miércoles, 12 de febrero de 2020

Virtualidad cuestionada



Tenía prevista otra entrada para hoy, pero el visionado de una noticia de rabiosa actualidad me ha impactado hasta tal punto que me he visto obligado a cambiarla.

Hace ya algún tiempo que, en Japón, un país amante de la virtualidad, se utilizan hologramas para “materializar” novias o amigas de compañía. Hubo un individuo, cuya identidad no me interesa, que llegó a casarse —supongo que por lo civil— con una joven virtual creada a su gusto y capricho y que, al volver a casa tras un duro día de trabajo, estaba ahí, esperándole para hacerle feliz. Lógicamente, entre el joven nipón y esa chica irreal solo debía existir un amor platónico. Otra cosa es el empleo de muñecas, ya no hinchables, sino cuasi perfectas recreaciones de mujeres de todos los tipos y razas. Estos usuarios deberían hacérselo mirar. Una profunda soledad, una gran insatisfacción afectiva o una fantasía anómala debe ser, a mi juicio, la causa de tal conducta.

Pero lo que me acaba de sorprender, y no precisamente de forma positiva —cada uno tiene su opinión y grado de sensibilidad— es lo que la televisión ha dado a conocer sobre una nueva aplicación, en este caso en Corea del Sur.

Hace algún tiempo vi una serie británica, Black Mirror —que, por cierto, me gustó mucho— en la que en uno de sus capítulos, titulado “Ahora vuelvo”, se muestra hasta qué punto la tecnología puede afectar a nuestras vidas. En él, la protagonista, abatida hasta la depresión producida por la muerte de su marido, decide adquirir un programa de realidad virtual que le permite recuperarlo virtualmente, pudiendo, incluso, hablar con el.

Pues bien, en Corea del Sur se ha llevado a cabo un experimento muy parecido. Gracias a un sistema de visión virtual, una mujer, de nombre Jang Ji-sung, ha podido volver a ver a su hija fallecida tres años antes.

La familia perdió a su hijita, Nayeon, a causa de una enfermedad rara, una desgracia que le costó mucho superar a su madre. Pues bien, tras utilizar una modelo infantil como punto de partida, recopilar información sobre el físico, movimientos y voz de la chiquilla fallecida, crearon una imagen exacta de ella. De este modo, con la ayuda de unas gafas y unos guantes de realidad virtual, la mujer ha podido ver a su hija y oír cómo esta le preguntaba «¿has pensado en mí?» Obvia describir la reacción de la pobre mujer ante esa increíble experiencia, intentando abrazar a la niña mientras derramaba un mar de lágrimas, manteniendo incluso un breve diálogo y jugando con ella en un parque también virtual.

Tras esa experiencia, Ji-sung dijo que había tenido el sueño que siempre había deseado, que a lo mejor era un paraíso real y que ahora creía que debería amarla más de lo que la echaba de menos.

El programa que hizo posible todo ello defiende que pretende ayudar a superar el drama de la muerte. Hay quien aplaude esta idea. Yo no. Una vez más disiento de la opinión de la mayoría. ¿No creéis que esta aplicación, o como deba llamarse, no hace más que remover y reavivar el profundo dolor que el familiar posiblemente ya tenía en una fase avanzada del duelo? ¿Realmente resulta un aliciente, un bálsamo espiritual o, por el contrario, una cruel maniobra interesada, pensando en su rentabilidad económica? Mientras veía esas imágenes, se me partía el corazón imaginándome en tal situación. Si me ofrecieran esa posibilidad, creo que la rechazaría. ¿Y vosotros?


domingo, 2 de febrero de 2020

Plan de paz o plan de guerra



¿Cuántos planes de paz hemos conocido que han acabado en agua de borrajas? Yo ya he perdido la cuenta. Algunos realmente pretendían acabar con el belicismo y las muertes que conllevaba. Otros, sin embargo, se me antojan una simple pantomima o la búsqueda de notoriedad por parte de alguno de sus protagonistas. Hacerse el bueno suele dar un buen rédito a corto plazo. A largo plazo, ya casi nadie se acuerda de los acuerdos fallidos.

Pero cuando el cinismo inunda ese pacto, usando el eufemismo hipócrita de “plan de paz”, y más sabiendo que ese plan nace muerto, ello hace que se me remueven las tripas.

¿Cuándo se ha visto que en un plan que pretende apaciguar y beneficiar a dos partes en conflicto no participe una de ellas? Esto más bien se parece a una boda concertada, en la que la novia no pinta nada y está obligada a obedecer el deseo de su padre y de su futuro suegro.

Entonces, ¿cómo se puede acordar un plan de paz sobre el conflicto palestino-israelí entre Donald Trump y Benjamín Netanyahu sin contar para nada con un representante palestino?  No solo es irónico sino también perverso. Cómo puede calificar Trump como el “acuerdo del siglo” algo que incluye el reconocimiento de la soberanía israelí sobre territorios palestinos ocupados, como son los Altos del Golán, parte del valle del Jordán y la casi totalidad de Jerusalén, la Ciudad Santa para el cristianismo, el judaísmo y el islamismo.

Pienso que detrás de esos dos mandatarios ególatras, insensatos y temerarios solo hay un afán desmesurado de poder y notoriedad internacional, así como una alianza militar y económicamente interesada que lleva muchísimos años menospreciando y humillando al pueblo palestino.

No voy a entrar en la historia de ese desencuentro entre dos pueblos que merecen tener un estado propio —que solo Isreal consiguió con el beneplácito y reconocimiento internacional—, mientras que el otro todavía vive de promesas y, aun así, a cambio de ir cediendo soberanía sobre unas tierras que también fueron suyas desde hace siglos.

Tampoco voy a entrar en valoraciones belicistas, sobre quién ha llevado a cabo más agresiones militares y más actos terroristas, aunque creo que se ha venido aplicando la ley del más fuerte. Solo quiero hacer constar la infamia que representa expulsar de sus casas y de sus tierras a quienes no pueden defenderse en igualdad de condiciones, para que su eterno enemigo siga construyendo y ampliando sus asentamientos, mientras que la comunidad internacional mira hacia otro lado o profiere tímidas críticas y sanciones que nunca de cumplen.

Lo más incomprensible para mí es que un pueblo que sufrió la persecución y el horror del holocausto, dispensen a sus vecinos naturales, con los mismos derechos históricos sobre la región, otra forma de exterminio, abocándoles a un exilio forzoso del que ha sido durante muchos años su hogar. Alguien dijo que la terrible experiencia que vivieron los judíos bajo el dominio nazi les ha servido para hacerse fuertes y resistir en lo sucesivo cualquier tipo de agresión. Desde luego que lo han logrado, pero es realmente paradójico que quien sufrió tanta injusticia y humillación pague con la misma moneda a quienes solo desean vivir tranquilamente sin ser expulsados de sus territorios y, al igual que su agresor, ser reconocidos como un Estado soberano.

¿Estamos ante un nuevo y moderno duelo entre David y Goliat? En este pasaje bíblico el débil ganó al fuerte gracias a su astucia. Pero la Historia Sagrada está llena de mitos y leyendas, mientras que la confrontación palestino-israelí, que ya dura casi un siglo, es la pura y dura realidad.

jueves, 23 de enero de 2020

¡Viva la vida!



A diferencia de mis anteriores entradas, dedicadas a criticar o reflexionar sobre temas “sociales”, en esta ocasión el tema que traigo lo calificaría más bien como una especulación intimista que, dándole un tono jocoso —todo en esta vida puede tratarse con una pizca de humor—, se me ha ocurrido que podría compartir con vosotros. Quién sabe si no soy el único sobre la faz de la tierra que haya experimentado lo mismo que yo.

Todos nos hemos preguntado alguna vez qué hacemos en esta vida, para qué estamos aquí. Yo lo único que puedo decir es lo que he hecho hasta ahora, si he sido y soy feliz, pero lo que todavía no he averiguado es la razón por la que he venido a este mundo. Pero no os preocupéis, no voy a tratar de ningún tema filosófico, religioso o místico. Solo quiero dejar constancia de que, aun desconociendo la razón, estoy convencido de que yo tenía que habitar este planeta. Y si no lo creéis, me remito a las pruebas.

Hace sesenta y nueve años quedó palmariamente demostrado que yo tenía que nacer, sí o sí. Una mano invisible pero negra muy negra intentó impedirlo por tres veces, pero por tres veces perdió la batalla.

Mi madre padeció una menopausia precoz y a los veintiocho años se le retiró la menstruación. Su hipófisis —la glándula de la cabeza, como decían mis padres— dejó de funcionar correctamente. Un día, después de varios meses de no ovular, se sintió indispuesta e hinchada, y ese fue el momento en que recibí el primer insulto de mi vida, pues me llamaron tumor. Y ese tumor, es decir yo, fue creciendo hasta que el médico confirmó el estado excepcional —nunca más pudo quedar encinta— de buena esperanza de mi progenitora. Y entonces un segundo obstáculo entró en escena.

Como supimos años más tarde, mi padre era A positivo —a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta el factor Rh no se controlaba tanto como ahora, al menos en España—, mientras que mi madre era 0 negativo. Ser Rh positivo significa que en la pared de los glóbulos rojos existe un antígeno o factor Rh — denominado así porque se descubrió su existencia en monos Macaco Rhesus —, una proteína capaz de inducir la producción de anticuerpos, mientras que ser Rh negativo significa la ausencia de dicho factor. La importancia de este hecho es que, si un feto es Rh positivo y la madre Rh negativo, el organismo materno produce anticuerpos, quedando así inmunizado. Ello sucede cuando la sangre de la madre y del bebé entran en contacto, generalmente durante el parto. Si un posterior embarazo vuelve a engendrar un embrión Rh positivo, la carga de anticuerpos maternos aumenta y hace que la viabilidad del embrión recién formado se vea gravemente afectada. En aquella época, lo más probable era que el feto muriera o bien progresara con muchas alteraciones morfológicas y fisiológicas. Pues bien, resulta que mi hermana mayor fue Rh negativo, y la siguiente, la que me precede, Rh positivo. De haber sido yo de este mismo signo, seguramente me habría quedado en un simple proyecto malogrado. Por fortuna, fui A negativo. Y por fortuna, mi madre no tuvo ningún otro hijo, que bien hubiera podido ser Rh positivo.

A la tercera va la vencida, debió pensar esa mano negra. Pero también falló.

A mi querida y sufrida madre, los partos se los tenían que provocar, no rompía aguas de forma espontánea. Aunque había sobrepasado la fecha del parto a término, la comadrona —que, según me contaron, se vanagloriaba de haber asistido a partos de alta cuna— insistió en esperar. Y esperó tanto que cuando, por fin, se dio por vencida, nací azulado —¿será por eso que me gusta el color azul?— y sin respirar. Ninguna de las maniobras habituales me provocaba el llanto, ni la respiración, hasta que me dieron por muerto. Debieron haber pasado varios minutos cuando mi padre se percató que ese bebé nacido muerto y arrinconado en la sala de partos movía ligeramente los dedos de las manos. Una vez me hubieron sometido a las típicas maniobras de resusitación, arranqué a llorar y a vivir. La única secuela que tuve tras ese parto accidentado, fue una otitis aguda que mantuvo a mis padres en vela durante varias semanas. La mano negra, rabiosa por haber fallado tres veces, debió querer dejarme sordo. Y hasta en eso fracasó.

Visto lo visto, uno pensaría que, si había salvado tantos obstáculos para venir a este mundo, sería porque una mano blanca me tenía algo muy bueno preparado o bien reservada una misión que no podía malograrse.

Tengo sesenta y nueve años y todavía no he sabido descubrirla. Quizá es que no existe y todo fue una triple casualidad. Bueno, lo importante es que estoy vivo y coleando. Podría decir eso de ¡viva la vida!


viernes, 17 de enero de 2020

Izquierdista rico, izquierdista pobre



Hoy traigo un tema que, aunque pueda parecer político, me inclino a pensar que es social, aunque ambas cosas suelen ir de la mano.
Desde tiempo inmemorial, nuestra sociedad ha tenido una gran tendencia a los tópicos, de modo que todavía existen muchos en vigor: el azul es para niños y el rosa para niñas, las mujeres conducen peor que los hombres, todos los hombres son iguales, los catalanes son unos tacaños, los aragoneses unos cabezones y los vascos unos brutos. Y así un sinfín de tópicos típicos en cualquier ámbito: social, económico, religioso, político, sexual, etc.
El que aquí me ocupa sería el que da por sentado que los que son de izquierdas tienen que ser forzosamente de un estrato humilde, de otro modo no son izquierdistas de verdad. Pero los tiempos cambian. Años ha, se podía inferir que entre la clase obrera había una gran mayoría comunista y de izquierdas. Ahora se ha visto que ya no. Del mismo modo, no veo por qué alguien que se ha hecho un hueco en la sociedad estudiando y/o trabajando duro y ha tenido la suerte de ver recompensados sus esfuerzos con un buen salario y ello le ha proporcionado un elevado estatus socio-económico, no puede seguir con sus ideas a favor de la clase trabajadora.
Entre la clase alta y media-alta era típico oír aquello de “claro, piensa así porque no tiene ni un duro”, o “ya verás tú cómo se le van esas ideas en cuando tenga dinero”. De ello se deducía que solo se podía ser de izquierdas si se pertenecía a un sustrato económico bajo.
De joven yo también lo creía. Ahora hemos visto que no es del todo cierto y cómo ciudadanos que incluso viven en la precariedad han votado a la extrema derecha, luego este razonamiento se ha ido al garete. ¿Habrá sido siempre así y yo no me había enterado? Creo que no. Más bien creo que ello ha sido motivado por el enfado y/o la desesperación.
Entonces, si los más necesitados no siempre se apuntan a la izquierda, por desconfianza, rebeldía o desconocimiento, ¿por qué debemos pensar que los votantes de izquierdas no pueden llevar una vida propia de la sociedad del bienestar?  La sociedad actual es mucho más compleja que antaño.
Si no existe una línea divisoria entre los dos bloques antagónicos formados por proletarios de izquierdas y capitalistas de derechas, ¿por qué se critica a quien, siendo de izquierdas, adquiere una propiedad valorada en cientos de miles de euros? Puede parecer inadecuada la imagen de ostentación que de ello pueda dar, algo reñido con quien se supone tiene que dar ejemplo de austeridad. Pero ¿no será esto otro tópico o prejuicio? Si esa propiedad se adquiere con un dinero ganado honradamente y, como la gran mayoría de españoles, con una hipoteca a muchos años, ¿qué mal hay en ello? Lo que considero inapropiado es que alguien critique a quien hace lo mismo por el mero hecho de ser de la oposición, sea de derechas o de izquierdas. O todos moros o todos cristianos.
Estoy convencido de que se puede tener unos buenos ingresos y vivir acomodadamente y estar a favor de que el Estado garantice el acceso de todos los ciudadanos a la sanidad, la educación y a una vivienda y salario dignos; que asegure los derechos de los trabajadores, inmigrantes, ancianos y de los más desfavorecidos; que tome medidas para que se respete el medio ambiente, promoviendo otro tipo de energías alternativas más respetuosas con el clima y el medio que nos rodea; que asegure que el aborto y la eutanasia sean legales; que luche contra la pobreza, que asegure las pensiones de jubilación; que defienda la igualdad de oportunidades y de género; que luche contra la violencia de género; que abogue por un Estado laico y aconfesional; que salvaguarde el pacifismo y mantenga una postura firme e intransigente ante las dictaduras y mandatarios belicistas y autoritarios; que luche contra el fraude y la corrupción; que haga que pague más el que más tiene; y, sobre todo, que asegure que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley.
En este sentido, reproduzco a continuación un texto que comparto plenamente y que leí en el blog “Diario de un interino”, cuyo autor no he podido descubrir: https://diariodeuninterino.wordpress.com/2018/05/20/se-puede-ser-de-izquierdas-y-tener-dinero/ :
«Hay gente que tiene mucho dinero y es “de izquierdas”. Las personas que nos consideramos “de izquierdas” no queremos la pobreza universal, ni la muerte de los ricos, ni vamos regalando los ahorros y posesiones que podamos tener, ni expropiando las de los demás. Las personas que nos consideramos “de izquierdas” lo que queremos es una sociedad más justa, en la que servicios como la educación pública, la sanidad, las pensiones y la dependencia, sean los pilares de eso que se llama el estado del bienestar. Queremos una sociedad sin grandes desigualdades, no que todos nos igualemos por abajo. Queremos que no haya pobreza, ni miseria, ni gente que no llega a final de mes aun trabajando de sol a sol. Queremos que todo el mundo pueda recibir una buena educación, tener acceso a la sanidad, jubilarse sin pasar penalidades o recibir ayuda cuando se tenga un problema de salud, sin depender de la capacidad adquisitiva. Queremos justicia e igualdad. Que no se muera nadie o sufra enfermedades por no tener suficientes recursos económicos.»
Y yo me pregunto si, aparte de los que amasan su riqueza explotando a los trabajadores y los que viven del fraude y del chanchullo, puede haber alguien que, por mucho dinero que tenga, esté en contra de alguno de estos principios. ¿O acaso en eso, como en otras cosas, también soy una excepción?[i]




[i] Aclaración del autor: No soy rico, pero tengo la gran suerte de poder llevar una vida acomodada, considerándome más bien de clase media-alta.

viernes, 10 de enero de 2020

Con o sin



Se dice —y yo lo comparto— que más vale solo que mal acompañado. Pero, en general, la compañía puede no solo ser agradable sino necesaria, quedando la decisión en manos de cada uno.

Creo que esta es la primera vez que traigo aquí un tema hasta cierto punto baladí. Siempre hay una primera vez para todo y me he permitido ser intrascendente por un momento. Quizá sea la secuela de las fiestas navideñas, en las que uno se vuelve niño. Y de este modo, como si de un juego se tratara, se me han ocurrido unas cuantas situaciones en las que, en más de una ocasión, ha surgido la polémica entre los amantes del “con” y del “sin”, a saber:

-        Tortilla de patatas con o sin cebolla
-        Roscón de Reyes con o sin relleno
-        Café solo o con leche
-        Pan con tomate o sin tomate
-        Flan solo o con nata
-        Agua con o sin gas
-        Whisky con o sin hielo
-        Leer con música o en silencio
-        Vivir con pareja o sin pareja
-        Beso con o sin lengua
-        Parto con dolor o sin dolor
-        Currículum vitae con o sin foto
-        Con o sin ropa interior
-        Con almohada o sin almohada
-        Con zapatos o descalzo
-        Manzana con piel o pelada
-        Amor con sexo o sin sexo

Y así una retahíla de hechos, prácticas y situaciones en las que el “con” y el “sin” tienen, para muchos, su razón de ser. Desde luego que hay muchas más. Las dejo a vuestra elección, pero ¿hay alguna en concreto que echéis en falta?


viernes, 3 de enero de 2020

La década prodigiosa



No sé si la segunda década de este siglo será prodigiosa, pero lo que sí es realmente prodigioso para mí, por lo extraordinario del caso, es que todavía haya quien no se ha enterado de que no empieza hasta el año 2021 y dura hasta el 2030.

¿A qué viene esta tontería? Pues a que son muchos los que van diciendo por ahí que acabamos de estrenar una nueva década. Deben ser los mismos que se empecinaban en que en el año 2000 daba comienzo el siglo XXI en lugar de en el 2001. Todo por un simple cambio de número.

Y es que, aunque sea algo elemental, parece que algunos no saben o no tienen en cuenta que no existió el año cero —de igual modo que no existe el siglo 0, ni el mes 0 ni el día 0 — y que, por lo tanto, el siglo I abarcó desde el año uno hasta el cien, con la primera década comprendida entre el primer y décimo año del calendario gregoriano —por su promotor, el Papa Gregorio XII—, el cual empezó a aplicarse en occidente a finales del siglo XVI.

De este modo, aunque la cifra de las decenas cambie, en el 2020 no se inicia ninguna década, sino que la finaliza. Todo esto debería ser una perogrullada, pero hace tan solo unos días que se debatía en una emisora de radio si habíamos o no empezado la década de los años veinte. Pero este no es un ejemplo aislado, pues continuamente oigo y veo cómo son muchos los medios orales y escritos que siguen confundiendo el concepto de siglo y de década. Es por ello que celebran su comienzo cuando no corresponde.

Que siga habiendo tal ignorancia me parece un despropósito o, como decía al principio, un verdadero prodigio, pero no por lo maravilloso, sino, insisto, por lo extraordinario. Solo es cuestión de saber contar, digo yo.

Así pues, feliz principio de año y final de década.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Eficiencia con efectos secundarios


Durante una de tantas sobremesas de estas comidas navideñas, una de las invitadas se quejaba de lo que yo he llamado la “eficacia con efectos secundarios”, algo que yo también viví en carne propia en más de una ocasión, hace ya bastantes años, hasta que no ocupé un puesto de mando.

Mi mujer, mis hijas y mi cuñado también la han sufrido. Por lo tanto, se trata de algo muy presente en muchas Empresas, del tipo que sea.


El problema reside en que cuando alguien es eficiente, se le carga de trabajo, mientras que al ineficiente, inútil o vago, se le premia aligerándole de responsabilidades.

Alguien del departamento de Recursos Humanos de alguno de los Laboratorios Farmacéuticos en los que he trabajado —no puedo ser más conciso, pues la memoria ya me empieza a fallar— me dijo que hay cuatro actitudes que una Empresa debe tomar ante los distintos comportamientos de un empleado:

-       Si quiere y puede: Hay que promocionarle
-       Si quiere y no puede: Hay que formarle
-       Si no quiere y puede: Hay que incentivarlo
-       Si no quiere y no puede: Hay que despedirlo

Quizá hoy día las Empresas no tienen tantos miramientos y no gastan dinero, tiempo y esfuerzo en formar o incentivar a sus empleados. Quien vale, vale, y quien no, a la calle. Pero también hay las que no controlan, o por lo menos no lo suficientemente bien, el desempeño de sus trabajadores, dejando en manos inexpertas o indolentes dicha evaluación.

Generalmente, la reacción del jefe o superior jerárquico es la de buscar el camino más corto y cómodo ante un empleado díscolo, remolón o lento, derivando la tarea a uno más eficiente. De este modo, la carga de trabajo que asume quien es eficiente va en aumento hasta llegar, algunas veces, a límites insoportables. Este es el efecto secundario a corto plazo, mientras que a largo plazo puede derivar en estrés y ansiedad. Y lo que es todavía peor, no se hacen distingos en sus respectivas hojas de salario. ¿Qué incentivo recibe el buen trabajador frente al negligente? Y ¿qué correctivo recibe este último?

Me gustaría saber si actualmente el control de la actitud y aptitud de los empleados es algo prioritario en las empresas o bien lo único que interesa son los resultados, sin importar en quién recae el esfuerzo para que estos sean los deseados.

La falta de reconocimiento es uno de los defectos empresariales que el trabajador tiene que soportar. La injusticia laboral queda muchas veces sin respuesta por parte de los trabajadores, pues lo único que estos desean es conservar su puesto de trabajo. Es una lástima que muchas Empresas no tengan en cuenta que la mejor inversión que puede hacer y su mejor activo reside en sus empleados, estimulando la productividad con un reconocimiento profesional y salarial.