jueves, 14 de junio de 2018

El tamaño sí importa




Soy consciente de que el título que he elegido para esta entrada puede dar lugar a un equívoco. Muchas cosas en esta vida tienen un doble sentido, un mismo concepto puede aplicarse a cosas muy distintas. Siento haberos alarmado o defraudado, pero el tamaño al que aquí me refiero, como habréis podido deducir de la imagen, es el de ciertos textos.

Creo haber dicho en alguna ocasión que me considero un lector lento. No sé si serán los años, pero cada vez tardo más en leer un libro y los libros muy extensos me provocan, de antemano, rechazo. Obviamente, si el libro lo vale, no me queda más remedio que leerlo hasta el final, aunque la empresa resulte larga y tediosa.

También es cierto que, contrariamente a lo que pudiera parecer, al estar jubilado y disponer de mucho más tiempo libre, dedico ahora mucho menos tiempo a la lectura que cuando estaba en activo. Si exceptuamos los fines de semana, solo le dedico a la lectura una media hora diaria, todas las noches, lo que suelen tardar mis párpados en querer cerrarse. De hecho, me acuesto antes de lo que me pide el cuerpo para poder satisfacer mis deseos de lectura, pues me encanta leer en la cama, cómodo y relajado, aunque esta práctica tiene un efecto secundario: la somnolencia. Antes de jubilarme, en cambio, cuando pasaba casi doce horas fuera de casa, leía unas cuatro horas al día. El estrés y la necesidad de desconectar eran los responsables. El insomnio me obligaba a levantarme cuando apenas clareaba, momento que aprovechaba para leer. Y al regresar al hogar dulce hogar, seguía con la lectura hasta la hora de cenar. Así cada día.

Quizá sean, pues, estas dos razones (mi lentitud lectora y el menor tiempo destinado a ello) las principales culpables de que un libro de más de 800 páginas me resulte actualmente un “tocho” más pesado que diez ladrillos macizos. Una novela de tal envergadura puede durarme un mes. Pero al margen de estas circunstancias personales, cada vez me parecen menos atractivas las novelas largas sin justificación aparente, salvo el mero hecho de desear ilustrar, intercalando descripciones, situaciones, e incluso personajes innecesarios que nada aportan a la trama y solo sirven para distraer (y aburrir) al lector y tenerlo ocupado leyendo páginas y más páginas, haciendo gala, eso sí, de un exquisito estilo narrativo que con frecuencia resulta, para mi gusto, demasiado grandilocuente y florido. En más de una ocasión he dicho que parece como si sus autores cobraran o las editoriales fijaran el precio del libro en función del número de páginas.

Pero si un libro muy extenso puede resultar agobiante e incluso pesado, ¿qué ocurre con textos que, por naturaleza, son muchísimo más breves? ¿El tamaño, o la longitud, también importa en estos casos?

La redacción de un escrito comercial u oficial, por ejemplo, tiene que ser clara y concisa, evitando andarse con rodeos e ir al grano si se quiere asegurar el interés y la comprensión lectora de su receptor. Lo mismo debería ocurrir con los contratos y documentos de cualquier índole, si excluimos los sumarios judiciales que suelen tener miles de páginas con un contenido solo apto para sesudos letrados. Pero ¿qué tal si evaluamos este aspecto en otro tipo de textos, como los relatos, crónicas, reseñas, y cualquier entrada en general que se publica en un blog?

Asesores en escritura, personas mucho más entendidas que yo en esta materia, se han pronunciado reiteradamente sobre la conveniencia de evitar textos demasiado largos para no cansar al lector y mantener su atención, y debo darles la razón, pues yo mismo he eludido leer, en más de una ocasión, un texto por su excesiva longitud. Cuando intuyo que su lectura me llevará más de lo que en ese momento estoy dispuesto a invertir, me lo pienso dos veces. Solo si el tema me atrae y su autor o autora es de mi agrado, sigo adelante o bien pospongo la lectura para otro día, cuando tenga más tiempo o paciencia. 

Reconozco que yo mismo, en más de una ocasión, he producido relatos más largos de lo que es habitual en mí, en cuyo caso, consciente de que ello puede producir el mismo rechazo que yo siento ante escritos ajenos de igual longitud, he decidido dividirlos en dos o más episodios, aprovechando esta circunstancia para darle a la historia un toque de suspense al interrumpir la narración en un punto álgido, lo que se conoce como “Cliffhanger”, término que suena muy chulo y que desconocía, lo admito, hasta que lectores-escritores de mejor formación literaria que yo me lo mencionaron.

Me consta que hay a quien no le gustan los relatos por entregas y prefieren leerlo de corrido y conocer, de este modo, el final sin necesidad de esperar días o semanas. Ciertamente hay relatos por capítulos que se publican con tal dilación (entre un capítulo y el siguiente pueden haber transcurrido semanas) que uno ya se ha olvidado de qué iba la historia y a pesar de que algunos autores incluyen un enlace al capítulo anterior para refrescar la memoria, ello implica dedicar un tiempo extra a releer lo olvidado.

Así que me he encontrado, en más de una ocasión, con el dilema de escribir un relato entero o fragmentado y, en este último caso, cuánto tiempo debía dejar transcurrir entre episodios para que 1) los lectores rezagados tengan tiempo de leer uno antes de haber publicado el siguiente, y 2) que los adelantados no se "despisten" mientras esperan la continuación. Pero la frecuencia en la publicación ya es otro tema que ahora no viene a cuento, aunque también tiene su miga, para bien y para mal.

Llegado a este punto, cabe preguntarse, pues: ¿Cuál es la longitud óptima?

Ya conocemos el adagio en latín que reza “de gustibus non est disputandum”. Vamos, que para gustos los colores, y esta no será una excepción a la regla. Hay a quien le gustan los relatos largos y hay quien prefiere los breves y más aún los microrrelatos, pero si me atengo a la opinión de quienes son más duchos en la materia, el tamaño es algo que hay que tener siempre en cuenta al escribir. Así, según alguno de estos asesores, el tamaño idóneo de un artículo de blog es de 1.600 palabras o 7 minutos de lectura. Pero como toda norma tiene su flexibilidad y cada maestrillo su librillo, hay quien defiende a ultranza que lo importante es la calidad más que la cantidad, así que no pasa nada si un post alcanza las 2.500 e incluso las 3.000 palabras. Si, por el contrario, se queda en 700 ó 900 palabras, tampoco es importante. Y esa recomendación también puede aplicarse a otros textos. Así, un tuit no debería superar los 100 caracteres, un comentario en Facebook 40 caracteres. Incluso he hallado consejos sobre la longitud adecuada de un párrafo, de un correo electrónico. ¡Hasta de un título! Si esos “expertos” están en lo cierto, entonces significa que el tamaño tiene mucha importancia.

Por lo tanto, del mismo modo que en el contexto de la otra acepción del título que encabeza esta entrada, algunos corren a comprobar si su atributo masculino cumple con el tamaño ideal, yo he hecho lo mismo con mis posts, ya sean reflexiones en este Cuaderno de bitácora o relatos en Retales de una vida.

Así pues, en lo que llevamos de año, los textos de mayor tamaño que he publicado en una sola entrega han oscilado entre 2.000 y 2.700 palabras, y los publicados en dos entregas tuvieron una longitud total entre 4.300 y 5.000 palabras, es decir, unas 2.000-2.500 palabras cada una, lo cual encajaría con lo indicado por los autores consultados. Si son largos o cortos solo el lector o lectora podrá decirlo, pero yo sigo creyendo que lo mejor es ceñirse a un tamaño no demasiado largo, entendiendo como tal un texto que no supere las 3.000 palabras.

Aun dando por sentado que la calidad es lo más importante, ¿qué opinión os merecen, en términos generales, los textos extensos? ¿Controláis la longitud de vuestros escritos? ¿Estáis de acuerdo con Baltasar Gracián en que lo bueno, si breve, dos veces bueno? En definitiva, ¿creéis, como yo, que el tamaño sí importa?



martes, 29 de mayo de 2018

La soledad de los hoteles




Hoteles de lujo en los lugares más emblemáticos y glamurosos, junto al lago Ontario en Toronto o Michigan en Chicago; con vistas al neoyorquino Central Park o en la Quinta Avenida; en el moderno barrio parisino de La Défense, frente al londinense Marble Arch o próximo a la bahía de San Francisco. Habitaciones con todos los adelantos y elementos necesarios para que la estancia resulte lo más cómoda posible: grandes ventanales, salón anexo al dormitorio con mueble bar generosamente equipado, televisor con pantalla LCD y con acceso a decenas canales de televisión por cable. En el baño, el más completo surtido de artículos de limpieza y cosmética, con las toallas más grandes y suaves del mercado y un par de albornoces con pantuflas incluidas. Instalaciones con todo tipo de servicios públicos y privados: restaurantes temáticos, sala de fiestas, Spa, gimnasio, piscina, masajes, etc. Todo ello para hacer la estancia más placentera.

Qué bonito es viajar y poder disfrutar de ese confort, os diréis. Sin duda. Pero no todo es miel sobre hojuelas, ni todo el monte es orégano, ni es oro todo lo que reluce, según el gusto del consumidor de refranes, porque hay un elemento crucial que puede hacer que todo lo anterior carezca del valor “extra ordinario” que quiere otorgarle la cadena hotelera y que pase desapercibido, si no en su totalidad, sí en gran parte: la soledad del usuario.

Nunca me he sentido más solo que en una habitación de hotel, tras cerrar la puerta, dejando atrás un largo y pesado viaje y teniendo ante a mí varios días de largas y tediosas reuniones.

Mis viajes por trabajo han consistido, por lo general, en la asistencia a reuniones con colegas de otras filiales de la empresa o bien a simposios y congresos del sector farmacéutico. En la gran mayoría de ocasiones he asistido solo (por lo del ahorro), sin una compañía que pudiera hacer más amena y llevadera la estancia. Si bien la soledad tiene la ventaja de la libertad de movimientos, por otro lado, no tienes con quien compartir ni una triste cerveza en esos escasos y preciados momentos de relajación. Aunque también debo decir que en alguna ocasión en la que ello no ha sido así, he pensado en el refrán de que más vale solo que mal acompañado.

Lo único positivo de algunos viajes ha sido la posibilidad de hacer turismo, aprovechando el habitualmente escaso tiempo libre antes o después de las sesiones de trabajo, ya que durante las mismas no te queda más remedio que confraternizar con tus colegas pues, por muy amigables que sean, llega un momento en que uno necesita desconectar y dejar de hablar y pensar en inglés. En el caso de un simposio o congreso, donde no conoces a nadie, la situación puede llegar a ser más abrumadora, ya que te sientes obligado a entablar conversación con desconocidos con los que apenas tienes algo en común. Únicamente después de cenar recobras ese esperado instante de libertad que aprovechas para retirarte a tu habitación y encontrarte solo entre cuatro paredes lujosamente decoradas. Y es que esas cuatro paredes solo son un reducto de sosiego y desconexión temporal de la agobiante labor de las relaciones públicas profesionales.

Mirar (que no ver) la televisión tumbado en una confortable cama King-size, con cuatro o cinco almohadas con distinto relleno y textura, cambiando de canal, a cual más aburrido (y luego nos quejamos de los programas de las cadenas españolas), o mirar el techo buscando el modo de relajarte y prepararte anímicamente para la reunión o sesión del día siguiente, o contemplar tras los cristales del ventanal la increíble vista de la ciudad bajo la luz del crepúsculo, para acabar rellenando el tarjetón, que luego colgarás del pomo exterior de la puerta, en el que has indicado lo que quieres tomar de desayuno y la hora o margen horario en el que deseas recibirlo en tu confortable habitación, y poniendo el despertador (no me fio de los conserjes encargados del morning call) a una hora muy temprana para que el camarero o camarera del servicio de habitaciones no te pille por la mañana en la ducha o en calzoncillos, tarea esta innecesaria pues siempre te despiertas con mucha antelación, por eso de los nervios. Esa es la vida privada que cada noche se repite en la lujosa habitación de hotel que te ha tocado en suerte.

Volviendo a la actividad de “turista accidental”, en bastantes las ocasiones, debido al calendario y horario de vuelos, he debido acudir a la localidad donde tenía lugar el evento un día antes o bien marcharme un día después que el resto de asistentes. Han sido, pues, esos momentos libres de obligaciones profesionales los que he podido dedicar a conocer someramente las ciudades en las que me he alojado. Pero lo que para muchos habría sido motivo de placer (cuántas veces han envidiado mi suerte amigos y familiares), en mi caso, aun sacándole el máximo provecho, ha resultado un motivo más para sentir lo que llamaría la soledad del viajero. Pasear solo, visitar un museo solo, almorzar y cenar solo, dormir solo. La peor experiencia en este sentido fueron los cuarenta días que tuve que pasar en Bruselas en acto de servicio para la empresa belga en la que entonces trabajaba. Si bien dediqué los fines de semana a recorrer la ciudad y alrededores, todas las tardes, grises y oscuras, de aquellos meses de enero y febrero, tras la jornada laboral, me encontraba recorriendo a solas las calles con la única compañía de un paraguas que me protegía de la recalcitrante aguanieve y cenando (mi superior belga fue muy generoso y bondadoso conmigo) en los mejores restaurantes bruselenses que rodean la Grand-Place. Cada vez que el maître, viéndome solo, me preguntaba lo evidente, “¿mesa para una persona?”, me asaltaba una extraña sensación de rareza y abandono. Quizá todo esto suene a la percepción de un ser triste y deprimido. ¿Qué queréis que os diga? Quizá sí. Tenía veinticinco años y era la primera vez que salía de España solo y por motivos de trabajo. Pero esa solo fue la primera de las muchas experiencias que le han seguido, aunque ninguna tan prolongada.

Cuando estás ─o te sientes─ solo, rodeado de una muchedumbre desconocida y extraña para ti, las horas se hacen interminables en cualquier parte. Salas de espera en terminales interminables, enormes y fríos vestíbulos de hotel, bares y restaurantes abarrotados de clientes, ya sean parejas o grupos de amigos. Y tú ocupando una mesa en un rincón de la sala o del comedor para intentar pasar desapercibido y contando las horas para estar de nuevo con los tuyos, en tu ambiente y con la compañía que deseas y echas en falta.

He estado en muchos hoteles y ciudades de Europa y América por trabajo y nunca me he sentido totalmente a gusto. Llamar a casa y oír una voz querida era lo único que llenaba de luz esa penumbra anímica que me provocaba la soledad.

Quizá sea un tipo raro, o por lo menos atípico, pero para mí no hay nada menor que estar en casa. Y si hay que hacer turismo, que sea en grata compañía. La soledad de los hoteles no se la deseo a nadie.



martes, 22 de mayo de 2018

La letra con sangre entra

Este post se publicó ayer en "Tertulia de Escritores" respondiendo a la invitación de su administradora, Lola O. Rubio. Como no veo ningún inconveniente en compartirlo también en este blog, siendo yo el autor del texto, aquí os dejo mi análisis sobre un estilo educativo que los que ya peinamos canas hemos tenido la oportunidad de conocer y sufrir.





Este famoso aforismo se le adjudica a Domingo Faustino Sarmiento, presidente de Argentina entre 1868 y1874, pedagogo, filósofo y docente, y que, al parecer, nació a raíz de un artículo que escribió sobre el efecto a largo plazo resultante de azotar a los niños en su cociente intelectual.

Esta creencia en la dureza en el trato a los estudiantes para favorecer su rendimiento escolar, tuvo uno de sus más entusiastas seguidores en el sistema de enseñanza inglés, sobre todo hacia finales de la época victoriana, en la que la rigidez disciplinaria era la base en la que se sustentaba su sistema educativo eminentemente tradicionalista. Colegios y residencias privadas hacían gala de dicha severidad y, a la par, del alto nivel de preparación con la que se graduaban sus alumnos. Internados y escuelas de élite prodigaban el castigo y un rigor casi militar para formar a sus alumnos, con el beneplácito de los padres y de la sociedad en general.

En nuestro país, en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, era práctica habitual que en los colegios, sobre todo religiosos, se aplicara mano dura con los alumnos, no solo para formarlos como buenos cristianos y ciudadanos sino también para mejorar su actitud en el estudio y aprendizaje. Golpear con una regla o tablilla de madera la palma de la mano o las yemas de los dedos, método este más doloroso, lanzar el borrador e incluso una vara a modo de proyectil (mi profesor de latín, practicante de este ejercicio, la apodaba “la milagrosa” por sus dones persuasivos), tirar de las patillas hasta obligar al alumno a levantarse y ponerse de puntillas, propinar un cogotazo a traición por pillarte hablando durante la hora de estudio (así entendí el significado de “ver las estrellas”), y otras pequeñas salvajadas, son unos pocos pero representativos ejemplos del trato que se dispensaba a los alumnos “díscolos” en mi colegio privado y religioso, del que, a pesar de todo, guardo un buen recuerdo. No vayáis a pensar que un servidor era uno de esos colegiales díscolos. En absoluto. Podría decirse que era un alumno ejemplar. Pero hasta el mejor de los mejores tiene alguna vez un desliz en forma de unos ejercicios no resueltos, un borrón en la lámina de dibujo, una lección no bien aprendida o ser un charlatán en clase o en Misa (que hasta cierta edad era diaria).

Hoy día serían inconcebibles tales comportamientos. En aquella época, ir a tu padre con el cuento de que el profesor te ha puesto la mano encima era motivo suficiente para que tu progenitor hiciera lo propio ─dos tortazos al precio de uno─, respaldando al docente con el argumento de que “algo habrás hecho”. Hoy, en cambio, por mucho menos, el maestro o maestra podría ser objeto de insultos y amenazas por parte de los padres del chico o chica ofendido/a, la apertura de un expediente disciplinario o quizá incluso la expulsión del centro docente. Antes, los niños más disciplinados, como yo, podían ser sometidos a escarnio y al castigo por parte de algún profesor que se excedía en sus atribuciones y autoridad. Hoy esa autoridad ha menguado sustancialmente y hasta el alumno más gamberro goza de una protección inmerecida. Como ha ocurrido con otras muchas cosas en este país, hemos pasado de un extremo al opuesto en cuestión de unas pocas décadas.

En aquel entonces, las amenazas y el temor al castigo, en cualquiera de sus manifestaciones, eran motivos más que suficientes para que un alumno mínimamente disciplinado se esforzara en cumplir con las tareas encomendadas, a hacer los deberes hasta la hora de cenar, de lunes a viernes, y durante una buena parte del fin de semana (hasta mediados de los años 60 el sábado por la mañana era lectivo), aprendiéndose la lección de memoria sin importar su comprensión ni utilidad. Porque esta era otra cuestión: la inteligibilidad de lo enseñado, tanto por vía oral como escrita, era lo de menos. Muchos profesores se limitaban a recitar la lección tal como lo habían venido haciendo durante toda su vida laboral, a veces con tal entusiasmo que tenía verdaderos efectos somníferos. Por su parte, los libros de texto, especialmente los de ciencias, estaban redactados con un vocabulario demasiado enrevesado para un chaval de 10 e incluso de 14 años.

¿Qué es un logaritmo y para qué sirve? O una derivada. O una integral. O… Qué más da, se aprende de memoria y punto. Hay que aprobar el examen y eso es lo realmente importante.

Cuando ya siendo padre de familia, veía los libros de texto de mis hijas, quedaba agradablemente sorprendido. Dibujos explicativos ilustrando un texto teórico mucho más “amigable”. Todo mucho más gráfico y comprensible. Me dieron ganas de matricularme en primero de ESO para empezar de nuevo. Luego volvieron a cambiar los planes de estudio, y con ellos supongo que también los libros de texto, supuestamente para mejor.

Siendo así, era de suponer que el nivel de conocimientos de la juventud actual, instruida siguiendo esos sistemas de enseñanza tan didácticos, sería mucho más elevado que el de mi generación, que aprendimos a palos, metafóricamente hablando. Craso error. El fracaso escolar en España es actualmente uno de los más altos de la UE, y el nivel de conocimientos de nuestros estudiantes está por debajo de la media europea. No cito cifras porque las distintas fuentes consultadas arrojan datos no coincidentes más que en la unanimidad de que nuestros jóvenes no están lo suficientemente “ilustrados”, y ni siquiera tienen un nivel de comprensión lectora adecuado. ¿Qué decir ante ello? ¿Cómo se explica?

Procedo de una época en que el nivel de analfabetismo en España estaba en torno al 17% y la tasa de niños escolarizados, a pesar de la ley, solo alcanzaba el 35%. Por lo tanto, que haya personas de mi edad cuyo nivel cultural sea bajo o muy bajo es comprensible. Pero lo que no entiendo es que jóvenes que han cursado la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) hasta los 16 años, no sepan apenas nada de la Revolución Francesa, de la Segunda Guerra Mundial, de quién fue Stalin o Mao, ni mencionar una sola obra de Lope de Vega, ni, horror, saber situar en el mapa alguna de las ciudades y ríos más importantes de la Península Ibérica.

No quisiera generalizar. Hay alumnos y jóvenes muy cultos, por supuesto, pero me da la sensación de que no son mayoría. También es verdad que siempre ha habido malos estudiantes y estudiantes zoquetes. Yo no fui precisamente un estudiante brillante pero sí trabajador, a pesar de no saber para qué servían algunas de las cosas que me enseñaban. Quizá si hubiera gozado de los métodos actuales sí habría sido un alumno sobresaliente. Esto nunca lo sabré. Pero lo que no puedo aceptar es que, existiendo una enseñanza obligatoria que todo alumno debe seguir y superar, haya jóvenes (y no pocos) que tengan una cultura general muy por debajo de lo esperado y deseable. ¿Cómo puede haber licenciados que cometan faltas de ortografía? ¿Cómo puede haber jóvenes con estudios superiores que no han leído un libro en su vida de forma voluntaria?

¿En qué han fallado los sucesivos sistemas educativos que han visitado nuestras aulas durante los últimos treinta años? ¿Acaso era mejor el sistema educativo de los años 50 y 60? Si nos atenemos a los resultados ¿será cierto que la única forma de que un alumno estudie y aprenda es a base de correctivos? La idea me asusta.

Hasta ahora había creído fervientemente en los refranes y en las frases grandilocuentes convertidas en máximas populares. Pero ahora tengo serias dudas sobre la que encabeza esta entrada. ¿Qué ventajas e inconvenientes tiene la disciplina y mano dura en la enseñanza? ¿En dónde reside el éxito de una buena educación? ¿En el alumno, en el profesor o en el sistema? ¿En todos ellos a la vez? ¿Cómo puede ser que, con unos profesores incompetentes y un sistema arcaico, los alumnos de mi generación, tan listos o tan tontos como los de ahora, tengamos ─al menos esta es mi percepción─ unos mayores conocimientos tanto en materias de ciencias como de letras?

Hace mucho tiempo que me propuse no convertirme en uno de esos viejos que añoran el pasado y reniegan de la juventud actual. Pero viendo cómo está el país, no puedo evitar temer que lo dirijan en un futuro quienes ahora no saben ubicar Australia en el mapamundi.


Ilustración: Escuela de pueblo, de Albert Anker (1831-1910)


viernes, 11 de mayo de 2018

¿Quién hay detrás de esta firma?


Esta vez no voy a andarme con rodeos, ni con sutilezas, dejando al lector adivinar o sospechar quién está detrás de la historia, como hice en mi relato “El hombre más poderoso” (Relates de una vida, 05-02-2018). No, esta vez hablo de Donald John Trump, el magnate y político norteamericano, presidente de los EEUU por obra y gracia de sus votantes y propietario de esta firma. No hay posibilidad de confusión, no hay ─creo yo─ otra firma igual. No hay que ser un experto en grafología, cada firma lleva su seña distintiva de identidad. Vale, no es como una huella dactilar, pero casi. Así pues, ¿quién se esconde detrás de esta firma sin igual?

Según los expertos en el tema, la grafología es una pseudociencia que pretende definir la personalidad y el carácter de una persona. Según sus defensores, sin embargo, la escritura sí es una expresión de la personalidad. Algunos grafólogos incluso opinan que puede servir para diagnosticar el grado de salud mental de un individuo.

Recordaréis que, ante las continuas sospechas o acusaciones de desequilibrio mental de Trump, este fue sometido, por voluntad propia, a un test psicológico que determinó que sus facultades mentales eran óptimas. Según el médico de la Casa Blanca, Ronny Jackson, no había duda de que el presidente, “pese a bordear la obesidad y de abusar de las hamburguesas, estaba en plena forma física”. En cuanto a su salud mental, la prueba a la que fue sometido, un test cognitivo conocido como Montreal Cognitive Assesment, que evalúa básicamente la atención, concentración, memoria, lenguaje, pensamiento conceptual, capacidad de cálculo y orientación de un individuo, dio resultados más que satisfactorios. Dicho de otro modo, que Donald Trump es capaz de concentrarse, entender y memorizar lo que le dicen, sabe expresarlo ─a su manera─, y calcular y orientarse correctamente. Lo que ya no sé ─seguramente porque no soy psicólogo clínico─ es si sabe calcular el alcance de sus decisiones. El hombre está, pues, sano y cuerdo. Veamos ahora, según la grafología, qué tipo de hombre sano es.

En un artículo publicado el 30 de enero de 2017 en RT por María Jesús Vigo Pastur (ignoro la intencionalidad de esta redactora y técnica de comunicación), la grafóloga y perito calígrafo, Sandra Cerro, una de las expertas en grafología más reconocidas y solicitadas de España, calificó la personalidad de Trump, en base a su firma, del siguiente modo:

Las mayúsculas iniciales altas, forma angulosa (los llamados dientes de sierra) o ejecución en eje vertical, denotan autoridad, orgullo, inflexibilidad, temperamento fuerte y determinación.

La escritura continua, uniendo unas letras con otras, y la forma de terminar la firma indica un carácter de líder autoritario, el del yo ordeno y mando, más autoafirmador que realizador.

Esta información, según Sandra Cerro, revela que Trump es el “clásico líder dictatorial de tipo coercitivo”, que demanda ser el centro de atención y que requiere obediencia inmediata y sumisión por parte de sus subordinados. “Es una persona intransigente, que le cuesta ser flexible a la hora de respetar las opiniones y criterios de los demás”. Finalmente, lo califica como “una persona vanidosa y con una autoestima bastante alta (¿solo bastante?), a quien le gusta el ejercicio del poder desde la cúspide”.

Pero no todo van a ser rasgos negativos. Entre los positivos, la grafóloga destaca “su gran determinación y perseverancia. No para hasta conseguir sus objetivos”, aunque, a mi modesto entender, estas cualidades pueden ser un arma de doble filo, según sea el objetivo de su determinación. Lo que sí resulta claramente positivo y tranquilizador es que, según esta experta, también “es una persona moderada y reflexiva, en tanto que no es una persona impulsiva que se lance sin control a enfrentar decisiones o proyectos”. A mi modo de ver, no es esta la imagen que da ese mandatario ante las cámaras. Pero si lo dice la reputada grafóloga y perito calígrafo, por algo será.

Solo espero que así sea, y que esta cualidad la comparta con su rival en la política estratégica internacional Kim Jong-un, de cuya firma no he logrado obtener una imagen clara y fiable (¿será un secreto de Estado?), aunque recientemente este líder parece mostrar una cara más amable y una actitud más tolerante de la que nos tiene acostumbrados.

¿Y por qué tanto interés por la personalidad de Donald J, Trump?, os preguntaréis. Pues no sé. ¿Será porque le veo a diario, porque me cae fatal, porque es uno de los hombres más poderosos del mundo y porque tiene, en algún lugar ─espero que a buen recaudo─, un botón nuclear que, según sus propias palabras, es más grande y más poderoso que el de su colega norcoreano?



jueves, 26 de abril de 2018

El (auto)engaño de las rebajas




Todavía faltan unos meses, pero hay que ir calentando motores. Las rebajas se acercan inexorablemente, preparad la cabeza y los bolsillos porque quizá no salgan tan a cuenta como tenéis pensado.

¿Realmente se ahorra dinero con las rebajas? ¿No acabaremos comprando más de lo que necesitamos y, por lo tanto, gastaremos más de lo estrictamente necesario?

Al margen de que con algunos productos, especialmente ropa de vestir, nos pueden dar gato por liebre, colándonos un artículo excedente de la pasada temporada, lo cual es un claro fraude, si no estafa, otro engaño es el que nos autoinfligimos, comprando más de lo necesario y acabando gastando más de lo que pretendíamos.

Si escribo en plural no es porque me incluya como comprador, pues no suelo ser amante de las rebajas por estos motivos, sino como miembro de esta sociedad de consumo que no está libre de caer alguna vez en esa trampa.

Lógico es que si, por ejemplo, necesito comprarme un traje, espere, si puedo, a las rebajas de julio o enero, con lo cual me ahorraré un buen dinero. Pero otra cosa es que, como ese traje cuesta un 40% por debajo de su precio habitual, me compre dos aprovechando esa rebaja sustancial. Pero ¿necesitaba dos trajes? Si es así, nada que objetar, he adquirido dos trajes por poco más de lo que cuesta uno fuera de rebajas. Lo mismo podría suceder con una camisa o unas bermudas, pues, aunque la intención inicial era comprar una unidad, al final han sido dos, que nunca vienen mal. Pero en muchos otros casos, ¿necesitamos realmente dos unidades? ¿Compraríamos dos ollas a presión o dos hornos microondas por el simple hecho de que están rebajadas un 70%? Supongo que si se tiene una segunda residencia quizá sí.

Posiblemente mi opinión sea (¿un poco, mucho?) machista, pero creo que las mujeres son una presa mucho más fácil que el hombre en el terreno de la ropa, zapatos y complementos, aunque quizá esto también esté cambiando en la sociedad moderna. Yo solo puedo hablar por los de mi generación. ¿Acabar comprando dos parejas de zapatos, dos blusas, dos chaquetas, dos faldas, dos pantalones, etc., etc., etc., solo porque están muy bien de precio es rentable? Para responder a esta pregunta solo hay que hacer números y comparar lo que costaría comprar las unidades que realmente se necesitan al precio rebajado con el gasto final que ha representado la compra de más unidades de las realmente necesarias. Cuando se plantea a una compradora de rebajas esta cuestión, la respuesta es siempre la misma: ¡pero si estaban casi a mitad de precio!

Estoy seguro de que en un gran porcentaje de casos, comprar en época de rebajas, siguiendo este patrón de conducta, resulta más caro que durante la temporada normal. Si en junio o diciembre quiero comprarme un bañador o un abrigo, respectivamente, lógico es que espere un mes y me costará bastante menos, eso sin tener en cuenta lo dicho anteriormente sobre si lo que compraré en ambos casos será exactamente lo mismo o algo parecido y de menor calidad.

No digo que no haya casos en que los comercios ofrezcan el mismo producto algo rebajado para captar más clientes y asegurarse una buena campaña, pero cuando el porcentaje de rebaja es tan alto como el 70%, aquí hay truco. Seguramente quieren sacarse de encima modelos anticuados o invendibles o con alguna pequeña tara, y con el enorme margen de beneficio que tienen las prendas de vestir, cuentan que, con el efecto llamada, al final acabarán con unos beneficios que, de otro modo, no habrían obtenido.

¿Todos salen ganando con las rebajas? Depende. Los comerciantes por supuesto que sí, de lo contrario no existiría esta práctica. Pero ¿y el comprador? ¿Cuánto ha acabado saliendo de su bolsillo? ¿Realmente ha ahorrado con respecto a lo que habría gastado si solo hubiera adquirido lo justo y necesario?

Yo creo que, durante las rebajas, a veces nos engañan y muchas otras nos engañamos sin pensarlo.

Así pues, empezad a pensar en ello. Que no nos engañen ni nos autoengañemos.



martes, 17 de abril de 2018

Los hombres-niño




Hoy traigo un tema que no es conflictivo ni creo que pueda herir susceptibilidades, a menos que alguien se vea reflejado o se sienta aludido, cosa que dudo. Digamos que es una simple reflexión sobre lo que considero un curioso, por no llamarlo extraño e impropio, comportamiento de algunos fanáticos del fútbol.

Hay un antiguo dicho inglés que dice así: “El fútbol es un juego de caballeros jugado por villanos y el rugby es un juego de villanos jugado por caballeros”. Sería como decir que en el deporte las apariencias también engañan.

Esta entrada no va sobre la violencia en el fútbol, sobre los hinchas energúmenos, los supporters descontrolados o hooligans ─los auténticos villanos─, cuyo comportamiento degenera en una lamentable agresividad fuera del campo, que muchas veces esconde una rivalidad extradeportiva y que raya el límite de la delincuencia. No, mi comentario de hoy va de algo mucho más simple pero no por ello menos inquietante desde mi punto de vista.

Que a los críos les encanta las pelotas es algo tan obvio como que la tierra no es plana. Es divertido jugar con una pelota. Siempre ha sido así. Y como todos sabemos que el fútbol es el deporte rey, desde que tengo uso de razón, este ha sido y sigue siendo un juego apasionante para la mayoría de los españoles, mayores y pequeños.

Lo que, a mi juicio, resulta digno de estudio es el hecho de que, llegada la edad adulta, muchos hombres ─no recuerdo haberlo visto en mujeres, aunque todo se andará─ sigan mostrando un comportamiento pueril en torno al fútbol. De ahí que los haya bautizado como “hombres-niño”.

Debo reconocer que no soy muy aficionado al fútbol, solo me interesa de forma muy ocasional. Tampoco soy aficionado a ningún deporte (un poco rarito sí que debo ser, tendré que hacérmelo mirar, aunque me temo que ya he llegado tarde). Aun así, comprendo perfectamente y empatizo con quienes sí lo son y entiendo la alegría o la decepción ante el triunfo o la derrota de su equipo, y ya no digamos cuando está en juego ganar o perder un campeonato. Pero muy distinto es ver gritar como un histérico o llorar como un niño a un adulto ante una jugada excelente o, por el contrario, controvertida, o ante un resultado favorable o adverso.

Y ahora viene el momento de poner un par de ejemplos (no son muchos, pero sí bastante elocuentes) para abandonar el terreno de la elucubración. Seguramente hay muchos más pero solo he sido testigo de estos dos, será porque no soy un seguidor de los programas deportivos.  Por mucho que se diga que una flor no hace primavera, estoy convencido de que estamos ante un hecho bastante frecuente. Si he elegido estos dos casos ha sido por su notoriedad y no movido por ninguna animadversión hacia ellos ni hacia los equipos de los que son seguidores. Quien los conozca podrá juzgar por sí mismo. Y quien no, tendrá que fiarse de mi palabra.

El primer protagonista de esa conducta “peculiar” es Tomás Roncero, 52 años, periodista deportivo y redactor jefe del diario AS, cuya actitud es más propia de un niño de corta edad, tirándose de los pelos, revolcándose por el suelo, poniendo a prueba sus cuerdas vocales, llorando de alegría, besando la pantalla de plasma de un televisor, gesticulando y braceando histéricamente como signo de emoción ante una proeza de su ídolo o equipo, o bien de protesta ante una supuesta injusticia arbitral en su contra.

Al principio pensé que solo se trataba de hacer comedia, una puesta en escena para encender los ánimos de sus oponentes o enardecer los de sus partidarios. Pero su última y reciente escenificación, llorando a lágrima viva tras el gol de Cristiano Ronaldo que clasificó al Real Madrid para las semifinales de la Champions League, corroboró el realismo de su conducta.

Y como en todas partes, y países, cuecen habas, también he podido observar idéntico comportamiento ante las cámaras al segundo protagonista de este relato, Tiziano Crudeli, 74 años, presentador y periodista deportivo italiano, a quien, viendo sus colosales y antinaturales explosiones de cólera ante un gol marcado a su amado Inter de Milán o de júbilo viéndole ganar un partido, he llegado a temer que le diera un ataque al corazón en pleno estudio de televisión.

¿Es normal que una persona adulta y con un mínimo de luces se comporte de esta manera ante algo que, por muy apasionante que resulte, no es más que un juego? ¿Tan trascendental es para la vida de una persona, por muy periodista deportivo que sea, que su equipo gane o pierda un partido, aun siendo una competición europea o mundial, como para armar tal revuelo? ¿Tan importante es el fútbol para que desate estas pasiones descontroladas? ¿Por qué no ocurre lo mismo en otros deportes como el balonmano, el balonvolea, el waterpolo o el tenis? Aunque el elemento común de estos juegos sea una pelota, supongo que no es esta la culpable de esos arrebatos desmedidos, sino el juego en sí. ¿Qué tiene, pues, el fútbol que convierte a un hombre en niño o, peor aún, en un energúmeno?

Cuando uno participa como espectador en un determinado juego deportivo es lógico dejarse llevar por el apasionamiento, pero jamás se deberían perder los modales. Si esas reacciones irracionales a las que he aludido tuvieran lugar en personas con un bajo nivel de civismo y educación, sería hasta cierto punto entendible, aunque no por ello justificable. Lo que ya no me resulta comprensible es que este comportamiento infantiloide se de en personas con un supuesto nivel cultural aceptable.

Los hombres-lobo son un mito, pero los hombres-niño parece que son una realidad. ¿Conocéis personalmente a alguno? ¿Acaso sois uno de ellos?


jueves, 5 de abril de 2018

Apariciones y desapariciones




No se trata esta de una entrada sobre espíritus o fantasmas, ni sobre nada paranormal. Solo trata del comportamiento de mis blogs ─y supongo que de muchos más─, que se hinchan y deshinchan como un pez globo. Si al principio se me antojaba un efecto extraño, pues era algo ajeno a mi voluntad, luego entendí a qué podía deberse y ahora soy yo quien contribuye a ello.

Durante un curso al que asistí sobre asertividad, impartido por el psicólogo clínico Enrique García Huete, este nos habló de los distintos grados que existen en las relaciones humanas y afirmó que el círculo de amistades está formado por un número limitado de estas y que no puede expandirse más allá de un determinado valor, dependiendo de cada persona. Superado este valor máximo, cada nueva “entrada” lleva aparejada, tarde o temprano, una “salida”, manteniéndolo así constante. Según él, el motivo es que no podemos mantener un número ilimitado de relaciones estrechas. Solo podemos dedicarles un tiempo restringido, por lo que no podemos cultivarlas todas a la vez durante mucho tiempo.

Algo parecido debe haber sucedido con mis blogs, pues he observado cómo a lo largo de sus cuatro años y medio de vida han ido cambiado sus seguidores. Y como seguidores me refiero a quienes, con su constante presencia y comentarios, lo mantienen vivo. Al principio, cada nuevo “adepto” era motivo de satisfacción, de regocijo. Los blogs iban ganando seguidores y creciendo en comentarios, hasta alcanzar un estado de equilibrio en el que existía una reciprocidad de visitas y comentarios. Al cabo de un tiempo, sin embargo, salvo alguna honrosa excepción, todos mis visitantes fueron desapareciendo paulatinamente, una fuga esta que, afortunadamente, se vio compensada con nuevas “apariciones”. Aun así, no dejaba de llamarme la atención esas salidas aparentemente inexplicables.

Pensaba que un lector solo se hace asiduo de un blog si se siente complacido por la calidad de lo que lee y por el interés que ello le despierta y no debe mantenerse fiel al mismo por conveniencia o por amabilidad. Si el blog deja de interesarle o le acaba defraudando, es lógico que lo abandone y dedique su tiempo a otros textos y menesteres más seductores.

Todos sabemos que hay quienes solo te leen si tú les lees, hecho en el no voy a abundar por reiterativo. Ello, sin embargo, podría ser uno de los motivos de haber ido perdiendo algunos seguidores, pues he dejado de seguir algunos blogs por falta de interés, al no cumplir mis expectativas después de un periodo de “prueba”, porque han acabado publicando de uvas a peras o porque han dejado de publicar durante un largo periodo de tiempo, acabado siendo sustituidos por otros de nueva aparición.

Si alguien visita uno de mis blogs y deja un comentario, no solo le doy la merecida respuesta, sino que visito, por curiosidad, su blog. Si lo que leo me agrada lo suficiente, lo añado temporalmente a mi lista de blogs a seguir, y solo si mi satisfacción se mantiene inalterable a lo largo del tiempo, pasa a ser uno más de mis blogs favoritos que visito a diario. El problema aparece cuando la adición de nuevos blogs supera un determinado límite, el “límite García Huete”. Todos tenemos un tiempo limitado para dedicar a la lectura de blogs o, dicho de otro modo, un número limitado de blogs a los que dedicarles nuestro tiempo, algo parecido a lo que el psicólogo clínico achacaba al mantenimiento de las amistades. En mi lista de favoritos he llegado a tener más de cincuenta blogs, una cifra que llegó a superar el límite aceptable para mí, pues su seguimiento me ocupaba varias horas al día, llegando a producirme una cierta incomodidad y un claro cansancio. El continuo goteo de nuevos blogs, descubiertos de forma casual y causal, ha conllevado un aluvión de nuevos posts a leer, lo cual presagiaba un estrés lector que no podía permitirme, porque si a ese tiempo le añado el que dedico a la escritura de mis propios textos y a contestar los comentarios que estos reciben, debo sumarle algunas horas más. Ante ello, no he tenido más remedio que optar por una selección que me permitiera repartir mi tiempo libre de una forma más racional y menos estresante. ¿Os imagináis el tiempo que tendríamos que dedicar a la lectura de todos los blogs que “habitan” en la blogosfera? Nos pasaríamos días enteros encerrados en casa, sin levantarnos de la silla, pegados a la pantalla del ordenador, o de la tableta, sin hacer otra cosa que leer y leer. Una locura.

Llegado a este punto, he pensado que la desaparición de algunos de mis seguidores se deba a que también ellos han aplicado un remedio semejante al mío y han tenido que priorizar entre sus lecturas favoritas. En mi caso, la selección no ha sido fácil. Eliminar a alguien de mi lista de favoritos no ha sido una tarea agradable en algunos casos, pero una persona tan metódica y cumplidora como yo, no podía permitirse la estupidez de preocuparse por no haber podido leer la nueva entrada en tal o cual blog, dejándola para el día siguiente, y al día siguiente comprobar que ya son dos las entradas pendientes de leer ─pues hay quien, aunque parezca mentira, publica a diario─ y a esas dos hay que añadirles otras cinco que también quedaron pendientes del día anterior. Hasta llegar al punto de observar cómo lo que debe ser algo estrictamente placentero, una simple diversión, se está convirtiendo en una obligación. Y como hace algún tiempo decidí no dejarme aprisionar por las obligaciones, he tenido que echar mano de las tijeras, cual censor de épocas pretéritas, y aplicar una serie de recortes, no por falta de presupuesto, sino de tiempo, eso que dicen que es oro.

Hasta aquí, me atrevería a calificar estos sucesos y conductas como algo normal. Aun así, no deja de llamarme la atención que algunos seguidores que me han abandonado, lo hayan hecho después de meses, o años, de seguimiento. ¿Tanto tiempo han necesitado para darse cuenta de qué iban mis blogs? En más de una ocasión, he observado incluso cómo ese vaivén se produce también en el número de los que me tienen en sus círculos. ¿Por qué me borran de sus círculos? ¿Qué he hecho yo para merecerme esto? Algo, desde luego, habré hecho mal para que me eliminen. Y puestos a hacer un examen de conciencia, el único “pecado” que creo haber cometido y en el que, muy a mi pesar, volveré a reincidir, es no compartir publicaciones ajenas, por mucho que me hayan gustado. Es un pecado de omisión del que solo soy consciente cuando observo la conducta de quienes sí practican ese hábito. Entonces, para acallar mi mala conciencia, pienso que mi contribución a difundir textos ajenos poco o nada haría a favor de esos compañeros de letras que son mucho más conocidos y reconocidos que yo. Si es este el motivo de mi expulsión, entono mi mea culpa y acepto la condena como un mal menor y sin posibilidad de apelación ni de redención.

Aunque finalmente he logrado no obsesionarme con los números, estos hablan por sí solos y a mí me gusta escucharlos. Simplemente me interesa la estadística como reflejo de lo que sucede a nuestro alrededor. Interpretar su significado ya es otra cuestión y cuando no somos capaces de hacer una interpretación lógica, o que nos satisfaga, mejor olvidarse del tema y a otra cosa mariposa.

Por lo tanto, quiero creer que mi conducta selectiva es razonable, que mis blogs no son muy distintos a los demás en este aspecto y que las apariciones y desapariciones que en ellos se dan son normales, no paranormales.

Bienvenidos, pues, los que llegan, mis mejores deseos para los que se van, mi agradecimiento para los que siguen y mis disculpas para los que he dejado atrás.