miércoles, 19 de junio de 2019

El decálogo del buen político




De acuerdo con mi mala y dilatada experiencia ─sabe más el diablo por viejo que por diablo, dice el refrán─, para todo aquel que desee hacer carrera en la política activa con éxito estas son las condiciones sine qua non que debe cumplir:

1) Tener un “pico de oro”, es decir estar capacitado para hablar largo y tendido sin decir absolutamente nada coherente.
2) Saber mentir descaradamente sin sonrojarse y eludir responder a las preguntas incómodas y conflictivas, yéndose por los cerros de Úbeda.
3) Echar siempre la culpa de cualquier mal a los demás, preferentemente a sus opositores, y no reconocer jamás sus propios errores.
4) Ver siempre la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el propio, por voluminosa que esta sea.
5) Negar hasta el paroxismo cualquier imputación delictiva que los medios y/o la Justicia le haga, por evidente que sea y aunque en su fuero interno la reconozca como cierta.
6) Cambiar radicalmente de opinión, si ello le favorece a él o a su partido, en menos que canta un gallo.
7) Prometer cualquier cosa, por inalcanzable y absurda que sea, si ello le depara votos, porque los populistas siempre son los demás.
8) No tener escrúpulos a la hora de pactar con otras fuerzas políticas, por antagónicas que le resulten, y si hace falta con el diablo, con tal de joder a su principal oponente y desplazarlo del poder.
9) Proteger a sus correligionarios a toda costa por muy corruptos y deshonestos que sean. Hoy por ti, mañana por mí.
10) No aceptar jamás por buenas las ideas de la oposición. Las únicas buenas son las suyas, por principios.

Estas diez condiciones se resumen en dos: amar el poder sobre todas las cosas y odiar a los que piensan de forma distinta con todas sus fuerzas.

Seguro que hay más condiciones, tanto o más importantes, pero para no hacer esta entrada demasiado extensa y dolorosa, he preferido dejarlas en diez, que no son pocas.

Si alguien observa un grave error u omisión, le agradeceré que me lo haga notar. Del mismo modo, si algún lector o lectora se dedica a la política y no se ve reflejado o reflejada en este decálogo, que no se me ofenda y que piense que siempre hay excepciones loables.

Nota aclaratoria: Alguna condición buena habrá, quiero pensar, pero ahora no se me ocurre y, además, me gusta poner el dedo en la llaga.



miércoles, 12 de junio de 2019

El filtro cerebral



Es bien sabido que el cerebro ─o la mente─ nos puede jugar malas pasadas.  Cerebro y mente, dos entidades todavía muy desconocidas, son la causa de reacciones cuando menos singulares. ¿Por qué reaccionamos de un modo en determinadas circunstancias y de forma totalmente opuesta en otras ante un mismo detonante?

¿No resulta curioso ver a ese padre o a esa madre (más habitualmente) durmiendo a pierna suelta, a pesar del ambiente ruidoso de la calle, pero que se despierta, en estado de alerta, ante el más leve sonido emitido por su bebé?

¿Qué es lo que hace que el cerebro “filtre” los sonidos ambientales habituales y, en cambio, “deje pasar” los que nos interesa percibir? Supongo que la respuesta está en que nos acostumbramos a los ruidos de fondo rutinarios, que el cerebro acaba asimilando como normales e irrelevantes, mientras que el resto se hacen conscientes. Así pues, debe de existir una especie de filtro que discrimina ambas sensaciones sonoras.

Pues del mismo modo, en nuestro cerebro actúa otro tipo de filtro, un mecanismo mental, más que fisiológico, que anula algo tan trascendente como es la objetividad, y que nos hace percibir ciertos hechos de un modo muy distinto al de otras personas que también disponen de ese mismo tamiz y que, me atrevería a decir, somos la mayoría de mortales.

Es evidente que hay temas que, por su complejidad, resultan muy difíciles de enjuiciar. Somos humanos y tenemos nuestras limitaciones para poder opinar sobre un acto censurable a simple vista, ya que posiblemente no tengamos ni los conocimientos ni la información adecuada para ser absolutamente certeros en nuestro juicio. Por el contrario, hay casos en que la información es diáfana, pública, elocuente y exhaustiva, y todos hemos tenido el mismo acceso a ella.  En tales circunstancias, las diferencias de opinión entre distintos observadores no deberían ser abismales, sino más bien sutiles. Lo mismo ocurre cuando, en lugar de emitir un juicio, se trata de dar con una solución a un contratiempo. Diferiremos en el cómo, en la forma, pero no en el resultado a obtener. Todo el mundo está de acuerdo en que el paro es un inconveniente acuciante que hay que mitigar, pero hay discrepancias en cómo lograrlo. Todos los jubilados coinciden en que hay que incrementar las pensiones, pero no está claro de dónde debe salir el dinero. 

Pero hay muchos casos en que la cuestión no está tanto en discrepar sobre el modo de solucionar un problema, sino en calificar ese problema. Y ahí es cuando se pone de manifiesto, a mi juicio, el “filtro cerebral”.

Un ejemplo muy simple y hasta cierto punto banal lo encontramos en el futbol. Mientras que hay jugadas de dudosa legalidad, por la falta de visión del árbitro y lo enmarañado u opaco del lance, en cuyo caso es comprensible que exista un desacuerdo entre el colegiado, los jugadores y la afición y deba recurrirse al VAR (sistema de video-arbitraje), hay otras en las que no cabe confusión alguna, pues la imagen ha sido suficientemente nítida y fuera de toda duda. Pues, aun así, las partes afectadas no suelen aceptar de buen grado la decisión arbitral, mientras que las beneficiadas lo consideran un acto de justicia palmaria.

Y aquí me pregunto si cuando existen esas discrepancias tan irreconciliables ─y normalmente broncas─, las voces discordantes son realmente sinceras, creen a pies juntillas lo que defienden, o estamos ante una representación teatral, en pleno acto de hipocresía dramática.

Idéntico planteamiento, pues, me hago en otros ámbitos de mucho mayor calado social. ¿Qué es lo que hace que un mismo hecho sea juzgado por unos como un acto execrable y por otros como justo y perfectamente defendible? Pero si tal dislate conceptual solo se diera en un patio de vecinos, en una tertulia de un bar o, a lo sumo, en las redes sociales, no alcanzaría más notoriedad que la de una notable anécdota. Pero lo que resulta grave y alarmante es que ello tenga lugar entre supuestos expertos sociólogos, economistas, analistas políticos de gran predicamento, en el Congreso de los Diputados, en el seno de un Tribunal Superior de Justicia o incluso del mismísimo Tribunal Constitucional.

¿Qué hace posible que una falta sea vista por unos como gravísima y por otros como muy leve e incluso merecedora de exculpación? ¿Por qué lo que para unos es un latrocinio ignominioso, para otros es una nadería, lo que para según quién es un acto de prevaricación, para otros es un simple error humano perfectamente disculpable? ¿Cómo pueden dos jueces calificar de forma diametralmente opuesta un mismo delito? ¿Qué hay en esos cerebros humanos que permiten ver las cosas de forma tan antagónica? Si analizáramos post morten los cerebros de unos y otros no advertiríamos ninguna diferencia, ni siquiera microscópica. Porque no es en ese órgano donde reside el motivo de tales discrepancias ─algunas aberrantes─, sino en algo tan insondable, una entidad tan desconocida e incomprensible como es la mente humana.

Si un individuo identificara como verde un objeto y otro como azul-turquesa, esa distinta apreciación no se consideraría grave, sino dentro de la normalidad. Si la confusión fuera entre el verde y el rojo, diríamos que estamos ante un problema de daltonismo, perfectamente explicable. Pero si lo que uno ve como blanco nuclear otro lo considera negro azabache, eso sí que es motivo de alarma. Uno de los dos observadores probablemente tendría serios problemas de visión. O los dos. En cambio, en los ejemplos sobre la distinta percepción de culpabilidad o de la gravedad de un delito no hay problemas fisiológicos ni psiquiátricos detrás de esas discrepancias, muchas veces abismales. El problema reside en una percepción distorsionada por la ideología. No es, por lo tanto, una diferencia de opinión basada en una evaluación subjetiva del hecho a enjuiciar, sino en una interpretación interesada, a veces en un sentido, a veces en el sentido opuesto, sin atender a un mínimo principio de objetividad, equidad y racionalidad. No hay razón en la sinrazón. Al parecer, cuando dichos intereses son ideológicos, hay que defender a toda costa la postura opuesta de la de nuestros adversarios y no hay mejor modo de ganarles la partida que recurriendo a la exageración o al negacionismo más absoluto.

Una sociedad dirigida por individuos que faltan a la verdad, distorsionándola o retorciéndola, que tienen implantado un filtro cerebral selectivo, es una sociedad enferma y condenada a la división irreconciliable. En un país dominado por tal anomalía, la justicia no solo es ciega, sino también sorda.


miércoles, 29 de mayo de 2019

La lengua se viste de Prada



Todo cambia, la moda y las costumbres cambian. Y la lengua no puede ser menos. A diferencia de las lenguas muertas, las vivas hacen honor a este calificativo para ponerse al día, actualizarse, modernizarse. Todos los idiomas, desde tiempo inmemorial, se han ido nutriendo o se han visto influidos por los de su entorno, de otras culturas. De ahí que la RAE incorpore continuamente nuevos vocablos en nuestro léxico, lo cual es un signo de modernidad o, cuando menos, de dinamismo. Pero ¿son realmente imprescindibles todas estas nuevas inclusiones?

No soy lingüista, solo un usuario de la lengua que utilizamos para comunicarnos. Por lo tanto, esta entrada no va de filología sino del vocabulario que llamaría emergente y de la costumbre, mala a mi entender, de utilizar términos anglosajones cuando existe su correspondiente versión española, una costumbre que, por cierto, viene de muy lejos, pero que sigue en auge.

La lengua es una seña de identidad. Forma parte esencial de nuestra cultura. Todos estamos orgullosos de nuestra lengua, o de nuestras lenguas en el caso de ser bilingües, pero muchas veces la utilizamos incorrectamente y no por ignorancia, sino por “adulterarla”, voluntaria o involuntariamente, con influencias extranjeras cuando, como ya he dicho, existe un término “autóctono” perfectamente válido. En algunas ocasiones, el término “foráneo” resulta ser tan potente o apreciado que se asienta de tal forma en nuestro lenguaje, que acaba siendo aceptado por la RAE, incorporándolo al diccionario de la lengua tal cual o con una cierta adecuación ortográfica. Entiendo esta inclusión solo cuando se trata de un vocablo inexistente hasta ahora en nuestro léxico. Así, Boomerang se incorporó como bumerán, y football acabó como fútbol, dejando, por cierto, al balompié totalmente fuera de juego. En cambio, decimos balonmano y baloncesto en lugar de handball y basketball, respectivamente. Otros términos se han admitido en su forma original, como el caso de hockey. Y así podríamos hacer una larga lista de términos para todos los gustos y con distintos tratamientos por parte de la ilustre Academia.

Esta influencia extranjera en nuestro lenguaje no es nada actual, por supuesto. Yo recuerdo, de niño, decir merci en lugar de “gracias” con toda naturalidad, como quien dice ciao en vez de “adiós” u okey para expresar un acuerdo. Y así encontraríamos muchos ejemplos de extranjerismos usados coloquialmente. Es solo una cuestión de moda, esnobismo e incluso cursilería que acaba en costumbre.

En ciencia y tecnología abundan los términos ingleses que, aun teniendo una traducción en nuestro idioma, se han convertido en algo natural seguramente por su brevedad (feedback, online, login, check-in, check-out, file, network, performance, update, input, output, y un largo etcétera). En el mundo de la música, ya ni hablamos, pero es que muchas veces resulta imposible hallar un término local. ¿Cómo vamos a traducir reggae o trap? Lo mismo ocurrió en su momento con rock and roll, blues o jazz.

En el ámbito empresarial también es muy común el empleo de términos como Product Manager, Community Manager, Business Development, Controller, stock, target, goal, benefits, offshore, etc, etc, etc. Parece como si sus equivalentes en español no tengan la misma importancia o distinción.

En el particular mundo de la informática es asimismo frecuente el empleo de términos ingleses, aunque ello es, para mí, un signo de “sumisión tecnológica” y, en algunos casos, de comodidad. ¿Por qué no utilizar con naturalidad los términos “entrar”, “copia de seguridad” y “reiniciar” en lugar de intro (o enter), back-up y reset? “Dale a intro, haz un back-up, resetea el ordenador” ya son expresiones cotidianas que casi todos utilizamos. Aún tenemos que estar agradecidos de que no haya desaparecido la letra ñ de nuestros ordenadores.

Y en las redes sociales y en los medios de comunicación ocurre otro tanto. ¿Por qué tenemos que decir fake news en lugar de “noticia falsa” o, simplemente, el “bulo” de toda la vida? ¿Y cómo podríamos traducir blog? Estamos rodeados de anglicismos. Antiage (anti edad), catering (servicio de comida preparada), outfit (vestimenta), flow (ritmo), pasword (palabra clave), ya son de uso normal. ¿Es bueno o malo? ¿Acabaremos algún día diciendo “Hey, brother”, ¡Oh, my God!, o “esto es de lo más cool”?

Últimamente he reparado que nuevos términos y expresiones han entrado a formar parte de nuestro vocabulario con mucha fuerza y asiduidad. En unos casos son nuevamente términos anglosajones (que parecen que molan más), pero en otros son palabras o expresiones españolas que han adquirido de pronto una gran notoriedad y que, por lo menos yo, nunca antes las había oído, o no tan frecuentemente y en el contexto actual. Algunas me dan la impresión de que hayan sido inventadas exprofeso. De todos estos términos, los que más me han llamado la atención pertenecen al mundo del deporte y de la política.

Empecemos por el primero. Sigo sin entender por qué en el deporte se usa, cada vez con más frecuencia, términos como hat-trick, pole position (o simplemente pole), final four o play-off. Si no estoy equivocado, final four significa semifinales (pues son cuatro ─four─ los equipos contendientes), y play-off la final o fase de desempate, como se ha dicho toda la vida. Entiendo que hallar una traducción en forma de un término breve para las dos primeras expresiones (el marcaje de tres tantos por un mismo jugador en un mismo partido y partir en primera posición de la parrilla de salida en una carrera automovilística, respectivamente) es tarea difícil, pero seguro que, echándole un poco de ganas e imaginación, podríamos encontrarla (si es que ya no existe).

Sigamos ahora con el segundo. Como los políticos no podían ser menos, en el ámbito de la política también han “florecido” términos que han calado tan hondo que los usan constantemente. Ahora bien, aquí no suelen haber anglicismos, pues ya se ha visto que el inglés no es el punto fuerte de muchos de nuestros políticos. En este caso, sus términos favoritos y repetidos hasta la saciedad son: equidistante, escrache, cordón sanitario, sorpasso (que no quiere decir otra cosa que adelantar, sobrepasar, pasar por delante, superar, etc.), marca España, líneas rojas, tempo, etc.

Así pues, siguen apareciendo palabras y expresiones que, de tanto usarlas, acaban imponiéndose. Es como si la lengua también se vistiera de moda, aunque de un modo, a mi parecer, muy poco ortodoxo. Insisto: no soy un profesional de la lengua. Por lo tanto, todo lo aquí dicho puede ser una sarta de tonterías. Será que me gusta hablar por hablar.


viernes, 17 de mayo de 2019

Las residencias del terror



Los que hemos tenido que ingresar, muy a nuestro pesar, a un familiar de primer grado en una residencia geriátrica, hemos procurado cerciorarnos de la calidad de los servicios y la comodidad de las instalaciones, si bien tanto o más importante es el trato humano.

Siempre que visitaba a mi padre (cada día recibía, por lo menos, la visita de alguno de sus tres hijos, es decir de mis dos hermanas y yo) procuraba asegurarme de que estaba en buenas manos. Por su dependencia física y su mermada función cognitiva, a sus noventa y nueve años requería de una atención constante. El personal sanitario y auxiliar resultó ser excelente, y así nos lo hacía saber con su peculiar forma de expresarse. Ello nos quitaba ese peso de encima que sobreviene a quienes se ven en la tesitura de dejar en manos ajenas y en un lugar extraño a un padre o una madre, quienes te cuidaron y procuraron tu bienestar mientras dependiste de ellos. Por fortuna para nuestras conciencias, mi padre no puso ningún reparo cuando, desde el hospital donde estaba ingresado, lo trasladamos a una residencia de una mutua privada.

Aun no estando en su propia casa, mi padre siempre manifestó estar muy a gusto. Su cuidadora y el personal de enfermería y auxiliar nos inspiraron la máxima confianza por su profesionalidad y la atención que le dispensaban. No podíamos saber cómo se comportaban a nuestras espaldas, cuando abandonábamos el centro, durante la noche o en esos momentos de intimidad (baño, curas y aseo). Pero si hubiera recibido un mal trato, mi padre gozaba todavía de una lucidez suficiente como para contárnoslo. Por lo tanto, estábamos tranquilos y satisfechos con la elección del centro.

La única duda que siempre me ha asaltado y que me mortificó durante un tiempo es no conocer exactamente las circunstancias que rodearon a su muerte. Dimos por buenas las explicaciones que nos ofrecieron y, por lo tanto, no exigimos una investigación ni se nos ocurrió la posibilidad de presentar una denuncia por negligencia. Lo más seguro es que tampoco habríamos podido descubrir nada que no fuera lo que nos contaron. También me habría gustado saber que no sufrió y que perdió el conocimiento en pocos segundos. Mi padre no temía a la muerte, siempre afirmaba que la estaba deseando, para así reunirse con mi madre, que nos había dejado cinco años antes. A lo único que temía era al dolor físico. Ojalá no sintiera nada. Pero esto nunca lo sabré.

Estuve con él en su último día de vida. Ese día llegué más temprano de lo habitual y lo encontré en su habitación. Su cuidadora lo acababa de asear y me ofrecí a afeitarlo (algo que ya no podía hacer por sí solo a causa del temblor en las manos). Mientras lo hacía comprobé que tosía con mucha frecuencia. “Me he resfriado, con esas corrientes de aire no resulta extraño”, me dijo. Mi padre era muy friolero. Siempre le decíamos, en broma, que se resfriaba con solo abrir una ventana. Así que no le di demasiada importancia, pero aun así lo hice saber al personal para que lo reconociera el médico del centro. No hizo falta porque al cabo de unas tres horas yacía, inconsciente, en la UCI del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo, adonde lo llevaron en ambulancia tras el maldito incidente, no pudiendo hacer nada por él ni en la residencia ni en el hospital. Una neumonía por aspiración es fatal a esta edad ─nos dijeron los médicos. A su edad no murió de vejez, de lo que se conoce como muerte natural, ni a causa de una enfermedad. Murió por asfixia.

La última imagen que conservo de él vivo es sentado a la mesa del comedor, donde le dejé en su silla de ruedas, ante un humeante plato de sopa. Al parecer, un acceso violento de tos hizo que aspirara el líquido hacia los pulmones y se ahogara. La prolongada falta de oxígeno, desde que lo intentaron reanimar in situ hasta que llegó al servicio de urgencias del hospital, lo dejó en estado vegetativo. Con los ojos abiertos, sin parpadear, fijos en el techo del box, estaba conectado a un respirador y del tubo salían pequeñas cantidades de líquido, seguramente el que todavía contenían sus pulmones. Falleció de madrugada. De eso hace algo más de seis años. Habíamos planificado la forma para que pudiera asistir, por unas horas, a la comida de Navidad en casa y le habíamos convencido para que así fuera, pero ese infortunio se lo llevó nueve días antes.

Quiero creer que el personal de la residencia hizo todo lo humanamente posible para salvarle la vida, pero eso tampoco lo sabremos. Como he dicho, no indagamos lo ocurrido porque la explicación que recibimos nos pareció plausible. Pero, a pesar del tiempo transcurrido, no dejo de darle vueltas al hecho de que si hubieran tratado esa tos a tiempo, si en lugar de habérselo indicado yo, la cuidadora y demás personal se hubieran anticipado tomando las medidas necesarias, o le hubieran practicado alguna técnica expeditiva de reanimación, o yo qué sé, habría llegado a cumplir los cien años, lo que, en cierto modo le hacía ilusión, “¿Tú crees que llegaré a los cien años?”, me preguntaba casi cada día que le visitaba. Le faltaron cuatro meses. Si por lo menos se lo hubiera llevado una enfermedad grave, un fallo cardiaco, un ictus, cualquier dolencia mortal de necesidad, lo habría aceptado mucho mejor. Pero que fuera un accidente perfectamente evitable, resultó mucho más doloroso.

Mientras vivió en aquel lugar, estuvo bien atendido y me consta que nunca se sintió abandonado ni maltratado. Las veces que le hice compañía durante la comida, observé que, al menos aparentemente, la alimentación era buena y sana, de lo contrario se habría quejado ─era viejo, pero remilgado con la comida─, y siempre olía a su loción para el afeitado, iba limpio y bien vestido.

Toda esta historia viene a colación por las últimas noticias hechas públicas sobre los malos tratos que reciben los ancianos en algunas residencias, las deficientes condiciones en las que los mantienen y la escasez, cuando no insalubridad, de la comida que les sirven.

Se me pusieron los pelos de punta y me indigné cuando vi las imágenes grabadas con una cámara oculta que instaló un familiar en una residencia alertado por la sospecha de malos tratos, en las que aparecen cuidadoras que abofetean a ancianas con demencia senil, que no pueden defenderse ni confesarlo a sus hijos, porque no “colaboran” al vestirlas, porque se han aliviado encima, porque no quieren comer, o por la razón que sea. Y, al parecer, este no es un caso aislado, pues ya son varias las denuncias presentadas por malos tratos a ancianos en residencias geriátricas. Ver a personas que no pueden valerse por sí mismas, que necesitan del cuidado y ayuda de profesionales, y que se vean humilladas de esa forma, tratadas como bultos que molestan, me produce indignación. Ojalá existiera el karma y esos “profesionales” reciban el mismo trato cuando se encuentren en esas mismas condiciones.

He visto llorar a hijas e hijos al conocer cómo han sido tratados sus mayores. Dejar a tu padre o madre en manos de quienes deben cuidarlos para que, en lugar de esto, los insulten, los manoseen de forma violenta o los abofeteen por “portarse mal” es intolerable y desolador. Y encima quienes deben poner cartas en el asunto no intervienen, al menos con la prontitud y diligencia necesarias. Tanto la Administración de la que dependen esos centros como los directores y directoras de los mismos son, con su inhibición, cómplices de maltrato. Esos directores y directoras que dicen no saber nada, que niegan la evidencia e incluso amenazan con denunciar a quienes han grabado esas imágenes tan terriblemente elocuentes, deberían ser acusados de negligencia en el desempeño de sus funciones y pedirles responsabilidades por los daños físicos y morales causados. Y las personas que han protagonizado esas humillaciones y malos tratos, no solo deberían ser apartadas de su puesto de trabajo y expedientadas, que es lo único que hasta ahora se ha hecho, sino juzgadas por agresión y que no puedan ejercer nunca más esa labor.

Una sociedad sana no solo cuida y educa a sus jóvenes, sino que también cuida y protege a sus mayores. Todos llegaremos a viejos, o eso esperamos, y no queremos vernos en esa situación si, por los motivos que sean, tenemos que acabar nuestros días en una residencia geriátrica, ya sea pública o privada. Hay que acabar para siempre con esas residencias donde, en lugar de cariño, se practica el terror.


sábado, 11 de mayo de 2019

Vida domótica, robótica y estrambótica



No por sabida y repetida hasta la saciedad deja de ser menos cierta la famosa frase atribuida a Don Sebastián, en la no menos famosa zarzuela La verbena de la Paloma, “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. Suena a rancio, a tópico, como la típica pregunta retórica de “¿adónde iremos a parar?”. Pero yo sigo haciéndome esta pregunta. ¿Será acaso un síntoma de vejez? Creo que un poco sí, pues ya hay cambios que se me antojan innecesarios, superfluos, o incluso preocupantes. Lo dicho: me estaré haciendo viejo.

Siempre me ha gustado la comodidad y todos los adelantos técnicos que la hacen posible, que nos facilitan las labores más ingratas. ¿Qué haríamos sin un aspirador? ¿Cómo nos las apañaríamos sin un refrigerador, un ventilador, una tostadora o un molinillo eléctrico? Pero no hace falta retroceder tanto en el tiempo en lo que a electrodomésticos se refiere. En las últimas décadas del siglo pasado irrumpieron en nuestras oficinas y luego en nuestros hogares los ordenadores personales, la telefonía móvil, los televisores de plasma y otros tantos adelantos tecnológicos, que no cesan de perfeccionarse, superando, año tras años, sus prestaciones. Cuando uno ha adquirido el nuevo modelo de smartphone, el fabricante ya tiene preparado una nueva versión mejorada. Típico de una sociedad de consumo como la nuestra.

La tecnología ha invadido nuestras vidas y nuestros hogares, generalmente para bien, pero permitidme que reitere mi pregunta: “¿Adónde iremos a parar?”, o formulado de otro modo: ¿Son realmente necesarios algunos adelantos que nos ofrecen?

Aunque todavía no ha llegado a introducirse de forma masiva, seguramente por la cuantía de la inversión, hace años que la domótica ha irrumpido en nuestras casas. Podemos activar muchas actividades domésticas a distancia. La calefacción, la alarma, el riego automático ya no precisa de nuestra presencia física en casa. Podemos programarlo casi todo. Se puede encender la luz o el televisor dando unas palmadas al aire. Hasta podemos hacer preguntas y dar órdenes a un pequeño artilugio, siempre y cuando tengamos instalada la aplicación y las conexiones necesarias, aunque nos lo vendan como un elemento milagroso que atiende a nuestras órdenes cual chambelán de última generación.

La domótica hace años que llegó para quedarse, solo es cuestión de tiempo que se haga tan asequible que el ciudadano medio pueda disfrutar de todas sus ventajas.

Pero, siguiendo con el turno de las preguntas: ¿Esta creciente comodidad no irá aparejada a una progresiva complicación? ¿Realmente será todo ello tan útil como pretenden hacernos creer o será cada vez mayor el engorro que supone su disfrute? ¿Acabaremos dependiendo de las nuevas tecnologías hasta el punto de no poder vivir sin ellas?

Resulta obvio que los que ya tenemos una edad, la simple y llana informática es una frecuente fuente de problemas y complicaciones. Todo en esta vida tiene sus pros y sus contras. Un claro ejemplo de ello es internet. La gran mayoría de sus usuarios ya no sabríamos prescindir de ella. Es nuestra primera y mayor fuente de información. Los estudiantes ya no consultan libros, ahí está internet para satisfacer sus necesidades de forma rápida y económica. Pero también es una fuente de problemas, como la piratería, la pornografía y la difusión de información inadecuada y peligrosa. “Gracias” a internet se puede fabricar una bomba y adquirir productos tóxicos sin que nadie pregunte. Y qué decir de la “toxicidad” de las redes sociales, que incluso se utilizan para acosar y llevar a cabo bullying a compañero/as de clase.

Estos últimos aspectos indeseables se pueden evitar eludiendo el empleo de dichos recursos por parte del usuario o controlando por parte de terceros la utilización de la tecnología con fines perversos. Conociendo sus efectos perniciosos podemos neutralizarlos. Pero ¿seremos capaces de anticipar los perjuicios de las aplicaciones tecnológicas que están por venir? ¿Será el hombre lo suficientemente precavido, inteligente y cauto para no ceder al empleo de aplicaciones que a simple vista tienen que ayudarnos a vivir mejor pero que, una vez instaladas en nuestras vidas, anularán o coartarán nuestra libertad? Si ya podemos ser espiados a través de las redes sociales, de nuestros teléfonos móviles, de nuestras cámaras de seguridad (hay quien asegura que incluso a través de los televisores “inteligentes”) y de nuestras transacciones electrónicas, ¿qué no ocurrirá en un futuro con los nuevos inventos? ¿Serán los robots la solución definitiva para procurarnos una vida mejor o estaremos subyugados inconscientemente a su tiranía? El empleo de robots industriales ya resulta un modelo a seguir en muchas empresas como medio para optimizar la producción, pero también son y serán el motivo de un mayor desempleo. Las máquinas sustituirán al hombre cada vez con mayor frecuencia. ¿Seremos capaces de idear alternativas para combatir ese efecto secundario laboral?

Coches y trenes sin conductor, estaciones de servicio totalmente automatizadas, hoteles sin recepcionistas. ¿Qué será lo próximo? ¿Aviones sin piloto, aeropuertos íntegramente robotizados, restaurantes y supermercados de autoservicio integral, autodiagnóstico médico por ordenador? ¿Pagaremos estos “adelantos” a cambio de nuestra seguridad y la pérdida de cientos de miles (o millones) de puestos de trabajo? Actualmente ya resulta muy difícil, si no imposible, contactar con un ser humano para resolver un problema o tramitar una queja en Empresas que han optado por sustituirlo por una aplicación informática programada para atender al público, bien telefónicamente, bien entrando en su web. Aun así, dicha aplicación solo contempla un número limitado de entradas y muchas veces las respuestas ya están incorporadas en el apartado de “Consultas frecuentes”, dejando fuera cualquier otra incidencia que no haya sido previamente contemplada. ¿Qué ocurrirá, entonces, cuando todos los servicios de los que puede y debe disponer el consumidor estén íntegramente operados por ordenadores?

Gracias a los adelantos científicos nuestra esperanza de vida es mucho mayor de la de cien años atrás. Algunas enfermedades que parecían incurables tendrán una solución definitiva a medio plazo y acabarán pasando a la historia de la medicina. Otras dolencias con un componente hereditario podrán pronto prevenirse mediante manipulación genética. Los trasplantes se convertirán en algo rutinario y sin complicaciones, y los órganos obtenidos por biotecnología y los fabricados con impresoras 3D estarán a la orden del día, al igual que las intervenciones robotizadas y teledirigidas.

Pero, por otro lado, cada vez estaremos más controlados y dominados por las nuevas tecnologías. Ese es el futuro que nos espera (utilizo la primera persona del plural para referirme al conjunto de la sociedad, pues no creo que viva cuarenta años más para verlo). ¿Acabaremos viviendo una vida que tendrá más de virtual que de real? En definitiva ¿seremos virtualmente felices? Espero que las máquinas solo sirvan para mejorar la calidad de vida y para el tratamiento de enfermedades, teniendo en cuenta que vivir conectado a una de ellas ya no será una opción.

Hace tan solo unos días, en un programa de televisión se trató el tema de los adelantos tecnológicos y la soledad asociada a ellos. Como ejemplo se citaba el aislamiento que las redes sociales están provocando en adolescentes, que prefieren o dedican muchas más horas a estar conectados virtualmente que a disfrutar de la compañía física. Pero al margen de esa conocida y creciente adicción al móvil y a las redes sociales, lo que más me llamó la atención fue saber que una de las nuevas ofertas que va ganado adeptos consiste en la fabricación de muñecas (y muñecos, aunque en mucha menor proporción) que emulan con una gran precisión a una mujer (o a un hombre) a tamaño natural, con el propósito de procurar compañía y desahogo sexual. Ya no se trata de las típicas muñecas hinchables, esos monigotes que más bien dan aprensión que atracción, sino una copia bastante fiel de un ser humano, con una textura y tacto muy semejante al de la piel humana, pudiendo regular su temperatura corporal igualándola a la de un cuerpo humano, y dotada de movimientos (sonrisa incluida) programados y controlados por un mando a distancia. También se mostró cómo en Japón existía la posibilidad de disfrutar de compañeras y novias virtuales en forma de holograma con las que se puede mantener largas conversaciones. ¿Acabaremos prefiriendo estos sucedáneos a la compañía humana?

Una cosa es disfrutar de la domótica y de la robótica, pero ¿no estaremos abocados a una vida un tanto estrambótica?

*Imágenes obtenidas de Internet

domingo, 7 de abril de 2019

La caza: ¿deporte, necesidad o salvajada?



Ya va siendo habitual que en este espacio se traten temas conflictivos o, cuando menos, polémicos. De hecho, es este un blog pensado, como dice su lema y enunciado, para la reflexión, sea cual sea el asunto a discutir. En todos los casos pretendo que el denominador común sea el interés que suscita a la sociedad en general. Y como toda discusión no está exenta de discrepancia, me atrevería a afirmar que el tema que hoy traigo aquí es tanto o más sensible que sus predecesores por cuanto existen muchos condicionantes para posicionarse a favor o en contra de la caza.

Siempre he procurado ser respetuoso con las costumbres y tradiciones, aunque no las comparta, mientras no representen una regresión hacia épocas pretéritas por sus prácticas primitivas, injustas y dañinas, sea cual sea su objetivo. Si tuviéramos que recuperar costumbres que antaño se consideraban normales, tendríamos que volver a ahorcar en las plazas públicas, cortar la mano al ladrón o ejercer el derecho de pernada, entre otras muchas.

Incluir a la caza entre estas costumbres anacrónicas sería exagerado por mi parte, pero sí deberíamos reflexionar qué lugar ocupa esta actividad en nuestra sociedad moderna. Existe una gran controversia entre los que están a favor y en contra de la caza como deporte, como bien social y como patrimonio cultural. Aquí trataré esta cuestión del único modo que me es posible: con un enfoque ecologista, de respeto a la naturaleza y a los animales, como usufructuario de este planeta ─que hace tiempo que está dando señales de debilidad─ junto con los demás seres vivos que lo habitan.

Debo reconocer que mi opinión quizá esté un poco sesgada, ya que siento un evidente prejuicio hacia los cazadores, pues, en primer lugar, nunca he entendido la atracción que alguien puede sentir por las armas de fuego. En mi formación militar obligatoria, tuve que empuñarlas y dispararlas, algo que me resultó altamente desagradable y eso que apuntaba a un objeto inerte llamado diana. No puedo imaginarme disparando a un ser vivo que está indefenso y huye despavorido para salvar el pellejo.

Para no prolongar demasiado esta exposición, me limitaré a exponer mis argumentos en contra de la caza de una forma muy simplificada, pues el tema podría dar para una tesis doctoral por sus implicaciones biológicas, sociales, culturales, económicas, políticas, etc. Todos los argumentos a favor por parte de sus partidarios tienen su correspondiente réplica, de ahí que sea imposible conciliar ambas posturas. Sabemos, por experiencia, que los extremismos suelen desenfocar la realidad, pero para todo puede hallarse un punto de encuentro, solo es cuestión de informarse y empatizar ─tarea nada fácil, por no decir utópica─ con la postura contraria. Todas las negociaciones requieren de un tira y afloja y, aunque el pacto al que se llegue no acabe de satisfacer por igual a ambas partes, hay que buscar una salida razonable y sobre todo justa. Como antitaurino que también soy, pondría como ejemplo de una salida pactada que las corridas de toros no terminaran con la muerte del animal, como se hace en algunos países. Si el toreo es un arte, como sus aficionados alegan, ¿por qué debe haber necesariamente sangre y muerte en una obra artística? La sangre y la muerte no puede ser jamás un arte; que cada uno le ponga el calificativo que prefiera.

Volviendo a la caza, esta no es indispensable, como aseguran sus defensores, para mantener el control de las especies, por cuanto los animales salvajes ya disponen de mecanismos de auto regulación y adaptación al medio. Es el hombre quien, con su desafortunada intervención, altera este medio natural. Cada especie ocupa un lugar en la cadena alimenticia. La desaparición de una sola especie (¡cuántas especies están al borde de la extinción!) desestabiliza todo un ecosistema. Muchas veces, la caza ha provocado el efecto contrario al supuesto control de la sobrepoblación de algunas especies. El caso del jabalí es uno de esos ejemplos. Los cazadores prefieren cazar los ejemplares mayores y más fuertes. La de los jabalíes es una sociedad matriarcal, para llamarla de algún modo; es la hembra adulta y mayor la que dirige la piara y la responsable de su reproducción; el resto de las hembras no juega ningún papel reproductivo, a menos que muera aquella, tras lo cual todas se convierten en hembras reproductoras, aumentando de este modo significativamente su población. La invasión de jabalíes en el medio urbano no es más que el resultado de la falta de alimento en su entorno natural. Siendo animales omnívoros, buscan su subsistencia entre los residuos abandonados por los humanos. El jabalí no decide hacer las maletas y emigrar en busca de otros horizontes, simplemente escapa de la hambruna y busca su supervivencia.

Cazar es, por otra parte, un negocio, pero estacional y precario, que solo favorece a los propietarios de las fincas y cotos de caza, hosteleros, fabricantes de armas, criadores y hasta autoridades municipales, que conforman el gran lobby de la caza y que están lógicamente detrás de su defensa. Esa temporalidad laboral tiene además un resultado perverso, que es el abandono y sacrificio de miles de perros adiestrados. Y como siempre que se trata de cuantificar algo, aparece un baile de cifras que imposibilita su justo cálculo. De este modo, los ecologistas (Fundación Affinity) cifra en 104.000 perros abandonados cada año a su suerte, mientras que el SEPRONA reduce este número en 14.000. Aunque solo fueran unos centenares, me parecería un hecho inaceptable. ¿Cómo puede presentarse al cazador como alguien amante de la naturaleza si trata de ese modo a los animales que le sirven? Según la Federación Española de Caza, esta actividad genera unos 3.600 millones de euros anuales, la cual se cobra la vida de más de 21.000 animales por temporada (INE).

Cuando traté, en otra entrada, del negocio de la producción armamentística española y la repercusión económica en pérdida de ingresos y empleos que representaría su eliminación (a colación del tema de su venta a Arabia Saudí), afirmé que el dinero nunca debería ser el motivo para conservar un puesto de trabajo que lleve aparejado la muerte de inocentes. En el contexto de la caza y de otras actividades productivas contra el medio ambiente, por dinero estamos irremediablemente abocados a la destrucción paulatina de nuestro planeta. Por dinero cerramos muchas veces los ojos a prácticas inadecuadas que hacen mella en nuestra sociedad.

Últimamente, con el resurgimiento de voces que se presentan como defensoras a ultranza de la caza y del toreo, como señas de identidad de la denominada Marca España, se ha reabierto con más crudeza la batalla entre los animalistas y los cazadores, y entre los antitaurinos y los que estamos en contra del maltrato animal. En este último caso, como la práctica de la tauromaquia se reduce a pocos países del mundo, es internacionalmente mayoritaria la postura contra el maltrato y muerte del astado, pero en lo referente a la cinegética, al practicase en todo el planeta, con distintas formas y regulaciones, resulta mucho más conflictiva su crítica y prohibición. Aun así, recuérdese que en un país tan tradicionalista y conservador como la Gran Bretaña, se prohibió la caza del zorro por su crueldad, a pesar de que uno de sus practicantes y defensores era el mismísimo príncipe Carlos.

Generalmente, cuando se cuestiona un comportamiento o hábito, sus defensores se apresuran a limpiar su imagen buscando justificaciones de todo tipo. Mientras escribo esto me viene a la memoria una reciente declaración de un representante de Cejuego (Consejo Empresarial del juego) minimizando el peligro de los juegos de azar y negando la existencia de la ludopatía como enfermedad, cifrando los adictos al juego en unos 7.000 en toda España, algo, según él, no significativo. Es este también un gran negocio, cuyos usuarios y empresarios intentan combatir cualquier medida disuasoria e incluso reguladora. A nadie le gusta que le restrinjan, y menos aún que le prohíban, una diversión. A los que practican senderismo, ciclismo o motociclismo de montaña, les fastidia que les impidan circular por determinados parajes protegidos, y a los campistas que les prohíban acampar y hacer fuego en los lugares donde les apetece. Pero al final debe prevalecer el bien común y el respeto a la naturaleza.

Sin ánimos de ofender a nadie, me resulta cuando menos paradójico que una actividad milenaria, como la caza, que ha ido pasando de padres a hijos de forma “costumbrista”, sin ningún planteamiento que no sea la supervivencia (en determinadas épocas y lugares) o el ocio, ahora se presente como un bien social y cultural.

La caza no es un deporte, pues este implica, por definición, una competencia entre dos individuos o equipos que están de acuerdo y en igualdad de condiciones. Además, la muerte que provoca un cazador a su presa no suele ser una muerte “limpia”, pues en muy pocas ocasiones el disparo es tan certero como para producir la muerte instantánea. Muchos animales escapan heridos y, si no son capturados, mueren tras varios días de agonía. Por no hablar de la caza con perros adiestrados para despedazar, mutilar o herir de muerte a su presa a dentelladas.

En cuanto a los argumentos sobre la pretendida conservación del medio ambiente, los cazadores alegan que con su actividad protegen el bosque y los campos de los destrozos producidos por los animales salvajes. Nada más lejos de la verdad. Los etólogos (especialistas en comportamiento animal) afirman que los animales estresados por efecto de la caza ven aumentada su necesidad de alimentarse, por lo que provocan una mayor destrucción de las especies vegetales comestibles. A eso hay que añadir el hecho de que los llamados “destrozos por forrajeo” en el bosque y en el campo se producen porque a los animales no les queda alimento suficiente para su sustento. Antes, tras la cosecha, quedaba mucho grano en los campos. Hoy día, en cambio, a causa de las máquinas recolectoras modernas, no queda apenas nada con lo que alimentarse. Y si, a pesar de ello, los animales penetran en los campos en busca de alimento, son abatidos por los cazadores, esa es la forma que tiene la caza de regular el desequilibrio. ¿Cuál de los dos debe ser regulado: el animal al que se le ha arrebatado su espacio vital o al hombre que es el causante de ello?

Abundando en el tema del impacto ambiental de la caza, también hay que tener en cuenta la contaminación del suelo por el plomo procedente de los perdigones. Estos tardan entre 100 y 300 años en desaparecer del medio y, a medida que se degradan, el plomo se va incorporando al suelo, al agua, a las plantas y a los animales, que mueren a los pocos días. Basta con ingerir unos pocos perdigones para matar a un ave, aumentando así su impacto en la biodiversidad, y supone la entrada de este metal pesado en la cadena trófica, causando a quien lo ingiere graves problemas neurológicos, como lo hace el mercurio. Según un informe de la Agencia Europea de Sustancias Químicas (ECHA, en sus siglas en inglés), cerca de 14.000 toneladas de plomo, que se estima han quedado dispersas durante años en zonas terrestres, pueden haber causado la muerte de entre 1 y 2 millones de aves.

En la antigüedad, salir de caza servía para conseguir alimento y como diversión de los señores feudales, pero actualmente, al contrario de la pesca, la caza ya no es una necesidad alimenticia. En Europa el hombre ya no caza para asegurarse el alimento, sino que se trata únicamente de una ocupación de tiempo libre, de un entretenimiento. Que el hombre se arrogue el derecho a matar por diversión a seres vivos que sienten el mismo dolor que él, se me antoja inaceptable.

Cuando una actividad demuestra ser dañina para el medio ambiente, tiene que controlarse, supervisarse o bien prohibirse. Por ejemplo, no es lo mismo la pesca recreativa, la de quien va al río a pescar alguna que otra trucha, que la pesca de arrastre, que destroza el fondo marino, o la sobrepesca que acaba con algunos caladeros, por no hablar de la captura de especies en vías de extinción, como la ballena. Y en cuanto al ámbito terrestre, no es lo mismo cazar unas cuantas perdices o conejos, que abatir centenares de ejemplares por el mero hecho de poner a prueba la puntería, o cazar zorros, lobos y osos para acabar con ellos por considerarlos peligrosos, cuando el hombre ha convivido con estas especies desde tiempo inmemorial, o para hacerse con su piel.

La mano del hombre ha sido, en numerosas ocasiones, el origen de grandes perjuicios ecológicos, incluso cuando se ha pretendido actuar en beneficio de alguna causa aparentemente encomiable. La historia de la superpoblación de conejos en Australia es uno de los mayores ejemplos de una mala gestión de la fauna por parte del ser humano. La introducción de esta especie animal en aquel país con fines cinegéticos hizo que se comportara como una especie invasora y como tal desplazó a otras especies autóctonas, tanto animales como vegetales. La solución a esos estragos fue la introducción del zorro como depredador, pero resultó en un auténtico fracaso, pues el zorro se convirtió, a su vez, en un depredador de los canguros y otros marsupiales, no habituados a la presencia de ese cánido. El zorro redujo también la población de aves que consumían insectos. El impacto medioambiental fue enorme. Ante ello se decidió “importar” una de las enfermedades más letales para el conejo: la mixomatosis, lo cual dio su fruto, exterminando a 500 millones de ejemplares. Sin embargo, los animales supervivientes, más resistentes a esta patología, transmitieron dicha resistencia a sus descendientes. A cada intento por diezmar la población de conejos, aparecía un efecto secundario peor. El último ensayo consistió en contagiar a los conejos con otra de sus graves enfermedades: la enfermedad hemorrágica vírica. Aunque a día de hoy la población de conejos australianos se ha reducido, estos experimentos demuestran que no se puede controlar la naturaleza, y aun hoy se teme que ese virus pueda mutar en Australia y llegar a Europa.

Para terminar, si la caza menor ya es una actividad que, para mí, debería restringirse y reducirse a la mínima expresión, admitiéndola solo en casos excepcionales, la caza mayor debería, sin ninguna excusa ni paliativos, ser totalmente prohibida.

Qué puede justificar abatir a ejemplares únicos, muchos en peligro de extinción, solo para posar en una foto junto a la presa, para luego disecarlos, colgar su cabeza o su cornamenta como trofeo, vender su piel o partes de su anatomía (los colmillos de los elefantes, el cuerno del rinoceronte o las manos de los gorilas), dejando sus despojos abandonados, cuyos únicos beneficiarios serán los carroñeros que, de ese modo, no tienen que buscarse el sustento de forma natural en los animales muertos por viejos o enfermos. Los safaris de caza también mueven una gran cantidad de dinero, siendo un negocio totalmente ilícito, que también incluye el tráfico de animales exóticos. Es en la caza mayor donde se aprecia hasta dónde puede llegar la codicia y la crueldad humana. Hace tan solo unos días pudieron verse unas imágenes, capturadas por una cámara de vigilancia para estudiar a los osos, en la que dos cazadores, Andrew Ranner y Owen Renner, padre e hijo, mataban a tiros una osa y a sus crías mientras hibernaban en un pequeño refugio natural en Alaska. Una vez perpetrado ese “asesinato”, el padre, orgulloso de su proeza, lo celebraba chocando la palma de su mano con la de su hijo, como diciendo “misión cumplida”, una misión cuyo objetivo, según alegaron tras ser detenidos, era las pieles de esos animales.

Entiendo que quienes han practicado la caza desde su adolescencia, y que ahora ya peinan canas, les resulte muy duro renunciar de la noche a la mañana a una de sus actividades favoritas, esperando con ansia a que se abra la veda para vaciar sus cargadores sobre sus más preciadas presas. Pero insisto en que, por muy extendida que esté una práctica, si atenta contra los seres vivos que pueblan nuestros campos y bosques y, por lo tanto, no es respetuosa con la naturaleza, debe intentase neutralizar los daños que causa concienciando y reeducando a sus practicantes, e instruyendo a los niños en el respeto por el medio ambiente. Entretanto, hay que extremar al máximo las precauciones para reducir esos daños a la mínima expresión, antes de acabar aboliendo esta actividad, que debería quedar para los libros de historia.

Y en cuanto a la caza mayor, que es la mayor causante del exterminio de muchas especies, hay que perseguirla y penarla con la máxima contundencia. Matar a los animales por pura diversión o especulación no es un deporte ni una necesidad. Solo nos queda calificarla, pues, como una salvajada.


martes, 26 de marzo de 2019

El negocio de la muerte



Es inaudito comprobar hasta donde pueden llegar las prácticas fraudulentas. Al parecer, los timadores no respetan nada ni nadie, ni siquiera a la muerte.

En esta vida todo cuesta dinero, incluso morirse, esto es bien sabido, y algunas funerarias se han apresurado a ponerse a la cola de los desaprensivos y sacar una buena tajada de ello, dando gato por liebre.

No quisiera parecer frívolo o morboso tratando de un modo frío y materialista un asunto tan triste y emotivo, pero el materialismo inunda todo tipo de negocios y donde habita el interés económico suele acompañarle el fraude, y es eso lo que pretendo sacar a colación en esta entrada un tanto peculiar. Aun así, pido disculpas a quienes puedan sentir herida su sensibilidad, por el motivo que sea.

Quien ha vivido, como yo, los trámites que siguen a la defunción de un ser querido, sabrán lo desagradable y turbador que resulta tener que elegir, entre todos los elementos que comprenden un entierro y funeral, el ataúd o la urna que albergará el cuerpo o las cenizas del fallecido. En el caso de un ataúd, resulta incluso morboso el modo cómo te ayudan a elegir el féretro, que parece que te estén vendiendo un automóvil, ensalzando sus acabados exteriores e interiores y su “comodidad”. Algo más propio de una película de Berlanga. Pero es así y hay que pasar por ese mal trago añadido.

No hace mucho vi por televisión un programa que hablaba del negocio de las funerarias y de lo que costaba un entierro. Como no recuerdo las cifras que se dieron, he tenido que recurrir a internet y resulta que, como siempre que hablamos de costes, los precios varían mucho entre provincias. De este modo, mientras que en Cuenca morirse cuesta alrededor de 2.200 euros, en Barcelona el coste asciende a unos 6.400 euros (elEconomista.es). Así que en la Ciudad Condal no solo es elevado el coste de la vida sino también el de la muerte. Porca miseria. Y entre todos los elementos que intervienen en ello, el que, al parecer, ha despertado la codicia de algunos es el ataúd, que para unos es símbolo de una suntuosidad hasta cierto punto comprensible y para otros una parte importante de sus ganancias. Solo mencionar que su precio puede oscilar entre los 800 euros y los 3.900 euros, según la gama de que se trate (efuneraria.com). Lo dicho, como en los automóviles.

Siempre me ha llamado la atención que, aun optando por la incineración, deba costearse el precio nada desdeñable de un ataúd. Si ese elemento va a acabar pasto de las llamas, eso es dinero tirado, o mejor dicho quemado. Si el cuerpo del difunto acaba convertido en cenizas, junto con los residuos calcinados de la madera, ¿de qué sirve utilizar un féretro barnizado y ornamentado, si no es para exhibirlo en la sala del tanatorio y en la capilla ante los allí congregados? Pero las funerarias no parecen estar muy dispuestas a escatimar en gastos. Intentarán endosar a sus clientes el más robusto y lujoso de los modelos. Lo contrario significaría reducir sus beneficios. ¿Y quién va a rehusar tratándose de un ser querido a quien van a dar sepultura?

En enero de este año, eldiario.es desvelaba un fraude millonario por parte de una funeraria de Valladolid que practicaba el cambiazo de ataúdes para incinerar por otros de peor calidad, o solo utilizaba la tapa, y además revendía las flores. ¿Cuántas empresas funerarias seguirán esta conducta deshonesta? Seguro que muchas. Solo hay que tirar de la cuerda, destapar la alcantarilla y aflorará toda la porquería.

Cierto es que actualmente, para que la incineración resulte todavía más económica de lo que ya es con respecto a un entierro convencional ─pues se ahorran los gastos de la inhumación de los restos mortales en una tumba o nicho─, se puede optar por un ataúd más modesto. Pero ello no es óbice para que “el cliente” sea igualmente presa fácil de un engaño, pues, según se ha descubierto (cuestión que también se trató en el programa televisivo al que he hecho anteriormente alusión), hay funerarias que, habiendo cobrado por el ataúd, este no se usa en la cremación, sino que es reutilizado para otro difunto. Es decir, incineran el cuerpo sin ataúd, lo cual me parece razonable y es lo que siempre he pensado que debería hacerse, pero nadie, excepto la funeraria, sabe de ese timo, un secreto que se llevarán a la tumba, nunca mejor dicho.

He intentado hacer un cálculo aproximado y, por lo tanto, sujeto a inexactitudes, sobre cuánto pueden llegar a embolsarse esas empresas que actúan de esa forma fraudulenta. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2017 fallecieron en España 424.523 personas. Actualmente cerca de un 40% de los españoles optan por la incineración (Europa Press), porcentaje que, por cierto, alcanzará el 60% en 2025. Por lo tanto, si partimos de unas 170.000 incineraciones anuales y suponemos que en todas ellas (es mucho suponer) se ha optado por adquirir un ataúd sencillo, de unos 800 euros de promedio, el gasto total en este apartado asciende a 136 millones de euros. Según elEconomista.es existen en nuestro país unas 600 funerarias. Solo con que un 30% no utilicen el féretro adquirido en la cremación, estaríamos hablando de unos 45 millones de euros que aquellas se embolsan fraudulentamente cada año.

La picaresca llega a tal extremo que a veces excede lo imaginable. Jugar con el dinero ajeno es un delito, pero hacerlo utilizando una circunstancia tan penosa como es la pérdida de un ser querido, aprovechando que nadie reparará en gastos a la hora de darle sepultura o de incinerarlo, es además inmoral.