miércoles, 13 de septiembre de 2017

Tópicos típicos



Aunque no se me da muy bien la crítica cinematográfica, me encanta el cine. Soy un cinéfilo desde muy pequeño, cuando una entrada en los cines de barrio costaba la friolera de cinco pesetas, allá por los años cincuenta y muchos.

Si el tiempo y las autoridades lo permiten (compromisos y demás obligaciones familiares), mi mujer y yo vamos al cine todos los sábados. Cena y cine o cine y cena. Tanto monta.

Estas vacaciones de verano, no podían ser una excepción. A la vuelta de nuestro periplo por tierras de los antiguos imperios Azteca y Maya, hemos realizado una pequeña maratón cinematográfica para ponernos al día. Y viendo película tras película me asaltaron de nuevo (pues no es la primera vez que me da ese arrebato) las ganas de sacar a relucir algo que ya consideraba ridículo, o por lo menos muy cuestionable, en mi niñez y adolescencia y que, pasadas tantas décadas, parece mentira que todavía persista, lo cual lo hace todavía más ridículo, cuando no absurdo. Son lo que yo llamaría los tópicos típicos, esas situaciones irreales que, como digo, aún podemos observar en bastantes películas de nueva confección, sean del género y nacionalidad que sean.

Como suelo hacer cuando critico la conducta o comportamiento ajeno, voy a ilustrar mi afirmación con algunos ejemplos:

- La pareja que está a punto de besarse apasionadamente, o está haciendo el amor, y suena la inoportuna melodía del teléfono móvil. ¿Quién en tales circunstancias contestaría la llamada? Nadie. Pues en el cine sí. Por muy hombre o mujer de negocios, o incluso policía, que uno/a sea, esperaría a terminar lo que estaba por hacer o haciendo. Pues en el cine no.
- O cuando uno de los protagonistas se calla algo que le ocurre, no se lo cuenta a nadie por grave que sea, ni a sus padres, ni al amigo, ni a la pareja, para no preocuparles, queriendo solucionarlo o hacerle frente por sí solo. Que tú lo ves y dices “pero, cuéntalo, cabeza de chorlito, que te podrán ayudar”. Que no se lo cuente a la policía porque podría agravar la situación tiene un pase, pero guardárselo para sí… Pues eso. Sufre en silencio. Sufre mamón. Pero si no fuera así, no habría película, me diréis. Pues que el guionista se las apañe con algo más creíble, más normal, que para eso cobra.
- O la perorata interminable de quien no deja hablar a su interlocutor, el cual quiere comunicarle algo importantísimo (que está embarazada, que lo han despedido, que quiere pedirle el divorcio). ¡Calla, joder, y déjale hablar! ¿No ves que necesita decirte algo?
- O quien oye, ve o experimenta algo extraño (en las películas de terror es donde más conductas atípicas podemos ver) y, en lugar de comentárserlo de inmediato a alguien de confianza, va a ver qué ocurre o hace frente al problema solo o sola. Te estará bien lo que te ocurra, por gilipollas.
- O quien se da de bruces con un cadáver y lo toca todo, arma incluida (sobre todo si es un cuchillo), dejando huellas por doquier, manchándose con la sangre del finado, para luego, cuando le sorprende la policía (también es casualidad) en el lugar de los hechos, decir aquello de “no es lo que parece”. Anda que te den, por tonto/a.
- O la pareja (otra, no la del beso ni la del revolcón) que se siente muy, pero que muy atraída, pero ambos callan como bellacos, sufren de amor en silencio, esperando que sea el otro quien dé el primer paso. Todo son miraditas furtivas pero nada más. ¡Serán remilgados y trasnochados! ¡Eso ya no se lleva, hombre!
- Y qué me decís de la suerte que tiene el conductor del vehículo que siempre encuentra aparcamiento justo donde debe detenerse. Ya sé que sería superfluo mostrar las peripecias del susodicho buscando un lugar dónde aparcar en el vecindario, pero se podría omitir este detalle.
- O cuando alguien debe marcharse apresuradamente de un bar o restaurante y deja el dinero sobre la mesa sin saber (a menos que sea un café, un cortado o un café con leche) a cuánto asciende la cuenta. 
- Y como colofón, y para no prolongar demasiado la lista de irrealidades, la guinda del pastel: la mujer que, habiendo pasado la noche con su amante, se levanta del lecho y se dirige al baño o adonde le place arropándose con sábana y cobertor, arrastrando consigo esa ropa de cama para no mostrar su cuerpo desnudo ni siquiera de espaldas. Algo muy extraño en la actualidad, pues pocas son las actrices que no se presten a mostrar su desnudez ante la pantalla. Pero si alguna tuviera lícitamente ese pudor, pues se omite esa escena y ya está.

En fin, que me resulta increíble que todavía haya guionistas y/o directores que todavía se sirvan de estas situaciones tan manidas y fuera de lugar. Así que, por mucho que me guste una película, si aparece alguna de ellas, no puedo evitar que se me escape una mueca de disgusto.

Supongo que vosotros también habréis observado algún que otro tópico típico. Y es que, por mucho que haya progresado, el cine sigue siendo cine y quizá en el cine todo, o casi todo, está permitido.


martes, 5 de septiembre de 2017

Hipocresía o imbecilidad en estado puro


He regresado de vacaciones cabreado. Tal como lo digo. Quizá soy raro. Acaso veo cosas que no ve la mayoría. O quizá no soy lo suficientemente sensible. No lo sé. Solo sé que estoy cabreado y siento ser reiterativo.

Volví de nuestro (mi mujer y yo) pequeño periplo mexicano el 15 de agosto y tras un día de descanso y adaptación, el 17 nos trasladamos a la Costa Brava para terminar las vacaciones a orillas del mar, mecidos por las olas, acariciados por la brisa mediterránea y acompañados de ocio y lectura. Pero, de pronto, el esperado plácido cierre de las vacaciones de verano se convulsionó por el terrible atentado en la Rambla de Barcelona. 

Ese fue el primer y fundado cabreo, el de la impotencia ante la salvaje vileza de unos fanáticos que se mueven por un odio inculcado contra Occidente. Todos sabemos que cuando se vive un atentado desde la lejanía, en otra latitud, lejos de casa, la indignación se centra única y exclusivamente en el propio hecho delictivo que ha producido la muerte de inocentes. Cuando más lejos tiene lugar parece que más insensibles somos ante la muerte y el pánico ajeno. Pero cuando nos toca muy de cerca, cuando vemos que el peligro está a la vuelta de la esquina y que en cualquier momento nos puede acechar, esta vulnerabilidad nos hace sentir mucho más cercanos a las víctimas y mucho más dolientes y reivindicativos ante esa injusticia.

Pero mi cabreo no acabó con la expresión del rechazo ante ese execrable atentado, no. Mi indignación (usaré un término más fino y menos coloquial) fue en aumento por lo que llamaría “efectos colaterales” que solo se pueden ver y vivir cuanto más cerca está uno del epicentro.

En un primer momento, tras la conmoción normal y el despliegue lógico de los medios de comunicación y el evidente interés mediático por conocer los detalles: el qué, cómo, cuándo, dónde y ─más tarde─ el porqué de lo ocurrido, apareció y se propagó, como una mancha de aceite, el mal periodismo, ese que, por desgracia, abunda tanto, y que, en un afán desmedido por ser el primero en informar, aportar datos novedosos ─sin contrastar─, ofrecer imágenes que llenen los programas informativos horas y horas, días y días, semanas y semanas, se nutren de estupideces como las típicas entrevistas a pie de calle de supuestos testimonios que en realidad no han visto nada o las preguntas a quienes sí han vivido de cerca el percance y que buscan el morbo. ¿Cómo se siente? ¿Qué sintió cuando vio tanta sangre? ¿Qué piensa de lo ocurrido? 

¿Licenciarse en periodismo para eso? Porque doy por sentado que todos esos reporteros de pacotilla son periodistas. Claro que deben seguir las directrices marcadas por sus jefes. A por la noticia, sea la que sea.

Y a continuación, la repetición hasta la saciedad de las mismas noticias e imágenes sin aportar nada nuevo. El primer día vale, es una noticia impactante y la gente se va enterando a medida que sintoniza un determinado canal de televisión. Pero que tras tres días sigan emitiendo exactamente las mismas imágenes, no solo me parece abusivo sino de mal gusto. Por no hablar de las noticias contradictorias. En cuestión de minutos, se nos presenta un baile incesante del número de muertos, arriba y abajo. Y todo ello aderezado con las imágenes ofrecidas por un bar, restaurante o tienda de ropa cuya cámara de vigilancia ha captado unas imágenes borrosas de gente corriendo despavorida por la acera, para dar con ello un toque más trágico a la noticia. ¿Es realmente necesaria tanta información o desinformación, tantas imágenes que no aportan más que dosis de angustia y miedo? Hay que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, pero la justa y necesaria para esclarecer los hechos. Información útil y veraz, no basura informativa. ¿Quién se inventó que el conductor de la furgoneta se había atrincherado en el restaurante turco "La luna" (en realidad es Luna de Estambul) en la calle Nou de la Rambla, habiendo tomado a los clientes como rehenes y hasta donde se había desplazado un negociador? Información, contra-información y bulos.

El suceso fue de una envergadura que reclamaba un despliegue informativo lógico y necesario, pero ocupar prácticamente las 24 horas del día durante varios días y en la práctica totalidad de las cadenas televisivas, con tertulias protagonizadas por supuestos expertos en terrorismo y en yihadismo se me antoja una oportunidad periodística para lograr la máxima audiencia. Por no hablar de esos reporteros aficionados que con sus móviles graban las imágenes desde el balcón de su casa o a pie de calle, más interesados en difundirlas que en ayudar a los heridos. 

Pero con esto no acaba mi indignación, pues tras la desgracia y tristeza por este terrible atentado, viene la política a ensuciarlo todo. Y cuando digo “política” no solo me refiero a la actitud de los políticos sino también a la de aquellos que, practicando el seguidismo, utilizan criterios políticos para verter mierda por doquier en unos más que vergonzosos episodios de desunión en los que fuerzas de seguridad, políticos e ilustres comentaristas se lanzan los trastos a la cabeza y a la de quien se ponga por delante ─alcaldesa incluida─ buscando fallos, desacreditando la labor realizada, acusando de falta de previsión, etc.

Y para rematar la insensatez mediática, aparece la instrumentalización partidista (de unos y de otros) de la posterior manifestación de repulsa contra el terrorismo y contra la islamofobia. Todos aparentemente unidos para manifestar el rechazo al terrorismo yihadista. Y entonces vienen su majestad el rey y el presidente del gobierno a liarla parda con su presencia. No es que me parezca mal que las más altas autoridades del Estado Español participen en tal acto multitudinario, pero, ya que se buscan culpables hasta debajo de las piedras, hay que ser consecuentes con la actitud de dichas autoridades ante gobiernos que promueven y financian el terrorismo. Al terrorismo no se le puede poner parches, hay que atacarlo en sus fuentes.

Ramón Pérez-Maura, periodista y adjunto a la dirección de ABC, un reconocido periódico ultraconservador y monárquico, publicó, el día 26 de agosto, un artículo titulado “El atentado que no perpetró nadie” y que fue difundido en Facebook, en el que dicho periodista manifestaba lo absurdo de criticar la presencia del Rey y del presidente del gobierno por su supuesta connivencia y relaciones comerciales con una monarquía absolutista, como la de Arabia Saudí, que, además de infringir los derechos humanos más elementales, recibe del gobierno español armas por valor de miles de millones de euros, a sabiendas de que dicho país apoya y financia (según todas las informaciones) el terrorismo yihadista.

¿Acaso no es de una hipocresía brutal apoyar a ese régimen y lamentar las victimas a manos de dicho terrorismo? Imaginémonos a un grupo de multimillonarios que se han enriquecido con la prostitución infantil, la trata de blancas, el narcotráfico y el tráfico de armas, organizando un acto benéfico a favor de los niños desfavorecidos sin hogar. ¿No sería de una hipocresía soberbia?

Pero es que, además, el “afortunado” periodista de ABC alegaba, para justificar lo absurdo de tales críticas, que el atentado no se había perpetrado con armas sino con un vehículo. Seguramente, según este señor, lo más apropiado habría sido arremeter contra el fabricante de la furgoneta o la empresa que se la alquiló al terrorista. Una ofensa a la inteligencia humana. 

¿Hipocresía o imbecilidad en estado puro? Estoy cabreado. Espero que se me pase.


lunes, 24 de julio de 2017

Nos vamos de vacaciones


No es esta una reflexión crítica y típica de “Cuaderno de bitácora” ni un relato propio de “Retales de una vida”. Es, simple y llanamente, lo que indica el título: que mis blogs y yo nos vamos de vacaciones. 

Nos ausentaremos el tiempo justo y necesario, no para recargar pilas, como suele decirse, pues estas, por fortuna, siguen a tope ─y que duren─, sino para dedicar todo el tiempo libre durante el próximo mes de agosto ─que será todo el que quede descontando el empleado en dormir, sestear y comer─ a la contemplación, cual monje franciscano. La diferencia es que no me recluiré en un convento, sino que gozaré de la naturaleza ─mar y montaña─ del turismo ─estaré quince días por tierras mexicanas─ y de la compañía de amigos y seres queridos. Y, cómo no, de mis inseparables lecturas, esos libros que aguardan ser leídos.

No escribiré, pero espero que mi mente no quede embotada por el calor y su engranaje siga girando para imaginar historias y reflexiones que luego pueda trasladar, tras este paréntesis, a mis queridos blogs, que permanecerán, entretanto, dormidos. Ellos también se merecen unas vacaciones.

¡Hasta la vuelta!


miércoles, 19 de julio de 2017

Que en paz descanse


Esta vez, queridos amigos, esta entrada reflexiva es un poco… cómo lo diría… fúnebre hasta cierto punto, pues hablar de la muerte, siempre resulta desagradable, especialmente para quienes han tenido en fechas recientes la desgracia de perder a un ser querido. No quisiera parecer insensible al tocar un tema tan delicado, pero hasta en lo que rodea a la muerte hay espacio para la crítica e incluso la sátira. 

El motivo que hoy me empuja a escribir esta entrada es que hasta en algo tan natural pero dramático como la muerte pueden detectarse comportamientos superficiales y frívolos. Cuántos chistes no habremos oído sobre la muerte y los difuntos. Recuerdo un monólogo de Enrique San Francisco, describiendo el ambiente que rodea a un funeral, que me hizo reír, y mucho. Y también recuerdo, con mucho menos deleite, mi posterior y enorme metedura de pata ─me hubiera querido morir en ese preciso instante, dicho sea de paso─ cuando, durante una sobremesa familiar, repetí grosso modo la parodia de este humorista, cayendo al instante en la cuenta de que uno de los presentes, hacía muy poco que había perdido a su madre y escuchaba mi jocosa perorata con cara circunspecta. Corté al instante, por supuesto, y derivé mi perorata hacia otros derroteros mucho más asépticos, deseando que no lo hubiera tenido en cuenta y ya lo hubiera olvidado después del café y la copa.  

Pero resulta que, mucho antes de que Enrique San Francisco sacara a colación, en forma de monologo humorístico, el tema, yo ya llevaba años pensando en lo mismo, aunque no en un plan tan irónico pero sí crítico. 

Debo aclarar que ante todo comprendo que en el acto de dar el pésame hay mucho de convencionalismo y poca espontaneidad por parte de quienes asisten a un funeral o a presentar sus respetos sin ser parte de la familia. Yo mismo me desenvuelvo muy mal en este quehacer. Nunca he sabido siquiera cómo dar la consabida condolencia de una forma natural, pues lo de “le/te acompaño en el sentimiento” siempre me ha sonado a puro formulismo rutinario y nada sentido ─lo contrario de lo que viene a indicar─ y el “lo siento” es demasiado insustancial; así que acabo dando un apretón de manos al destinatario con cara de circunstancias y punto. He intentado aprender de los demás, pero todos repiten la misma consigna o bien dicen algo que siempre me ha sonado todavía más anodino: “siento lo de tu padre”, por ejemplo. ¿Lo de tu padre? ¿El qué? Ese artículo neutro puede indicar muchas cosas. Se sobreentiende que se refiere a que ha fallecido, pero llamarlo “lo” me parece demasiado trivial. 

Pero al margen de esta “liturgia”, lo que siempre me ha llamado poderosamente la atención ─y que fue lo que debió inspirar al anteriormente mencionado humorista─ es el ambiente que rodea el acto de las condolencias, el comportamiento distendido (demasiado para mi gusto) de los asistentes al sepelio o al acompañamiento de los dolientes familiares. Lo que debería ser un acto de recogimiento ─no es necesario ir en plan plañidera─ se convierte en un feliz encuentro de amigos que no se han visto durante años. Tras las palabras de consuelo de rigor dirigidas a quien procede, se forman esos corrillos donde los amigos y conocidos se despachan a gusto ─que parece más bien una reunión de antiguos compañeros de colegio─ y de los que se escapa, de vez en cuando, alguna risa inoportuna y traicionera que les delata. Y mientras en la parte exterior se organiza un pequeño jolgorio, en la sala de vela del difunto, la viuda o viudo, los hijos, hermanos y nietos de quien está en cuerpo presente, expuesto en una vitrina, con la tapa abierta del ataúd y rodeado de flores (algunos de los comentarios que he llegado a oír frente al difunto también podrían ser objeto de una crítica mordaz), lloran, amarga o resignadamente, la partida de quien había sido hasta muy poco su querido esposo o esposa, padre o madre, abuelo o abuela. Dos ambientes totalmente opuestos separados por un simple tabique. Al silencio casi sepulcral, al murmullo de voces apagadas, se contrapone el ruido, casi bullicioso, de quienes están fuera, a escasos metros, departiendo amigablemente con familiares y conocidos. Un contraste casi grotesco.

No creáis, yo también debo entonar mi mea culpa por cuanto alguna (rara) vez me he sorprendido a mí mismo esbozando una amplia sonrisa como resultado de un comentario jocoso de un conocido o al ver aparecer a un viejo amigo que hacía largo tiempo que no veía. 

Bodas y funerales son ocasiones de encuentro y reencuentro de familiares y viejos amigos que se reúnen para compartir el regocijo por la unión de dos felices contrayentes o bien la tristeza por la pérdida de un ser querido. Pero a veces estas manifestaciones son tránsfugas y sufren una permuta, reubicándose inoportunamente dónde no deben. Es habitual ver llorar en una boda, ese contradictorio llanto de felicidad, pero ¿es normal ver reír en un funeral?

Pero así es la realidad. La vida sigue con alegría para quienes no ha sido segada por la vejez, una cruel enfermedad o un accidente fortuito. Para los que viven alejados de ese drama ajeno, la satisfacción de encontrarse con personas tan vivas como ellos hace que se olviden por unos instantes para lo que han ido a ese lugar más propicio para el recogimiento y el duelo que para el entretenimiento y la alegría. A fin de cuentas, el difunto, que en paz descanse, el verdadero protagonista y artífice del encuentro, quien lo ha propiciado sin querer, no se entera y, por lo tanto, no se lo tendrá en cuenta. Solo quien lo observa con los ojos culpables de quien se ha dejado también llevar momentáneamente por las inapropiadas circunstancias o con los ojos afligidos de quien sufre el luto de la pérdida, puede percibir la inconveniencia de reír cuando tocaría llorar. Por un momento, ante esa inoportuna algarabía, a uno le viene a la mente el episodio evangélico de Jesús expulsando a los mercaderes del templo, pero a fin de cuentas somos humanos y es de humanos no saber ponerse en el lugar de los demás, especialmente si están afligidos.

Somos humanos. No somos nada.


miércoles, 12 de julio de 2017

El casting, ese desconocido


Casting, como todos sabéis, es el término inglés utilizado para designar el reparto con el que contará una película, una obra de teatro y cualquier otro tipo de representación.

Un error en este proceso de selección puede llevar una obra al fracaso. Una película con un gran director, pero con actores mediocres puede ser relegada al último puesto en el ranking de éxitos. Es por ello que el responsable, o responsables, del casting deben ser muy cuidadosos y selectivos a la hora de elegir a sus protagonistas, los personajes en los que va a recaer el peso de la obra. 

Si hace tiempo escribí una entrada titulada “¿El tamaño importa?”, refiriéndome a la diferencia de estatura “ideal” en las parejas y lo que conlleva no cumplir con este canon estético impuesto por la sociedad, lo que me mueve a escribir ahora esta disquisición es la diferencia de edad en las parejas cinematográficas.

En este aspecto, parece como si los responsables del casting se dejaran llevar a veces por consideraciones distintas a las que rigen la lógica o bien se doblegaran a imperativos de otro orden.

De niño, ya me ha llamaba poderosamente la atención la evidente disparidad de edad entre el protagonista masculino y su pareja femenina, siendo aquel siempre mucho mayor de lo que debería ser en la realidad. 

Clark Gable, Cary Grant, John Wayne, Charlton Heston, Humphrey Bogart siempre tenían como pareja cinematográfica a mujeres mucho más jóvenes que ellos (en “Casablanca”, Bogart superaba en 27 años a Ingrid Bergman, y en “Charada”, Cary Grant era 25 años mayor que Audrey Hepburn).

Pero ello no es solo una anécdota del pasado. En épocas mucho más recientes se repite la misma situación. Clint Eastwood, Sean Connery, Richard Gere y Tom Cruise son también claros ejemplos de ello (en “Pretty Woman”, Richard Gere tenía 18 años más que Julia Roberts, y en “La trampa”, Sean Connery aventajaba en 39 años a Catherine Zeta Jones). 

Según he leído, hay actores (Tom Cruise es uno de ellos) que así lo exigen, quieren trabajar con actrices mucho más jóvenes que ellos. Será que el ego machista se lo pide.

Aun así, me resulta llamativo que esta situación siga dándose en la actualidad. De hecho, lo que me ha inspirado esta entrada no son los ejemplos del pasado ni los de famosos narcisistas del presente, sino una serie televisiva actual (se estrenó en septiembre de 2012 y finalizó en diciembre de 2014) en la que todo rigor histórico en cuanto a la edad de los protagonistas se refiere brilla por su ausencia. Se trata de la serie “Isabel”, protagonizada por Michelle Jenner, como Isabel la católica, y Rodolfo Sancho, como Fernando de Aragón. En la vida real este actor es 11 años mayor que la actriz, mientras que los Reyes Católicos se llevaban solo 2 años, siendo ella la mayor de los dos, pues Isabel contaba son 18 años y Fernando con 16 cuando contrajeron nupcias en 1469.

Quien haya visto esta serie habrá observado varias cosas: 1) que cuando, en la historia, ambos contrayentes se conocen, estos actores no parecen ni de lejos ser unos jóvenes adolescentes (aunque Michelle Jenner tenga un físico muy juvenil); 2) que Rodolfo Sancho demuestra claramente ser bastante mayor que su esposa en la ficción; y 3) que envejecen muy mal, algo propio de una mala caracterización y aderezo cosmético que, por mucho que se hayan esforzado los profesionales en la materia, no lograron hacer parecer realmente viejos a los protagonistas (y a los personajes secundarios). El recurso de la peluca blanca o canosa, las arrugas artificiosas y un maquillaje deficiente no hacen más que convertir al personaje en una caricatura de sí mismo. Me recuerda a los teatrillos ambulantes o a las compañías de poca monta y menos presupuesto, o esos casos en que al actor se le embadurnaba la cara con betún para hacer un papel de negro. Ello me resulta chocante cuando hoy día pueden lograrse efectos espectaculares, o cuanto menos muy logrados. Un ejemplo de ello es la película, protagonizada por Brad Pitt, “El extraño caso de Benjamin Button”, en la que se consiguió una apariencia de ancianidad del protagonista muy convincente.

No pretendo que en una película en la que transcurre el tiempo a razón de décadas, se utilice el sistema empleado en “Boyhood” (Momentos de una vida), que se rodó a lo largo de 12 años con los mismos actores principales, y en la que el niño protagonista pasaba de tener 6 años a 18. Pero ¿tan difícil resulta elegir a los actores en función de su edad e irlos adaptando a lo largo de la historia? ¿Acaso no pueden cambiar los actores a medida que transcurren los años en la historia contada? Hay casos en los que se ha utilizado un niño, un adolescente, un adulto y un viejo, para representar las diferentes etapas de la vida de un mismo personaje. ¿Por qué no hacer las cosas bien? Una joven de 18 años puede representar el papel de un personaje en la franja de 13 a 25 años y un actor de 30 puede hacer lo propio en una franja comprendida entre los 20 y los 40. Pero una joven de 28 años, como tenía Michelle Jenner al término de la serie “Isabel”, no puede acabar representando, en las postrimerías de su vida, a una reina moribunda de 53 años, a menos que se utilice una técnica muy depurada.

Y si vamos al extremo contrario caemos en la ridiculez: películas, harto frecuentes, en las que encontramos a estudiantes de Instituto de 16-17 años, interpretados por actores y actrices que casi les doblan en edad, como si no hubiera actores y actrices adolescentes tan o más buenos que ellos. ¿Qué ocurre? ¿Hay escasez de actores muy jóvenes o de actores viejos? Me temo que ninguna de las dos cosas. Lo que hay es escasez de imaginación, de interés o de recursos.

Y aunque se sale del guion, pues no era el objeto de esta entrada, no puedo evitar mencionar a esos actores y actrices guaperas que solo triunfan por su físico y que de actores tienen lo que yo de virgen y mártir, o sea nada (por fortuna). Y en mi mente está ─lo lamento por sus fans─ Mario Casas, un actor al que no le discutiré su atractivo físico ─aunque no es mi tipo─ pero cuya vocalización dista muchísimo de ser la mínimamente exigible para un actor, incluso primerizo, al estar (mal) dotado de una voz “mono-tono” sin ninguna inflexión ni naturalidad. Ha mejorado un poco desde sus comienzos, lo reconozco, pero lleva ya bastantes años como actor protagonista sin merecerlo.

Si la elección de los actores y actrices para un papel sin reparar en la edad daría mucho que hablar, la de su selección por el físico daría mucho más. Pero, como se dice en las novelas, esta ya es otra historia.


jueves, 29 de junio de 2017

El crítico y la crítica


Criticar es fácil, si entendemos como tal el acto de juzgar negativamente a alguien o algo. Todo el mundo sabe hacerlo, solo es cuestión de probar. Y si no, solo hay que ver a la oposición al Gobierno ─la que sea y el que sea─. Mientras se está a ese lado de la barrera, resulta muy cómodo juzgar, atacar y, en definitiva, criticar. Pero cuando se ostenta la responsabilidad de gobernar, la cosa cambia y entonces aparecen los peros, los matices, cuando no las contradicciones, ese “donde dije digo, digo Diego”.

Pues creo yo que ocurre algo parecido en el ambiente literario, gastronómico y artístico en general. Todo el mundo se atreve a criticar. Pero en estos casos solo un profesional de la crítica, con una formación “especializada”, es capaz de hacerlo con un poco más de conocimiento, de estilo, de savoir faire. No son amateurs de la crítica pues viven de ella. Pero ¿quién critica a los críticos? Pues yo, ¿quién va a ser?

La profesión de un crítico se me antoja complicada y, diría yo, imaginativa. Y muy delicada, pues la opinión de un reputado crítico puede hundir la carrera de un pintor, un escritor, un chef (o un restaurante) o el éxito de una película en cuya producción se han invertido millones de euros. Todos hemos visto en el cine esa imagen de los actores de teatro que, tras la primera representación, les corroe el nerviosismo mientras esperan el resultado de la crítica publicada en la primera tirada de los periódicos, cuyo veredicto determinará la permanencia de la obra en cartel y quién sabe si hasta el futuro profesional de los principales intérpretes. 

Pero ¿no habrá en la labor de un crítico una pizca de prepotencia, afectación, pose o incluso inventiva? Parece que un crítico, por definición, tiene que ser duro, a veces implacable y debe mantener esa reputación. Sin ir más lejos, Risto Mejide saltó a la fama (o a la popularidad) gracias a sus ácidas y despiadadas críticas para con algunos concursantes de OT. ¿Sabía ese publicista lo suficiente de música como para erigirse en cruel verdugo de jóvenes promesas del canto? ¿No formaría esa actitud parte de su rol en el programa? 

Pero volvamos a los críticos “de verdad”, los profesionales, los que se han formado para serlo. Ante todo, yo me preguntaría si un crítico debe dominar la materia que se dedica a criticar. Y aquí empleo el término criticar en el sentido de valorar, positiva o negativamente, el mérito de una obra o de un autor. ¿Debe saber pintar un crítico de pintura? ¿Debe saber escribir un crítico literario? ¿Debe saber cocinar un crítico gastronómico? ¿Debe saber dirigir o actuar un crítico cinematográfico o de teatro? Yo pienso que sería lo ideal, para entender de este modo la dificultad que entraña esa actividad y no pecar de presuntuoso ni ser desmesuradamente exigente. 

La actividad del crítico no puede ser contrastada científicamente, no hay forma de saber si es objetivo, si tiene o no razón. Entonces ¿qué le otorga el poder de dictar sentencia? Solo hay que ver las críticas que se publican sobre una determinada película. Con frecuencia se observan divergencias, a veces mayúsculas, en la opinión de los distintos críticos. Mientras uno considera una película digna de encomio, otro puede calificarla de bodrio infecto. Uno puede puntuarla con un 8 y otro con un 4. Tal cosa, entre las opiniones del público, tendría su justificación, pero entre profesionales en la materia resulta llamativo, cuando no sospechoso, pero, sobre todo, un ejercicio inútil. Hace tiempo que he dejado de seguir a pies juntillas lo que dice la crítica “oficial”. Prefiero dejarme guiar por la opinión de un amigo con quien, según me ha demostrado la experiencia, comparto los mismos gustos, bien sea sobre libros o cine.

Y volviendo a la afectación, que a menudo roza el esnobismo, de muchos críticos, siempre me he preguntado qué opinaría, por ejemplo, el autor de una obra abstracta si oyera las explicaciones admirativas de un “entendido” sobre lo que hay detrás de su pintura o escultura. Y lo mismo vale para cualquier otra materia. En el campo de la literatura, qué debía opinar Augusto Monterroso de las interpretaciones vertidas sobre su famoso microrrelato, el más breve y célebre en lengua castellana, que reza así: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Que yo sepa, nunca llegó a pronunciarse públicamente. Para ello ya estaban los estudiosos, que hicieron correr ríos de tinta sobre este pormenor. Quiero pensar que algo le motivó a escribir esas siete palabras, que algo profundo quiso decir con ellas. Todos podemos conjeturar. Si quiso decir algo, quizá se lo guardó de forma deliberada. Ahí queda eso, ya os apañaréis en descifrarlo, que para eso sois críticos literarios. Si alguien conoce fehacientemente la interpretación del propio autor, que me la diga, por favor. 

Hay dos historias alrededor de esta situación ─la arbitrariedad del crítico, el hablar por hablar, el postureo academicista─, que no sé si serán leyendas urbanas o son ciertas.

Se dice que en una exposición de pintura abstracta alguien colgó deliberadamente ─con el desconocimiento de los responsables de la sala, por supuesto─ una pintura realizada por un niño de corta edad y que ante esa obra artística uno de los “entendidos” que pululaban por la sala vertió sobre la misma grandes alabanzas, intentando interpretar la motivación del artista. También se cuenta que el Sunday Times envió a más de cuarenta editoriales el manuscrito de una obra ya publicada y que había ganado un prestigioso premio literario y que todas, excepto una, lo rechazaron por, según justificaron, su falta de calidad.

Si la opinión del crítico no va a misa y, por lo tanto, es discutible, incluso poco fiable, ¿de qué sirve su maldita opinión? En todo caso puede servir de orientación, del mismo modo que el contador de audiencia demuestra el éxito, que no la calidad, de un programa. Debería ser la suma de muchas opiniones lo que debería darnos una idea fiable de la calidad de una obra. Así, si el ochenta por ciento de los críticos opina que una novela, un pintor, una obra de teatro, etc., es de gran calidad, deberíamos darla por buena. Pero yo sigo en mis trece, no me fio ni un pelo de lo que digan los críticos. Su opinión, sintiéndolo mucho, me la trae al pairo. Lo malo es que, por desgracia, siguen decidiendo qué es bueno y qué es malo. Y si esos críticos toman forma de un jurado (no popular) que debe fallar el premio de un certamen literario en el que participamos, pues no nos queda más remedio que poner una vela ─qué digo una, cien por lo menos─ a San Francisco de Sales, patrón de los escritores.

Quizá sea por eso, porque no me han tratado bien, que recelo de los críticos. Quizá me equivoque y sea injusto con ellos, pero tengo todo el derecho a criticarles. Si no, ¿quién criticaría a los críticos?


martes, 20 de junio de 2017

Yo reivindico, tú reivindicas, él reivindica, nosotros...


El derecho a la reivindicación es algo consustancial con la libertad de expresión. Tenemos todo el derecho a exigir a nuestros gobernantes ─que están para escucharnos y atendernos─ cualquier cambio o medida encaminada a garantizar y/o mejorar nuestro bienestar económico y social. “Quien no llora no mama”, dice el refrán. “Pedid y se os dará”, dice la Biblia. Aunque también están los contra-refranes (siempre hay aguafiestas), como el que dice “contra el vicio de pedir, la virtud de no dar”.

Los que me conocéis (por sus obras los conoceréis, dice uno de los evangelios), sabéis que me gusta andarme un poco por las ramas antes de entrar en el meollo del asunto que quiero tratar. Y esta no podía ser una excepción, pues antes de exponer mi crítica reflexiva o mi reflexión crítica, tanto monta monta tanto, quiero dejar bien claro que estoy totalmente a favor de las reivindicaciones sociales, siempre que, y ahí está el quid de la cuestión, sean razonables. Y por razonable entiendo lo que define la RAE como “proporcionado o no exagerado”. 

Muchas veces me da la impresión que en este país, tras tantos años de represión, hemos pasado de un extremo al otro en algunas cuestiones. Como si no existieran los términos medios. 

En mi opinión, del mismo modo que algunos recurren al insulto y a la calumnia amparándose en una mal entendida libertad de expresión, también creo que, a veces, reivindicamos y protestamos un poco a la ligera, sin fundados argumentos, o bien con posturas contradictorias. Y como suelo hacer para justificar mi disquisición, se me ocurren varios ejemplos de reivindicaciones, cuanto menos, discutibles. Para muestra, unos cuantos botones:

Que el soterramiento de las vías del tren evitaría muchos accidentes mortales, no hay duda. Pero ¿están suficientemente justificadas las protestas y manifestaciones a raíz de las muertes (muy lamentables) de peatones que han cruzado la vía del tren sin atender a la barrera, al semáforo en rojo, a la señal acústica ni, sobre todo, a la proximidad del convoy? ¿No es tanto o más culpable quien se salta, a sabiendas, todos esos obstáculos, poniendo en grave peligro su vida? 

Todas las muertes son lamentables y cualquier medio para evitarlas es loable, pero todo tiene un límite que debemos aclarar, el límite que marca dónde termina la responsabilidad de uno y empieza la del otro. Creo que hay que empezar por cumplir las normas que salvaguardan la protección ciudadana y que seamos nosotros los primeros responsables de nuestra seguridad. Otra cosa muy distinta sería que no hubiera medidas disuasorias, ni indicaciones de peligro, que no existieran barreras ni señales de ningún tipo para impedir o alertar del peligro u otras deficiencias intolerables.

También podemos encontrar contradicciones en algunas reivindicaciones ecológicas. Soy ecologista, por formación y devoción, y, como tal, apoyo la gran mayoría de acciones en defensa de la naturaleza, pero en algunas ocasiones dicha defensa no está suficientemente justificada. ¿Os imagináis que exigiéramos la abolición de los aeropuertos y vuelos comerciales porque los aviones pueden colisionar o engullir (con el consiguiente peligro para la nave y todos sus ocupantes) un ave migratoria? Para evitarlo ya existen medidas (ultrasonidos y aves rapaces) bastante eficaces y no tan drásticas e inviables. Los ecologistas abogamos por las energías renovables, pero muchos de los que las defienden vierten luego duras críticas contra, por ejemplo, los parques eólicos alegando que producen contaminación acústica y la muerte de aves de gran tamaño que impactan contra las lentas y enormes aspas que se convierten, de este modo, en cuchillas mortales. Todo tiene un precio y todo tiene sus pros y sus contras. ¿Dónde está la justa medida? ¿Debemos oponernos a algo porque tenga un inconveniente cuando su ausencia tiene consecuencias mucho peores? La tan preciada energía solar también tiene sus inconvenientes ambientales: el proceso de fabricación de los paneles solares está asociado a la emisión de gases invernadero, con un impacto miles de veces mayor en el calentamiento global que el dióxido de carbono. Incluso la energía geotérmica tiene un impacto medioambiental negativo. ¿Vamos, entonces, a protestar contra las energías renovables? Insisto en que todo tiene un lado positivo y uno negativo. 

En el ámbito doméstico, todos queremos disfrutar de nuestro móvil de última generación, con una mayor duración de la batería y una buena cobertura. Pero nadie quiere tener cerca una antena de telefonía porque puede producir cáncer o algo peor, y muchas han sido las protestas ciudadanas. En otras palabras, reivindicamos el derecho a la salud cuando nos interesa. Por no hablar de los conflictos bélicos en torno a la obtención del coltán para la fabricación de baterías de mayor duración o la acumulación de residuos que se exportan a países en vías de desarrollo, mucho menos escrupulosos en temas medioambientales, donde se amontonan al aire libre por toneladas o se entierran en cementerios tóxicos cada vez mayores y más peligrosos. Reivindicamos y nos manifestamos a favor de la paz y en defensa del medio ambiente pero queremos seguir disfrutando de las nuevas tecnologías al precio que sea.  

¿Y qué decir de las huelgas salvajes? Me refiero a las que afectan fundamentalmente al ciudadano inocente, ajeno a un conflicto que solo debería enfrentar a las dos partes en disputa: empresario y trabajador. Huelgas de controladores aéreos que paralizan la actividad aérea, no solo del país donde se ha originado el conflicto, sino de casi todo un continente. Y generalmente en fechas vacacionales para, de este modo, hacer más daño (al viajero, se entiende). Huelgas de los trabajadores de servicios públicos como el tren, el autobús o el metro, afectando seriamente a los ciudadanos usuarios de estos medios de transporte, que son tan trabajadores como los huelguistas, que quizá incluso cobran menos que ellos, y que quedan atrapados entre dos líneas de fuego. ¿Os imagináis una huelga de bomberos, de médicos o de policías? Y qué decir de los manifestantes que, en lugar de plantarse ante el Ayuntamiento o la sede de la entidad contra la que protestan, cortan el tráfico de la vía y en la hora con mayor afluencia de vehículos, perjudicando al ciudadano ajeno al conflicto, pudiéndole causar un grave trastorno al no acudir a su destino puntualmente.

Y así podemos reivindicar cientos, miles de cosas que nos parecen justas pero que no lo son para todos, no son viables, no son vitales, o no son la única solución. ¿Sabemos exactamente las implicaciones y consecuencias de lo que exigimos? ¿No será mucho mejor exigir algo solo después de una profunda reflexión? 

Estoy escribiendo estas líneas y se me antoja que pueden parecer un alegato reaccionario, una soflama soterrada contra los movimientos progresistas, contra la libertad de expresión, contra las reivindicaciones anti-sistema, una postura ultraconservadora, en definitiva. Que mis gafas se empañen y mis manos se paralicen si miento cuando digo que mi ideología está en contra del conservadurismo más recalcitrante, más pétreo e inmovilista. Solo pretendo dejar constancia de que algunas de las reivindicaciones que se hacen son, a veces, demasiado improvisadas y feroces, están exentas de realismo o, en el mejor de los casos, contaminadas de oportunismo. Porque esta es otra cuestión a tener en cuenta: muchas veces solo nos quejamos cuando somos los afectados. Si una medida nos favorece, es excelente, mientras que, si nos afecta negativamente, es abominable y exigimos su derogación. Esta sería la reivindicación egoísta.

¿Son razonables las siguientes protestas, que afloran una y otra vez en nuestra cotidianeidad? En Barcelona, el ayuntamiento quiere limitar la creación de nuevos hoteles. ¿Acaso no son los hoteleros los que deberían preocuparse si con ello provocan una sobreoferta de plazas? Asimismo, una parte de la población de la Ciudad Condal protesta contra el turismo (civilizado) porque molesta al residente en las zonas más visitadas, cuando es una enorme fuente de ingresos (aunque preferiría que procediera de una actividad menos vulnerable). También se ha protestado por la apertura de nuevos centros recreacionales y grandes superficies comerciales. Yo defiendo al pequeño comerciante/empresario, pero ¿qué hay de la libre competencia? Se protesta contra la expulsión de okupas cuando estos han allanado una vivienda cuyo legítimo propietario, a la vuelta de las vacaciones, no puede acceder a ella y debe esperar al dictamen de un juez para poder recuperarla. O bien se protesta contra el movimiento okupa cuando hay tantos pisos en manos de bancos y especuladores sin hacer uso de ellos ante una situación de tanta precariedad.

¿Dónde está la solución? ¿Dónde está el equilibrio entre el derecho a reivindicar y la sensatez e incluso la justicia?

Reivindicar es fácil, todos podemos hacerlo. Pero no por reivindicar, exigir, demandar, vociferar, tendremos la razón de nuestra parte. No busquemos culpables donde no los hay, no tachemos de capo criminal a quien solo es partícipe involuntario de una situación imperfecta que puede y debe mejorarse. Reivindiquemos salarios justos, la igualdad de oportunidades, una educación de calidad, una sanidad sin recortes que pongan en peligro la salud y la vida del paciente, la conservación de los recursos naturales, la protección del planeta. Y, aunque sea como luchar contra Goliat, la recuperación de los más de sesenta mil millones de euros perdidos por el rescate a la banca. 

Hace cinco lustros nadie se quejaba por miedo; ahora nos quejamos de futilidades. Un día hasta nos quejaremos de la lluvia. Y es que ya sabemos lo que dice ese otro refrán: nunca llueve a gusto de todos.