miércoles, 25 de febrero de 2026

Intermediarios

 


John Heywood acuñó en 1546 ─en su libro de proverbios─ la frase “los árboles no dejan ver el bosque”, indicando con ello que muchas veces los detalles minuciosos o los problemas inmediatos nos impiden comprender la situación general de un problema. Pues bien, me da la impresión de que, aunque en el fondo conocemos, por ejemplo, el origen de la carestía de los alimentos y su constante incremento, no profundizamos lo suficiente en el origen y simplemente nos centramos en su existencia, nos quejamos (y con razón), exigiendo una solución a las autoridades (al Gobierno, en concreto), como si fueran los únicos responsables, obviando a los verdaderos culpables: los intermediarios.

Desde su origen al consumidor final, el precio de los alimentos se multiplica de forma escandalosa, llegando, en algunos casos, a incrementos que van del 300% al 800%, tanto en los productos agrícolas como ganaderos, según los informes de 2025.

Esta diferencia entre el punto de origen y el consumidor (supermercado) se debe a los intermediarios, e incluyen los costes de transporte, envasado y distribución, más el beneficio que se adjudica el vendedor. Los agricultores, en concreto, a menudo denuncian que el precio al que les abonan sus productos apenas cubre los gastos de producción, mientras que el consumidor final paga precios mucho más altos, que en algunos casos (por ejemplo: cuando hay escasez de producto por causas diversas, principalmente climatológicas) resulta todavía más elocuente.

¿Quién controla esos márgenes, procurando que sean justos y necesarios? Lo ignoro, pero parece que nadie con el mínimo poder, o determinación, para interceder y solventar este problema cada vez más acuciante.

En el ámbito farmacéutico, por ejemplo, el margen del mayorista y el de la oficina de farmacia están regulados y fijados por ley y también tienen sus costes. ¿Por qué, pues, el de los intermediarios en el ámbito de la alimentación es libre? Desde el productor (el laboratorio fabricante y/o comercializador) hasta el consumidor (el paciente) el precio de un medicamento está fijado y controlado por el Ministerio de Sanidad, excepto los medicamentos sin receta cuyo precio es libre. Pues bien, yo compararía a esos medicamentos con receta, financiados por la Seguridad Social, a los productos alimenticios de primera necesidad, pues ambos son imprescindibles para la salud.

Así pues, en mi opinión, si se ajustaran, dentro de un margen razonable, los precios que aplican los intermediarios de los productos alimenticios, tanto el agricultor como el ganadero podrían vender sus productos a un precio más justo y el consumidor final los pagaría a un precio más razonable.

Que los precios, tanto en origen como en el supermercado, suban debido a la escasez de los mismos, por las razones que antes he comentado, como la baja producción debido a la sequía o a las inclemencias climatológicas, es otro tema a considerar y con el que yo discrepo totalmente, pero esto ya sería objeto de un análisis aparte.

Por lo tanto, deberían eliminarse las excusas de siempre: de que es un tema muy complejo, que se está estudiando su posible solución, mientras que los sectores perjudicados se manifiestan, a veces violentamente, en las calles y carreteras de nuestro país, y que solo reciben promesas, que no llegan a cumplirse, del Ministerio responsable. Eso de tomar medidas es muy típico de nuestros políticos, pero parece que les falta voluntad o atrevimiento para poner en práctica dichas medidas. Quizá temen a las grandes comercializadoras y ser tachados por ciertos empresarios y partidos políticos de comunistas o cuanto menos de dictadores, al imponer medidas coercitivas contra los abusos de los de siempre.

Entretanto, muchos ciudadanos tendrán que seguir echando cuentas a la hora de acudir al mercado para llenar la cesta de la compra y estrecharse el cinturón cada vez más. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que ya no puedan respirar? Como se dice en las encuestas: No sabe/no contesta.


domingo, 15 de febrero de 2026

¿Contadores inteligentes?

 


Como bien sabéis, los “contadores inteligentes de luz” son dispositivos digitales de medición que registran el consumo eléctrico en tiempo real y lo envían automáticamente a la distribuidora mediante telegestión, eliminando lecturas presenciales. Desde luego, todo un adelanto tecnológico, que como todos los que se ponen en práctica, tiene por objeto suprimir las actuaciones manuales y los trámites innecesarios, sustituyéndolos por métodos mucho más prácticos y eficaces.

Creo haber tratado ya el tema de base y que me ha impulsado a escribir esta entrada: la contradicción existente entre la teoría y la práctica, entre lo oportuno y lo inoportuno. ¡Cuántas veces, por problemas precisamente tecnológicos, hemos tenido que acabar recurriendo a lo analógico porque el sistema digital no ha funcionado!

El caso práctico que quiero tratar aquí no se refiere a un fallo puntual de una aplicación tecnológica sino a la absurda coexistencia de lo nuevo, lo innovador y lo viejo, lo desfasado.

En la finca donde vivo disponemos desde hace muchos años, tantos como los que habito en ella, más de cuarenta, de unos contadores de la luz llamados “inteligentes” y cuya función he descrito al inicio de este texto. Pues bien, llevo tiempo (tanto como de jubilado) observando que, con una cierta frecuencia, aparece un técnico para efectuar la lectura de los mismos. Como vivo en los bajos y el armario de los contadores está junto a mi puerta, el referido técnico ─que ya me conoce y sabe que acostumbro a estar en casa─ suele llamar a mi interfono para que le abra la puerta de acceso a la finca, de ahí que esté avisado de su presencia. En alguna ocasión, le he preguntado cómo es posible que tenga que proceder a la lectura de los consumos si los contadores funcionan por control remoto. Nunca he recibido una clara respuesta, solo una sonrisa condescendiente, mientras murmura algo ininteligible. No debe atreverse a decir la verdad: que de inteligentes tienen más bien poco y que se estropean de vez en cuando.

Pero si ello no fuera suficiente, después resulta que en muchas facturas que recibo, el consumo que indica y cobra la Compañía eléctrica está basado en lecturas estimadas, no reales. Así pues, ¿por qué se presenta una persona física a realizar las lecturas reales si luego nos aplican una estimada? y, sobre todo, ¿por qué se hacen lecturas presenciales si nuestros contadores son, supuestamente, inteligentes?

En más de una ocasión he procedido a una reclamación por escrito exigiendo una respuesta a estas dos preguntas. La única y repetida alegación que he recibido es que no me preocupe, porque ya se regularizará el consumo en la siguiente factura, cuando esta se base en lecturas reales, algo que a veces tiene lugar al cabo de más de una factura y nunca sabes si esa supuesta regularización se ha hecho correctamente.

Ello demuestra, una vez más, que estamos en manos de Empresas a las que les importa un pito la atención al cliente. Una vez han conseguido tenerte entre sus abonados, les trae al pairo tu satisfacción por el servicio recibido.

En mi caso, la Compañía que tengo contratada es una simple comercializadora, no la suministradora, con lo cual todavía tienen más excusa para no resolver el problema que les he expuesto. No es culpa nuestra, sino de ellos, argumentan, por mucho que les diga que, aun siendo unos intermediarios, pueden y deben ejercer una influencia sobre la Compañía suministradora en defensa de los derechos de sus clientes. Pero da igual, en todas partes cuecen habas, pues años atrás mi contrato de la luz era con esa suministradora y el trato era idéntico o peor, de modo que cambié de Empresa, aunque podría decir que huí del fuego para caer en las brasas. Lo único que debo reconocer a favor de la actual Compañía es que, por lo menos, responde (aunque sea con evasivas) a las quejas, y con premura, cosa que la anterior no se dignaba a hacer. Algo es algo, dijo un calvo. Pero yo prefiero lo que dijo Don Quijote: Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho*.

 

*En realidad, la frase utilizada por Cervantes en El Quijote es “con la iglesia hemos dado, Sancho”, pero la indicada aquí es la más popular.

 


domingo, 8 de febrero de 2026

Mi peor enemigo

 


Siempre me he congratulado de no tener enemigos, por lo menos que yo sepa, pues nadie se me ha revelado jamás como tal. Sí he tenido “adversarios” en mi vida laboral, esos compañeros de trabajo que, en aras de reivindicarse como trabajadores diligentes y emprendedores, sin serlo realmente, no han dudado en hacerme sombra, o por lo menos intentarlo, para acaparar, de este modo, todo el mérito de un logro de un trabajo realizado en equipo. Hablar de este personal, por cierto, muy abundante, requeriría todo un tratado de psicología.

Esos serían unos enemigos externos, que con los años vas dejando atrás, aunque siempre aparecen nuevos en el camino.

Siempre he creído que el peor enemigo es el que tenemos dentro, ese que, de forma subrepticia y silente, va enturbiando y dañando a algo o a alguien, incluso la vida de su huésped u oponente. Y más peligroso es si no se trata de alguien físico sino algo incorpóreo como es la mente que, mediante engaños, nos provoca daños, a veces irreparables, en nuestro cuerpo material, lo que se conoce como efecto psicosomático.

De esto yo sé bastante y mi peor enemigo es mi cerebro, que me ha jugado muchas malas pasadas a lo largo de mi vida, afectando a mi salud, tanto mental como corporal.

Podría describir una larga lista de estos efectos experimentados por mí, algunos de los cuales me han sorprendido tanto que he llegado a pensar que mi cerebro tiene un poder extraordinario. Ojalá fuera cierto y pudiera con la mente conseguir que se hiciera realidad lo que deseo pero, para mi desgracia, su poder solo es negativo. No me sirve para hacerme el bien, sino para hacérmelo pasar mal.

No se trata de hipocondría, una condición psicológica caracterizada por el temor a padecer una enfermedad grave sin ninguna base médica justificada, es decir comportarse como el enfermo imaginario. Hay quien, con solo saber de la enfermedad de un conocido y sus síntomas, ya cree que padece esa misma enfermedad porque en una ocasión sintió síntomas iguales o parecidos. No, en mi caso es que, sufriendo realmente una molestia, a menos que sea muy leve, y esta sea persistente, dicho trastorno aumenta en intensidad hasta volverse preocupante. Y aunque evito consultar internet, si ello perdura, caigo en la tentación y sucede lo que suele suceder en esos casos: que uno se alarma innecesariamente si lo que lee indica que podría tratarse de algo preocupante. Es decir, no se trata de “inventarse” una afección inexistente, sino de ampliar una real hasta convertirla en algo aparentemente grave.

Y como muestra, un botón: Hace años estaba tomando una medicación que me había recetado el médico (no recuerdo cuál ni para qué) y de pronto experimenté un dolor agudo al tragar. Consulté el prospecto ─cosa que no suelo hacer antes de tomar un medicamento para evitar, precisamente, un “efecto nocebo” (efecto placebo negativo)─ y comprobé que, efectivamente, ese medicamento tenía entre sus efectos adversos la deglución dolorosa. A partir de ese preciso instante, el dolor se agudizó todavía más hasta resultar muy dolorosa la deglución de mi propia saliva. Así pues, llamé a la consulta del médico que me había recetado el medicamento y le pedí que me recibiera urgentemente. Y ahí se hizo la luz. Tan pronto como supe que me atendería esa misma tarde, el dolor fue menguando (mi mente debió pensar que en pocas horas se resolvería el problema, pues estaría en buenas manos) y una vez estuve en la consulta ya no sentí ninguna molestia al tragar, cosa de no dije al galeno, pues me habría tachado de chiflado.

Aunque ello me preocupe, por sus consecuencias, debo decir que no lo considero algo absolutamente anormal, pues es bien sabido que un problema psicológico, sobre todo un estado de ansiedad (quien ha perdido, por ejemplo, el puesto de trabajo y anticipa que le será difícil, si no imposible, a su edad, encontrar uno nuevo), repercute en el estado físico, provocando distintas molestias: cefaleas, dolores cervicales y/o lumbares, problemas digestivos, hipertensión, insomnio, etc., etc.

Si ello sucediera muy de vez en cuando, sería, hasta cierto punto, aceptable, pero cuando es bastante frecuente, como en mi caso, la cosa se convierte en algo muy molesto, incluso llegando a ser incapacitante. Basta con que tema que en un viaje o excursión mi habitual dolor lumbar se agudice para que así sea.

Una vez leí ─creo haberlo contado en una entrada antigua─ un libro titulado El secreto, de una tal Rhonda Byrne, en el que aboga por la teoría pseudocientífica de la Ley de la atracción, que consiste, a grandes rasgos, en desear algo intensamente, visualizándolo como si ya lo hubiéramos obtenido, y el Universo recoge tal demanda y la devuelve concediéndote lo deseado. La forma de hacerlo y de obtener el resultado es de lo más variopinto y ridículo. Por ejemplo, no hay que formular la petición utilizando en la frase el NO (no quiero llegar tarde) sino hacerlo siempre en positivo (quiero llegar temprano) porque, si no, el Universo puede malinterpretarlo y utilizar esa partícula negativa como un acto de rechazo. Podría añadir muchas otras idioteces y contradicciones (se dice no hay que utilizar ese “poder” con fines económicos, y en cambio el primer ejemplo que cita es el de alguien que, muy necesitado de dinero, se encuentra en su buzón un cheque por la cantidad que precisa). Pues bien, si eso fuera cierto, el Universo (en realidad mi cerebro) me tiene manía, pues siempre actúa en mi contra. Como he indicado antes, si mi mente fuera tan poderosa como parece, podría realizar verdaderos prodigios (sería muy rico, estaría sanísimo, en mi adolescencia, cuando ya empezaba a manifestarse ese “poder”, las chicas se habrían arrojado a mis pies, y por desgracia no fue así. Y es que, insisto, mi cerebro se ha revelado como mi peor enemigo y contra esto no hay nada que hacer. Punto y final.