viernes, 17 de marzo de 2017

He tenido un sueño


Hoy he tenido un sueño. 

He soñado que la justicia era igual para todos, sin distinción de raza, credo ni condición económica y social.

He soñado que todos los políticos eran honestos, decían siempre la verdad, velaban por el bien común y, si erraban, reconocían sus faltas, se arrepentían y acataban la ley cumpliendo la condena sin prebendas ni favores de ningún tipo.

He soñado que no había mujeres maltratadas que perdían la vida a manos de asesinos, sus parejas actuales o pasadas, movidos por el desdén, el odio, los celos o un perverso deseo posesivo.

He soñado que la xenofobia, los prejuicios raciales, sexuales y religiosos se habían erradicado.

He soñado que nadie era despreciado ni marginado por su forma de pensar, por su ideología política; que la democracia no era solo una palabra biensonante en boca de ciudadanos políticamente correctos sino una realidad.

He soñado que el diálogo se imponía a la disputa y la cerrazón, el sentido común al despropósito y el consenso a la imposición. 

He soñado que las leyes eran justas, que justicia y legalidad iban de la mano y que las normas estaban para servir al ciudadano y no al revés.

He soñado que la libertad de expresión no era un subterfugio para insultar, ofender, calumniar y dañar la imagen de quien nos cae mal, piensa de forma distinta o representa aquello que no nos gusta. 

He soñado que había trabajo para todos, que los jóvenes preparados no debían emigrar, que no existían los contratos-basura, que los salarios eran justos y no se explotaba clandestinamente a trabajadores aprovechándose de su necesidad de supervivencia. Y las mujeres tenían igual salario que los hombres, realizando las mismas tareas, y ninguna mujer trabajadora era objeto de acoso sexual.

He soñado que la riqueza se repartía equitativamente por todo el planeta, no había distinción entre países ricos y países pobres. El tercer mundo había desaparecido. No había empresarios que, movidos por la codicia y ávidos por enriquecerse, externalizaban la producción a países en los que utilizaban mano de obra barata y explotada y que, para acrecentar aún más su capital, evadían pagar impuestos e invertían sus ganancias en paraísos fiscales.

He soñado que el dinero público solo servía para invertirlo en los bienes y servicios para los que había sido recaudado, sin desviaciones fraudulentas, y que las corruptelas y maquinaciones entre empresarios y políticos habían pasado a la historia. 

He soñado que en las escuelas no había alumno/as que sufrían bullying por parte de sus compañero/as, por culpa de su físico, su forma de ser u orientación sexual.

He soñado que no había sublevaciones contra regímenes dictatoriales, porque estos ya no existían. No había guerras genocidas por cuestiones religiosas, ni por cuestiones económicas, ni para alimentar la industria armamentística, ni para acabar con la oposición, ni para reivindicar y ocupar territorios.

He soñado que no existían los extremismos religiosos ni facciones armadas que, en defensa de una fe, llevaban a cabo cruzadas sangrientas para exterminar a los que consideraban infieles y contrarios a sus preceptos.

He soñado que ninguna religión, creencia o ideología sometía a sus fieles a imposiciones que atentaban contra su integridad física o moral. El burka, la ablación, la esclavitud sexual ya eran cosa del pasado. Ya no se adoctrinaba a nadie ni se le instruía para matar a su adversario ideológico. Todas las religiones eran tolerantes con las demás.

Y creo haber soñado que todos los hombres y mujeres sabían vivir en paz y armonía. Habían aprendido de sus errores y de los de sus antepasados.

Pero, por desgracia, solo ha sido eso, un sueño.


Imagen: Martin Luther King Jr, quien, en un discurso pronunciado el 28 de agosto de 1963 en Washington a favor de los derechos civiles, dijo la famosa frase "Yo tengo un sueño (I have a dream)"

lunes, 13 de marzo de 2017

La muerte de la muerte


“En 2045 la muerte será opcional y el envejecimiento curable”, afirma José Luis Cordeiro, ingeniero y fundador de la Singularity University, en Silicon Valley (EUA).

Este visionario ─y seguramente millonario─ venezolano, ingeniero mecánico de formación y un montón de cosas más, fue el protagonista principal del programa “La sexta columna”, emitido el pasado viernes, 13 de marzo, por la Sexta. En dicho programa se mostraron los adelantos de la robótica, se habló de la Inteligencia Artificial, se vaticinó la curación de muchas enfermedades actualmente mortales y, en definitiva, se nos presentó un futuro ahora impensable y a la vez esperanzador, que nos hará más felices y ─ojo al dato─ inmortales. El profesor Cordeiro, en un alarde de optimismo, vino a decir que en un futuro próximo ─a fin de cuentas, ¿qué son veintiocho años?─ solo fallecerán los que así lo deseen o bien los que sufran un inevitable accidente mortal.

En ese futuro, según Cordeiro, los médicos no tendrán ningún papel relevante y el paro será su meta profesional.

Consultados algunos científicos, fervientes creyentes en la curación de todas las enfermedades que hoy afligen a la humanidad, y que actualmente están desarrollando la fabricación de órganos con impresoras 3D, éstos consideraron demasiado prematuros los vaticinios del profesor e ingeniero venezolano, prolongando el tiempo estimado para llegar a hacer realidad ese objetivo. Los más pesimistas fijaron en un siglo el periodo para lograr ese hito.

No voy a extenderme más en el contenido del programa ─de indudable interés─ ni en la información aportada por algunos expertos para refrendar esa tesis. No usaré, para rebatir lo en él augurado, el pasaje bíblico en el cual Yhavé castiga la arrogancia del hombre, al construir una torre con la que pretenden alcanzar el cielo, exponiéndole a la confusión de lenguas. No, no voy a ser apocalíptico ni un fanático religioso; solo utilizaré el sentido común ─que alguien dijo que es el menos común de los sentidos─ y, al margen de lo grotesco y absurdo que se me antoja un hombre inmortal, viviendo cientos y miles de años, formularía a esos sesudos científicos y visionarios las siguientes preguntas: si el hombre no muere, por mucho que se controle la natalidad, ¿qué ocurrirá con la creciente superpoblación en un planeta, como el nuestro, en el que ya existen muchas muertes por sequía y hambruna, y que ya está dando las primeras señales de agotamiento? ¿Quién salvará al planeta Tierra de la muerte? ¿Quizá en ese futuro idílico el hombre inmortal lo será a expensas de los pobres, los más desfavorecidos, que deberán desaparecer para dejarle espacio y alimento?

Porque de lo que no habló el genial ingeniero es de la inmortalidad de la Tierra ni de la búsqueda ─y colonización─ de planetas habitables en otras galaxias, un objetivo solo teóricamente conseguible muy a largo plazo.

¿No es esa una nueva prueba de la soberbia e ignorancia del ser humano? ¿Acaso los árboles no nos dejan ver el bosque?


lunes, 6 de marzo de 2017

Creer o no creer, esa es la cuestión


¿Estamos solos? ¿Existe otra vida después de la muerte? ¿Dios existe? ¿Podemos comunicarnos con el más allá? ¿Existe el destino? ¿Existen universos paralelos? ¿Existe la reencarnación? 

¿Quién no se ha hecho alguna de estas preguntas en más de una ocasión? Y hay muchísimas más. Preguntas sin respuesta o bien con respuestas que nos damos para satisfacer nuestros intereses, acallar nuestros temores y/o nuestras dudas. 

Alrededor de esta inquietud por saber y por conocer lo desconocido, revolotea gente de diversa índole: crédulos e ingenuos; incrédulos e intransigentes; agnósticos e indiferentes; estudiosos con y sin formación científica; autodidactas bienintencionados deseosos por conocer la verdad, etc. Una amalgama de personas y personalidades. Y también los hay quienes viven de hacer creer lo que ni ellos mismos creen: falsos parasicólogos, videntes o adivinos, mentalistas de pacotilla, echadores de cartas, médiums, sanadores y una retahíla de vividores sin escrúpulos, que se aprovechan de las necesidades e ignorancia ajenas, lo cual les reporta unos pingues beneficios. Todo un negocio montado en torno a los temas esotéricos, parapsicológicos y paramédicos.

Hace muy poco publiqué, en mi blog “Retales de una vida”, un relato titulado “El incrédulo”, cuyo protagonista, totalmente escéptico en el más allá, se ve empujado a ponerse en manos de una médium de pacotilla que acaba sorprendiéndose de su verdadero don para comunicarse con los espíritus. Esta historia, que yo traté en clave de humor, me la inspiró la película “Ouija: el origen del mal” (2016), que cuenta la historia de una madre viuda que, para sobrevivir, monta sesiones de espiritismo para quienes necesitan consuelo y desean contactar con sus seres queridos recientemente fallecidos. Mediante trucos mecánicos y apariciones ficticias, todo ello manejado e interpretado por sus dos hijas, la joven viuda representa perfectamente su papel de médium. Cuando una de las hijas le cuestiona la moralidad de tal proceder, les hace ver que su conducta no daña a nadie, más bien al contrario, pues dan a sus clientes las respuestas que andan buscando, dándoles paz y sosiego. Y ahí me quedo, pues el resto es puro terror.

Pues bien, esta actividad, a la que podría añadirse la que realizan los astrólogos, videntes y echadores de cartas, sigue siendo hoy en día un negocio floreciente, por increíble que pueda parecer. A la ignorancia de tiempos pretéritos le ha sustituido la necesidad de sentirse seguros y a salvo de cualquier adversidad, presente o futura. Representa una perfecta combinación entre superstición y fraude. Quiero creer, no obstante, que, entre esta barahúnda de estafadores, hay gente que realmente puede ayudar y ayuda a quien lo necesita gracias a un, llamémosle, “don especial”. 

En el terreno del espiritismo, he tenido ocasión de conocer a personas que han participado en sesiones y que aseguran haber tenido experiencias increíbles. Y sé de quienes afirman haber experimentado vivencias que podríamos calificar de paranormales o espirituales. Y todos ellos gozan de mi absoluta confianza. No se trata, pues, de farsantes, sino de personas convencidas de que lo que han visto o experimentado es absolutamente cierto y real. Y yo las creo. Creo en su convencimiento. 

El poder de la mente es algo que todavía desconocemos en todo su potencial y puede lograr que hagamos o sintamos cosas aparentemente inexplicables. No creo en espíritus bondadosos o juguetones que, ociosos en el más allá, acuden a nuestra llamada, usando como intermediario la ouija o un/a médium, para satisfacer nuestra curiosidad sobre cuestiones banales, ─¿con quién me casaré, cuántos hijos tendré, fulano me quiere, cambiaré de trabajo?─, o un tanto funestas ─¿viviré muchos años, cuándo y de qué moriré?─. El supuesto espíritu nunca revela aquello que ninguno de los presentes conoce y ni tan solo pueden adivinar o conjeturar, como el número ganador de la lotería. En la ouija, tampoco creo que haya espíritu alguno que mueva el vaso o el puntero. Y sin embargo se mueve, parafraseando a Galileo. Pero ¿quién o qué lo mueve?

¿Puede una persona mover inconscientemente un objeto respondiendo a un impuso mental? ¿Pueden las cartas del Tarot desvelar incógnitas sobre nuestra vida actual y nuestro futuro? ¿Tienen alguna veracidad las cartas astrales? ¿Pueden los astros influir sobre nuestra vida y comportamiento? ¿Tienen algunos minerales poderes sanadores, activando o equilibrando los canales energéticos conocidos como chakras? ¿Existen los viajes astrales? ¿Son ciertas las psicofonías? ¿Podemos comunicarnos telepáticamente? ¿Existe la telequinesia? ¿Puede alguien sanar con la imposición de manos, con la técnica del Reiki? Una buena lista de cuestiones dignas de controversia sobre las que discutir. 

En todo este batiburrillo, no me siento capaz de afirmar ni negar rotundamente la veracidad de casi nada. Creo que algo de cierto hay en algunas de estas prácticas, aunque quizá no tal como nos las “venden” algunos. Hay muchas cosas que desconocemos y, por tal motivo, tendemos a rechazarlas de plano. Cierto es que, para creer en algo, deberíamos poder detectarlo, evidenciarlo y reproducirlo científicamente. Pero la ciencia todavía está en pañales en algunos aspectos ─especialmente los que están exentos de interés porque no son de algún modo rentables─ y no tiene respuestas para todo. Creo también que no debemos hacer burla de aquello que ignoramos o no comprendemos. ¿Cabe, por ejemplo, en nuestra mente lógica la idea de la infinitud? ¿Entendemos realmente el concepto de tiempo? Desde que sabe que “todo” empezó con el Big Bang, la humanidad parece haberse quedado tranquila. Todo está explicado. Ya conocemos el origen de nuestro Universo. Pero ¿qué había antes? ¿De dónde surgió toda esa energía? Posiblemente también haya una respuesta para esto. Pero ¿entendemos el concepto de la Nada? Fácil resulta decirlo, pero otra cosa muy distinta es comprenderlo. Sólo mentes privilegiadas son capaces de asimilar como naturales conceptos muy abstractos. Yo no. Yo me quedé con la geometría y los teoremas de Pitágoras, de las medianas y de las alturas. Todo medible y visible sobre el papel. En cambio, siempre se me atravesaron las matemáticas modernas. Cuando me decían que el límite de x tendía a infinito, me quedaba tan ancho. Si lo decía el profesor, no me quedaba más remedio que creérmelo y aprendérmelo de memoria, sin entender nada de nada. 

Ahora, fuera de las aulas, sin profesores ni físicos teóricos que puedan rebatirme, pienso ─y eso sí que es fácil─ que ante lo incomprensible y lo indemostrable, solo caben dos salidas: creer o no creer. Así de sencillo. Pero nunca debemos ridiculizar, y mucho menos denostar, a quienes creen en algo aparentemente increíble. Porque nunca sabremos quién tiene la razón. Creer o no creer, esa es la cuestión. 



martes, 14 de febrero de 2017

¿El tamaño importa?


Si no fuera por la imagen que ilustra esta entrada, podríais haber pensado que me estoy refiriendo a un atributo sexual masculino. Disculpad que haya jugado por un momento a la confusión con este término. 

A lo que voy a referirme, sin embargo, es a otro atributo físico masculino, éste visible a simple vista: la estatura, que, a fin de cuentas, es el tamaño corporal. También podría haberme referido a objetos cuyo tamaño importa a bastante gente, como el televisor, el coche, la casa, o cualquier otra cosa que provoque la envidia del prójimo envidioso. Pero he elegido la estatura porque, en más de una ocasión, sobre todo en mi adolescencia, me produjo una gran envidia y algún que otro inconveniente. 

¿La estatura realmente importa? Si me remito a las pruebas, sí, y mucho. Especialmente en los hombres, debo reiterar. La mía, por cierto, es más bien modesta. Mido, o por lo menos medía en mi juventud, 169 cm., estatura que fue, en su día, un impedimento para ligar con ─y ser correspondido por─ las chicas que eran más altas que yo, aunque solo fuera por culpa de sus tacones. Es lógico, pues, que trate este tema desde el punto de vista de quien se ha sentido “bajito” toda su vida, aunque con el tiempo llegara a perder importancia. 

Es bien sabido y perfectamente asumido que las mujeres prefieren a los hombres altos y, si no es mucho pedir, fornidos. Solo hay que ver a la mayoría de parejas. Pero si esta cuestión tan evidente me ha vuelto a llamar poderosamente la atención ha sido gracias a un programa de televisión sobre citas a ciegas. Que conste ─no vayáis a pensar mal─ que no soy un seguidor habitual de los programas del corazón, más bien abomino de ellos, pero el zapping me llevó un día hasta este programa y la curiosidad me pudo durante un cierto tiempo. Así pues, de su visionado, parcial y alternado, he podido volver a reparar en lo extremadamente importante que resulta este rasgo físico para una mujer. En dicho programa, una mayoría aplastante de mujeres, cuando se les pregunta por su prototipo de hombre, mencionan en primer lugar su estatura, seguido de una retahíla de otras cualidades. Pero la estatura figura casi siempre en primer lugar y como una condición sine qua non. Y cuanto más alto, mejor. Así podrá calzarse unos zapatos con tacón de aguja sin superarlo en altura, más de una ha añadido.

Pero no son solo las adolescentes las que expresan esa preferencia ─una edad en la que predomina la atracción física sobre otras consideraciones─, sino que mujeres maduras (pues en dicho programa la franja de edad es muy amplia), también prácticamente en su gran mayoría, dejan bien claro que su pareja tiene que ser alta, o por lo menos más alta que ella. Cada vez que oía cómo expresaban esta preferencia no podía evitar tener la sensación de que se estaba valorando a un ser humano por su tamaño, como el que compra un objeto o un cerdo. Cuanto más grande mejor. 

Ya sé que este, llamémosle, prejuicio, no es exclusivo del sexo femenino, pues muchos hombres se sentirían acomplejados junto a una mujer que les sobrepasara en estatura. Ni la antropología ni la genética humana son mi especialidad, pero de algún modo llevamos impreso en nuestro código genético unos condicionantes que se expresan como preferencias estéticas que, en realidad, responden a unos requerimientos para el apareamiento, heredados de nuestros ancestros y que se han mantenido más o menos inalterados a lo largo de la evolución. Los especialistas en la materia afirman que, por ejemplo, el hombre se siente más atraído por una mujer de caderas anchas porque ese rasgo indicaba una mayor fecundidad. Del mismo modo, la mujer, inconscientemente, busca en un hombre más alto y corpulento la seguridad y la protección que los hombres primitivos ofrecían a las mujeres del clan. Pero no pretendo aquí hacer un estudio biosociológico, para el que no estoy mínimamente preparado. Solo pretendo reflexionar sobre un hecho que deberíamos cuestionarnos: si podemos modificar estos moldes sociales heredados y/o impuestos. ¿Que el físico es importante a la hora de buscar pareja?, no cabe duda. ¿Que cada uno/a es libre de elegir como tal a quien le parezca?, faltaría más. Solo deseo señalar que quizá estamos demasiado imbuidos por prejuicios absurdos que, al margen de esa herencia milenaria, nos vienen impuestos y reforzados por una sociedad manifiestamente superficial. 

Salvando, pues, las escasas excepciones, que a mi parecer confirman la regla, la pareja “ideal” debe estar en primer lugar constituida por un hombre más alto y algo mayor en edad que su pareja femenina. ¿Acaso unos centímetros pueden ser una barrera infranqueable para que dos personas se amen? ¿Cuántas personas habrán perdido la oportunidad de hallar al hombre o a la mujer de su vida por haberse dejado llevar por ─o por no haberse atrevido a romper con─ esa exigencia? ¿La dimensión humana es directamente proporcional a la física? Por supuesto que no, pero la gente sigue mirando con curiosidad y extrañeza a una pareja cogida de la mano en la que ella le sobrepase a él un maldito palmo. 

¿A alguno/a de vosotros/as la diferencia de estatura os ha supuesto un inconveniente a la hora de buscar y formar pareja? ¿Creéis que la estatura importa?


lunes, 30 de enero de 2017

Sigena y Salamanca


En realidad, el título de esta entrada debería ser “los bienes del Monasterio de Santa María de Sigena y los papeles de Salamanca”, pero, por razones de espacio, lo he resumido con el nombre de las dos localidades origen de un conflicto interterritorial azuzado por intereses políticos y abonados con la mala fe de unos y la ignorancia (en el sentido literal de la palabra) de otros.

Intentaré tratar este tema de la forma más objetiva y respetuosa posible, siempre desde mi punto de vista, pues el objeto de esta reflexión no es otro que demostrar cómo dos hechos que guardan cierta similitud pueden llegar a ser tratados de forma muy dispar, incluso contrapuesta, anteponiéndose el interés personal o partidista a la razón.

Como ya sabéis, el denominador común de ambos conflictos estriba en la recuperación de un patrimonio por su propietario original y en ambos casos la Generalitat de Catalunya le ha tocado jugar el papel del malo de la película, el de expoliador, término que, según la RAE, significa aquél que despoja de algo a alguien con violencia o iniquidad.

Si alguien, al llegar a este punto cree que voy a hacer un alegato catalanista está equivocado. Soy catalanista ─entendiéndose con ello que amo y defiendo los intereses sociales, económicos, culturales y lingüísticos de mi tierra, Catalunya, como lo haría cualquier otro ciudadano con su Comunidad─, no me seduce en la actualidad ningún partido político, aunque cojeo ligeramente hacia la izquierda, creo en la justicia y la igualdad ─aunque tenga motivos para dudar de su existencia en la tierra─ y abogo por la objetividad y la verdad como bases de esa pretendida justicia y de una convivencia pacífica.  Dicho esto, entraré sin más dilación en materia. 

Quien esté al tanto de la disputa entre Aragón y Catalunya ─aunque debería decir entre sus instituciones─, sobre las obras de arte del Monasterio de Santa María de Sigena, habrá oído cómo, en repetidas ocasiones, diversas autoridades aragonesas, incluyendo a su presidente, han calificado de expolio el haberse trasladado retablos y otras obras de arte de dicho Monasterio Oscense a Catalunya. 

El asunto es muy controvertido y según las fuentes consultadas los hechos ocurrieron de forma muy distinta. No entraré aquí a valorar hasta qué punto discrepan las versiones, pues son tales y tantas las contradicciones del cómo y del porqué, que incluso llegué a dudar de si dichas fuentes se referían al mismo hecho, lugar y época.

Tampoco entraré a juzgar (pues ni soy un entendido en leyes ni las informaciones obtenidas me ofrecen una garantía de absoluta imparcialidad) si tiene razón o no el gobierno de Aragón al denunciar e intentar invalidar la compra de aquellas obras. Lo que sí creo que está claro es que, por ambas partes, se ha sensibilizado a la opinión pública, como siempre ocurre en las disputas en las que intervienen intereses políticos, con argumentos distorsionados, cuando no exagerados. De hecho, cuando el Tribunal Constitucional dio la razón a Catalunya, tras 14 años de deliberación, añadía en su sentencia que no entraba en la legalidad de la venta ni en la calificación de los bienes. Por lo tanto, si se ajusta a derecho la recuperación de dichas obras por su propietario original, que se haga mediante las diligencias legales pertinentes, pero siempre basándose en la veracidad de los hechos, como debe ser en cualquier procedimiento judicial. Pero me solivianta constatar cómo se utiliza el término expoliar alegre e impunemente, ante la aquiescencia general, cuando la famosa frase del ex presidente de la Generalitat Catalana, Artur Mas, “España nos roba”, levantó ampollas a lo largo y ancho de la península. Y antes de terminar con esta primera parte, lanzo una pregunta a quien sepa más que yo al respecto: ¿Por qué Aragón no reclama al Museo del Prado las obras de arte de Sigena que en él se exponen, entre las que se encuentra el fragmento del retablo mayor del Monasterio, adquirido por subasta? 

Hago ahora un salto geográfico y temporal para situarme en el Archivo de la Guerra Civil Española de la capital salmantina, donde se conservaban los llamados “papeles de Salamanca” reclamados por la Generalitat de Catalunya.

Para entender esta otra disputa institucional, es menester recordar que cuando en 1939 se produjo la caída de Catalunya en manos del ejército franquista, sus autoridades militares incautaron toda la documentación que pudieron encontrar en las sedes de las instituciones, los partidos políticos, las organizaciones sindicales, las asociaciones culturales y los domicilios de particulares, como pruebas para perseguir y juzgar a los que habían apoyado al bando republicano. Todos esos documentos se enviaron a Salamanca, donde se encontraba el Cuartel General del Generalísimo, para ser evaluada.

Aquí también evitaré entrar en detalles de este contencioso, por lo prolijo que sería, y solo diré que se inició, en este caso, a instancias de la Generalitat de Catalunya cuando esta reclamó al Gobierno Central que se restituyeran estos documentos a sus verdaderos propietarios. No hace falta recordar que también este hecho levantó ampollas y que también tuvo de intervenir el Tribunal Constitucional quien finalmente falló a favor del demandante. Aun así se produjo una gran movilización y resistencia en contra de esa medida, hasta tal punto que el traslado de las primeras 500 cajas de documentos se realizó de madrugada y con un fuerte despliegue policial para evitar incidentes. Esta operación se repitió en varias ocasiones (tal era la cantidad de documentación incautada) mientras que las autoridades autonómicas y municipales locales presentaban múltiples recursos con el argumento de que representaba ─y cito textualmente─ una expoliación.

Y aquí es donde yo quería llegar después de este (espero que no muy largo) camino, a lanzar nuevas preguntas cuyas respuestas también dejo en el aire: Si la compra ─por muy torticera que fuera─ de unas obras de arte gravemente deterioradas, su posterior restauración y traslado de una Comunidad Autónoma a otra se considera expolio, ¿por qué la incautación de una propiedad de un particular o institución, contra su voluntad y sin compensación económica alguna, no y sí en cambio su justa devolución? ¿Por qué ese doble rasero? ¿A santo de qué ese agravio comparativo? ¿Por qué debemos recurrir siempre a la judicialización de disputas cuando debería primar el sentido común y el consenso? 

Llegado aquí me doy cuenta que soy muy repetitivo, quizá incluso cansino, pues no es la primera vez (y no puedo prometer que sea la última) que hago alusión a la necesidad del entendimiento, del diálogo, de la no politización de asuntos sociales y culturales, de la no incitación a la violencia verbal ni al odio interterritorial, a la necesidad de utilizar la razón y hacer un esfuerzo por comprender la postura del otro, de no tergiversar la verdad, de vivir, en suma, en paz y armonía, olvidando viejas rencillas y aparcando la soberbia y un mal entendido orgullo nacional.

Si hablamos con propiedad, no olvidemos que quien sí llevó a cabo un verdadero expolio fue el ejército nazi, apropiándose “con violencia e iniquidad” de obras de arte pertenecientes a los judíos residentes en los países ocupados, como preludio al holocausto. Seamos, pues, estrictos a la hora de utilizar ciertos términos que no se ajustan a la realidad.

Ilustración.- Izquierda: Monasterio de Sta. María de Sigena; Derecha: Fachada del Archivo de la Guerra Civil Española (Salamanca)



sábado, 21 de enero de 2017

¿Diálogo, qué diálogo?


Según la Real Academia Española de la Lengua, el término “dialogo” se define, en su primera acepción, como “plática entre dos a más personas que alternativamente manifiestas sus ideas o afectos”. Pero existe otro término, el que aquí me interesa, que incluye la forma “diálogo de sordos” y que define como “conversación en la que los interlocutores no se prestan atención”. Y es que no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Esta debe ser otra de mis “rarezas”: pretender que cuando se dialoga, se dialogue de verdad. No, no es un juego de palabras. En todo caso sería como el estribillo de aquella canción que dice que “la española cuando besa, es que besa de verdad”. Pues todos los españoles deberían aplicarse el cuento y que pudiéramos decir que el español cuando dialoga, dialoga de verdad. Y, como no podría ser de otro modo, quienes más deberían seguir este principio son los políticos, porque creo que ni siquiera conocen el significado del verbo dialogar o, por lo menos, no lo saben conjugar: yo dialogo, tu dialogas, él dialoga, nosotros...

¿No os habéis fijado que en un turno de réplica, tanto en un Parlamento Autonómico, en el Congreso de los Diputados, en el Senado o en la mismísima Asamblea de las Naciones Unidas, el político de turno está únicamente centrado en leer al pie de la letra lo que ya llevaba escrito de antemano cuando no sabía con exactitud ─aunque ya debía intuir por dónde irían los tiros─ qué argumentos en concreto utilizaría su oponente y qué deberá rebatir o responder? Lo lógico sería escucharlos, pensar en ellos y solo entones pasar al contraataque, a rebatirlos uno a uno, si es necesario y tiene argumentos para ello. En definitiva, se trata de conocer al detalle el tema de discusión y estar lo suficientemente preparado como para improvisar sobre la marcha sin la ayuda de un guion. Aunque se partan de posiciones diametralmente opuestas, siempre habrán aspectos que requieran de una discusión, matización, aclaración, o respuesta concreta. Pues no, los “actores” se limitan a repetir hasta la saciedad su discurso, obviando las respectivas interpelaciones y yendo cada uno a lo suyo. Aquí podríamos también hablar de “diálogo de besugos”. En otras palabras: ausencia total de diálogo.

Entonces ¿de qué sirve comparecer en una cámara, donde se debaten temas de interés capital, con la lección aprendida y sin ánimos de escuchar atentamente las otras posturas para, de este modo, participar en un diálogo productivo pensado solo en el bien general y no en los intereses particulares y partidistas? Para nada. Bueno, sí, para lucirse ante sus partidarios y andar a la greña con sus eternos rivales.

Solo en un plató de televisión, en un cara a cara, pueden los contendientes practicar algo parecido al diálogo, si bien se hace patente el discurso personal eludiendo, por ambas partes, contestar aquellas preguntas capciosas o comprometedoras. Porque una de las características más sobresalientes de un político es saber divagar ante ese tipo de preguntas tan incómodas, incluso hechas por el moderador o entrevistador, para que el protagonista “se moje”. Y si es un “buen político” siempre saldrá airoso. Por mucho que se le presione e insista, siempre se andará hábilmente por las ramas con tal de esquivar la respuesta que le puede comprometer.

Pero la falta de diálogo no es exclusiva de los políticos. Parece más bien un mal endémico de este país. Todos hemos visto la lamentable escena de tertulianos, generalmente periodistas, debatiendo alrededor de una mesa y ante una audiencia televisiva considerable, hablando todos a la vez y compitiendo para ver quién grita más, cruzándose palabras y lanzándose acusaciones e improperios, bien en defensa de sus argumentos, bien atacando los de la parte contraria. ¿Acaso es eso dialogar? Con este comportamiento solo se pretende acallar la voz del contrincante, evitando que se le pueda oír y, por lo tanto, que pueda expresar en voz alta su opinión. Pero no solo no practican el diálogo sino tampoco la autocrítica, porque para acabar de rematar ese sinsentido, todos, absolutamente todos, se quejan de que el oponente no les deja hablar. Si el moderador logra apaciguar los ánimos de los participantes y poner un poco de orden y cordura, en cuanto le devuelve la palabra a uno de ellos, de inmediato otro alza la voz para acallarla de nuevo. Pena y vergüenza ajena. 

Así pues, quizá esta falta de diálogo no sea otra cosa que falta de educación. Quizá es que en nuestro país todavía no hemos adquirido una cultura democrática o, peor aún, cojeamos en cultura general. Al igual que cuando yo era niño existía en la escuela (al menos en la mía)  una asignatura llamada “aseo y urbanidad” (que debería recuperase, sobre todo en lo referente a la segunda parte), debería introducirse ahora una que bien podría bautizarse “hablar y dialogar”. Quizá así nos iría mejor.


martes, 17 de enero de 2017

La odiosa informática



Después de tantos años trabajando codo con codo, no dejo de sufrir muchas y misteriosas tropelías informáticas de las que desconozco (ignorante de mí) su origen y explicación. Como resultado de ello, la informática y yo no nos llevamos bien. A veces me resulta tan odiosa…

En la era de la alta tecnología, cuando podemos recibir imágenes a color desde Marte casi a tiempo real, ¿cómo es posible que todavía nos encontremos con problemas prácticos en lo más básico de la informática aplicada?

¿Quién no se ha enfrentado a problemas irresolubles tales como que una aplicación deje de funcionar sin explicación alguna salvo la notificación de que “la aplicación X ha dejado de funcionar correctamente”? Ni un profesional en la materia es capaz de dar explicación a esa repentina anomalía. ¿Solución? La única posible: Apagar y reiniciar el equipo.

¿Y qué me decís de eso tan extraño e impertinente como que al abrir un documento Excel no aparezca en forma de ventana maximizada tal como lo cerré? O lo confuso que resulta contestar a las preguntas que te hace el sistema cuando pretendes instalar una nueva aplicación o programa. Una jerga que sólo un informático puede entender, de modo que no sabes si decir que sí o que no. Imaginémonos, por ejemplo, que cuando le das a “ejecutar el programa” apareciera la advertencia: “si ejecuta este programa con Windows 10, se desactivará el subbuffer de conexión al fireware, ¿Desea continuar? O cuando te indica que existe una nueva actualización de un programa ya instalado y al darle a “actualizar” te encuentras con la sorpresa de que la ruta bla bla bla… no es válida o que la ubicación del programa no se encuentra. Y no digamos de las trampas a las que te somete el propietario de un programa que, junto con la instalación de éste te intenta colar otro (y a veces lo consigue) que va en el mismo paquete (generalmente un buscador que sustituirá al que sueles emplear) a menos de que te percates de ello y desactives esa instalación paralela predeterminada. 

¿Y qué os parece que al abrir un documento en internet empiecen a aparecer pantallas con mensajes, generalmente publicitarios, de las que no hay forma de salir o bien cuesta lo suyo? En el mejor de los casos, antes de lograrlo te pregunta si realmente quieres salir de la página, no sea que, tonto de ti, te hayas confundido y la abandones sin querer, y en el peor no te queda más remedio que abortar la búsqueda que habías iniciado dándole a Contrl+Alt+Supr y cerrar la sesión. Y vuelta a empezar. Y entonces empiezas a preguntarte si el PC se habrá infectado por un virus. ¡Pero si tengo un antivirus!, te dices. 

Que esa es otra: la protección contra los virus informáticos. En más de una ocasión te pegan un susto de muerte porque, de repente, se abre una página alertándote de que tu equipo está al borde de morir por varias infecciones gravísimas, a menos que instales YA el antivirus que te están ofreciendo. Intentas hacer oídos sordos, pues ya tienes un antivirus de confianza que realiza periódicamente un análisis de seguridad, pero la alarma sigue presente, que hasta te hace dudar de si estás haciendo el bobo y te la estás jugando de verdad. Para quedarte tranquilo, tras eliminar ese molesto aviso, cruzando los dedos, haces que tu antivirus realice un examen del sistema y resulta que todo está bien, sin ataques ni virus a la vista. Bueno, alguno sí, pero ya fue detectado y abatido sin piedad. Que uno piensa si será cierto o sólo lo dicen para que pienses lo bueno que es el antivirus que compraste. Porque resulta un tanto sospechoso que el mayor número de ataques resueltos satisfactoriamente siempre tengan lugar unas semanas antes de que se extinga la licencia y debas renovar la suscripción. Viendo su eficacia cualquiera no la renueva. Todo ello resulta tan mosqueador como cuando en el barrio se ha producido un robo en alguna vivienda y al día siguiente los buzones aparecen repletos de publicidad de una central de alarmas. Que uno piensa si es que estas empresas de seguridad tienen ojos y oídos en todas partes o (Dios me libre de pensarlo) que el caco trabaja a comisión. 

Si hoy me he decidido por este tema ha sido porque recientemente cambié de ordenador portátil y algo aparentemente tan simple fue motivo de muchos quebraderos de cabeza hasta que, tras varios días de sufrimiento, todo volvió a discurrir con normalidad. Parece que cambiar de ordenador conlleva pasar por una prueba iniciática para demostrar tu valía y resistencia ante cualquier adversidad y justificar así tu derecho a poseerlo.

El caso es que el nuevo portátil venía con el sistema operativo Windows 10 y tuve que adquirir el Office 2017 (Word, Excel y PowerPoint), de rabiosa actualidad. Si antes estas aplicaciones (al igual que los antivirus) se adquirían en forma de CD, ahora no, ahora lo que compras es un código que debes introducir en tu PC. Y ahí empezó el calvario. Una vez completada la instalación, cuando quería trabajar con Word o Excel aparecía repetidamente un mensaje diciendo que había dejado de funcionar. En “Ayuda” de Microsoft Office (ahora todo debe resolverse online) encontré la clave de cómo solucionar el problema y seguí sus instrucciones al pie de la letra. Inútil. Yo no (que a veces también, todo hay que decirlo), sino el consejo. ¿Cómo acabé resolviéndolo? Buscando en Google la respuesta. Todos los resultados de mi búsqueda indicaban realizar la misma operación, salvo una página de YouTube donde encontré un tutorial. En él, un joven sudamericano (por la voz y el acento) indicaba detalladamente en imágenes los pasos a seguir, que resultaron ser inicialmente los mismos que Microsoft y los distintos foros consultados me habían indicado pero que en este caso iban mucho más allá, hasta llegar a un recoveco donde aparecía activada una extraña opción que se tenía que desactivar para que todo funcionara correctamente. ¡Qué cosas! Si parece que lo hagan exprofeso para torturarte. 

Pero luego se añadió otro problema: una aparente incompatibilidad con la impresora que, aunque ya tiene unos cuantos años, me ha venido funcionando a la perfección. El caso es que, al querer imprimir un documento en Word, no aparecía la opción de imprimir en borrador ni se abría la pantalla de diálogo habitual donde se puede seleccionar diversas opciones de impresión. Unos me decían que era problema de la última versión de Office, otros que era un problema de incompatibilidad con Windows 10, otros, finalmente, que la impresora ya estaba obsoleta. A final se impuso la solución que casi nunca falla: la de reiniciarlo todo. Desinstalé la impresora y la volví a instalar. En esta última operación observé que el proceso discurría de otro modo, empezando con que la introducción del código de la impresora se realizaba de forma distinta y tal como yo recordaba que había sucedido con mi anterior ordenador. ¿No es otro de los magníficos misterios de la informática? Siendo, como soy, por desgracia, una persona perfeccionista, que quiere que todo funcione a la perfección, y para colmo impaciente, no os podéis imaginar el cabreo que todo ello me produjo mientras duraron esos inconvenientes. Los tacos debieron oírse por todo el vecindario.

Y podría seguir con una retahíla de quejas sobre anomalías inexplicables. Pero para terminar, dejadme comentaros una que me enrabieta enormemente por su frecuencia: el cursor de Word salta de posición cuando le da la realísima gana (o eso me parece a mí), saltando de la línea y lugar donde estoy escribiendo a otra parte del texto, de modo que, cuando me doy cuenta (pues soy de los que cuando escribe mira el teclado en lugar de la pantalla) estoy escribiendo en medio de un párrafo ya escrito. ¿Alguien sabría decirme a qué se debe? Ya sé que no es éste un foro donde resolver este tipo de dudas, pero por si acaso…

A pesar de los pesares, no me queda más remedio que tolerar la informática (qué haríamos sin ella) a nivel de usuario, como así se le llama al uso que alguien como yo hacemos de ella. Tengo establecido un pacto de no agresión, aunque a veces me cuesta reprimirme. Pero sólo es porque la necesito más que ella a mí. Pero es que a veces me resulta tan odiosa…