jueves, 21 de mayo de 2026

Los reencuentros

 


Algo que debería ser eminentemente festivo, puede resultar un quebranto emocional. Y es que los años no pasan en balde. Todos envejecemos a la vez (aunque haya quien acuse el paso del tiempo más que otros) pero parece como si creyéramos que sólo envejecen los demás. Cuando nos encontramos con alguien al que habíamos perdido de vista largo tiempo, entonces nos percatamos de lo mayores que somos. Parece como si al contemplar el envejecimiento ajeno despertáramos a la dura realidad. Las reglas de tres no engañan, si él es viejo y yo tengo su misma edad, luego yo también soy viejo.

Como nos miramos al espejo a diario, nuestros cambios, lentos y graduales, nos pasan más desapercibidos que los de los demás, especialmente en aquellos a los que sólo vemos de tarde en tarde. Y si el salto del tiempo desde un encuentro a otro es de muchos años, el efecto puede ser devastador.

En dos ocasiones he vivido una experiencia semejante; la primera en un encuentro de antiguos alumnos de bachillerato, y la segunda, más recientemente, de excompañeros de trabajo, y en ambas ocasiones fueron más de veinte los años transcurridos desde la última ocasión en que nos vimos.

En la segunda experiencia ya iba psicológicamente preparado, pero en la primera experimenté un shock emocional casi traumático. Con dieciséis años nos separamos y con más de cuarenta nos reencontramos. Canas en muchos, calvicie incipiente en otros y arrugas (o líneas de expresión como a muchos gusta llamar) por doquier, algo normal como la vida misma, pero inesperado por quien todavía, al cerrar los ojos, ve a aquellos muchachos adolescentes. El reloj se ha parado en las mentes, pero no en los cuerpos. Incluso hubo a quien no reconocí hasta que se presentó. Pero el caso más insólito fue el de un individuo que, acompañado por su pareja, apareció en el restaurante donde celebrábamos el encuentro cuando ya íbamos por el segundo plato. Nadie, absolutamente nadie supo quién era. Ni se presentó, ni nadie le preguntó para no quedar mal. Llegamos a pensar que se había equivocado de evento, pero de ser así se habría percatado de su error y habría abandonado el lugar. ¿Pudo ocurrir que, de tan cambiado que estaba, nadie le reconoció? Todo un misterio.

Con esta experiencia previa, el segundo encuentro, que tuvo lugar cuando ya me había jubilado, como ya estaba mentalmente preparado y, aunque también hubieran transcurrido veintitantos años, los cambios físicos, aunque notables, no tenían por qué ser tan brutales, mis temores residían en no ser reconocido o, peor aún, recordado, y no sólo por el aspecto físico sino por la poca o nula huella que hubiera podido dejar en la mente de aquellos compañeros y compañeras con lo/as que compartí más de diez años de vida laboral.

Lógicamente, hubo de todo. Hubo quien no me reconoció a la primera, hubo quien me reconoció, pero no recordó mi nombre y hubo quien no supo quién era simplemente porque no coincidimos mucho tiempo en la Empresa, siendo todo ello recíproco.

Lo que sí hubo, y hay siempre en este tipo de acontecimientos, es esa sensación placentera que produce la reunión (etimológicamente, volver a unir) con viejos (en el sentido de antiguos) compañeros de fatigas aunque pueda subyacer el sabor amargo que deja el tiempo pasado e irreversible, la nostalgia de una etapa de juventud o de madurez irrecuperable, el sabor agrio que deja el paso de los años al ver convertido en casi un/a “anciano/a venerable” a aquel hombre o mujer maduro/a y vital, y, por otra parte, el malestar, todo hay que decirlo, de ver cómo derrocha simpatía quien se comportó de forma mordaz e indebida contigo. Sonrisas falsas y conductas hipócritas y quién sabe si una cierta amnesia que le impide recordar cuán mezquino fue en más de una ocasión. Y, por si fuera poco, tener que sentarte a la misma mesa y escucharle contar con sorna algunas anécdotas que no tienen ni pizca de gracia, pero que al resto de comensales les hace reír, probablemente en un acto hipócrita, sobre todo de los que en su día fueron (y siguen siendo) unos lameculos.

Pero el tiempo, tan implacable para lo malo de la vida, tiene, a la vez, un efecto balsámico, pues si no cura todos los males, sí los suaviza y generalmente no suele dejar un lugar preponderante para el rencor. Aun así, no me han quedado ganas de asistir a ningún otro reencuentro (y ha habido alguna propuesta) que pueda repararme alguna que otra incomodidad, sea del tipo que sea. Prefiero dejar el pasado intocable. Como dice el refrán: agua pasada no mueve molino.

Así pues, esos reencuentros no sólo sirven para reunirse con antiguos amigos y compañeros de fatigas sino para hacer frente a los fantasmas del pasado. Y como a mí no me gusta verme con fantasmas (en todas sus acepciones), evito su presencia. Desde hace tiempo solo me reúno con esos amigos que, por mucho tiempo que pase, siguen estando ahí y con los que mantengo la misma afinidad de cuando les conocí.

 

8 comentarios:

  1. Sabia decisión , Josep. A mí me ocurre lo mismo. No soy partidaria de volver al pasado. Lo que vivimos y fuimos ahí quedó con lo bueno y lo malo. Y tú lo has dicho, los amigos que permanecen son lo verdaderamente importante.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy cierto. Con un par de malas experiencias ya tuve más que suficiente.
      Un abrazo.

      Eliminar
  2. A mí tampoco me gustan estas reuniones de antiguos alumnos. De hecho, ni siquiera estoy apuntado a la asociación.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo tampoco estaba apuntado en ninguna asociacion de antiguos alumnos, pero uno de ellos, con su máxima buena voluntad, quiso reunirnos y todavía no sé cómo lo logró, pero nos localizó uno por uno. Lo más gracioso (si así se puede considerar) es que él no pudo asistir por estar enfermo. Él se lo perdió o se lo ganó, je, je.
      Un abrazo.

      Eliminar
  3. Recordar el pasado y reencontrase con quienes fueron compañeros de estudios o trabajo tiene sus pros y sus contras. Yo, a estas alturas de la película, creo que el efecto balsámico del tiempo ha hecho un buen trabajo y no me desagrada asistir a esas convocatorias. Que ha habido gente amable, amigable, estúpida, desagradable y tal, pues claro, así es siempre en la vida. pero no dejan de haber formado parte de tu vida en un momento dado. Compartir una comida durante unas pocas horas no hace daño a nadie. Además siempre se sale de ellas con la convicción de que quien está más viejo es él o ella, sobre todo si en su momento fueron algo insoportables. Ja, ja...
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En mi primer reencuentro la sorpresa fue el efecto "devastador" del tiempo, je, je., pero en la segunda, lo que llevé peor fue no encontrarme con las personas que realmente me importaban y con las que tuve muy buena relación. En su lugar, me encontré son personajes con los que jamás me habría reunido. Mala suerte, tuve, pues, en esa segunda y última ocasión.
      Como digo en mi entrada, ahora solo quedo con aquellos con los que sigo manteniendo un contacto, aunque sea muy poco frecuente, pero que me resulta muy agradable. Precisamente, mañana, día 26, tengo una de esas comidas con ex compañeros de trabajo y nos lo pasamos muy bien, charlando de eso y de aquello, aunque muchas de las cosas que comentamos ya empiezan a ser reiterativas, ja, ja, ja.
      Un abrazo.

      Eliminar
  4. Hace como veinticinco años se celebró una cena de compañeras de curso del colegio. No sé por qué me dio por ir porque no me suelen gustar esos eventos. El caso es que hacía otros veinticinco que habíamos abandonado el colegio y fíjate que no encontré grandes cambios en mis antiguas compañeras. Estaban justo como correspondía a su edad, incluso bastante bien conservadas la mayoría. Lo que pasa es que se habían convertido en señoras con abrigos de pieles y peinado de peluquería; hablando maravillas de las monjas y el colegio; con unos intereses que ya como entonces, nada tenían que ver conmigo. Salvo tres o cuatro que eran más de mi estilo, el resto me disuadió de volver a reunirme. De hecho se siguió celebrando una cena cada año y no volví. Este año se celebraba el cincuenta aniversario. Ni qué decir tiene que no contaron conmigo. Sé que soy un tanto (bastante) insociable y rara, pero qué le vamos a hacer... ja, ja.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola,Rosa. En primer lugar, disculpa la tardanza en contestarte, pero tu comentairo se me pasó por alto al haberlo publicado después de que yo añadiera una nueva entrada.
      Quizá no te pareció que tus antiguas compañeras hubieran cambiado mucho de aspecto gracias a la cosmética, je je. Su cambio en el aspecto exterior sí que resultó mucho más evidente, de acuerdo con la vida que llevaban. El caso es que tú también te llevaste un chasco y el reencuentro no resultó todo lo gratificante de lo que esperabas y por ello has eludido repetir la experiencia.
      A mi mujer le ocurrió exactamente lo mismo al reencontrarse después de muchos años con las antiguas alumnas de un colegio de monjas, je, je.
      El caso es que el tiempo no perdona en ningún aspecto de la vida.
      Un beso.

      Eliminar