viernes, 10 de noviembre de 2017

Una cuestión de apellidos



Como nota introductoria, debo aclarar que esta entrada no tiene la carga crítica que suelen tener mis comentarios en este blog. Es solo el reflejo, como en otras ocasiones, de una observación que desde siendo un niño me ha llamado poderosamente la atención. Si alguien se siente aludido, que simplemente lo tome como un comentario hasta cierto punto jocoso, pero sin mala intención, y, si lo considera oportuno, aporte su punto de vista.


Como sabéis, en el patronímico español, la terminación o sufijo -ez significa “hijo de”, uso que procede de tiempos muy pretéritos (no he podido hallar un consenso en este tema). Equivale al “-es” de los portugueses (Fernandes), al “-son” de los ingleses (Harrison), al prefijo Mac o Mc de los escoceses (McPherson), o al O’ de los irlandeses (O’Hara). De este modo, Martínez, López, Jiménez, Rodríguez o Ramírez, entre otros muchos, significan hijo de Martín, de Lope, de Jimeno, de Rodrigo o de Ramiro, respectivamente, nombres estos que, dicho sea de paso, nos suenan mejor que sus formas patronímicas antes mencionadas, quizá porque no son tan frecuentes.

Pero, por lo visto, parece que hay a quienes les avergüenza esta vulgaridad ─entendiendo aquí como vulgar aquello que es común o corriente─, hasta el punto de que cuando dicho apellido es el paterno y, por lo tanto, el primero, tratan de mitigar esa “ordinariez”, añadiéndole el segundo, el materno, de modo que ambos pasan a formar un conjunto inseparable. Incluso, a veces, ese primer apellido se omite, desaparece o, en el mejor de los casos, se sustituye por su inicial. Un caso similar, aunque no termine en “ez”, es el apellido García que, junto al de González, es el más abundante en España.

Del primer grupo, el que usa los dos apellidos, hay muchísimos ejemplos públicamente conocidos a lo largo de la historia presente y pasada. He aquí, unos cuantos ejemplos:

-        Laureano López Rodó (ministro de Asuntos Exteriores durante la dictadura)
-        Manuel Gutiérrez Mellado (ministro de Defensa durante la transición)
-        Emilio Gutiérrez Caba (actor), y sus hermanas Irene y Julia (también actrices)
-        Manuel Gutiérrez Aragón (director de cine)
-        Arturo Pérez Reverte (periodista y escritor)
-        Federico Jiménez Losantos (periodista)
-        José Luis López Vázquez (actor)
-        Jorge Fernández Díaz (político)
-        Xavier García Albiol (político)
-        Pedro García Aguado (exjugador de waterpolo y presentador)
-        Albert Sánchez Piñol (escritor)
-        Y muchos más… Hasta ¡¡¡Federico García Lorca y Benito Pérez Galdós!!!

Y es que lo de, por ejemplo, Arturo Pérez, José Luis López, Federico García o Benito Pérez, reconozcámoslo, le resta categoría y gallardía al portador.

En el capítulo de quienes omiten o esconden ese apellido mal visto o mal considerado por sus portadores, es harto difícil saberlo, pues nos hemos acostumbrado a la forma habitual y pública con la que les conocemos y, por lo tanto, ignoramos si entre su nombre de pila y su apellido de uso común existe algo entremedias. Pero de haberlos, hailos. Ahora mismo, se me ocurre el caso especial de José Luis Rodríguez Zapatero, a quien todo el mundo se refería como Zapatero a secas, o con el acrónimo ZP. O bien el conocido periodista y presentador de La Sexta, Ferreras, Antonio Ferreras, o a lo sumo Antonio G. Ferreras quien, en realidad, se llama Antonio García Ferreras.

¿Todos los aquí mencionados ─y otros muchos en idéntica situación─, se avergüenzan realmente de su primer apellido? ¿Qué hay de malo en llamarse Pérez, como el ratoncito, o Jiménez, como Curro el bandolero? Supongo que algunos lo harán para distinguirse, dada su relevancia social, del resto de sus homónimos. Aunque, claro, siempre hay excepciones, y entre ellas tenemos al periodista deportivo José Mª García, que, por lo visto, nunca menospreció este apellido.

Hace muchos años conocí a un joven sueco que se cambió el orden de sus apellidos tras el divorcio de sus padres. Una forma, supongo, de desdeñar a su progenitor, a quien culpó de la ruptura, que adivino, traumática. Un cambio, hasta cierto punto, comprensible. Por aquel entonces esta práctica no era posible en nuestro país. Hoy sí.

Actualmente ya no es preceptivo que sea el apellido paterno el que figure en primer lugar en el registro civil de un recién nacido, y posteriormente se puede cambiar el orden, una vez alcanzada la mayoría de edad, siempre que se cumplan unos determinados supuestos y requisitos. Siendo así, no quiero imaginarme, pues, la impotencia de quienes han tenido la “mala fortuna” de apellidarse Martínez López, Gutiérrez García, Rodríquez Jiménez, etc., etc.

Quizá penséis que digo todo esto porque a mí no me afecta, pues López es mi segundo apellido. Es fácil ver los toros desde la barrera ─diréis─. ¿Qué pensaría al respecto de haber tenido mis apellidos en el orden inverso? Pues si mi padre, leridano, se hubiera llamado López y mi madre, murciana, Panadés (no sé si habrá algún Panadés en Murcia), os aseguro que los hubiera mantenido en ese orden, y a mucha honra.

Y es que creo, y que no se ofendan los aludidos, que el orgullo por ser lo que somos no es una cuestión de apellidos.



miércoles, 25 de octubre de 2017

Weinstein, Cosby y otros tantos


Recientemente ha sido un famoso productor de Hollywood, Harvey Weinstein, pero hace algún tiempo fue el no menos famoso actor y showman de televisión, Bill Cosby, los que han saltado a la palestra por su conducta “inadecuada”, habiendo sido acusados de acoso, abusos sexuales e incluso de violación a actrices, jóvenes aspirantes a estrellas del cine y de la televisión norteamericana.

Nunca había oído hablar de ese productor cinematográfico, pero conozco muy bien al actor de color, quien, en un famoso show televisivo que llevaba su mismo nombre, representaba a un ejemplar y encantador padre de familia.

Ambos casos me han producido asombro, pero en el caso de Mr. Cosby consternación, al igual que cuando un pederasta resulta ser un monitor que tenía bajo su responsabilidad a niños a los que debía cuidar y proteger. Simplemente, el actor representaba un papel muy alejado a la cruda realidad. Pero mi asombro ─ingenuo de mí─ no solo se debe a que hechos de esta índole sigan ocurriendo en un país, como los Estados Unidos de América, donde parece que las mujeres tengan más poder y sean más respetadas que en otras latitudes, sino por el hecho de que esa conducta delictiva fuera conocida o sospechada por personas del ambiente artístico e incluso por compañeros de trabajo. Algunos han indicado que era un secreto a voces. Si era así, ¿por qué nadie alzó la voz para acusar al abusador y evitar que reincidiera?

En el caso de Weinstein, el escándalo ha salido a la luz por boca de Zelda Perkins, una antigua asistente a quien el productor había pagado una generosa suma de dinero para que mantuviera la boca cerrada sobre el acoso al que fue sometida en más de una ocasión, acuerdo al que ella, por lo visto, accedió. Otras actrices, hoy famosas, entre ellas Lupita Nyong’o (que saltó a la fama con la película “12 años de esclavitud”), Gwyneth Paltrow y Angelina Jolie, han admitido haber sido también objeto de acoso y/o proposiciones deshonestas. Otras han declarado que también aceptaron un acuerdo de confidencialidad por parte del acosador Weinstein, para que no revelaran públicamente su improcedente actitud, acuerdo al que accedieron por consejo de un bufete de abogados.

Ahora son muchas las voces, en el entorno de Hollywood, que critican y abominan de la conducta del famoso productor. Matt Damon y Quentin Tarantino incluso han admitido que sabían que era un acosador. ¿Cuántos más lo sabían y callaron? ¿Cuántas actrices famosas se sumarán ahora a la lista de acusadoras, pero callaron en su momento? ¿Cuántos otros acosadores sexuales saldrán a la luz? La actriz Emma Thompson afirma que eso es solo la punta del iceberg. ¿Cómo es posible que hoy en día ocurran estas cosas y se sigan ocultando? ¿Por temor a represalias? ¿Por interés?

Lo que seguramente nunca sabremos es cuántas actrices principiantes accedieron en su momento y siguen accediendo a este tipo de proposiciones a cambio de un papel en una obra de teatro o en una película.


Y yo me pregunto: ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para llegar a ser famosos?


miércoles, 11 de octubre de 2017

La sinrazón del corporativismo



Se habla de “corporativismo” cuando un grupo o sector profesional actúa, a ultranza, en defensa de la solidaridad interna y de los intereses de sus miembros.

Por fortuna, este comportamiento corporativista ha ido menguando. Hemos visto casos en que la mala praxis de un médico ha sido denunciada sin tapujos por sus colegas y por el mismo Colegio Oficial de Médicos, algo no solo ético sino necesario, pues no se puede permitir que la conducta inadecuada de un elemento ponga en entredicho la profesionalidad y el buen hacer de un colectivo.

Pero donde algo hubo, algo queda (como con la hermosura) y me atrevo a decir que todavía hay colectivos en los que se practica el encubrimiento mutuo.

A mi juicio este corporativismo sigue más vigente que nunca en la clase política, aunque con unos tintes y manifestaciones especiales. Porque, salvo contadas excepciones, la actitud mayoritaria es la de cerrar filas y defender a ultranza el mal comportamiento del correligionario, a menos que quede meridianamente clara y probada su culpabilidad. Entonces, la situación se invierte, defenestrando al culpable para deshacerse de un lastre, un peso muerto, que daña la imagen del partido. Todos se apresuran a desmarcarse del hecho juzgado y sentenciado, y del apestado en que se ha convertido el garbanzo negro de la familia, olvidándose de las antiguas correrías conjuntas.

Pero iré más allá de este comportamiento de autodefensa y me referiré a la obediencia de partido, a la falta de discrepancia dentro de un grupo político, a la prohibición generalizada de practicar la objeción de conciencia, impidiendo con ello ejercer el dominio de la razón, la libertad de pensamiento y de expresión.

Si bien es lógico que un afiliado a un partido “comulgue” con la ideología y el programa político del mismo y que la cúpula de dicho partido tenga un pensamiento homogéneo, un mismo enfoque frente a los problemas sociales y una actitud común ante lo que consideran el ejercicio de su deber, también es perfectamente normal que exista alguna discrepancia, incluso significativa, en torno a un tema en concreto. ¿Todos los miembros de un partido conservador tienen que estar, por ejemplo, en contra del aborto?

¿Y a qué se debe que todos los miembros relevantes (los que se manifiestan en público) de un partido usen el mismo lenguaje, las mismas consignas, palabras y ejemplos? ¿Acaso, en aras de ese corporativismo u obediencia, se aprenden la lección de memoria sin pensar en si lo que dicen se ajusta a la realidad? Pero ¿qué es realidad o verdad en política?

Pero todavía iré más lejos, adonde realmente quería llegar, pues todo lo anterior era para hacer boca, un aperitivo. Y como suele ocurrir en los banquetes, el aperitivo es mucho más abundante que el plato principal.

Y el plato principal al que quería llegar es al seguidismo que practican muchos ciudadanos y ciudadanas.

Porque alguien haya votado a un determinado partido, ¿tiene que secundar forzosamente todo lo que sus portavoces dicten y acuerden? Por muy afín que sea a su ideario político, ¿acaso no puede discrepar jamás y tener su propia opinión, aunque se desvíe de la del “consorcio”? ¿Dónde está la objetividad, si es que existe? ¿Todos a una, como Fuenteovejuna?

Usando un ejemplo deportivo, ¿por qué todos los seguidores de un equipo de futbol niegan unánimemente que uno de sus jugadores estuviera fuera de juego cuando marcó un gol y lo siguen manteniendo incluso después de ver las imágenes por televisión? ¿Y por qué el árbitro siempre favorece al equipo contrario cuando el nuestro pierde, pero nunca al revés? Si en algo tan banal como es un juego existen unas conductas tan parciales y gregarias, qué no sucederá cuando se trata de asuntos más espinosos y controvertidos.

Haciendo un ejercicio de ingenuidad, pienso que se puede estar perfectamente en desacuerdo con la opinión de tus “correligionarios”. Pero parece que eso no es así en la realidad. Al menos no en política. Hay quien considera que una crítica a “su partido”, es un ataque personal. Y, siguiendo esta premisa de fidelidad a rajatabla, esos mismos "jueces" interpretan que cuando uno valora positivamente unas declaraciones o una iniciativa de un determinado dirigente, ello forzosamente indica que pertenece o simpatiza con el partido que aquel representa. ¿Acaso en política no puede existir la objetividad? ¿Os habéis fijado como en el Congreso de Diputados o en cualquier Parlamento una intervención, por muy acertada y digna de encomio que sea, solo es aplaudida por la bancada del partido del orador? Si se expone algo justo y ecuánime, ¿por qué no es aplaudido por todos los diputados, independientemente de su afiliación? Pues porque tal actitud se interpretaría como darle la razón al enemigo, una traición imperdonable a su partido. Quizá esa sea la tónica general o la regla no escrita. Yo mismo, por mostrar mi desacuerdo en una red social con el partido del Gobierno, he sido etiquetado en más de una ocasión de “podemita” y con ello no quiero decir que sea algo insultante, faltaría más. Simplemente quiero significar con qué facilidad se hacen conjeturas y se etiqueta a la gente por sus palabras.

Todavía hay quien clasifica a la gente en dos grupos: buenos y malos; amigos y enemigos. Son los mismos que practican el “estás conmigo o contra mí”. No hay un abanico de colores; para ellos solo hay blanco y negro.


Al parecer, la inteligencia, la sensatez y la ecuanimidad no siempre van de la mano. Para mí, cerrar filas en torno a un único argumento y partido político, haciendo oídos sordos a cualquier otra alternativa, es una forma de corporativismo muy negativa. Incluso diría que es una sinrazón.

O quizá resulta que soy un anti-sistema sin saberlo.


martes, 26 de septiembre de 2017

¿Buen ciudadano o chivato ejemplar?


Siempre me he vanagloriado de ser un buen ciudadano, una de esas personas que se comporta cívicamente, respetando las normas de convivencia, ya sean oficiales (me gusten o no), ya sean de pura educación. Cuando veo que otros se saltan esas normas a la ligera, sin pensar en los demás, tengo que contenerme de la rabia que me da ver su falta de urbanidad. Solo recuerdo una ocasión en la que recriminé a una de esas personas su falta. Fue en la cola de un cine, viendo cómo intentaba colarse por la cara. Ha habido casos que, de buena gana, hubiera denunciado al infractor (como esos fitipaldis que se creen dueños de la carretera y que conducen temerariamente, zigzagueando a toda velocidad con adelantamientos peligrosos) pero no lo he hecho. Nunca me ha gustado jugar a ser policía ni delator. Para esto están los que deben velar por la seguridad vial.

No quiero, con ello, afirmar que jamás haya incurrido en una infracción. En más de una ocasión he sido multado por haber sobrepasado el límite de estacionamiento en zona azul y dos o tres veces en mi vida por haber superado el límite de velocidad en carretera en 10 ó 20 Km/hora. Que cada uno juzgue la gravedad de mi infracción, pero puedo asegurar que nunca he puesto en peligro mi integridad física ni, por supuesto, la de mis acompañantes o la de los demás conductores. Y siempre he pagado las multas religiosamente, aprovechando, por supuesto, el periodo de bonificación.

Pues bien, resulta que hay otros buenos ciudadanos que sí se erigen en vigilantes anónimos de las infracciones ajenas. Y en tres casos, he sido yo la víctima; vamos, el denunciado. Yo, un ciudadano ejemplar (o eso creía), me he visto denunciado dos veces y otra amenazado con hacerlo.

La primera vez, hace muchísimos años, recibí una multa por aparcamiento en zona prohibida en una calle de Barcelona en la que no había estado jamás. El denunciante anónimo facilitó el número de matrícula del vehículo infractor a las autoridades pertinentes, quienes me hicieron llegar la denuncia. En este caso, sin embargo, el observador y denunciante no solo se equivocó al tomar nota del número, sino que fue tan preciso que incluso facilitó la descripción del vehículo: la marca (un Renault 5) y el color (amarillo). Mi coche era un Seat 127 blanco. Recurrí y gané, lógicamente. Al denunciante le salió mal la jugada, aunque, para mi desgracia, no debió enterarse.

En una segunda ocasión, más irritante si cabe, fui objeto de una amenaza de denuncia por parte de un ciudadano ocioso. Fue en agosto del año pasado. Estando mi mujer y yo hospedados en un hotel de las afueras de Olot (Girona), visitamos esta bonita ciudad por la tarde y nos quedamos a cenar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al ir a retirar el coche, comprobé que la zona donde lo había dejado correctamente estacionado quedaba cerrada al público por la noche y que solo los vecinos tenían un mando para accionar los pivotes que rodeaban el recinto. Por fortuna divisé una zona por donde podía escapar al cerco, pero para ello debía recorrer unos escasos cinco metros en sentido contrario a la marcha y poder entrar, así, en terreno “amigo”. Aun así, la salida hacia la carretera que llevaba al hotel seguía siendo complicada, por lo que me detuve unos instantes para orientarme y decidir qué ruta tomar. Pues bien, estaba en ese trance meditativo cuando se me acercó un individuo que, al parecer, no tenía otra cosa que hacer, y me recriminó mi infracción. Le repliqué que no era del lugar, que no sabía por dónde salir y que, al verme literalmente acorralado, no había tenido otra opción que hacer lo que hice. Otro le hubiera enviado a freír espárragos y le hubiera dicho que se ocupara de sus asuntos, pero uno es una persona educada y tampoco quería provocarle. Aun así, y de forma bastante chulesca, me advirtió que me estaría observando y si volvía a hacer otra infracción me denunciaría. Reconozco que estuve a punto de perder los estribos ante tanta insolencia, pero me contuve y le dije, con un tono de cabreo, eso sí, por dónde coño podía ir hasta la carretera. Por lo menos, me lo indicó haciéndome señas con los brazos, que más bien parecían aspas de un molino de viento. Pues eso, a tomar viento, escrupuloso ciudadano metomentodo.

Y la tercera vez, hace unos días, recibí por correo certificado una denuncia por una infracción cometida el pasado 22 de julio en Palafrugell (también en Girona), por, según reza dicha denuncia, “no obedecer una señal de entrada prohibida para determinados vehículos”. La infracción se califica como leve. Y otra vez el denunciante es desconocido y se indica que la denuncia no se entregó en mano por “haber tenido conocimiento de la infracción posteriormente por medios de captación”. Si el medio de captación utilizado en este caso hubiera sido una cámara, adjuntarían la foto. Pero no. Ese medio le veo yo en forma de un aburrido tocapelotas que no tenía otra cosa que hacer un sábado por la tarde.

Ese sábado, 22 de julio, mi mujer y un servidor acudíamos al festival de música de Cap Roig, en Calella de Palafrugell y, como no sabía cómo llegar, me dejé guiar por el GPS que, en lugar de llevarnos a esa población, nos envió a la vecina Palafrugell (me salto los pormenores para no alargarme en exceso). El caso es que, una vez descubrimos el craso error y tras reprogramar el GPS, no había forma de salir de una especie de bucle. Vueltas y más vueltas, yendo a parar al mismo punto de partida. Hasta que se impuso el pragmatismo y decidí desobedecer las indicaciones de ese maldito aparato para salir de ese laberinto de calles, tomando la primera que me pareció fiable. No me extrañaría que, histérico como estaba, pues el tiempo se echaba encima y no quería llegar tarde al concierto, tomara alguna calle que, según la denuncia, no estaba permitida para según qué vehículos (¿?). A no ser que vuelva a Palafrugell y busque esa calle, que lleva el bonito nombre de Concordia, siempre me quedaré sin saber para qué tipo de vehículos sí que está permitido transitarla.

El caso es que el denunciante en esta ocasión sí tomó correctamente el número de matrícula, la marca y el modelo. Solo faltaba el color: también blanco. 

No voy a recurrir la multa. ¿Para qué? ¿Qué podría alegar? ¿Qué no lo hice a sabiendas de que estaba infringiendo las normas de circulación? ¿Qué no vi ninguna señal de prohibición? ¿Qué todo fue por culpa del GPS y de mis nervios? ¿Qué lo siento mucho y que no volverá a ocurrir?

Y a todo esto yo me pregunto que qué ganó este otro denunciante anónimo, chivato delator. ¿Acaso se considera un justiciero? Lo entendería si mi vehículo le hubiera ocasionado alguna molestia. Supongamos que hubiera circulado unos metros por una calle peatonal, solo reservada para los vehículos de los residentes, o que solo fuera para carga y descarga. Yo que sé. ¿Qué daño le pude ocasionar? Incluso si un coche está mal aparcado o en zona prohibida, ¿eso justifica que alguien ajeno al problema se tome la molestia de denunciarlo a la autoridad competente? ¿Es por un sentimiento de justicia o de revancha? Y si es de revancha ¿contra qué o contra quién? ¿Serán municipales jubilados que sienten añoranza de sus buenos tiempos?

Yo me inclino por la teoría del amargado, del intransigente, del que está contra todo, del que tiene manía a los coches y a sus conductores. Hay quien cuando ejerce de peatón es un enemigo acérrimo de los conductores y cuando está sentado al volante son los peatones quienes deberían arder en el infierno. 

Siempre duele tener que pagar una multa, pero más me duele tenerlo que hacer cuando la infracción ha sido totalmente involuntaria, sin ningún efecto adverso para nadie, forzada por un contratiempo perfectamente comprensible y cuyo denunciante es un ser anónimo que no saca nada con su acto “heroico” (a no ser que se lleve una comisión por denuncia realizada), salvo fastidiar al prójimo. Si hubiera sido un agente en persona quien me hubiera querido denunciar, seguramente habría aceptado mis excusas y explicaciones. Pero uno no puede defenderse ante quien actúa en la sombra.

Solo son cuarenta euros (con la bonificación del 50% por pronto pago), pero me molesta sobremanera que sea yo, que siempre procuro no saltarme ninguna norma social y que abomino de quien lo hace por la cara, el receptor de esa multa.

Y volviendo a mi denunciante ─no al primero, fallido, ni al segundo, frustrado, sino al tercero, certero─ me haré la pregunta que se hacía José Luis Perales: ¿Y cómo es él, a qué dedica el tiempo libre?

*Ilustración: "La vieja del visillo", personaje interpretado por José Mota


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Tópicos típicos



Aunque no se me da muy bien la crítica cinematográfica, me encanta el cine. Soy un cinéfilo desde muy pequeño, cuando una entrada en los cines de barrio costaba la friolera de cinco pesetas, allá por los años cincuenta y muchos.

Si el tiempo y las autoridades lo permiten (compromisos y demás obligaciones familiares), mi mujer y yo vamos al cine todos los sábados. Cena y cine o cine y cena. Tanto monta.

Estas vacaciones de verano, no podían ser una excepción. A la vuelta de nuestro periplo por tierras de los antiguos imperios Azteca y Maya, hemos realizado una pequeña maratón cinematográfica para ponernos al día. Y viendo película tras película me asaltaron de nuevo (pues no es la primera vez que me da ese arrebato) las ganas de sacar a relucir algo que ya consideraba ridículo, o por lo menos muy cuestionable, en mi niñez y adolescencia y que, pasadas tantas décadas, parece mentira que todavía persista, lo cual lo hace todavía más ridículo, cuando no absurdo. Son lo que yo llamaría los tópicos típicos, esas situaciones irreales que, como digo, aún podemos observar en bastantes películas de nueva confección, sean del género y nacionalidad que sean.

Como suelo hacer cuando critico la conducta o comportamiento ajeno, voy a ilustrar mi afirmación con algunos ejemplos:

- La pareja que está a punto de besarse apasionadamente, o está haciendo el amor, y suena la inoportuna melodía del teléfono móvil. ¿Quién en tales circunstancias contestaría la llamada? Nadie. Pues en el cine sí. Por muy hombre o mujer de negocios, o incluso policía, que uno/a sea, esperaría a terminar lo que estaba por hacer o haciendo. Pues en el cine no.
- O cuando uno de los protagonistas se calla algo que le ocurre, no se lo cuenta a nadie por grave que sea, ni a sus padres, ni al amigo, ni a la pareja, para no preocuparles, queriendo solucionarlo o hacerle frente por sí solo. Que tú lo ves y dices “pero, cuéntalo, cabeza de chorlito, que te podrán ayudar”. Que no se lo cuente a la policía porque podría agravar la situación tiene un pase, pero guardárselo para sí… Pues eso. Sufre en silencio. Sufre mamón. Pero si no fuera así, no habría película, me diréis. Pues que el guionista se las apañe con algo más creíble, más normal, que para eso cobra.
- O la perorata interminable de quien no deja hablar a su interlocutor, el cual quiere comunicarle algo importantísimo (que está embarazada, que lo han despedido, que quiere pedirle el divorcio). ¡Calla, joder, y déjale hablar! ¿No ves que necesita decirte algo?
- O quien oye, ve o experimenta algo extraño (en las películas de terror es donde más conductas atípicas podemos ver) y, en lugar de comentárserlo de inmediato a alguien de confianza, va a ver qué ocurre o hace frente al problema solo o sola. Te estará bien lo que te ocurra, por gilipollas.
- O quien se da de bruces con un cadáver y lo toca todo, arma incluida (sobre todo si es un cuchillo), dejando huellas por doquier, manchándose con la sangre del finado, para luego, cuando le sorprende la policía (también es casualidad) en el lugar de los hechos, decir aquello de “no es lo que parece”. Anda que te den, por tonto/a.
- O la pareja (otra, no la del beso ni la del revolcón) que se siente muy, pero que muy atraída, pero ambos callan como bellacos, sufren de amor en silencio, esperando que sea el otro quien dé el primer paso. Todo son miraditas furtivas pero nada más. ¡Serán remilgados y trasnochados! ¡Eso ya no se lleva, hombre!
- Y qué me decís de la suerte que tiene el conductor del vehículo que siempre encuentra aparcamiento justo donde debe detenerse. Ya sé que sería superfluo mostrar las peripecias del susodicho buscando un lugar dónde aparcar en el vecindario, pero se podría omitir este detalle.
- O cuando alguien debe marcharse apresuradamente de un bar o restaurante y deja el dinero sobre la mesa sin saber (a menos que sea un café, un cortado o un café con leche) a cuánto asciende la cuenta. 
- Y como colofón, y para no prolongar demasiado la lista de irrealidades, la guinda del pastel: la mujer que, habiendo pasado la noche con su amante, se levanta del lecho y se dirige al baño o adonde le place arropándose con sábana y cobertor, arrastrando consigo esa ropa de cama para no mostrar su cuerpo desnudo ni siquiera de espaldas. Algo muy extraño en la actualidad, pues pocas son las actrices que no se presten a mostrar su desnudez ante la pantalla. Pero si alguna tuviera lícitamente ese pudor, pues se omite esa escena y ya está.

En fin, que me resulta increíble que todavía haya guionistas y/o directores que todavía se sirvan de estas situaciones tan manidas y fuera de lugar. Así que, por mucho que me guste una película, si aparece alguna de ellas, no puedo evitar que se me escape una mueca de disgusto.

Supongo que vosotros también habréis observado algún que otro tópico típico. Y es que, por mucho que haya progresado, el cine sigue siendo cine y quizá en el cine todo, o casi todo, está permitido.


martes, 5 de septiembre de 2017

Hipocresía o imbecilidad en estado puro


He regresado de vacaciones cabreado. Tal como lo digo. Quizá soy raro. Acaso veo cosas que no ve la mayoría. O quizá no soy lo suficientemente sensible. No lo sé. Solo sé que estoy cabreado y siento ser reiterativo.

Volví de nuestro (mi mujer y yo) pequeño periplo mexicano el 15 de agosto y tras un día de descanso y adaptación, el 17 nos trasladamos a la Costa Brava para terminar las vacaciones a orillas del mar, mecidos por las olas, acariciados por la brisa mediterránea y acompañados de ocio y lectura. Pero, de pronto, el esperado plácido cierre de las vacaciones de verano se convulsionó por el terrible atentado en la Rambla de Barcelona. 

Ese fue el primer y fundado cabreo, el de la impotencia ante la salvaje vileza de unos fanáticos que se mueven por un odio inculcado contra Occidente. Todos sabemos que cuando se vive un atentado desde la lejanía, en otra latitud, lejos de casa, la indignación se centra única y exclusivamente en el propio hecho delictivo que ha producido la muerte de inocentes. Cuando más lejos tiene lugar parece que más insensibles somos ante la muerte y el pánico ajeno. Pero cuando nos toca muy de cerca, cuando vemos que el peligro está a la vuelta de la esquina y que en cualquier momento nos puede acechar, esta vulnerabilidad nos hace sentir mucho más cercanos a las víctimas y mucho más dolientes y reivindicativos ante esa injusticia.

Pero mi cabreo no acabó con la expresión del rechazo ante ese execrable atentado, no. Mi indignación (usaré un término más fino y menos coloquial) fue en aumento por lo que llamaría “efectos colaterales” que solo se pueden ver y vivir cuanto más cerca está uno del epicentro.

En un primer momento, tras la conmoción normal y el despliegue lógico de los medios de comunicación y el evidente interés mediático por conocer los detalles: el qué, cómo, cuándo, dónde y ─más tarde─ el porqué de lo ocurrido, apareció y se propagó, como una mancha de aceite, el mal periodismo, ese que, por desgracia, abunda tanto, y que, en un afán desmedido por ser el primero en informar, aportar datos novedosos ─sin contrastar─, ofrecer imágenes que llenen los programas informativos horas y horas, días y días, semanas y semanas, se nutren de estupideces como las típicas entrevistas a pie de calle de supuestos testimonios que en realidad no han visto nada o las preguntas a quienes sí han vivido de cerca el percance y que buscan el morbo. ¿Cómo se siente? ¿Qué sintió cuando vio tanta sangre? ¿Qué piensa de lo ocurrido? 

¿Licenciarse en periodismo para eso? Porque doy por sentado que todos esos reporteros de pacotilla son periodistas. Claro que deben seguir las directrices marcadas por sus jefes. A por la noticia, sea la que sea.

Y a continuación, la repetición hasta la saciedad de las mismas noticias e imágenes sin aportar nada nuevo. El primer día vale, es una noticia impactante y la gente se va enterando a medida que sintoniza un determinado canal de televisión. Pero que tras tres días sigan emitiendo exactamente las mismas imágenes, no solo me parece abusivo sino de mal gusto. Por no hablar de las noticias contradictorias. En cuestión de minutos, se nos presenta un baile incesante del número de muertos, arriba y abajo. Y todo ello aderezado con las imágenes ofrecidas por un bar, restaurante o tienda de ropa cuya cámara de vigilancia ha captado unas imágenes borrosas de gente corriendo despavorida por la acera, para dar con ello un toque más trágico a la noticia. ¿Es realmente necesaria tanta información o desinformación, tantas imágenes que no aportan más que dosis de angustia y miedo? Hay que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, pero la justa y necesaria para esclarecer los hechos. Información útil y veraz, no basura informativa. ¿Quién se inventó que el conductor de la furgoneta se había atrincherado en el restaurante turco "La luna" (en realidad es Luna de Estambul) en la calle Nou de la Rambla, habiendo tomado a los clientes como rehenes y hasta donde se había desplazado un negociador? Información, contra-información y bulos.

El suceso fue de una envergadura que reclamaba un despliegue informativo lógico y necesario, pero ocupar prácticamente las 24 horas del día durante varios días y en la práctica totalidad de las cadenas televisivas, con tertulias protagonizadas por supuestos expertos en terrorismo y en yihadismo se me antoja una oportunidad periodística para lograr la máxima audiencia. Por no hablar de esos reporteros aficionados que con sus móviles graban las imágenes desde el balcón de su casa o a pie de calle, más interesados en difundirlas que en ayudar a los heridos. 

Pero con esto no acaba mi indignación, pues tras la desgracia y tristeza por este terrible atentado, viene la política a ensuciarlo todo. Y cuando digo “política” no solo me refiero a la actitud de los políticos sino también a la de aquellos que, practicando el seguidismo, utilizan criterios políticos para verter mierda por doquier en unos más que vergonzosos episodios de desunión en los que fuerzas de seguridad, políticos e ilustres comentaristas se lanzan los trastos a la cabeza y a la de quien se ponga por delante ─alcaldesa incluida─ buscando fallos, desacreditando la labor realizada, acusando de falta de previsión, etc.

Y para rematar la insensatez mediática, aparece la instrumentalización partidista (de unos y de otros) de la posterior manifestación de repulsa contra el terrorismo y contra la islamofobia. Todos aparentemente unidos para manifestar el rechazo al terrorismo yihadista. Y entonces vienen su majestad el rey y el presidente del gobierno a liarla parda con su presencia. No es que me parezca mal que las más altas autoridades del Estado Español participen en tal acto multitudinario, pero, ya que se buscan culpables hasta debajo de las piedras, hay que ser consecuentes con la actitud de dichas autoridades ante gobiernos que promueven y financian el terrorismo. Al terrorismo no se le puede poner parches, hay que atacarlo en sus fuentes.

Ramón Pérez-Maura, periodista y adjunto a la dirección de ABC, un reconocido periódico ultraconservador y monárquico, publicó, el día 26 de agosto, un artículo titulado “El atentado que no perpetró nadie” y que fue difundido en Facebook, en el que dicho periodista manifestaba lo absurdo de criticar la presencia del Rey y del presidente del gobierno por su supuesta connivencia y relaciones comerciales con una monarquía absolutista, como la de Arabia Saudí, que, además de infringir los derechos humanos más elementales, recibe del gobierno español armas por valor de miles de millones de euros, a sabiendas de que dicho país apoya y financia (según todas las informaciones) el terrorismo yihadista.

¿Acaso no es de una hipocresía brutal apoyar a ese régimen y lamentar las victimas a manos de dicho terrorismo? Imaginémonos a un grupo de multimillonarios que se han enriquecido con la prostitución infantil, la trata de blancas, el narcotráfico y el tráfico de armas, organizando un acto benéfico a favor de los niños desfavorecidos sin hogar. ¿No sería de una hipocresía soberbia?

Pero es que, además, el “afortunado” periodista de ABC alegaba, para justificar lo absurdo de tales críticas, que el atentado no se había perpetrado con armas sino con un vehículo. Seguramente, según este señor, lo más apropiado habría sido arremeter contra el fabricante de la furgoneta o la empresa que se la alquiló al terrorista. Una ofensa a la inteligencia humana. 

¿Hipocresía o imbecilidad en estado puro? Estoy cabreado. Espero que se me pase.


lunes, 24 de julio de 2017

Nos vamos de vacaciones


No es esta una reflexión crítica y típica de “Cuaderno de bitácora” ni un relato propio de “Retales de una vida”. Es, simple y llanamente, lo que indica el título: que mis blogs y yo nos vamos de vacaciones. 

Nos ausentaremos el tiempo justo y necesario, no para recargar pilas, como suele decirse, pues estas, por fortuna, siguen a tope ─y que duren─, sino para dedicar todo el tiempo libre durante el próximo mes de agosto ─que será todo el que quede descontando el empleado en dormir, sestear y comer─ a la contemplación, cual monje franciscano. La diferencia es que no me recluiré en un convento, sino que gozaré de la naturaleza ─mar y montaña─ del turismo ─estaré quince días por tierras mexicanas─ y de la compañía de amigos y seres queridos. Y, cómo no, de mis inseparables lecturas, esos libros que aguardan ser leídos.

No escribiré, pero espero que mi mente no quede embotada por el calor y su engranaje siga girando para imaginar historias y reflexiones que luego pueda trasladar, tras este paréntesis, a mis queridos blogs, que permanecerán, entretanto, dormidos. Ellos también se merecen unas vacaciones.

¡Hasta la vuelta!