martes, 15 de octubre de 2019

Timos y fraudes



Estamos rodeados de timadores y expuestos a toda clase de engaños. Cada semana conocemos nuevas tentativas de fraudes. Siempre he pensado que si la astucia de esos timadores se empleara para un bien social viviríamos en un mundo algo mejor.

No creo exagerar si afirmo que absolutamente todos hemos sido alguna vez presa de un timador, aunque solo fuera en forma de tentativa, sobre todo mediante una llamada telefónica.

Yo he sufrido unas cuantas, pero desde “el gran timo en París”, como yo le llamo, me he vuelto muy suspicaz y ya no he caído en las garras de un estafador.

Pero antes de referir lo ocurrido en la ciudad de la luz, o mejor debería decir en el aeropuerto Charles de Gaulle, permitidme que os ofrezca un pequeño aperitivo como entrante.

En dos veranos consecutivos, en pleno mes de agosto, recibí idénticas llamadas de la supuestamente Cruz Roja Española ─entidad con la que colaboro en calidad de socio─ diciéndome que se habían percatado de que no había abonado la cuota mensual durante los últimos meses. Yo no podía comprobarlo, pues no tenía conmigo ni el ordenador ni nada que pudiera servirme de prueba de que ello no era cierto. Pero como soy sumamente meticuloso con estas cosas (me refiero a la economía doméstica), de ser así me habría percatado. Ante mi extrañeza, se ofrecieron a comprobar mis datos, incluyendo el número de cuenta bancaria en la que tenía domiciliada mi cuota. Argumentando que prefería hacer yo la comprobación una vez en mi domicilio y que les llamaría si, efectivamente, se había producido esa omisión, dieron por terminada nuestra conversación. Qué curioso que el mismo tema se suscitara en agosto y durante dos años consecutivos. Ni que decir tiene que, una vez en casa, comprobé que hacía tan solo unos días me habían descontado la cuota. Pero ¿cómo sabían mi nombre, mi número de teléfono y que colaboraba con esa entidad? Porque es impensable que una Organización como esa no tenga al día la información de sus socios.

Algo parecido sucedió un tiempo después con una llamada presumiblemente hecha por alguien de Microsoft que, hablando en inglés, preguntó por mí. En esa ocasión, como la llamada se hizo al teléfono fijo y yo estaba de vacaciones, la atendió mi hija menor. Al argumentar que yo no estaba disponible, colgó sin más. Al cabo de un año volvió a repetirse esa llamada. En esta ocasión la atendió mi mujer y el supuesto empleado de Microsoft, esta vez hablando en español, pero con un fuerte acento inglés, le comentó que habían detectado un virus en nuestro equipo y debíamos actuar urgentemente, para lo cual tenía que entrar en el ordenador por control remoto para poder solucionarlo. Cuando mi mujer empezó a hacerle preguntas, la conexión se interrumpió.

En alguna ocasión he recibido ofertas por teléfono imposibles de rechazar, como un obsequio totalmente gratuito a cambio de contestar unas pocas preguntas sobre mi estilo de vida saludable. Luego resultó que ese “premio” era una demostración, efectivamente gratuita, de un kit para medir la tensión arterial y no sé cuántas cosas más. Y eso habiéndoles advertido que no pensaba comprar nada. Por supuesto, el representante se marchó tal como había llegado. En un caso se trataba de un masaje en casa sin final feliz porque el masajista resultó ser un hombre con voz de cazalla que tiraba patrás y al que no franqueé la entrada aduciendo (y era cierto) que había previamente anulado por teléfono el servicio─. Y en otro, también por contestar unas cuantas preguntitas de nada, me regalaban un chisme que limpiaba la ropa sin necesidad de detergente, pero tenía que abonar cinco euros por los gastos de envío (seguramente una cantidad superior a su precio).

Hace tan solo un mes, un amigo me contó otro engaño bastante bien currado. Recibió (presuntamente) de un centro comercial muy conocido (el distintivo parecía auténtico) una notificación a su móvil de que había sido agraciado con un premio a elegir entre un iPhone, un Smartphone o una tableta, todo ello de gama superior. Para ello solo debía abonar un eurillo de nada. Picado por la curiosidad para ver adónde le llevaba esa patraña, fue eligiendo y aceptando cada paso hasta llegar al pago del euro, pero antes de efectuar el ingreso debía dar su número de cuenta bancaria dónde cargarlo. Malditos bastardos, como diría Tarantino.

Según he leído, la última técnica en timos es el llamado “deepfake”, que consiste en llamadas telefónicas en las que quien llama mimetiza (seguramente mediante alguna aplicación) la voz de una persona muy conocida, o incluso famosa, para engañar al incauto que descuelga el teléfono. Ignoro lo que el estafador pretende conseguir de su víctima, pero desde luego nada bueno ni de lejos.

Y ahora ha llegado el turno al gran timo del que fui objeto hace bastantes años mientras esperaba mi vuelo de París a Barcelona.

La reunión a la que acudí, terminó mucho antes de lo esperado, de modo que tenía cuatro horas de espera por delante. Intenté cambiar de vuelo, pero el simpático empleado de Air France se limitó a decir n’est pas possible monsieur, tras lo cual me dio la espalda de forma un tanto despectiva. Después supe que, volando en clase business como volaba, muy probablemente hubiera podido hacer el cambio, pues no suele ir llena. Yo no lo sabía ni el azafato de tierra me lo hizo saber. Así que, en cierto modo, él fue el culpable de todo.

El caso es que me resigné y anduve por la terminal hasta que me senté, con los pies doloridos y la paciencia agotada, en un banco. Al cabo de un rato se me acercó un joven, que dijo ser canadiense, con aspecto de estar muy apurado. Estaba muy nervioso y sudaba copiosamente. Me preguntó si hablaba inglés, y al decirle que sí me explicó su problema. Su historia era hasta cierto punto creíble, pero lo que me hizo empatizar con él fue imaginarme en esa misma situación y sentí pena por él. Luego pensé que, de ser una farsa, ese joven merecería un óscar a la mejor interpretación. Había estado hospedado con su mujer y sus dos hijos pequeños en un hotel de París y justo antes de abandonarlo, un carterista le arrebató el bolso a su mujer, quedándose sin dinero ni tarjetas de crédito. Por lo tanto, no podían mercharse sin antes haber abonado la cuenta, que ascendía a más de doscientos euros. La mujer y los niños se habían quedado como “rehenes” y él había decidido acercarse hasta la terminal en busca de ayuda. Lo curioso ─luego supuse que era para dar más credibilidad a su historia─ es que no me pedía una cantidad redonda sino algo así como doscientos veintisiete euros. Me dijo que no podía esperar a recibir una transferencia de su padre porque esa misma tarde tenían que tomar el vuelo de regreso y que me devolvería el dinero tan pronto llegara a su casa. Me llegó a ofrecer su reloj como prenda, que dijo valía mucho más. También afirmó que su padre era millonario ─me pareció ridículo y fuera de lugar que mencionara ese pormenor, pero pensé que los nervios hablaban por él─. Yo justamente tenía doscientos euros y calderilla, pero como solo tenía que abonar el parking donde había dejado mi coche y lo podía hacer con la tarjeta de crédito, le di los doscientos euros y que se espabilara para conseguir el resto de dinero que le faltaba, que era muy poco. El joven se deshizo en agradecimientos y alabanzas hacia mi persona, pareciendo tremendamente aliviado, como el que recibe la absolución cuando podía haberle caído una pena de varios años de cárcel. Nos despedimos dándole mi tarjeta de la empresa en la que anoté mi dirección particular y mi correo electrónico, para que pudiera enviarme el dinero y ponerse en contacto conmigo. Durante semanas estuve pendiente del correo sin recibir noticia alguna del canadiense o lo que fuera. Increíblemente, aun quiero pensar que algo le debió ocurrir para que no cumpliera con su palabra. ¿Quizá, con los nervios perdió mi tarjeta? ¿Quizá todavía está riéndose de mí?

Esperaba confesárselo a mi mujer una vez recibidos los doscientos euros, pero acabé contándoselo al cabo de un tiempo más que prudencial. No fue capaz de reñirme porque, tiempo atrás, ella también había sido objeto de una estafa muy parecida cuando un individuo, llamando por el telefonillo, se hizo pasar por un compañero mío del trabajo ─debió leer mi nombre en el buzón─ y le dijo que había recibido una llamada urgente de su mujer desde un hospital y que al salir precipitadamente de su domicilio cerró la puerta dejándose las llaves y la cartera dentro. Necesitaba dinero para tomar un taxi, dinero que me devolvería al día siguiente en la oficina. Mi mujer no solo le invitó a subir a nuestro apartamento, sino que en lugar de dinero le ofreció las llaves de su coche pidiéndole, eso sí, que se lo devolviera esa misma noche, pues lo necesitaba a la mañana siguiente para ir al trabajo. El hombre debió pensar que lo del coche ya eran palabras mayores y se conformó con dinero en metálico, que la generosidad de mi mujer hizo que fueran dos mil pesetas. También en esa ocasión estuve pendiente de que algún empleado ─el nombre que le dio no me sonaba de nada─ se identificara como el benefactor de la buena fe de mi mujer para devolverme los dos mil pavos, cosa que jamás se produjo. Vaya par de ingenuos.

Desde entonces, nos hemos vuelto muy desconfiados. Seguramente ahora pagan justos por pecadores.


jueves, 3 de octubre de 2019

Otra vez la maldita informática



Hay un libro titulado “Ya está el listo que todo lo sabe”, cuyo autor es el bloguero Alfred López, dedicado a dar respuesta a curiosidades y preguntas que muchos nos hemos hecho en más de una ocasión. Pues bien, a mí se me podría atribuir algo así como “ya está de nuevo el pesado que se queja de todo”. Pero es que es algo más fuerte que yo y no puedo refrenar mis ansias de arremeter contra todo lo que me molesta.

Así pues, siguiendo esta tónica, voy a dedicar hoy este espacio a quejarme, una vez más, de la informática y sus inconmensurables desmanes y misterios.

Son muchos los disgustos que la informática me ha dado y, siendo sincero, no todos atribuibles a sus programas o aplicaciones, sino, muy probablemente, a mi falta de conocimientos y torpeza. Estos fallos me los tengo que tragar y entonar el mea culpa. Uno sabe lo que sabe y a mi edad no se pueden esperar prodigios. Pero lo que realmente me subleva son los fallos “de origen” y que te dejan con el culo al aire, debiendo recurrir a un auxilio externo. El más grave y reciente tuvo lugar el día antes de marcharme de vacaciones.

Yo suelo guardar una copia de todos mis documentos en un disco externo de gran capacidad, pero hacía unos días que no había realizado tal operación. Esa tarde, la víspera de mi viaje a Asturias, al apagar el ordenador, en la pantalla apareció “actualizar y apagar” o “actualizar y reiniciar” (opciones que me aparecen con cierta frecuencia cuando apago el PC). Si hubiera optado, como de costumbre, a la primera, no habría sabido lo que había ocurrido, pues al día siguiente ya no estaría en casa. Algo debió inspirarme para optar por reiniciar tras la actualización automática, que, digo yo, ¿por qué te obligan a ello en lugar de darte la oportunidad de omitir esa operación?

El caso es que, cuando, pasado unos minutos, el ordenador se reinició, lo primero que observé es que la imagen habitual de fondo de pantalla era la típica e insípida de Windows (la ventanita con fondo azul) en lugar de las bellas imágenes que últimamente aparecían. Algo andaba mal, me dije. Cuando entré para revisar mis documentos e imágenes archivados en las carpetas correspondientes ─pues tuve un pálpito de que algo grave había ocurrido─, todos habían desaparecido por arte de magia. Todas esas carpetas estaban vacías. Podéis imaginar mi enojo. No era mucho lo que había perdido (unos cuantos relatos, decenas de fotografías y documentos varios), pero aun así eran importantes para mí e irrecuperables.

Tras varios intentos infructuosos, reiniciando el sistema, por si se producía el milagro y lo que había desaparecido resucitaba entre los vivos, tuve que echar mano de alguien con conocimientos de informática. Y ahí estaba, por fortuna, un seguro que me cubría, entre otras cosas, un “servicio de ayuda tecnológica integral” disponible las 24 horas del día y los 365 días del año. Eran las 21:30 cuando llamé a ese servicio y no fue hasta pasadas las diez de la noche cuando un “técnico informático” se puso en contacto conmigo.

Entretanto, mi mujer iba buscando, desde su portátil, información al respecto y cómo solventar el problema. Las noticias que me dio no podían ser más desalentadoras. Según pudo leer, Windows 10 (la versión que tengo instalada de origen) había dado serios problemas al actualizar el equipo, uno de ellos la pérdida de archivos, que no eran recuperables.

Cuando ya estaba subiéndome por las paredes, el informático, muy amable a pesar de la hora intempestiva, intentó tranquilizarme, pero sin darme demasiadas esperanzas. Se introdujo en mi ordenador por control remoto y empezó la búsqueda del Santo Grial. Estuvo largo rato buscando por aquí, buscando por allá, sin resultados. Todo eran expresiones de extrañeza. Hasta que, de pronto, yo diría que casualmente, encontró una carpeta de imágenes en una ubicación distinta a la habitual, concretamente en “OneDrive”, un lugar de almacenamiento que descubrí tiempo atrás por darme unos problemas que omito para no convertir esta entrada en un panfleto reivindicativo. Solo diré que es gratuito hasta que superas un determinado nivel de almacenamiento, a partir del cual es de pago mensual. Por tal motivo y con la ayuda de otro informático del mismo servicio, decidí eliminado. Pero ese sí que, contra todo pronóstico, ha acabado resucitando (o no estaba definitivamente muerto, sino catatónico). Otro motivo de queja. Aparece lo que te fastidia y te limita, pero lo que desaparece, te lo tienes que currar para encontrarlo.

Pude, de este modo, recuperar las imágenes perdidas, que el informático se limitó a copiar de donde las había hallado y pegar en el escritorio, y ya harás con la carpeta lo que te plazca. El resto de documentos no pudo recuperarlos. Pero uno que es terco y no se resigna fácilmente, sin haber cenado todavía, inició una búsqueda por los mismos andurriales por donde aquel hombre había navegado y ¡zas!, allí estaba una carpeta con el nombre “Documents”, así, en inglés, que volvió a su lugar de origen y que no me he atrevido a traducir al castellano por si acaso se rebela y me hace otra jugarreta.

Cuando, a la vuelta de mis vacaciones, volvió el ordenador a plantearme esas dos opciones de actualización de las que uno no se puede escapar, me eché a temblar, pero con la tranquilidad de que todo estaba almacenado en el disco externo. En esta ocasión, sin embargo, todo quedó intacto, pero me he percatado que ahora, cuando guardo un documento por primera vez, se despliega un cuadro de diálogo que pregunta dónde lo deseas guardar y que, por defecto, lo haría en OneDrive, algo que ahora evito. ¡Que se jorobe ese OneDrive!

Ojo, pues, con las actualizaciones forzosas. Guardad una copia de seguridad antes de aceptar cualquiera de esas dos opciones (actualizar y reiniciar, o actualizar y apagar). Afortunadamente se puede optar por una tercera opción que mantiene encendido el equipo y que dice algo así como Suspender.

Yo a quien suspendería, si pudiera, es a los programadores culpables de estos despropósitos, intencionados o no.

¿Realmente son necesarias todas esas actualizaciones? En el móvil ocurre algo parecido. A veces el sistema te advierte que hay una serie de actualizaciones disponibles y podemos decidir activarlas o no. Pero muchas otras te informan de que se han actualizado automáticamente un buen puñado de aplicaciones sin contar con tu aprobación. ¿Es normal que Facebook, Amazon shopping, Instagram, Shazam, YouTube, etc. requieran actualizaciones cada poco tiempo? ¿Hay algo pernicioso que nos quieren introducir con ellas? En el ordenador hay actualizaciones optativas que, si no te fijas bien, incluyen la inserción en paralelo de programas no deseados, una forma de engaño encubierto.

Y no menciono esas “advertencias” que aparecen de pronto, como un desplegable que asoma por la base de la pantalla, poniendo en duda la seguridad del equipo, cuando el antivirus indica que todo está correcto y a salvo, porque esto entraría en el terreno de los intentos claros de fraude, de lo que trataré en mi próxima entrada.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

La era de la comunicación



Lo habitual cuando uno vuelve de vacaciones es contar a amigos y parientes ─si es que se muestran mínimamente interesados─ cómo le ha ido a uno ese periodo de descanso, especialmente si lo ha disfrutado con algún viaje, a ser posible cuanto más lejano y exótico mejor.

Yo voy a ser la excepción, aunque no puedo evitar mencionar un hecho de mis vacaciones que casi calificaría de insólito: esta vez (a la tercera va la vencida) pude disfrutar de Covadonga y sus lagos bajo un sol radiante. Por fortuna, la lluvia y la niebla no hicieron acto de presencia.

Dicho esto, voy a dedicar este espacio a lo que más me gusta: a quejarme de lo que no soporto y que tengo que soportar. El motivo de mi queja esta vez es la dificultad de comunicación de un cliente con ciertas empresas que prestan un servicio, una comunicación que solo es eficiente cuando el beneficiado es la empresa, pero que resulta tremendamente compleja, por no decir imposible, cuando es el cliente quien desea formular una queja o solicitar algo que al suministrador le trae sin cuidado.

Resulta paradójico que, en lo que he llamado la era de la comunicación, de la que venimos disfrutando hace ya bastantes años, se dé esa contradicción. Tenemos a nuestro alcance muchos sistemas y aplicaciones con objeto de dar una mayor y más rápida información. Gracias a ellas, nos podemos comunicar instantáneamente con cualquier persona al otro extremo del planeta, podemos ver, casi a tiempo real, imágenes de marte, podemos acceder a cualquier organismo oficial sin necesidad de personarnos ni enviar un requerimiento por escrito. Todo ello representa, sin duda, un gran avance tecnológico y, en cambio, esa comunicación falla estrepitosamente en algunas situaciones rutinarias pero que considero básicas, esas en las que, como he dicho anteriormente, un suministrador de un servicio, debería cumplir a rajatabla con una correcta y eficiente atención al cliente. Para mí, la calidad del servicio posventa es lo que realmente distingue a una empresa de otra.

Si utilizamos el servicio telefónico para efectuar una gestión, casi siempre tenemos que comunicarnos a través de una grabación que nos va indicando el camino hacia la supuesta resolución del caso: “si se trata de una consulta sobre su factura, marque el 1; si desea información sobre nuestros servicios, marque el 2; si desea darse de alta de algún servicio, marque el 3”, y así sucesivamente.

Hace un par de meses, tuve que utilizar este sistema para reclamar un nuevo mando a distancia para el servicio de Televisión Movistar+, pues el que tenía fallaba con bastante frecuencia. Siguiendo esos pasos indicados por la voz grabada, seleccioné la única alternativa que me pareció válida: comunicar una avería. Consideré que, si el mando no funcionaba bien, se trataba de una avería. Una vez marqué esa opción, la voz desplegó otras opciones: avería en internet, en el aparato fijo, o en televisión. En mi caso consideré que era esta última la opción a marcar. Pues bien, al marcarla, otra voz me indicó que no me retirara, que procederían a revisar remotamente mis conexiones. ¡Pero qué conexiones ni qué niño muerto! Solo quería cambiar el mando defectuoso por uno nuevo. Después de varios minutos, que me resultaron interminables, con música de fondo y, de tanto en tanto, una voz que me decía “no se retire, estamos haciendo comprobaciones”, al final se me comunicó que todo estaba correcto y, tras darme las gracias, se cortó la comunicación.

Ante ello, volví a llamar, pero en esta ocasión marqué la opción que decía algo así como “otros asuntos”, tras lo cual la voz dijo que me pondrían en contacto con un comercial. Por fin un humano. Pero todos estaban ocupados, así que me rogaron que esperara o bien volviera a llamar pasados unos minutos. Cuando estaba a punto de agotar mi paciencia, me pusieron por fin en contacto con una persona de carne y hueso, la cual, tras referirle el motivo de mi llamada, me dijo que me pasaría con el servicio técnico. Pero antes de hacerlo, aprovechó (como buen comercial que era y siguiendo por supuesto las instrucciones de la Compañía) para ofrecerme un nuevo terminal a un precio bastante razonable. Como mi móvil ya llevaba un tiempo haciéndome la puñeta, aproveché la oferta. Todavía no me habían pasado con el técnico que ya había recibido un SMS notificándome que ya podía pasar por mi tienda habitual y que me harían entrega del nuevo móvil. Eso sí que es eficiencia, sí señor. Cuando por fin se puso al aparato el técnico en cuestión y le dije el motivo de mi llamada, me pidió que me esperara un momento, momento que se convirtió en minutos y finalmente se cortó la comunicación. Para abreviar, diré que tuve que repetir la misma operación otras tres veces y siempre con el mismo resultado. Creo que en total empleé inútilmente tres cuartos de hora. Entonces opté por entrar en su web y buscar el modo de solventar mi problema. Navegar por una web de una Compañía como Movistar no es tarea fácil, tienes que echarle paciencia e intuición para saber encontrar la ruta adecuada para hacer una gestión que no es habitual, si es que la hay. Pero finalmente, hallé lo que buscaba: cambio de mando a distancia. ¡Eureka! Y a los pocos minutos, otro SMS me indicaba que, trascurridas 24 horas, podía pasar por la tienda Movistar de mi población y me harían entrega de uno nuevo. Cuando pasado ese tiempo prudencial acudí a la tienda, no solo no sabían nada del tema (otro problema, esta vez de comunicación interna), sino que ni siquiera disponían de mandos, pues se habían agotado desde hacía semanas. Ahora bien, sí disponían del nuevo teléfono móvil. De eso sí tenían stock más que suficiente. Para el nuevo mando tuve que esperar otra semana.

Eso corrobora lo antedicho: cuando se trata de hacerles ganar dinero, te atienden con una rapidez y eficiencia asombrosa. Pero cuando son ellos los que tienen que ofrecerte un servicio a coste cero, tienes que armarte de paciencia.

Podría poner muchos más ejemplos igualmente irritantes, como cuando debes devolver un producto defectuoso comprado por internet y reclamar el reembolso de lo abonado. Aunque al final logres tu objetivo, no te lo ponen fácil. También podría incluir dentro de este despropósito comunicativo, los correos electrónicos que se reciben con el distintivo “no reply”, es decir que no se pueden contestar (con lo fácil que es contestar un email) y debes recurrir a otro sistema para dar respuesta a esa notificación en el caso de discrepancia; o las notificaciones que podemos dejar en el apartado de “atención al cliente” o “contacta con nosotros” de la web de una empresa, tras lo cual y en el mejor de los casos solo recibes una nota confirmando que se ha enviado y/o recibido correctamente, pero de las que nunca recibes respuesta y ni tan solo tienes la seguridad de que han sido leídas; o cuando el único número de teléfono disponible es un 902 que, como te mantienen a la espera largo rato, dispara la factura; o bien esos trámites en webs oficiales para recabar información o realizar un trámite, y después de seguir pacientemente todas y cada una de sus instrucciones y pasos, te encuentras con que te indican al final que ha habido un error inesperado y que lo intentes en otra ocasión.

Si la idea de implantar esos procedimientos automatizados es la de agilizar los trámites, creo sinceramente que muchas veces el resultado es nefasto. Está muy bien que para redirigir una llamada hacia el interlocutor idóneo tengas que seleccionar una opción en concreto, pero sin demoras exageradas ni cortes en la línea, ni que luego te vayan pasando de un operador a otro hasta dar con el adecuado. También puede resultar muy práctico que, en lugar de llamar por teléfono, puedas hacer la gestión a través de una web, pero que, por lo menos,  esté bien diseñada para facilitar esa labor y no te encuentres con que cuando vas a formular tu pregunta en el apartado “Questions & Answers” (preguntas y respuestas) aparezca un despegable que ya tiene predeterminadas una serie de cuestiones, entre las que no se encuentra la tuya y te quedas como al principio. Y también me digo yo que ¿para qué existe el botón de Ayuda (por ejemplo en Facebook) si cuando lo pulsas no encuentras el modo de ver solucionada tu duda o problema? Eso sí, te dan las gracias por tu colaboración, que servirá para mejorar el servicio. ¿Qué servicio?

¿Cómo es posible que en la era de la comunicación, existan tantos escollos informativos”? ¿Cómo vamos a comunicarnos correctamente si nos imponen tantas barreras y obstáculos? Quizá es que estoy chapado a la antigua, pero sigo prefiriendo el contacto humano, la mejor forma de comunicación que existe. Solo espero que la robotización total que está por llegar, no empeore todavía más las cosas.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Un lento despertar



Hay quien, tras un largo sueño, despierta sintiéndose como nuevo, descansado y con la mente clara, y hay quien, al contrario, tarda en despabilarse, sintiendo que los párpados se resisten a abrirse y el cerebro a funcionar con plena normalidad. Todo depende de si el sueño ha sido reparador o no.

Lo mismo ocurre, creo yo, con el “despertar posvacacional”, con la vuelta a la rutina diaria tras un mes de recreo. Hay quien se aclimata rápidamente al nuevo curso y hay quien necesita un tiempo de adaptación. La diferencia con respecto a muchos de vosotros es que mientras que la mayoría tenéis que volver al trabajo, es decir a una actividad física y/o intelectual de la que no podéis prescindir, a mí, en cambio, me espera una vida bastante ociosa.

Así pues, ¿a qué se debe que, tras una larga pausa de relajación, esté todavía tan abotargado intelectualmente como para ser incapaz de escribir algo mínimamente interesante? Como le decía a una compañera hace unos días en tono de broma, llegué a pensar que había sido presa de algún insecto exótico que me ha transmitido una de las peores enfermedades ─por fortuna nada letal─ que, por si fuera poco, es un pecado capital: la pereza.

Y así han ido pasando los días sin que nada me haya movido a sacar a colación un tema lo suficientemente atractivo ─por lo menos para mí─ como para llenar este espacio. La semana pasada vi por televisión la película “El autor”, basada en la novela corta de Javier Cercas que lleva por título “El móvil”. En ella, el protagonista, ávido por escribir una novela que se le resiste, y viéndose incapaz de producir algo que, según su profesor de escritura creativa, valga mínimamente la pena, opta por tomar como fuente de inspiración a sus vecinos de escalera. Yo no pienso seguir su ejemplo, teniendo en cuenta el desarrollo de los acontecimientos, pero algo tendré que hacer. O quizá el secreto sea no hacer absolutamente nada y esperar a que algo me ilumine. O quién sabe si este ejercicio de escritura obligada servirá para desempolvar y activar mis sinapsis neuronales. Esperaré pacientemente a que algo ocurra a mi alrededor que sea digno de contar, criticar o de reflexión.

Aunque la política sea una fuente inagotable de inspiración, hablar de ella me resultaría demasiado reiterativo y cansino. La política y, especialmente, los políticos me tienen el cerebro colapsado. ¡Ojo!, quizá sea ese el origen de mi problema. ¡La culpa de todo la tiene Pedro Sánchez! ¡¿Cómo no me había dado cuenta?!


lunes, 22 de julio de 2019

Tiempo de lectura y descanso




En esta ocasión mis dos blogs comparten, excepcionalmente, contenido. Por lo tanto, si estáis leyendo este, podéis absteneros de visitar el otro. Hay que ahorrar tiempo, y de tiempo, en cierto modo, es de lo que tratan.

Todo llega en esta vida, y algunas cosas llegan en muchas ocasiones. Esta, en concreto, una vez al año, por lo menos.

No es que sienta envidia de mis compañeros, masculinos y femeninos, habitantes y asiduos de esta blogosfera, y quiera emularlos. Pero sí es cierto que a medida que avanza el verano aumentan las ausencias y calores, mientras disminuyen los lectores, masculinos y femeninos.

Aun así, podría seguir escribiendo, pero prefiero tomarme también un descanso, no sé si merecido o no. Hay tiempo para todo, también para el silencio, el silencio de las teclas, porque la mente sigue hablando. La mente siempre está en modo ON. El día que esté en OFF, la habremos espichado, con perdón de la vulgaridad.

Si bien siempre hay tiempo para la lectura, aunque los holgazanes digan lo contrario, se acerca el momento de dejarle más espacio. Las horas mal llamadas muertas, a las que prefiero llamar indolentes, nos ofrecen la gran oportunidad de pasar más tiempo en compañía de un buen libro.

Así pues, yo también iré preparando las maletas para disfrutar de un tiempo de lectura y descanso. En tanto el tren no haya salido de la estación, seguiré pegado a los blogs de quienes sigan al pie del cañón, pero una vez aquel haya arrancado, yo también me habré convertido en un ausente más de este mundo virtual.

Que disfrutéis de vuestro tiempo de reposo, haciendo lo que sea o no haciendo absolutamente nada.

¡Hasta la vuelta!

martes, 16 de julio de 2019

Peatón, feliz peatón



Antes de retirarme a mis aposentos de verano, respirando el aire puro de la montaña o el yodado de la playa, he querido dejar mi granito de arena en forma de esta nueva reflexión mundana que he estado a punto de abortar por banal. Pero la reiteración del hecho a criticar y la molestia que me provoca, me ha impulsado a seguir con mi plan original. Y aquí está.

Empezaré lanzando la siguiente pregunta retórica: ¿Por qué nos cuesta tanto ponernos en la piel de los demás? ¿Por qué cuando estamos sentados al volante vemos a los peatones como una molestia y cuando somos peatones vemos a los conductores como a un enemigo?

Siempre he intentado aplicarme la norma ética, atribuida a Confucio, que dice “no quieras para los demás lo que no quieras para ti”. Si todo el mundo se la aplicara a rajatabla, si fuéramos más tolerantes, la convivencia sería mucho más fácil. Pero he observado que esa actitud prácticamente no existe.

Teniendo en cuenta que de un tiempo a esta parte soy mucho más peatón que conductor, considero esta crítica dirigida al ciudadano de a pie, en el sentido más estricto de la palabra, más objetiva de lo que posiblemente habría sido hace unos años.

Es obvio que un vehículo siempre tiene las de ganar frente a un peatón y de ahí que, tanto conductores como peatones, debamos ser muy cautelosos y respetuosos a la hora de circular por zonas donde ambos coincidimos. Pero hay quien cree que los conductores son los únicos que deben atenerse a unas normas de circulación, cuando el peatón también está obligado a respetar unas reglas de conducta. Y es precisamente el ─según mi apreciación─ cada vez más frecuente comportamiento inadecuado por parte de muchos peatones lo que me ha llevado a utilizarlo como patrón de mala conducta ciudadana. Hay muchos otros ejemplos, sin duda, pero este me resulta particularmente peculiar.

Lo que voy a referir puede parecer un caso anecdótico, pero creo que es un fiel reflejo de la falta de empatía de mucha gente. No sé si este fenómeno se da mucho más en las poblaciones pequeñas, como en la que vivo, donde los pasos de peatones sin semáforo son mayoría absoluta o bien es algo generalizado. Quizá se deba también a que el peatón ha ido adquiriendo un estatus de “aforado” o intocable, otorgándosele una supremacía que antes no tenía. Cada vez hay más calles peatonales o zonas compartidas con los vehículos, pero en las que el peatón tiene preferencia de paso y disfrute. Pero ello ─algo que alabo─ no tiene porqué ser óbice para que el viandante no tenga también un respeto hacia quien va al volante. Hay que exigir educación y buena conducta a ambas partes, ya que están condenadas a convivir.

La sociedad es como una sala de proyección donde todos somos espectadores y en la que hay unos más observadores y exigentes que otros. Los hay que ven la película para pasar el rato sin más y los hay que se detienen en detalles que pasan desapercibidos al resto. Para los primeros la película puede resultar aceptable, buena o divertida, para los segundos mediocre, mala o incluso un bodrio. ¿Es solo una cuestión de gustos o de saber valorar aspectos clave de cómo se desarrolla la historia que pasa ante nuestros ojos?

Podemos contemplar a nuestros semejantes en cualquier escenario y circunstancia y de su comportamiento podemos sacar muchas conclusiones. Recuerdo que un amigo me dijo una vez que por cómo una persona cuida o descuida su coche, se puede deducir cómo es. Una persona sucia y desaliñada tendrá el coche hecho una piltrafa, una desordenada lo tendrá hecho un revoltijo de trastos, una descuidada lo llevará abollado o rayado por tiempo indefinido y una olvidadiza no se acordará de repostar a su debido tiempo ni pasará las revisiones necesarias para asegurar su buen funcionamiento. Obviamente también existe el ejemplo inverso. También podemos adivinar el carácter de un conductor por cómo conduce e incluso por el tipo, marca y modelo del coche que tiene. Todo ello puede ser una generalización o simplificación, pero yo creo que algo de cierto encierran esas comparaciones.

Últimamente, como conductor ocasional, he sido objeto de la más absoluta descortesía y menosprecio por parte de peatones indolentes y, añadiría, maleducados. Al volante he observado con mucha frecuencia cómo los viandantes suelen cruzar el paso de peatones sin semáforo a velocidad de tortuga, aunque haya una cola de vehículos esperando a que lleguen a la otra orilla sanos y salvos, sin apresurarse mínimamente, sin acelerar el paso ni un centímetro por segundo. Incluso parece como si disfrutaran viendo la expectativa que están creando en los conductores mientras estos abúlicos peatones van lamiendo su cucurucho de fresa y tiran del niño remolón o del perrito perezoso sin inmutarse lo más mínimo. A veces se forma una procesión de peatones que, en fila india, van desfilando por la zona cebreada, de uno en uno, o de dos en dos, eternizándose la situación. Pero cuando por fin el terreno está despejado y uno se dispone a arrancar, surge de pronto un rezagado que no tiene reparo alguno en prolongar aun más la retención.

Debo ser una persona muy nerviosa e impaciente, pero me resulta imposible andar despacio. En un centro comercial o yendo de paseo soy incapaz de deambular como lo hacen algunos, con una parsimonia que me resulta incomprensible. Una cosa es pasear y otra es andar como un tullido. Pero en un lugar donde cada uno puede campar a sus anchas, sin incomodar a los demás, eso sí que solo es un apunte anecdótico. Pero cruzando la calle, cuando hay quienes esperan para reanudar la marcha, el anormalmente lento caminar del peatón, que retiene a docenas de personas que tienen el mismo derecho a llegar a su destino lo antes posible, es un acto de falta de urbanidad.

Y ojo con mostrar tu impaciencia, porque esos tranquilos y felices viandantes se podrían enfurecer, a pesar de que si son ellos los que se sientan al volante ya no se acuerdan de su proceder cuando están al otro lado de la trinchera. Del mismo modo que los antitabaco más intolerantes suelen ser exfumadores, los peatones más flemáticos son muchas veces los conductores más inquietos e intransigentes, y los conductores más impacientes seguramente serán luego los peatones más parsimoniosos.
   
Por no hablar de los peatones suicidas e irresponsables ─muchos de ellos, por increíble que parezca, gente mayor─, esos que se deciden a cruzar cuando el vehículo ya está a punto de pisar la franja rayada, o los que aparecen súbitamente de no se sabe dónde y te obligan a pegar un frenazo a menos que quieras regalarle un pasaje gratis al otro mundo. Y encima te miran con cara de odio, eso si no te increpan. Ante tales posibilidades, es obligado ir con una cautela muchas veces exagerada, pues ahora no es extraño ver cómo muchos conductores se paran tan pronto como asoma un viandante que puede tener la intención de cruzar la calle, aunque todavía esté a unos metros de la calzada. Y no es un sueño ni una exageración, es algo que vengo contemplando cada vez con más frecuencia. Algo debe estar ocurriendo para que los habitualmente imprudentes conductores se conviertan en cautelosos ciudadanos al volante. Y creo que, paradójicamente, esa prudencia provoca en el peatón un exceso de confianza que se traduce en una mayor negligencia y desdén ante el conductor.

Si tuviera que criticar comportamientos insolidarios y peligrosos por parte de automovilistas, motoristas, ciclistas, y ahora incluso usuarios de patinetes, esta sería una entrada interminable. Por otra parte, ese mal comportamiento es, por desgracia, público y notorio y suele tener graves consecuencias asimismo bien conocidas. Por ello he querido centrar aquí la atención en el peatón, que siendo todavía más frágil que los que van sobre dos ruedas, se erige muchas veces en un ciudadano que solo tiene derechos y no obligaciones, y para el que un paso de peatones o paso cebra es su zona de confort, su coto privado, su zona de recreo.

Por supuesto que existen honrosas excepciones (yo soy una de ellas), pues hay peatones que, al ver que te has detenido para dejarle pasar, te lo agradece con un saludo con la mano. Yo siempre miro antes de cruzar y prefiero dejar pasar al vehículo que ya está a punto de rebasar el paso de peatones para no obligarle a frenar bruscamente. Y si, de todos modos, lo hace, se lo agradezco.

Como peatón, respeto y admiro al automovilista prudente y educado, y como automovilista detesto al peatón imprudente y maleducado. Con su falta de empatía hacia los conductores vivirá tranquilo y feliz, pero el día que se encuentre con la horma de su zapato, en cuanto a falta de consideración, dentro de un vehículo, que no se queje y se acuerde del sabio Confucio, si es que sabe quién es.

Peatón, feliz peatón, no tientes a la suerte y vigila.

viernes, 5 de julio de 2019

Firmar o no firmar



Vemos a diario peticiones de solidaridad con causas humanitarias, como puede ser la investigación contra el cáncer o una política social que beneficie a los enfermos dependientes, en apoyo a campañas contra el maltrato animal, en defensa de la fauna y la flora, en protesta contra la homofobia y la violencia de género, para exigir la mejora de los servicios sociales y la sanidad pública, para la ayuda humanitaria a países en conflicto bélico y un larguísimo etcétera de causas altruistas. La gran mayoría de esas peticiones proceden de Asociaciones y ONG que velan por el bienestar de nuestra sociedad en general y de un grupo social en particular. Todas son causas justas en las que nos sentimos involucrados, en mayor o menor grado.

En muchos de esos casos, se pide la solidaridad en forma de una firma que, junto a muchas más, darán peso a una petición ante un gobierno o las autoridades competentes. En otros casos, se pide la colaboración económica con tal o cual entidad sin ánimo de lucro.

Hay voces que afirman que tales ayudas deben salir de los gobiernos y no de los ciudadanos, que para eso ya pagamos nuestros impuestos, y que con nuestra aportación económica lo que hacemos es descargar a esos gobiernos de su responsabilidad ahorrándoles grandes sumas de dinero en donaciones. Es decir, hacemos nuestro su deber.

Ante estas afirmaciones, que tienen un punto de verdad, siempre he alegado que, si todos pensáramos igual y esperáramos a que los gobiernos se ocuparan de solucionar los problemas de miseria, hambruna e injusticias sociales en el mundo, la situación se haría todavía más insostenible, y que, por lo menos, con nuestra colaboración se logra paliar un poco esos gravísimos problemas. Si un hambriento te pide un mendrugo de pan, ¿cómo le vas a decir que ese no es tu problema, que se espabile y reclame al gobierno, que es quien le debe solucionar sus miserias? Aunque debamos exigir a las autoridades una mayor contribución, no podemos negarnos a poner nuestro granito de arena.

Sin entrar en concreciones que no son pertinentes, mi situación económica me ha permitido contribuir con donaciones a distintas ONG que me han ofrecido la confianza necesaria para actuar como mediadoras en distintas campañas nacionales e internacionales. Esa necesidad de ayuda, lejos de disminuir, parece haber aumentado, pues nuevos conflictos han visto la luz en este planeta durante las últimas décadas. La guerra en Siria y los exilios y desplazamientos en masa de pueblos y etnias que huyen de la misera y del genocidio no han hecho más que recrudecer la situación de penuria y desamparo.

Pero nuestras posibilidades son limitadas y no queda más remedio que seleccionar entre las distintas campañas de ayuda que existen y organizaciones que las impulsan. Y como las necesidades van en aumento, esas entidades sin ánimo de lucro se ven, a su vez, obligadas a recabar más y más dinero de sus colaboradores e intentar captar nuevos.

Son bastante frecuentes las llamadas telefónicas para captar nuevos socios o pidiendo un incremento en la aportación de quienes ya somos socios colaboradores. El aumento de la desgravación fiscal por donaciones a las ONG hizo posible que algunos pudiéramos incrementar en igual porcentaje nuestras aportaciones, un motivo que esgrimieron esas organizaciones para convencer al interpelado para que optara a aumentar su contribución. Todo ello me parece correcto y perfectamente comprensible. Hay que sacar dinero de donde sea. También entiendo que, muy de vez en cuando, se nos pida incrementar dicha aportación en la medida de nuestras posibilidades. Lo que ya no me parece bien es el “acoso” al que nos someten algunas organizaciones tras firmar una petición.

Si firmas una petición, creyendo que esos cientos de miles de firmas tendrán un poder de persuasión bien en una entidad nacional, como puede ser el Congreso de los Diputados, bien en una internacional, como la ONU, no me parece correcto que, al cabo de unos días o semanas, se pongan en contacto contigo para pedirte una aportación económica y que te hagas socio de la entidad que originó la petición. ¿No se trataba solo de recaudar cuantas más firmas mejor? Otra cosa sería que, además de la firma, se ofreciera la posibilidad de hacerse socio y colaborar con un donativo fijo en futuras campañas, pero no me parece bien utilizar una petición de firma como anzuelo. Entiendo la necesidad perentoria de reclutar benefactores para hacer frente a situaciones realmente graves y acuciantes, pero poniendo un poco de tacto y mesura.

Del mismo modo que hace muchos años, me di de baja de El Círculo de Lectores, porque prefería acudir a una librería cada vez que quería comprarme un libro y no estar obligado a cumplir con una compra obligatoria bimensual por un determinado valor, también prefiero ser yo quien decida a qué ONG favorecer y cómo. Y si firmo una petición a favor de un derecho humano o animal, no me gusta que luego se pongan en contacto telefónico conmigo para captarme como socio benefactor, poniéndome en el compromiso de tener que justificar mi negativa. Decir que no a una buena causa es siempre violento, por mucho que uno colabore en otras.

Creo que las ONG deberían revisar su modelo de captación de socios, sin atosigar ni perseguir a posibles bienhechores, pues su forma de actuar puede provocar un efecto de rechazo. Si hasta ahora firmaba “alegremente” cualquier petición altruista, ahora me planteo si debo hacerlo o no, pues sé que tarde o temprano llegará una llamada telefónica pidiéndome una aportación económica o, si es de una asociación y organización con la que ya colaboro, proponiéndome un aumento de la misma.

Es una pena, pero ahora, cuando veo una petición de ese tipo, se me presenta la disyuntiva de si firmar o no firmar.