jueves, 19 de febrero de 2015

Chistes inoportunos



No todo el mundo tiene la misma gracia para contar chistes, como no todo el mundo tiene el mismo sentido del humor. Es obvio que lo que hace gracia a uno le parece ridículo a otro. Como yo tengo un sentido del ridículo bastante acusado, aunque mucho menos que cuando era joven (quizá porque envejecer te convierte en un “pasota”), elijo muy bien cuándo y ante quién puedo contar un chiste.

Mi mujer dice que se me da muy bien contar chistes y ha sido abundante el público que se ha reído con ellos. Quizá el secreto, o parte de él (si es que lo hay), reside en mi aparente seriedad. Nadie se espera que alguien tan serio como yo se ponga a contar chistes al estilo de mi admirado y recordado Eugenio.

Es también mi mujer quien me incita a contarlos, en una reunión de amigos o, mejor aún, en el transcurso de una cena con personas de confianza. Se justifica diciendo lo que dicen la mayoría de mujeres: “es que yo no tengo gracia para contar chistes”. Entonces empieza a dictarme al oído ese o aquel chiste tan gracioso para que yo no pueda alegar aquello de “es que ahora no me acuerdo de ninguno bueno”.

Yo suelo excusarme con cualquier pretexto más o menos creíble si considero que el ambiente o el público no están suficientemente preparados. Y es que hay un momento adecuado para un chiste, un chiste para cada ocasión. El momento idóneo es, por supuesto, en la sobremesa de una comida o cena, cuando quien más quien menos ya va sobrado de chupitos, momento en que hasta el chiste más malo puede hacer desternillarse al más exigente de los comensales.

Un chiste, por bueno que sea (aún a sabiendas de lo arbitrario del calificativo), no admite interrupciones, como la del camarero que, en medio de la graciosa narrativa, cuando has conseguido atraer la atención del divertido auditorio, aparece preguntando si los señores van a tomar café y empieza a retirar platos, tazas o vasos de la mesa. Ese paréntesis obligado que el contador del chiste tiene que hacer, por educación o por la incomodidad de hablar y contornearse mientras el empleado de hostelería introduce sus brazos entre el personal para hacerse con la vajilla o cristalería usada, tiene casi el mismo efecto que un coitus interruptus. Se ha disipado toda la gracia e inspiración del momento previo al clímax.

Por tal motivo suelo ser muy selectivo a la hora de lanzarme a contar chistes. Personal, ambiente y el momento idóneo son piezas clave para tener éxito en la encomienda sin correr el riesgo de parecer tonto soltando una idiotez que no tiene gracia, esa misma idiotez que en otro momento sería una ocurrencia genial.

Pues bien, siempre he procurado seguir esta regla tras varios fracasos estrepitosos en los que me he dicho aquello de “tierra trágame”.

Pero debo decir que esta regla, que en general funciona, también ha tenido algún fallo como cuando, hace ya unos cuantos lustros, mi jefe me animó a contar un chiste ante una concurrencia de varias decenas de colegas. Y es que no pude, o no supe, negarme a una petición hecha pública, en alta voz, de quien ostentaba, a la sazón, el más alto cargo dentro de la organización para la que trabajaba.

El lugar: el bar de un hotel de Praga. La ocasión: una convención nacional que se celebró en aquella bella ciudad a principios de diciembre de mil novecientos noventa y ocho.

Volvíamos de cenar y habiendo hecho un largo recorrido a pie hasta el hotel, lo último que yo deseaba era alargar la noche, pero una treintena aproximada de visitadores médicos y gerentes de área insistieron en tomar “la ´última copa” en el bar, que todavía no había cerrado. Como nuestro director general era hombre de costumbres noctámbulas (recuerdo, en cambio, su consiguiente incapacidad para madrugar) no se lo tuvieron que proponer dos veces y a los pocos segundos estaba cómodamente sentado en un sofá en las inmediaciones de la barra. Como Jesús con sus discípulos, el resto del personal se distribuyó a su alrededor. Yo estaba sentado justo frente a él.

Cuando el ambiente alcanzó su punto álgido –las risas incontinentes atronaban sin cesar tras cada ocurrencia, a cual más disparatada-, el director general (mi directo superior) me invitó a participar en la ronda de chistes con alguno de los que yo solía contar, en petit comité, en el transcurso de alguna cena del Comité de Dirección. Aunque me resistí con alguna excusa que no recuerdo, fue tal su insistencia y tanta era la expectación que su propuesta-invitación-exigencia había generado entre los allí congregados, que me vi en la obligación de satisfacerle y, poniendo mi cerebro a mil por hora, intenté hallar algo gracioso que contar.

Debo decir en mi defensa, que la competencia era francamente dura. Entre los contadores de chistes se distinguía, por su gracia imitando a Chiquito de la Calzada, un andaluz, rubio y bajito, que había sido el protagonista, hasta ese momento, de los chistes y ocurrencias más hilarantes.

Estando el ambiente tan “caldeado”, pensé que cualquier chiste valdría para hacer reír a un auditorio que, como aquél, superaba con creces el nivel de alcoholemia permisible para poder deambular por los pasillos en busca de la habitación.

Aún recuerdo el chiste que me vino a la mente y que salió de mi azorada boca:

“Van dos individuos y uno le dice al otro:
-Estoy contento porque hoy he hecho el amor el doble de veces que ayer.
A lo que el otro le pregunta:
-¿Ah sí? ¿Y cómo es eso?
-Pues que ayer no hice nada y hoy nada de nada.”

Fue entonces cuando me di cuenta de que esas reglas sobre cuándo y dónde contar chistes no siempre se cumplen pues siempre puede haber algún factor desconocido e incontrolado que atente contra la lógica.

El chiste no solo no tuvo buena acogida (todo fueron sonrisas indulgentes) sino que oí, nítidamente, desde un extremo, cómo la voz del chistoso andaluz decía: “!Qué malo!”. A lo que le siguieron una serie de Shsss, haciéndole callar. También me pareció oír cómo alguien le recriminaba diciéndole algo así como “!que es un director!”

Menos mal que alguien se encargó de restablecer el orden y el humor en el local porque me sentí un centro de atención incómodo y la ridiculez personificada. Aún recuerdo el odio que sentí contra aquel cretino que me había dejado en ridículo y a quien hubiera estrangulado con mis propias manos de director. Luego, ya más sereno y relajado, en la cama, pensé que ante el gracejo andaluz no hay catalán que pueda competir. Claro que el chiste tampoco era una maravilla, maldita memoria. Entonces a quien odié fue a mi jefe por haberme puesto en una situación tan embarazosa.

Tras un sueño profundo y reparador, a la hora del desayuno, ya se me había pasado el cabreo pero temía encontrarme, tonto de mí, con quien me había lastimado, la noche anterior, la autoestima chistosa pues no sabía qué cara ponerle al verlo. Y como si de una premonición se tratara, al levantar la vista de mi taza de café, le vi venir hacia mí decidido.

El pobre no sabía cómo disculparse por su comportamiento, autocalificándose de torpe y “gilipollas”, culpando al alcohol de su metedura de pata. No sé si fue por iniciativa propia o incitado por algún compañero que le hizo creer que su acción podría tener graves consecuencias por parte de un director furioso y vengativo. Obviamente no me conocían. Era la primera vez que asistía a una convención y compartía cualquier tipo de acto con la red de ventas.

Han pasado bastantes años y aunque ya no tengo tantos prejuicios como antaño, muchas veces, cuando busco el momento adecuado para contar un chiste, casi siempre animado por mi mujer, recuerdo esa anécdota y ya no tengo tan clara la veracidad de mis reglas. De todos modos, nunca más se ha repetido aquel fiasco. Pero los camareros siguen interrumpiendo mis mejores chistes.
 
 

 

10 comentarios:

  1. Hola Josep. Muy buena tu entrada. A propósito, Eugenio era un GENIO. Así, en mayúsculas. Siempre que aparecía en la TV me quedaba embobado frente al televisor, intentando memorizar algunos de sus chistes para poder contarlos luego en clase o en las reunones con los amigos. Recuerdo especialmente dos de esos chistes que se me quedaron marcados a fuego en mi memoria. Uno era el del búho. Y el otro el del ruso en el tren con el jerezano. Fíjate si son buenos esos chistes que mientras escribo este comentario me estoy partiendo de risa al recordarlos. ¡Qué grande Eugenio!
    Un abrazo, Josep.

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    1. Eugenio fue todo un referente para mí y algunos de mis amigos "chisteros". Por diferencia de edad, en mi caso su arsenal de chistes sirvió para que grabara, junto a dos compañeros de trabajo (ya hacía años que había dejado la Uni), una cinta de audio de una hora que iba pasando de mano en mano y de oído en oído. Lo mejor de todo: el listado larguísimo de chistes que usamos como "chuleta" a la hora de grabar y que identificábamos, para ahorrar espacio, con palabras clave. Todavía recuerdo cuando, al cabo de muchos años, encontré esta chuleta y ya no recordaba a qué chiste hacían referencia muchas de las claves, del tipo "borracho, puta, bar" o cosas por el estilo.
      Me alegro que, leyendo mi entrada, te hayas acordado de "nuestro" Genio Eugenio y ello te haya hecho soltar una carcajada. Reír es muy sano!!! Los que no tienen sentido del humor no saben lo que se pierden.
      Un abrazo. En serio.

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  2. Jajajaja, muy bueno el relato y el tema escogido. La verdad que para que los chistes resulten graciosos hay que tener cierta gracias y una memoria increíble. Yo desde luego no tengo ninguna de ellas, y además me hacen gracias los chistes más tontos, siempre les encuentro un gracejo especial. No me acuerdo de ninguno, es como si se me borrara la memoria, solamente recuerdo uno que me contó mi hija la mediana cuando tenía seis años, y casi me troncho de la risa. Te lo voy a contar ya puestos:
    LLega una niña del colegio a casa y le dice a su mama: mami a que no sabes porqué las negras llevan el bolso tan grande...
    -pues no sé-, y dice la niña: para meter el pinta labios.
    Qué tonto no?, pues me reí mucho y mi hija se quedo mirándome toda sorprendida, jajaja.

    Por lo que he leído, eres bueno, a parte de escribiendo, contando chistes.
    Un placer tu relato Josep. Un abrazo.

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    1. Hola Elda. Me alegra que te haya gustado esta entrada. Aunque siempre he tenido bastante buena memoria, eran (y son) tantos los chistes grabados en mi disco duro cerebral que muchas veces debía llevarlos anotados (cuando sabía que habría sesión de chistes) o bien me iban viviendo a la memoria a medida que oía los chistes de los demás.
      La verdad es que ahora, de mayor, he perdido esta sana costumbre y ya ando más bien escaso de nueva "mercancía", jaja. Aún así, cuando me reúno con viejos amigos, sacamos nuestras viejas reservas.
      Como decía en esta entrada, a pesar de mi aspecto externo serio, quienes me conocen bien saben de mi gusto por lo humorístico y los que no me conocen tanto se llevan una sorpresa.
      Yo soy muy ecléctico en cuestión de chistes. Me gustan de todos los estilos y colores excepto los ofensivos. Y el de tu hija, aunque pueda parecer tonto, es de los que hay que contar cuando la risa es fácil. También es verdad que a veces, si saber muy bien por qué, te ríes más fácilmente con chistes malos que con los muy buenos. Depende del estado anímico. Lo importante es no perder el sentido del humor y reírse hasta de uno mismo. Es muy sano.
      Un abrazo simpático.

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  3. Qué buena narración, Josep. La primera parte podrías titularla, al estilo de Cortázar, "Instrucciones para contar chistes".
    Eres ameno, entretenido y divertido.
    Me ha encantado.
    Un abrazo, amigo.

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    1. Y a mí me ha encantado que te haya encantado. Este post puede considerarse el monólogo de una aprendiz a humorista.
      Otro abrazo para ti.,

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  4. Jjajajaaj muy bueno el chiste que nos has contado, no imaginaba iba a tener ese final.

    La verdad es que yo no sé contar chistes, aparte de que se me olvidan muy fácilmente, no tengo gracia para contarlos, pero admiro a quiénes saben contar chistes, con tanta gracia, además, que no debe faltar nunca el sentido del humor.

    Un beso.

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    1. Aunque no se tenga gracia contando chistes, por lo menos si ríes o te lo pasas bien con los chistes de los demás, ya es una forma sana de diversión. Además, me alegra que ese chiste, que fue el origen de mi desazón, te haya gustado.
      Besos.

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  5. Hola Josep Maria, me siento plenamente identificado con tu publicación, cuantas veces me han apuntado al oido......aquel, aquel cuenta aquel......y no siempre crees oportuno ni el chiste ni el lugar para contarlo.
    Efectivamente es inigualable el..."saben aquell que diu......", todos hemos "bebido" del gran maestro Eugenio, recuerdas que fuimos pioneros en grabar un cassette de chistes en tu casa.....fue una experiencia inolvidable....
    Aún me acuerdo del primer chiste de la cinta:
    - Oiga!!! no se mee en la piscina
    - Pero si se mea todo el mundo!!!
    -Pero no desde el trampolin, joder!!!!!
    Una abraçada.

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    1. Hola Xavier! Qué tiempos aquellos!
      Y yo me acuerdo de la lista que confeccionó Antoni, el tercer protagonista de la grabación, en aquel papel "pijama" de los ordenadores de la época.
      Eugenio fue la inspiración de muchos que, como nosotros, disfrutábamos contando chistes.
      Una abraçada.

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