rebajas, a veces nos engañan y muchas otras nos engañamos sin pensarlo.

Así pues, empezad a pensar en ello. Que no nos engañen ni nos autoengañemos.



martes, 17 de abril de 2018

Los hombres-niño




Hoy traigo un tema que no es conflictivo ni creo que pueda herir susceptibilidades, a menos que alguien se vea reflejado o se sienta aludido, cosa que dudo. Digamos que es una simple reflexión sobre lo que considero un curioso, por no llamarlo extraño e impropio, comportamiento de algunos fanáticos del fútbol.

Hay un antiguo dicho inglés que dice así: “El fútbol es un juego de caballeros jugado por villanos y el rugby es un juego de villanos jugado por caballeros”. Sería como decir que en el deporte las apariencias también engañan.

Esta entrada no va sobre la violencia en el fútbol, sobre los hinchas energúmenos, los supporters descontrolados o hooligans ─los auténticos villanos─, cuyo comportamiento degenera en una lamentable agresividad fuera del campo, que muchas veces esconde una rivalidad extradeportiva y que raya el límite de la delincuencia. No, mi comentario de hoy va de algo mucho más simple pero no por ello menos inquietante desde mi punto de vista.

Que a los críos les encanta las pelotas es algo tan obvio como que la tierra no es plana. Es divertido jugar con una pelota. Siempre ha sido así. Y como todos sabemos que el fútbol es el deporte rey, desde que tengo uso de razón, este ha sido y sigue siendo un juego apasionante para la mayoría de los españoles, mayores y pequeños.

Lo que, a mi juicio, resulta digno de estudio es el hecho de que, llegada la edad adulta, muchos hombres ─no recuerdo haberlo visto en mujeres, aunque todo se andará─ sigan mostrando un comportamiento pueril en torno al fútbol. De ahí que los haya bautizado como “hombres-niño”.

Debo reconocer que no soy muy aficionado al fútbol, solo me interesa de forma muy ocasional. Tampoco soy aficionado a ningún deporte (un poco rarito sí que debo ser, tendré que hacérmelo mirar, aunque me temo que ya he llegado tarde). Aun así, comprendo perfectamente y empatizo con quienes sí lo son y entiendo la alegría o la decepción ante el triunfo o la derrota de su equipo, y ya no digamos cuando está en juego ganar o perder un campeonato. Pero muy distinto es ver gritar como un histérico o llorar como un niño a un adulto ante una jugada excelente o, por el contrario, controvertida, o ante un resultado favorable o adverso.

Y ahora viene el momento de poner un par de ejemplos (no son muchos, pero sí bastante elocuentes) para abandonar el terreno de la elucubración. Seguramente hay muchos más pero solo he sido testigo de estos dos, será porque no soy un seguidor de los programas deportivos.  Por mucho que se diga que una flor no hace primavera, estoy convencido de que estamos ante un hecho bastante frecuente. Si he elegido estos dos casos ha sido por su notoriedad y no movido por ninguna animadversión hacia ellos ni hacia los equipos de los que son seguidores. Quien los conozca podrá juzgar por sí mismo. Y quien no, tendrá que fiarse de mi palabra.

El primer protagonista de esa conducta “peculiar” es Tomás Roncero, 52 años, periodista deportivo y redactor jefe del diario AS, cuya actitud es más propia de un niño de corta edad, tirándose de los pelos, revolcándose por el suelo, poniendo a prueba sus cuerdas vocales, llorando de alegría, besando la pantalla de plasma de un televisor, gesticulando y braceando histéricamente como signo de emoción ante una proeza de su ídolo o equipo, o bien de protesta ante una supuesta injusticia arbitral en su contra.

Al principio pensé que solo se trataba de hacer comedia, una puesta en escena para encender los ánimos de sus oponentes o enardecer los de sus partidarios. Pero su última y reciente escenificación, llorando a lágrima viva tras el gol de Cristiano Ronaldo que clasificó al Real Madrid para las semifinales de la Champions League, corroboró el realismo de su conducta.

Y como en todas partes, y países, cuecen habas, también he podido observar idéntico comportamiento ante las cámaras al segundo protagonista de este relato, Tiziano Crudeli, 74 años, presentador y periodista deportivo italiano, a quien, viendo sus colosales y antinaturales explosiones de cólera ante un gol marcado a su amado Inter de Milán o de júbilo viéndole ganar un partido, he llegado a temer que le diera un ataque al corazón en pleno estudio de televisión.

¿Es normal que una persona adulta y con un mínimo de luces se comporte de esta manera ante algo que, por muy apasionante que resulte, no es más que un juego? ¿Tan trascendental es para la vida de una persona, por muy periodista deportivo que sea, que su equipo gane o pierda un partido, aun siendo una competición europea o mundial, como para armar tal revuelo? ¿Tan importante es el fútbol para que desate estas pasiones descontroladas? ¿Por qué no ocurre lo mismo en otros deportes como el balonmano, el balonvolea, el waterpolo o el tenis? Aunque el elemento común de estos juegos sea una pelota, supongo que no es esta la culpable de esos arrebatos desmedidos, sino el juego en sí. ¿Qué tiene, pues, el fútbol que convierte a un hombre en niño o, peor aún, en un energúmeno?

Cuando uno participa como espectador en un determinado juego deportivo es lógico dejarse llevar por el apasionamiento, pero jamás se deberían perder los modales. Si esas reacciones irracionales a las que he aludido tuvieran lugar en personas con un bajo nivel de civismo y educación, sería hasta cierto punto entendible, aunque no por ello justificable. Lo que ya no me resulta comprensible es que este comportamiento infantiloide se de en personas con un supuesto nivel cultural aceptable.

Los hombres-lobo son un mito, pero los hombres-niño parece que son una realidad. ¿Conocéis personalmente a alguno? ¿Acaso sois uno de ellos?


jueves, 5 de abril de 2018

Apariciones y desapariciones




No se trata esta de una entrada sobre espíritus o fantasmas, ni sobre nada paranormal. Solo trata del comportamiento de mis blogs ─y supongo que de muchos más─, que se hinchan y deshinchan como un pez globo. Si al principio se me antojaba un efecto extraño, pues era algo ajeno a mi voluntad, luego entendí a qué podía deberse y ahora soy yo quien contribuye a ello.

Durante un curso al que asistí sobre asertividad, impartido por el psicólogo clínico Enrique García Huete, este nos habló de los distintos grados que existen en las relaciones humanas y afirmó que el círculo de amistades está formado por un número limitado de estas y que no puede expandirse más allá de un determinado valor, dependiendo de cada persona. Superado este valor máximo, cada nueva “entrada” lleva aparejada, tarde o temprano, una “salida”, manteniéndolo así constante. Según él, el motivo es que no podemos mantener un número ilimitado de relaciones estrechas. Solo podemos dedicarles un tiempo restringido, por lo que no podemos cultivarlas todas a la vez durante mucho tiempo.

Algo parecido debe haber sucedido con mis blogs, pues he observado cómo a lo largo de sus cuatro años y medio de vida han ido cambiado sus seguidores. Y como seguidores me refiero a quienes, con su constante presencia y comentarios, lo mantienen vivo. Al principio, cada nuevo “adepto” era motivo de satisfacción, de regocijo. Los blogs iban ganando seguidores y creciendo en comentarios, hasta alcanzar un estado de equilibrio en el que existía una reciprocidad de visitas y comentarios. Al cabo de un tiempo, sin embargo, salvo alguna honrosa excepción, todos mis visitantes fueron desapareciendo paulatinamente, una fuga esta que, afortunadamente, se vio compensada con nuevas “apariciones”. Aun así, no dejaba de llamarme la atención esas salidas aparentemente inexplicables.

Pensaba que un lector solo se hace asiduo de un blog si se siente complacido por la calidad de lo que lee y por el interés que ello le despierta y no debe mantenerse fiel al mismo por conveniencia o por amabilidad. Si el blog deja de interesarle o le acaba defraudando, es lógico que lo abandone y dedique su tiempo a otros textos y menesteres más seductores.

Todos sabemos que hay quienes solo te leen si tú les lees, hecho en el no voy a abundar por reiterativo. Ello, sin embargo, podría ser uno de los motivos de haber ido perdiendo algunos seguidores, pues he dejado de seguir algunos blogs por falta de interés, al no cumplir mis expectativas después de un periodo de “prueba”, porque han acabado publicando de uvas a peras o porque han dejado de publicar durante un largo periodo de tiempo, acabado siendo sustituidos por otros de nueva aparición.

Si alguien visita uno de mis blogs y deja un comentario, no solo le doy la merecida respuesta, sino que visito, por curiosidad, su blog. Si lo que leo me agrada lo suficiente, lo añado temporalmente a mi lista de blogs a seguir, y solo si mi satisfacción se mantiene inalterable a lo largo del tiempo, pasa a ser uno más de mis blogs favoritos que visito a diario. El problema aparece cuando la adición de nuevos blogs supera un determinado límite, el “límite García Huete”. Todos tenemos un tiempo limitado para dedicar a la lectura de blogs o, dicho de otro modo, un número limitado de blogs a los que dedicarles nuestro tiempo, algo parecido a lo que el psicólogo clínico achacaba al mantenimiento de las amistades. En mi lista de favoritos he llegado a tener más de cincuenta blogs, una cifra que llegó a superar el límite aceptable para mí, pues su seguimiento me ocupaba varias horas al día, llegando a producirme una cierta incomodidad y un claro cansancio. El continuo goteo de nuevos blogs, descubiertos de forma casual y causal, ha conllevado un aluvión de nuevos posts a leer, lo cual presagiaba un estrés lector que no podía permitirme, porque si a ese tiempo le añado el que dedico a la escritura de mis propios textos y a contestar los comentarios que estos reciben, debo sumarle algunas horas más. Ante ello, no he tenido más remedio que optar por una selección que me permitiera repartir mi tiempo libre de una forma más racional y menos estresante. ¿Os imagináis el tiempo que tendríamos que dedicar a la lectura de todos los blogs que “habitan” en la blogosfera? Nos pasaríamos días enteros encerrados en casa, sin levantarnos de la silla, pegados a la pantalla del ordenador, o de la tableta, sin hacer otra cosa que leer y leer. Una locura.

Llegado a este punto, he pensado que la desaparición de algunos de mis seguidores se deba a que también ellos han aplicado un remedio semejante al mío y han tenido que priorizar entre sus lecturas favoritas. En mi caso, la selección no ha sido fácil. Eliminar a alguien de mi lista de favoritos no ha sido una tarea agradable en algunos casos, pero una persona tan metódica y cumplidora como yo, no podía permitirse la estupidez de preocuparse por no haber podido leer la nueva entrada en tal o cual blog, dejándola para el día siguiente, y al día siguiente comprobar que ya son dos las entradas pendientes de leer ─pues hay quien, aunque parezca mentira, publica a diario─ y a esas dos hay que añadirles otras cinco que también quedaron pendientes del día anterior. Hasta llegar al punto de observar cómo lo que debe ser algo estrictamente placentero, una simple diversión, se está convirtiendo en una obligación. Y como hace algún tiempo decidí no dejarme aprisionar por las obligaciones, he tenido que echar mano de las tijeras, cual censor de épocas pretéritas, y aplicar una serie de recortes, no por falta de presupuesto, sino de tiempo, eso que dicen que es oro.

Hasta aquí, me atrevería a calificar estos sucesos y conductas como algo normal. Aun así, no deja de llamarme la atención que algunos seguidores que me han abandonado, lo hayan hecho después de meses, o años, de seguimiento. ¿Tanto tiempo han necesitado para darse cuenta de qué iban mis blogs? En más de una ocasión, he observado incluso cómo ese vaivén se produce también en el número de los que me tienen en sus círculos. ¿Por qué me borran de sus círculos? ¿Qué he hecho yo para merecerme esto? Algo, desde luego, habré hecho mal para que me eliminen. Y puestos a hacer un examen de conciencia, el único “pecado” que creo haber cometido y en el que, muy a mi pesar, volveré a reincidir, es no compartir publicaciones ajenas, por mucho que me hayan gustado. Es un pecado de omisión del que solo soy consciente cuando observo la conducta de quienes sí practican ese hábito. Entonces, para acallar mi mala conciencia, pienso que mi contribución a difundir textos ajenos poco o nada haría a favor de esos compañeros de letras que son mucho más conocidos y reconocidos que yo. Si es este el motivo de mi expulsión, entono mi mea culpa y acepto la condena como un mal menor y sin posibilidad de apelación ni de redención.

Aunque finalmente he logrado no obsesionarme con los números, estos hablan por sí solos y a mí me gusta escucharlos. Simplemente me interesa la estadística como reflejo de lo que sucede a nuestro alrededor. Interpretar su significado ya es otra cuestión y cuando no somos capaces de hacer una interpretación lógica, o que nos satisfaga, mejor olvidarse del tema y a otra cosa mariposa.

Por lo tanto, quiero creer que mi conducta selectiva es razonable, que mis blogs no son muy distintos a los demás en este aspecto y que las apariciones y desapariciones que en ellos se dan son normales, no paranormales.

Bienvenidos, pues, los que llegan, mis mejores deseos para los que se van, mi agradecimiento para los que siguen y mis disculpas para los que he dejado atrás.


sábado, 24 de marzo de 2018

Sexo y amor




Hoy traigo un tema que, más que polémico, calificaría de complejo e incluso delicado, pero no he podido resistir la tentación de tratarlo aquí a raíz de una frase que oí hace poco de boca de una joven, y no por lo que dijo sino por la contundencia con la que lo dijo.

Algo de lo mucho que la edad me ha enseñado es que de joven se ven las cosas de forma muy distinta a cuando uno ya peina canas. Lo que en la juventud parece prioritario, en la madurez pasa a un segundo término. Es, pues, desde esta perspectiva, con la que escribo esta reflexión.

En torno al sexo se ha escrito miles de artículos, libros y hasta tratados. A veces pienso si no estaremos exagerando un poco. La mente humana es ciertamente compleja y la actividad sexual tiene un componente psicológico que, muchas veces, pesa más que el puramente físico. No sé si el autor de la famosa cita Mens sana in corpore sano tuvo en cuenta el sexo, pero lo que está claro es que una vida sexual sana favorece la salud física y mental.

Pero antes de entrar en materia, permitidme hacer dos aseveraciones a modo de introducción: Que puede existir sexo sin amor es algo indiscutible, que puede haber amor sin sexo diría que solo en circunstancias muy especiales (entendiendo como tal el amor de pareja), pero ¿puede existir amor sin buen sexo?

Como no soy sexólogo, ni lo pretendo ser, sino un simple practicante de a pie (o mejor dicho de cama), definiré qué entiendo por “buen sexo”: tener relaciones sexuales con la frecuencia y el placer deseables para ambos miembros de una pareja. Evidentemente, es casi imposible que en estos dos coincidan cuali y cuantitativamente esas dos variables al cien por cien. Uno de ellos puede desear tener sexo con mayor frecuencia como consecuencia de una libido mayor que la de su pareja, y/o el placer alcanzado por cada uno puede que no siempre ─o casi nunca ─sea idéntico, pero, aun así, pueden compartir una satisfacción más que razonable en su vida sexual.

A veces, cuando oigo o leo algo relacionado con las relaciones sexuales, me da la impresión de que pertenezco al paleolítico o que alguien me está engañando. Según esas manifestaciones, parece como si el sexo no solo fuera algo importante en la relación de pareja, sino su columna vertebral, y para cuya práctica hay que ser un maestro ninja, pues de lo contrario esa relación se irá al garete en un santiamén. De ser así, esta percepción o situación también ha cambiado con el tiempo. En mis años mozos, no teníamos más remedio que empezar el menú por los entremeses, y hoy día lo hacen por los postres. El sexo llegaba tras un camino (más o menos largo) que se recorría hasta afianzar unas relaciones que se habían iniciado con una amistad y/o enamoramiento y que culminaban con la formalización de lo que se conocía como noviazgo. Ahora, en cambio, se prueba la “mercancía” antes de quedarse con ella.

No es que me parezcan mal las relaciones prematrimoniales. Al contrario. Si hay que conocerse que sea en su totalidad, no vayan a haber luego sorpresas desagradables. Pero descartar a una persona solo porque en la cama no es una máquina de placer me parece, cuando menos, discutible.

En los años sesenta y setenta del siglo pasado era bastante habitual que una pareja llegara al matrimonio sin haber mantenido previamente relaciones sexuales completas. Imaginémonos que, en tales circunstancias, una vez casados, uno de los recién estrenados cónyuges descubriera que, en la cama, su compañero/a no estaba a la altura de sus expectativas. ¿Hubiera sido justo o razonable separarse solo por esta causa? Evidentemente, en esa época prodigiosa no estaba bien visto separarse por el motivo que fuera, pero solo se trata de pensar si, ante esa eventualidad, estaría suficientemente justificada (aunque no socialmente aceptada) una ruptura. ¿Hasta qué punto, pues, es el sexo la clave de la felicidad en una pareja?

Esta pregunta viene a colación de la frase a la que aludía al principio y que ha motivado mi reflexión. Y repito que lo llamativo del caso no es la afirmación en sí sino la contundencia con la que se hizo, y a mí, cuando algo se afirma con tanta rotundidad, me asalta el deseo de cuestionarlo. La frase, que a estas alturas estaréis anhelando conocer, la formuló, como he anticipado, una joven ─y debo reconocer aquí mis prejuicios pues, viniendo de una mujer, me causó más extrañeza─ en un programa de televisión que va de citas a ciegas, teniendo a un restaurante como escenario, por el que deambulan personas de todo tipo y condición, haciendo gala del refrán que dice que de todo hay en la viña del Señor. El caso es que la chica en cuestión le preguntó a su pareja ocasional algo así como si funcionaba bien en la cama, a lo que su joven partenaire contestó afirmativamente, sin dudarlo ni un segundo. Ella, complaciente por haber oído la respuesta que deseaba, le dijo que perfecto, porque si una pareja no funciona en la cama no funcionará en nada más. Y, a pesar de que bien pudo ser esta una afirmación gratuita, me dio que pensar, pues me consta que muchos jóvenes piensan igual.

Obviamente, si en una pareja hay una gran disparidad en cuanto al sexo, uno con una elevada apetencia y sensibilidad y el otro inapetente y poco sensible al placer, ello creará una incompatibilidad que traspasará lo cotidiano, un malestar que se traducirá en muchos otros aspectos de la vida en común, llevando, en el caso de estar en los inicios de una relación, a un rechazo, o, en el caso de una relación avanzada, a un distanciamiento y finalmente a una ruptura. Afirmar que “rompieron porque no se entendían en la cama” quizá sería frivolizar la situación, pero sin duda se trata de un problema que afecta a la afinidad de caracteres y a la deseada y necesaria complicidad en una pareja. En este caso podría afirmarse que la inexistencia de “buen sexo” puede acabar con el amor, pero mientras exista una atracción y la actividad sexual sea mínimamente placentera para ambos, ¿tienen que poner esas diferencias necesariamente en peligro el amor?

Dios los cría y ellos se juntan, dice el proverbio. A diferencia de lo que muchos creen, yo opino que cuantas más cosas en común tenga una pareja, más probabilidades hay de que sean felices. Tendrás aficiones y gustos comunes, compartirán intereses y creencias semejantes, en definitiva, serán compatibles. Pero no todas las opiniones y gustos tienen que ser idénticos, siempre que esas diferencias sean llevaderas. ¿Puede un carnívoro impenitente convivir con una vegana recalcitrante? ¿Puede un machista acérrimo vivir en concordia con una feminista radical? ¿Puede un votante de la ultraderecha vivir bajo el mismo techo que una militante de la extrema izquierda? Estas relaciones, de existir, acabarán, tarde o temprano, estallando por los aires. Habría que ser extremadamente tolerante para aceptar convivir con un sujeto con unas ideas y prácticas totalmente opuestas. En cambio, un ateo y una católica practicante pueden llegar a entenderse siempre y cuando no sean demasiado beligerantes entre sí y ninguno de los dos coarte la libertad del otro. Un fanático del fútbol que no le gusta el cine puede llevarse bien con una cinéfila que no soporta el balompié, si de vez en cuando uno cede en beneficio del otro.

Así pues, para que el sexo sea un motivo de ruptura, las diferencias en este terreno deberían, a mi entender, ser profundas. Pero como las relaciones sexuales son, evidentemente, cosa de dos, algo que precisa de la intervención directa del otro, la diferencia en la actitud de cada uno solo será soportable si no llega a extremos muy contrapuestos que deterioren la convivencia.

Aun así, yo sigo dudando de la veracidad absoluta de las palabras de aquella chica. ¿No coincidir plenamente en el deseo y práctica sexual impide que una pareja se ame? ¿Es crucial el sexo en la estabilidad de una pareja? ¿Puede el sexo estar por encima de otras muchas cualidades humanas? Mi respuesta a todas esas preguntas es negativa. Aun así, sexo y amor, deberían ir siempre de la mano.



martes, 13 de marzo de 2018

Machismo y paternidad



Con motivo del día internacional de la mujer, celebrado el pasado día 8 de marzo, muchísimos han sido los artículos y comentarios divulgados por las redes sociales en torno a las reivindicaciones feministas en general y al machismo en particular. Aunque con un poco de retraso, no he querido dejar pasar por alto esta circunstancia para tratar el tema del machismo en este blog.

He querido dejar al margen de esta entrada las formas más brutales de ejercer un dominio sobre el sexo mal llamado débil, como son el maltrato físico y psicológico, la violencia en forma de agresión sexual, violación y asesinato, la trata de blancas y la explotación sexual, porque llevan asociada una complejidad psicológica y social y no me siento lo suficientemente capacitado para analizar sus orígenes, que en la mayoría de casos son o bien trastornos psiquiátricos o bien disfunciones sociales como serían el maltrato paterno, la violencia en el seno familiar, la desestructuración y el desarraigo social, la drogadicción, y seguramente un largo etcétera. En esta entrada solo pretendo reflexionar sobre actitudes que, sin ser violentas, son una forma de menospreciar a la mujer, relegándola a un papel segundario, la forma más arraigada de machismo.

El machismo es tan viejo como el hombre, pues nació con él. A día de hoy, con los cambios que ha experimentado nuestra sociedad occidental debería haberse erradicado ya, como cualquier enfermedad para la que se le ha encontrado una cura. Pero el machismo, aunque haya reducido su virulencia o cambiado su forma de expresión respecto a la de la Edad Media, sigue vivo en una sociedad, como la nuestra, que presume de moderna. Tampoco me siento capacitado para hacer un análisis detallado de las causas de esta permanencia, pero estaremos de acuerdo en que tiene su raíz en la educación. Siendo así, la mala educación, con buena educación se corrige. Pero el foco de esa educación no debemos fijarlo exclusivamente en las escuelas, sino en el núcleo y entorno familiar.

El machista no nace, se hace. Y el ejemplo del que se alimenta es su correa de transmisión. El machismo se produce y se reproduce en casa, y el padre no es el único culpable de ello. Me atrevería a afirmar que en muchos casos el padre machista establece las normas y la madre es la encargada de asegurarse de que se cumplan, transmitiendo, de este modo, el machismo a su descendencia.

Cuando era niño era muy habitual oír eso de “fuera de aquí, los hombres no tienen nada que hacer en la cocina” de boca de una madre o abuela, y ver cómo las órdenes para ayudar en las tareas domésticas iban exclusivamente dirigidas a las chicas, nunca a los chicos. Era una época en la que los papeles estaban claramente definidos y separados por sexos, inculcándosele a cada uno una función determinada. La familia y la escuela iban, en este aspecto, de la mano.

Así pues, cuando se habla de machismo no deberíamos señalar únicamente a los hombres, sino también a muchas mujeres que, voluntaria o involuntariamente, le han hecho, y le siguen haciendo, el juego. Del mismo modo que no todos los hombres son machistas, no todas las mujeres son feministas, aunque pueda parecer absurdo. El machismo está tan arraigado que, incluso quienes son o se consideran feministas, actúan, a menudo, con una base machista sin saberlo o sin pensarlo racionalmente.

Como he dicho al principio, con motivo de las reivindicaciones feministas del pasado 8 de marzo, corrieron por las redes sociales multitud de mensajes en torno a las distintas formas de machismo. Uno me llamó poderosamente la atención. Era un vídeo, que quizá hayáis visto, en el que se exponía un acertijo a varias personas, hombres y mujeres jóvenes.

El acertijo decía así:
“Un padre y un hijo viajan en coche. Tienen un accidente grave. El padre muere y al hijo se lo llevan a un hospital, porque necesita una compleja operación de emergencia. Laman a una eminencia médica, pero cuando llega y ve al paciente dice: No puedo operarlo, es mi hijo. ¿Cómo se explica eso?”

Hay que decir que la muestra era extraordinariamente escasa y, por lo tanto, estadísticamente irrelevante, pero estoy seguro de que el resultado habría sido el mismo con una muestra muchísimo mayor. El caso es que nadie dio con la respuesta correcta: el médico era la madre del niño. Nadie pensó que la eminencia médica pudiera ser una mujer.

Cuando se desveló la respuesta a quienes habían participado en este “juego”, estos quedaron francamente sorprendidos por no haber pensado en esa posibilidad. Yo mismo fallé en la solución, pues pensé que se trataba de un padre de otro hijo, que nada tenía que ver con el chico que viajaba con él, ya que el enunciado no decía “un padre y su hijo” sino “un padre y un hijo”. Si hubiera intuido que el tema giraba en torno al machismo, seguramente habría afinado en mi predicción. Francamente no lo sé, pero quiero pensar que sí.

El mensaje de la comentarista justificaba esta situación como algo normal dentro de nuestra sociedad y conocido como “parcialidad implícita”. Ello significa que algo que forma parte del acervo cultural acaba convirtiéndose en un proceso mental automático, de tal forma que nuestro subconsciente puede llegar a traicionarnos contradiciendo los valores en los que creemos, como es la igualdad de género.

He titulado esta entrada como “machismo y paternidad” no porque crea que ambas condiciones están forzosamente vinculadas sino porque considero que deberían ser los polos opuestos en una sociedad mínimamente avanzada. Los padres (y me refiero al sexo masculino) deberían ser los primeros en defender los derechos de sus hijas.

Si he educado a mis hijas en el respeto y la igualdad entre géneros, si les he procurado una formación académica para que puedan hacerse un lugar en esta sociedad, para que no sean dependientes de nadie más que de ellas mismas, ¿cómo no voy a enojarme al ver que una mujer, a igualdad de preparación y esfuerzo, cobra en torno a un 25% menos que sus compañeros masculinos? ¿Cómo no voy a enfurecerme al pensar que quizá no podrá optar a un ascenso o a ocupar un puesto directivo por el simple hecho de ser mujer? ¿Y cómo no voy a despreciar a quienes, haciendo uso de su superioridad, acosan sexualmente a sus colaboradoras, con promesas de un trato favorable si accede a sus pretensiones o a un despido en caso de rechazarlas?

Si un padre quiere lo mejor para sus hijos, tiene que desear lo mismo para sus hijas. Un padre no puede hacer distingos entre sexos. Yo solo tengo dos hijas y, como padre orgulloso de ellas, no toleraría que ningún hombre, en ninguna empresa ni en ninguna circunstancia, pudiera menospreciarlas o infravalorarlas por ser mujer. Paternidad y machismo deben ser conceptos irreconciliables. Los padres que, hoy en día, siguen relegando a sus hijas a un segundo plano a favor de sus hijos varones y aceptan la creencia de que no son tan buenas como ellos, no son dignos de llamarse padres.



Imagen obtenida de internet