sábado, 19 de enero de 2019

Las pastillas de la felicidad



Hace ahora treinta años que se lanzó al mercado el Prozac, medicamento al que se le bautizó como “la pastilla de la felicidad”. Su principio activo es la fluoxetina, un antidepresivo del que actualmente existen muchos genéricos disponibles. Pero por aquel entonces, fue el primer medicamento de una serie que, en cierto modo, revolucionó el tratamiento farmacológico de la depresión, gracias a un mecanismo de acción novedoso que demostró ser mucho más eficaz que los tratamientos convencionales, de ahí que se ganara ese calificativo tan elogioso como inadecuado. Ciertamente, un enfermo con depresión no es feliz. Curar la depresión ofrece a quien la sufría un aliciente para vivir y afrontar la vida de forma mucho más optimista. Pero obvia decir que la felicidad no se consigue solo a base de pastillas.

Todo esto viene a colación de que el pasado viernes, 18 de enero, el programa de la Sexta, “Equipo de investigación”, llevaba por título este mismo enunciado y trataba del empleo excesivo en nuestro país de medicamentos para el tratamiento de alteraciones tales como el estrés, el insomnio, la ansiedad, la depresión, etc.

Para ser sincero, solo vi una muy pequeña parte del programa, pues cuando lo sintonicé ya estaba llegando a su fin, pero lo que vi y oí me hizo reflexionar sobre los peligros de generalizar y banalizar ciertos problemas socio-sanitarios. Así pues, no puedo hacer ninguna crítica sobre si lo expuesto en dicho programa se ajustaba o no a la realidad en su totalidad. Solo pretendo hacer una reflexión personal sobre algo que he vivido muy de cerca, que me ha afectado personalmente, como es la ansiedad y la depresión (casi siempre van ligadas), y que, al parecer, afecta cada vez a más personas en nuestra sociedad en general y en nuestro país en particular.

En líneas generales, en el programa de La Sexta se “denunciaba” el uso excesivo, y a veces sin demasiado control, de este tipo de fármacos a los que antes he hecho alusión, entrevistando a consumidores a pie de calle. Muchos entrevistados reconocían haber tomado alguna vez, o estar tomando, ansiolíticos y antidepresivos, y una gran parte de ellos reconocían también que lo hacían para tratar trastornos que yo calificaría de banales, como sería el nerviosismo ante unos exámenes, los nervios provocados por un exceso de trabajo, un insomnio transitorio producido por un estilo de vida inadecuado, o simplemente estar pasando por un mal momento. Ante ello, la presentadora afirmaba que con esta práctica lo que se pretende es buscar o conservar la felicidad, no salir de nuestra zona de confort, y el tono con el que lo afirmó podía interpretarse como que muchas personas echan mano de la medicación solo para ser felices eludiendo cualquier problema cotidiano.

No negaré que habrán (¿algunos?, ¿muchos?) casos en los que la toma de un medicamento de este tipo no solo no es necesaria sino contraproducente, pero, al margen de lo que suceda en la práctica, esa afirmación me pareció simplista, frívola e incluso peligrosa, pues no se puede generalizar en un tema tan sensible como las enfermedades mentales, porque la ansiedad, la angustia y la depresión, entre otros cuadros clínicos, lo son, nos guste o no. Solo hay que haber sufrido uno de estos episodios para saber cuánto se sufre, cuánto se hace sufrir a los que rodean al enfermo y cuán necesitado está este de ayuda.

Ciertamente, la vida moderna nos ha llevado, si no a todos sí a muchos, a padecer trastornos del sueño y de la conducta (nerviosismo, irritabilidad, tristeza, eso que coloquialmente llamamos estar “depre”), alteraciones estas que no siempre requieren de tratamiento farmacológico. Por lo tanto, si en España se ha registrado un aumento alarmante en el consumo de fármacos para tratar estas alteraciones, lo podemos achacar, por una parte, a la búsqueda fácil de un antídoto por parte de quien las experimenta y, por otra, a la manga ancha de algunos médicos generalistas que, a falta de un diagnóstico certero por parte de un especialista, se quita al paciente de encima para no contrariarlo cuando le pide una pastilla, en lugar de buscar otro enfoque.

Ignoro hasta qué punto es esta la razón principal por la que se ha disparado el consumo de ansiolíticos y antidepresivos, pero, desde luego, no se puede negar que el ritmo de vida actual, la precariedad y competitividad laboral, los problemas económicos y el deterioro de la calidad de vida, ha arrastrado a mucha gente hacia el abismo de las enfermedades mentales, algo digno de una gran atención sanitara.

Por ello, temo que una banalización del problema, por un lado, y el abuso irresponsable en la prescripción y consumo de fármacos, por otro, origine una campaña anti-psicofármacos que deje desprotegidos a los verdaderos enfermos que sí los necesitan. Hemos visto, en más de una ocasión, cómo el Ministerio de Sanidad, ante un consumo aparentemente desmedido de un determinado grupo de medicamentos, los ha desfinanciado, trasladando el total de su coste al bolsillo del paciente. Si pensamos, además, que muchos de estos enfermos son víctimas de una situación socio-económica muy frágil, cuando no están en riesgo de exclusión social, el drama estaría servido.

Así pues, debemos ser muy cautos a la hora de diferenciar entre un uso banal y una necesidad real. Para reducir la factura sanitaria de la Seguridad Social no podemos poner en riesgo la salud mental de miles y miles de pacientes, teniendo en cuenta el factor añadido de la precariedad de psicólogos y psiquiatras que hay en nuestro país.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Avangard el invencible




Mientras la gran mayoría de seres humanos estamos inmersos en ese espíritu navideño que llena nuestras casas, nuestros corazones, nuestras calles y vacía nuestros bolsillos, mientras nuestros hijos y nietos cantan “Noche de paz, noche de amor…”, ha nacido en Rusia un retoño que iluminará nuestras vidas desde el momento en que comience a andar el próximo año. Le han bautizado con el nombre “Avangard”. No suena mal, la verdad, aunque dudo de su verdadero significado. En francés e inglés “avant-garde” significa vanguardia, algo avanzado. Quizá es que sus padres rusos han optado por un símil fonético, pues hay que reconocer que la criatura promete ser una adelantada a su (nuestro) tiempo.

Su nacimiento, que nada tuvo de milagroso ni ocurrió en un portal, sino en unas instalaciones militares de Oremburgo, a casi 1.500 Km al sudeste de Moscú, revolucionará el sistema de defensa ruso y, es de suponer, que removerá las entrañas de las otras potencias armamentísticas, tanto por celos como por temor. Una nueva y peligrosa rivalidad competitiva está servida.

El presidente ruso, Vladímir Putin, tuvo el honor de presentarlo en sociedad y, lógicamente, todo fueron alabanzas. “Un gran éxito, una gran victoria”, calificó el evento, presentándolo, orgulloso e impertérrito, ante el mundo entero, tras su exitoso lanzamiento de prueba.

Avangard es, cómo no, un arma de guerra, un misil supersónico (supera en 10 veces la velocidad del sonido), provisto de un escudo antimisiles, que burlará todos los sistemas de defensa durante los próximos 50 años, según sus creadores. Goza, pues, de grandes ventajas respecto a sus hermanos, mucho más convencionales, como el hecho de seguir una trayectoria impredecible (no así el blanco) e imposible de calcular, lo que impide ser interceptado.

Aunque el analista militar Víktor Litovkin se ha apresurado a aclarar que la finalidad del súper misil es básicamente disuasoria, pues a partir de ahora “los potenciales enemigos se lo pensarán dos veces antes de cometer una agresión o ejercer una excesiva presión (¡¿?!) contra Rusia”, yo me pregunto qué repercusión tendrá ello a nivel mundial. Yo diría que nada bueno nos deparará ese recién estrenado engendro militar. Para empezar, habrá que ver la reacción de China, de Corea del Norte, de los EEUU, y de otros países belicistas y si ello llevará a una escalada armamentística sin precedentes. A esta gente siempre les ha gustado competir a ver quién la tiene más grande. ¿Será soberbia o complejo de inferioridad?

Todos ─hipócritas incluidos─ deseamos en estas fechas paz y amor. Incluso en las guerras ha habido ─algo insólito y hasta cierto punto irónico─ treguas durante la Navidad, tiempo de recogimiento y de buenas intenciones. Pero terminado ese paréntesis de bonanza espiritual, siempre volvemos a las andadas. Todas son buenas intenciones que caen en saco roto. ¿Dónde queda el cacareado espíritu de la Navidad? ¿Y dónde ha ido a parar el esperanzador desarme nuclear?

No sé qué debe opinar Ded Moroz, el Santa Claus ruso, sobre este nuevo juguete bélico del que el mandatario ruso se siente tan orgulloso. Seguro que nada bueno. ¿Y qué decir de nuestros Reyes Magos de Oriente que, por su origen tendrían que estar especialmente sensibilizados sobre este tema? Lástima que hagan oídos sordos a las peticiones de las personas de buena voluntad. Ojalá continuara siendo niño para creer en los milagros e ignorar lo que hacen algunos adultos con este planeta.



viernes, 21 de diciembre de 2018

Incongruencias o predicar con el ejemplo


Alfred López, escritor y bloguero, escribió un libro titulado “Ya está el listo que todo lo sabe", en el que nos descubre muchas curiosidades de las que nunca supimos su origen o significado. Pues si él (pues a él debe sin duda referirse) se autodefine como el listo sabelotodo, yo debería definirme como el pesado que todo lo critica. Pero es que no puedo evitar criticar lo que veo y no me gusta.

De todos modos, esta nueva entrada está, hasta cierto punto, vinculada con la anterior, aunque no vaya de juegos. Va de malas costumbres y de la, una vez más, reiterada contradicción entre los consejos “saludables” que nos dan los expertos en la materia y la imagen que se nos ofrece en determinados medios y que va justamente en sentido contrario.

El enunciado apunta a la sociedad, como ente global, no a las personas en particular. Un político, un médico, un sacerdote representa a un colectivo que debe predicar con su ejemplo: ser honrado en su vida privada cuando ataca públicamente la corrupción, llevar una vida sana cuando así se lo recomienda a sus pacientes, o ser virtuoso cuando, desde el púlpito, lo exige a sus feligreses, respectivamente.

La sociedad la componemos todos y su forma de expresión son los medios de comunicación, los distintos movimientos, asociaciones, corporaciones y entidades varias que velan por el bienestar de los ciudadanos. La contradicción a la que aludo al principio se manifiesta cuando alguna de estas entidades sociales recomienda, como medida para el bien público, abstenerse de ciertos comportamientos de riesgo, y otras, a veces sin un propósito evidente, los promueven o incitan.

Si en la entrada anterior culpabilizaba de esa actitud irresponsable a ciertos mensajes publicitarios, en esta amplío mi radio de crítica al cine ─y, por extensión, a las series para la televisión─, por ejercer, sin darnos cuenta, mucha más influencia por el efecto subliminal del mensaje que emite.

Así, en muchas películas podemos ver cómo el personaje principal fuma sin parar, bebe como un cosaco, solo o en compañía, o habla por el móvil mientras conduce. Y resulta enormemente paradójico que en un país como Estados Unidos, ─que ocupa el primer puesto, detrás de la India, en la producción cinematográfica─ donde el fumador es prácticamente un proscrito y solo pueden beber alcohol los mayores de 21 años, se utilice y normalice esa imagen. Las bebidas alcohólicas pueden falsearse en la pantalla, pero yo me pregunto cómo se lo montará el actor no fumador para tragarse el humo de un apestoso (al menos para él) cigarrillo. Aunque, claro, debe ser lo que se conoce como exigencias del guion. Pero todo esto es pura anécdota comparado con la imagen que desprende.

Entiendo que no hay que practicar el puritanismo ─de hecho hay en el cine actual muchas escenas de sexo bastante explícito, que son perfectamente prescindibles, y que no se censuran─ pero las imágenes del fumador, del bebedor y del usuario del móvil mientras conduce, entre unos pocos ejemplos, transmite una normalidad que no debería ser tal. Es decir, se banalizan, a ojos del espectador, hábitos y actitudes que, desde otros canales, se intentan corregir e incluso prohibir.

Muchos años atrás, fumar y beber en las películas estaba bien visto, era algo normal. Humphrey Bogart no sería el mismo sin un cigarrillo en la comisura de los labios ni Dean Martin sin un vaso de whiskey en la mano. Se podría alegar que el cine debe mostrar la realidad, la vida tal como es. Pero una cosa es mostrar una realidad censurable, o con connotaciones negativas, acorde con el argumento del film como, por ejemplo, el consumo de drogas, el robo, el asesinato y la violencia en general, y otra presentar hábitos o conductas inadecuadas en un ambiente de normalidad social.


Y con esto no quiero arruinaros estas fiestas que están a la vuelta de la esquina. Bebed de forma responsable, tal como advierten las autoridades sanitarias, y si os pasáis un poco no pasa nada siempre y cuando conduzca otro o toméis un taxi para volver a casa; fumad, si no podéis evitar el mono, pero moderadamente y con el propósito de enmienda en la mente; pero no conduzcáis con el móvil en las manos a menos que queráis viajar al otro mundo antes de tiempo.

Pero, ante todo, pasadlo bien, que seáis felices y que la suerte os acompañe. Dicho de otro modo: que la salud, el dinero (o trabajo) y el amor no os falte ni ahora ni nunca. Y si vais estos días al cine (a menos que sea para ver películas infantiles), a ver cuántas escenas con tabaco y alcohol observáis.




jueves, 13 de diciembre de 2018

¡A jugar!



¿A quién no le gusta jugar de vez en cuando? A la lotería, en todas sus modalidades, a juegos de mesa, videojuegos y juegos online, incluso a la ruleta o al Black Jack en el casino. Yo, la verdad, a lo que más juego es a la Lotería Nacional por Navidad y al Cuponazo de la Once los viernes, pues no soy de casinos ni bingos y los únicos juegos de mesa que me gustan, aunque ya no los practico con la frecuencia de antaño, es el parchís y la brisca (a la que me enseñó a jugar mi abuela paterna, que era muy aficionada) pero jamás con dinero, en todo caso algunos garbanzos y ya de mayor algunas pesetas, por eso de darle más emoción. Por lo demás, soy muy malo en el juego. No sabría decir si soy malo porque no me gusta o no me gusta porque soy malo, ¿Qué más da? Prefiero ver jugar a los demás, como en el futbol (en eso era malísimo) o en los concursos de televisión.

No sé si lo recordaréis, pero allá por los años ochenta se hizo popular un concurso televisivo, presentado por Joaquín Prats padre, que se llamaba “El precio justo”, en el cual los jugadores debían adivinar, con un margen de error mínimo, el precio de determinados artículos. El grito de guerra que utilizaba ese popular presentador para iniciar el juego era ¡a jugar!, a la vez que extendía el brazo derecho dando el pistoletazo de salida.

Hemos visto y seguimos viendo por televisión una gran cantidad de concursos en los que los participantes deben superar una serie de pruebas para poder llegar a la final y embolsarse un suculento premio en metálico. La mayoría de esas pruebas son de tipo cultural, ya sea cultura general, popular, o de mayor nivel. Evidentemente, el móvil es el dinero, y aunque han habido concursantes reincidentes (que han participado en más de un concurso de la misma u otra cadena), no creo que ello les haya provocado una adicción al juego.

En el ámbito de las adicciones, el juego o, dicho de otro modo, la ludopatía, ocupa un lugar muy importante. Datos recientes estiman que en nuestro país el número de menores de edad enganchados al juego va en aumento y que, a pesar de su condición de menores, muchas salas de juego no hacen ascos a permitirles la entrada, en declaración de los propios chavales. El mismo estudio afirma que el 27% de los jóvenes mayores de 18 años juegan asiduamente. Estamos, pues, ante un grave problema de adicción al juego, que lleva a la ludopatía, una enfermedad psicológica, como la anorexia o cualquier otra dependencia, ante la cual los psicólogos y psiquiatras alertan e intentan poner freno.

No voy a exponer los peligros de esta adicción, pues son de sobra conocidos, como la de cualquier otra. Solo quiero denunciar la hipocresía existente en nuestra sociedad cuando, por un lado se alerta de esos peligros y se intenta acabar con el juego adictivo, y por otra se estimula a jugar a través de los medios de comunicación.

El juego representa un problema social. Hay datos que revelan que las casas de apuestas cuadruplican los ludópatas. En España se estima que hay medio millón de ludópatas. Y mientras tanto los anuncios del juego online se disparan y los jóvenes se enganchan cada vez más. Y me sorprende aún más, casi me duele, que una cara tan conocida entre el público de televisión de este país, una cara amable como la de Carlos Sobera, se haya prestado para promocionar el juego por internet, protagonizando imágenes de apasionamiento y júbilo que claramente invitan a los más jóvenes a participar.

Es tan evidente esta contradicción entre las advertencias oficiales sanitarias y la permisividad también oficial, con el peligro que ello entraña, que espero y deseo que las autoridades pongan algún tipo de filtro, control o contención a esa descarada invitación al juego. Ese ¡a jugar! me parece simplemente inmoral.


martes, 4 de diciembre de 2018

La información, ese objeto del deseo



Dicen que la información es poder. Yo me conformo con pensar que es conocimiento, así de simple y así de importante. Sin información no podemos hacer prácticamente nada, por lo menos nada correcto. Otra cosa es que la gente desee estar bien informada y, si no la recibe, busque, incluso exija, la información. Estar bien informados nos permite tomar las decisiones más adecuadas a nuestras necesidades.

Constantemente recibimos un bombardeo de informaciones, por radio, televisión, prensa escrita y digital, y por las redes sociales. Por desgracia, no siempre es una información fiable y exenta de intencionalidad o manipulación. En tal caso, resulta difícil extraer la que realmente nos puede ayudar a discernir entre lo correcto y lo incorrecto.

Pero hay otro tipo de información, también cotidiana y extremadamente útil, que se nos niega, a pesar de tener todo el derecho a recibirla clara y puntualmente. Si la carencia de calidad o de veracidad en la información de tipo económico, político y social, me disgusta, la falta o escasez de esta otra, a la que hoy me refiero, me indigna.

¿Quién no se ha visto esperando en el andén a que llegue su tren, con una demora injustificable, sin que nadie se digne a darle una explicación? ¿Quién no ha visto su tren detenido entre dos estaciones sin tener la mínima idea del por qué? ¿Quién no ha visto su vuelo retrasado o, peor aún, cancelado, sin conocer los motivos? ¿Quién no se ha visto haciendo cola para embarcar sin que nadie aparezca en la puerta de embarque, a la hora señalada, para informarle de lo que ocurre? ¿Quién no se ha visto dentro del avión esperando al despegue sin que nadie de la tripulación le diga por qué no tiene lugar? ¿Quién no ha sufrido un apagón sin que nadie en la Compañía suministradora sepa darle un motivo? ¿Quién, en definitiva, no se ha visto afectado por un defecto u omisión en un servicio sin recibir explicación alguna?

En cualquier Compañía que ofrece un servicio público, la atención al cliente es la clave de su éxito. Captar un cliente es difícil, pero perderlo es muy fácil. Y a pesar de ello, Compañías como Renfe, Iberia, Vueling, Aena, Endesa, por citar solo unas pocas empresas de relieve, mantienen un silencio absoluto cuando sus clientes exigen conocer el motivo y la duración del fallo en el servicio esperado y abonado. Por supuesto que luego tenemos el derecho a una reclamación y a la restitución de los daños e inconvenientes causados, pero la inmediatez de la información es, repito, una pieza clave para conocer en qué situación nos hallamos, qué repercusión tendrá el incidente en nuestros planes y poder tomar una decisión al respecto antes de que sea demasiado tarde.

Es inconcebible e intolerable que, hoy día, con los medios a nuestro alcance, todavía se den casos de falta de información al usuario. Y no creo que ello pueda achacarse a una falta de inversión en infraestructuras o en personal. Creo que, simplemente, es una grave negligencia o falta de formación de este personal. Y no me vale la excusa de que están mal pagados y que ello redunda en una desidia en el desempeño de sus funciones. El posible descontento en sus condiciones de trabajo no tiene porqué repercutir en el usuario. Solo cuando se ha producido un hecho muy grave que ha afectado a miles de ciudadanos, producido pérdidas económicas sustanciales y ha provocado un alud de encendidas protestas, los máximos responsables se apresuran a dar explicaciones, a toro pasado, y se desvelan en echar balones fuera (el culpable siempre es otro), a asegurar que fue un hecho aislado y a afirmar que no volverá a ocurrir. Hasta que vuelve a repetirse.

Si para “los de arriba” la información es sinónimo de poder, para “los de abajo” es una necesidad material y moral. Una sociedad moderna no solo debe proveer a los ciudadanos de todos los servicios básicos para mantener una adecuada calidad de vida, sino también proporcionarles toda la información necesaria y suficiente para el buen uso y disfrute de dichos servicios.

La información debería formar parte de una nueva Bienaventuranza: Bienaventurados los bien informados, porque ellos sabrán en todo momento lo que les espera.



viernes, 16 de noviembre de 2018

Descalzos por la calle



Gene Saks dirigió en 1967 la película titulada “Descalzos por el parque” (Barefoot in the park en su versión original), en la que el protagonista masculino, Robert Redfort, acaba caminando, borracho y descalzo, por el Washington Square Park de Nueva York, después de que su recién estrenada esposa, papel protagonizado por Jane Fonda, le eche de casa por sus irreconciliables discrepancias matrimoniales. Nunca he entendido la forma en plural del título, a no ser que mi memoria me falle y también ella acabara caminando por el parque sin zapatos. Sea como sea, e independientemente del motivo, es un placer caminar descalzo sobre el mullido césped de un parque, siempre que ello no suponga cargar con una multa. Debería estar prohibido prohibir pisar el césped, siempre que se haga con delicadeza.

Otra cosa muy distinta es caminar descalzo por la calle, sobre el duro y sucio pavimento. Por fortuna, en nuestras latitudes y en los años que corren, ya no se ven niños descalzos por la calle, con los pies sucios y callosos, por falta de unos zapatos. Lejos, geográficamente, nos quedan esas imágenes de criaturas descalzas y desaliñadas, carcomidas por la pobreza, una imagen ligada al llamado tercer mundo. En el nuestro, incluso las personas con menos recursos tienen unos zapatos o zapatillas de deporte que llevarse a los pies, esa parte tan importante de nuestra anatomía que nos sostiene y permite la locomoción.

Andar descalzo puede ser un placer. Liberarse de un calzado que aprieta y nos tortura, o simplemente andar por una superficie lisa y cómoda como puede ser el parqué o la moqueta, o bien granulosa, pero con efectos tonificantes, como la arena de la playa, me parece una práctica sana, natural y oportuna, sobre todo en los momentos de relax, tanto en casa como en la playa. Pero existiendo ese elemento protector podológico y generalmente estético llamado zapato, no entiendo cómo todavía hay quien, de forma totalmente voluntaria, gusta de andar descalzo por la calle. Me refiero, sobre todo, a los turistas (me atrevería a decir extranjeros, aunque también los pueda haber nacionales) que deambulan por un paseo marítimo o por las calles aledañas a la playa, que, indiferentes a la suciedad inherente e inevitable de la superficie de la vía pública, caminan tranquilamente con los zapatos en sus manos.

Si en cualquier objeto que pasa de mano en mano, hay cientos de miles de microorganismos (afortunadamente pocos de ellos patógenos), solo con imaginar cuántos hongos y bacterias deben colonizar los residuos orgánicos que recubren, visible e invisiblemente, nuestras calles, me dan ganas de ir con una mochila al hombro conteniendo un producto desinfectante e ir irrigando a presión las aceras. Pero sin necesidad de ser un paranoico hipocondríaco (ignoro si existe tal calificación médica), una solución para evitar que nuestros pies entren en contacto directo con esos residuos es llevarlos protegidos con un buen calzado.

Tampoco comprendo cómo esos despreocupadamente descalzos viandantes no temen quemarse con una colilla mal apagada, pisar un escupitajo (que no solo los futbolistas hacen alarde de ello en el campo de juego, que hay mucho guarro suelto), un residuo de caca de perro, un chicle super mascado y pegajoso, y un largo etcétera de elementos y sustancias residuales. Y los ves andar tan tranquilos, ajenos a todo tipo de suciedad, la cual se acaba instalando en las plantas de sus pies, adoptando un color oscuro bastante asqueroso, que solo desaparece con un buen lavado a fondo.

Me imagino que no entran con esa guisa plantar en el vestíbulo del hotel o del apartamento donde estén hospedados sin calzarse, ni se acuestan en una cama con sábanas limpias antes de lavárselos. Allá ellos con la suciedad y los posibles inconvenientes de andar descalzos por la calle, pero la sola visión de sus pies en tal estado me produce un gran rechazo.

A los ciudadanos de origen francés que tuvieron que abandonar Argelia tras la independencia de ese país se les conocía como pieds-noirs (“pies negros” en francés). Indistintamente del uso que se le dio a este término (peyorativo, por parte de unos, identitario, por parte de otros), dos de las posibles explicaciones de su origen tienen que ver con el color de los pies de esos expatriados, ennegrecidos por el trabajo que hacían limpiando zonas pantanosas o por la falta de higiene, al no lavarse los pies con tanta frecuencia como sus conciudadanos musulmanes.

Así pues, al margen de consideraciones políticas o históricas, y sin relación alguna con Argelia, han emergido unos nuevos y modernos pieds-noirs, los que cada verano frecuentan nuestras zonas turísticas sin importarles lo que pisan. Y, según parece, esta costumbre se está arraigando entre los famosos. Y si no lo creéis, la siguiente imagen vale más que las 800 palabras de que consta esta peculiar entrada.




lunes, 12 de noviembre de 2018

Por el interés te quiero Andrés



No sabría decir si lo mío es cobardía, inseguridad o prudencia. El caso es que nunca antes había dudado tanto sobre si publicar o no una entrada por temor a una reacción negativa por parte de algún lector que pueda sentirse molesto por alusiones. Yo soy así, siempre temiendo ofender. Pero he acabado pensando: qué caramba, este espacio lo creé para dedicarlo básicamente a la reflexión y a la exposición de hechos que se me antojan criticables o, cuanto menos, controvertidos y, por lo tanto, sujetos a todo tipo de opiniones. Y al final de mucho pensar, he decidido hacerlo. Eso sí, echando mano de las tijeras de la autocensura.

Siempre he sospechado que la primera “fuga” de seguidores de mis blogs se produjo a raíz de una crítica que hice sobre la conducta, para mí anómala, de algunos usuarios de las redes sociales y de algunos blogueros. ¿Se sintieron aludidos y ofendidos? Podría decir aquello de “quien se pica, ajos come”. Aun así, siempre me quedará un cierto pesar por ello.

No me gusta quejarme, y mucho menos de mis amigos. Tampoco me gusta enfadarme, y mucho menos con mis amigos. Pero como quien me ha inspirado esta entrada no puede considerarse una amistad real, no he podido reprimir el deseo y la necesidad de explayarme con algo que me ocurrió hace unas dos semanas. Aunque pueda sonar a pura anécdota, pues tiene, en el fondo, tanta importancia como una gran cagada de ave en el parabrisas del coche, me molestó tanto como me molesta encontrarme con una gran cagada de ave en el parabrisas del coche, es decir bastante.

En una ocasión escribí sobre las apariciones y desapariciones que suelen producirse en esta comunidad bloguera. Llegan nuevos visitantes, se quedan por un tiempo y luego emigran a otros lares donde encuentran mejor cobijo. Hay quien te visita una sola vez y ya no vuelve, a pesar de haber manifestado su satisfacción por lo leído, seguramente porque no le has devuelto la visita dejándole un comentario. Habrá quien, simplemente, es un culo inquieto, y se cansa de estar mucho tiempo en el mismo lugar y le gusta cambiar de aires con cierta frecuencia. Hay conductas de todo tipo, unas más extrañas que otras. Cada uno es libre de obrar como quiera. Hasta aquí nada que objetar. El “te leo si me lees” es una actitud relativamente frecuente en este mundillo. Es la reciprocidad interesada. Digamos que es, hasta cierto punto, algo normal. Pero ya no lo es tanto cuando alguien no acepta de buen grado no ser correspondido.

La protagonista de la historia que voy a relatar apareció un buen día del pasado año en mi blog “Retales de una vida” y algo más tarde en este. El comentario que dejó, muy poco o nada tenía que ver con el texto que se suponía había leído. Para mí solo era una nota de atención. Y es en este punto donde he reprimido el deseo de ser más explícito. En la primera versión de esta entrada, reproducía fielmente sus palabras y sus incongruencias, pero ello podía descubrir su identidad, por la peculiaridad de su estilo y porque, además, he observado que deja su huella en los blogs de algunos de los que me leéis, con frases muy parecidas. Además, aunque su forma de escribir deja mucho que desear, reproduciendo sus comentarios también podría parecer que pretendo hacer burla de ello, nada más alejado de la realidad. Lo único que quiero criticar es la conducta, por lo que he decidido denunciar el pecado, pero no al pecador.

En más de una ocasión, tras alguno de sus “mensajes”, me acerqué a su blog para ver qué publicaba. Nunca quise ser tan hipócrita como para dejar un comentario sobre un texto que no era de mi agrado, como si tuviera que pagarle su visita.

Hace poco me pidió amistad en Facebook, a lo que yo accedí con cierto reparo, esta vez sí, para quedar bien. Y se hizo la luz. Y la tormenta.

Al poco de compartir en esa red social uno de mis últimos relatos, dejó un comentario un tanto extraño, afirmando que andaba perdido y que hacía mucho que no me veía. Como no entendí lo que quería decir, no le respondí, creo que solo le puse un “Me gusta”, por poner algo.

Al cabo de unos días, recibí por Messenger un mensaje que venía a decir que era un desconsiderado por no haberle contestado y solo poner un Like. Que no sabía si en España eso era habitual, pero que donde residía, cuando uno te invita, se le corresponde. Debo decir que su pésimo estilo ortográfico y la peculiar sintaxis hacían difícil la comprensión del texto a la primera.

Corrí (idiota de mí) a buscar su comentario en Facebook y vi que había añadido otro que decía que, si no había respuesta, quizá era porque lo había escrito mal y no me había enterado. Así que le respondí que me disculpara por no haberle contestado, pues no había entendido a qué se refería al decir que andaba perdido Su respuesta no se hizo esperar (ahora sí la reproduzco literalmente):

“Cuando salgas de ti lo podrás ver, muchas gracias”

Con ello di por terminado ese disparatado malentendido. Pero no. Por Messenger me envió una especie de diatriba reprochándome estar encerrado en mi “grupito”, sin querer salir y conocer sus palabras, y bla, bla, bla. Y al no recibir respuesta alguna por mi parte, insistió en que debía volar y conocer otros blogs, Que ella me leía y tal y cual. Acabó invitándome a visitar su blog, para lo cual me facilitada el enlace.

Ante la disyuntiva de si callar o responderle, me decidí por esta última opción, diciéndole la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad: que había visitado su blog en varias ocasiones, que solo dejo un comentario si lo que he leído me ha satisfecho, cosa que, lamentándolo mucho, no había sucedido. Que cada uno tiene sus gustos. Que existen miles de blogs y, ante la imposibilidad de seguirlos a todos, prefería quedarme con los que más me satisfacen, que son los que conforman ese “grupito” al que ella hacía referencia. Y que esperaba no haberla ofendido ni haber malinterpretado sus palabras.

Su última “misiva-torpedo” decía que “escribir largo no es escribir bien” (he observado que en muchos de los comentarios que suele dejar en otros blogs alaba la brevedad con afirmaciones del tipo “escribes corto y bonito”), que ella trabaja en un periódico y que me fuera bien con mi blog (que supongo podría traducirse como que me fuera al carajo).

Al día siguiente, adivinando que me habría borrado de su lista de “amistades”, consulté, movido por una curiosidad malsana, el apartado de “amigos” en mi perfil de Facebook y, efectivamente, el pájaro había volado. Creo que más que una amistad, me he quitado un peso de encima. Nunca me han gustado, y he evitado, las amistades interesadas.