sábado, 27 de junio de 2020

Unas vacaciones diferentes



Quien más quien menos, espera las vacaciones de verano con verdaderas ansias, salvo los que, por desgracia, no pueden permitirse el lujo de salir fuera, ni que sea una semanita. Pero, aun así, siempre viene bien un descanso, un paréntesis que permita olvidarse por un tiempo del trabajo, para quien tiene el privilegio de tenerlo, claro está.

Hechas esas aclaraciones, tan necesarias en la actualidad, quiero dedicar este espacio al modo en que, quienes podemos disfrutarlas, vamos a pasar el periodo vacacional.

El turismo es el sector que más riqueza aporta a la economía española, representando casi el 15% del PIB y genera unos tres millones de empleos, aunque sean temporales. 

A pesar de que ya estamos en verano, dadas las circunstancias actuales, todavía es prematuro saber las consecuencias económicas exactas que tendrá la “nueva normalidad”, tras el levantamiento del estado de alarma, en la llamada industria turística.

Se calcula que, por cada semana sin recibir turistas extranjeros, el sector dejaría de ingresar unos cinco mil millones de euros. Al parecer, desde el 1 de julio, se permitirá, con algunas restricciones, el flujo de visitantes extranjeros, pero el temor al contagio muy probablemente disuadirá a muchos de ellos de visitar nuestro país, decantándose por otros destinos más seguros. Mientras escribo estas líneas, España se sitúa en el octavo lugar, detrás de los EEUU, Brasil, Rusia, India, Reino Unido, Perú y Chile, y por delante de Italia e Irán, en el top ten de los países más afectados por la Covid-19.

La situación se presenta muy delicada, pues si se abren las fronteras, aunque solo sea en el espacio Schengen, podemos recibir turistas de países con un mayor número de contagios que, aun siendo asintomáticos, a la salida de su país y a la entrada en el nuestro, nadie puede negar que luego propaguen la infección a los españoles que los esperan con los brazos abiertos, lo que agravaría más la situación ya que, puestos a decirlo todo, no es que seamos un ejemplo de prevención. Solo hay que ver los rebrotes puntuales que se van sucediendo en nuestra geografía “gracias” a la permisividad de las autoridades y a las ganas incontenibles de juerga por parte de muchos jóvenes, y no tan jóvenes.

No quiero ser aguafiestas y espero que no tengamos que lamentar más el remedio que la enfermedad y que para reactivar la economía del país tengamos luego que retroceder al puesto de partida y todos de nuevo confinados en casa al terminar el verano.

Es bien conocido que el balance económico del turismo nos hace más receptores que emisores, pues hay muchos más visitantes extranjeros que vienen a España que turistas españoles que viajan al extranjero. Y como consecuencia de ello, lo que deja el turista extranjero en nuestro país supera con creces lo que nosotros dejamos fuera de España.

Así las cosas, lo más prudente sería incentivar el turismo local, pero del mismo modo que no se pueden poner puertas al campo, difícil es que la gente se quede en casa, entendiendo por casa su región o regiones aledañas con el mismo grado de peligrosidad.

Solo el temor a enfermar puede aplacar las ganas de salir fuera de nuestras fronteras y que quienes viven fuera de ellas no se vean con ánimos de cruzarlas. Aun en el mejor de los escenarios, habrá, con toda seguridad, un menor flujo de turistas venidos de otros países y muchos menos viajes al extranjero. Y aunque nos inclinemos por el turismo local o nacional, me atrevería a pronosticar que el movimiento interno también será menor o, cuanto menos, me menor recorrido. Y como consecuencia, menor será el dinero invertido en hacer turismo. Es lo que hay.

Todo está en manos de la concienciación ciudadana, aunque vistos los rebrotes habidos en varias localidades españoles por culpa de la falta de un mínimo sentido común, la avalancha de extranjeros que está invadiendo Ibiza y Menorca ya durante los primeros días de “libertad”, y la posible invasión de esos miles de ingleses que abarrotan sus playas de forma inimaginable (véase la imagen de cabecera) y de otros turistas descerebrados (los del turismo de borrachera), me temo que una vez pasado el mes de agosto sufriremos las consecuencias del descontrol de esa población incívica, tanto de fuera como de dentro de nuestro país.

Nuestras vacaciones serán anómalas, por supuesto. Me cuesta creer que se podrá controlar el aforo máximo permitido en cualquier lugar propenso a la aglomeración. Quizá el santuario de Covadonga, el parque natural de Cabárceno, la mezquita de Córdoba, el teatro romano de Mérida o el Monasterio de Piedra, puedan cumplir las normas de seguridad, pero no me imagino una parcelación y el mantenimiento de la distancia social en playas en las que cada verano se apiñan miles de personas ávidas de sol y de baño. Como dicen los ingleses, wait and see o, lo que es igual, veremos qué pasa.


viernes, 19 de junio de 2020

¿Quién quiere sacrificarse?



Si la pregunta fuera “¿quién quiere ser millonario?”, como aquel concurso presentado por Carlos Sobera, todos levantaríamos la mano, pero, a la hora de ser generosos y hacer sacrificios, la cosa pinta bastos.

Vaya por delante que el tema que hoy traigo me resulta complicado de tratar, por cuanto sé que puedo pecar de ignorante y, a tenor de lo cual, injusto para una parte de la sociedad empresarial. Del mismo modo que, azuzados por la crisis provocada por la Covid-19, se ha debatido mucho sobre el difícil equilibrio entre preservar la salud y mantener el país a flote, también hay otro equilibrio difícil de mantener y que invita a un duro debate: el de la salud económica del empresariado frente a la del proletariado. Sé que este último término suena a comunismo, pero no deja de ser proletario quien vive a duras penas de su trabajo. Y, además, empresario y proletario riman a la perfección, aunque, por definición o por naturaleza, estén condenados a no entenderse.

En tiempos de crisis económica, como la que estamos vislumbrando, los empresarios —y, en su nombre, la patronal— se apresuran a dejar claro, muy claro, que la crisis será dura, muy dura, probablemente la más dura jamás vista desde la guerra civil. Con ello quieren mentalizar a la clase trabajadora que lo va a pasar mal, muy mal, como jamás lo había pasado hasta ahora. Debe de ser una buena táctica para que luego no les pille por sorpresa y se les ocurra quejarse.

En momentos realmente difíciles, hay que tomar decisiones y medidas difíciles. Es momento de sacrificios. Pero ¿quién va a sacrificarse? La clase media, media-baja y baja ya está acostumbrada a “apretarse el cinturón” cuando las cosas van mal. Pero ¿y los empresarios? ¿También están dispuestos al sacrificio? Y no me refiero al pequeño empresario, al dueño de un taller de barrio, de un bar o de un restaurante modesto. Me refiero a las cadenas se supermercados, a las grandes superficies, a las grandes empresas nacionales y multinacionales. En el primer caso, los trabajadores entienden que la supervivencia del negocio está tocada y el barco se hunde, y, ante la pérdida de sus puestos de trabajo, poco o nada pueden hacer. En la crisis económica del 2008, hubo trabajadores que aceptaron, por el bien de la empresa y el suyo propio, ver reducido su salario o las horas de trabajo. Si un trabajador sabe que los pedidos o las ventas escasean y que los números no salen, apechuga con la situación. Lo malo es cuando algún empresario “listo” se aprovecha de la crisis y, una vez esta ha pasado, no readmite al personal que dejó en la calle, pudiéndolo hacer, y el que queda tiene que hacerse cargo de la nueva situación. Cuántos restaurantes no habré visto que, al menguar notablemente la clientela, redujeron, por ejemplo, de seis a tres el número de camareros, pero cuando la situación se recuperó, solo incorporaron a uno, con lo cual la nueva plantilla de cuatro empleados tuvo que hacerse cargo del trabajo que antes realizaban los seis. Y cobrando lo mismo o menos.

Pero dejando a un lado a estos pequeños empresarios sin demasiados escrúpulos, mi intención es la de criticar, o comentar, la actitud de los grandes ante la crisis del sector, sea cual sea este, esos que no saben lo que es apretarse el cinturón, el propio, me refiero.

Pero, claro, como hay que salvaguardar el buen funcionamiento de la trama empresarial, protegiendo su supervivencia, por ser el motor económico del país —cosa que no niego—, la única forma de hacerlo es despidiendo a los trabajadores, ya sea mediante un ERE o un ERTE, que, por lo menos, es menos grave. Solo es cuestión de comprobar si la T de Temporal será o no será. De momento, los empresarios exigen su prolongación hasta final de año, luego ya se verá.

Todos queremos ganar dinero y cuando vemos que nuestros ahorros menguan, nos cabreamos. Yo no juego a la bolsa, porque es como jugar a la ruleta, pero tengo algunos ahorrillos en fondos de inversión. Y hay que ver cómo cuando sopla una simple brisa de incertidumbre —porque Trump ha dicho esto o aquello, o porque los chinos se han cabreado con los japoneses, o porque Rusia apoya a Turquía en la lucha contra los Kurdos, o porque Siria e Irán andan a la greña, o porque está lloviendo de canto y eso no es normal— las bolsas se desploman y de rebote toda la economía se resiente, especialmente la de los ahorradores, los que no tienen culpa de nada. No soy muy dado a las suspicacias y mucho menos a las conspiraciones, pero a veces he llegado a pensar que todo está hecho a propósito. Y no me refiero a las refriegas políticas sino al aprovechamiento de cualquier inestabilidad, por pequeña que sea, para darle a la trituradora y que alguien acaba sacando tajada del empobrecimiento de los demás. Es claro y notorio que es en épocas de crisis cuando los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres.

¿Por qué los empresarios españoles están totalmente en contra de la contrarreforma laboral? Porque, dicen, ello pondría en peligro la creación de empleo. ¿Por qué no dicen la verdad, que no quieren perder privilegios en forma de despidos libres y a un coste irrisorio? Cuando las grandes empresas ganan dinero a raudales —miles de millones de euros al año—, ¿quién se queda con los beneficios? Cuando esas mismas empresas dejan de ganar tanto dinero —para ellas ganar menos es perder, calificándolo con el eufemismo de crecimiento negativo—, ¿quién acude en su ayuda? Solo con mencionar dos casos de flagrante inmoralidad, como el caso Castor y el recate de la banca, tenemos suficiente para entender cómo funciona el sistema. Si yo invierto en un proyecto prometedor y este se va al garete y lo pierdo todo, ¿quién me va a resarcir? Nadie. Es mi problema. Pero cuando un grupo empresarial arriesga dinero en un proyecto millonario para construir un depósito artificial de gas natural y ello fracasa por culpa de errores técnicos y de una grave negligencia en el estudio del impacto medioambiental, no pierde ni un solo euro porque el Gobierno de turno se lo compensa a fondo perdido. En otras palabras, todos los ciudadanos nos vemos obligados a resolverles el problema. ¡Manda huevos! Si el proyecto hubiera sido todo un éxito, ¿acaso habríamos salido beneficiados económicamente de algún modo? Y no toquemos el tema del rescate de la banca, porque ya huele a podrido.

Insisto en mi ignorancia en temas macroeconómicos, mis apreciaciones son solo el resultado de lo que veo y me pregunto. Sé, por supuesto, que una empresa privada tiene la “obligación” de ganar dinero, de lo contrario no tendría razón de ser. Si alguno de nosotros tuviera, aunque fuera una pequeñísima participación en acciones, querríamos que devengaran beneficios, no pérdidas. Pero la gran mayoría de esas empresas quieren seguir ganando el mismo dinero de siempre, aunque sea a costa de sus trabajadores y de sus salarios de mierda. Me cuesta creer que una gran multinacional que factura un billón de dólares al año no pueda resistir una caída, por fuerte que sea, en las ventas durante tres meses. ¿Acaso no tiene un “caja de resistencia” con los pingües beneficios que ha ido acumulando año tras año? El Corte Inglés o Zara, por poner dos ejemplos, ¿no pueden resistir una crisis temporal? Entiendo que no sea oportuno, a nivel empresarial, seguir pagando los salarios íntegros a los trabajadores mientras estos están ausentes de su puesto de trabajo, aunque sea por una causa ajena a su voluntad, pero que no se aprovechen de que el Pisuerga pasa por Valladolid, para obtener beneficios, fiscales o del tipo que sea, más allá de lo justo y necesario.

Además, muchas de estas empresas seguro que recuperarán las ventas perdidas en cuanto se abran las puertas al comprador. Quien quería comprarse un artículo de consumo y no lo ha hecho durante el confinamiento, lo hará tan pronto tenga ocasión. Los únicos que no podrán recuperar lo perdido son quienes viven de acontecimientos turísticos de temporada, especialmente los que regentan negocios de pequeño y mediano tamaño. Los hoteles de cuatro y cinco estrellas y los restaurantes de alto copete y con estrellas Michelin, con solo incrementar un poco sus precios podrán recuperar parte de lo perdido. El dinero es como los anticuerpos, quien más tiene, mejor resiste el embate de un virus malicioso.

Todos queremos ganar dinero, sobre todo los que menos tienen. Pero quienes tienen las arcas llenas, bien podrían dar ejemplo de austeridad y asumir que estamos en la época de las vacas flacas y empezar a mentalizarse de que, por un tiempo, también tendrán que apretarse el cinturón. Todos debemos contribuir a mantener el Estado del bienestar, o lo más parecido a ello, sin excepciones.

¿Quién dijo “de cada cual según sus capacidades y a cada cual según sus necesidades? ¿A ver si resultará que soy comunista y no me había percatado? No lo sé, pero que soy un iluso utópico, eso seguro. ¿Cómo voy a creer que las grandes fortunas van a sacrificarse si son las que pagan menos impuestos?


jueves, 11 de junio de 2020

Risas enlatadas



El pasado mes de abril dedicaba una entrada a la música enlatada, al playback que sustituye la voz y la música de un cantante y de su banda en directo por una grabación, por motivos básicamente técnicos y económicos.

La de hoy está dedicada a otro tipo de efecto enlatado, o pregrabado, para añadirlo a una serie o programa de televisión. Se trata de las risas de fondo que se oyen tras un gag o un chiste, ya sea del presentador o del actor protagonista.

Este recurso era muy frecuente en la televisión de los años sesenta y setenta, especialmente en las comedias norteamericanas. Pero hoy día todavía se emplea, si bien con menor frecuencia. Tenemos, por ejemplo, a una de mis series de humor favoritas, “The Big Bang Theory”, en la cual tras casi cada frase de sus protagonistas le sigue una algarabía de risotadas. En otras series anteriores a esta y también de factura americana, “Como conocí a vuestra madre” y la famosa Friends, se utilizaba el mismo señuelo para provocar la risa de los espectadores. Y existen muchos más ejemplos, tanto internacionales como nacionales.

En el teatro existía algo parecido, la llamada claque o clac, en forma de un grupo de espectadores que debían aplaudir en un momento determinado siguiendo las indicaciones del jefe de claque. En mi juventud, asistí en más de una ocasión a una obra de teatro como integrante de ese excelso grupo de animadores a cambio de entrar gratis. Pero, eso sí, nos situaban en el “gallinero” y muchas veces en unas localidades con una visibilidad bastante limitada.

Esa claque, que en el teatro ha dejado de existir, se trasladó a algunos programas de televisión en directo y con público en el plató. Un empleado o bien una pantalla luminosa indica a ese público cuándo debe aplaudir. Es como el aditivo necesario para realzar la calidad del producto.

Dejando los aplausos aparte y volviendo a las risas incorporadas en un programa o serie de televisión, debe ser este un artilugio muy eficaz, de otro modo habría desaparecido. Lo que ignoro es la forma de comprobar su efecto entre el público de casa y me pregunto si es realmente necesario que nos provoquen la risa oyendo risas. Que la risa es contagiosa es algo que todos hemos experimentado, pero considero un descrédito para una obra, sea del tipo que sea, que tenga que ganarse la carcajada del espectador de una forma tan burda e infantil. ¿Acaso somos tan tontos que no somos capaces de captar una chanza y reírnos de ella sin que nada ni nadie nos lo indique? Pongamos por ejemplo a uno de los muchos monologuistas que existen en nuestro país. Si son realmente buenos la gente reirá sin necesidad de que nadie se lo ordene. Si mi admirado y desaparecido Eugenio hacía reír al público era por mérito propio, no porque hubiera al fondo de la sala un grupito de gente pagada para provocar la risa del personal.

Así pues, ¿nos tratan de bobos sin sentido del humor? A lo peor, no me he dado cuenta y yo soy uno de esos que sin risas de fondo no reiría la gracia del gracioso. Pero, ahora que lo pienso, en más de una ocasión he llegado a decir “No le veo la gracia”. Así pues, debo ser normal. ¡Qué alivio!



jueves, 4 de junio de 2020

S.O.S. Juegos peligrosos



La imagen que ilustra esta entrada es la que me ha motivado a escribirla. El lugar es una playa de la localidad de Dorset, al sur de Inglaterra. En un programa de televisión sobre el comportamiento arriesgado de algunos jóvenes, se mostraba a uno de ellos en lo alto de este peñasco, en la cima de la curvatura rocosa, y cómo, animado y coreado por otros jóvenes desde la playa, saltaba de cabeza al agua. A continuación, se comentaba el número de casos que esa práctica había acabado con serias lesiones e incluso con algún traumatismo cráneo-encefálico. Y aun así continúa el espectáculo cada dos por tres.

Nunca he entendido, ni entenderé, ese comportamiento absurdo y altamente peligroso de algunos descerebrados que buscan salir en la foto. O bien hacerse un selfie en un rompeolas cuando hay temporal y está prohibido acercarse al mar, o de pie en el extremo de un precipicio sometido a un vendaval (hace poco una chica se precipitó al vacío por culpa de una ráfaga de viento). Y dejo en un aparte a los practicantes del balconing, porque estos ya ni tan solo entran en la lista de los animales racionales.

No estoy en contra de los deportes de aventura, allá cada uno con su vida, con su forma de divertirse y de, como se suele decir, liberar adrenalina. Pero si alguien practica un deporte que reviste peligrosidad —aunque quienes lo practican nunca quieren admitirlo— deberían tomar las máximas precauciones para que nadie más que ellos puedan verse comprometidos. Hace unos días veía cómo dos parapentistas chocaban y se enredaban en pleno vuelo a cuatro mil metros de altura. Por fortuna, pudieron desenredarse antes de estrellarse contra el suelo. Pero lo que más me llamó la atención fue que a su alrededor había otros parapentes volando a una cierta distancia y que el viento —como así sucedió con estos dos protagonistas— podía acercar peligrosamente.

Aparte de algunas majaderías o insensateces, hay actividades de alto riesgo que, como decía anteriormente, no solo ponen en peligro a quien las practica, sino a terceras personas, esas que, aun estando bien preparadas, tanto técnica como físicamente, son las que tienen que ir a socorrerlas en caso de accidente. Me parece injusto, e incluso irresponsable, que un bombero, un agente rural o un guardia civil de montaña tenga que arriesgar su vida para salvar la de alguien que ha cometido una imprudencia. Y no me refiero a un alpinista con gran experiencia que ha sido engullido por un alud o se ha despeñado por una causa fortuita difícilmente controlable. Me refiero a los que no siguen las recomendaciones y se saltan las normas practicando una actividad en zonas señalizadas como peligrosas.

En más de una ocasión se ha planteado que quien actúa de ese modo y, por su mala cabeza, obliga a movilizar a una dotación de salvamento, pague los gastos derivados de ello. Hasta ahora, tengo entendido que en muy pocos casos se ha aplicado esta propuesta.  La Guardia Civil de montaña o del mar nunca cobra por un servicio de rescate o salvamento, pues se considera que es un servicio público y gratuito. Solo algunas CCAA aplican, en determinados casos, alguna tasa, pero que no llega a cubrir el coste del rescate.

Nadie tiene derecho a poner en riesgo a nadie ajeno a su actividad. No creo que debamos decir que “para esto están los rescatadores”. No es lo mismo acudir a sofocar un incendio por causas fortuitas o naturales que hacer frente a un incendio forestal provocado por un pirómano. No es lo mismo que un vigilante de la playa se lance al mar a socorrer a quien ha sufrido un desvanecimiento y se está ahogando que tener que lanzarse a un mar embravecido por culpa de los que hacen caso omiso a la bandera roja y se echan al agua. También en estos casos deberíamos aplicar el concepto de “quien la hace la paga”. Si con su comportamiento incívico e irresponsable obliga a un tercero a ir a socorrerle, con el consiguiente peligro para este, debe pagarlo de algún modo y no solo con un tirón de orejas.

Y estos jóvenes (y no tan jóvenes) intrépidos no solo se “lucen” en el mar, en el aire, en la montaña o en las profundidades de la tierra, también los vemos a diario en las carreteras y en las calles. Son los automovilistas, motoristas, ciclistas y “patinetistas” que son sus actos irresponsables ponen en serio peligro la integridad física de los demás. Y últimamente ha aparecido una nueva modalidad de actuación peligrosa, la de aquellos que no respetan las normas para evitar el contagio de la Covid-19, pues no solo ponen en riesgo su salud sino la de los que les rodean.

Hay gente que todo se lo toma como un juego. Pero hay juegos muy peligrosos y luego todo son lamentaciones.


viernes, 29 de mayo de 2020

¿Hay alguien ahí?



En septiembre de 2019 publiqué una entrada titulada “La era de la comunicación”, en la que criticaba el hecho de que, estando inmersos en una sociedad cada vez más ligada a la tecnología y a los medios de comunicación online, resulta increíble las dificultades para que el ciudadano pueda ser atendido de una forma ágil y resolutiva por teléfono cuando la llamada es atendida por un programa informático con el que debemos lidiar para que acepte, en primer lugar, y resuelva, en segundo lugar, nuestra petición. En muchos casos, las opciones que ofrece el sistema —marque el 1 si desea conocer tal cosa, marque el 2 si lo que desea es tal otra… — no incluye el motivo de nuestra llamada y, en caso que así sea, no logramos nuestro objetivo y acabamos como habíamos empezado.

De lo que trata la presente entrada también incide en esa falta de eficiencia, pero con un agravante: el sistema o programa establecido es inútil, bien por un fallo de diseño, bien porque está “perturbado”.

Recientemente he sufrido varios casos de esa insufrible y espantosa inoperancia al tratar de comunicarme con entidades de cierto “empaque” social, Empresas o Entidades que tienen a disposición de sus clientes una web con un diseño muy atractivo, pero inservible para la resolución de un problema, no existiendo, muchas veces, otro medio para comunicarnos con ellas.

Últimamente, cuando, debido al confinamiento, no me ha quedado otra fórmula para resolver una duda o un problema que la de contactar con una entidad vía online, me he encontrado con que tiene un sistema de resolución con preguntas preestablecidas, un listado desplegable de cuestiones y respuestas (Q/A) probablemente basado en la experiencia, es decir en las preguntas más frecuentes que han ido registrando hasta el momento. Pero ¿qué ocurre cuando nuestra pregunta no está entre las que figura en ese formulario? Pues a joderse (con perdón). Y eso es lo que me ha ocurrido con bastante frecuencia. Y encima, tienen la cara dura de poner a disposición del cliente la opción que titulan “Ayuda”. Como no sea ayuda para perder el tiempo…

De estos casos, voy a referir, a modo de ejemplo, el más increíble e irritante. No voy a mencionar el nombre de la entidad, por una cuestión de privacidad, aunque no debería tener ningún reparo, puesto que sería perfectamente comprobable. Solo diré que se trata de una entidad financiera de gran prestigio en nuestro país, especialmente en Cataluña.

La epopeya comenzó a mediados de febrero, cuando, viendo la imposibilidad de resolver el problema a través de una persona física, tuve que vérmelas con la entidad a través del contacto “virtual”.

Se trataba de conseguir la devolución de unas cuotas indebidamente cargadas por la financiera de esa entidad bancaria, que ascendían a varios cientos de euros, por un servicio finalmente no realizado, una reclamación totalmente ajustada a derecho, tal como reconoció la dirección de la oficina bancaria con la que operamos.

Para no entrar en detales, por lo complejo y prolijo que resultaría, solo diré que viendo la falta de respuesta a nuestra demanda por correo electrónico, opté por contactar con esa financiera a través de su web. Tras registrarme y lograr activar una clave de acceso, accedí al área privada de clientes. ¿Resultado?: “Operación no disponible” (ver en la imagen del encabezamiento una impresión de dicha respuesta, actualizada tan solo hace dos días), un supuesto error debido a razones de mantenimiento.

En el mismo mensaje, recomiendan esperar a acceder más tarde o bien contactar por teléfono al servicio de atención al cliente. Y aquí viene la puntilla de remate: “Todos nuestros agentes están ocupados, manténgase a la espera”. Y tras mantenerme a la espera durante varios minutos (con el consiguiente cargo en la factura de teléfono puesto que es un 902), otra grabación acaba recomendando al paciente comunicante que para cualquier consulta tiene a su disposición la web, esa misma que muestra una y otra vez la misma advertencia. Y así día tras día, semana tras semana. La pescadilla que se muerde la cola. Una pescadilla que mutó en pesadilla ante esa sensación de impotencia.

Son muchas las Empresas que, ante un problema, te dejan con el culo al aire durante todo el tiempo que les parezca adecuado para sus intereses. Reclamar es como hablar a la pared, sin saber si hay alguien al otro lado. La puerta de acceso está cerrada a cal y canto y por mucho que exclames ¿hay alguien ahí?, no recibes respuesta.

Para no alargarme demasiado, acabaré diciendo que el tema se solventó a principios de este mes de mayo (casi tres meses batallando), con el reintegro de la cantidad indebidamente cargada. Hubiéramos tenido que pedir una compensación económica por daños y perjuicios o intereses por demora. Pero así somos de conformistas.

¿Qué fue lo que finalmente les movió a actuar? No lo sé con exactitud, pero bien podría haber influido un escrito que hice llegar a la dirección de la sucursal bancaria poniéndoles a parir —uno también se calienta de vez en cuando— amenazándolos con recurrir a acciones legales (un farol) y al traspaso de todos nuestros ahorros a otra entidad (eso no fue ningún farol).

¿Cómo es posible que una entidad de esa categoría trate a sus clientes de ese modo y ponga a su disposición una web absolutamente inoperante? Como decía en la entrada a la que he hecho referencia al principio de esta, las Empresas solo son ágiles y eficientes cuando se trata de sacar los cuartos al cliente, no cuando se los tiene que devolver.


miércoles, 20 de mayo de 2020

Mira quién habla



No, no se trata de escribir sobre la película de 1989, protagonizada por Kirstie Alley y John Travolta, pero esta entrada va de cine, pero tampoco es una crítica cinematográfica, que para eso hay blogueros mucho más entendidos en la materia —¿a qué sí, Miguel Pina?—. Podría haber titulado esta entrada “¡No se oye!”, lo que solíamos gritar en los cines de barrio y de pueblo cuando el sonido fallaba o no estaba al volumen correcto.

A mí me encanta el cine y me encanta ir al cine. Otra cosa son las series, que solo puedo ver en los canales de televisión y en las plataformas digitales.

Si dejamos de lado las diferencias que puedan haber de imagen y sonido entre ambas opciones, hay un elemento común que valoro mucho y que, al parecer, pasa desapercibido o no es importante para la mayoría de espectadores —por lo menos nunca he oído crítica alguna al respecto— y es la calidad de la dicción, tanto de los actores “reales” como de los de doblaje. No es algo nuevo, pues hace años que lo vengo observando. Lo que ocurre es que esta fase de confinamiento me ha llevado a ver una gran cantidad de series y películas y ello ha propiciado que saque ahora este tema a colación. Algo tenía que escribir que no fuera sobre ese dichoso virus y la reclusión (para algunos afortunados, semi reclusión) a las que nos hemos visto sometidos.

Hay actores españoles —pues los extranjeros los oímos doblados—, la mayoría muy jóvenes, que parece que tengan un defecto de origen en su mala vocalización, que no entiendo cómo han llegado algunos de ellos tan alto. ¿Acaso en la escuela de actores no les han enseñado a vocalizar? Pero no es solo su expresión verbal, su mala dicción, lo que más me molesta, sino —y esto aplica tanto a actores como dobladores— esa maldita costumbre —más bien defecto— de susurrar las últimas palabras de una frase.

—¿Qué ha dicho?
—Ay, no lo sé, no lo he pillado.
—A ver, rebobina, a ver qué ha dicho.
….
—¿Has entendido algo?
—Pues no estoy seguro. Me ha parecido que decía “te mataré”.
—Pues yo creo que ha dicho “te amaré”.

En casos como este, no queda más remedio que seguir viendo la película, o el capítulo, para ver si al final la mata o se acuesta con ella. Claro que podría ser que primero se acostara con ella y luego la matara.

Bromas aparte, no sé si os resulta familiar esta parodia hogareña. ¿Os ha pasado alguna vez algo así? A mí muchas, demasiadas. Y me irrita un montón.

Aunque quien hable sea un moribundo, que, lógicamente, no puede vocalizar como lo haría una persona en perfectas condiciones físicas, se supone que el espectador tiene que entender lo que dice, aunque hable de forma dificultosa y entrecortada. Y lo mismo en el caso de escenas de amor e intimidad. El protagonista, recostado sobre su amada, en plena fase de seducción, no le va a gritar «¡¡TE DESEO, NO LO SOPORTO MÁS, QUIERO HACER EL AMOR CONTIGOOOO!!», sino que se lo dirá susurrándoselo al oído, o a media voz, en un tono cálido e íntimo. Pero tampoco es cuestión de que solo podamos oír, en el mejor de los casos, «Te dssso, no lospto más, quiracermor conigo», qué caramba.

Llegué a pensar que debería hacer una visita a GAES, por si mi agudeza auditiva estuviera en franco retroceso. Por edad, seguro que no está al cien por cien, pero no soy solo yo quien sufre de esa incapacidad para entender a esos “susurradores”. A mi mujer, que es más joven que yo, le ocurre lo mismo. Quizá debamos pedir cita ambos al otorrino. ¿A nadie de vosotros os ocurre lo mismo? Es para salir de dudas.

Yo me pregunto si no se percata de tal disfunción sonora el director y el personal técnico de sonido cuando visionan y oyen lo filmado antes del montaje final. Si son conscientes de ello y lo que pretenden es darle a la película la máxima naturalidad, pues podrían aplicar lo mismo en las escenas en las que los actores comen y hablan con la boca llena o cuando se hablan a distancia que, en la vida real, uno no entiende un carajo y tiene que pedir que se lo repita.

Lo curioso es que, por una parte, el cine nos atiborra de situaciones totalmente ilógicas que, en la vida real, serían exageradas, absurdas e incluso risibles —he decidido deliberadamente omitir los ejemplos en los que había pensado porque la lista resultaba interminable— y no me sirve el típico comentario de que solo es cine. Por otra parte, a los cineastas de hoy parece que les resulta muy dificultoso o inapropiado tomarse la licencia, en aras de una buena comprensión, de procurar una vocalización de los actores mínimamente entendible aun en situaciones extremas.

Si no habéis reparado en ello —cosa que dudo— fijaos, en la próxima película o serie que miréis, en cuántas ocasiones no habléis captado alguna palabra que, para más inri, es importante, si no crucial.

Para terminar, mencionar un hecho puntual muy reciente y hasta cierto punto anecdótico: debido a la imposibilidad de que los actores de doblaje puedan trabajar con seguridad en estos días de alarma por el coronavirus, las series recién estrenadas en las plataformas digitales, solo están dobladas en un español latinoamericano, al que uno le cuesta acostumbrarse auditivamente. Si a ello le sumamos el efecto “susurrador”, el incordio está servido.


miércoles, 6 de mayo de 2020

¿Qué hay para comer?



Ojos que no ven, corazón que no siente, reza el refrán. Hay quien cree que a veces es mejor no saber las cosas, pues la ignorancia nos hace inocentes ante una mentira, un fraude, incluso ante la propia ignorancia.

Que comer es un placer, además de una necesidad, es una obviedad. Puestos a comer, hay que comer bien, y con comer bien me refiero a comer sano. Es de todos conocida la siguiente frase de Hipócrates: «Que tu alimento sea tu medicina, y que tu medicina sea tu alimento».  Pero, paradójicamente, los alimentos pueden ser —y muchas veces son— una fuente de problemas de salud.

Se habla de comer sano, se nos dan consejos para cuidar nuestra alimentación. Pero debemos admitir que no es tarea fácil, pues hoy día hay que ser un experto en nutrición para tener la seguridad de que lo que comemos es realmente saludable.

Las intoxicaciones alimentarias suelen producirse por una mala praxis de los elaboradores y/o manipuladores de alimentos —véase el caso reciente de la carne mechada contaminada con Listera, una bacteria altamente patógena— o bien a una mala conservación por parte del consumidor.

Estos casos de alimentos contaminados y en malas condiciones son, por fortuna, la excepción y lo único que podemos hacer en nuestra defensa es llevar el tema a los tribunales. A priori, si compramos en establecimientos que nos merecen confianza, no podemos prever nada ni hacer nada para protegernos.

La duda que me asalta cada vez con más frecuencia es si lo que como, aun estando en perfectas condiciones higiénicas, es realmente sano.

Siempre he dicho, en plan de broma, que, para vivir tranquilo y seguro deberíamos ser médicos —para auto cuidarnos, sin tener que ponernos en manos ajenas—, economistas —para saber cuidar de nuestros ahorros y no dejarnos engañar por las entidades financieras—, y abogados —para conocer perfectamente nuestros derechos y saber defendernos de los abusos.

Ahora, volviéndolo a pensar, debería añadir la titulación de nutricionista. Si en el supuesto anterior, no serían necesarias las preguntas: ¿qué tengo, doctor?, ¿qué hago con mis ahorros? y ¿qué puedo hacer ante esta injusticia?, siendo un experto en alimentos no haría falta preguntarnos qué podemos comer sin que peligre nuestra salud.

Como de conocimientos sobre alimentación tengo los justitos, me siento muchas veces como un pardillo haciendo caso a las recomendaciones que todos oímos y leemos, y siempre me queda la duda de si lo que me dicen y/o leo es cierto.

Todo ha cambiado tanto que a la pregunta típica de carne o pescado, ya no podemos responder solo en base a nuestras preferencias gastronómicas y/o gustativas. Ahora hay que ser más selectivo. ¿Carne roja o blanca? ¿pescado azul o blanco? Y otras muchas preguntas nos asaltan: ¿aceite de oliva, de soja, de girasol, de…? Los vegetales, ¿mejor crudos o hervidos? ¿Azúcar o edulcorante sintético? ¿Azúcar blanco o moreno? ¿Pan blanco o integral? ¿Chocolate negro o con leche? ¿Leche con lactosa o sin lactosa? Y un larguísimo etcétera.

¿Existen también en materia alimenticia las afirmaciones interesadas y los bulos? Seguro que sí. Por eso me interesa saber el valor nutritivo real y el peligro que encierra el consumo de ciertos alimentos que hasta hace bien poco eran recomendables.

La carne roja (ternera, vaca, buey, etc.) parece ser muy nociva para la salud. Sus males son muchos. El colesterol y el ácido úrico ya solo son una menudencia comparados con el cáncer que, según algunos estudios, puede provocar a largo plazo la ingestión de carne procesada. Por su parte, la carne blanca (pollo, pavo, conejo, cerdo, etc.) puede contener antibióticos, hormonas, micotoxinas procedentes del pienso. Y vaya usted a saber qué más. Existe algún estudio que alerta que el consumo de carne de pollo, de pavo y otras aves de corral es nocivo para el corazón. El conejo puede producir una “inanición cunicular”, también llamada “hambre del conejo” por su escasísimo valor nutritivo y que, por lo tanto, no sacia nuestro apetito, de ahí su nombre. El cerdo —incorporado al grupo de las carnes blancas—, al ser un animal omnívoro, puede contagiar la hepatitis E, la yersiniosis —una enfermedad bacteriana intestinal— y la triquinosis, si no se ingiere habiendo sido previamente examinado por un veterinario, y, aun así, bien cocinado.

El pescado, otro tanto. El hecho de que, mientras años atrás se desaconsejaba el consumo de pescado azul en personas con “grasa en la sangre”, ahora resulte ser tan beneficioso, se debe al descubrimiento de los famosos ácidos grasos omega-3, con propiedades cardio protectoras. Un cambio de rumbo nada caprichoso, sino debido a un cambio en el conocimiento de las propiedades de esa sustancia. Pero hay otras consideraciones y hallazgos que nos hacen dudar de si podemos estar seguros consumiendo pescado, azul, blanco o del color que sea: su contenido en metales pesados —en peces de gran tamaño, por aquello de que el pez grande se come al chico y así se va acumulando en ellos este tóxico elemento a lo largo de su cadena alimenticia—, contaminantes químicos, por no hablar del anisakis —un gusano parásito de peces y cefalópodos, como el pulpo, sepia y calamar—, bacterias productoras de intoxicación por histamina o hepatitis transmitida por los moluscos bivalvos en caso de haber estado “cultivados” en aguas contaminadas y no haber sido sometidos a una buena cocción antes de ingerirlos. El consumo de pescado crudo —sushi y atún rojo, por ejemplo— es un verdadero peligro para la salud, a menos que haya sido congelado. Y por fin —lo que faltaba—, los micro plásticos.

Y ¿qué ocurre con los vegetales? Pues que si no se lavan bien pueden contener E. coli, y otras bacterias indicadoras de contaminación fecal, sobre todo en productos que son habitualmente abonados con estiércol (Mmmm, qué ricas las fresas), por no hablar de los pesticidas. ¿Y qué decir de los transgénicos? —generalmente frutas y cereales genéticamente modificados para resistir ciertas enfermedades o potenciar algunas propiedades y así aumentar su producción—. Pues que algún día puede que se descubran efectos nocivos graves sobre nuestro organismo. De momento se han notificado nuevas alergias, resistencias a antibióticos y casos de infertilidad al interactuar con nuestro material genético.

Para alguien profano en la materia, puede ser un verdadero galimatías saber qué hay de cierto en muchas aseveraciones, e incluso investigaciones, sobre la bondad o riesgo de determinados alimentos.

Existen estudios contradictorios, publicados en revistas científicas de solvencia, sobre qué aceite vegetal es más sano. Así, nuestro venerado aceite de oliva mereció en el Reino Unido una advertencia —en forma de un semáforo rojo en su etiquetado— como producto poco recomendable para la salud, junto con los frutos secos. A este respecto, ha habido verdaderas controversias sobre la bondad de algunos de los aceites vegetales más utilizados. Mientras un estudio abogaba a favor del aceite de coco como el más sano, eminentes científicos de la Universidad de Harvard lo han calificado de verdadero veneno.

El consejo saludable de tomar una copa diaria de vino tinto, parece que ahora ya no es tal. A sus propiedades cardiosaludables, por su contenido en polifenoles y resveratrol, se le opone ahora el riesgo de padecer cáncer. Según un análisis de más de 200 publicaciones oncológicas, su ingesta (y de alcohol en general) triplica el riesgo de sufrir cáncer de boca, faringe, esófago y mama. La trifulca entre defensores —franceses e italianos los que más, como no podía ser de otro modo— y adversarios sigue en marcha.

¿Y qué decir de los aromas, conservantes, edulcorantes, tanto en alimentos sólidos como en bebidas? Existe una larga lista de estas sustancias permitidas publicada en diversos Reglamentos Comunitarios y por la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y que deben figurar en las etiquetas de los alimentos que las contienen con la letra E seguida de un número. Son aditivos alimentarios autorizados. Pero ¿hasta cuándo? ¿Hasta que algún día se descubra que el colorante tal o cual y el conservante ese o aquel ha resultado ser cancerígeno?

Últimamente nos tenemos que hacer tantas preguntas: ¿Contiene gluten, aceite de palma, lactosa, azúcares añadidos, glutamato? ¿Qué tipo y cantidad de zumo tiene un zumo envasado? ¿De qué calidad es la miel que compramos? ¿Nos están dando gato por liebre y lo que compramos no son más que sucedáneos de los auténticos productos alimenticios que queremos consumir? Para ir sobre seguro, hay que ser un gran entendido en la materia y tener una enorme paciencia para leer el etiquetado de lo que compramos para llevarnos a la boca.

Si un detergente para el lavavajillas de marca blanca no es tan bueno como el de la marca original, no es un asunto grave. Además, ya se sabe que no existe lo bueno, bonito y barato. Pero cuando se trata de alimentos, debemos asegurarnos de lo que compramos y no jugar con nuestra salud. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Confiando en el fabricante? No nos queda más remedio. Aunque leamos artículos sobre alimentación, ¿tenemos la seguridad de que nos están diciendo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? Son muchos los intereses comerciales/económicos que hay detrás de esa información. Hace muchos años la industria azucarera impulsó una campaña contra el consumo de sacarina, alegando que era una sustancia cancerígena, según un estudio en ratones. Extrapolando la dosis carcinogénica en ratones al ser humano, resultaba que para que pudiéramos desarrollar un cáncer deberíamos ingerir varios kilos de sacarina al día durante años. A la sacarina le siguió el ciclamato, el aspartamo y todos los edulcorantes sintéticos, sin hallarse —de momento— efecto nocivo alguno. Con esto solo pretendo incidir en la desconfianza que me dan las advertencias procedentes de un competidor y no de las autoridades sanitarias.

Por todo ello, ha llegado un momento en que uno ya no sabe qué comer. La recomendación es comer sano y variado. Lo de variado ya lo entiendo, pero lo de sano me resulta mucho más confuso. Ahora, cuando uno pregunta qué hay para comer, siente la necesidad de echar mano de una enciclopedia sobre seguridad alimentaria antes de probar bocado. O quizá será mejor cerrar los ojos —figuradamente, claro está—, abrir la boca y dejarnos llevar por el olor y el sabor mientras cruzamos los dedos.